Chapter Text
soulmate: /ˈsəʊlmeɪt/ alma gemela - dícese de la persona con la que uno tiene un sentimiento de profunda o natural afinidad.
Desde el principio indatable de los tiempos y a través del multiverso, la vida de los seres humanos ha sido conectada. Desde la antigüedad se han usado conceptos que delimitan la idea del amor verdadero, de la pareja perfecta, aquello que llamaban una llama-gemela . Un término tan intenso como empalagoso. Nada tenía que ver con las almas gemelas (soulmates). Se decía que las llamas-gemelas eran en realidad una sola alma que fue creada al principio de los tiempos, pero que luego fue dividida. Un concepto que quedó obsoleto pues muchos fueron los que lo desvalorizaron al no estar seguros de su veracidad. El alma gemela , en cambio, era una entidad separada con la que uno ha pasado muchas vidas como amigo, amante, compañero de trabajo... y para quien uno normalmente se siente atraído a cumplir una misión específica; sin embargo, no es algo concreto, no es un objetivo que te sea comunicado. Cuando encuentras a esa persona simplemente descubres el significado.
En este mundo al amor verdadero de una persona, la pareja perfecta, es una llama-gemela ; un soulmate (un alma gemela) es algo distinto. Las llamas-gemelas son en realidad una sola alma que fue creada al principio de los tiempos, pero que luego fue dividida. El soulmate es una entidad separada con la que uno ha pasado muchas vidas como amigo, amante, compañero de trabajo, y para quien uno normalmente se siente atraído a cumplir una misión específica. Aún así no es algo concreto, no es un objetivo que te sea comunicado. Cuando encuentras a esa persona simplemente descubres el significado.
Todo ser humano nace con una escritura en el costado, una especie de tatuaje; la Marca. Son las primeras palabras que te dedica tu alma gemela al hablar contigo por primera vez. De esa forma descubres quién es. Sin embargo, eso no asegura que vayas a encontrar a tu soulmate en el transcurso de tu vida. De hecho, mucha gente se muere sin haberle conocido. Es cierto que la mayoría le dan una importancia innecesaria a la existencia de almas gemelas porque el concepto es hermoso, pero nunca se debe ligar la felicidad con el encuentro de esa persona. La existencia de un soulmate no establece que esa persona vaya a ser tu mejor compañero ni el amor de tu vida; no significa que esa persona sea con la que debas compartir tus días. No. De hecho, es habitual ver a quienes contraen matrimonio con individuos que no son sus almas gemelas, y viven completamente felices, rodeados de bienestar y plenamente satisfechos.
Eso sí, luego estaban los afortunados que sí habían conocido a sus almas gemelas. Aquel pequeño grupo que entendía a la perfección lo que era encontrar a una persona y sentir como si la conocieras de toda la vida, como si tuvieras recuerdos de antaño, y ese sentimiento te hacía sentir en casa. Era tu hogar. Aquellos no se frenaban al expresar lo mágico que era ese vínculo, la intensidad de aquella conexión, algo que excedía los pensamientos de cualquier mente, que descuadraba todos tus esquemas pero que era la clave para ordenarlos de nuevo.
Érase una vez un territorio constituido por diferentes reinos, de los cuales Gervàs se había convertido en el más próspero en las últimas décadas. Era el reino más respetado, pues previos acontecimientos habían provocado que el resto de regiones se rindieran a sus pies; no obstante, aún no estaba del todo claro si por lealtad y admiración o por temor. Corrían tiempos turbios aunque estables en lo que a guerras se refería; una paz teñida de inseguridad, puesto que en cualquier momento podían cambiar las tornas. La gente no vivía con miedo pero estaba constantemente en alerta. Aún así, Gervàs conseguía ser respetado ya que, dejando de lado todo lo demás, en aquellos tiempos no había nada más imponente que un castillo y la ciudad contaba con uno tan grande que podría dar cobijo a todos los lugareños, y aún así probablemente sobraría espacio. Claro que la familia real, los Bassols, no estarían dispuestos a dejar que su propia estirpe se contagiara de las penurias y calamidades que su pueblo padecía a diario. Era un sistema corrompido pero los trabajadores de baja alcurnia, lejos de poder derrotarlo, acataban las ordenanzas y hacían todo lo posible por sobrevivir y vivir una vida medianamente feliz.
Agoney no recordaba la primera vez que pisó Gervàs. Apenas tenía dos años cuando sus padres, unos simples campesinos, decidieron abandonar su antiguo reino en busca de un trabajo mejor y mejores condiciones de vida, pues allí eran tan pobres que toda la población vivía en una continua hambruna. Si no le ponían remedio, sus dos hijos, tan pequeños e inocentes, morirían de hambre en cuestión de meses. Así fue cómo la familia entera llegó a Gervàs y cómo su padre logró hacerse aprendiz de herrero, para acabar quedándose con el puesto años más tarde y convertirse en maestro. Aquel oficio les había conseguido una pequeña casa dentro de la ciudadela y el suficiente dinero para poder abastecer a su familia sin llegar a pasar hambre, aunque fuera a base de migajas de pan y cebolla en los peores momentos.
Sin embargo, de aquello había pasado mucho tiempo. A los padres de Agoney se los había llevado la peste hacía un par de años en una epidemia que arrasó con un tercio de la población. Su hermana, Ana, era la única familia que le quedaba. A raíz de la muerte de sus progenitores, ambos tomaron el relevo como herreros y gracias a ello eran capaces de mantener una vida medianamente estable. Al ser solo dos bocas que alimentar, podían darse pequeños caprichos de vez en cuando en la taberna. Agoney amaba la taberna; aunque a veces tuviera un olor nauseabundo a cerveza y sudor, siempre tenía un ambiente festivo y jocoso. Aquel sitio reflejaba mucho el espíritu de los gervienses, un pueblo alegre y dicharachero; un aura que era palpable en las calles de la ciudad.
Desde su casa, Agoney escuchaba cada día gente transitando de arriba a abajo, carretas llenas de alimentos y utensilios siendo desplazados por caballos que, con su trote, creaban una conocida melodía para el moreno. Desde una de las ventanas, era capaz de ver una de las torres del castillo, grandiosa y solemne. De pequeño soñaba con ser príncipe. Nunca supo apreciar el trabajo de herrero, él siempre quiso vivir en aquel maravilloso castillo. El joven no se culpaba por tener esos sueños de niño, pues adoraba la inocencia y el carácter fantaseador de la infancia. No obstante, ahora nada le repugnaba más que pensar en ser un Bassols.
La familia real era despreciada por la mayor parte de la población, ya que en los últimos años habían conseguido que muchos habitantes acabaran en la ruina. El príncipe Roi se había encargado de ello unos cuantos años atrás; demasiados para que Agoney fuera consciente de lo que estaba sucediendo en su entorno. Él solo, sin permiso de su padre, el rey Tello, se había dirigido con el ejército de Gervàs a los reinos vecinos más poderosos del territorio para decapitar personalmente a todos y cada uno de sus reyes. ¿Y por qué? Solo por el afán de mostrar el poderío de los Bassols, de demostrar la grandeza y ferocidad de Gervàs, para no tener rivales que pudieran entrometerse en su camino hacia la gloria. Muchos fueron los hombres que murieron luchando por esa insulsa causa y muchas las familias que quedaron destrozadas, pues perdieron a miembros clave para su supervivencia; muchos eran los que pasaban hambre hoy en día y muchos también los que no habían perdonado a la familia real por realizar semejante sandez. A pesar de todo, los gervienses no perdían su espíritu alegre y luchador que tanto les caracterizaba.
—¡Ana! ¡Me voy a la ferrería! —gritó Agoney desde la puerta ya abierta de su casa. Había dado comienzo un nuevo día y, sin muchas ganas, se había vestido y preparado para ir a trabajar.
—¡Apenas desayunaste! —su hermana apareció corriendo antes de que tuviera oportunidad de irse.
—Te dejo que te lo comas tú. Tengo que terminar un hacha que me encargaron para antes del mediodía y voy fatal de tiempo —se acercó a ella para depositar un beso en su mejilla y se marchó sin decir nada más.
El suave clima de la región caía sobre la ciudadela, aposentándose como un viejo amigo. La primavera había entrado hacía más de dos meses pero no había sido hasta hace recientemente poco que los rayos del sol eran capaces de caldear el ambiente. La ligera brisa húmeda movía los cabellos de Agoney y dibujaba pequeñas caracolas en sus mechones conforme el chico se dirigía a la calle donde se hallaba su lugar de trabajo. De momento, no tenía aprendices; Ana era la única que le ayudaba, especialmente cuando tenía diversos encargos a la vez y se le acumulaba el trabajo. Al igual que a él, sus padres también formaron a su hermana en la profesión para que no tuviera que depender de ninguna persona, a pesar de que no era común ver a mujeres trabajando en forjas en aquellos tiempos.
Nada más llegar, se puso manos a la obra. Tendría toda la mañana por delante para confeccionar el hacha, pues apenas había avanzado el día anterior. Luis se pondría hecho una fiera como no tuviera la herramienta terminada a tiempo; aunque bueno, Luis era de mucho hablar y poco actuar, por lo que no andaba muy agobiado. Se colocó el mandil de cuero alrededor del cuello, ajustándolo a su medida y se dispuso a trabajar. Agoney calentó el metal y comenzó a martillear uno de los extremos, dándole forma y estirándolo para tener extensión suficiente para hacer el ojo del hacha. Más adelante procedió a forjar el filo, calentando la punta con cuidado y volviéndo a martillear. Al acabar lo dejó enfriar y acto seguido dobló el metal de tal forma que pudo crear el ojo por donde introducir el mango.
No fue consciente del paso del tiempo hasta que vio que el sol se encontraba en su punto más alto y notó cómo una cascada de sudor descendía por su cuello y frente. Necesitaba tomarse un respiro, pues el calor comenzaba a marearle. Todavía le quedaba realizar el proceso de templado y revenido en la fragua, pero de momento iría a beber un poco de agua a la fuente de la plaza y, con suerte, se encontraría con alguien con quien entablar conversación y despejarse un rato.
—¡Agoney! —exclamó una sonriente Amaia al verle de lejos por la calle. La joven se acercó a él con los brazos abiertos para darle un cariñoso abrazo pero se arrepintió en cuanto pudo comprobar su estado—. Madre mía, ¿quieres un trapo? Estás sudando.
—No, gracias —musitó cansado y a continuación metió su cabeza en la fuente, refrescándose.
—¿Llevas toda la mañana trabajando? —el chico asintió tras haber mojado toda su cabellera.
—¿Tú qué haces por aquí?
—He venido a comprar unas plantas medicinales y un poco de jengibre para la infusión de una joven. Qué incordio es la menstruación —se quejó, mirándose las faldas.
Amaia era la curandera de Gervàs, una joven muy espabilada y alegre que había aprendido el oficio de su abuelo, el cual aún vivía pero se había retirado del cargo hacía un par de años. Desde entonces Amaia había asumido la responsabilidad del puesto al completo casi a la par que Agoney la forja. Habían sido la comidilla por excelencia de la ciudadela durante varios meses; la gente no paraba de chismorrear preguntándose si aquellos jóvenes eran de fiar en sus respectivos oficios ya que, al fin y al cabo, eran jóvenes y no contaban con la misma experiencia que un adulto.
—¿Nada nuevo en el castillo? —sonrió el herrero.
—Agoney, por favor —resopló la chica, incitándole a parar.
La suerte que tenía Amaia —si es que podría llamarse así— era que su oficio era de los pocos que le dejaban tratar personalmente con los Bassols. Eso quería decir que la pagaban muy bien para guardar secretos y ella, desde luego, les hacía justicia. Agoney siempre quería enterarse de chismorreos reales pero la chica nunca soltaba prenda. Era leal y por eso le caía tan bien.
—Sabes que yo no tengo ningún problema con los Bassols, y no voy a decir nada más al respecto —comentó mientras el chico aprovechaba para beber agua y dejar la fuente seca.
—Debes de ser la única en todo Gervàs que no les odia pero bueno, sabes que yo te aprecio igual —Amaia aparcó el tema y siguió preocupándose por su salud.
—Deberías llevar un aventador o algo a la forja para poder ventilarte. No es normal el calor que pasas ahí dentro. A la larga te traerá problemas de salud.
—No vine a este mundo para durar mucho tiempo, sino para divertirme; y a este paso siento que no haré ni lo uno ni lo otro —musitó Agoney apenado mientras el agua se mezclaba con el sudor en su piel.
—Ya, claro, ¡y luego seré yo la que te tendrá que soportar cinco días seguidos en cama porque enfermarás o tendrás tales dolores musculares que no te podrás mover! O haces algo para cuidarte o no te vuelvo a tratar —le advirtió, cobrando un carácter maternal muy propio en ella.
—¿Me dejarías morir?
—Ay, Agoney, ¡por Dios! No juegues con esas cosas —el chico se rió y Amaia le dio un manotazo inofensivo mientras se colocaba algunos mechones de pelo detrás de la oreja.
—Te dejo, que tengo que preparar la infusión.
—Ten un buen día.
Es cierto que la fragua drenaba su energía día tras día; llegaba hecho polvo a casa por las noches. Muchas veces, Ana tenía que masajear su espalda y sus brazos con remedios que le compraba a la joven curandera porque se sentía al límite del abismo. Él no era el único herrero en Gervàs, pero era el único que se dedicaba al cuidado y creación de armas y artilugios de guerra como armaduras, escudos y demás herramientas. En conclusión, él solo para una ciudad como Gervàs que contaba con un ejército tan competente, era demasiado trabajo. Por ese motivo Agoney suponía que no viviría mucho; sus músculos y huesos, tarde o temprano, le pasarían factura y desfallecería más pronto que otros a su edad.
El joven se quedó apoyado en el muro, al lado de la fuente, tomándose un respiro. Amaia apenas se había ido cuando Carles salió de la vivienda más cercana, otro conocido del chico y uno de los carniceros de la villa. Carles era un hombre de mediana edad con el que sus padres siempre habían tenido muy buen trato y lo que era lo más importante: con él compartía más opiniones sobre los Bassols que con la curandera. Al ver a Agoney se acercó a charlar, con las manos en los bolsillos de sus prendas holgadas.
—¿Has oído la nueva? —Agoney frunció el ceño sin entender. Mirando hacia el castillo, el hombre murmuró—. Quieren cortarnos el suministro de agua de la fuente y racionarla. Al parecer el río carga poco caudal por las escasas lluvias que sufrimos durante el invierno y tienen miedo de que se agote.
Agoney quedó atónito; no podía imaginarse cómo haría su trabajo sin las cantidades de agua que ingería y usaba cada día. El muchacho no era una persona calmada, precisamente, y tras conocer la noticia erupcionó cual volcán, lanzando palabras que abrasaban todo a su paso, hasta lo que no tenía intención de quemar.
—Menudos… ¡malnacidos los Bassols! Vaya panda de embusteros y ladrones. ¿No nos han quitado suficiente ya que ahora pretenden dejarnos sin agua? —Agoney dejó escapar una risa amarga, incapaz de creerse la situación.
—¿El padre? No hace nada por su pueblo. ¿Y el hijo? Decapitador de reyes. Esta familia nos va a llevar a la ruina, muchacho. Estoy pensando seriamente en marcharme de Gervàs.
El moreno chistó con la lengua. Entendía que sus padres tuvieran que emigrar por causa de la hambruna, pero le repateaba cuando la gente abandonaba su hogar por las injusticias de unos reyes indignos, ya que tenía muy claro lo que se traían entre manos.
—Carles, lo que quieren es matarnos de hambre y de sed para poder quedarse con más reservas de las que ya tienen. Viven como si tuvieran que dar de comer a quinientos y apenas son cinco.
El hombre miraba de acá para allá nervioso, moviendo sus manos sin saber qué hacer. Al final, procurando que nadie les escuchara, se acercó al joven y, muy bajito, le confesó un plan que se estaba cociendo entre las esferas más bajas y desafortunadas de la población; una medida drástica que los aldeanos habían tenido que tomar al verse desnudos ante tales desafueros.
—Algunos quieren colarse en su huerto privado y echar veneno en la tierra —Agoney dio un paso hacia atrás, frunciendo el ceño, escéptico.
—Pero eso les mataría… ¿No creen que se están pasando? —Carles negó con la cabeza.
—Eso haría que sus plantas se echaran a perder y tuvieran que depender de los agricultores del pueblo, los cuales les pondrían muchas trabas a la hora de vendérselas. Les chantajearían, como suele decirse, pero aún no está claro hasta qué punto podría ser viable este asunto.
Agoney se mantuvo pensativo durante un rato mientras Carles continuaba con la explicación. El muchacho tenía un carácter revolucionario, todo lo contrario a sus padres, pero aquella idea le parecía un tanto descabellada y mal confeccionada. Al terminar, el hombre esperaba su opinión con atención.
—Habría que pulir ese plan porque le veo algunas lagunas, pero no sabes cómo me gustaría ver a los Bassols comiendo mierda de cerdo si de verdad pretenden cortarnos el suministro de agua. Es normal que les odie más de la mitad de la población y prefieran verles muertos. Ojalá pudiera estar cara a cara con ellos. Me encantaría encontrérmelos en el bosque mientras están desprotegidos y darles su merecido yo mismo, lo juro…
—¿Qué habéis dicho, herrero ?
Agoney sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo y su rostro palidecer. Tenía una sombra acechando a sus espaldas que había provocado que Carles se girara de inmediato, igual de alarmado. Agoney hizo lo propio y dio media vuelta para encarar al hombre que se estaba dirigiendo a él. Efectivamente, era un caballero de Gervàs; portaba su uniforme, su escudo e incluso su espada. Junto a él había otro caballero; eran parte de la guardia que recorría la ciudad con la finalidad de asegurar su protección —es decir, encontrar a quién encerrar en las mazmorras durante un par de noches para tener a los aldeanos aterrados y que ninguno se atreviera a pasarse de la raya.
—Nada.
El caballero empuñó su espada y apuntó al cuello de Agoney. El chico sintió cómo Carles se desplazaba unos metros hacia atrás, temeroso de salir herido también. Agoney miró desafiante a su opresor. La libertad de expresión era algo que aún no existía en aquellos tiempos.
—Si hay algo peor que las injurias a la corona, son los mentirosos de mala sangre —aquello lo decía por la lejana procedencia del chico, pues aún mantenía el acento de sus padres, el cual era muy distinto al de los gervienses.
Agoney sintió una patada en las lumbares que le empujó hacia la punta de la espada. En ese momento cerró los ojos, viéndose muerto, pero el caballero que le apuntaba había quitado el arma justo a tiempo y Agoney ahora se encontraba espanzurrado en el suelo, como un perro.
—Señor, venid a ver lo que dicen de vos y de su familia —exclamó el caballero que le había estado apuntando con la espada. Entonces Agoney sí que temió por su vida porque unos simples caballeros podrían hacerte la vida imposible, pero el príncipe en persona podría quitártela.
El único varón de los Bassols y el heredero al trono se plantó en aquella macabra escena con su paso apacible y desinteresado pero cargado de osadía y determinación.
—¿Qué dicen? —inquirió el príncipe, mordiendo una manzana.
—Este herrero —mencionó su profesión con sarna— les ha llamado malnacidos y le ha deseado la muerte a vos y a toda su familia.
Técnicamente esas no habían sido sus palabras. En ese momento, Agoney se atrevió a alzar la vista. El príncipe Raoul le examinaba minuciosamente; una mirada que no llegaba a ser amenazante pero sí producía escalofríos. Nunca había tenido tan cerca al vil príncipe. Se mantuvo callado; sabía que en esos casos era mejor guardar silencio que decir cualquier necedad que pudiera ser malinterpretada.
—¿Es eso cierto? —preguntó el príncipe a otro de los caballeros en vez de a él. Él no valía nada; daría igual lo que dijera; su palabra contra la de un caballero no servía de nada. Él no era noble; no era nadie.
—Sí lo es, mi señor.
—¿La muerte? —Raoul hizo una mueca, observando con curiosidad su manzana a medio comer—. ¿Conoce la gente la condena por injuria en este reino? Hay veces que no me queda muy claro, Fernando. Nosotros nos matamos por este reino, ¿y este es el trato que recibimos?
Justamente ellos, que matan y masacran otros reinos, son los culpables directos del odio hacia su propia familia, pensó Agoney, su mirada fijada en el príncipe, mientras este tomaba aire.
—Los gervienses sois unos desagradecidos. Solo apoyáis a mi familia cuando los tiempo son prósperos —musitó al resto de la plaza, la cual había quedado inundada de un pesado silencio desde la llegada del Bassols—. Aprended esto: la vida no es felicidad y juergas, hay tiempos difíciles que hay que superar. Cuanto antes lo aprendáis, mejor os irá.
Su tono era severo e inquisitorio, como el de un principito iracundo. Raoul el verdugo. No se había ganado ese título por ser benévolo, precisamente.
—Y en cuanto a este, llevadlo a las mazmorras.
Fue entonces cuando clavó sus ojos en Agoney, retándole a decir algo, pero el herrero era más listo de lo que el príncipe esperaba. A lo largo de los años había visto cómo amigos eran torturados por cosas de menor importancia; ahora mismo sabía que estaba en problemas y que sería difícil arreglar la situación; y, por desgracia, solo un Bassols tenía la oportunidad de perdonarle. Al ver que el moreno no se pronunciaba, Raoul estableció su sentencia.
—Arderéis en la hoguera.
Un destello amarillo nubló su visión y su costado se contrajo. Agoney sintió su cuerpo petrificarse como el suelo que se hallaba bajo sus extremidades, sus ojos se abrieron y sintió su corazón detenerse, asustando a su cerebro que demandaba sangre con urgencia; pero el herrero no era capaz de pensar, porque esas mismas palabras habían sido grabadas a fuego como el que usaba en la fragua en el lateral de su torso; eran su Marca; y eso no podía significar más que una cosa: el príncipe Raoul era su maldita alma gemela.
Por favor, que le quemaran rápido.
