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Language:
Español
Stats:
Published:
2019-02-16
Updated:
2019-02-20
Words:
5,414
Chapters:
2/?
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3
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6
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114

De revolución y nieve

Summary:

*Actualizaciones lentas*

Cuando por fin Raoul Vázquez vuelve a casa tras diez años estudiando en el extranjero, su mente tan sólo puede pensar en el futuro que le depara su patria. No decepcionar a su padre, dirigir la empresa familiar, casarse con la hija de una de las familias más ricas de Barcelona e ignorar cualquier sentimiento extraño que no encaje en los parámetros de lo normal.

Sin embargo, todo se estropea durante su primera noche en Bilbao. Lo que iba a ser una salida tranquila junto a su hermano Álvaro termina convirtiéndose en un secuestro, una paliza y un canario de ojos negros que conoce su secreto.

A partir de ahí, el falso mundo de Raoul se derrumba. Controlado por el chantaje de un anarquista, el catalán va abriendo poco a poco los ojos y descubriendo que lamentablemente, sus prioridades iniciales no tienen nada que ver con las actuales.

Chapter 1: Prólogo

Chapter Text

Cuando Raoul despertó, la llovizna que caía sobre Mánchester era tan leve que apenas podía escucharla. Repiqueteaba suavemente contra los cristales, relajándole un poco el horrible dolor de cabeza que tenía. Con cuidado no de pisar la botella de Whiskey que reposaba en el suelo completamente desparramada, se puso en pie. Al menos tenía la tranquilidad de que no había líquido en su interior, ya que tanto Thomas como él se habían encargado de ello la noche anterior.

Suspiró. Era la primera vez que se emborrachaba y no estaba muy seguro de que fuera a repetirlo de nuevo. Nadie le había avisado de las constantes náuseas y mal sabor de boca. Tampoco de las lagunas que existían en su memoria.

Con un brusco movimiento —todavía podía notar como el alcohol fluía por sus venas—, apagó el despertador. Marcaba las cuatro y media, lo que le dejaba un plazo de hora y media para recoger y despedirse de todo aquel que considerara oportuno.

Sin ganas, cogió el único traje que había dejado fuera de la maleta y se dirigió a los baños. Ninguno de los que vivían allí poseían aseos propios, por lo que las duchas siempre solían ser un suplicio. Sin embargo, Raoul casi nunca se encontraba entre los afectados. Había adoptado la costumbre de despertarse a altas horas de la madrugada y bañarse, relajado y a solas. Desde hacía unos cuantos meses —y últimamente más que nunca— el simple hecho de desnudarse o ver a otros hombres desnudos lo incomodaba. Atrás quedaba la infancia y la pubertad y de cierta forma… prefería mantener las distancias.

Cosas de adolescentes, era lo máximo que se permitía pensar sobre el tema.

Abrió el grifo de agua fría y se sumergió de lleno en él. Era una locura hacerlo a trece de diciembre, pero sentía que entre el malestar que recorría su cuerpo, el sueño y los ojos hinchados de todo lo que había llorado durante la noche, se lo merecía. Era hora de comportarse como un hombre, no como el niño inmaduro que siempre había sido.

Apoyó las manos contra la pared y cerró los ojos mientras el frío chorro chocaba con fuerza contra sus hombros. No recordaba todo lo que había pasado la noche anterior, pero sí lo suficiente como para que mirar a los ojos a Thomas no fuera tarea fácil. Para empezar, había ocultado a su mejor amigo, su hermano, el día de su salida. No fue ni se veía capaz de despedirse de él. En segundo lugar, se habían pegado por primera vez en sus vidas. Y finalmente, habían celebrado su primera pelea con una botella que rondaba escondida en una de las tablas del suelo.

Sin embargo, aquello sólo fue el principio del fin. Raoul confirmó aquella noche que definitivamente algo andaba mal en él. ¿Hasta qué punto era normal no poder sostenerle la mirada a su mejor amigo? ¿Por qué intentaba evitar a toda costa cualquier acercamiento físico? ¿Qué eran esos nervios en el estómago cada vez que él le dirigía una de esas pícaras sonrisas?

Estaba devastado. Y borracho. Y quizás un poco excitado.

Maldijo en voz alta, con el corazón acelerado y un nudo en la garganta que apenas le permitía respirar. No tenía nadie con quien hablar, aunque tampoco estaba muy seguro de que aquel tema fuera algo que pudiera ser comentado en voz alta. ¿Estaría Thomas pasando por algo similar? Si era así, no lo representaba. Él seguía con la misma actitud de siempre.

Tiritando, abandonó los baños y se dirigió a los vestuarios. Todo estaba a oscuras, por lo que a tientas se vistió y no con mucho éxito. A pesar de que el internado donde se encontraba era uno de los mejores de Europa, no contaban con instalación eléctrica en todas las habitaciones. Tras palpar durante unos minutos la pared, por fin encontró la lámpara de queroseno que guardaban para ocasiones como aquellas.

Y ojalá no lo hubiera hecho.

El reflejo que le devolvía el espejo mostraba exactamente como se sentía por dentro. Incluso después de dormir durante varias horas, un baño de agua fría y arreglarse el pelo de esa manera desenfadada que tan bien le solía quedar, las ojeras, el hematoma de la mandíbula y la sensación pastosa de la boca producida por el alcohol ahí continuaban. Seguía con la misma horrible cara de siempre.

De la ansiedad, prefería no hablar. Tenía un tic nervioso en la pierna incapaz de controlar y la ridícula costumbre de pasar la mano por el cabello cada cinco segundos. Todavía sufría la manía de intentar abarcar toda la melena que en un pasado había llevado, aunque ahora por culpa de Thomas tan sólo podía despeinar el poco pelo que le había dejado. Lo llevaba de la misma forma en la que todos los chiquillos ingleses de su edad lo solían llevar. Muy recortado por los lados, un suave tupé en el centro. Era consciente de que así favorecía la forma de su mandíbula, que tras tantos años, por fin parecía que se asemejaba más a la de un adulto que a la de un niño.

Decidió no obsesionarse mucho más con la apariencia, ya que el viaje a España sería largo e intenso y agradeció en silencio la soledad de la habitación. Aparte de Thomas y los mismos curas, nadie sabía que marchaba a Barcelona aquella misma mañana. Y no tenía ninguna intención de que sucediera otra cosa.

Volvió a la habitación, con cuidado de no despertar a su amigo y comenzó a revisar las maletas. Eran tres, de color ceniza y con unas suaves correas de cuero. No eran muy grandes, ni tampoco pesaban mucho, o eso pensó cuando las cogió para bajarlas. Unos cuantos jerséis, varios trajes de tres piezas, diversos libros de poesía y un montón de cartas que su madre y su hermano casi mandaban a diario. Eso era todo lo que contenía.

Le parecía mentira que toda una vida cupiera en tres cajas de cuarenta por treinta. Sin embargo, sí que lo hacían.

Emocionado y sin saber muy bien qué hacer con el tiempo restante, se tumbó en la vieja cama de su dormitorio. Observó por última vez las cuatro paredes que para alguien como él —tímido, inocente y desconocedor de la lengua inglesa cuando llegó— habían servido más como refugio que como habitación. Quería empaparse de la esencia de lo que hasta la fecha había conformado su hogar y no olvidarse nunca de él. El olor a fábrica que siempre inundaba la habitación cuando permanecían más de media hora con las ventanas abiertas, la suavidad de la vieja alfombra que adornaba el suelo, los incómodos colchones de las literas…

Todos aquellos pequeños detalles habían hecho que pasara unos años maravillosos. Aunque como todo, no siempre fue así. Todavía recordaba que lo primero que había hecho al pisar el mojado suelo de Londres fue llorar. Ocho años, separado de su familia sin explicaciones aparentes y sólo frente a un mundo de adultos del que ni siquiera conocía su lenguaje o sus costumbres.

No fue nada fácil. No obstante, su compañero de habitación hizo todo lo posible por ayudarlo. Thomas Wright, un chico de su misma edad que apenas había llegado semanas antes que él, decidió convertirse en su mejor amigo desde el minuto uno. Ambos estaban solos. Raoul era un niño español que apenas sabía hablar el inglés y Thomas un muchacho gitano cuyo padre tenía suficiente dinero como para pagarle unos buenos estudios. Él sí era de Mánchester, el primero de cinco hijos. Y también fue el que ayudó a Raoul a aprender aquella lengua germánica tan desconocida en España. El español, a cambio, se comprometió en enseñarle a su compañero el catalán.

Sin embargo, aquel proyecto no tuvo demasiado éxito.

What time is it? —preguntó una voz somnolienta.

La litera entera se sacudió a la vez que Thomas posaba un pie en las escaleras metálicas, amenazando con derrumbarse allí mismo. No habían sido pocas las veces que Raoul le habían propuesto a su mejor amigo el cambiarse las camas, pero Thomas era aún más cabezón que el catalán. Y aunque pesara cerca de 176 libras (unos ochenta kilos), el mancuniano insistía en permanecer tal y como estaban.

Half past five —contestó Raoul con la mirada clavada en la bombilla de la habitación. Thomas se paseaba cómodamente por la habitación en calzones, mostrando la espectacular espalda y torso que poseía—. There's only half an hour left for me to leave.

Bloody bastard —murmuró entre dientes el moreno. Sabía de sobra que si él mismo no se hubiera despertado, Raoul tampoco lo hubiera hecho.

Do not be dramatic. You know that as soon as I arrive in Spain I will send you a letter —recitó Raoul en voz alta, como venía diciéndolo desde que su mejor amigo había recibido la noticia—. There is nothing to worry about.

Thomas prefirió no contestar de forma verbal, aunque por la forma de colocar los ojos en blanco, el catalán sabía que no tenía el apoyo del mancuniano en aquella decisión. Quizás sí que había estado un poco mal eso de no querer avisarlo, pero no se veía capaz de despedirse de él. Tenía un vínculo emocional muy fuerte con Thomas y separarse de forma tan radical… Ni siquiera era capaz de decir en voz alta el verdadero motivo de su abandono. Sus padres querían casarlo con la hija de uno de los empresarios más prestigiosos de Barcelona; los Ocaña. Y Raoul no podía oponerse. Ni siquiera tenía la mayoría de edad, por lo que sus padres eran dueños de todas sus decisiones.

I know. You'll come to Manchester in the summer, right?

Of course I will, Tommy —confirmó con una sincera sonrisa.

El catalán observó sentado en la cama como Thomas asentía, algo más convencido de su actitud. Por supuesto que vendría en verano a visitarlo, era su mejor amigo. Habían sido tantos momentos vividos juntos… Vio cómo se colocaba con prisas los primeros pantalones que había encontrado, junto a una camisa y unos tirantes de aspecto caros. Sabía dónde tenía pensado dirigirse su amigo tras su marcha, pero por una vez, decidió no regañarle. Sin embargo, no pudo evitar que el fantasma de la duda lo asaltara al pensar en quién se ocuparía de él cuando volviera a altas horas de la madrugada borracho y mareado.

Come on? —preguntó Thomas tras arreglarse un poco el pelo.

El pequeño de los Vázquez no dijo nada, pero abandonó la cama en la que había dormido más de tres mil seiscientas noches.

Dejó intencionadamente todas sus plumas estilográficas, para que Thomas poseyera algo suyo una vez que él estuviera en Barcelona. También un libro de Adan Allan Poe, escritor al que solía recurrir con frecuencia cuando las cosas no salían como él deseaba, y una carta explicándole los verdaderos motivos de su salida. Aquel chico moreno y de ojos azules tan sólo se merecía la verdad.

Todavía recordaba la primera vez que lo vio. Alto, de ojos azules y pelo negro, con un diastema entre los incisivos superiores. Siempre había muy guapo. Y muy mujeriego. Sin embargo, conforme los años pasaban, no sólo su belleza aumentó. Pronto dejó de ser el chico encorvado y lleno de acné, convirtiéndose en un verdadero hombre. El alcohol, el tabaco y el sexo pasaron a ser los tres pilares fundamentales de su vida. No obstante, tras esa fachada de vicios y rebeldía, seguía existiendo el niño sensible, amable y exageradamente protector que conoció con ocho años.

Le tenía muchísimo aprecio.

Sir, the car is waiting —interrumpió el momento una voz nasal y enfadada, como si no soportara la idea de ver cómo el señorito Vázquez también abandonaba el hogar. Con él, eran cinco los estudiantes que habían marchado en los últimos dos meses. Y la cocinera, que era quién se encontraba apoyada en la esquina de la puerta junto al marco de madera, había desarrollado una curiosa relación con los estudiantes de la trigésima cuarta habitación—, and we haven't all day.

Ambos asintieron, sabiendo que la media hora que quedaba tiempo atrás se había agotado. Raoul no sabía muy bien que hacer, demasiado concentrado en no romperse allí mismo, por lo que el empujoncito de Thomas le vino muy bien. Juntos —mientras la cuidadora los adelantaba refunfuñando y maldiciendo—, bajaron las escaleras en completo silencio. Sin saber muy bien que decir o que hacer.

Thanks, Lady Smith —articuló Raoul una vez en la puerta, manteniéndose al lado de su amigo. Estaba nervioso, no quería marcharse de allí. No quería crecer, no quería que las normas del St Paul’s School dejaran de afectarle. No quería dejar a Thomas.

Pero no era momento de pensar así. Debía de irse, de seguir su camino. Debía de separarse de Thomas, olvidarlo, centrarse en el matrimonio que tenía concertado. Debía de ser maduro y enfrentarse finalmente a los problemas de los adultos.

Con el corazón en la garganta y los ojos aguados, Raoul recogió el pudín que la señora Smith le había preparado e introdujo el equipaje en el maletero del coche que lo llevaría a Liverpool, donde cogería el barco que zarpaba dirección Bilbao.

No sabía que hacer a continuación. Tenía miedo de hacer algo que estuviera fuera de lugar. Sin embargo todos aquellos pensamientos acallaron cuando Thomas lo abrazó fuertemente y le susurró t’estimo, sorprendiendo a Raoul con aquel gesto.

No duraron mucho, pero sí lo suficiente como para que Raoul marchara relajado a casa. Se montó en el coche con toda la entereza que pudo reunir en aquellos momentos y no despegó la vista de él hasta que dejó de verlo. No quería irse de Mánchester, ni tampoco regresar a una casa que no sentía como suya. Pero tampoco era un niño pequeño, así que no debía de quejarse. No obstante, aquellas palabras no fueron suficientes para evitar que Raoul se quebrara en los asientos traseros. Thomas había metido en su bolsillo, sin que él se diera cuenta, su tabaquera metálica y una foto de ambos, recuerdo del día que viajaron a Londres.