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Poseía muchas palabras en sus dedos. Sin embargo, no sabía qué hacer con ellas. Las ideas zumbaban en su cabeza, cual enjambre de abejas, geniales y alocadas. Mas parecían tontas, infantiles una vez puestas sobre el papel. ¿Qué podía hacer con todo lo que tenía que decir? ¿Existía otra forma de expresarse que no fuesen las letras?
"¿Pintar, tal vez?"
"Olvídalo". Ella, la insidiosa vocecita que la acompañaba desde que tenía uso de razón, disfrutaba minando su confianza. "No puedes ni mantenerte dentro de la línea".
"¿Tocar un instrumento?".
"¿En serio?", replicaba Ella, incrédula. "¿Alguna vez te escuchaste cantar en el baño? No puedes ni llevar el ritmo con las palmas".
"¿Teatro?".
"¡¡¡Jajaja!!! Esto ya es un festival de comedia. NO PUEDES HABLAR EN PÚBLICO".
"¿Y… y si… y si me inscribo en un estudio de baile?", disparaba, desesperada, el último cartucho que le quedaba.
"Esta niña no aprende. No puedes, no puedes, no puedes...." Ella podía seguir por horas, atormentándola con sus palabras favoritas.
Entonces se rendía. De lo contrario, Ella no la dejaría en paz. Dejaba que las palabras muriesen en sus dedos.
