Chapter Text
En el comienzo, lo único que existía era una habitación oscura y pequeña. Hoseok no sabía ni cómo ni por qué estaba allí, sentado en el suelo, completamente desnudo. Él solo estaba, no sabía dónde, no sabía ni quién era. Pero estaba.
Tardó demasiado tiempo o quizás muy poco, no lo sabía con exactitud, en darse cuenta de que brillaba. Tampoco entendía muy bien lo que estaba pasando, pero vio que de su piel salía un leve brillo que iluminaba levemente las paredes de la habitación en la que se encontraba. Notó también que no llevaba ropa, que toda su piel estaba completamente expuesta y miró los dedos de sus pies. Los movió, divertido, se entretuvo doblándolos y se fijó en que podía tocar la pared si estiraba sus pies. Una palabra, que él desconocía, apareció en su mente: pequeño. Se dio cuenta también de que entendía, pero no entendía por qué. Él había aparecido, él estaba allí sin saber quién era ni por qué, pero sabía lo que era una habitación, lo que era pequeño, lo que era brillar. No tenía un primer recuerdo, en su mente lo único que encontraba era la memoria de estar sentado en ese mismo sitio.
No se asustó, ni siquiera se inmutó, siguió moviendo sus manos alrededor, jugando con su propia luz. En algún momento empezó a mover sus piernas ansioso, seguía estirando sus pies tocando la pared. Vio cómo, cuando se movía rápido, un leve polvo se desprendía de sus dedos, de sus brazos, de él mismo. Tras unos minutos, horas, días, no sabía medir el tiempo, se percató de que el suelo estaba lleno de puntitos dorados. Le hizo gracia y se rio. La risa, el sonido en sí, cualquier sonido, era algo nuevo para él y se asustó. Cerró su boca y miró a todos los lados, encontrando las familiares paredes negras. Se preguntó de dónde había salido eso y por qué ya no estaba. Frunció el ceño, sus labios arrugándose en una mueca. Estaba solo, lo único que existía era esa pequeña habitación oscura. Encogió los hombros y siguió jugando con su luz.
En algún momento, días o meses después, dejó de ver su piel expuesta. Llevaba unos pantalones anchos que le llegaban a los tobillos, todavía podía verse los pies. Su pecho estaba cubierto por una camisa de tela delgada cuyas mangas le llegaban hasta el codo. Su ropa era de tonos ocres y amarillos, alguna tonalidad de rojo por aquí y zonas profundamente naranjas por allá. Le gustaba. Estiró sus pies desnudos, queriendo tocar la fría pared, pero se encontró con nada. Movió su cabeza en todas las direcciones, escaneando cada rincón de la habitación y encontrándose únicamente con negro. No sabía cómo, pero la habitación había crecido. Quiso recostarse en la pared como llevaba no sabía cuánto tiempo haciendo, se echó para atrás y no hubo nada para detenerlo. Cayó sobre el suelo, no dolió, el suelo no era duro ni blando y él sólo sentía su espalda chocar contra algo.
Volvió a reír, escuchó de nuevo ese sonido que antes lo había asustado. Cerró su boca, miedoso, tal y como había hecho la primera vez, queriendo encontrar la fuente del ruido. En ese momento se dio cuenta de que no había otra posibilidad aparte de él mismo. Se incorporó rápidamente y abrió su boca, experimentado.
— ¿Ho-la? —pronunció con lentitud. Abrió los ojos, maravillado con la nueva capacidad que había descubierto que tenía, ¡podía hacer sonidos! Aplaudió entusiasmado y continuó—. Me llamo Hoseok.
Un nombre. Poco a poco su cabeza se iba llenando con palabras, con ideas, todas conectándose entre ellas, dándole sentido al minúsculo mundo que conocía. No había sentido curiosidad hasta entonces, viviendo en una ignorancia deliciosa, repleta de piernas desnudas y polvo de estrellas. Sin embargo, ahora que comprendía que podía gritar muy fuerte y que la habitación, que había aumentado de tamaño, le devolvía sus gritos, quiso saber qué había fuera.
Pasó meses, tal vez años experimentando con su voz. Todo aquello que aparecía por su cabeza lo mandaba directamente a sus labios, no había filtro ni freno, era completamente transparente. Hablaba consigo mismo, hablaba con las paredes, hablaba con el polvo que desprendía. Les hablaba a sus pies, a sus pantalones y a su camisa. No se planteaba la opción de tener a alguien que hablase a él, que le dijese cosas diferentes a las que él gritaba, que le diese conversación.
En un determinado momento, se levantó. Estar sobre dos pies era una sensación completamente diferente a lo que estaba acostumbrado. Ya no sentía nada bajo su trasero y muslos, todo había pasado a estar bajo sus pies. Sus primeros pasos fueron lentos y cuidadosos, apoyaba sus pies descalzos con una lentitud que sólo él podría permitirse porque no sabía cuánto era mucho tiempo. Después ganó confianza y empezó a pasear, paseaba de una pared a otra de la habitación, delineaba los intangibles muros dejando una línea dorada por donde sus dedos pasaban.
Descubrió que la habitación crecía, porque en sus paseos se aseguraba de dejar una línea por todo el perímetro de la habitación. Y a veces, cuando volvía a pasar por algún punto, no había rastro de su estela de oro. Eso le hizo preguntarse de nuevo qué sería lo qué había fuera, si es que acaso había algo. Cómo era posible que ese cuarto, su casa, aumentase de tamaño sin razón aparente y sin que él lo sintiese. La duda se quedó en la parte de atrás de su cabeza, aparecía de vez en cuando pero cada vez más apagada.
Seguía paseando por todo el universo y descubrió que sus piernas podían moverse con más rapidez y podía correr. Iba de un extremo a otro, en línea recta o en zigzag, tocando la pared o manteniendo sus manos a los lados. Conoció algo que, hasta entonces, como muchas otras cosas, no había experimentado: el cansancio. Llegó a tal punto que sus piernas se rindieron, se negaron a seguir corriendo de un lado para otro en la finita habitación. Y él, resignado, volvió a su rincón, una zona brillante por el abundante polvo de estrella que se había almacenado ahí tras su larga estancia sentado en ese lugar.
Se sentó y sintió las ganas de dejarse caer de nuevo, de sentir la presión contra su espalda. Sus ojos, poco a poco se fueron cerrando, veía negro, como siempre, pero sin el característico brillo que la oscuridad del universo tenía. Su respiración se fue suavizando, leves suspiros escapaban sus labios. Por primera vez desde que empezó su existencia, Hoseok durmió. Quién sabe si años, siglos o milenios.
Cuando despertó se dio cuenta de que no estaba solo. Abrió los ojos y vio negro, el techo del universo inalcanzable. Sentía algo a su alrededor, no sabía si cerca o lejos, pero había otra cosa con él. Se giró en el suelo, nervioso, pero con ganas de saber qué era lo que le hacía compañía. No se imaginaba qué podría ser, en su cabeza no había suficiente información como para contestar tal pregunta. ¿Sería una montaña de polvo de estrella? ¿Unos pantalones? Sus conocimientos eran limitados.
Se incorporó con lentitud, apoyando los antebrazos e impulsándose con las manos. Sentado en el suelo miró a sus pies y vio que ya no podía jugar con sus dedos, ahora tenía puestas unas zapatillas rojas de tela. No le extrañó, que las cosas apareciesen sin previo aviso era lo normal para él. Su vista viajó por el negro conocido que lo rodeaba hasta que se posó en algo blanco.
En lo que él calculaba era el otro extremo de la habitación (probablemente ya no lo era porque el universo no dejaba de crecer) había algo blanco. Era una mancha sin forma definida, Hoseok rebuscó en su mente qué podría ser. Hasta que una idea, muy pequeñita al principio, pero que ocupó el silencio de su mente en poco tiempo se formó: ¿y si era algo, alguien como él? Durante un segundo se alegró, una sonrisa levantó las comisuras de sus labios y soltó una suave risa, esta vez sin asustarse, ya había comprendido que el responsable de ese ruido era él.
La felicidad no duró mucho, una duda lo asaltó, comiéndolo por dentro. ¿Qué o quién era él? Por primera vez, se preguntó cosas que había dado por hechas desde el primer momento, cosas que no lo habían molestado hasta entonces. ¿De dónde había salido? ¿Cuándo había aparecido? ¿Dónde estaba? Y, especialmente, volvió con fuerza una pregunta: ¿qué había fuera? Frunció el ceño, sintió lágrimas picando en la parte de atrás de sus párpados y suspiró.
— ¿Quién eres tú? —habló otra voz.
Hoseok levantó la vista, buscando el origen de ese sonido. Encontró a la mancha blanca sin forma mirándolo. No era una mancha, era, de hecho, alguien como él, o casi. Llevaba ropa como la de Hoseok, excepto que era blanca, dolorosamente blanca, prístina. Se veía frío, no cálido como Hoseok, su brillo era blanco y metálico, no dorado e ígneo como el de Hoseok. Su piel era pálida, sus manos prácticamente se veían como una extensión de su camisa y su cabeza parecía flotar sobre sus hombros. Sus ojos eran negros y profundos, y el chico de rojo sintió que otra habitación como en la que estaban podía entrar en esos ojos. Se fijó en su nariz, redonda y delicada y sintió unas ganas imparables de acercarse y pellizcarla. Se movió, inquieto, y decidió seguir sus instintos, acercarse y ¿abrazar?
— ¿Quién eres tú? —repitió con voz desesperada, casi suplicante. Algo dentro de Hoseok se rompió.
De repente, todo se sintió incorrecto, su curiosidad, su ignorancia, su ingenuidad. Todo. Sabía que había algo más, algo mayor y que él estaba destinado a eso y que quedaba poco tiempo para llegar a lo que el universo le tenía preparado. Lo único sobrante en la ecuación era la otra presencia. Aunque Hoseok no sabía lo que era la timidez, se sintió pequeño y vulnerable bajo los ojos que lo miraban. Esa voz desesperada había sacudido todo en él, lo había cambiado todo.
— Yo... —intentó hablar sin temblar, queriendo ahogar sus sentimientos en el negro del universo—. Yo soy el Sol —pudo decir, levantando sus ojos, listo para hundirse en la profundidad de la mirada de la Luna.
— ¿Cómo lo sabes?
— Yo... lo sé —fue lo único que pudo decir, no había nada que pudiese añadir, aunque hubiese querido—. Soy el Sol y tú... No sé quién eres tú, pero no deberías estar aquí —explicó—. O a lo mejor soy yo el que no debería estar aquí. No lo sé. No deberíamos estar juntos.
La otra presencia se levantó. Hoseok, el Sol, lo imitó. A lo lejos, la Luna se veía pequeño, porque sí, la Luna era un hombre como Hoseok. Un hombre, un dios, un astro, mucho más pequeño y delicado, pero con una presencia fuerte. El Sol sintió que temblaba cuando vio que la Luna se acercaba a él.
— ¿Qué? —dejó escapar la Luna— No —Hoseok abrió los ojos, sorprendido por la respuesta tajante—. ¿Qué recuerdas? —intentó la Luna nuevamente, dando un paso en dirección al Sol. Hoseok se dio cuenta de que cuanto más cerca, el brillo blanco de la Luna se hacía mayor.
Cuando la Luna se movía, parecía no tocar el suelo, parecía flotar delicadamente en el vacío limitado en el que se encontraban. Hoseok sentía el universo crecer.
— ¿Qué recuerdas? —indagó la Luna de nuevo.
— Yo... ¿qué? —el Sol estaba confundido, cerró sus ojos y forzó a su mente a recuperar todos sus recuerdos y encontrar algo, cualquier cosa—. Yo solo... estoy aquí y siempre lo he estado y-
— ¿Estás seguro de que no sabes quién soy? —en los ojos de la Luna no había nada más que dolor. Y cuando Hoseok abrió los ojos sintió ese mismo dolor en su pecho.
— No me mires así —pidió el Sol y su voz salió como nunca la había oído, mucho más suave y delicada, casi con miedo de herir a la Luna. Giró su cabeza y evitó la mirada dolorosa de la Luna—. Ya te he dicho todo lo que sé —se mordió el labio, nervioso, sabía que quedaba poco tiempo, pero no sabía para qué.
— Sólo una cosa más y te dejaré en paz —prometió la Luna y dio un paso hacia el Sol. Hoseok no se había dado cuenta, pero la Luna estaba cerca, muy cerca de él. Su brillo mucho más fuerte que antes—. ¿Qué significa eso que tienes en la muñeca?
El Sol frunció el ceño y levantó sus brazos horizontalmente, examinándolos confuso. Estaba completamente seguro de que en su muñeca no había nada. Por favor, había estado quién sabe cuánto tiempo desnudo y su único pasatiempo había sido observarse los brazos y piernas y jugar con los dedos de sus pies. Era imposible que algo se le hubiese pasado. Estaba a punto de decirle eso a la Luna, cuando lo vio. En su muñeca derecha había una estrella de 7 puntas con líneas de un negro profundo. Era imposible, Hoseok sabía que en sus brazos no había nada, los había examinado con detenimiento. No podía ser. Su mirada volvió a la Luna cuya expresión había cambiado, sus ojos ya no guardaban todo ese dolor y había una chispa de esperanza que había logrado levantar levemente la comisura de sus labios. El Sol quiso hablar, mil preguntas impacientes en su garganta, queriendo salir. La Luna se le adelantó.
— Yo tengo uno igual, mira —señaló con entusiasmo. Le enseñó su muñeca pálida, en ella las líneas negras de la estrella hacían mucho más contraste y se veían palpitantes, casi en relieve, como si la estrella quisiese escapar de la prisión de carne en la que estaba encerrada—. ¿Estás seguro de que no sabes qué significa?
Hoseok hizo oídos sordos, no entendía nada y se sentía mareado, todo le daba vueltas. Su ceño estaba fruncido y sus labios entreabiertos, la confusión se reflejaba en todo su cuerpo. Intentó articular palabras, alguna respuesta, un monosílabo, algo, pero no pudo. Sentía un nudo en el pecho, sentía que algo se acercaba y cada vez se le hacía más difícil enfocar la mirada. Tembloroso cogió la muñeca de la Luna para acercarla a sus ojos. Cuando sus dedos hicieron contacto con la piel fría, sintió electricidad por todo su cuerpo, sintió que se quemaba, quiso llorar.
La Luna lo miró, asustado, dio un, dos, tres pasos hacia atrás. Los dos estaban temblando. El universo se sacudió, la Luna perdió el equilibrio y Hoseok sintió cómo caía a sus pies. Las paredes empezaron a romperse, pequeñas fisuras aparecían y rompían la oscuridad del universo. El Sol se agachó y ayudó a la Luna a incorporarse, allí donde sus pieles se tocaban Hoseok sentía que ardía y se consumía, no le dolía, sin embargo. Se miraron a los ojos y el Sol volvió a perderse en la profunda oscuridad, se zambulló sin temor porque sabía que encontraría algo. La Luna temblaba bajo sus manos, se aferró con fuerza a la camisa de Hoseok y este último sintió fuego en todo su pecho, quemaba. Las fisuras se hacían cada vez más grandes y los ojos de la Luna estaban cada vez más llenos de temor y amargura. El universo temblaba. Una gran grieta apareció y todo se llenó de luz, la Luna rompió a llorar. Se sacudía con desesperación, los puños cerrados en torno a la tela de la ropa del Sol y los nudillos blancos.
— No, no, no —decía, buscando los ojos de Hoseok que lo veían pero sin mirarlo—. Hoseok, Hoseok, mi amor. Hoseok, aquí. Mírame.
¿Cómo sabía su nombre? Él no se lo había dicho, él le había dicho que era el Sol. Salió de su trance y emergió de la mirada de la Luna como quien sale del agua buscando aire. Buscaba su aire, sentía el pecho vacío y sabía que algo malo iba a pasar. Cogió las manos de la Luna y las envolvió en las suyas, lo miró a los ojos, esta vez sin perderse en la profunda oscuridad. Una grieta abrió el suelo del universo y la Luna soltó un sollozo. Todo se rompió en ese momento y el Sol sintió una fuerza que lo empujaba hacia atrás, alejándolo de las manos de la Luna. Intentó aferrarse, pero no pudo, antes de que se separaran por completo, Hoseok habló:
— Yoongi.
El universo estalló en pedazos.
