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Archive Warning:
Category:
Fandoms:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Series:
Part 1 of Female
Collections:
Female
Stats:
Published:
2017-05-01
Updated:
2017-05-01
Words:
4,244
Chapters:
3/?
Hits:
90

Carry On (Supernatural Fanfic AU)

Summary:

Supernatural/Sobrenatural Fanfic AU (Alternative Universe)
Alex se crió cazando con su padre, pero no eran ciervos a los que disparaban, sino monstruos. Ahora, Alex tiene que sobrevivir a algo bastante más fuerte que todo eso: a sí misma.

Notes:

Me gusta cambiar a los héroes de las historias por mujeres porque soy #Feminista y #AbajoElPatriarcado

Chapter 1: Prólogo: Tierra

Chapter Text

— No, no, no. ¡N-No! — la voz le temblaba cual pluma en medio de un huracán, el mismo en el que se estaba sumergiendo.

Su padre le miró desde arriba con sus ojos oscuros. Ninguno de los dos hermanos había sacado esos ojos. Alex sólo compartía su cabello negro como el carbón con él. Ella y su hermano tenían los ojos de su madre

—Alex, ya sabes que tienes que hacerlo —dijo John Winchester.

Sam dormía en el coche. Sammy... Él era el que más le recordaba a la borrosa imagen de su madre. Tenía esa magia, esa bondad en la mirada que le faltaba a su padre. Era el equilibrio de todo. Alex, con la respiración agitada, dio unos pasitos atrás.

—P-pero... Papá, p-por favor, no... —el miedo desgarraba su voz.

—Nada, Alex —le contestó —. Métete en el ataúd.

La voz de John era firme y fría como la propia noche. Era la roca, el frío metal de la pala con la que había obligado a su hija a cavar su propia tumba. El féretro de madera vieja reposaba a dos metros bajo tierra. Alex se giró y se sorbió la nariz, sintiendo cómo el corazón le latía contra el pecho. Quizás fuera la última vez que latería. Se encaró con el ataúd y lo miró desde arriba.

—Es necesiario —repitió su padre —. Esto te enseñará a sobrevivir si alguna vez te ves en esta situación. Sabrás lo que hacer.

<<¿¡Si alguna vez me veo en esta situación!? ¿¡Cómo me iba a meter en un puñetero ataúd sin darme cuenta!?>> Alex se agarró el estómago con los dedos, reprimiendo las náuseas, el miedo, las lágrimas, los mocos, las pesadillas y todo lo demás que quedaba en su mente. Sin girarse, miró hacia el cielo oscuro, sin estrellas y sin luna, y susurró:

—Sí, señor.

Alex se agachó y saltó en el féretro. John se acuclilló y cogió la tapa mientras la pequeña, que no contaba más de 10 años, se estiraba.

—Si no sales en quince minutos, te sacaré —dijo John.

Alex cerró los ojos al tiempo que la poca luz de los faros del Impala se esfumaba con el rostro de su padre. Contuvo la respiración para después soltarla en un suspiro pesado. Comenzó a sentir cómo su pecho chocaba contra la tapa del ataúd. Los pulmones le ardían y la tierra apenas había comenzado a caer sobre ella. <> Si respiraba demasiado, agotaría el poco oxígeno que había allí antes de tiempo. El silencio era duro y sentía los oídos taponados, las puntas de los dedos congeladas. <> No era la primera vez que su padre la ponía a prueba.

Cuando volvió a abrir los ojos, se encontró en un silencio aún más profundo que antes, pero la oscuridad seguía siendo la misma. Ya había terminado, sólo le faltaba salir. Alex se permitió sonreír de lado. Respiró una vez más antes de apretar los puños. Dobló la rodilla y se recolocó en el féretro. Dio una patada fuerte y seca y sintió la madera crujir sobre la suela de su zapato, pero no se rompió.

Pasó de estar tranquila e incluso somnolienta a estresada de nuevo. Golpeó la tapa de madera con los puños cerrados, la arañó con las uñas, la pateó con las rodillas y con los pies, con la cabeza. Pronto sintió cómo el pánico le ataba un nudo a la altura de la garganta para que no pudiera ni hablar ni respirar. El corazón le golpeó con más fuerza contra las costillas. La certeza de la muerte apareció detrás de su oreja.

Alex continuó su lucha. ¡Los bracitos de una niña de diez años no podrían vencer las decenas de kilos de tierra que la sepultaban! ¿En qué estaría pensando John? Alex lloraba y sudaba, aunque ni siquiera era consciente de ello. ¿No habían transcurrido ya los quince minutos? ¿No iba su padre a salvarla? La joven gemía angustiada y sofocada. Una cinta cada vez más ceñida le apretaba la cabeza y la hacía sentir mareada. ¿La falta de oxígeno? ¿La muerte?

En ese instante, entre la marea de patadas, puñetazos y cabezazos, recordó a Sammy. Ojos de girasoles y cabello castaño y brillante. Él no había llegado a cumplir los siete, pero ya había hecho muchas más cosas en su vida que ella, como, por ejemplo, enfrentarse a su padre. Sammy tenía algo distinto, algo especial.

Alex gimoteó: los brazos se le habían quedado entumecidos, los ojos se le cerraban y el recuerdo de su hermano lo hacía todo demasiado borroso. <<¿Y si no vuelvo a verlo?>> Esa idea no parecía tan descabellada. Dejó reposar la cabeza y exhaló débilmente, sangrando, sudando y llorando.

Ya había entrado en la profunda tierra de los sueños espesos y el pitido en los oídos cuando una pequeña parte de su ser notó cómo la tierra sobre ella se removía. Ladeó la cabeza y tosió con esfuerzo. Temblaba. Alex sólo guarda un recuerdo de aquella noche oscura: unos ojos negros que la miraban desde arriba, todo el miedo que ella ya no sentía reflejados en ellos. Y los brazos fuertes de su padre, que la abrazaron y la sacaron de allí.

***

Llevaba cuatro años.

Cuatro putos años allí abajo.

Y cada puñetera jornada, una tortura. A quien se la inflingiera, a ella, a otra alma rota, ya ni siquiera importaba. Tendrían que llamarlo Infierno por algo. Bueno, al menos, hasta ese día. Ese día, si se puede decir que en el Infierno hay días, recordó...

—¡Alex!
Era una noche tranquila de otoño, el frescor del viento acariciaba las ramas de los árboles, que sellaban su silueta en la fachada de la casa con sus sombras.
—¡Coge a tu hermano y sal de aquí ahora mismo!
Pero, ¿no hacía demasiado calor para estar a dos meses del invierno? ¿Y esos gritos? ¿De dónde venían?
—¡Date prisa! —puso al bebé sobre los brazos de la niña —¡Corre, Alex! ¡Corre!
Salió de la casa mientras las lenguas de fuego la devoraban

...recordó...

—Sammy —dijo mientras se arreglaba la trenza —. Hablemos a solas.
—¡No! —siempre tan rebelde y sin saberlo él mismo —. Si tienes algo que decir, dínoslo a los dos.
Abrazó a la joven de cabellos dorados. La morena se encogió de hombros.
—Está bien —suspiró ella —. Papá se fue de caza. Y no ha vuelto en varios días.

—¡Aaagh! —gimió, llevándose las manos a la cabeza para impedir que le explotara.

Pero eso no le evitó seguir ahogándose en el mar de recuerdos.

Tessa se acercó a ella, dispuesta a llevársela consigo. Aun así, seguía habiendo una parte que no quería irse. ¿Se dedicaba a matar monstruos e iba a morir por un accidente de coche?
Estaba a centrímetros de besar a la parca cuando, de pronto, una bocanada de energía la barrió muy lejos de allí, a una cama de hospital. Sam, a su lado, lloraba sin disimularlo

Andaba por el campo, codo con codo con el viejo Bobby y agarrados a una escopeta. La figura de su maltrecho hermano cojeaba hacia ellos.
Antes de poder hacer nada, una sombra surgió desde atrás y le asestó una puñalada en la espalda. Alex soltó el arma y escuchó su propia voz muy lejana. Abrazó a su hermano antes de que se desmoronase.

Unos ojos amarillos que la miraban con fiereza, con la mezquindad de los que conocen muchas almas. Se estiró para agarrar el arma y, cuando sintió el Colt con la punta de los dedos, suspiró.
—Eh... —llamó al demonio
Estiró el brazo y apretó el gatillo.

Pero esa vez no eran unos ojos amarillos los que la acorralaban: eran azules y plateados y brillaban como mil soles. Alex comenzó a sentir un quemazón en el brazo izquierdo, como si estuviesen montando una hoguera sobre su hombro. El dolor se extendió por todo su cuerpo como una corriente eléctrica y se vio envuelta en una manta hecha, literalmente, de pura luz.

Tan rápido como llegó, la sensación de volar desapareció cuando abrió los ojos. La oscuridad la sorprendió. Agarrotada por el tiempo que había pasado en la misma posición, estiró los brazos pero fue a chocar contra unas astilladas paredes de madera. El corazón le dio un vuelco cuando comprendió dónde estaba metida.

Intentó gritar, pero no le salió más que un gruñido. Dejándose llevar por su propio instinto, asestó una patada contra la tapa del ataúd. La madera cedió al instante. La tierra cayó sobre ella.

Se colocó y comenzó a escavar con las uñas, manteniendo la respiración en unos polvorientos pulmones. Cavó a pesar de tener los brazos entumecidos, cavó a pesar de no sentir las piernas, cavó a pesar del embotamiento en el que tenía sumergida la cabeza. Cavó, cavó y cavó.

Cuando por fin encontró la luz del cielo en la superficie, sacó la cabeza de entre la tierra y tosió con ganas. Luego, sacó una mano y después la otra y se impulsó a sí misma para salir de la tumba.

Sin embargo, esta vez no había ningún padre preocupado ni ningún hermano temeroso para acogerla en sus brazos. Miró a su alrededor: sólo vio un campo desolado y la sombra de esos ojos azules y brillantes, que ya se habían ido.