Chapter Text
Corría el año de 1916. Los ecos de la revolución llegaban a Santa Cecilia tan fuertes como el primer día. Los cañonazos ya no la sacudían desde la raíz, y los vientos de cambio calaban hasta los huesos. Se hablaba de un acuerdo. ¡De un final, después de tanta sangre derramada! Era una bendición que se aceptaba con las manos abiertas, pero no sin desconfianza. “Constitución”, susurraban todos entre dientes, aunque no supieran ni siquiera qué significaba. Héctor podía jurar jamás haber escuchado semejante palabra, pero en los últimos meses era de lo único que se hablaba. Susurros, solamente. Nadie sabía con exactitud: las noticias tardaban meses en llegar. Era fácil olvidarse de Santa Cecilia cuando ya habían arrancado de sus familias a todos los valientes hombres y mujeres que se fueron siguiendo un ideal. Tierra y libertad, había sido el sueño. Tierra y libertad sería pronto una realidad.
Fue en aquel entonces que, mirándola bailar al ritmo de Las tres pelonas, Héctor supo que se casaría con ella. Su vestido acariciaba el viento, y sus ojos negros emanaban fuego. Héctor se casaría con ella. ¡Se casaría con ella incluso si la vida le costara! Su Adelita, su Valentina. Su Gioconda. Su Eva. Su Penélope. Su novia fiel. ¡Su Imelda! Suya sin serlo, por ella su corazón latía. Por ella se levantaba por las mañanas con la más grande sonrisa en su rostro. Por ella se iba a acostar con la esperanza de verla en sus sueños. A su musa testaruda. A su cruel verdugo. A su adorada Imelda.
En aquel entonces él le sonrió a lo lejos, y le zapateó con más ganas. Ernesto le dedicó un inclinar de su cabeza, y el sombrero hizo sombra sobre el rostro de su adorada. Imelda, que vio el saludo de su acompañante, siguió su mirada… y a Héctor le pareció que ella estaba tan perdida como él una vez que sus ojos se encontraron. Lo miró, lo miró de verdad – con esa mirada que erizaba cada vello en su cuerpo; la barbilla medio alzada, la cabeza inclinada levemente y los labios en una fina línea que medio dibujaba una sonrisa – y a Héctor se le cortó la respiración. “Héctor,” sus ojos parecían llamar. “Héctor”, y sonaba a su canción preferida. Ella podría estar bailando con alguien más, pero en su corazón sólo él existía.
Héctor no pensó más en Ernesto. Lo que el moreno decía sentir por su Imelda no eran más que mentiras que se había dicho durante mucho tiempo, hasta creérselas. Eran fantasías nada más. Él no la conocía; no la escuchaba. Él no la amaba como Héctor lo hacía. E Imelda… ¡Imelda tenía que amarlo también! Se lo decía con los ojos, que no podía quitarle de encima, pese a que Ernesto giraba a su alrededor. Pese a que demandaba su atención. Para Imelda sólo existía Héctor; ahí, con su zarape colorido y su guayabera bien almidonada, con la sonrisa eterna grabada en su rostro. Los dientes grandes y blancos, el cristalino mirar de sus ojos. Para Imelda sólo existía su contagiosa risa; la diversión de su voz. Sus piernas largas y flacas, que se movían con tanta gracia que parecía mentira que a él pertenecieran. Seguía sus pasos juguetones, tratando de ocultar su sonrisa tras su reboso.
Ernesto jamás se sintió tan dejado de lado como aquel día en el que, desesperado por mantener a sus lados a quienes había aprendido a querer con tantas ansias, decidían que tres eran multitud. Que él ya no existía, y que en el mundo sólo había espacio para su amor y ya.
Lupita, que bailaba con Héctor, se deshizo en gusto cuanto más jubiloso bailaba él, movido por el amor que su Imelda le inspiraba. El cielo era rojo cuando la falda de Imelda lo tocaba. El cielo era rojo con Imelda, y azul cuando ella hacía falta. ¡Imelda del alma!, Héctor llamaba con el corazón en la mano, ¡Imelda del alma! Que fuera suya, y suya nada más. Que lo amara tanto como él la amaba a ella. Aquel era su anhelo.
Fue en aquel día cuando Ernesto tomó su decisión, con el corazón oprimido. Ellos se amaban. Y no lo amaban a él. No de esa forma. Se hizo a un lado. Y, aquel día, tras ofrecerle un último beso en la mano a Imelda (más por costumbre que por otra cosa), le dijo:
—Yo como que ya me cansé de bailar. ¿Quieres que te escolte a tu mesa?
—¿P-por qué? –Imelda preguntó, teniendo la decencia de parecer culpable. –¡Pero si apenas empezamos!
Él no hizo esfueezopor sonreír. Solo le regaló una mirada duea. ¡Cómo se strevía a mentirle tan mal!
—Es que no he dormido bien. –Ernesto respondió, encogiéndose de hombros. – Pero estoy seguro de que mi amigo Héctor estará contento de bailar contigo.
—Héctor. –ella murmuró, haciendo un esfuerzo sobrehumano por hacer como si no lo recordara. Como si no hubiera soñado con él la noche pasada. Como si no contara con ansias los días que faltaban para los Viernes, cuando los dos amigos le ayudaban a su papá en el taller. Como si no aguardara con paciencia infinita que sus manos se rozaran, que pudieran compartir una palabra o dos.
Ernesto alzó una ceja, y con toda la dignidad que fue capaz de recolectar, con la boca sabiéndole amargo y el amor propio herido, agregó con los ojos entrecerrados y una frialdad poco usual en él:—Si así quieres, claro.
—E-es una fiesta muy bonita como para permanecer sentados. – fue su simple respuesta, mientras jugueteaba con su rebozo y evitaba su mirada.
A Ernesto sus palabras le pesaron como mil ladrillos. No habría podido ser más clara. Asintió con la cabeza, y con la mano llamó a su amigo. Héctor, de haber tenido alas, habría volado hasta ella. No pudo llegar más rápido, disculpándose con Lupita que le guiñó el ojo, como quien no quiere la cosa. Héctor no tenía ojos para nadie más que la joven de vestido blanco. Por poco y se resbaló; si Imelda lo notó, no dio ninguna señal. Parecía tan perdida como él.
Ernesto ahogó un suspiro. Él buscaría en alguien más la tierna torpeza de Héctor. Ya buscaría en alguien más la fiereza de Imelda.
Un año pasó en un parpadear.
Un grupo de forasteros de sombreros amplios y piel tostada toca muy animado Las tres pelonas. La canción, que en días normales pondría a Héctor a zapatear como Dios manda, no hace más que incrementar sus nervios. Aquel miércoles no era un día común y corriente. Imelda dibujaba paisajes con el florear atrevido de su falda, bailando con sus amigas. Sobre su hombro desnudo, brillante y redondo, le dirigía miradas que a Héctor le helaban la sangre. Y sonreía. ¡Sonreía, la condenada, cuando lo veía sonrojarse y desviar la mirada! Y se entregaba al flotar de sus pies, a la ligereza de sus pasos, a la gracia de su bailar. Imelda bailaba, y Héctor no podía respirar.
Aprieta el agarre al mango de su guitarra, cuyo clavijero adornado está por un brillante listón morado. El listón que Imelda le había regalado el día que le pidió que fuera su novia. Ya no olía a su perfume, pero si Héctor cerraba los ojos, le parecía oler la dulce esencia del naranjo bajo su balcón. La frescura timidez del primer beso que le regaló. Y sentía de nuevo la suavidad de su cintura. Su cuerpo presionándose contra el de él.
—Deja de mirarla como viejo rabo verde y sácala a bailar. –Su amigo dijo, y con un golpe en su antebrazo sacó a Héctor de su ensueño. –Que son novios, y no habría nada más natural que eso.
—Que no, Ernesto. –Héctor negó con la cabeza. – Además, ahí está su papá. Me da vergüenza. –admitió, rascándose la barbilla.
Su amigo soltó una carcajada, negando con la cabeza. —Cómo no te da vergüenza comértela con la mirada.
Héctor, ruborizándose, negó con la cabeza efusivamente. —¡Yo no me la como con la mirada!
—Ya nada más te falta que te caiga la baba. –Ernesto contestó sin siquiera parpadear, con una seriedad poco común en él, le señaló su barbilla.
Héctor, preocupado, llevo ambas manos a su rostro para secar el rastro de baba inexistente, sólo para encontrarse con la piel completamente seca, y arrancarle otra carcajada a su amigo. Fulminándolo con los ojos, le regaló otro golpe flojo.—Ernesto, ¡no seas mentiroso!
—¡Ya, ya, no te enojes! Es incómodo estar hablándote y que tú ni me peles. –dijo, con las manos a la altura de su pecho y la irritación pintada en su rostro de facciones infantiles.
Héctor no pudo más que soltar un suspiro, derrotado. Queriéndose justificar, le preguntó:— ¿Apoco no es la joven más hermosa que jamás hayas visto?
—Mmm… no lo sé. –contestó él, encogiéndose de hombros. –Santa Cecilia es un pueblo pequeño.
—Baboso. –Héctor rodó los ojos.
Ernesto soltó una risotada, pegándole en el hombro. – ya, ya, Romeo. No te molestaré más. A condición de que vayas a sacarla a bailar. Llevo rato echándole el ojo a Dolores y no puedo sacarla a bailar y dejarte solo. ¿En qué clase de amigo me convertiría?
—Me alegra que todavía tengas honor. –Héctor dijo, y el sarcasmo parecía inundar cada sílaba tanto como los vestigios de un cariño de la infancia.
—Ay, Héctor, ¡pero si el honor es lo único que tengo!
—Me agrada esta nueva falsa modestia. Deberías quedártela.
—Gracias, supongo. –Ernesto contestó, no muy seguro de haberle entendido.
—Voy a casarme con Imelda.
Ernesto, que acababa de tomar un trago generoso de su jarrito con agua de horchata (para pasar el bocado de mole verde) comenzó a toser cual tísico en los primeros días de invierno.
Héctor, preocupado al verlo tan pálido, le regaló un no-tan-delicado golpe en su espalda.— ¡Hey, Ernesto! ¿Estás bien?
— ¡¿Que tú qué? –Ernesto gritó, y todos a su alrededor giraron para ver a los dos amigos. Los rostros infestados de molestia estaban lejos de ser una novedad; desde el primer día que ese dúo se conoció, había sido problema tras problema y siempre estaban ellos dos detrás. Aún así, las señoras más grandes los miraban recelosas, como esperando la más nueva travesura.
Héctor fulminó con la mirada a su amigo, rogándole a gritos que se callara. Una vez que la gente pareció volver a meterse en sus propios asuntos, Héctor repitió en voz baja:
—Que me voy a casar con Imelda.
—No la chingues, Héctor. –Ernesto entrecerró los ojos, tomando un traguito de agua. –No es momento para bromas. Pinche payaso…
—¡Que no es broma, te digo! –Héctor elevó la voz, cruzándose de brazos.
—Ay. –fue lo único que su amigo atinó a decir, apurando a limpiarse unas gotitas de agua que habían resbalado por su barbilla, y que mojaron su bigote.
—Lo llevo pensando desde hace tiempo. –Héctor admitió, bajando aún más el tono de su voz. Su amigo tuvo que inclinarse más hacia él, frunciendo el ceño. Héctor se mordisqueó los labios, mirando a todos lados como quien no puede creer todavía el alcance de sus sueños. Como quien teme confesarlos en voz alta. –Yo… yo de verdad la quiero. –el peso de sus palabras finalmente cayó sobre los hombros no nada más de Héctor, también de su amigo, que comprendió que el moreno decía la verdad. Que no había verdad más cierta que el amor que entre Héctor e Imelda existía. –Muchísimo. Y no puedo imaginarme viviendo lejos de ella. Cada día que despierto y ella no está conmigo, yo… Yo ya no puedo.
Ernesto, soltando un suspiro y esbozando una pequeña sonrisa, puso su mano sobre el huesudo hombro de su amigo, dándole un ligero apretón que no podía más que cargar el sincero cariño que sentía por su hermanito.
No le deseó felicidades. No podía. En su experiencia un matrimonio era un martirio. Era cortarse las alas. Era enjaularse y vivir un infierno. Era renunciar a todo y no tener nada a cambio. Pero era difícil seguir creyendo en historias de fantasmas cuando veía la completa adoración con la que su amigo se refería a Imelda. Temió entonces por él. Por que fuera a acabar como la pobre viuda de De la Cruz. Casi muerta a palos en contables ocasiones, con la belleza arrancada por una sombra que apestaba a mezcal. Con los ojos teñidos de una amargura que corría por sus venas incluso antes de que ella lo reconociera.
Jugueteando con sus manos, sus ojos la encuentran. Está mirándolos. Mirando a Héctor. Y es tanto el amor en sus ojos que a Ernesto le cuesta pensar en ella como en José Ángel De la Cruz; su delgada figura en poco o en nada se parece al militar que murió en batalla y que regresó a casa con una carabina sin balas y una botella a medio beber; diez bastardos regados por todo México, y cada uno era mejor que el hijo inútil que había engendrado en el matrimonio.
Tosiendo, se obligó a continuar. —¿Cuándo se lo pedirás?
—Yo… no lo sé. –Héctor apretó los labios, dejando caer los hombros. Sus sueños se habían limitado a aceptar una realidad absoluta. La quería de esposa. La logística poco importaba; a través de ella eran solo problemas, problemas y más problemas. Pero lo deseaba. Lo deseaba con todas sus fuerzas.
Era algo patético. Cantarle canciones a la inalcanzable luna. Cualquiera que lo hubiera escuchado se habría reído. Le habría dicho que estaba loco. Que desde que su relación comenzó el pueblo no había hecho más que susurrar y rezar por Imelda; porque recuperara la cordura que ellos creían que había perdido. ¡Cuál cordura importaba, cuando se amaban con el alma! ¡Cuando ella no fue nunca más feliz que cuando se encontraba entre sus brazos! Mas nadie entendía ni pretendía entender. Ellos nada más veían a un músico sin aparente futuro; ningún lugar en dónde caerse muerto y una familia que lo reconocía como un niño maldito. Habían aprendiddo a quererlo, pero no ignoraban el peso de su destino.
Imelda veía más. Imelda lo veía a él.
Héctor esperaba que el cariño fuera suficiente. Con egoísmo, rogaba porque ella le dijera que sí. Que renunciara al prospecto de una vida mejor al lado de una sombra sin rostro, de gran billetera. Que le dijera que no a tantos pretendientes fueran a tocar a su puerta, y que lo eligiera a él. Que aceptara que él había grabado en su alma su nombre tal como ella había hecho con él.
—Tendremos que ir a pedirle permiso a tu suegrito primero. –Ernesto alcanzó a murmurar, pasándole un brazo alrededor de los hombros, con una media sonrisa. Héctor no recuerda si lo que vio en su rostro fue lástima –lástima, por creerlo tan iluso– o miedo.
—¿”Tendremos”? –Héctor elevó una ceja, girándose para mirarlo.
— ¿Crees que te dejaré solo? ¡Ja, claro que no! ¿Qué clase de amigo sería si me pierdo de cómo te meas en frente de don Jaime por segunda ocasión? –Ernesto preguntó, y su sonrisa acabó ensanchándose tanto que parecía que todavía veía la escena mencionada. Para ser francos, sólo bastaba cerrar los ojos y volvía a recordar los tartamudeos de Héctor y su rápida caminata a casa para cambiarse, rogando a los cielos que Imelda no lo hubiera notado. Perdido en el recuerdo, volvió a soltar una risotada, ganándose un bufido de su mejor amigo, que lo empujó.
— ¡No chingues, Ernesto, dijiste que ya no lo mencionarías! –Héctor protestó, hundiendo su rostro entre sus manos. ¡Cómo había rezado que su amigo por fin lo olvidara para poder dejarlo en el pasado!
Las carcajadas de Ernesto pronto fueron silenciadas por la voz de Imelda, que puso una de sus manos sobre su hombro.
—¿Me perdí del chiste?
