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Harald nunca lo admitiría, pero la boda de su hija pequeña fue un balde de agua fría que lo obligó a ver la realidad de lo que sucedía a su alrededor.
Sus dos hijas, Raella y Elia, han crecido; ambas se convirtieron en mujeres fuertes, hermosas, e independientes, tentación de todos los hombres y envidia de muchísimas mujeres. Sus dos niñas a las que hasta ayer les contaba cuentos antes de dormir, con quienes jugaba con las muñecas en su cuarto adornado con cortinas rosadas y una tienda de campaña consistente de una sábana lila y blanca, y a quienes veía sonreír cada vez que regresaba a trabajar. No, ellas ya no eran niñas pequeñas; eran adultas hechas y derechas, con sueños cumplidos y no cumplidos.
Estaba consciente de ello, por supuesto. Sabía que debía dejarlas ir de un momento a otro... Pero si las dejaba ir, sería con los hombres correctos. Y los que estaban con ellas, al menos a su juicio, no lo eran del todo.
Levantó la copa en señal de brindis tras decir unas cuantas palabras a los novios; luego, sentándose junto a Halfdan, empezó a platicar sobre algunos que otros negocios familiares mientras que su mente se enfocaba en darse de golpes contra la pared en señal de arrepentimiento puro. Hvitserk Ragnarsson Lothbrok no era el hombre con quien su hija debía casarse; de hecho, era bien sabido que el tipo no estaba hecho para la vida matrimonial. Era mujeriego y glotón; daba su vida por ambas cosas aún cuando estuviera en una relación sentimental.
Y si Hvitserk no daba ni una, el hermano menor de éste, Ivar, lo dejaba sin palabras.
No quería sonar demasiado escéptico o amargado. Apreciaba mucho a Ivar como colega y socio en los distintos negocios que ambas familias emprendieron en conjunto; era un tipo brillante, astuto, con una visión para todo tipo de situaciones dentro y fuera de la empresa, cualidades que han mantenido a flote a las distintas empresas que Ragnar había dejado en las manos de Ivar y de sus demás hermanos al morir. Tenerlo como socio sin duda ha sido una de sus mejores apuestas...
Pero Ivar no era un buen partido para Raella bajo ninguna circunstancia, ni siquiera en el aspecto físico.
Desconocía qué diantres Raella le había visto como para que dejara a Jacob Frye, su antiguo novio con quien el mismo Harald reconoció tener ciertas afinidades, pero sin duda alguna no quería verla siempre atada a alguien cuyo sentido de posesión es sofocante. Rogó al sin número de deidades habidas y por haber que ella pronto se decidiera dejarlo por otro que realmente valiera la pena.
