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Él y yo somos diferentes. Lo sé, aunque no lo conozco y esta es la tercera vez que lo encuentro en este bar.
Mi desconocido favorito entra por la puerta trasera y se sienta frente a la barra, en la esquina más solitaria del establecimiento, donde el televisor da la espalda, y el frío del exterior se cuela por el marco de la próxima salida. Al parecer es un cliente habitual porque el cantinero pregunta su pedido antes que a cualquier otro, también podría deberse al temor que ocasiona la expresión arisca de su rostro, la que gana tan especial atención.
Ah, me mira un segundo y estremezco...
Sake, cerveza y hoy, tequila. Su presencia se impone y es lo único que soy capaz de ver en la esquina contraria a él, con mi cuarto vaso de vodka en mano. Él es muy alto, yo soy alto también, pero él rebasa el metro noventa, tiene un cuerpo atlético y fuerte, opuesto total al mío que podría definirse como escuálido. Aún así, me causa risa que viste como si muriera de frío, y no es hasta que han pasado un par de bebidas que empieza a quitarse el exceso de ropa.
Bebe de golpe el primer shot y el cantinero coloca la botella a su izquierda. El murmullo de la gente se concentra donde yo estoy y quisiera acercarme a él y charlar. Pero como mencioné, él y yo somos diferentes.
Si tuviera que describir quién soy, diría que soy el típico sujeto que recibe bebidas gratis cuando está a solas, aquel quien nadie respeta y viste ropa ligera incluso a varios grados bajo cero. Soy la clase de sujeto que cuando habla puede terminar alzando la voz por la emoción y finge emborracharse para portarse mal.
Es un misterio para mí si él quien luce amar tanto la quietud y la individualidad, podría permitirme compartir una bebida antes de partir a casa.
Le doy la espalda en la silla y miro a las personas jugar en el billar o platicar sobre el partido de béisbol en la tv. Me pongo de pie y decido que esta noche no tendré arrepentimientos. Y en cada paso hacia donde él se encuentra, repito a mis adentros como el agua y el aceite no se mezclan pero juntos logran un efecto hermoso de incorrupción.
Si fuera posible, quisiera intentarlo. Alimentando esa esperanza, visto mi mejor sonrisa y acomodo un cabello rebelde tras el lóbulo de la oreja. Mi víctima no se ha dado cuenta que me aproximo y se quita la enorme chaqueta, colocandola en el respaldo de la silla. "Mírame" "No me mires" mis anhelos y mis miedos se contradicen. Él me mira y frunce el ceño, enseguida voltea a su alrededor sin discreción buscando otro objetivo para mí sin encontrarlo. Su actitud me provoca una risa ligera y noto como mis pensamientos guardan silencio.
Sólo existe el presente, este momento maravilloso donde cada acción es un ganar o perder sin tener la menor idea de qué es lo que no volveremos a tener. Por esa misma razón, a veces tomo la vida demasiado en serio y en otras ocasiones la considero insignificante. Ahora esa filosofía me permite no tener miedo de arriesgarme.
