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Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Series:
Part 1 of Un Americano en París
Stats:
Published:
2019-06-25
Completed:
2019-07-02
Words:
11,436
Chapters:
3/3
Comments:
19
Kudos:
17
Bookmarks:
2
Hits:
353

Epistolar

Summary:

Epistolar:

Aquello vinculado a una epístola, a una carta.
Relación entre dos personas, llevada por correspondencia bilateral.

Notes:

Oscar=Spy
Neeley=Scout

Este ship no zarpará solo!!!!
La idea original se salió de control, como todo en mi vida.

Espero lo disfruten.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter Text

¡Feliz cumpleaños! ¡La edad es solo un número! Es lo que dice la retacada tarjeta de cumpleaños de Oscar. Cubierta de pequeños Arcos del Triunfo, croissants, botellas de vino, rodajas de queso y una Torre Eiffel altamente estilizada, la tarjeta fue enviada por sus padres desde Francia. Aunque la diferencia de días es algo considerable, Oscar se sorprende por la eficiencia del servicio postal norteamericano.

 

Esta mañana, Oscar no tuvo tiempo de dejar el correo en casa, así que optó por llevárselo al trabajo y revisarlo. Fuera de los cobros de servicios y publicidad local, la tarjeta de cumpleaños es lo único que destaca. Abriéndola, encuentra una fotografía instantánea de sus padres en una playa indeterminada de Europa, y un saludo por escrito con la letra de su madre. Al parecer, sus “vacaciones” están yendo de maravilla. Oscar suspira y deja la tarjeta a un lado.

 

Cuarenta y ocho años han transcurrido desde que nació, y esta ha sido una de las pocas ocasiones que sus padres han recordado su cumpleaños. Con una imperceptible sonrisa, tira la tarjeta en el basurero de su cubículo, no sin antes sacar la fotografía de sus padres y meterla en su billetera. Es hora de comenzar a trabajar.

 

Oscar no podría estar más agradecido por haber encontrado el empleo que tiene ahora: contador en una despiadada agencia de seguros. Con apenas dos semanas de haber ingresado, Oscar no puede esperar a que la monotonía y el aburrimiento se asienten en su vida. Después de darle un considerable sorbo a lo que supuestamente es café, enciende su computadora asignada. Hoy será un día espléndidamente regular.

 

Lo primero que rompe con esa expectativa es un correo en la bandeja de entrada que no pertenece a ninguno de sus superiores. [email protected] es el remitente, y los destinatarios son Oscar y… prácticamente cada persona en el piso. Frunciendo el ceño, Oscar abre el correo: es solo una imagen de un gatito con varios carros de juguete encima, jurando que tiene un seguro. El texto dentro de la imagen tiene pésima ortografía y gramática infantil. 

 

Pasa un minuto, y Oscar no entiende el chiste de la imagen. Cierra su correo, y al instante se olvida de todo.

 

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Al día siguiente, otro correo de neeley.mk ha aterrizado en su bandeja de entrada. Esta ocasión el correo tiene un asunto (si es que buenos dias bbs <3 se le puede considerar un asunto). Aparentemente, el correo fue enviado poco después de la hora de entrada. No teniendo nada que perder, Oscar abre el correo. Nuevamente, está dirigido a todo el personal del piso. Solamente hay un enlace. Al hacer click, se abre una página que lo único que contiene es un “rollo de papel”.

 

Algo no encaja en todo esto. Moviendo cursor hacia el rollo, Oscar lo jala hacia abajo. El rollo comienza a moverse, muy parecido a cómo se movería un rollo verdadero. Llega hasta el final, y en la página solo queda un vacío negro. Sintiéndose algo traicionado, Oscar cierra la pestaña. El nombre de neeley.mk es lo primero que ve, y por alguna razón, hace una mueca de disgusto.

 

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Me desperté esta mañana, y estornudé. Me fumé un cigarrillo y me tomé mi té-- 

 

Alguien en el piso tiene puesta una radio o algo por el estilo. Nunca se han establecido las reglas sobre qué se puede o no hacer en el piso, pero la música no es algo que moleste a Oscar demasiado. En pleno descanso, Oscar masca un mondadientes. Hace unos meses, se hizo el propósito de dejar de fumar, pero sus ganas han resurgido en estos últimos días; debe verse indecente con el mondadientes en su boca, pero es lo único que mantiene las ansias a raya.

 

Un nuevo correo acaba de aparecer en su bandeja de entrada. 

 

Oh, pero qué oportuno. Oscar se endereza y lo abre. neeley.mk ha enviado otro correo a él y todos, otra vez. Esta ocasión, es otro enlace a una página web. Considerando que faltan veinte minutos para que el descanso acabe, decide abrirlo y entregarse a cualquier cosa que pueda pasar. 

 

Es una extraña animación de rectángulos desplomándose unos sobre otros, repitiéndose una y otra vez. Curiosamente, Oscar puede escuchar cómo caen los rectángulos. Pasan veinte minutos, y hasta que el murmullo de las personas llena el piso, Oscar cierra la pestaña. 

 

Después de un rato, todavía tiene la sensación de estar cayendo.

 

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¡MERDE! 

 

El grito de sorpresa de Oscar hizo que varias personas en el piso levantaran sus cabezas. Afortunadamente, nadie podía saber quién lo hizo gracias a su separación por cubículos. Después de cerrar la pestaña, Oscar puso su mano sobre su pecho, apretando con fuerza. El enlace que acababa de abrir era una cosa que parecía moverse de acuerdo al cursor. Súbitamente, los colores empezaron a cambiar, y un sonido estridente alborotaba la figura en la página. Suficiente acción por hoy. 

 

Recobrando la compostura, Oscar pasa una mano sobre su cabellera oscura, aplacando unos mechones de su pelo. Saca un mondadientes de un cajón en su escritorio, y pronto se pierde entre números y palabras superfluas.

 

Mentalmente, Oscar anota que tiene que ir por otro paquete de mondadientes.

 

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AQUÍ ESTAMOS HOY.

 

Un cuadrado amarillo domina el centro de la página. El contrastante fondo negro ayuda a concentrarse exclusivamente en el cuadrado, y sobre la figura, la acotación de AQUÍ ESTAMOS HOY en grandes letras blancas aclara que, efectivamente, aquí estamos hoy. Bajo el cuadrado, la fecha coincide con la del día en curso. 

 

Esto no se ve tan mal, pensó para sí mismo Oscar. Descartando la posibilidad de que algo lo asustara de nuevo, Oscar selecciona el Okay en la base de la ventana. 

 

Una barra multicolor aparece, y el hoy se reduce a una delgada raya en la barra. AQUÍ ESTÁ ESTE MES, declara el texto en la parte superior. Tamborileando sus largos dedos sobre la superficie del mouse, Oscar hace un gesto de incomodidad. Decide continuar dando un click en Okay.

 

AQUÍ ESTÁ ESTE AÑO . 2019 se ve representado en otra barra multicolor. Oscar comienza a entender hacia dónde va todo este asunto. Sigue dando click a Okay.

 

AQUÍ ESTÁ ESTE SIGLO, AQUÍ ESTÁ ESTE MILENIO, AQUÍ ESTÁ ESTA ÉPOCA. Poco a poco, Oscar se turba. Mon Dieu, ¿acaso esto no acaba…?. AQUÍ ESTÁ ESTE PERIODO, ESTA ERA, ESTE EÓN, LA TIERRA, LA VIDA.

 

Con un profundo suspiro, Oscar cierra la pestaña. Un terrible desasosiego se asienta en sus extremidades y lo aplasta como un titánico yunque. Algo sobre la marcha imparable del tiempo lo inquieta, y en su opinión, no cree que la oficina sea el lugar adecuado para tener un colapso mental.

 

neeley.mk envió el enlace a aquella página, y Oscar se pregunta si esa persona sabe la clase de sensaciones que provoca con las cosas que envía.

 

En el basurero de Oscar, un paquete de mondadientes es desechado, acompañado de una queda maldición.

 

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Aunque son más de la cinco de la tarde, Oscar todavía permanece en la oficina. Específicamente, en el baño. La llave del lavamanos deja salir un chorro constante de agua fresca, y se salpica una pequeña cantidad a su cara, evitando mojar su camisa. Apoyándose sobre la orilla de la barra, Oscar encara un rostro sumamente familiar del otro lado del espejo.

 

Después de acomodar su corbata y las mangas de su camisa, Oscar seca sus manos y sale del baño. Largas y silenciosas zancadas lo llevan a su cubículo, para llegar a desplomarse sobre su silla. El cansancio y dolor en espalda no evitan que esboce una ligera sonrisa. Cuánto extrañaba estar integrado en un sistema rutinario y destructivo. 

 

Tensión nerviosa, invento nuestro, es el más reciente asesino que anda por ahí--

 

Con una mano peina sus rizos, y con la otra maniobra para abrir el correo en su computadora. Una vez más, alguien ha puesto música en el piso; es reconfortante saber que no es el único inadaptado social que prefiere permanecer en su trabajo a contemplar su vida y soledad en casa. Oscar truena sus prominentes nudillos y enfoca su mirada a la pantalla. Curiosamente, hay algo nuevo en su bandeja de entrada. Una mirada rápida a su papeleo y a sus post-it’s con recordatorios hacen que reconsidere abrir el mensaje, pero no tarda mucho en decidir.

 

[email protected] para oscar.l, jane.d, jackson.f, eric.h,  tavish.fg, lawrence.m, … Aunque Oscar no puede ver a nadie desde el pasillo que comunica a todos los cubículos, saca su cabeza, intrigado por el inusual silencio que inunda el piso. Si no fuera por la música de fondo, las tendencias paranoicas de Oscar habrían salido a flote como corteza sobre agua. Volviendo a su lugar, Oscar abre el enlace del correo.

 

¿Pero qué--? El encabezado de la página dice Mira el césped crecer. Debajo, una transmisión en vivo de un patio cubre casi toda la superficie de la página. Una considerable porción del patio está forrada de césped y… Oh, pero qué maldito-- Refunfuñando, Oscar cierra la pestaña golpeando el mouse, tal vez con más fuerza de la necesaria.

 

Su decepción es inmensurable y su día está arruinado. O al menos lo que queda de su día. Oscar opta por terminar algo de trabajo antes de retirarse a casa.

 

Aún después de que Oscar haya abandonado la oficina, la música siguió sonando.

 

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—No puedes simplemente ganar, connard.

 

Moviendo su puntero en la pantalla, Oscar murmura con enfado. Es sencillo: mueve el puntero a cualquier punto del área delimitada por la página web, el movimiento y posición se procesa por un momento, y una imagen aparece; la imagen en cuestión contiene a una persona que, a pesar de las circunstancias en que haya sido captada, señala el puntero. Y nunca falla. Jamás. 

 

La pluma de plástico en la boca de Oscar se agrieta. De mala gana, Oscar cierra la pestaña y deja de morder el bolígrafo. Hace ya dos días que se había quedado sin mondadientes, y por alguna u otra razón, había olvidado ir por más. Morder lápices era muy infantil, así que morder plumas era la opción más sofisticada para un hombre como Oscar. Por más asqueroso que fuera, no podría dejar de hacerlo.

 

Oscar vuelve a la pestaña de su correo. neeley.mk ha sido el remitente del enlace a esa página, naturalmente.

 

Balanceando la pluma en sus dedos, Oscar tiene una revelación. Una sonrisa retuerce su rostro, y con un click, responde al último mensaje de neeley.mk.

 

Buenas tardes. 

 

Estimado Neeley, le pido atentamente que detenga sus mensajes poco constructivos. El contenido no es apropiado para un espacio de trabajo como el nuestro, y solamente son un detrimento para nuestra labor.

 

Sin más que pedirle, agradezco de antemano su atención.

 

Oscar envía el mensaje, entrelazando sus manos sobre la mesa. Ser un adulto significa resolver problemas de la manera más indirecta posible, y si alguien iba a ser el adulto en esta situación, iba a ser él. Oscar no podía evitar sentirse bien con esa realización. 

 

Las horas pasan volando mientras Oscar trabaja, y en todo lo que restó del día, Oscar no recibió un seguimiento a su petición. Con suerte, aquella persona entendió claramente el mensaje de Oscar y le concedería su deseo de paz.

 

No sucedería tal cosa.

 

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—¡MACKENNA! ¡QUIERO VER TU TRASERO AQUÍ EN ESTE INSTANTE!

 

El inconfundible grito del Jefe de Contadores irrumpe con la atmósfera abrumadora y apacible del piso. El tecleo constante de los empleados cesa, y una que otra cabeza se asoma por encima de su cubículo para ver qué es lo que puede estar pasando. Oscar se reclina en su silla y se asoma al pasillo. Voltea a un lado, luego al otro. Nadie responde al llamado del Jefe--

 

—¡MacKenna! ¡¿No oíste?! ¡Ven acá!

 

—Oh cielos…

 

Una vocecita responde desde algún punto del piso. Alguien se tropieza y tira una cantidad indeterminada de plumas, cajas, papeles y contenedores; la persona responsable del pequeño desastre sale desde el fondo del pasillo, el último cubículo del corredor de Oscar. MacKenna, figuradamente. Un señorito larguirucho, son orejas prominentes y cabello castaño se dirige al lugar del Jefe. Su presuroso, nervioso, tenso caminar delata su culpabilidad en algo que Oscar no puede comprender. 

 

Oscar no lleva mucho tiempo aquí como empleado, y pese a que no es una persona social, está familiarizado con, al menos, la mitad de la población del piso. Oscar está completamente seguro de que nunca había visto a este hombre. No puede evitar mirarlo con sospecha. El hombre en cuestión pasa de largo, avanzando rápidamente. La mirada de Oscar sigue a MacKenna hasta el cubículo del Jefe. No deja de observarlo. Oscar se mantiene atento a lo que pueda suceder con el joven.

 

MacKenna desaparece en la esquina, y la tormenta se desata.

 

—Neeley, ¿qué carajos es esta cosa que me enviaste, eh? ¿Pasas todo el día viendo basura en tu computadora?

 

Oscar parpadea lentamente al escuchar el nombre.

 

Neeley. neeley.mk. Neeley MacKenna. 

 

Ah.

 

Ya comprendo de qué trata todo esto.

 

La voz de MacKenna corta con la sarta acalorada de su Jefe. Aunque es más joven, la voz de Neeley es igual de fuerte.

 

—Jefe, ¿de qué me está hablando? No-no tengo idea de lo que me está diciendo. Oiga, ¿no tiene algo de hambre? Yo sí, caray. Hey, ¿quiere ir por bagels o un sandwich? Podría invitarle uno, conozco unos muy cerca de aquí, y--

 

—¡No! ¡Nada de eso! Neeley, quiero que dejes de mandar esa basura a todos, ¿entendido? ¡Me estás sacando de quicio!

 

Una pausa.

 

—¿Qué se supone que le diga a los Jefes cuando hable de tu desempeño, eh? ¡No puedes seguir así! Es importante que--

 

Sniff.

 

Esto es algo penoso.

 

—Mac, Neeley, no llores por favor,

 

Otro sollozo desagradable.

 

—Ahh Dios, mira amigo--

 

La conversación entre el Jefe y Neeley se disuelve en susurros, y poco después, en risotadas. En el pasillo, el alto hombre tuerto da unas fuertes palmadas en la espalda de Neeley, tirándolo al suelo por poco. Si Neeley lloró, entonces se recuperó demasiado pronto de eso. Al parecer, cualquier cosa que haya estado mal entre ellos dos ahora está resuelta. 

 

Oscar sabe de la buena naturaleza y bonachonería de su Jefe, además de que una persona muy social, siempre invitado a fiestas de todo tipo o reuniones entre las personas de la oficina. Por más extraño que sea su jefe (hombre negro con acento escocés, sin un ojo y de voz estridente), las personas gravitan con naturalidad hacia él, haciéndose amigos casi al instante. Oscar considera esa bondadosa predisposición a hacer amigos algo tonta e insensata. 

 

El joven vuelve a su cubículo, con una idiota sonrisa en su brillante rostro. Oscar no se da cuenta de que siguió observándolo hasta que Neeley le devuelve la mirada al pasar justo frente a Oscar. Sus ojos son de un incómodo color que bordea entre el verde y el azul. Los ojos inquisitivos de Neeley son eclipsados por su afable sonrisa. Debe creer que el mundo jamás lo lastimará. La inquietud se desvanece cuando Neeley vuelve a enfocarse en su camino, desapareciendo al dar la vuelta para volver a su cubículo. Oscar vuelve a su lugar y a su trabajo.

 

De un pequeño bote sobre el escritorio, toma un lápiz visiblemente dentado. Lo introduce en su boca, y horas más tarde, el sabor de carboncillo permanece en su lengua.

 

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Acaba de empezar el Otoño. Oscar termina de sacudir unas hojas de su abrigo y de su cabeza. Oficialmente, su peinado está arruinado por hoy. No tiene mucha importancia, piensa Oscar. Su cabello siempre fue difícil de peinar, y la segunda mejor opción a cortárselo completamente es tratar de peinarlo con toda la decencia posible. Años atrás habría valorado mucho más su apariencia personal, reprochándose por el traje barato que utiliza actualmente, sus camisas holgadas, los zapatos desgastados, las corbatas simplonas, su mala postura; Oscar abandonó esas aspiraciones de reflejar elegancia hace tiempo. 

 

Soy una persona en descuento, en una tierra de bajo presupuesto--

 

Tan temprano en la mañana, y ya hay puesta música. Qué buen detalle. La silla rechina ligeramente cuando Oscar se sienta, listo para comenzar la jornada. Mientras su computadora enciende, toma su café entre sus manos, disfrutando el calor que irradia. La calidez que emana es muy apreciada por sus frías manos. Oscar cierra los ojos, y por un momento se desconecta de su realidad.

 

El trance cafeinado no dura mucho. Después de un prolongado sorbo, Oscar revisa su correo, primera cosa en la mañana. Por intervención divina (o intervención de su Jefe), los correos de Neeley dejaron de llegar. Oscar no podría estar más agradecido. Alentado por el excelente comienzo de su día, Oscar se deja sumergir por gráficas y tablas de dinero que nunca verá en su vida.

 

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En la sala de descanso había una vieja radio comunal. Era un pequeño rectángulo gris plata, con una bocina y diversos botones para operarla correctamente. Arrumbada en un rincón, la radio acumulaba polvo y pelusa. 

 

Oscar había venido a prepararse un café. En la hora del descanso los demás salían a la calle a buscar comida, raramente venían a la sala de descanso por un bocadillo. Mientras la cafetera hacía su trabajo, Oscar se encargó de desempolvar la radio. Sorpresivamente, aún estaba en una sola pieza. La enchufó y empezó a buscar una estación. 

 

El indiscutiblemente único sonsonete de Un Americano en París interrumpe la búsqueda de Oscar. Los dedos huesudos de Oscar se retiran del sintonizador, y con dos suaves pisadas, Oscar se recarga en la pared. Por un momento, la mirada de Oscar deambula hacia la ventana, y su mente hacia recuerdos de hace tiempo. Una indescriptible amargura acompaña las memorias que vienen con esa música. El veneno de la aflicción hace que arrugue sus facciones y su respiración se acelere.

 

Fue un error. Escuchar la maldita radio fue un error. Oscar no hace nada por apagar la radio, a pesar de que es mejor hacerlo.

 

El olor del café hace que regrese a su situación actual. Toma una taza limpia, la llena de café, y se retira del área de descanso.

 

La radio siguió encendida.

 

El trayecto hacia su cubículo no le hacen olvidar las sensaciones que tuvo hace unos momentos, pero siempre hay otras cosas con qué ocupar la mente. Posicionando con delicadeza la taza sobre su mesa, Oscar abre su bandeja de correos. En la mañana habían avisado que iba a circular un documento que detallaba las características de un nuevo contrato, y Oscar pretendía averiguar cómo le iba a afectar eso. 

 

[email protected] te ha enviado un correo. Oscar se le queda mirando a su pantalla. Fugazmente, recuerda los ojos enardecedores y vagamente amenazantes de Neeley MacKenna, y sin saber exactamente por qué, abre el correo. Oscar no se da cuenta de que es el único destinatario. 

 

En el correo solo hay un enlace. Oscar recuerda la sonrisa cordial del muchacho, su expresión franca, vacía de hostilidad. Sin pensarlo, lo abre. Vaya que se arrepentiría de eso mucho tiempo después.

 

Al instante, la pantalla se cubre de imágenes pornográficas de todo género. Animaciones en bucle se hallan dispersas, las cuales también son de películas pornográficas antiguas. Exagerados gemidos de dudosa procedencia terminan de sobresaltar a Oscar. Por arte de magia, Oscar olvidó cómo funcionaba una computadora: azotaba el teclado, arrastraba el mouse, gimoteaba como un niño al que le acababan de aplastar la mano. Los gemidos seguían y seguían, y la frente de Oscar se empezó a cubrir de pequeñas gotas de sudor. En medio de su crisis, Oscar tiró la taza de café caliente sobre el CPU. Súbitamente, la pantalla empezó a parpadear, y un olor a quemado llegó hasta la nariz de Oscar. 

 

La pantalla se apagó, y el CPU siguió sacando una nubecilla de vapor algo misteriosa. Oscar parpadeó una vez. Y luego otra. Cuando terminó de procesar lo que acababa de suceder, se dio cuenta de la mancha de café en el suelo, en el CPU, y sus pantalones grises. Reaccionó muy tarde a la intensa quemadura, gritando como no lo había hecho en años. 

 

Mientras Oscar sujetaba sujetaba su muslo, pequeñas lágrimas se sumaron al sudor en su rostro sonrojado. Al menos estoy solo, al menos estoy solo, al menos estoy solo, Oscar se repetía a sí mismo en su cabeza. Se fue brincando en una sola pierna al baño, indignado y murmurando maldiciones entre dientes. 

 

Oscar no sabía que Neeley MacKenna había sido el único testigo de la peculiar escena que acababa de acontecer. 

 

Horas más tarde, Oscar estaría en una esquina del piso, arrinconado con una computadora vieja y cajas de archivo. La pantalla convexa reflejaba la cara de un hombre que, a sus cuarenta y ocho años de vida, pensaba merecer una vida más placentera que la que llevaba ahora. 

 

Oscar puso su fatigado rostro en sus manos y dejó salir un largo suspiro. Tan pronto tuvo la oportunidad, se retiró de la oficina. 

 

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La llama de un encendedor barato acariciaba la punta de un cigarrillo. Cuando empezó a arder, Oscar apagó el encendedor. El cigarrillo se posaba en sus temblorosos labios como si siempre hubiera pertenecido ahí. Lentamente, Oscar fumó su primer cigarrillo en meses, sintiéndose extrañamente culpable por romper su buen hábito; quizá él era más débil de lo que pensaba, pero sentía una fogosa necesidad de fumar para apaciguar sus tempestuosos pensamientos. Siempre se sentía más tranquilo cuando acababa. Una vez terminado, Oscar pisoteó el filtro y se introdujo al edificio para comenzar su día.

 

El Jefe le había concedido una nueva computadora para trabajar. Dijo que él mismo había arruinado más de una con otras sustancias, y que era algo normal. Una semana después, Oscar estaba de vuelta en su cubículo gris, determinado a no perjudicar más su cuestionable reputación. 

 

Un sonido irrumpió el diligente tecleo de Oscar. 

 

La señal de una notificación en las pestañas de su navegador llamó su atención. Era de su bandeja de correo electrónico. Abriéndolo, se dio cuenta de que no había nada nuevo en su bandeja de entrada, salvo una pequeña ventana dentro del mismo navegador. Un mensaje instantáneo, y el remitente era Neeley MacKenna. Oscar entrecerró sus ojos y gruñó en silencio. Nada bueno venía de esa persona; por semanas enteras fue asediado por sus molestos correos y desagradable contenido. Estuvo a punto de cerrar la ventana por completo, cuando se dio cuenta de que el mensaje instantáneo tenía, en efecto, un mensaje:

 

lo siento por tu computadora :(

 

Oscar frunció su ceño. Me estoy volviendo loco. Oscar permaneció mirando el mensaje de Neeley por todo un minuto sin saber cómo responder. Todo esto está mal, esto jamás debió de pasar. Antes de que Oscar pudiera hacer algo, otro mensaje llegó:

 

estas molesto conmigo? perdon :(((

 

Oscar talla sus ojos son sus manos, rezando para que todo esto no sea más que un sueño, un producto de algún narcótico. Poco a poco los vuelve a abrir, y para su desgracia, los mensajes siguen ahí. Son reales.

 

La luz encima de Oscar titila, a una frecuencia minúscula que cualquiera se perdería si no prestara atención. Oscar voltea al techo, buscando una respuesta. Lo único que parece responderle es esa blanca luz enfermiza. Un torbellino de repulsión hace que cierre sus ojos, absorto por la absurda situación en la que se encontraba. Distantemente, recordó la expresión boba de Neeley y su confiado caminar; no se veía tan amenazante, después de todo. 

 

En el chat, Oscar contestó a Neeley:

 

No te preocupes, fue un descuido mío.

 

No tengo por qué molestarme contigo.

 

Neeley era todavía un señorito de menos de treinta, y a esa edad, lo único que la gente piensa es que el mundo les pertenece, que vivirán imperecederos en esta despiadada sociedad. Oscar lo sabía; alguna vez fue joven, alguna vez creyó que todos sus planes se cumplirían a la perfección y su vida sería un paraíso lleno de placeres. Era injusto juzgar a Neeley por algo de lo que Oscar también fue culpable.

 

El sopor que sofocaba a Oscar se dispersó cuando Neeley replicó al instante:

 

:DD

 

genial genial

 

oye quieres ir a comer algo? 

 

La respuesta de Neeley solo terminó de probar su punto. Fijándose rápidamente en el reloj de su computadora, Oscar respondió:

 

Faltan dos horas para el almuerzo.

 

Una contestación:

 

no importa el jefe tav me deja salir cuando quiera

 

;) ;)

 

Oscar resopló.

 

No es correcto salir en horas de trabajo.

 

Te sugiero que lo dejes de hacer.

 

Neeley leía tan rápido como escribía, al parecer:

 

aww :((

 

ok 

 

Oscar rió ligeramente. Dejó la pestaña de su correo abierta y pasó a trabajar en unos balances. De vez en cuando, la notificación de un mensaje llegaría, y siempre se llevaba la grata sorpresa de que los mensajes eran de Neeley.