Chapter Text
Las voces ya no se escuchaban, las luces se habían apagado, y las medallas ya habían sido entregadas.
Sentado sobre uno de los bancos más cercanos a la pista de hielo se encontraba Yuzuru Hanyu, quien había perdido otra vez la oportunidad de acariciar una medalla dorada en el campeonato de los Cuatro Continentes.
Otra vez el primer lugar se había escapado de sus manos.
Y allí estaba, culpándose a sí mismo; ¿a quién más culparía? ¿A Nathan? No, él había ganado justamente. No era necesario descargar su irracional ira contra él. ¿Culparía entonces al entrenamiento recibido en Toronto? Tampoco, había entrenado lo suficiente. Y tenía toda la confianza de poder hacerlo perfectamente. Como todas las veces en su entrenamiento… Pero su mente, ¡su maldita mente! Otra vez le había jugado una mala pasada. El miedo, los nervios, la presión y la ansiedad… todos confabulados en su contra para no poder dar el rendimiento que, sabía, podía dar.
¡Equivocarse de esa manera tan torpe! ¡No una, sino dos veces! Arrastrando el temor en esa maldita combinación… modificando otra y finalmente arañando los puntos para poder competir contra Chen.
Aún así, por casi cuatro puntos, su derrotada había sido declarada.
¡Humillante! Porque no había nada en el mundo que le disgustara más que perder.
Y más cuando sabía que había perdido por su debilidad mental.
Una debilidad que no mejoraría ni con el mejor entrenamiento. Una debilidad que había incrementado después de lo sucedido antes del campeonato… Donde parte de él se rompió en miles de pequeños pedazos.
—Yuzuru… —le habló frente suyo Brian; su entrenador. La persona que sabía perfectamente cómo se sentía. La persona que le conocía como si fuera un hijo, y que le quería de la misma manera. Pero que también sabía que Yuzuru no aceptaría una muestra de cariño, o algo parecido, que trataran de hacerle sentir bien. Porque él no quería sentirse bien—. Ya tenemos que irnos.
El chico de ojos rasgados ni siquiera le miró, se levantó de su asiento con sus manos hechas un puño y con las cortas uñas clavándose en sus palmas. Porque el momento de las sonrisas fingidas había terminado, y ahora podía mostrarse abiertamente. Sin temer que nadie notara lo que verdaderamente sentía.
Ya había tenido suficiente con fingir toda la gala, y ya tendría tiempo de volver hacerlo en el banquete.
Camino directamente hacia la pista de hielo, se agacho a la altura de está y tocó con su mano desnuda la fría solidificación; como siempre solía hacerlo, pero esta vez no para agradecerle, sino para informarle que hoy podía reírse de él cuanto quisiese, pero que en los Juegos Olímpicos se preparara para todo el arte que estaba dispuesto a hacerle sentir con su patín.
Una promesa entre ellos había quedado pactada.
Por ahora podía ir a descansar, mañana iría al banquete con una sonrisa… pero luego volvería a Toronto a practicar lo más duro posible. El campeonato Mundial se acercaba y él no estaba dispuesto a volver a perder.
Sobre todo contra esa persona.
