Chapter Text
He sleeps alone
He needs no army where he's headed
'Cause he knows
That they're just ghosts
And they can't hurt him if he can't see them, oh
And I may go
To places I have never been to
Just to find
The deepest desires in my mind
Sleep Alone - Two Door Cinema Club
I. Las cartas
Todo comenzó cuando alguien llamó a su puerta un domingo a mediodía. Era curioso, pero desde que Arthur escuchó los dos golpes supo que aquélla sería una visita importante; y más curioso aún fue que, en el momento justo en que su mano tocó el pomo de la puerta para abrir, lo primero en lo que pensó fue en Francia. Una parte suya esperaba encontrarse con el conocido rostro del otro país y, no obstante, al otro lado del umbral se encontraba un hombre a quien Arthur no recordaba haber visto. Algo en su presencia se sentía inusualmente familiar, como si se tratara de una persona con la que se había cruzado en un par de ocasiones sin llegar a reconocerse del todo.
El hombre, que era un poco más alto que él y parecía no tener más de cuarenta años, estaba pulcramente vestido: ni una arruga se asomaba en su traje color gris, la corbata la tenía perfectamente anudada y los zapatos relucían por lo limpios. Pero no fue el afán de limpieza lo que llamó la atención de Arthur, sino lo que el hombre sostenía en sus manos. Era una caja de madera, no más grande que una para zapatos, sellada completamente. Lo primero que pasó por la mente de Arthur fue que aquel hombre estaba demasiado bien vestido para ser un repartidor de paquetería. Lo que pensó después, fue que no era posible que se tratara de un simple empleado y que quizá abrir la puerta no había sido una buena idea. Pero antes de que pudiera cerrar la puerta y regresar al cobijo de su hogar, el hombre abrió la boca para hablar.
—¿Monsieur Inglaterra? —preguntó.
Arthur lo miró fijamente, intentando recordar el lugar en el que le había visto, sin obtener buenos resultados. Cuando notó que el hombre fruncía el ceño ligeramente y se preparaba para hablar otra vez, respondió.
—Sí.
Un suspiro de alivio escapó de los labios del hombre, y aunque su azoro fue evidente, Arthur no hizo comentarios al respecto. Lo vio erguirse una vez más y escuchó que se aclaraba la garganta para volver a hablar.
—Mi nombre es Yves Larguier; trabajo para Monsieur Francia.
Arthur sintió su cuerpo tensarse al escuchar lo último. No era común que Francia enviara a sus empleados a su casa. Vaya, ningún país solía enviar a sus empleados a las casas de otros, era algo que rayaba en la intrusión, porque para eso existían sus oficinas y otros medios oficiales para contactarlos. Si Francia enviaba a alguien a su casa en vez de ir él mismo, significaba que algo había ocurrido. Algo de suma importancia y, a juzgar por la presencia de aquel hombre, algo realmente malo. La boca se le secó de repente al imaginar lo peor y de inmediato su mirada se posó en la caja que permanecía en las manos de Larguier.
—¿Ocurrió algo? —preguntó Inglaterra, y su voz sonó más serena de lo que él mismo había esperado. De inmediato, frunció el ceño y se hizo a un lado—. No puedo creer mi falta de educación, adelante, por favor.
Larguier asintió y entró en la casa. Arthur cerró la puerta detrás de sí y guio al hombre hasta el estudio en el que recibía a sus visitas oficiales. Cuando le ofreció una taza de té, el francés la rechazó con amabilidad. Inglaterra tomó asiento en su escritorio, al otro lado de Yves, y observó al hombre colocar cuidadosamente la caja de madera sobre la mesa.
—Lamento mucho interrumpirlo —comenzó Larguier—; tengo entendido que hoy es su día libre, pero me enviaron de manera urgente.
—No hay cuidado —respondió Arthur, alternando la mirada entre Larguier y la caja de cartón que lo distraía enormemente. ¿Qué habría en su interior?
—No quiero hacerle perder el tiempo —continuó el francés—, así que seré lo más breve que pueda para plantear la situación. —Arthur regresó su atención al hombre y asintió gravemente—. Desde ayer por la tarde, Monsieur Francia permanece en un sueño profundo del cual nadie ha sido capaz de hacerle despertar. No sabemos muy bien qué es lo que ocurrió, sólo sabemos que ayer se encontraba en su oficina y de un momento al otro dejó de responder a las llamadas que le conectaba su secretaria personal. Lo descubrieron durmiendo en un sofá y no ha abierto los ojos desde entonces.
Un silencio se instaló entre los dos. Arthur deseó tener una taza de té para hacer algo con las manos, porque las tenía entrelazadas sobre la mesa con más fuerza de la que aparentaba. Sus nudillos se habían vuelto blancos. Asintió lentamente y tragó saliva con dificultad, pues su boca aún era un desierto que se secaba cada vez más. Se aclaró la garganta.
—¿Y sólo duerme o…?
Yves abrió los ojos con horror al entender el rumbo que tomaba la pregunta de Inglaterra. Palideció de pronto y balbuceó un poco antes de lograr decir algo coherente.
—No, no, no. Sólo duerme. Lo hemos comprobado. Respira y sus signos vitales están estables. Duerme y nada más.
Arthur volvió a asentir.
—No estamos seguros de qué es lo que ocurre. Estamos investigando lo ocurrido, pero hasta ahora no hemos encontrado nada que nos dé alguna respuesta concreta. No queremos pensar lo peor y tampoco queremos adelantarnos a los hechos; pero por lo que sé, Monsieur Francia sigue siendo Francia.
—Nosotros habríamos sentido que algo ocurrió si él hubiera dejado de serlo —murmuró Arthur más para sí que para responder a las dudas del humano. Ya había pasado antes, estaba seguro, aunque no fuese algo que ocurriera con frecuencia.
De pronto recordó la sensación de minutos antes, justo cuando estaba por abrir la puerta, y tuvo que reprimir un escalofrío. Aquello no significaba nada. Se negaba a que significase algo.
—¿Otros países saben?
El hombre asintió.
—Sólo unos cuantos. En este momento uno de mis compañeros de trabajo se encuentra en Alemania para hablar con el señor Prusia, quizá lo conoce: Monsieur Francia le llama Picardie.
—Lo conozco —asintió Arthur.
—Otros de los nuestros han ido a ver a los señores China y Japón, por ser quienes más experiencia tienen y que tal vez podrían saber por qué ha ocurrido esto. Es todo lo que sé.
Arthur volvió a guardar silencio. Su mirada regresó a la caja que seguía sobre su escritorio y aquel gesto no pasó desapercibido por parte del humano, quien con cuidado la acercó a él, para sorpresa de Inglaterra.
—Me enviaron para que le entregara esta caja —explicó—. La encontramos entre las pertenencias de Monsieur Francia ayer por la tarde, en la oficina. Ignoramos qué era lo que pretendía hacer con su contenido, pero suponemos que lo mejor es entregárselas a usted. Están a su nombre.
Arthur tomó la caja y le quitó la tapa con cuidado. Estaba llena de cartas. Su caligrafía perfecta, si bien muy ostentosa para su gusto y para la época en la que se encontraban, era una que reconocía por haberla leído en innumerables ocasiones, y las únicas tres palabras visibles lo descoloraron por completo: Para Arthur Kirkland. Cerró la caja con cuidado y volvió a mirar a Yves.
—Gracias —fue todo lo que atinó a decir. El humano asintió.
—No hay de qué. Evidentemente no hemos querido abrirlas porque comprendemos que se trata de documentos privados. Pero considerando que Monsieur Francia las tenía consigo al momento de sumirse en su sueño, confiamos en que en ellas pueda encontrar una respuesta a lo que le ocurre. Si así fuera, le rogamos que lo comparta con nosotros para tener una idea más clara de qué es lo que ocurre con él y saber cómo podemos hacerle despertar.
Y fue aquello que no dijo lo que Arthur realmente entendió. El condicional implícito en las palabras de aquel hombre le taladró el alma con una inesperada aflicción. Ninguno lo dijo, pero fue evidente que los dos pensaron lo mismo: si es que es posible hacerle despertar.
La caja yacía, aún sin abrir, sobre el escritorio. Habían pasado casi cuatro horas desde la visita inesperada, y Arthur no se había movido del estudio más que para ir por un vaso de whiskey a la habitación de al lado. Permaneció sumido en sus pensamientos, mientras ponderaba la idea de tomar la caja y abrirla de una buena vez para leer las cartas que había en su interior. La otra opción era deshacerse de ella sin abrirla, pero no se sentía capaz de hacerlo así nada más porque sí, incluso si se trataba de Francia.
Y quizá, precisamente porque se trataba de Francia, aunque lo pensó mucho, aunque una parte de sí no quería hacerlo, al final tomó la caja y la abrió. Las cartas llegaban casi hasta el tope. Estaban envueltas en diferentes tipos de sobres; Arthur incluso reconoció el membrete de más de un hotel en el que él también se había hospedado. Debajo de su nombre, en letras más pequeñas, estaba escrita la fecha de cada una de ellas.
Arthur no sabía cómo sentirse en ese momento. Podía ser como una tarde cualquiera: estaba en su despacho, con un vaso de whisky después del trabajo. La diferencia era que, en esta ocasión, tenía en su poder un montón de cartas escritas por Francia y dirigidas a él, mientras Francia mismo permanecía en un sueño extraño que no hacía sino preocupar a todos a su alrededor, él incluido. Porque sí, su animadversión hacia Francia estaba ahí aún, pero eso no significaba que no hubiera preocupación en él. ¿Qué ocurriría si Francia no despertaba jamás? ¿Sería el primero de más casos similares? El detective que tenía dentro comenzó a plantear diferentes respuestas, pero cada que se le ocurría una, en su mente aparecía una nueva pregunta.
El crepúsculo lo sorprendió sin atreverse a leer las cartas. Había dedicado un rato a contarlas y organizarlas de acuerdo a su fecha. Eran doscientas veintitrés cartas escritas en un periodo de dos años, aproximadamente. Francia llevaba dos años escribiéndole cartas que jamás le había entregado y Arthur no estaba seguro de cómo sentirse al respecto. Tomó el vaso de whisky y lo vació de un solo trago.
Mentiría si dijera que no tenía curiosidad por saber que había en aquellas cartas, y una parte suya quería convencerse de que el contenido de ellas sería una broma, algún juego tonto al que Francia estuvo jugando por años antes de quedarse dormido. Francia sería capaz de algo así, pensó, y finalmente se armó de valor. De uno de los cajones del escritorio tomó un abrecartas que hacía años no utilizaba y abrió el sobre de la primera carta con mucho cuidado. Finalmente, con más seguridad de la que sentía realmente, sacó del sobre la primera carta y la desdobló poco a poco.
Cuando terminó de leerla, después de unos minutos, la dobló con sumo cuidado y volvió a guardarla dentro del sobre. Sostuvo la carta con ambas manos y mantuvo la mirada fija en ella, en su nombre humano y la fecha en la que Francia comenzó con todo este disparate, y que hacían de toda esa situación algo más real.
Al cabo de un rato, se recargó en el asiento, con la mirada fija en el techo. Aquella carta no era una broma, había demasiado de Francia en ella como para que fuera una broma. Pero Arthur deseó que lo fuera, porque su contenido era inesperado y no tenía idea de cómo haría para leer las otras doscientas veintidós cartas sin que su mundo se viniera abajo. Abrir la caja de las cartas había sido como abrir la caja de Pandora. De ella había salido algo tan fuerte, tan profundo, que cambiaba por completo lo que Arthur pensaba sobre Francia, y eso no era fácil de asimilar. No después de tantos años y tantas cosas entre ambos.
Dio un respingo cuando la luz del despacho se encendió de pronto, y miró un poco apenado al hada que había hecho aquel trabajo y quien le sonrió antes de desaparecer hacia el interior de la casa. Al ver la hora, Arthur descubrió que eran casi las ocho de la noche y que se había perdido la hora de la cena, que cuidaba rigurosamente. Mientras pensaba en ello, se dio cuenta de que no tenía apetito. Cubrió su rostro con ambas manos y suspiró como hacía mucho no lo hacía. Se sentía cansado de pronto, como si todos los años que cargaba hubieran dejado caer su peso sobre él de un solo golpe y sin avisar. De pronto, fue consciente de que no era el mismo país joven que fuera años atrás e, inevitablemente, pensó en que tal vez lo que le había ocurrido a Francia podría pasarle a él también.
Después de unos minutos en los que permaneció en silencio y en la misma posición, tomó la carta que había leído y la guardó dentro de uno de los cajones del escritorio, donde estaban sus documentos importantes. La observó por un momento antes de cerrar el cajón y colocarle la tapa a la caja que todavía estaba sobre el escritorio. Aún quedaban doscientas veintidós cartas más por leer, pero por esa noche, tenía mucho en qué pensar.
Eran casi las tres de la mañana y Arthur no podía dormir. Durante horas, su mente no paró de darle vueltas a la primera carta que Francia le escribió y que permanecía guardada dentro del cajón del escritorio. Se preguntó por qué había sido él, precisamente, a quien Francia había decidido escribirle. Había otros países más cercanos a él: España, Prusia, Canadá… y, no obstante, Francia había decidido volverlo a él su destinatario, sin importar todo lo que había entre ambos.
Arthur giró sobre su propio cuerpo hasta quedar con la mirada hacia el techo de su habitación. Francia era un misterio para él, siempre lo había sido. Hubo un tiempo en el que pensaba en descifrarlo, en descubrir todos sus qué, por qué y para qué, hasta que llegó el momento en el que tuvo que aceptar que Francia era más bien un ente que existía para ser, no para que los demás lo comprendiesen.
Cuando pasaron minutos sin que pudiera conciliar el sueño una vez más, se puso de pie y salió de la cama. El estudio lo recibió con la caja de madera sobre el escritorio, tal y como la dejó antes de irse a la cama. Se sentó en la silla una vez más y, aún lleno de dudas, abrió el cajón en el que guardó la única carta que había leído. Con cuidado, casi como si temiera dañarla, la sacó por segunda vez de su envoltorio y la extendió. Sus ojos pasearon por las letras, siguiendo la caligrafía con la que habían sido escritas.
Aún le parecía increíble que Francia decidiera hacerle el destinatario de sus cartas. No sabía si debía llamarlas cartas introspectivas, aunque quizá el término correcto sería cartas de despedida. Volvió a percibir la sensación de incomodidad que le acompañaba cada que pensaba en la posible desaparición del otro. Francia había estado siempre ahí y era inconcebible la idea de un mundo en el que no estuviera más.
Su mirada regresó a la carta y, sin poder evitarlo, la leyó una vez más.
Arthur:
Es la primera vez que comienzo una carta dirigida a ti en la que no me refiera a tu persona por tu nombre oficial o tu apellido. Es también la primera vez que decido escribirte por ser tú, solo Arthur, no Inglaterra, no el representante del Reino Unido, no un país.
Seguramente te preguntarás por qué decidí escribirte a ti, y yo te respondo con otra pregunta: ¿por qué no habría de escribirte a ti, si eres quien me conoce más? Hay veces en las que simplemente debemos seguir los impulsos y no dar explicaciones, ni siquiera a uno mismo. No espero que estas palabras tengan sentido y no importa si no lo tienen, pues escribirte no significa que leerás todo esto: bien porque jamás te entregaré esta carta, bien porque, de recibirla, es muy probable que la destruyas antes de leer su contenido. Así que realmente no importa tanto por qué quise escribirte a ti y no a nadie más. Digamos que, simplemente, necesitaba un destinatario y fuiste el primero en llegar a mi mente. Digamos que decidí escribirte cartas que jamás te enviaré porque, como muchas cosas que hago, no necesito una explicación.
Me siento extraño. Cada día que pasa parece una obligación. Despertar, hacer mi trabajo, e incluso caminar por mis calles ya no se siente como antes. Es como si, poco a poco, dejara de ser menos yo para convertirme en algo más. He pensado mucho en esto y, a decir verdad, por momentos siento que es simplemente que estoy pronto a desaparecer, justo como le ha pasado a otros de los nuestros.
La idea de la posible desaparición ha llegado a mi mente en diferentes ocasiones. Después de Prusia, por ejemplo, pero siempre pareció una situación lejana, algo ajeno que podía ocurrirle a otros, pero no a mí. Últimamente no me siento tan seguro de ello, de ser la excepción a algo como ello. Ha sido egocéntrico de mi parte considerar que estoy exento de irme de este mundo; posiblemente porque después de tantos años de existencia, uno da por sentadas ciertas cosas.
Hoy ya no estoy tan seguro de tener un futuro extenso ante mí. Estoy cansado, Arthur, tanto como hace mucho no lo estaba. Es un cansancio distinto al que he sentido en otras ocasiones. No es cansancio físico, sino más bien un cansancio en el alma. ¿Lo has sentido alguna vez? Quizá sí. Nunca hemos hablado tan profundamente como para hacernos esta clase de preguntas. De hecho, cuando hablamos de lo que somos, nunca mencionamos nada fuera del protocolo o de lo que se haya pactado hablar con anterioridad.
Escucho voces. Siento emociones que no son mías. Veo ilusiones que van más allá de mi imaginación. No creo que esas emociones te sean ajenas, pues son inherentes a nosotros y nuestra existencia misma, pero últimamente me cuesta más trabajo apagar las voces hasta dejarlas ser un ruido de fondo que me acompañe durante las horas del día. Algo tan sencillo, algo que he hecho durante siglos, de pronto se ha convertido en algo tan difícil de realizar, que no entiendo cómo he sido capaz de hacerlo por tanto tiempo.
Constantemente en mi interior se libra una batalla contra mí mismo. Quisiera hacer cosas que no debo, sentir aquello que no puedo sentir. Anhelo el amor: enamorarme como lo hacen los humanos, saber qué se siente tener un hijo, despertar todos los días junto a una persona especial y envejecer juntos. Deseo todo aquello que nos está prohibido por naturaleza y no puedo evitar pensar en que es muy injusto. Todo esto es injusto. ¿Es que acaso nosotros decidimos ser lo que somos?
Arthur, creo que soy demasiado humano para mi propio bien, y eso me aterra.
Me pregunto qué es lo que pensarías de mí al leer algo como esto, en caso de que mi idea hipotética de ti leyera esta carta, claro. Seguramente ignorarías más de la mitad o pensarías que he perdido la razón. No lo sé. Me gustaría decir que sé y entiendo cómo es que reaccionarías ante estas palabras, pero hace mucho tiempo que dejé de entenderte, porque alguna vez lo hice, Arthur. Sí, alguna vez entendí quién eras, pero eso fue hace muchos años, antes de todo lo que ha ocurrido entre nosotros, antes de las peleas y las guerras y las heridas que nos hemos hecho, y que van más allá de las cicatrices que llevamos en el cuerpo.
¿Te das cuenta de que, cuando más lo necesito, siempre acudo a ti? No es una mera coincidencia. Es por algo más, pero no le pongamos nombre aún. Es más, evitemos ponerle un nombre por toda la eternidad. Sin un nombre, es sólo una idea, y si es una idea, es fácil de desechar para cambiarla por otra. Y, no obstante, pese a que ese algo tiene un nombre que prefiero ignorar, no es tan difícil comprender por qué he decidido escribirte a ti. O a tu nombre, al menos.
En retrospectiva, siempre has sido tú quien se ha encontrado junto a mí en los buenos tiempos, pero también en los momentos más terribles, independientemente de lo turbulenta que ha sido nuestra relación. Y vaya que lo ha sido. Se han llenado libros de historia completos sobre nosotros dos y todo lo que nuestra relación ha implicado con el paso del tiempo. Pero dejemos esa charla para otra ocasión, para otra noche como hoy, en la que esté solo en casa. Dejémoslo para otra noche en la que, antes de dormir, decida escribirle a Arthur. No a Inglaterra, no a un país: sólo al Arthur que ha estado conmigo, incluso cuando no.
Francis
La mañana sorprendió a Arthur en el estudio. Despertó cuando el teléfono del comenzó a sonar insistentemente. No tomó la llamada, ni siquiera se preocupó por descubrir de quién (si eso le ocasionaba problemas más adelante, ya vería la forma de arreglarlos); en ese momento no se sentía con ánimos de lidiar con todo lo que tenía que hacer en su trabajo diario. Gruñó malhumorado al sentir la tensión en su cuello y hombros por la posición en la que había dormido. Frotó sus ojos irritados por la falta de sueño y su mirada, aún borrosa, se posó en la carta sobre el escritorio.
La tomó con el mismo cuidado con el que lo hizo la noche anterior y la guardó en el sobre. La caja aún estaba a unos centímetros de su mano izquierda. Sin mucha convicción, la colocó justo frente a él, la abrió y tomó otra de las cartas que había organizado la noche anterior. Del cajón sacó el abrecartas y se acomodó en su asiento mientras abría la segunda carta. Aún no sabía si realmente quería leer el contenido de las otras doscientas veintidós (no confiaba en su propia reacción al conocer lo que estaba escrito en ellas), pero le habían encargado que lo hiciera, para descubrir por qué Francia no podía despertar.
La segunda era una carta menos extensa que la anterior. Arthur respiró profundo, de tal manera que cualquiera pensaría que estaba por sumergirse en un cuerpo de agua y no a una lectura del alma ajena, que le esperaba en una hoja de papel. Tardó unos segundos, pero finalmente se enderezó en el asiento, separando la espalda del respaldo, y comenzó a leer. Leyó una carta después de la otra, a veces deteniéndose a pensar, a veces sin querer dedicarles mucho tiempo, intentando no darles tanta importancia cuando Francia le hablaba como solo le había visto hacerlo a las personas más cercanas a él, humanos o no. En cada uno de los escritos encontró a un Francia que era tan diferente al que tenía en mente antes de aquel momento. Leyó hasta que las palabras que leía se volvieron cada vez más íntimas; leyó hasta que en cada palabra pudo escuchar la voz de Francia y eso le ayudó a sentir que todo era más real de lo que parecía y, por lo mismo, más aterrador.
Para cuando Arthur decidió parar de leer, ya habían pasado algunas horas y aún quedaban cartas en el fondo de la caja. Sentía la boca seca y un hueco en el estómago, y la rigidez de su espalda le recordó lo tenso que estaba desde la noche anterior. Bajó la vista. La caja y su contenido parecían observarlo de manera acusadora, así que colocó la tapa y la movió a un lado, para poder apoyar los codos sobre el escritorio y ocultar el rostro entre las manos. No estaba seguro de que leer aquellas cartas fuera una buena idea, pero ya lo había hecho y no podía dar vuelta atrás.
Arthur se puso de pie y se estiró un poco, gimiendo de dolor cuando sintió un tirón en la espalda. Estaba exhausto, mucho más de lo que se había sentido en mucho tiempo, y no tenía nada que ver con lo físico. Rodeó el escritorio y salió del estudio para dirigirse directamente a la cocina. Un trago le vendría bien, pero no había comido nada desde la tarde anterior y aunque, por experiencia, sabía que podía pasar mucho tiempo sin probar bocado, eso no significaba que fuera lo ideal.
Mientras se preparaba algo sencillo para comer, pensó nuevamente en el contenido de todas las cartas que había leído hasta ese momento. Algunas de las cartas eran el recuento de lo que ocurrió durante el día, otras contaban anécdotas de momentos compartidos a lo largo de los años (y Arthur debía admitir, no sin cierta vergüenza, que no recordaba todos ellos), y esas eran las más fáciles de leer.
Las más otras, que a veces eran largas y otras cortas y escritas a prisa, a juzgar por la letra, eran todo lo contrario. Francia reflexionaba sobre cosas que Arthur jamás se habría imaginado y hacía preguntas que él, hasta ese momento, no tenía la necesidad de plantearse, pero que le dejaban pensando en la posible respuesta. En sus cartas, Francia había escrito sus miedos, sus dudas, sus pensamientos y sus recuerdos. Estaban llenas de melancolía y le mostraban una parte de Francia que no esperó conocer jamás, ni siquiera cuando no había tantos años de historia agridulce entre ambos. En menos de un día Arthur había aprendido cosas de Francia que no sabía que estaban ahí y ahora no podía quitarse la sensación de que leer esas cartas había sido invadir su privacidad, por mucho que todas estuvieran escritas a su nombre.
Después de comer algo que no le supo a nada (lo cual, estaba seguro, no tenía nada que ver con sus habilidades culinarias), abandonó la cocina y fue directo a su habitación. La caja con las cartas aún le esperaba y, aunque no podía sacarse de la cabeza su contenido, su parte más racional le decía que de nada servía regresar al estudio para continuar leyendo. Antes de eso, necesitaba reflexionar. También necesitaba un baño. Así que, por primera vez en mucho tiempo, preparó la tina, dispuesto a relajarse tanto como pudiera. También quería olvidar que Francia lo había elegido a él para ser el destinatario de esa parte suya que no mostraba al resto del mundo y que, de no haberla leído en sus cartas, Arthur ignoraría también.
Arthur era consciente de que, cuando había algo que le incomodaba, solía evitarlo o postergarlo lo más que podía, hasta que no tenía otro remedio más que prestarle atención. No era el comportamiento más maduro del mundo y estaba consciente de ello. Si bien nadie le había comentado algo al respecto (no sabía si alguien lo conocía lo suficiente como para notar ese comportamiento suyo, además de sus hermanos) sostenía que ellos, aunque no fueran humanos, también tenían derecho de ser inmaduros de vez en cuando.
Después de leer las primeras cartas de Francia, Arthur había decidido no continuar con su lectura, al menos no hasta aclarar un poco más sus ideas. Así que pasaron dos días durante los cuales la caja de madera que contenía todas las epístolas permaneció cerrada y a los pies del escritorio, donde no pudiera verla nadie más, si es que llegaba una visita de trabajo, pero aún dentro del estudio. Llevarse la caja a otro lado de la casa, su habitación, por ejemplo, las convertiría en algo más personal, y Arthur se negaba a que eso ocurriera.
Arthur quería hablarlo con alguien. En cierto modo, sentía que era un peso muy grande que no estaba preparado para llevar el solo, pero no tenía a nadie a quien hablarle para explicar lo que ocurría. Yves había comentado que eran pocos los que sabían de la situación actual de Francia y aunque no lo había expresado de forma textual, entendía que un poco de discreción era importante en ese momento: en nada se beneficiarían si el mundo entraba en pánico, si otras naciones comenzaban a preocuparse por quedarse dormidos también, sin posibilidades para despertar. Además, la primera persona que le llegaba a la mente cuando se preguntaba quién escucharía sus inquietudes, era precisamente aquella que yacía recostada en una cama, durmiendo desde hacía días.
Una tarde, al regresar a casa, se encontró con que la caja de cartas ya no estaba en el estudio. El corazón le dio un vuelco al pensar en que alguien (no tenía idea de quién, pues nadie más entraba en su casa) hubiera tomado la caja, pero un tintineo insistente le alertó de quiénes eran los encargados de su desaparición. Intrigado, salió del estudio y siguió el sonido del hada, quien lo guio escaleras arriba, hasta su habitación. Ahí, sobre la cama, estaba la caja de las cartas. Arthur suspiró.
—¿Ustedes también? —preguntó con cansancio, mirando hacia la puerta, donde se asomaban algunas criaturas mágicas.
El hada tintineó rápidamente.
—No pensé que se preocuparían por él —agregó Arthur mientras se sentaba en la orilla de la cama y se colocaba la caja en las piernas.
Al no recibir respuesta, levantó la mirada. Las criaturas habían desaparecido. Típico de ellas, pensó, hacer algo sin dar explicaciones, para después desaparecer cuando no supieran qué responder.
Abrió la caja y miró su contenido una vez más. Las cartas leídas estaban en el lado izquierdo y las que continuaban cerradas, en el lado derecho. Aún había más cartas sin leer que cartas leídas, y aún no se sentía preparado para continuar leyéndolas; así que, en vez de tomar una carta nueva, tomó al azar alguna de las que ya había leído. Dejó la caja a su lado una vez más y sacó la carta para leerla otra vez.
Arthur:
Esta carta, será breve. Es más bien una reflexión que tuve a mitad de una reunión, mientras debí asentir a lo que los demás mencionaban. De hecho, aún estoy sentado en la sala de juntas de la última reunión del G8. Casi todos se han ido. En realidad, el único que me hace compañía es Alemania, quien justo ahora guarda todos sus documentos y me mira de reojo sin mucha discreción.
Nos sentamos uno al lado del otro en la reunión. Seguro no lo recuerdas y, de hacerlo, no creo que te importe mucho; créeme, en otras circunstancias yo tampoco le habría dedicado más atención de la necesaria. Pienso que, para ser dos personas que no se "llevan bien", tú y yo nos sentamos uno junto al otro en más ocasiones de las que me había percatado. Y, sí, "sentarnos uno junto al otro" puede ser considerado una metáfora, pero interpretarla quedará para otra ocasión.
Si hacemos un repaso de lo que ha ocurrido en la historia, nuestra historia, te darás cuenta de que nos hemos "sentado junto al otro" en muchas ocasiones. Hemos tenido altibajos, claro, situaciones que nos han dañado y herido más de lo que nosotros mismos quisiéramos admitir. Pero, al final del día, como te lo dije en otra carta, quien siempre ha estado a mi lado has sido tú. Supongo que, eso significa, que estamos destinados a estar uno junto al otro, lo queramos o no y, si te soy sincero, esa idea me molesta menos de lo que lo habría hecho tiempo atrás.
Francis
Arthur leyó la carta una vez más. Cerró los ojos para hacer memoria de las veces en las que, en reuniones oficiales, se había sentado junto a Francia, tal y como éste mencionaba, y se dio cuenta de que era cierto lo que decía. Solían sentarse uno junto al otro, en especial cuando no había asientos ya asignados. Ya un par de veces alguien había intentado asignarles asientos alejados uno del otro y, al final, siempre terminaban ocupando la silla de al lado.
Cuando les preguntaban por qué ocurría eso, Francia siempre respondía que así era más fácil hacerle callar, y Arthur que, solo si estaba cerca, podía evitar que dijera estupideces delante de los demás. Después de un par de ocasiones, al resto de los países dejó de importarles.
Hacía años que sus discusiones no terminaban en los golpes. Sí que peleaban, porque no serían ellos si no lo hicieran, y también tenían verdaderas competencias para ver quién lograba insultar al otro sin que fuera demasiado evidente, en especial cuando existía el riesgo de que la reunión en turno se alargara por más tiempo. Ya no eran las mismas riñas de antes, y eso era un hecho del que Arthur se sentía inusualmente orgulloso.
Ahora que lo pensaba, Arthur debía admitir que la forma como discutían era más bien por no perder la costumbre y porque era divertido. ¿Cuántas veces no sonreía divertido ante las respuestas de Francia? ¿Cuántas veces no lanzaba comentarios con la intención de hacerlo rabiar sólo porque obtener una reacción del otro hacía menos aburridas algunas juntas presididas por Alemania? Se dio cuenta de que hacía mucho tiempo había dejado de considerar a Francia un enemigo mortal, alguien a quien realmente quería hacerle daño, para ser otra cosa.
Arthur volvió a guardar la carta en su sobre y en la caja, y tomó otra, que leyó y releyó también. Luego lo hizo con otras dos más.
Mientras leía, volvió a encontrarse con ese Francia que era un extraño y que no se parecía en nada a la idea que tenía de él, ese hombre algo altanero y seguro de sí mismo, que creía que podía solucionar todo coqueteándole a los demás, y que a veces lo lograba. También descubrió algo más. Al leer las cartas, Arthur también halló una parte de sí mismo que desconocía: se encontró con un Arthur preocupado por Francia, un Arthur que, a veces se identificaba con lo que leía, un Arthur que no imaginaba un mundo sin su eterno rival. Eso, debía admitir, le provocaba algo de temor.
Casi una semana después de recibir las cartas, Arthur salió de su casa temprano por la mañana y se dirigió directo a la estación de St. Pancras. Abordó el primer tren que pudo y, durante el camino, intentó no pensar demasiado en la razón por la cual estaba ahí y no en casa, haciendo cualquier otra cosa, o en su oficina, revisando algún documento atrasado. Tenía tantas preguntas desde que Yves Larguier se había presentado en su casa con la caja llena de cartas, más aún después de haber leído algunas de ellas, y no tener respuestas no hacía más que ponerle de nervios.
En los días siguientes a cuando leyó las primeras cartas había optado por no continuar con la lectura, al menos no de la misma manera. En vez de dedicarle horas a leer y releer lo que Francia ponía en ellas, leía una a la vez, analizándolas tanto como podía para intentar encontrar algo entre las líneas. Le había dado muchas vueltas al asunto de Francia, su sueño y sus cartas, y por más que intentaba comprender qué era lo que ocurría, qué era lo que había llevado al otro país a quedarse dormido así nada más, no lograba hallarle sentido a la situación, porque todo indicaba que Francia simplemente se había ido a dormir por cansancio, pero era la primera vez que algo así le ocurría a cualquiera de ellos y no dejaba de ser extraño.
Miró su reloj por décima vez en los últimos dos minutos. Jamás dos horas y cuarto le habían parecido tan largas y tan cortas al mismo tiempo. La estación de Gare du Nord lo recibió con su bullicio de siempre y Arthur comenzó con su camino, sorteando a los transeúntes y dirigiéndose a la conexión con el metro. Habría sido más cómodo ir en taxi, pero los minutos de más que tardaría en llegar si tomaba el transporte público le ayudarían a poner un poco en orden sus ideas. Había viajado hasta aquel sitio sin tener un plan en mente y comenzaba a preocuparse por ello. El sudor, producto de los nervios, hacía que la ropa se le pegara al cuerpo y en ese momento se preguntó si no habría sido más sensato llevar una muda de ropa, aunque pretendiera estar de regreso en Londres por la tarde.
Durante el camino, prestó atención en las personas a su alrededor. La gente iba y venía, hacía su vida sin dar signos de preocupación. Todo era tan normal, que parecía como si Francia no tuviera problema alguno. Arthur frunció el ceño. ¿Cómo era posible que toda esa gente siguiera con su vida, como si no ocurriera nada, cuando Francia permanecía dormido sin que nadie pudiera hacer algo al respecto? Por un instante, tuvo una necesidad irracional de gritar a los transeúntes, de detener el tránsito y preguntar, a voz viva, qué diablos era lo que hacían y si no se daban cuenta de la situación por la que Francia atravesaba en ese momento y lo que eso podía significar para todos ellos.
El impulso se esfumó casi de inmediato y dejó detrás de sí una sensación de vergüenza porque, ¿qué tenía él que ver con todo lo que ocurría? Los franceses bien podían estar a mitad de un carnaval y eso no tendría por qué interesarle a él. No tendría por qué interesarle que en aquel lugar se respirase un aire de indiferencia ante un país dormido.
Cuando finalmente llegó a la casa de Francia, se tomó unos minutos más antes de animarse a llamar a la puerta. Esperó durante unos segundos hasta que ésta se abrió.
—¿Sí? —preguntó una joven. No podía tener más de veinticinco años y Arthur no la recordaba, así que quizá era alguna empleada reciente.
—Buen día —dijo él y, después de eso, ambos se quedaron en silencio, mirándose uno al otro, ella con desconfianza y él sintiéndose estúpido por no planear las cosas con antelación. Arthur se aclaró la garganta antes de hablar una vez más—. Lamento llegar sin avisar, pero con todo esto no…
—Annie, ¿quién es?
La mujer dio un respingo antes de voltear hacia atrás. Arthur miró sobre el hombro de la chica y reconoció al joven a quien Francia insistía en llamar Picardie, aunque éste repitiera hasta el cansancio que su nombre era otro (cuál era, continuaba siendo un misterio para todos aquellos que lo llegaban a conocer).
—Monsieur Inglaterra —dijo Picardie cuando lo vio al otro lado de la puerta. Había sorpresa en su voz y no se preocupó por disimularla. Puso una mano en el hombro de la chica y la miró antes de agregar—: yo me encargo.
La joven asintió y desapareció hacia el interior de la casa. Arthur guardó silencio. Por un momento temió que el hombre dijera que no podían recibirlo y le cerrara la puerta en las narices y apenas pudo disimular su alivio cuando Picardie se hizo a un lado para dejarlo pasar.
—Adelante, por favor.
—Gracias —respondió Arthur—, disculpen las molestias.
—No, no son molestias —aseguró el otro—. Sólo me sorprende verlo por aquí.
No tenía que decirlo con palabras para expresar que, de todas las personas que habría esperado que visitaran a Francia, él era una de quienes jamás lo habría esperado. Arthur no lo culpaba.
—Yves mencionó que recibió la caja —continuó. Arthur asintió.
—Sí, hace unos días.
—Bien, ¿y…?
—No he encontrado nada relevante —dijo y, al ver el cambio en la expresión del otro, se apresuró a añadir—: aún. No —hizo una pausa para aclararse la garganta con un carraspeo—, no he terminado de leerlas.
Picardie simplemente asintió.
—¿Hay algún cambio? —preguntó Arthur.
—Ninguno —respondió el humano.
—¿Alguien sabe qué es lo que ocurre?
Picardie no respondió de inmediato. Arthur lo observó en silencio. Lucía cansado y ojeroso y se preguntó si, con Francia ausente, era él quien se encargaba de todas las obligaciones del país. Era uno de los empleados favoritos de Francia, después de todo. O quizá era la preocupación por su jefe, quién sabe.
—Nadie ha podido respondernos —murmuró Picardie al fin—, pero continuamos investigando. Haremos todo lo que esté en nuestro poder para ayudar a Monsieur Francia.
Arthur asintió, sin saber qué más responder, pero sintiéndose admirado por la fiereza con la que Picardie había dicho aquello, y que no tenía nada que ver con el cansancio que expresaba de manera física. Los humanos de verdad eran criaturas maravillosas, pensó.
—Pero supongo que no vino aquí a hablar conmigo —continuó el otro.
—¿Qué?
—Vino a ver a Monsieur Francia, ¿no?
Arthur sólo pudo asentir lentamente y en silencio. No lo había querido decir de esa manera, ni siquiera se había pensarlo con palabras tan explícitas, pero ¿qué otra razón lo llevaba hasta aquel lugar sino ver a Francia? Sólo en ese momento se dio cuenta de lo mucho que necesitaba verlo con sus propios ojos para terminar de creer lo que ocurría.
—Sígame, por favor —continuó Picardie—. Monsieur Francia está en su habitación.
Subieron las escaleras que llevaban a la segunda planta. Arthur evitó mirar demasiado a su alrededor, aunque sentía curiosidad por aquel sitio. Ese lugar era el hogar de Francia, el lugar en el que estaban sus pertenencias más valiosas, todo aquello que seguramente (y como él) había acumulado a lo largo de los años. Era claro que no podía ser la única propiedad que tenía, todos los que eran como ellos terminaban con casas o departamentos por aquí y por allá, algunos más abandonados que otros, pero más que verse como un lugar oficial, en el interior de aquella casa de tres pisos se percibía el ambiente de un lugar habitado y querido.
Mientras avanzaba por el pasillo, se detuvo un momento para admirar una pintura claramente de estilo impresionista en la que un hombre rubio estaba sentado debajo de un árbol y miraba a la distancia, nostálgico. El modelo de la pintura era Francia, eso era evidente, y Arthur mantuvo la mirada clavada en la pintura por varios segundos. Al ver la firma, jadeó por la sorpresa.
—¿Es una pieza original? —preguntó.
—Sí.
—Pero nadie más la conoce, ¿verdad? —Volteó para ver al humano—. No recuerdo haberla visto en ningún libro de historia del arte.
Picardie negó en silencio.
—Fue un obsequio —explicó—, del mismo Monet cuando era joven, fue una de sus primeras obras impresionistas. Somos pocos los que conocemos esta obra y algunas otras originales que Monsieur Francia conserva por ser de carácter personal. Somos muy privilegiados —agregó y su voz cambió hasta casi convertirse en un susurro—. Sí, muy privilegiados.
No dijo nada más por unos segundos. Arthur respetó el silencio del joven y volvió a poner su atención en la pintura. Él también conservaba pinturas de algunos de sus pintores más reconocidos, y también de otros que debieron pasar a los libros de historia pero que, lamentablemente, ahora sólo eran recordados por él. Sin embargo, aunque era dueño de algunas pinturas que se aún se negaba a entregar a otros, en ninguna aparecía él como modelo. Siempre se había mostrado reacio a aparecer en pinturas y fotografías, pero no le sorprendía que Francia fuera todo lo contrario a él, incluso en ese aspecto.
—¿Monsieur Inglaterra?
—¿Sí?
—La habitación de Monsieur Francia está cerca, si fuera tan amable…
Arthur asintió y caminó junto al humano una vez más. Avanzaron por unos metros más, pasando junto a puertas que permanecían cerradas y otras pinturas en las paredes. Finalmente, Picardie se detuvo frente a una de las habitaciones. Hizo una pausa antes de abrirla con cuidado de no hacer demasiado ruido, aun a sabiendas de que, en su interior, Francia no se inmutaría por su intrusión.
El joven avanzó antes que él, adentrándose en la habitación, la cual estaba casi a oscuras: apenas entraba un poco de luz de una ventana con la cortina a medio correr. El interior estaba tan silencioso, que parecía como si entre aquellas paredes se encontrara en un lugar completamente distinto al exterior, incluso en la casa misma. La habitación tenía la solemnidad de un santuario; sólo le hacían falta un altar y algunos cirios que iluminaran su interior.
Antes de poner un pie dentro, Arthur se percató en el cuerpo que yacía sobre la cama. Se detuvo en el marco de la puerta al ver a Francia por primera vez en meses y desde que recibió la noticia de su situación. Estaba recostado en la cama, con el rostro pálido y la respiración tan lenta que daba la impresión de no respirar del todo. Era casi como si estuviera muerto. Arthur sintió que el corazón le daba un vuelco al verlo así, pero era consciente de que Picardie estaba a unos pasos de él y le observaba con curiosidad. Ése no era el momento ni el lugar para dejar que sus emociones lo traicionaran.
Arthur frunció el ceño ligeramente y avanzó los pasos que le quedaban hasta estar junto a la cama de Francia. Al observar su expresión serena, Arthur se preguntó si, a pesar de permanecer dormido, estaba consciente de lo que ocurría a su alrededor. Se percató de que no vestía ropa formal, sino un pijama azul oscuro y recordó que Yves había mencionado que le encontraron dormido en su oficina. Se preguntó quién se había tomado el tiempo para colocarle ropa cómoda para dormir, porque dudaba que Francia, siendo como era, acudiera a su oficina en pijama.
—Luce tranquilo —murmuró.
Picardie se acercó un poco más a él, hasta que ambos estuvieron hombro con hombro y la mirada fija en Francia.
—Hasta ahora no ha presentado cambios en su semblante. No es mucho, pero al menos es un consuelo que su sueño no parezca perturbador.
Si no hubiera sido por la palidez inusual en su rostro y lo lento de su respiración, cualquiera habría pensado que su sueño era natural.
—Le dejaré un momento a solas con él —agregó Picardie. Arthur dio un respingo y volteó a verlo.
—Eso no es… —Arthur se interrumpió al ver la expresión del otro hombre, quien casi parecía suplicarle con la mirada que se quedara un tiempo—. Está bien.
—Gracias. Si necesita algo, no dude en llamarme—. Y sin decir más, salió de la habitación.
Cuando Arthur estuvo a solas con Francia, no supo qué hacer. Aunque junto a su cama había una silla, sintió que sería como estar de visita con un enfermo y eso le incomodaba. Pero permanecer de pie junto a la cama, observándolo, le daba la impresión de ser un acosador o algo así. Al final, sin mucha convicción, optó por sentarse en la silla.
Los minutos pasaron sin que supiera qué hacer o qué decir. La habitación permanecía en silencio y Arthur era consciente de cada uno de sus movimientos, de cada respiración suya que sonaba como una tormenta en comparación con la de Francia. Observarlo le parecía una falta de respeto, así que, después de un rato, se puso de pie y caminó hasta la ventana. Desde ahí podía ver parte de la ciudad que seguía ajena a la situación que ocurría en ese momento. Sin pensarlo dos veces, corrió las cortinas, dejando que entrara más luz. Cuando los rayos de sol iluminaron el rostro de Francia, sintió que se le quitaba un peso de encima; aquel individuo no había nacido para estar en penumbras.
Desde la ventana podía ver el jardín de la casa, y vio pasar a algunos de los empleados de Francia, entre ellos la joven que le abrió la puerta. Había visitado aquel lugar en un par de ocasiones, en casos muy específicos, y no recordaba que sus empleados estuviesen ahí. Se parecían en ese detalle: ambos preferían su privacidad y limitaban a las personas que entraban a sus hogares. Para los dos, era importante poder cruzar la puerta de sus respectivas casas y dejar de ser Inglaterra o Francia, con las responsabilidades que ello implicaba, para ser sólo Arthur o Francis. Ver a todas esas personas, aun cuando su preocupación fuera genuina y sus intenciones sinceras, le incomodaba.
Permaneció de pie, observando por la ventana, por un largo rato. Desde ahí podía ver la torre Eiffel y dado que estaban un poco en alto, también alcanzaba a ver parte del Sena. Absorto como estaba en sus pensamientos, no escuchó cuando la puerta se abrió sino hasta que el carraspeo del recién llegado le hizo girar con brusquedad.
Prusia le observaba desde el marco de la puerta. Su semblante era serio y, si en algún momento pensó en decir uno de sus comentarios impertinentes, decidió no hacerlo. Arthur lo miró por unos segundos antes de asentir con la cabeza a modo de saludo. Prusia entró por completo en la habitación y cerró la puerta detrás de sí.
—Abriste las cortinas —dijo. No fue una pregunta.
—La situación ya es sombría en sí misma —respondió Arthur—, no necesitamos que la habitación esté en penumbras.
Prusia lo miró en silencio por unos segundos, casi como si lo estudiara con la mirada. Finalmente asintió una vez más y se acercó hasta Francia, sentándose a su lado en la orilla de la cama. Arthur guardó silencio mientras observaba a Prusia, quien acomodó las sábanas de Francia y retiró un mechón de cabello de su frente.
—¿Sabes qué es lo que ocurre? —preguntó Arthur al fin. Gilbert negó en silencio, sin mirarlo.
—Lo ignoro.
—Pensé que tú podrías saber algo —agregó Arthur. Sólo en ese momento, Gilbert le miró.
—¿Lo dices porque yo ya no debería estar aquí?
—No tengo idea de si deberías estar aquí o no —dijo Arthur—; pero sí sé que, de todos nosotros, tú podrías tener una que otra respuesta. Por tu experiencia y todo eso.
Gilbert soltó una carcajada que resonó con más fuerza de la usual dentro de aquella habitación silenciosa. Arthur lo miró con los ojos abiertos y, de inmediato, fijó la vista en Francia, quien no se inmutó. Era como si la risa de Prusia, que bien podía llamar la atención a la distancia, no hubiera sido más que un murmullo. Prusia volvió a mirar a Arthur con curiosidad antes de regresar la vista al hombre que yacía en la cama.
—He intentado de todo, ¿sabes? Cosquillas, gritos, canciones a todo volumen…, pero nada ha funcionado—. Un amago de sonrisa apareció en su rostro—. Vaya, en un ataque de desesperación incluso intenté despertarlo con un beso, pero al parecer no soy su amor verdadero, porque no funcionó más que para hacer el ridículo.
En otras circunstancias, Arthur habría hecho un comentario irónico, pero aquel momento no se sentía apropiado para hacerlo. Ni siquiera se le ocurrió algo qué decir al respecto.
—Lo había notado extraño —continuó Gilbert—. No era algo tan evidente, pero cuando tienes tanto tiempo libre como yo, bueno, a veces te dedicas a observar a los demás con mayor atención que el resto de las personas. Le noté distraído, ausente. West me dijo lo mismo en una ocasión, que le notaba distinto a comparación de otras ocasiones.
Prusia detuvo su comentario de golpe. Tras un par de segundos de silencio, suspiró. Arthur pensó en decirle que él tenía más de doscientas cartas en las cuales podrían encontrar una respuesta a la situación de Francia, pero optó por guardar silencio. Aquellas cartas eran para él, no para compartirlas con el resto del mundo. Vaya, incluso el hecho de que él las tuviera en su poder y hubiera leído unas, era ya una invasión a la privacidad de Francia, quien ni siquiera tenía intenciones de entregarle las cartas a él. Así que prefirió el silencio mientras Gilbert observaba el semblante sereno de Francia y sujetaba una de sus manos.
Se sintió como un intruso en un momento de intimidad.
—Debo irme —murmuró Arthur. Gilbert no volteó a verlo ni respondió con palabras, sólo se limitó a hacer un gesto con la mano, una despedida quizá.
Arthur atravesó la habitación hasta llegar a la puerta y salió sin volver la vista atrás.
Arthur:
Cada que reflexiono en todo lo que he escrito, no puedo dejar de pensar en que, una a una, estas cartas se sienten como una despedida. Es extraño, lo sé, porque nada a mi alrededor sugiere que algo vaya mal conmigo, mi tierra y mi gente, pero con cada día que pasa me siento menos yo. Hay días en los que me miro al espejo y me desconozco. Luzco igual que en los últimos siglos y, no obstante, soy tan diferente que la imagen que la persona que me devuelve la mirada es alguien completamente ajeno.
Tal vez, como te lo dije en otra ocasión, estoy llegando al límite de quien soy y lo que soy. ¿Quién sabe? Tal vez uno de estos días simplemente voy a desaparecer de una vez y por todas.
Quizá debería sentir miedo. Miedo ante estas emociones y, en especial, miedo a lo desconocido. A no saber si despertaré mañana si hoy me voy a dormir, a desvanecerme y no ser más que un pálido recuerdo de otro tiempo. Pero no siento miedo. ¿Crees que deba preocuparme por ello? Quizá esta sensación de indiferencia, de calma perenne, sea el claro ejemplo de que no estaré aquí por mucho tiempo.
No recuerdo haber sido tan fatalista desde hace mil años, cuando pensaba que el mundo iba a terminar.
¿Qué pensarías si leyeras todo lo que te escribo ahora?
Francis
