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El sol brillaba en contra el tablón de anuncios frente al que Jotaro se había parado. Aunque los niños jugaban en el parque de atrás, los pájaros saltaban de rama en rama y el viento movía el humo de su cigarrillo, parecía que el tiempo se había detenido.
"Perdido" rezaba el cartel junto con un nombre, algo información, un número de teléfono y una fotografía. Una fotografía con un joven que Jotaro conocía bastante bien.
Cabello rojo, aún sin cicatrices en los ojos, uniforme verde.
El corazón se le encogió.
Perdido, sus padres aún le buscaban, ni siquiera sabían si seguía vivo o no.
Nunca se había parado a pensarlo, Kakyoin tenía un padre y una madre que le echaban de menos, tal vez una familia ¿Tenía hermanos? Nunca le había oído hablar de ello.
Perdido, quiso tacharlo y actualizar su estado como doctor que escribe la autopsia. Quiso arrancar el cartel, olvidarse del asunto y seguir con su vida como si el viaje a Egipto nunca hubiese existido.
Miró el número de teléfono bajo la información, lo apuntó en un papel y se lo guardó en el bolsillo. No tenía sentido seguir torturando a sus padres, aunque no sabría tener el tacto para comunicarles la muerte de su hijo.
Solo tenía 17, pensó, solo había vivido 17 años.
Cerró los ojos, se bajó la visera de la gorra y dio una calada a su cigarrillo.
Y el tiempo retomó su curso
