Chapter Text
Curso 1996-1997.
-Todos lo vimos en esa tienda, con toda esa gente. Era una ceremonia de iniciación. Ya ha pasado. Draco Malfoy es uno de ellos.
Harry estaba convencido de lo que decía, a pesar de que ni Ron ni Hermione le creyeran. Él sabía que Draco Malfoy era un mortífago, y lo probaría.
***
Todo el mundo conocía a Hermione Granger. A pesar de estar en sexto año todavía, muchos pensaban que era la mejor bruja de su generación. Hermione era lista –siempre la mejor de su clase- y amable; pero casi todo el mundo la conocía porque era amiga de Harry Potter –y, como todos sabían, la cabeza pensante del Trío Dorado-.
Pero, sobre todo, Hermione era una persona reflexiva y sensata. Desde joven ella había sabido que llegaría lejos. Trabajaría en el Ministerio abogando por los derechos de las criaturas mágicas, e iría escalando. Con once años, apenas días después de recibir su carta de Hogwarts, Hermione, sentada en el sofá de su casa y cubierta por una manta, leyó por primera vez Historia de Hogwarts y Guía muggle del Mundo Mágico, y leyó también sobre todos los magos y brujas que influyeron en el pasado y mejoraron de alguna manera Gran Bretaña, todos esos directores de Hogwarts, todos esos Ministros, y decidió en ese momento que un día sería uno de ellos, que sería recordada por todas las cosas buenas que haría.
Ayudar a Harry, su amigo, su hermano, era el primer paso. Era lo correcto. Harry necesitaba su ayuda, y ella necesitaba ayudarlo a acabar con Voldemort y sus mortífagos para que su sueño de infancia de un mundo sin violencia e injusticias se hiciera realidad. Conforme pasaron los años, entendió que no necesitaba convertirse en ninguna de esas personas famosas que salían en los libros, porque esto era mucho más importante, mucho más significativo, incluso si perdía la vida en el intento.
Hermione era lista, y sensata, pero quizás tendría que haber leído un poco más sobre la condición humana y menos sobre los actos heroicos de otras personas, porque entonces habría sabido que hasta la persona más altruista tenía un punto flaco. Dinero, sexo, alcohol… Los tres venenos capaces de emponzoñar al ser humano.
Hermione se creía por encima de todos esos artificios.
Hasta que Draco Malfoy entró en su vida. Y la desbarató.
***
Hermione Granger y Draco Malfoy no eran amigos y nunca lo serían.
Ella siempre sería la sangresucia sabelotodo para él, y Malfoy siempre sería el idiota presumido, esnob y cruel que se metía con ella, Ron y Harry desde los once años y que casi consiguió que mataran a Buckbeak en su tercer año.
Malfoy era atractivo. Ella lo sabía. Todo el mundo lo sabía. De pelo rubio casi blanco, ojos grises, pómulos marcados, atlético y una cabeza más alto que ella, Malfoy bien podría tener sangre veela en sus venas. El príncipe de Slytherin, admirado y temido a partes iguales por su Casa.
Quizás las generaciones futuras de magos y brujas, si bien no pensaran en su pequeño desliz con amabilidad, al menos podrían entender la atracción, una tonta más que caía en las garras de la seducción (“Granger tenía un futuro tan prometedor, pero ese chico era un pájaro de mal agüero, tan guapo, tan encantador, realmente esa chica no tenía posibilidades”).
Pero esa sería una absoluta y ridícula mentira, porque nada de esto empezó por una cuestión de atracción. Todo empezó por una cuestión de odio y de rabia, de resentimiento y violencia; dos personas recurriendo al placer físico para doblegar a la otra, para humillar a la otra, para imponerse sobre la otra. Besos que sabían a sangre, uñas arañando la piel, cuerpos chocando con fuerza, con frenesí, hasta que uno de ellos o ambos perdían la cordura, cerraban los ojos y se dejaban llevar, y las palabras hostiles no se reiniciaban hasta que abrían de nuevos los ojos, hasta que veían quién era realmente la persona entre sus brazos. Hasta que la vergüenza sustituía la pasión, recogían sus ropas y se marchaban.
Y si después, rememorándolo en su cama por las noches Hermione creía recordar una pasión distinta en los ojos de Malfoy, una profundidad que no era capaz de ver cuando estaban juntos, se forzaba a no pensar en ello. Recordaba el sabor de sus besos en cambio, la palidez de su piel, la forma en que se rendía arqueando la espalda, ofreciéndole el cuello como un lobo rindiéndose al líder de su manada, e incluso si al día siguiente era ella la que se rendía no importaba, porque el recuerdo del pulso de Malfoy bajo su boca, la carótida impulsando vida a un solo mordisco de distancia, no la abandonaría.
En esos momentos se sentía poderosa.
***
Los meses fueron pasando. La navidad vino y se fue, el año nuevo llegó y Hermione siguió viéndose con Malfoy. En algún momento dejó de tener el control; ya ni siquiera necesitaban tener peleas en los pasillos durante el día para que a Hermione le recorriera ese calor por todo el cuerpo, esa necesidad de buscar a Malfoy, arrancarle la ropa y hacer que se viniera dentro de ella, fuera de ella, donde fuera, simplemente… simplemente hacer que la tocara. Solo bastaba una mirada.
Malfoy, maldito fuera, parecía saberlo. La miraba todo el tiempo a través del Gran Comedor, desde la mesa de Slytherin. Sonreía burlón, se apartaba un mechón de pelo de la cara con una mano pálida y elegante y se lamía los restos de jugo de calabaza de la boca de manera obscena cada vez que ella levantaba la vista. Hermione tenía que agarrarse con fuerza de la mesa para evitar saltar por encima de la mesa y arrastrarlo fuera. La semana pasada Hermione llegó cinco minutos tarde a una clase, ¡cinco minutos!, por darse el lote con Malfoy en el armario de escobas. Por suerte Gryffindor compartió esa clase con Ravenclaw, así que nadie supo que llegaron tarde a la misma hora a sus respectivas clases.
Ron y Harry, benditos fueran, no se daban cuenta de nada –últimamente Ron solo pensaba en Quidditch y Harry, aunque estaba obsesionado con que Malfoy era un mortífago y lo perseguía incansablemente, por suerte todavía no los había descubierto-, pero Ginny la había visto llegar tarde por la noche en más de una ocasión. Ginny estaba convencida de que sabía quién era su pretendiente –Emil Hackner, un alumno de sexto año de Ravenclaw con el que Hermione estudiaba de vez en cuando- así que, por una vez, no se comportó como un sabueso tras un hueso y se limitó a bromear de vez en cuando y pedir detalles jugosos que Hermione nunca proporcionaba.
Para finales de Febrero Hermione supo que estaba jodida. Estos… encuentros con Malfoy eran cada vez más frecuentes. No podía mantenerse alejada y eso la estaba volviendo loca. Harry seguía acusando a Malfoy de ser un mortífago y aunque Hermione había visto su brazo descubierto –había besado ese brazo- y sabía que no era verdad, también sabía que era cuestión de tiempo. Por mucho que la besara, por mucho que se acostara con ella, Malfoy seguía siendo un Malfoy y su familia seguía odiando a los hijos de muggles. Para él seguía siendo una sangresucia –el enemigo- y un día seguiría el mismo camino que su padre.
Un día se enfrentarían en batalla.
***
Draco Malfoy solo había deseado una cosa en toda su vida: estar a la altura de su familia, de su legado. Se le enseñó a despreciar el fracaso desde muy joven, a hacer cualquier cosa por evitarlo. Aquellos que se metían en su camino debían ser considerados únicamente obstáculos que debía vilipendiar para ganar. Una vez echados a un lado, debían ser olvidados, hacer que su sola existencia fuera vacua.
Cuando conoció a Hermione Granger hizo todo lo posible por menospreciarla públicamente, para que sus éxitos no entorpecieran los de Draco, pero sin importar cuanto se esforzara ella siempre ganaba. Llegó un punto en que Draco habría hecho cualquier cosa por quitársela de en medio.
Cuando todo este desastre empezó, cuando Draco empujó a Granger contra la estantería de la biblioteca de Hogwarts después de que ella lo llamara Mortífago y la besó por primera vez, pensó que por fin, por fin iba a vencerla en algo.
Hasta que entendió que, como de costumbre, era él quien iba a perder por su causa.
***
-¿Granger?
Draco entró en el aula veinte minutos tarde. Filch había estado a punto de atraparlo y había tenido que esperar detrás de una armadura a que abandonara el pasillo. Al llegar tarde pensó que se encontraría el aula vacía pero vio a Granger sentada en los pupitres de atrás con un libro abierto sobre la mesa. Levantó la cabeza cuando lo escuchó entrar y cerró el libro de golpe.
-Malfoy. ¿Por qué querías verme?
-¿Tengo que tener una razón para ver a mi chica?
Su columna se tensó y sus dedos se hundieron en los bordes del libro. Estaba nerviosa. “Mi chica” siempre parecía un término frívolo cuando se aplicaba a su caso, como dos niños intentando darle más peso a algo y solo consiguiendo que sonara despectivo y burlesco. Hermione Granger y Draco Malfoy no podían ser nada bueno el uno para el otro. Eran rivales, incluso enemigos, con creencias totalmente opuestas. Gryffindor y Slytherin. Los dos estudiantes modelos de sus respectivas Casas, y al menos en el caso de Draco, siempre peleando por el primer puesto aunque sin mucho éxito.
Eso era en lo primero que había pensado siempre cuando alguien nombraba a Granger. <<Sangresucia>>, la llamaba, más por costumbre que por desagrado personal, pero era su molesta manía de superarlo académicamente lo que más lo había molestado siempre de ella. Llamarla empollona no tenía tanto impacto como llamarla sangresucia, así que la llamó lo segundo cuando quiso ponerla en su lugar la primera vez, y de pronto todos esperaban que siguiera llamándola así. No fue difícil tampoco porque Granger no se hacía gustar: le plantaba cara a Draco, le insultaba y, lo peor, seguía venciéndole en los estudios.
Fue fácil descartarla cuando era una niña desgarbada de pelo caótico y dientes demasiado grandes, pero entonces ambos entraron en la adolescencia. Draco empezó a mirar a las chicas de otro modo: de pronto que Pansy se colgara de él ya no le disgustaba tanto, y tampoco que la profesora McGonagall lo juntara con una chica de Ravenclaw llamada Jessica porque llevaba la falda más corta que sus amigas. No fue una fase tan mala, pero entonces empezó a notar los pequeños cambios producidos en Granger. Su pelo dejó de parecer la melena de un león cuando finalmente aprendió a alisárselo correctamente y sus dientes no parecieron tan grandes una vez su cara se alargó. Entonces un día decidió tomar consejos de moda de la chica Weasley y aunque no podía decirse que su vestuario cambiara en exceso dejó de abotonarse hasta el cuello las camisas que llevaba por debajo del suéter de Gryffindor y alguna que otra vez, cuando se agachaba, podía verse el contorno de su pecho. Los otros chicos empezaron a acecharla como perros en celo durante ese año y Draco… Draco se volvió más cruel en sus insultos.
Uno no debía notarlo cuando su adversaria, su enemiga, empezaba a transformarse en una mujer. Uno no debía fijarse en lo largas que eran sus piernas, o lo mucho que le gustaba que se mordiera el labio cuando no se sabía la respuesta a la pregunta de un profesor, ni debía quedarse embobado cuando aparecía con un vestido en el baile de Navidad después del Torneo de los Tres Magos viéndose preciosa y del brazo de otro chico. Seguramente uno no debía hacer la mitad de las cosas que Draco hizo, y tampoco lo que estaba haciendo dos años después, cuando por fin Granger sintonizó La Emisora Draco Malfoy y se subió al tren de los chalados.
Porque incluso si los dos habían terminado cogiendo ese tren sus respectivas circunstancias los obligaban a estar a la defensiva cuando se besaban y se tocaban. Tenía que haber una barrera entre ellos porque un día uno tendría que levantar su varita contra el otro.
A veces no podía dejar de pensar en ello, en el día en que se encontrarían en el campo de batalla en bandos opuestos, y esos días Granger lo miraba a los ojos y era como si se contagiara de su locura. Sus encuentros se volvían violentos, sus manos se hundían en el cuerpo del otro, sus uñas arañaban la piel, y en esos momentos la quería tanto que dolía. Lo malo venía después. La culpa por haberse dejado llevar de esa forma, que se levantaran sin compartir una mirada y se vistieran rápidamente para volver a sus respectivas Salas Comunes. El éxtasis que recorría hasta la punta de sus dedos durante los siguientes días, que no pudieran mirarse a la luz del día cuando se suponía que debían estar peleando para cumplir sus roles en esta mentira que a veces parecía que iba demasiado lejos. Y luego estaban las otras veces, cuando Granger se fundía contra él, arqueaba su espalda y dejaba que la besara hasta que lograba sacarle gemidos, y como después parecía tan en paz, tan contenta incluso, y lo miraba como si fuera un hombre bueno.
Pero eso sucedía solamente en los momentos en que ninguno de los dos pensaba con claridad. Ahora Granger estaba sentada donde la había encontrado al entrar, con la espalda recargada contra el respaldo de la silla en una falsa muestra de comodidad que únicamente la hacía ver a la defensiva.
-Es solo que me sorprende que me hayas hecho venir. Pensaba que estarías muy ocupado llevando a cabo tu pequeño plan secreto –dijo ella-.
-Un plan secreto. Me pregunto a qué te refieres, Granger. Tus amigos y tú siempre habéis tenido una imaginación muy activa.
-Esto es muy real y Harry, Ron y yo vamos a descubrir lo que tramas –tragó saliva-. Es solo cuestión de tiempo. Lo que tu… amo –torció el gesto- te haya ordenado hacer, es mejor que confieses ahora que todavía puedes salvarte a ti mismo.
-Si realmente estuviera urdiendo algún tenebroso plan no sé cuando tendría tiempo para llevarlo a cabo ya que el Trío Dorado de idiotas me sigue día y noche vaya donde vaya. ¿Saben tus amigos que estás aquí conmigo, Granger? –sonrió y se acercó. Su sonrisa se amplió cuando pasó un dedo por su brazo y ella se estremeció-. ¿Es eso deseo o miedo?
-¿Importa? –alzó la mirada y clavó sus ojos marrones en los de Draco-. ¿Qué hago aquí?
-Vaya, chica Gryffindor, creí que era muy obvio. Me apetece echar un polvo.
Respiró agitadamente.
-¿De dónde vienes? ¿Has llegado tarde porque estabas haciendo… algo?
Draco medio bufó y medio rio.
-Eres como un sabueso con un hueso. Sí, Granger, estaba asustando a los niños de primer año y persiguiéndolos por los pasillos para hechizarlos. Luego mis secuaces y yo hemos tirado los cuadros encantados por la Torre de Astronomía. El Director Dippet nos ha cantado durante toda la caída hasta que ha chocado contra el suelo y el marco se ha hecho añicos. Luego hemos ido a la cocina y hemos secuestrado a los elfos, de modo que nadie tendrá desayuno mañana.
-No eres gracioso.
Draco cerró su mano alrededor del puño de Hermione y metió un dedo por debajo de la manga de su blusa. Acarició su muñeca en movimientos circulares. Los labios de Hermione se partieron.
-No te apetece hacer esto ahora –no quedó claro si era una afirmación o una petición. Su pulso estaba acelerado-.
-A mí siempre me apetece echar un polvo contigo.
Con la otra mano agarró a Hermione por un lado de la cabeza, sus dedos clavándose en el cabello castaño, e hizo girar su cara hasta que estuvieron a apenas unos centímetros de distancia.
-Eres muy hermosa. Tan hermosa que me cuesta respirar.
Hermione parpadeó pero se obligó a decir:
-Esa es una línea muy cutre.
-No puedo pensar con claridad cuando se trata de ti.
Se adelantó y besó la comisura de su boca.
-Pero es cierto que eres muy hermosa.
Ahora besó su mandíbula.
-Y mía. Eres mía.
-Malfoy.
La besó con la boca abierta y en pocos segundos ella se abrió. Rodeó a Draco con sus brazos y dejó que él la levantara y la sentara sobre el pupitre. El libro que estaba leyendo antes de que él entrara cayó al suelo con un ruido sordo. Antes de que pudiera pensar en la rapidez en que estaba pasando todo Draco ya le había quitado la túnica y el suéter y desabrochaba los botones de la camisa blanca que llevaba debajo. Aunque sus manos estaban ocupadas frotaba su cuerpo contra el de ella de una manera que estaba volviéndola loca.
A partir de ese momento no pensó en absoluto. Se abandonó a las sensaciones de las manos de Draco sobre ella, Draco dentro de ella, Draco besando su cuerpo, Draco llevándola al clímax.
Cuando terminaron cayeron sobre el pupitre en un lío de brazos y piernas. A Hermione le costó respirar.
-Granger, podrías matar a un hombre. No, de hecho, preferiría que fuera de esta manera. Tenlo en cuenta para cuando llegue el momento, ¿quieres?
No fue lo más acertado hacer alusión al día en que tendrían que enfrentarse allí afuera, uno contra el otro en una lucha a muerte, pero Hermione estaba demasiado agotada para prestarle atención. Se tumbó de lado de manera que su respiración chocó contra las costillas de Draco. Él la rodeó con un brazo, su dedo rozando un lado de su pecho.
-Granger, te vas a dormir.
-Hmm…
Draco bajó la mano un palmo y la puso en la curva de su cadera. Después tocó la marca que ella tenía en ese lugar.
-¿Quién es Rose?
-¿Qué? –ella abrió los ojos y vio donde tenía él la mano-. Oh, era mi yaya.
-¿Qué le pasó?
-Murió… el verano pasado. Estábamos muy unidas. Fue poco después de volver a casa del colegio, y entre el funeral y los familiares que nos visitaron… no me dejaron tiempo para llorarla como debía. Unas semanas después pasé por delante de esta tienda de tatuajes que hay cerca de mi casa… y supe lo que tenía que hacer. De esta manera siempre formará parte de mí.
-Eres extrañamente sentimental.
Levantó la cabeza con el ceño fruncido.
-¿Qué hay de extraño en echar de menos a un ser querido? –pero el ceño fruncido se esfumó cuando le entró un bostezo repentino-. Tengo que levantarme. Es hora de que me vaya.
-Sí, mañana vas a necesitar fuerzas si tus amigos y tú planeáis perseguirme de nuevo durante todo el día.
El cuerpo de Hermione se tensó a medio levantar.
-¿Por qué eres tan capullo?
-¿Qué? ¿Acaso no disfrutas de nuestra cita diurna? Puedo ir a la biblioteca, coger un libro y luego dejarlo de nuevo para ti, y en menos de cinco minutos tendrás tus bonitas manos sobre él para saber si estoy estudiando magia negra o planeo maldecir a alguien. Encuentro tu interés fascinante. La próxima vez debería plantearme dejar una notita.
Enrojeció.
-Nunca vas a cambiar, eres un bruto y un mezquino –empezó a vestirse a toda prisa-.
-Pero te pongo a cien así que en realidad no le das muchas vueltas.
Se dejó la falda a medio abrochar y se giró para encararlo.
-No. Esta ha sido la última vez.
-He escuchado eso antes, hermosa. La verdad es que siempre vuelves a por más porque sabes que te deseo.
Hermione palideció por su franqueza. Se quedó ahí plantada mirándolo. Sus manos y piernas no le respondían así que no pudo abrocharse la falda y darse media vuelta para así salvar el orgullo que le quedaba.
Draco se levantó y abrochó los dos botones que faltaban. Luego puso ambas manos en los hombros de Hermione.
-Desearía no perderte nunca.
Hermione tragó saliva.
-Desearía poder escogerte a ti.
-Malfoy.
-Siempre te escogería a ti, si tuviera oportunidad.
-Malfoy, no.
-Pero tú has escogido tu bando y yo no puedo escoger el mío. Y al final ninguno ganará –Draco se acercó aunque su boca nunca llegó a tocar la suya-. Pero recuerda esto, Granger. Sin importar lo que suceda en el futuro, eres mía. Me perteneces. Hasta que expire mi último aliento e incluso después de eso, eres mía.
***
Todo se torció cuando Katie Bell tocó el collar de ópalos que madame Rosmerta le entregó estando bajo la Imperius y terminó en el hospital. Un collar que tendría que haber llegado a Dumbledore, o esa había sido la intención de Draco. De todos modos, había sabido todo el tiempo que era una tentativa pésima –había tantas cosas que podían salir mal- y una parte de él se alegró cuando escuchó que Dumbledore seguía vivo. Incluso si su vida y la de sus padres estaban en juego, a pesar de que sabía que debía hacerlo, algo lo detenía cada vez.
Aun así, todo se desplomó ante sus ojos de igual manera.
Granger acudió a su encuentro horas después, una vez Katie fue enviada a San Mungo y se dijo que sobreviviría. Draco se levantó a toda prisa del sofá que había junto al fuego, en la sala Común de Slytherin, y ni siquiera tuvo tiempo de preguntar cómo sabía cuál era la contraseña de acceso antes de que Granger lo abofeteara con fuerza en la mejilla. La Sala Común estaba desierta –era ya medianoche y mañana tenían clase- pero, aun así, el golpe fue tan potente que por un momento Draco pensó que despertarían a medio alumnado.
-Granger…
-¿Has sido tú, verdad? ¿Lo que le ha pasado a Katie?
Draco tomó aire.
-¿Yo?
-Sé que has sido tú, es solo que no logro entender por qué le harías eso a Katie…
-No tengo ninguna razón para preocuparme por esa chica de una u otra forma, y menos molestarme con urdir un plan para…
-Siempre eres tú, todo lo malo que pasa, y yo lo sabía cuando todo esto empezó –lo cortó Granger-. No sé en qué estaba pensando al involucrarme contigo pero no quiero que me dirijas la palabra de nuevo…
-Mira, Granger…
-No quiero que me mires ni que estés en la misma habitación que yo. Lo que le has hecho a Katie es imperdonable.
-Tú no puedes darme órdenes…
-Si te diriges a mí, te golpearé de nuevo –ella dio un paso atrás cuando Draco intentó cogerla del brazo-. No quiero volver a saber de ti de nuevo. Esto termina aquí. Y esta vez lo digo de verdad.
Draco sabía que Granger nunca había confiado en él, pero para ella esto era un nuevo tipo de traición. No había ninguna prueba de que Draco fuese culpable de lo que había pasado y sin embargo Granger, de alguna manera, lo sabía.
-No tienes modo de saber si he sido yo o no.
Granger gimió y retrocedió un paso más. Draco vio lágrimas en sus ojos, pero estas nunca llegaron a caer; Granger se cubrió los ojos con una mano y se deshizo de ellas.
-Te vi, Malfoy.
Dio un nuevo paso atrás.
-Te vi con el collar. La semana pasada. Sé que has sido tú. Lo tenías en la mochila…
-Granger –Draco se alarmó-.
-Tendría que hacer que te expulsaran. L-Lo haré si no te mantienes alejado. Y s-si le haces daño a alguien de nuevo, iré a por ti.
Draco agachó la cabeza y no dijo nada. Tras unos segundos, Granger retrocedió y salió de la Sala Común en silencio.
Draco lo supo entonces. Finalmente la guerra los había separado, y no había nada que pudiera hacerse para cambiarlo.
***
Pese a la amenaza de Granger, Draco lo intentó; pero ella se daba la vuelta cuando se lo encontraba por los pasillos y lo ignoraba cuando él le hablaba. La vez que Draco la abordó de forma pública en la biblioteca recogió sus cosas y se marchó. Tras un tiempo, Draco tiró la toalla. Aunque consiguiera que volviera a hablarle, dentro de unos meses, o semanas incluso, pasaría algo nuevo, habría un nuevo delito que no podrían perdonar al otro. Draco volvería a dañar a alguno de sus amigos. Granger se enfrentaría a su padre o diría algo ofensivo sobre su familia. Y si eso no pasaba, la guerra estallaría un día u otro y el desenlace sería el mismo.
Pero fue el día que Narcissa Malfoy lo contactó inesperadamente que Draco entendió que debía dejar atrás lo que sentía por Granger de una vez por todas y pensar en aquellos que lo querían verdaderamente, aquellos a los que se lo debía todo.
Empezó con Snape yendo a buscarlo inesperadamente y llevándoselo para clases de refuerzo porque “su rendimiento hoy en clase ha sido nefasto, señor Malfoy”, y aunque Draco se había pasado la mitad de la clase mirando a Granger no creía que hubiera cometido ningún error en clase, de hecho, había ganado cinco puntos para su Casa. De todos modos, acompañó a Snape hasta su despacho y, una vez allí, se sorprendió cuando el profesor se dirigió directamente a la puerta que llevaba a sus aposentos privados.
-Hay alguien que desea hablar con usted, señor Malfoy.
Por un momento Draco se asustó pensando que podría tratarse del Señor Oscuro, quien venía a castigarlo por su tardanza en llevar a cabo sus órdenes, e incluso de su tía Bellatrix, quien también le daba un miedo atroz (tía o no, era una completa chalada). Sabía que ninguno de los dos podría entrar a Hogwarts sin que las protecciones los detectaran, por eso precisamente Draco estaba reparando el Armario Evanescente, pero aun así, el miedo fue instantáneo e imparable.
Sin embargo, no había nadie en la habitación. No en persona, al menos. Sí que distinguió un rostro en la chimenea y cuando se acercó se dio cuenta de que se trataba de su madre.
-Madre –musitó Draco con los ojos abiertos de par en par-.
-Hola, dragón –Narcissa sonrió, pero fue una sonrisa triste-. ¿Cómo estás?
-¿Cómo…? ¿Qué está pasando? ¿Ha sucedido algo? ¿Padre está bien? ¿Tú estás bien?
-Draco, cálmate. Todo está bien. Al menos de momento.
-¿De momento?
Hubo un silencio tenso en la habitación. El pulso de Draco se aceleró.
-El Señor Oscuro no sacará a tu padre de Azkaban, Draco, por mucho que lo intente. Lo único que logrará apaciguarlo es que cumplas tu misión…
-Pero, Madre, lo estoy intentando… Si esa estúpida Gryffindor no se hubiera entrometido y hubiera tocado el collar…
-Shh, Draco, escúchame –Narcissa cerró los ojos por un momento, como si quisiera alejar un dolor agudo-. Draco, ninguno vamos a estar a salvo. Tu padre ha servido al Señor Oscuro fielmente durante años y aun así no va mover un dedo para ayudarlo. Incluso si hicieras lo que te ordena, encontrará una nueva razón para castigarnos en el futuro. Debes pensar en ti mismo ahora, dragón. No en nosotros.
-¡P-Pero si no hago lo que me dice te hará daño!
Draco intentó hablar bajito para que el profesor Snape no lo escuchara. Snape era leal a Voldemort, posiblemente uno de los más leales, y si oía lo que su madre y él estaban diciendo… ¿qué les haría el Señor Oscuro? ¿acaso todo esto, esta misión suicida, no estaba sucediendo porque ya desconfiaba de ellos?
-No te preocupes por mí, Draco. Puedo ser útil para él de muchas formas, no me matará. Le diré que aceptaré ser Marcada si me perdona la vida, pero tú debes estar bien lejos para cuando eso pase.
-No, por favor, Madre. Cumpliré mi misión. Lo prometo. Por favor. No voy a decepcionarte. Solo necesito más tiempo…
-Tú nunca podrías decepcionarme. ¿No lo sabes? Aunque sea por esta vez, pide ayuda a esos sangresucias y amantes de los muggles. Sobrevive. Es lo más importante ahora. El futuro deparará lo que hagamos de él, y una retirada a tiempo no significa que no se pueda intentar de nuevo en unos años, a manos de alguien que no…
Que no sea un psicópata que no distingue entre enemigos y aliados.
Draco arrugó la nariz.
-Así que sigues pensando igual que siempre. Piensas que somos… superiores, pero quieres que les pida ayuda.
Cualquier otra persona habría puesto los ojos en blanco. Su madre se limitó a suspirar.
-Por supuesto que sigo pensando que los sangrelimpia estamos por encima de todos esos… indeseables. Al igual que tú –Narcissa Malfoy lo observó con ojos entrecerrados, buscando una señal de debilidad que Draco no llegó a transmitir. Él sabía muy bien cómo ocultar lo que pensaba; lo había aprendido de los mejores-. Pero la familia siempre va primero, Draco. Nos han traicionado al dejar a tu padre en Azkaban, y lo siguen haciendo ordenándote una misión imposible –levantó la mano cuando Draco fue a protestar-. Como he dicho antes, incluso si lo logras, ¿qué será lo siguiente? ¿Que te enfrentes a Harry Potter y sus amigos tú solo?
Draco se estremeció, aunque no por el motivo que ella pensaba. Narcissa asintió sabiamente.
-Sobrevive, Draco. Sobrevive.
***
Draco no le hizo caso.
Su madre tenía razón en una cosa. La familia siempre iba primero.
Después de ese día Draco hizo lo que debería haber hecho desde el principio: concentró sus esfuerzos en reparar el Armario Evanescente. Su familia lo necesitaba; no podía darles la espalda. No por la chica a la que nunca tendría. La chica que lo odiaba y que lo haría siempre.
***
-¿Qué te pasa, Draco?
Draco se sobresaltó al escuchar la voz vagamente conocida. Apartó el plato de comida que ni siquiera había llegado a tocar y miró a su derecha. Luna Lovegood estaba sentada a su lado en la mesa de Slytherin en el Gran Comedor. Parpadeó, sorprendido, y cuando miró alrededor se dio cuenta de que eran los únicos dos alumnos que quedaban. Todos los demás se habían ido y Draco ni siquiera se había dado cuenta.
Lovegood le sonrió alentadoramente.
Draco abrió la boca para decirle algo ofensivo. “Chiflada”, “rara”, “amante de los muggles”. Sin embargo, nada más abrirla, volvió a cerrarla. No tenía fuerzas para discutir. Y Lovegood, aunque estaba chiflada, era el tipo de locura inofensiva. Meterse con ella siempre era como patear un gatito. Le dejaba un sabor amargo en la boca.
-¿Qué quieres, Lovegood?
-Llámame Luna –ella hizo un movimiento con la mano como si estuviera desestimando lo que él había dicho-. Además, yo he preguntado primero. ¿Qué te pasa?
-No me pasa nada, estúpida –Draco se envaró. Sinceramente era culpa suya por seguir preguntando-.
-Hm… Creo que estás disgustado. Estás rodeado de Snocksnacks, así que eso debe ser. ¿Por qué estás disgustado?
-¿No te callas nunca? ¡Vete con tus criaturas inexistentes y déjame tranquilo!
-¿Es por Hermione?
El corazón de Draco se saltó un latido.
-¿Qué…? –tragó saliva. A continuación forzó una expresión asqueada, aunque por dentro estaba nervioso y sorprendido-. ¿Qué tiene que ver esa sangresucia con nada?
-Hm… -Lovegood volvió a mostrarse pensativa-. Ella también tiene Snocksnacks alrededor desde hace semanas. El mismo tiempo que tú –le tocó el brazo. Draco no podía creer su osadía-. ¿Os habéis peleado?
Aterrado, Draco se levantó de golpe y la miró desde arriba con desagrado.
-Estás loca, Lovegood, y encima eres una entrometida. No me pasa nada con esa sangresucia porque no podría importarme menos si mañana se cae al lago y se ahoga. Porque para disgustarte con alguien primero tiene que importarte –tragó saliva de nuevo-. Y no es el caso.
-Está bien, Draco –ella lo observó con una expresión apenada. ¡Apenada!-. Espero que arregléis las cosas entre vosotros pronto.
Draco tuvo deseos de gritar. En cambio, se dio la vuelta y huyó del Gran Comedor. Más tarde se juraría que no había huido, pero realmente eso fue lo que hizo.
***
Los Mortífagos entraron en Hogwarts al final del año escolar.
Draco reparó el Armario Evanescente con éxito.
***
Más tarde, con los Mortífagos ya en el colegio, Dumbledore le ofreció la ayuda de la Orden del Fénix a cambio de bajar la varita y rendirse. Draco recordó las palabras de su madre. “Sobrevive. Pide ayuda”. Quizás era una tontería. Ya era tarde. No podía renunciar después de haber llegado tan lejos. Después de haber puesto en peligro a sus compañeros y a sus amigos. Después de abandonar a Granger.
Aun así, comenzó a bajar la varita.
El Avada Kedavra de Snape lo cogió por sorpresa, aun si no debería haberlo hecho. Snape siempre terminaba las misiones impuestas por el Señor Oscuro. Snape, a diferencia de él, no estaba influenciado por las emociones.
Dumbledore cayó al suelo sin vida y la oportunidad de una nueva vida para Draco, una vida sin tanta destrucción, murió con él.
***
Los tres amigos estaban en la Sala Común de Gryffindor, cogidos de la mano mientras Harry relataba la escena de la que había sido testigo. El desenlace doloroso que no había podido evitar.
-Él no lo hizo. Lo intentó pero Dumbledore le ofreció ayuda y… y creo que sintió pena. Estaría vivo de no ser por Snape.
Hermione escuchó las palabras de su amigo con la cabeza cabizbaja y las manos en el regazo. No la levantó ni siquiera cuando Harry terminó su historia con un:
-Creo que iba a aceptar.
Era demasiado tarde. Dumbledore estaba muerto. Ahora Malfoy estaba a las órdenes del Señor Oscuro. Una muestra de piedad no podía, no debía cambiar nada. Hermione ya había tomado su decisión.
¿Por qué entonces sus ojos estaban llenos de lágrimas?
***
Luna la encontró llorando en un pasillo desocupado. El funeral del director sería pronto y todos iban vestidos de negro, incluso Luna, quien no llevaba ninguno de sus accesorios coloridos. El vestuario tan simple de su amiga la hizo llorar más fuerte, por alguna razón. Tanta muerte, tanta destrucción, tanta gente renunciando a cosas. Luna era brillante y alegre. No se merecía las ojeras que tenía bajo los ojos ni la tristeza de su mirada.
Se sentaron la una junto a la otra en silencio. Tras lo que parecieron horas, Luna susurró:
-Tienes que hablar con él.
Hermione levantó la cabeza y la miró. Luna le sostuvo la mirada.
-Tienes que dejar que se explique.
Inexplicable y misteriosamente, cada una adivinó lo que la otra estaba pensando sin necesidad de palabras.
-Todo esto ha sucedido por su culpa. El director está muerto por su culpa.
-Él no pronunció el hechizo, Hermione.
-Está muerto por su culpa –repitió-. Él los dejó entrar.
-Bajó la varita por ti.
Hermione se apoyó contra Luna y cerró los ojos.
-Tienes que hablar con él antes de que desaparezca y ya no puedas encontrarlo –insistió Luna. Su aliento le hizo cosquillas contra su cuero cabelludo-.
-No tengo nada que decirle.
-Eso no es verdad. Si solo quieres gritarle, haz eso. Pero no permanezcas en silencio.
-¿No estás enfadada conmigo?
-¿Por qué iba a estar enfadada? Los izkiyeeni quieren que estéis juntos. Aletean con fuerza cada vez que estáis en la misma habitación.
Hermione resopló, pero de todos modos no dejó de pensar en ello.
***
Hacía horas que Malfoy había huido con los Mortífagos. Sin embargo, cuando Hermione sacó el Mapa de los Merodeadores, vio su nombre escrito en los dormitorios masculinos de la Sala Común de Slytherin. Dejó de respirar por un momento. El nombre se movía muy lentamente, de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, como si estuviera moviéndose de un lado a otro con nerviosismo.
Hermione cerró el mapa con fuerza. Sus manos temblaron. No importaba. No importaba que siguiera aquí. No iba a hablar con él. No iba a pensar en él. De hecho, lo que debía hacer era avisar a los profesores para que lo detuvieran. Lo interrogarían, averiguarían lo que planeaba Voldemort y luego lo enviarían a la celda más oscura de Azkaban.
Sin embargo…
Sin embargo, no quería eso. No quería que le hicieran daño. Y Malfoy no debía saber nada de Voldemort, solo era un peón más… Lo acusaría para nada, y luego Hermione tendría que vivir con ello.
“¡Él me traicionó primero! ¡Nos traicionó a todos!”.
Pero bajó la varita.
Hermione volvió a abrir el mapa. Sus manos seguían temblando. Cruzó el pasillo en silencio y se encaminó a las mazmorras.
***
Por una vez, todas las Salas Comunes estaban abiertas. Los profesores estaban inspeccionando todo Hogwarts para asegurarse de que no quedaba ningún intruso en el colegio y para ello entraban y salían de cada aula y Sala Común constantemente. Los alumnos habían sido enviados al Gran Comedor y muchos se habían ido a casa porque sus padres habían venido a recogerlos. Por lo que Hermione había oído, la mayoría de los que se habían ido no volverían al año que viene. La muerte de Dumbledore había impactado a la sociedad mágica de gran manera y la gente no se sentía segura.
Una vez en la Sala Común de Slytherin, Hermione subió las escaleras que llevaban a los dormitorios. Algunas puertas estaban abiertas, otras cerradas, pero no había ni un alma aquí. Draco seguía siendo Prefecto de Slytherin aunque no se presentara a las reuniones y desatendiera sus deberes (y ahora Hermione sabía por qué. ¿No era irónico? Había trabajado en ese estúpido armario durante meses delante de sus narices y nadie había sabido nada), así que tenía una habitación propia. Si la distribución era la misma que en Gryffindor, la suya estaría doblando la esquina…
Hermione se armó de valor y giró a la derecha, pero de pronto chocó de lleno con alguien con tanta fuerza que cayó hacia atrás y chocó contra la pared. Gritó por la sorpresa.
-¡Vaya, lo siento! –exclamó una voz femenina-.
Hermione levantó la cabeza y se quedó mirando a la chica que la observaba con el ceño fruncido y una sonrisa confusa. Tenía el pelo castaño y largo hasta la cintura y grandes ojos color chocolate. Su piel era tan blanca como la leche y tenía pómulos altos. A Hermione no le sonaba de nada pero vestía el uniforme de Ravenclaw. Un momento… ¿qué hacía una alumna de Ravenclaw en la Sala Común de Slytherin?
La chica se balanceó sobre sus pies, sonrió y acorraló a Hermione contra la pared. Sus ojos se encontraron, chocolate contra chocolate, y Hermione no notó el movimiento de su mano hasta que sintió la punta de la varita contra su pecho.
-Confundus –susurró la chica-.
***
Hermione volvió en sí tiempo después en uno de los pasillos que llevaban a las mazmorras. Harry tenía una mano en su hombro y la sacudía constantemente para llamar su atención.
-Mione. Hermione –susurró Harry-. Es la hora. Va a comenzar el funeral.
Hermione se levantó lentamente. Estaba soñolienta y necesitó unos segundos para dejar de tambalearse. Harry la sostuvo y le sonrió con pena. También él tenía un aspecto horrible. La muerte de Dumbledore le había golpeado más fuerte que a nadie.
Salieron fuera del castillo y se reunieron con el resto de la gente. Estaban todos los profesores menos Snape y todos los alumnos menos aquellos cuyos padres habían venido a por ellos. Muchos compañeros extendieron las manos para tocar a Harry cuando este pasó, algunos disculpándose por nada en concreto, otros llorando. Harry era la representación de la lucha contra Voldemort tanto como lo había sido Dumbledore. Ahora que el director no estaba, Harry era toda su esperanza. Por primera vez muchos alumnos entendieron realmente el peligro que representaba Voldemort. Aunque había muerto gente hasta ahora, ninguna muerte les había tocado tan de cerca como Dumbledore.
Se reunieron todos frente al ataúd del director. Un hombre bajito llevó a cabo el funeral y, cuando terminó de hablar, alumnos y profesores levantaron sus varitas al cielo en honor a uno de los directores más queridos que había tenido Hogwarts.
Hermione se agarró a Harry y a Ron e hizo una plegaria. Deseó que la guerra acabase. Que no hubiera más muertes. Deseó que todo volviera a ser como cuando era una niña, cuando el mundo estaba exento de toda maldad y las personas parecían todas buenas a sus inocentes ojos.
***
Harry, Hermione y Ron pasaron el año siguiente buscando y destruyendo Horrocrux.
Hermione no volvió a ver a Malfoy hasta que los carroñeros los encontraron y los llevaron a la Mansión Malfoy, y Draco Malfoy negó reconocer a Harry.
Rescataron a Dean Thomas, Griphook, Ollivander y Luna Lovegood, quienes habían estado prisioneros en la mansión, pero Dobby murió ayudándolos a manos de Bellatrix.
Un nuevo resentimiento surgió en el corazón de Hermione.
***
Cuando la guerra empezó (la guerra de verdad), porque no había manera de pararla (nunca la hubo), ese mismo resentimiento se expandió como fuegos artificiales con tanta fiereza que a veces le costó respirar.
