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En la URSS se tiene que tener un carácter frío, recto, responsable y terco, esto último en algunas ocasiones. El gran sentido de la responsabilidad es muy importante, no es bueno cometer errores, las consecuencias son fatales. Llegar tarde a tu trabajo o una entrevista laboral eran una de esas cosas imperdonables. Sin embargo, se tomó su tiempo en envolver su largo cabello oscuro en un gran rodete sobre su coronilla, así como para despedirse de su hijo. Su ropa era pulcra y utilizó una buena colonia, solo para verse más presentable.
Cuando llegó al Kremlin, una mujer se le acercó y después de un poco de charla, le dijo:
–En un minuto la atenderán.
Ella asintió y figuró lo bonito que era el palacio de Kremlin. No es que le gustara estar allí, pero no tenía otra opción. La horrible crisis económica la había obligado a inmigrar y pedir ayuda a los soviéticos. Después de un interminable papeleo, al fin consiguió un trabajo decente.
–Ya puede pasar –indicó la anterior mujer que volvió sin que ella se diera cuenta.
–Muchas gracias.
Pasó el vestíbulo y guiada por la dama, entró a una oficina. Un hombre entrado en años, se encontraba parado al lado de su escritorio con algunos papeles. La mujer quien la guió se acercó a susurrarle algo al oído.
–Gracias, Iryna. Toma asiento –indicó esta vez a la segunda mujer. Ella obedeció.
Después de otros tramites y que Iryna se marchara, el vicesecretario del partido, se sentó a revisar otros papeles más. Estos tenían la foto y nombre de la mujer delante suyo.
–Traías otro corte –comentó con respecto a lo diferente que ella lucía.
–Si, es una foto vieja.
–Bueno, eso no es lo importante –dejó a un lado la información personal y la encaró–. ¿Qué tan rápida eres escribiendo?
–Mucho señor, y tengo buena memoria.
–Tengo una duda con respecto a tu registro. Aquí marcaste “soltera”, pero anotaste que tienes un hijo.
–Soy viuda, en realidad. Pero no encontré esa opción.
El vicesecretario dio una relajada risa, por supuesto, siempre se olvidaban de los divorciados y viudos.
–¿Ninguna afiliación a algún partido? –infirió con una ceja alzada.
–No, señor.
No, camarada, él deseó reprocharle a la mujer que podría ser su futura secretaria, pero eso sería para otra ocasión. No encontraba bueno que no estuviese afiliada a ningún partido, eso le quitaba puntos. Pero lo importante de su trabajo residía en anotar y escribir.
–Parece dominar bien el ruso, para ser extranjera –se desvió a otro tema.
–Mi abuelo me enseñó. También se un poco de ucraniano, bielorruso y francés.
Que supiera ucraniano y bielorruso era útil, lo otro no le interesaba.
–¿Podría anotar todo lo que le pidiese si le hablara rápido?
Ella asintió sin borrar su expresión decidida. Eso le agradó. Necesitaban gente rápida y decidida, así como responsable.
–Le voy hacer algunas pruebas ¿Si?
Ella volvió a asentir y se fijó el nombre que posaba sobre el escritorio, no lo había leído, ni siquiera durante su momento de espera. Lo más seguro fue que lo pasó por alto a causa de sus nervios. “Vicepresidente del concejo de Ministros: Boris Yevdokímovich Shcherbina”.
–Un raro nombre –comentó el vicepresidente Scherbina, como si hubiera leído sus pensamientos.
–¿Disculpe? –llamó nerviosa, pero esperanzada que él no haya notado su despiste.
–Tenía un raro nombre su padre, señora Pisarczak.
Él le enseñó su formulario, donde estaba escrito Katarzyna Mariya Pisarczak. Scherbina señalaba el nombre “Mariya”. Le costó unos segundos procesar la información a la mujer. En ruso y otros idiomas, usaban un patronímico después del nombre de pila, que derivaba del nombre del padre.
–Oh, ese no es un patronímico, en Polonia no son usados de esa forma. Es mi segundo nombre y era el nombre de mi madre.
Scherbina se sintió extrañado y recordó que no tenía muchos conocimientos sobre el pueblo polaco; ni costumbres, idiomas o reglas gramaticales en su vocabulario. Pero recordaba que ellos estaban más arraigados a las tradiciones occidentales que del este.
–Ya entiendo –estos polacos, pensó en decir, pero se ahorró el comentario–. Como dije antes, voy a hacerle unas pruebas ¿Si, señora Pisarczak?
–Si, señor Scherbina.
La prueba fue muy rápida, nada del otro mundo. Su pulso en la escritura impresionó al vicepresidente, era notorio sus clases de taquigrafía. Scherbina no puso objeción alguna, la mujer era rápida, de buena memoria, dominaba bien el ruso, a pesar de ser extranjera y no parecía tener problemas en su vida personal. Los únicos puntos débiles que encontró fueron; su poco conocimiento del partido, su raro nombre y su mala costumbre horaria.
–Hoy llegó cerca de veinte minutos tarde a la entrevista ¿Por qué fue esto?
Ella se mordió el labio inferior, muchas veces ella perdía la noción del tiempo cuando algo le interesaba más que otras cosas.
–Tuve un problema con mi hijo –mintió–, él no quería beber la leche, pero está en crecimiento y discutimos sobre la importancia de los lácteos en la dieta durante el crecimiento –en parte eso era cierto, a su hijo no le gustaba mucho la leche.
–Tengo un nieto en camino, así que creo que entiendo el problema. Como es madre soltera ¿Tiene a quien pueda cuidar de su hijo?
–Si, la señora Zlenko siempre está dispuesta hacerlo, es mi vecina. También sus sobrinas lo cuidan.
El vicepresidente se mostró convencido. Buscó en uno de los cajones de su escritorio y mostró una hoja con días y horarios escritos.
–Memoriza estos horarios y apréndalos bien. Asumo que usted ya memorizó también los días festivos de la URSS.
–Estoy aún en eso –respondió y recibió la hoja esperanzada.
–Bien, mañana puede iniciar, señora Pisarczak –finalizó serio pero seguro.
Esa era buena noticia. Llevó su mano a la cruz que tenia escondida bajo su abrigo y dio gracias a Dios en voz baja. Cuando le rogó a Él un trabajo, no esperaba una respuesta así y tan rápida.
–Se lo agradezco, señor vicepresidente –ella se paró de su silla, dispuesta a marcharse, pero el toro ucraniano volvió a llamarla.
–Señora Pisarczak, no olvide su pasaporte –le entregó el pequeño cuaderno y ella lo tomó avergonzada.
Se reprochó a si misma, le acababa de decir que tenía una buena memoria y casi olvidaba su pasaporte, podría pegarle a su cabeza de no ser porque debía mostrar un comportamiento profesional.
–Gracias, de nuevo. Hasta mañana.
–Y trate de llegar temprano, que no se repita el problema con su hijo.
–No, señor –negó ella antes de cerrar la puerta. Tembló un poco, eran intimidantes los miembros del partido. Allí no había juego, solo trabajo.
Boris solo saludó con la mano en alto. A pesar del despiste sobre su pasaporte y de ser extranjera, algo en su interior lo motivó a confiar en que esa mujer podría ser una secretaria muy competente. Volvió a echar un vistazo a su registro, allí indicaba que estaba en principios de sus treinta, pero lucía muy cansada. No la culpó, tener que cargar con un hijo desde hace algún tiempo sola, no era tarea fácil. En la foto parecía más feliz y joven, sus cabellos y ojos eran oscuros, nada sobresalía de su apariencia normal. Si no conociera su origen étnico, no sospecharía que ella es polaca.
Katarzyna abrazó a su hijo en lagrimas cuando volvió a su departamento en Moscú.
–¿Mami tiene trabajo? –preguntó el niño.
–Si, Jan. Mami tiene trabajo.
–Ahora podremos comprar dulces –festejó el chico.
Cuando llegaron, hicieron un pacto en ahorrar el mayor dinero que pudiesen y no comprar nada más que lo básico y necesario, hasta que Katarzyna consiguiera un empleo. Luego del momento, madre e hijo se separaron y ella miró el cielo de Moscú por su ventana. Ciudad hermosa, grande, pero no la sentía acogedora.
Extrañaba Polonia, y sabía que nunca se acostumbraría a la unión soviética. Pero ahí tenían un sistema de educación gratuito y podían permanecer el tiempo necesario hasta que Jan se graduase. Por ahora, su pasaporte era válido, luego le haría a su hijo uno a los dieciséis, pero hasta entonces...
–Debemos preparar la comida –le dijo el niño y la devolvió a la realidad.
–Así es. Dentro de poco cenaremos.
Si Jurek pudiera ver el chico tan maduro que se estaba convirtiendo su hijo, estaría orgulloso.
Los días fueron y vinieron. Cada día era un reto diferente; a veces, oír; a veces, escribir y tomar nota, a veces; solo presenciar. Tuvo la suerte de que Jan no se quejara en nada, era un chico optimista que parecía ver siempre el lado bueno en todo, y por sus comentarios, ella asumía en que se llevaba bien con sus compañeros. Al menos la aliviaba de que ninguno le dijera nada por su origen étnico.
Una vida tranquila y aburrida, los dos eran felices con eso. En los fines de semanas y antes de dormir, se la pasaban leyendo libros en polaco y ruso y luego estudiaban ucraniano y bielorruso. También practicaban viendo películas en la televisión.
Entonces pasaron tres años, era 1986. Jan pronto cumpliría los doce años, era un niño listo y sensible. Mientras tanto, su madre, aunque a veces se sentía cansada por su trabajo, cuando volvía al pequeño departamento y encontraba a su hijo, se llenaba de alegría y energía. La suficiente energía para que ambos compartieran charlas animadas en ruso.
Aquella noche, los dos conversaban animados y recostados en la cama de Jan, mientras disfrutaban un libro en ucraniano juntos. En medio de la lectura, la mente de Katarzyna se desvió a un pensamiento de algo que hace poco le contaron en la escuela de su hijo.
–Tu maestra me dijo que te dificulta hacer amistad con los otros chicos ¿Es cierto? –el muchacho se quedó en silencio y se encogió de hombros–. Jan, se sincero conmigo –continuó hablando en un tono más serio.
–¿Cómo podría mentirte, si no respondí? –se burló él.
Su madre le dio un pequeño golpe en su cabeza con el libro. El chico respondió riendo, aquella carcajada nerviosa reveló la sinceridad que no pudo ocultar.
–Está bien. No soy bueno para socializar ¿Si? Pero he sido así desde hace tiempo. No sé porque ahora los profesores les interesa mi vida social.
–Es algo para tu desarrollo, Jan. Tener amigos, socializar.
–Pero el abuelo siempre dice que los soviéticos son despreciables –replicó, recordando las historias del padre de Katarzyna. A pesar de que había sido largo tiempo que no lo veía, todavía recordaba sus relatos.
La mujer asintió en silencio ¿Cómo podría objetarle a su hijo? Si ella misma también pensaba así. Debido a todo lo que sus padres y su abuelo materno solían contarle, tendrían razón para detestar a la URSS y lo que generó en Polonia luego de la liberación fascista. La opresión comunista no fue mejor y dijeron por mucho tiempo que Polonia tenía una deuda enorme con la URSS. De no ser por la muerte de su marido y porque estaba desesperada, jamás hubiera accedido a ir allí en busca de trabajo y una educación gratis para su hijo.
Aunque despreciaba el régimen comunista –a tal punto que nunca usaba el apelativo “camarada”– era amable con todos los secretarios del partido. No le faltaban las veces en que se sentía hipócrita, pero en fin, lo que uno hacía para conservar un buen empleo.
–Bueno, no todos son iguales –respondió siendo sincera.
Era cierto, una parte suya despreciaba el partido, pero otra, se decía a si misma; “Son personas, no es su culpa, no todos son iguales. Seré una hipócrita si sigo pensando así, no quiero que mi hijo crezca con esos pensamientos”.
–Hay gente que piensa diferente a nosotros, pero eso no la hace mala persona –siguió con su discurso.
Jan se quedó en silencio por varios segundos, procesando sus palabras. De manera improvista, alzó su cabeza a su madre y la miró con ojos serios.
–¿Y tú, mamá? ¿Tienes amigos en tu trabajo?
Eso la tomó por sorpresa. Katarzyna desvió su mirada ruborizada. Ella tampoco tenía amigos.
–Pues... no.
–¿Por qué yo debo tener amigos, si tu tampoco los tienes, mamá?
–Está bien, muy bien, Jan. Tengo una idea –lo interrumpió con algo que se le ocurrió tan pronto escuchó la pregunta de su hijo–. Haremos un proyecto juntos, tu tratarás de familiarizarte con alguien de tu escuela y yo a mi vez, también con otra persona de mi trabajo.
El chico puso la misma cara cuando meditaba y pensaba.
–¿Y que pruebas tendremos para confirmar que son reales esos amigos? –preguntó suspicaz.
–Tú me irás contando como es tu nuevo amigo, y yo te contaré como es el mio ¿Es un trato?
Ella extendió su mano y el chico aceptó diciendo “trato”. Al poco tiempo volvieron con la lectura, pero esta vez, fue Jan quien recordó algo que rondaba en su cabeza desde hace tiempo.
–Mamá, una chica de mi clase contó que su papá se volvió a casar.
–¿Así? ¿Cómo se llama ella?
–Se llama Olga. Ella dijo que su madre murió hace tiempo y que no deseaba que su padre se casase –siguió relatando el chico en un tono mordaz que solía emplear para parecer que su historia era algo inocente sin otras intenciones. Chico listo–. Pero él al final lo hizo. Mamá ¿Volverás a casarte?
Eso era lo que ella temía. Sospechó de las intenciones ocultas de su hijo, pero no esperaba que fuera tan directo en su pregunta.
–No lo creo ¿Tú quisieras que me casara otra vez?
–No lo sé –dijo con la cabeza gacha Jan, un poco tímido por su atrevimiento–. Si encontraras un hombre bueno en Moscú y que luego te gustara ¿Te casarías con él?
Katarzyna sonrió y recordó a Jurek. Nadie podría igualarlo, mucho menos alguien que viviera en Moscú o cualquier otra parte del planeta. Entonces, rememoró la promesa, aquella promesa que hizo a su abuelo y a su padre. Una promesa que jamás rompería, no importara qué.
–Depende, si él cumple con lo exigido –respondió ella saliendo de sus pensamientos. Y con “lo exigido” significaba que estuviera dentro de lo prometido.
–¿Qué es eso exigido?
Ella sonrió con un semblante misterioso y recostó a su hijo.
–Ya hemos leído mucho y mañana es un día ocupado, ve a dormir, Jan.
–¡Pero, mamá! ¡No me respondiste!
–Prometo que mañana te responderé, ahora ve a dormir. Yo tengo trabajo mañana, pero te prometo que el domingo tendremos todo el día para nosotros.
El chico siguió refunfuñando, pero aceptó lo dicho por su madre. Después de todo, “mañana” estaba en un abrir y cerrar los ojos. Después de despedirse de Jan, Katarzyna se dirigió a su dormitorio, justo al lado y se recostó.
Pobres pensamientos y sueños de aquella mujer. Ella dormía, sumergida en el placer que solo un buen descanso puede lograr, sin sospechar de todo el caos que ocurría a miles de kilómetros de su actual hogar. Dormía pensando que mañana sería igual a hoy, que mañana también se despediría de su hijo en camino a su trabajo, que la rutina seguiría sin complicaciones. Dormía y soñaba con que nada cambiaría, con la esperanza de otro día igual de aburrido, pero tranquilo.
Pero ¡Ay! No podía vaticinar que ya nada sería igual después de esa noche.
Cerca de la mañana, su teléfono sonó. Cansada e irritada se apresuró a contestar.
–¿Si? ¿Quién es?
–Pisarczak, cambiate rápido. Te necesito ahora en el Kremlin –habló rápido una voz conocida al otro lado.
–¿Qué? ¿Scherbina? Aún no comienza mi turno –respondió luego de un bostezo.
–Necesito a alguien con mano rápida, es una junta de emergencia, el secretario general también estará.
–¿Qué? ¿Emergencia? ¿Qué pasó?
No pudo predecir que maldeciría por siempre ese 26 de abril de 1986.
