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Toda una vida

Summary:

Martín tiene una mala vida, pero es una vida. Así solía ser al menos. (O cómo los vampiros son psicópatas y Martín no es un héroe de novela.)

10/04/2018 EDIT: Los capítulos que había se editaron y dividieron. Lo nuevo está a partir del capitulo 7.

Notes:

Respecto a este fic: No hay beta. Soy yo, y la poca paciencia que tengo para revisar. Perdón si hay errores, perdón si se lee extraño. Escribir esto ha sido una misión intermitente por un largo tiempo, y decidí que era hora de darle un uso.

Chapter 1: Francisca

Chapter Text

La noche estaba tan helada que podía ver su propio aliento, y aunque al salir del bar no le había parecido tan terrible, ahora que estaba sentado esperando el bus, era una tortura. No sabía cuanto tiempo llevaba ahí sentado, pero ya no sentía los pies, no importaba lo mucho que intentara mover los dedos dentro de las zapatillas de tela que estaba usando. Y las manos eran una historia parecida, hundidas al fondo de los bolsillos de su chaqueta de cuero falso, retorciendose y apretandose en busca de calor.

Probablemente no servía de nada, pero Martín había comenzado a mecerse unos minutos atrás, con la vaga idea de que moverse iba a ayudarlo a recuperar la sensación. Había considerado levantarse y caminar, pero el metal del asiento ya se había aclimatado un poco, y probablemente solo lo haría peor si dejaba que volviese a enfriarse.


Pasaron otros tres autos frente a él, arrastrando una ráfaga de aire helado que lo hizo soltar una grosería. Aún no había empezado el invierno, y llevar un abrigo de verdad para ir a bailar le había parecido ridículo en su momento, pero estaba comenzando a arrepentirse.

Estaba arrepentido de varias cosas, en realidad, y le estaba costando recordar por qué le había parecido una buena idea aceptar la invitación de Pedro en primer lugar. Había otras formas de pasar tiempo con sus amigos de la universidad, muchas otras formas que no incluían gastar la mitad de su paga antes de la quincena, pero cuando le mandaron el mensaje, Martín ni siquiera lo había pensado. Tenía la plata, y tenía el tiempo libre, justo como sus ex-compañeros, aunque no por las mismas razones.

Para Pedro era fácil, aún tenía a sus padres para que pagaran sus cuentas si se gastaba todo en una fiesta, así que podía ir tranquilo a todos lados. Beber todo lo que quisiera, bailar hasta que no pudiese sostenerse de pie e incluso ligar sin tener que pensar en ninguna consecuencia. Habían sido amigos durante más de cuatro años, pero Martín ni siquiera podía recordar el nombre de su última novia.

¿Fernanda, quizá?

Él en cambio, a él le tocaban todas las consecuencias. Él era el que terminaba sin suficiente plata para acabar el mes cada vez que salían juntos, el que no quería ser recordado por la mitad de las personas con las que había hablado y terminaba rechazando todas las llamadas de números desconocidos por las siguientes dos semanas después de haber salido con Pedro.

A él le tocaba la espera en el paradero de autobús, ebrio y cansado, resistiendo a duras penas las ganas de devolverse al bar. O de llamar a Constanza, aunque ya no recordaba la última vez que habían hablado.

Si se concentraba, aún podía imaginársela regañándolo. Si cerraba los ojos con suficiente fuerza, casi podía obligarse a sentir que estaban de regreso en su cocina, en otra discusión sobre salarios mínimos y colúmnas esporádicas en revistas desconocidas. Estaba ahí, frente a él, en una bruma de recuerdos, con su pelo claro atado en una cola de caballo que se veía dolorosa. Siempre llegaba así del trabajo, refunfuñando y pateando sus zapatos de tacón tan lejos como podía sin romper nada.

Constanza odiaba las ventas casi tanto como Martín odiaba el periodismo, y en esos días, sus saludos eran un: — Saliste a beber de nuevo ¿verdad? — lleno de una resignación paciente que Martín siempre había encontrado peor que los gritos.

Tenía una forma especial de hablarle, algo que lo obligaba a quedarse hasta el final de todas las discusiones. Antes de ella, Martín siempre había sido el primero en dar la espalda a todo lo que le parecía demasiado. Las discusiones, el afecto, las responsabilidades, todo siempre le parecía demasiado antes de Constanza.

— ¿Te reuniste con el editor?

Martín casi podía oler su perfume en el aire congelado de la madrugada. Podía sentir la vergüenza como si fuese nueva. Esa conversación había pasado hace meses, pero la lástima en los ojos de la Constanza de su imaginación se sentía reciente y real. Era una herida abierta cuando pensaba en ella soltándole las manos.

— Perdón, Coni, lo siento. No voy a gastar sin pensar. Necesitaba despejarme, vos sabés como me ponen esos pelotudos. Pero te juro que ya no más.

El recuerdo de Constanza se dejó caer en la silla frente a él, soltando un suspiro largo y cansado. Su pulgar parecía estar trazando círculos en el borde de su mano, aunque Martín no estaba seguro de cuando había vuelto a tomárselas. Era un movimiento sutil, tan suave que apenas se sentía.

— Voy a compensarte, Coni, te lo juro.

— Ay Martín, Martín ¿qué voy a hacer contigo? —preguntó Constanza, mirándolo con una media sonrisa.

— Podés darme un beso, con algo de suerte te pongo de buen humor.

Su risa fue lo único que le quedó cuando Martín volvió a abrir los ojos. Estaba echado en el asiento de metal, y ya no sentía la nariz, pero a excepción de eso, todo parecía seguir igual. Sin buses, y tan frío que le dolían los huesos. Aún le faltaban unos años para cumplir treinta, pero ciertamente estaba demasiado viejo para esas cosas.

Pensó en volver a dormirse, pero había alguien más ahí, empujandolo por el hombro. Por un momento pensó que podía ser Pedro, que quizá no se había llevado a nadie esa noche y lo había encontrado ahí al salir.
Nunca iba a dejarlo olvidarlo. Martín cerró los ojos con más fuerza, ahogando un gruñido contra la cuerina de su chaqueta.

— Martín, oye, Martín.

Fue la mano en su cara la que finalmente lo convenció de enderezarse. Su estómago ya estaba revuelto sin necesidad de que se moviera, y su cabeza parecía estar dando vueltas, pero aún así hizo el esfuerzo, porque esa voz no era Pedro.

Esa mano en su mejilla definitivamente no era Pedro.

— Perdón, no quería despertarte así — dijo la extraña, afirmándolo por los hombros.— ¿Estás bien?

— ¿Quién…?

— Soy Francisca, ¿no me recuerdas? — preguntó, alzando las cejas— Estuvimos hablando en el bar.

Martín intentó hacer memoria de algo además del ruido y la gente, pero su cabeza se sentía pesada, y de todas formas, cuando miraba a Francisca podía suponer que si, se le hacía familiar de la forma en que los actores en las películas le parecían familiares cuando no los conocía por nombre. Tenía una cara corriente, aunque bonita, y parecía ser un poco más joven que él. Martín nunca había sido particularmente bueno adivinando la edad de las mujeres, pero había algo en la forma en que lo estaba mirando, o quizá simplemente era la ausencia de ojeras, que lo hacían sentir mayor.

Quizá solo era porque a pesar de la hora, y a pesar del frío, ella se veía despierta.

— Supongo.

Francisca le sonrió, aunque había algo raro en su expresión. Martín no estaba seguro de qué era, pero llevó sus manos a las de ella. Todo se veía naranjo bajo la luz del farol, y ya no podía escuchar ninguna música, ni los autos que había antes. Solo ellos dos, y la sensación de que aún estaba durmiendo.

— Bailamos juntos — dijo Francisca, y Martín asintió sin pensarlo, murmurando una respuesta.

— Si, claro, bailamos.

— Y me compraste una copa, ¿te acuerdas?

— ¿Si? — preguntó en un murmullo, provocando una nueva oleada de risas.

Las manos de Francisca se escaparon de entre las suyas. Estaban frías, y le provocaron un escalofrío cuando fueron a parar a su cuello. Iba a besarlo, o al menos eso creyó Martín cuando la sintió acariciar el costado de su cuello con el pulgar, describiendo círculos, justo como los de Constanza.

Pensó en decirle que parara, que no estaba interesado, no esa noche, no con ella, pero no podía encontrar su voz, y en vez de eso se encontró a si mismo relajándose bajo sus manos heladas, murmurando un: — Si, te compré un trago.
Martín cerró los ojos, intentando traer de regreso la imagen de Constanza, pero no podía dibujar su rostro con las manos de esa extraña en su cuello. Nunca había sido capaz de ese tipo de cosas.

Quizá todos esos meses luego de haber roto con Constanza habrían sido más fáciles si hubiera sido bueno pretendiendo.

— ¿Y qué querés ahora? — preguntó, cerrando las manos en las muñecas de Francisca, irritado. — ¿Otra copa? Porque tendré que decepcionarte, Fran, no tengo nada.

Francisca quitó las manos como si la hubiera quemado, frunciendo el ceño. No había querido ser tan brusco, pero ya era tarde para arrepentirse, y de todas formas, la mujer le estaba sonriendo de nuevo, claramente avergonzada.

— Lo siento tanto — dijo, escondiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta— No quería ponerte incómodo. Creo que… Quizá estoy un poco ebria también. —terminó, tan bajito que Martín tuvo que inclinarse para escucharla.

— No, no importa. —respondió, sonriendo sin saber por qué.— Es que me sorprendiste.

— Sólo quería saber si necesitabas ayuda — suspiró Francisca, empujando unos mechones de pelo detrás de su oído.— Te vi durmiendo, y hace tanto frío que pensé…

Martín dejó de escucharla en algún punto, y cuando Francisca lo miró de nuevo, él estaba pidiendo perdón. Le confesó que había estado esperando por horas antes de que ella apareciera, y que no creía que el bus fuera a pasar. No estaba seguro de qué lo había impulsado a hablar en primer lugar, ni podía recordar cuando había comenzado, pero Francisca se veía satisfecha, casi orgullosa, al final de su discurso.

— Podría llamar a alguien — dijo, sacando un celular blanco que se veía demasiado grande para sus manos.— ¿Dónde vives?

— Estás muy ebria si crees que alguien va a responder a esta hora — comentó Martín, riéndose. Francisca lo miró sorprendida, deteniendo sus dedos en la pantalla.— Van a ser las cuatro de la mañana, no podés llamar un taxi a esta hora. A menos que tengas un chofer, vamos a tener que esperar o caminar.

Por un momento, Martín creyó que la había ofendido, pero Francisca se largó a reír después de un rato. Eran carcajadas cálidas, y algo estridentes, considerablemente distintas a las risitas con las que lo había despertado. En ese momento, mientras se reían de nada en medio de la calle, Martín no estaba arrepentido de haber salido esa noche.

— Está bien, — suspiró Francisca cuando logró contener su risa, mirándolo con los ojos brillantes.— Podemos ir caminando a mi departamento entonces.

Tenía un montón de preguntas en la mente cuando se levantó de ese paradero. Quería preguntar por qué Francisca se había molestado en detenerse ahí si podía irse caminando, o por qué estaba siendo tan amable con él, si no se conocían, pero sus labios parecían estar pegados, y sus pies ya se estaban moviendo sin su permiso antes de que alcanzara a decidir si quería ir con ella o no.

Cuando por fin logró abrir la boca, fue para escucharse a si mismo darle las gracias. Martín nunca había sido el tipo de borracho que hacía cosas sin saber, pero no tenía otra explicación para lo que estaba pasando.

— Me da un poco de miedo caminar sola a esta hora —dijo Francisca en un susurro, como si le estuviese contando un secreto.

Estaban caminando tan cerca que los brazos de Francisca le rozaban el codo de vez en cuando, y Martín se encontró a si mismo soltando una risa.

— Mirá, linda, no me malinterpretes, porque obvio que soy genial, todo un caballero… Pero dudo que un borracho sea lo que necesitas para protegerte.

Francisca se rió con él, encogiéndose de hombros. No habían más ruidos que su risa en ese momento. Se sentía como si fueran los únicos dos en todo el mundo, dos perfectos extraños caminando a las cinco de la mañana por las calles irregulares del centro de Santiago.

El alcohol lo hacía caminar chueco de vez en cuando, zigzagueando sin saberlo. Estuvo a punto de caerse en unos adoquines rotos doblando la esquina, pero Francisca lo sostuvo del brazo, perfectamente firme a pesar de los tacones en sus zapatos. Martín se lo agradeció, mirando confundido las manos de Francisca en su antebrazo.

Sabía que había algo inusual en ella, en sus pasos perfectos, o quizá en sus reflejos, pero no lograba decidir qué era. Hace rato ya que había dejado de prestar atención a las calles, y tampoco sabía en qué momento había terminado con el brazo de Francisca entrelazado al suyo, pero ya no parecía tan importante como antes. Su cerebro era una bruma de pensamientos desconectados y recuerdos vagos que se le escapaban entre los dedos cada vez que lograba acercarse.

Había algo sobre ella, había algo sobre toda esa noche, pero ya no sabía qué había pasado esa noche en realidad. Recordaba la música, más que nada, la sensación del alcohol en su garganta, y los precios, pero nada sobre la gente.

¿Había estado con Pedro, o había ido solo?

Martín cerró los ojos con fuerza, ahogando un gruñido. Pensar era demasiado frustrante en ese momento, y ya ni siquiera podía recordar por qué lo estaba intentando.

— Tranquilo Martín, ya falta poco — dijo Francisca a su lado, tironeándolo del brazo.

Martín se dejó llevar, asintiendo. Estaba siendo paranóico porque una mujer quería llevarlo a su departamento. Pedro se estaría riendo de él a carcajadas si pudiese contarle.

No es que fuera a decirle, claro.

Francisca era más baja que él, pero lo suficientemente fuerte como para arrastrarlo el resto del camino sin dejar de hablar en ningún momento. Le contó sobre su vida, sobre su hermano mayor, que jamás dejaba de trabajar, y sobre lo que habían conversado en la fiesta, donde aparentemente Martín le había hablado sobre el libro que estaba escribiendo.

Le había comprado un gin tonic, y Francisca lo había sacado a bailar, según ella.

— Ya te tambaleabas cuando fuimos a la pista — comentó, con una sonrisa en la voz. — Chocaste con unas niñas mientras estabamos bailando.

— No, no sigas — le pidió, pasándose una mano por la cara. Estaba exhausto, y demasiado confundido como para desmentir la historia de Francisca.— No quiero saberlo.

Francisca se rió, apretándole un poco más el brazo. Martín la miró en silencio, intentando recordar por qué había estado tan preocupado antes. Era solo una niña, no podía tener más de diecinueve, y lo más amenazante de ella eran las historias que tenía sobre él estando ebrio en un bar.

 


 

El edificio de departamentos al que llegaron era un cuadrado de ventanas angostas y pintura desquebrajada que estaba flanqueado por otras dos construcciones mucho más modernas y considerablemente más altas. Parecía fuera de lugar, y ciertamente fuera de tiempo, ahí encajado entre los otros dos, como una pieza equivocada de rompecabezas.

Martín estaba casi seguro de que esa cosita de cuatro pisos llevaba años sin recibir luz directa del sol, pero aún así había macetas metidas a la fuerza en varios de los diminutos balcones que sobresalían del cemento.

No había suficiente luz para ver bien las paredes de las escaleras, pero el olor a humedad era suficiente para darle una idea de como se verían: probablemente tenían grandes parches oscuros, quizá incluso tendrían hongos en los rincones del techo. No es que fuera a quejarse, solo necesitaba recordar el frío, el sueño, y las ganas que tenía de dejarse caer en algún lado para olvidarse del olor, pero podía apostar a que estaban ahí.

Su propio departamento era propenso a tener hongos cuando llovía mucho.

Francisca tuvo que pelear un poco con las llaves antes de lograr abrir la puerta con una patada. Detrás, había un agujero completamente negro, donde Martín apenas alcanzaba a ver la silueta de algunos sillones, y lo que le parecía ser una mesita de café.

— Bienvenido a mi palacio, siéntete como en casa —dijo, mostrándole una sonrisa llena de dientes blancos.

Los sofás que Martín creyó ver en la oscuridad estában ahí luego de que Francisca prendiera la luz, pero el tapiz rojo era apenas visible bajo la ropa que tenía tirada encima. No solo era ropa, había libros también, y uno que otro zapato dado vuelta sobre los cojines. Frente a la mesita de café que había visto en silueta, había una televisión antigua, con un abrigo verde brillante tapando la mitad de la pantalla, y eso era todo.

Incluso con el caos, se veía vacío. Martín paseó la mirada por el desorden una vez más antes de voltearse a Francisca. Se veía mucho más pálida de lo que él recordaba en la calle, y su pelo era un cafe un poco más claro de lo que él había creído originalmente, igual que sus ojos. No estaba seguro si era la luz, o el hecho de que ya no se estaba congelando en un paradero cualquiera del centro, pero en ese momento, Francisca se veía menos de lo que había pensado originalmente.

Menos peligrosa, menos extraña, menos en general, como si hubiera perdido el color. No podía negar el atractivo de la mujer que tenía en frente, pero ya no era la misma que había visto en el paradero, y Martín no estaba seguro del por qué.

Sus ojos se encontraron con los de ella, y no pudo evitar sonreírle.

— No te preocupés, Fran, que se ve más acogedor así. Es igual que en casa —dijo, encogiendose de hombros, y ella se rió bajito, asintiendo.

Era hermosa en ese momento, pero extraña de una manera que Martín no creía poder describir en palabras.

— Me alegra oír eso —respondió Francisca, sacandose la chaqueta de un tirón. La lanzó sin mirar donde caía, igual que los zapatos.— ¿Tienes hambre, Martín?

 


 

No estaba seguro de cuándo se había dormido exactamente, pero recordaba a Francisca diciéndole con desdén que sólo empujara todas las cosas del sillón al piso, y se dejase caer ahí mientras ella lavaba los platos. Recordaba escucharla prometer que iba a llevarle una manta y una almohada, pero no había esperado lo suficiente como para recibirlas. La verdad es que ni siquiera se le había pasado por la mente la idea de cuestionarla en ese momento, estaba cansado, y tenía el estómago lleno, aunque no podía recordar lo que había comido, ni cuándo.

Al final, el cansancio había sido mucho más grande que todas sus reservas, y sus ojos ya se habían comenzado a cerrar solos mientras empujaba la ropa al piso. Martín tenía la sensación de que estaba perdiendo minutos entre cada pestañeo, pero no tenía forma de comprobarlo, y tampoco estaba seguro de que le importara. Francisca estaba tarareando en la cocina, ese era el único sonido que se sentía en ese lugar. Francisca, y él mismo, respirando lento.
Constanza estaba con él cuando volvió a abrir los ojos.

Estaban acostados en la cama, las piernas enredadas y las manos vagando distraídas por los pedazos de piel expuesta; hablando de dejar de arrendar el viejo departamento, de ahorrar para comprar una casa con patio, de tener una familia, de casarse, de todas las cosas a las que Martín repetía una y mil veces que no. Estaba seguro de que estaba negando, pero no podía escuchar su propia voz por encima de los planes de Constanza.

Quizá era mudo, porque ella solo seguía hablando, sin mirarlo siquiera. Sus planes eran cada vez más fantásticos: sobre lo que sería su vida en el futuro, sobre los viajes, sobre la capilla, sobre el hijo y la hija que tendrían en unos años más, sobre las navidades que pasarían en la casa de sus padres, sobre los años nuevos que celebrarían en la casa de la madre de Martín.

Estaba intentando levantarse, pero estaba atrapado, por las sábanas y las piernas y las manos, y la voz de Constanza, que repetía su nombre una y otra y otra vez.

De repente estaba frente al espejo de cuerpo completo que tenían en la habitación. Lo habían comprado en una venta de garage que su primo había organizado hace años, antes de mudarse. La luz de la mañana se filtraba por la ventana abierta, calentandole los pies descalzos sobre la alfombra. Constanza estaba detrás de él, pasando las manos por los hombros de su traje negro, intentando hacer desaparecer arrugas inexistentes sobre la tela.

Martín suponía que, a juzgar por su reflejo, estaba usando la ropa cara, esa que solo sacaba cuando iba a ver a su madre, o cuando salían a cenar afuera. No había nada interesante ahí, pero no podía dejar de mirar el reflejo de su corbata, la tela era un morado brillante que parecía saturar todo a su alrededor, como si tuviera luz propia. Jamás la hubiera comprado, no realmente, pero parte de él estaba encantado con la idea, con la forma en que el color lo obligaba a mirar.

A través del espejo también podía ver la sonrisa de Constanza, mirando la tela, mirandolo a él, y probablemente era el recuerdo más hermoso que tenía, porque el tirón cálido en su estómago se sintió con tanta fuerza que podría perder el equilibrio. Podría perderse por siempre en la satisfacción de verla sonreír.

Ella solo lo miraba através del reflejo, toda ojos brillantes y labios carnosos, esperando a que él diera el primer paso, porque ella siempre fue así. Martín recuerda esa particularidad con cariño, y siente su cara un poco más tirante cuando sonríe. Constanza nunca fue tímida, pero le gustaba jugar a esperar, y él nunca había aprendido a esperar realmente.

— ¿Qué tanto me mirás? —se escuchó preguntar, risueño.

— La corbata sobria y elegante que elegiste, obviamente. —respondió ella, dándole un golpecito juguetón. — Estás guapo.

— Me hieres, Coni, pensé que siempre me encontrabas guapo.

— Oh, perdón, perdón. —respondió, aun sacudiendo el polvo invisible de su hombro— Siempre eres guapísimo, amor, hasta cuando llegas ebrio. Especialmente me gusta el toque del vómito en tus zapatos.

— ¡Eso nunca ha pasado, che!

— ¿Seguro? A lo mejor ni lo recuerdas.

Comenzó a reirse. Era un ruido agudo e irregular, que poco a poco se iba transformando en algo estridente. Histérico. Había algo mal en ese cuadro, algo en esa imagen y ese sonido, aunque no podía decir qué era con exactitud. Martín sintió el estómago darle un vuelco, y cuando intentó voltearse, los brazos de Constanza eran de piedra, y sus manos eran garras, clavadas en la tela del traje y la piel de Martín.

De pronto el cabello era una cascada de color caoba, y la piel era tan blanca como el mármol.

Los ojos que le devolvían la mirada en el espejo parecían estar riéndose de él todo el tiempo.

— Siempre estás guapo, Martín.

Los labios de Francisca estaban en su cuello. Estaba medio dormido, pero podía sentir el peso de su cuerpo en su estómago y la presión de sus rodillas a los costados de sus costillas. Tenía la idea de sacarsela de encima, pero apenas estaba abriendo los ojos cuando comenzó el dolor. Al principio, la sensación era tan potente que abrir los ojos le parecía lo mismo que tenerlos cerrados: el mundo era blanco, como el dolor que sentía en el cuello. Intentó gritar, pero todo lo que logró fue un quejido ahogado.

Era como si el resto de su cuerpo no existiera, en alguna parte de su cerebro debió haber sabido que se estaba moviendo, que estaba intentando apartar a Francisca con las manos y los pies, pero no podía concentrarse en nada más que su cuello. Su cuello, su piel desgarrándose, los dientes rompiendo su carne y la sangre entibiando todo. Se sentía como una quemadura, esparciendose desde la herida hasta las puntas de sus dedos; y en cosa de segundos ya no le quedaba fuerza para nada más que apretar los brazos de la mujer.

El sillón se le estaba clavando en la espalda en tantos ángulos molestos que no podía creer que hubiera estado durmiendo ahí en primer lugar. Era ridiculo, pero mientras más tiempo pasaba, su cuerpo parecía ser más ligero, y era más fácil concentrarse en ese tipo de cosas. El mundo estaba hecho de calor, nauseas y ángulos incómodos. Si alguien le hubiera dicho que iba a morir pensando en eso, Martín se habría reído, pero todo lo que podía hacer en ese momento era pensar en lo mucho que le hubiera gustado morir en una cama.

Todo estaba oscuro cuando volvió a abrir los ojos.

Cada respiración era como si el mundo se estuviera desvaneciendo a su alrededor, cada vez más rápido. Tenía la cara y el cuello húmedos, y si hubiera podido hablar, le habría dicho a Francisca que dejara de chupar, que no tenía nada más que darle. Era una muñeca de trapo en las manos de una mujer que difícilmente medía más de metro y medio, pero lo que realmente le irritaba es que iba a morir porque sí, en la historia de canibalismo menos interesante de la historia.

No habría grandes investigaciones ni grandes dramas al respecto. No era una trama compleja, como las que le hubiera gustado poner en su libro, cosas con drogas, celos, o incluso una triste pelea de ebrios en un bar. No, a él solo le había tocado una mujer que lo invitó a dormir en su sillón, le dio de comer y lo arropó antes de matarlo, por el puro gusto de hacerlo sentirse seguro.

El último pensamiento consciente de Martín, es que le habría gustado no despertar del sueño antes de morir.

 


 

Había una mujer en medio de la oscuridad, no podía verla, pero podía escuchar su voz ladrándole ordenes, gruñendo que tenía que beber, aunque Martín no estaba seguro qué, había algo húmedo contra sus labios, pero no se sentía como agua. El resto de su cuerpo parecía no existir, incluso cuando intentaba abrir los ojos, todo lo que existía era la oscuridad, y un débil olor a metal. Eso y la voz, que parecía cada vez más urgente, como si las ordenes del comienzo se estuviesen acumulando todas juntas en una serie de gritos que parecían venir de todas direcciones.

Martín ahogó un quejido, intentando alejarse en vano.

Había una mano sosteniéndole la cabeza por el pelo, y algo blando presionando la humedad contra su boca y su nariz, cada vez más fuerte. El olor a sangre fue lo primero que reconoció como real en medio de la oscuridad. Las ordenes eran insoportables, pero nunca se le pasó por la cabeza que iba a obedecer, no hasta que abrió la boca al menos.

El solo hecho de tener una boca que abrir parecía un milagro en ese momento, y cuando la sangre tocó su lengua, fue como una descarga electrica. El sabor estaba haciendo sonar las pocas alarmas que quedaban en su cerebro, y de pronto estaba descubriendo que tenía ojos que podía abrir, aunque no podía despejarlos, no importaba cuantas veces pestañara. El mundo eran colores simples y masas borrosas. Solo había blanco y café.

Intentó alejarse de la sangre, pero la piel se presionó con más fuerza contra sus labios, ahogandolo. No estaba seguro de cómo no lo había notado antes, pero había dedos en su boca, y la sangre caía en un chorro constante, llenando todo antes de que pudiera obligarse a tragar. No tenía conciencia suficiente como para pensar en resistirse, no en tantas palabras al menos. Tenía una cara, un par de ojos, una nariz y una boca, pero no podía sentir nada bajo el cuello.

No había dolor siquiera.

La mujer le estaba hablando en susurros ahora, y él volvió a cerrar los ojos. La oscuridad detrás de sus párpados era una niebla rojiza, y de vez en cuando eran imágenes que no estaba seguro de estar viendo, pero tampoco podía estar seguro de estar imaginandolas. Un hombre de traje y una dama bajando de un carruaje. Una criada acariciándole el pelo. Un niño de pelo castaño y hombros huesudos guiando su caballo. Una mujer de pelo rizado besándolo como si no hubiese nada más en el mundo. El niño, ahora un hombre, sentado entre dos torres de libros, hablándole sin mirarlo. El hombre y la mujer, sentados frente al fuego en una cabaña. Sus propias manos apretando una taza amarilla llena de té.

— Basta.

No sabía en qué momento había comenzado a morder, pero el sabor de la carne cruda lo obligó a abrir los ojos. No quería eso, pero se estaba muriendo de sed, y no importaba cuanto apretara el brazo, la sangre salía cada vez más lento. Cada vez menos.

Apenas registró la existencia de sus manos cuando sintió a la mujer apretarle la muñeca.

— Martín —escuchó, aunque Martín apenas podía entender por encima del zumbido en sus oídos.

Estaba bebiendo, tal y como ella quería, pero no había comenzado siquiera a saciar su sed cuando Francisca comenzó a ordenarle lo contrario; primero en susurros, y más tarde en gruñidos violentos, cargados de palabras que Martín no entendía del todo. Su voz era un zumbido lejano, le recordaba a un paradero frío, y la música de un bar. Podía verlo, si cerraba los ojos incluso podía sentir el metal frío debajo de su cuerpo, el viento revolviéndole el pelo y congelándole la punta de la nariz.

Parte de su cerebro estaba convencido de que era un recuerdo, pero le parecía imposible creer que alguna vez pudo tener frío, no ahora que cada centímetro de su piel estaba vibrando con el calor de la sangre ajena. Todo su cuerpo parecía haber cobrado vida, y estaba ardiendo. Era doloroso y reconfortante en partes iguales, al menos hasta que el brazo desapareció de sus manos, dejando solo la sensación de pérdida en sus labios y sus manos.

Aún estaba recuperando el aliento cuando sus ojos lograron enforcarse. Francisca estaba inclinada sobre él, y atrás de ella estaba la luz artificial del baño. Martín tuvo que volver a cerrar los ojos, ahogando un quejido rasposo. Sus sentidos parecían estar regresando uno a uno, en cosa de segundos. Su mentón estaba goteando, y tenía el pelo húmedo, igual que la espalda y las piernas.

No tenía la fuerza para pararse aún, pero levantó la cabeza lo suficiente como para mirar alrededor una vez se acostumbró a la luz. Estaba en una tina, y todo era blanco a su alrededor. No había cortinas, pero podía ver las cerámicas en la pared y parte del lavabo desde donde estaba acostado. Y a Francisca, por supuesto, mirandolo desde afuera de la tina con una media sonrisa.

Estaba desnudo, aunque había una toalla blanca tirada encima de su estómago, cubriendo casi todo hasta sus canillas. Martín volvió a cerrar los ojos con fuerza, intentando entender sin mucho resultado; su cabeza parecía estar dando vueltas sobre si misma, sobre lo que pasó antes, y sobre lo que estaba pasando ahora sin poder darle sentido. Estaba muerto, Francisca lo había mordido en el sillón, pero su piel estaba hormigueando en todos lados, y aunque se sentía pesado, podía mover sus manos y apoyarse en los codos para enderezarse dentro de la tina. Francisca lo empujó con una sola mano, y Martín se encontró a si mismo acostado una vez más.

— Tranquilo, no es buena idea levantarse todavía. Quizá si hubieras bebido más, pero ya sabes, no puedo dejarte drenarme —dijo Francisca, riendo, aunque su voz sonaba distinta, agotada, quizá. — Es complicado, ¿sabes? Crear neófitos. Solo lo he hecho dos veces, pero incluso cuando trato de hacerlo lento, no se puede. Supongo que el instinto es más fuerte, animales, supervivencia, ya sabes.

Le tomó unos segundos procesar lo que estaba escuchando, pero para cuando Francisca ya terminó de hablar, Martín puede sentir la rabia comenzando a opacar todo lo demás, ardiendole en la cara y el pecho.

— ¿De qué mierda estás hablando? —casi no reconoció su propia voz al comienzo— ¿Qué me hiciste? —gruñó, intentando levantarse de nuevo, aunque esta vez Francisca ni siquiera necesitó poner su mano para evitar que se sentara. Simplemente no podía sostener su propio cuerpo, y se dejó caer de vuelta al frío de la tina, medio jadeando por el esfuerzo.

— Deberías estar agradecido ¿Sabías que la mayoría no pueden evitar matar a sus neófitos antes de terminar la transformación? No, claro que no sabías. —Francisca se acercó a la tina de nuevo, dejandolo ver la herida en su brazo

— No te hice nada terrible.

— ¿Qué me hiciste, loca de mierda?

— Ay, Martín ¿En serio importa? —su voz estaba tan cargada de desdén que Martín casi se sintió ridículo por haber hablado en primer lugar. Como si él fuese el que estaba siendo difícil. — Mandé a que hicieran algunas mejoras en este departamento hace varios años ¿Sabes? En ese tiempo era más fácil —dijo Francisca luego, cambiando el tema bruscamente. Se puso de pie, paseando una mirada crítica por todo el lugar, sin pasar por el cuerpo inerte de su invitado siquiera una vez.— El baño sin ventanas fue una gran idea, si me permites decirlo, las puertas reforzadas, y las paredes a prueba de sonido parecían un poco exageradas cuando lo hice, pero bueno... Todo es bastante útil ahora. Mi hermano no paraba de decir que era ridículo, en ese tiempo ¿A quién vas a transformar, Francisca? Ni siquiera vives ahí —dijo, imitando un tono de voz más grave que Martín supuso, era el hermano.

Su cuerpo aún pesaba demasiado como para moverse bien, pero estaba comenzando a despertar, y Martín empezó a moverse de a poco, un centímetro por vez, mientras Francisca le hablaba.

— No vengas a pedirme ayuda cuando te acusen de ser una asesina en serie, decía él. Siempre le gustó ser dramático.

Martín se habría reído, si tuviera la fuerza, quiza hasta le habría comentado lo sabio que sonaba su hermano, considerando que ella si era una psicópata, pero la idea se esfumó de su cabeza cuando escuchó el tintineo del metal golpeando el metal fuera de la tina. Un escalofrío le recorrió el cuerpo.

Francisca lo estaba mirando, totalmente erguida, y alta, demasiado alta al lado de él. Martín intentó recordarse que era solo la perspectiva, pero aún así se paralizó, muerto de miedo. Los ojos de Francisca le pesaban encima, y aunque la voz en el fondo de su mente seguía intentando pensar en un plan de escape, no podía moverse. No se atrevía a moverse, en realidad.

Parte de él, la parte que ya había asumido que estaba muerto desde hace varias horas atrás, se imaginó un programa de vida salvaje en la televisión. No estaba seguro del por qué, pero había algo en todo el escenario que le hizo pensar en uno de esos animadores vestidos con chaquetas beige y pantaloncillos cortos, diciendole a las cámaras que frente a estas situaciones no debían hacer ruido ni movimientos bruscos.

— Solo deja que me vaya. —susurró, bajando la mirada. — No voy a denunciarte, ¿vale? Solo me voy a ir, y nadie tiene que saber esto. Por favor.

— No, no —incluso ahora, la voz de Francisca sonaba medio risueña, como si todo eso fuera solo una broma que Martín no estaba entendiendo. — No tengas miedo, Martín, no voy a hacerte nada más. Pero no puedo dejar que te vayas, no ha terminado todavía, y no quieres que pase en la calle, créeme. Solo quédate acostado, y espera. Después estarás mejor.

La fachada sumisa de Martín duró hasta que Francisca terminó de amarrarle las manos. Martín pasó de las plegarias a las preguntas, y de las preguntas a los gritos y los insultos tan rápido que no había modo en que realmente pudiese engañar a alguien, no es que eso fuera a hacer alguna diferencia de todas formas, su cuello estaba atado a la llave de la tina, y mientras más forcejeaba, Francisca apretaba más la cadena.

Para cuando Francisca se alejó, Martín estaba ligeramente mareado, y no podía moverse más de dos o tres centímetros de su posición inicial.

— Es por tu bien. —repitió, por enésima vez desde que comenzara a atarlo.— Así no intentarás nada drástico mientras tu cuerpo muere.

— ¿De qué mierda estás hablando? ¿Qué me hiciste?

Francisca solo le sonrió con los labios apretados, cerrando la puerta deliberadamente lento. El cerrojo hizo un sonido agudo detrás de ella, pero Martín siguió gritando una y otra vez. La llamó, la insultó, incluso intentó pedir ayuda. Francisca había dicho que la habitación era a prueba de sonido, pero con las manos y las piernas encadenadas, su voz era todo lo que le quedaba.

La última, y más inútil línea de defenza que podía imaginar.

No supo cuánto tiempo pasó así. Había tenido que tomar descansos entre los ataques de rabia y los gritos, tiempo para recuperar la voz y las ganas de seguir intentándolo, pero no tenía forma de saber cuanto tiempo pasaba entre uno y otro. A él le parecían horas, pero no era tan inocente como para creer en sus sensaciones en ese momento.

El dolor empezó en algún punto entre esos descansos y sus gritos para Francisca. Su cuerpo parecía estar lleno de agua hirviendo, primero su estómago, luego su pecho, su cabeza, sus piernas, todo parecía estar ardiendo dentro de él luego de unos segundos. Le hubiera gustado gritar, pero apenas podía articular sonidos, mucho menos palabras entre jadeo y jadeo.

Se escuchó a si mismo llamar a Francisca, una y otra vez, o al menos eso es lo que creía que está haciendo. Sus oídos también parecían estarse quemando, y cuando escuchaba su propia voz, le parecía irreal. Imaginada. Todo es un zumbido, pero no había ninguna memoria agradable que lo acompañara, y entonces empiezó a vomitar.

No es solo vomito en realidad, el proceso entero era mucho más que eso. Martín podía sentirlo en cada parte de su cuerpo, cómo sus órganos iban transformandose, vaciándose, muriendo. Intentó forcejear contra las cadenas, y también contra la presión invisible en su abdomen y su pecho, por el simple miedo de morir así, de que lo dejaran terminar de esta forma, convulsionando sobre su propia mugre.

Martín no había tenido una gran vida, al menos no dentro de sus estándares. Le había faltado tiempo para hacerla grande, de la misma forma en que ahora le faltaba tiempo para pensar entre una ola de dolor y la otra. Quería ser mucho más que eso, morir de una mejor forma también, pero nada de eso tenía sentido en ese momento.

Quería estar muerto casi tanto como quería sobrevivir. La cadena de su cuello se había aflojado en algún momento, y Martín se echó hacia atrás, golpeandose conra la cerámica del baño, Una, dos, Martín perdió la cuenta luego del sexto golpe. Había agua a su al rededor, y el mudno parecía estar dando vueltas. Martín cerró los ojos con fuerza, intentando controlar otra ola de náuseas, y todo se detuvo.

 


 

No se molestó en preguntar nada cuando volvió a despertar. Francisca estaba ahí de nuevo, y el agua de la tina estaba tibia. La habitación olía a jabón, y perfumes, e incluso le pareció sentir algo de desodorante ambiental en el aire; casi se rió, porque claro que no había muerto aún, y claro que Francisca se lo tomaba todo como si fuera lo más normal del mundo.

No tenía ganas de moverse, ni mucho menos de hablar. Su cabeza estaba apoyada en un cojín húmedo, que estilaba agua helada con el menor movimiento, y Francisca, sin mirarlo, pasaba una toalla húmeda por su abdomen. Martín podía escuchar el murmullo de su voz dirigiendo una conversación solitaria mientras continuaba su tarea, aunque su monólogo no tenía sentido.

— No esperaba tanta resistencia —decía, pasando la toalla por su estómago.— Quizá si lo hubiera preparado mejor… pero no, me hubiera dicho si hubiera otra forma de hacerlo.

Martín se movió cuando la toalla bajó a su vientre. No podía evitarlo, incluso cuando sabía que era mejor pretender que aún estaba inconciente, la idea de que la mano de Francisca siguiese bajando era demasiado para él.

— ¿Cómo te sientes? —preguntó en un susurro, como si le estuviese hablando a un animal asustado. Martín odiaba ese tono más que cualquier otra cosa, incluso más que su risa, pero no respondió. — Perdón, no me estoy burlando... —dijo Francisca, levantando ambas manos— Yo también lo pasé, ¿sabes? Sé cómo se siente. Mi novia fue la que me tuvo que limpiar luego de la transformación. No te voy a mentir, uno nunca lo olvida. A fin de cuentas, solo se muere una vez —comentó, riéndose bajito. El silencio que siguió fue corto, pero absoluto.

Francisca suspiró, inclinandose nuevamente hacia él. Martín la vio estirar su brazo hacia él, y usó prácticamente toda la fuerza que le quedaba para levantar la mano al mismo tiempo, agarrandole la muñeca.

— Sé que estás molesto —dijo, soltándose con facilidad.— Pero no quiero hacerte daño.

Si hubiera tenido fuerzas para hacerlo, habría intentado golpearla hasta que no pudiese hablar más, tan solo por tener el descaro de decirle eso luego de todo lo que le había hecho. Quizá habría intentado levantarse de la tina al menos, pero su brazo estaba temblando solo por el esfuerzo de mantenerse levantado.

Francisca parecía saberlo, a juzgar por la calma con la que volvió a acomodarse al borde de la tina, secándose la muñeca sin prestar atención.

— ¿Qué eres?

Francisca se encogió de hombros, estirando y doblando las toallas aún húmedas.

— ¿Y yo? —preguntó de nuevo, más bajo. — ¿Qué soy yo?

Ya no estaba maquillada, Martín podía verlo en lo pálido de su piel, podía verlo en cada uno de los poros que parecían asomar en sus mejillas. Era bella, enmarcada como estaba en la luz artificial del baño, pero eso no era lo que le llamaba la atención. Era la claridad con la que podía ver cada hebra de cabello caoba, cada pestaña, cada bello en sus patillas. Incluso le pareció que podía escuchar el ruido de su corazón en ese momento, lento, tan lento que apenas lograba separarlo del sonido que hace el agua cada vez que se acomoda.

— Un experimento. —respondió Francisca, trayéndolo de regreso a la realidad.

Contrario a todos los pronósticos, Francisca tenía razón: las cosas sí podían ser peores. O eso es lo que le pareció luego de escuchar esa respuesta. Sabía que Francisca seguía hablando, que en medio de su monólogo había información, pero no podía seguir escuchando.

A la mitad de una frase sobre la necesidad de dormir y su cuerpo que aún no había terminado de ajustarse, el zumbido regresó a sus oídos, y a Martín se le olvidó que acababa de morir.