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Oscuras Obsesiones

Summary:

Casarse, una familia, una vida hogareña: todo ello aterra a William Graham. Will deja atrás su vida en nueva Orleans, con una pequeña herencia con la meta de ser libre. Pone rumbo a Lituania, un lugar donde aún se cuentan entre susurros historias de miticos y oscuros demonios, para visitar a una vieja amiga y escribir el libro con el que va a lograr ser el hombre independiente que siempre ha soñado ser. El castillo situado en Telšiai al que llega es un lugar imponente y deteriorado repleto de excéntricos habitantes... pero ninguno de ellos se compara el oscuro encanto del conde Hannibal Lecter, el amo del castillo. Hannibal resulta desconcertante y cautivador a partes iguales, es un noble adusto que aviva la imaginación de William y despierta en ella pasiones innegables e imposibles de ocultar.

esta historia esta basada en parte en algunos relatos pero principalmente en el libro de victima de una extraña obsecion DEANNA RAYBOURN y en algunas cansiones que me han inspirado en escribir por primera vez sin ayuda

Chapter 1: William Graham

Chapter Text

—Me temo que vamos a tener que decidir de una vez por todas qué hacer con Will.-

 Después de acompañar dicha afirmación con un suspiro de  profundo desaliento, mi cuñado miró a mi hermana bella, que estaba  remendando un vestido que había visto años mejores y que parecía no querer dejar  ir. Ella alzó la cabeza y me miró con afecto antes de contestar.

 -Creo que Will debería ser capaz de  elegir si se casara Jack. - 

Mi cuñado  Jack tuvo la decencia de sonrojarse. 

—Sí, por supuesto; al fin y al cabo, es un hombre adulto —se apresuró a admitir, antes de hacer una pequeña inclinación ante mí.

— Pero ya no hay nadie que pueda hacerse cargo del ahora que el pobre profesor Graham ha recibido sepultura, y hay que decidir lo va a ser. Me volví de nuevo hacia la estantería que estaba vaciando con esmero en cuanto le oí mencionar a mi abuelo, que había conseguido crear una biblioteca muy extensa. Había sido un duro golpe para mí enterarme de que para pagar sus deudas había que vender tanto sus libros como el resto de sus pertenencias de valor; de hecho, también había que vender su casa, una pequeña pero preciosa propiedad situada en Nueva Orleans. Tenía la esperanza de que la venta no solo proporcionara dinero suficiente para pagar todas las deudas, sino que quedaría  con algo de dinero para solventar mis gastos. Seguí limpiando los libros con sumo cuidado con un paño humedecido con aceite, y mientras los colocaba a un lado suspirando por los viejos recuerdos que me traían  cada uno de ellos mis viejos amigos. 

—El correo, señor Graham —dijo la señora Harris, el ama de llaves, al entrar en la biblioteca. Después de echarle un rápido vistazo a las cartas, le pasé a Jack las relacionadas con sus negocios y yo me quedé con tres, dos de las cuales eran mensajes de condolencias; en cuanto a la tercera, tenía un aspecto extraño y anticuado, estaba escrita en un papel grueso y pesado, y la embellecían exóticos sellos. Supe de  manera inmediata quién me la había enviado y me resistí a abrirla en aquel momento en esa casa no había la más mínima intimidad cuando Jack estaba cerca. 

Jack, por el contrario, no mostró reticencia alguna. Abrió su correspondencia con un abrecartas con el que mi sobrino mayor  había estado jugando, y echó un vistazo antes de decir con un suspiro de resignación:

 —Más facturas —agarró el libro de cuentas que siempre llevaba bajo el brazo, y se puso a anotar  las cantidades y frotar su sienes .Tengo que admitir que agradezco que lidiara con los asuntos de mi abuelo en mi presencia, pero en ese momento estaba deseoso de perderle de vista tanto a él como a mi hermana. Estaba harto tanto de sus cuentas como de su insistencia en plantear el dilema  que le traía tener un cuñado soltero me trataba como si fuera inservible como si no pagase yo mis propias cuentas y eso me irritaba en sobre  manera ¿por qué habría yo de casarme o conseguir un empleo aburrido como el suyo? Yo era mayor tenía 25 años… un anciano solterón para algunos pero un anciano muy feliz que trabajaba en lo que amaba y si bien no bastaba del todo para pagar una casa como en la que vivía mi hermana bastaba para vivir de manera  cómoda. Bella debió de notar mi estado de ánimo, porque se volvió hacia su marido y le dijo sonriente: 

—Me siento un poco indispuesta, Jack. Quizás me aliviaría un poco el excelente té de la señora Harris. 

Mi cuñado se olvidó de golpe de los problemas que yo estaba acarreándole.

Se levantó de inmediato y se apresuró a contestar:

—Ahora mismo te lo traigo.

—Gracias —le dije a mi hermana, en cuanto mi cuñado se fue; después de meterme el paño en el bolsillo, agarré el abrecartas. Parecía un sacrilegio romper  el sello, pero estaba deseando leer la carta.

Ella siguió cosiendo al contestar:

—No te impacientes con Jack. Te tiene aprecio y sus intenciones son buenas, quiere que tengas un hogar estable.

Yo estaba absorto en la carta, así que me limité a murmurar distraída una contestación mientras la leía por encima y mi mirada iba avanzando por la hoja de papel.

 Queridísimo amigo mío, no sabes cuánto te he echado de menos...

- él va a recibir por fin su herencia... hay que tomar multitud de decisiones....-Bella siguió hablando. Creo que estaba intentando convencerme de que su marido era un dechado de virtudes, pero la verdad es que yo no estaba haciéndole ni caso y me puse a leer la carta por segunda vez. En esa ocasión lo hice con más calma, fijándome con detenimiento en todas y cada una de aquellas palabras que parecían haber sido escritas con mano exaltada.

—Libertad —susurré, antes de sentarme a ciegas en una silla. Era incapaz de apartar la mirada de la última frase de la misiva:

Quiero que vengas…...

— ¿Qué pasa, Will? Tienes las mejillas encendidas, ¿has recibido una mala noticia?

Tardé un momento en recobrar la voz.

—En absoluto, todo lo contrario. ¿Te acuerdas de Alana, mi vieja amiga del internado?

— ¿La muchacha que permanecía en el internado contigo durante las vacaciones?  Siempre pensé que te casarías con ella, Nunca pensé que un hombre y una mujer  que no fueran parientes pudieran ser amigos, pero en esta época pueden verse muchas.

Eso era algo que se me había olvidado. Bella conoció a Jack a los dieciséis años y se casó con él poco tiempo después, y yo me sentí muy solo; de hecho, nuestra pequeña familia nunca llegó a recobrarse del todo tras perderla cuando se mudó. Ella tenía 6 años más que yo, y habíamos quedado huérfanos de pequeños. A pesar de no ser más que mi media hermana siempre nos habíamos escudado la una en el otro para sobrellevar la soledad que se siente al criarse en la casa de un estudioso, y perderla por un hombre como Jack fue muy duro para mí. Mi tristeza llegó a tales extremos, que mi abuelo temió por mi salud, y me mandó a un internado  mixto para jóvenes situada en Baviera pensando que así lograría reponerme y poder socializar un poco con alguien más que con mis perros. Fue allí donde conocí a Alana. A ella no le costaba hacer amigos pero tenía un acento extraño y los dos éramos forasteros en aquella tierra, así que nos aferramos la uno al otro. Éramos dos extraños (bueno, eso era lo que pensábamos nosotros), que veían con desdén cómo los demás se limitaban a hablar de boberías tales como jóvenes atractivos, bailes de debutantes, herencias y viajes repetitivos a lugares que estaban de moda. La gran amistad que se forjó de forma tan rápida entre nosotros se fortaleció aún más por el hecho de que, cuando los alumnos que vivían más cerca de casa se iban con sus respectivas familias en vacaciones, nosotros dos permanecíamos en el colegio junto con varios profesores que se quedaban allí a nuestro cargo. El ambiente era entonces mucho más tenso... nos llevábamos el almuerzo al campo y  se nos permitían entrar los maestros a la sala de profesores, comer dulces y suculentas salchichas hasta hartarnos, y por una vez podíamos dejar a un lado nuestros los libros gruesos y aburridos del colegio  para leer alguna novela que ambas compartíamos de contrabando. No, no nos importaba lo más mínimo nuestro exilio y pasamos muchas veladas contando historias sobre nuestros lugares de origen, ya que las profesores apenas habían viajado y sentían curiosidad. Conmigo bromeaban de buena fe sobre mi abuelo con su falda escocesa que dejaba ver rodillas peludas, los días de pesca junto al rio y Alana lograba que se estremecieran con historias de criaturas malignas  que asediaban a su pueblo en su natal lituana. Después de pasar varios segundos sumido en mis recuerdos, retomé conciencia de la realidad y contesté a Bella.

 —Sí, la misma. Siempre me hablaba maravillas de su hogar, vive en un castillo en Telšiai. Pertenece a una familia aristocrática de esa zona —alcé la carta antes de añadir

—: Va a casarse, y me pide que vaya a visitarla y pase las navidades allí. 

— ¡Pero si aún faltan meses para Navidad!, ¿qué vas a hacer durante tanto tiempo en...? ¡Cielo santo, ni siquiera sé en qué país está ese lugar! 

—Tengo entendido que Lituania es un país por derecho propio, una especie de principado.

 —Pero, ¿en qué vas a ocupar tu tiempo? —insistió ella. Yo doblé la carta con cuidado y me la metí en el bolsillo, y al notarla a través de mi pantalón sentí que era como un talismán contra las preocupaciones que me asaltaban desde que mi abuelo había enfermado. 

—Escribiré —afirmé con decisión. Al ver que fruncía los labios antes de seguir cosiendo, me acerqué y me arrodillé frente a ella.

 —Ya sé que no lo apruebas, pero he logrado cierto éxito. Si escribo una novela como Dios manda, lograré cimentar una carrera profesional que me permita valerme por mí mismo de una vez por todas, no tendré que depender de nadie.

 —Ya sabes que todo esto no es necesario, querido mío. Siempre tendrás un hogar con nosotros. Abrí la boca para contestar, pero me tragué mis palabras de golpe para no herirla con ellas, cosa que me resultaba muy difícil a cada momento del día.

No sabía cómo hacerle entender el horror que despertaba en mí semejante posibilidad, la mera idea de vivir en su pequeño hogar con cuatro niños... no, cinco con el que estaba de camino... con apenas dinero para cubrir mis gastos y con la presencia constante de Jack, tan amable pero lleno de desaprobación. Mi cuñado había dejado muy claro lo que pensaba de los escritores, sus opiniones al respecto eran tajantes y no admitían flexibilidad alguna; según él, escribir avivaba las pasiones, y no era una ocupación adecuada para nadie. Ni siquiera permitía que mi hermana leyera una novela que no hubiera pasado su inspección previa, que él mismo no hubiera leído antes para poder señalar los fragmentos inadecuados. Las Brontë estaban prohibidas por completo en base a que eran unas «liberadas». ¿Era ese el futuro que me esperaba?, ¿la vida hogareña más anodina? ¿Acaso iba a tener que aceptar que un hombre o una mujer me negara la libertad intelectual de la que yo había gozado durante tanto tiempo?, ¿qué me impusiera una existencia dedicada trabajar con números y a limpiar narices de mocosos? No, la mera idea me resultaba intolerable.

 No iba a poder pagar mi manutención si vivía con ellos, y el poco dinero que iba a recibir de la venta de las propiedades de mi abuelo no iba a durarme demasiado. Lo que me hacía falta era algo de tiempo y un lugar tranquilo para escribir una novela y acrecentar el éxito moderado que ya había conseguido como autor de relatos de suspenso.

 Respiré hondo para calmarme antes de contestar: 

—Les agradezco a Jack y a ti su generosa oferta, pero no puede ser. Tú y yo somos seres muy distintos, Bella, tan distintos como el día y la noche, sabes que no me refiero al color de piel. — dije para romper la tensión que se había formado entre nosotros, pareció funcionar porque ella soltó una risa socarrona y  me dio una mirada suspicaz lo que me hizo sonreír, la madre biológica de bella había sido una mujer mulata que  había trabajado en la cocina de la casa de mi abuelo , el primer amor de mi padre murió al dar a luz a mi hermana y mi madre  se casó con mi padre tiempo después , mi madre era una florista, mi abuelo solía decirme que mi padre era un romántico y que tal vez algo de eso se había quedado en mí .

 -Entiéndeme querida hermana lo que a ti te complace a mí me resultaría sofocante... y de igual forma, a ti mis sueños te resultarían chocantes y aterradores. — Me sorprendí al verla sonreír de nuevo sin alguna duda en mis palabras. 

—No me asusto con tanta facilidad, Will. Te conozco mejor de lo que crees. Soy consciente de que ansías vivir aventuras, explorar lugares interesantes y narrar historias emocionantes. Siempre fuiste así, incluso de pequeña. Recuerdo bien cómo eras, cómo te acercabas a la gente y para presentarte haciendo una pequeña reverencia  siempre evitando ser tocado. Nadie te resultaba desconocido y pasabas todo el rato haciendo preguntas o adivinando  cosas sobre ellos... que por qué se sentían tristes si su madre estaba en el cielo, que por qué no podía venir un mono a tomar el té... —sacudió la cabeza, y añadió con una expresión llena de dulzura y de indulgencia.

—Solo dejabas de hablar cuando estabas dormida siempre quejándote de que todo el mundo quería pellizcar tus mejillas, resultaba agotador para mí cuidarte. —

 —No me acuerdo de eso, pero me alegra que me lo hayas contado. —

 Hacía mucho que Bella y yo no intercambiábamos las típicas confidencias entre hermanos, porque la había visto en contadas ocasiones desde su matrimonio. Pero, a veces, muy de cuando en cuando, me sentía como en los viejos tiempos y me olvidaba de que Jack, los niños y la pequeña vicaría tenían prioridad para ella.

 —No me extraña que no lo recuerdes, eras muy pequeño. Pero cambiaste tras la muerte de papá... te volviste muy callado y reservado, perdiste la capacidad de hacer amigos. Aún me acuerdo de cómo eras de niño, de tus travesuras. Papá se reía y solía decir que tu nombre era lo que mejor te describía William el conquistador  así te llamaba. —

 — ¿Ah, sí? Apenas le recuerdo, ni a mamá. Hace mucho que solo quedamos tú y yo.

-Y el abuelo—. dijo ella, con una tierna sonrisa llena de afecto.

Cuéntame cómo fue el funeral, lamenté profundamente no poder asistir. A Jack le había parecido inapropiado que una dama en su estado fuera al funeral a pesar de que aún no había habido que aflojarle el corsé, y ella acató sus deseos con la obediencia acostumbrada. De modo que yo asistí en calidad del último de los Graham, fui a darle el último adiós a aquel caballero de buen corazón y edad avanzada que había acogido a dos niñitos que se habían quedado desamparados en un mundo implacable. Bella y yo mantuvimos nuestras manos entrelazadas mientras le relaté el funeral. Le conté las palabras de elogio del pastor protestante sobre el excelente temperamento del abuelo, sobre su gran reputación como erudito y su liberalismo. Bella soltó una pequeña carcajada antes de comentar: 

—Pobre abuelo, su liberalismo es la causa de que te hayas quedado con tan pocos recursos. —

 Eso era cierto. Si el abuelo no hubiera sido tan dado a prestarle dinero a un amigo empobrecido o a comprarle un libro a un estudioso venido a menos, sus cofres habrían quedado mucho más llenas, pero en Nueva Orleans todo hombre de letras que pasara privaciones sabía que podía pedirle ayuda al profesor Graham. 

— ¿Asistió también el señor Gideon? —Bella me hizo la pregunta con voz medida, y me soltó las manos para poder retomar su costura. Yo miré a mí alrededor para encontrar algo con lo que poder ocupar mis manos; al ver que había que avivar el fuego de la chimenea me puse manos a la obra con el atizador y la pala, y no levanté la mirada al contestar: 

—Sí. —

 —Qué amable por su parte. —

 —Es mi editor y su editorial publicó las obras del abuelo, así que asistió por pura cortesía profesional. —

 —Yo creo que lo hizo por razones personales. Bella  mantuvo la voz neutra, pero no en vano habíamos sido hermanos durante tanto tiempo. Detecté un pequeño tinte de esperanza en su voz, y decidí eliminarlo de inmediato. —

 —Me ha pedido que me case con él, y le he dicho que no. —Ella se levantó de golpe, y soltó una exclamación ahogada de dolor al vicaría y en la noble condición de mis anfitriones, ya que Jack adolecía un poco de lisonjeador.

 —Pero William ¿estás loco? sabes lo difícil que es conseguir a alguien que pueda seguirte el paso, ¿por qué no aceptar? , digo esos gustos tuyos de buscar de no saber lo que te gusta te llevaran a la perdición o a alguien perverso. —

En todo caso, me disgusté un poco conmigo mismo, porque el hecho de que me importara su opinión y chocaba con mi actitud de hombre independiente, y tras subir mis cosas al dormitorio, avisé a la señora Harris de que iba a dar un paseo antes de cenar. No era nada inusual, ya que dar largos paseos había sido siempre mi método preferido para lograr que se desvanecieran tanto melancolías como enfados. Puse rumbo a el rio y la imponente colina por donde decencia  convencido de que subir hasta la cima ayudaría a que se me pasara la irritabilidad que me asediaba desde la muerte de mi abuelo.

El ejercicio físico y el viento frío contribuyeron a refrescar mi perspectiva, y mientras subía sentí que el peso de los sombríos días previos iba aligerándose.

Desde donde estaba alcanzaba a ver los oscuros edificios de la ciudad vieja, apiñados como si estuvieran hablando entre susurros en callejas estrechas y plagadas de ladrones, en callejones donde reinaba una atmósfera preñada de secretos y enfermedades. Al oeste se alzaban las elegantes plazas blancas de la ciudad nueva, donde reinaban el orden y la tranquilidad. Yo estaba observándolo todo desde aquella posición elevada, respirando el aire fresco que olía a hierba y a mar, a posibilidades ilimitadas, pero me volví al oír la voz de Abel Gideon. 

—Supuse que te encontraría aquí —me dijo, con la respiración un poco jadeante y el rostro enrojecido por el esfuerzo del ascenso hasta la cima de la colina

—. He ido a tu casa, y la señora Harris ha tenido la gentileza de indicarme dónde podrías estar. Acabó de subir ayudado por su bastón. No era un hombre mayor a pesar de que admitía tener unos veinte años más que yo, pero la suya había sido una vida sedentaria con escasas ocupaciones aparte de la ópera y su despacho, y nunca había sido dado a disfrutar de la vida campestre. Era una persona de ciudad, y estaba más acostumbrado al salón que al prado.

 —No hacía falta que vinieras hasta aquí, Abel. Sé cuánto te desagrada el aire fresco —esbocé una sonrisa para que mis palabras no sonaran tan cortantes. 

Él sabía que mi intención no era insultarle, y se echó a reír antes de contestar: 

—Pero tú sí que me agradas, y ese es incentivo más que suficiente. — Tales galanterías eran muy inusuales en él, y me armé de valor ante lo que sabía que se avecinaba. Se detuvo a mi lado y contemplamos las vistas durante un largo momento, y cuando se sacó unos caramelos del bolsillo y me ofreció uno, yo lo rechacé.

Abel siempre llevaba caramelos en el bolsillo, era una costumbre enternecedora que convertía a aquel hombre serio y responsable en un  pequeño niño. Al observarlo con detenimiento, desde el pelo peinado con tanta meticulosidad con crema de lima hasta las punteras de los lustrosos zapatos, cabía esperar que oliera a dinero y a libros, pero no era así: olía a miel y a caramelo, y esa era una de las cosas que más me gustaban de él.

 —Así que Lituania, ¿no? —comentó al fin. No era una pregunta, y al darme cuenta de que parecía haber aceptado mi decisión sentí un súbito relajamiento, una sensación de alivio. Esperaba que se mostrara contrariado, que pusiera obstáculos en mi camino, pero lo cierto era que, muy de vez en cuando, había demostrado un agudo entendimiento de mi personalidad. Abel sabía que al intentar frenarme más allá de cierto punto solo se conseguiría que yo me liberara por completo de las riendas

. — ¿Has conocido a mi hermana? —

—Tu cuñado ha tenido la amabilidad de presentarnos, es una mujer encantadora. —

—Sí, Bella siempre ha sido la belleza de la familia. —

 —No subestimes tu galanura, Will —me advirtió, mientras chupaba un caramelo

—. Ya sé que estás decidido a marcharte y que carezco de autoridad para detenerte, pero quiero pedirte que reconsideres mi proposición. —Abrí la boca, pero me quedé atónito cuando me agarró los brazos y me instó a que me volviera hasta que quedamos cara a cara. Nunca antes se había tomado tales libertades conmigo más aun sabiendo lo que evitaba yo el contacto físico con cualquiera, y confieso que sentí cierta excitación ante semejante cambio.

 —Abel... —Sus ojos color castaño claro, ojos tiernos de perrito bonachón pero picaros al mismo tiempo, me miraban con más intensidad que nunca, y me agarraba los brazos con una firmeza casi dolorosa. 

—Sé que me has rechazado, pero no voy a darme por vencido con tanta facilidad. Quiero que te lo replantees, y no por un instante. Quiero que pienses en ello durante los meses que vas a pasar fuera, que pienses en mí y en cómo podría hacerte feliz, en cómo podría ser nuestra vida junta. Será entonces y solo entonces, después de que hayas tenido todo ese tiempo para replanteártelo, cuando aceptaré tu decisión. ¿Harás eso por mí? —Contemplé su rostro, aquel rostro lleno de gentileza y afabilidad, y busqué algo en él... no sabría decir el qué exactamente, solo sabía que era algo que había vislumbrado cuando me había agarrado los brazos, algo menos civilizado, algo que ardía en la sangre. Pero se había desvanecido con la misma rapidez con la que había surgido, y me pregunté si había sido una locura intentar ver en él pasión de verdad. Ni siquiera estaba segura de que Abel fuera capaz de sentir tal cosa.

 —Bésame — Él vaciló por un instante antes de posar sus labios sobre los míos, y el beso que me dio fue considerado y respetuoso. Me gustó sentir la calidez de su boca, pero justo cuando estaba a punto de rodear su cintura con los brazos en una clara invitación, él se echó hacia atrás y me soltó los brazos. Estaba ruborizado, y parecía incapaz de mirarme a los ojos. Sus labios me habían sabido a miel y me sorprendió lo mucho que me había afectado su beso, ¿acaso me habría afectado de igual manera el beso de cualquier otro? 

—Perdona, no tendría que haberte pedido algo así —le dije, mientras me sacudía el saco. 

—Al contrario, me has dado esperanzas —lo afirmó sonriente, y carraspeó antes de añadir—: ¿Vas a replantearte mi proposición? —

Yo asentí pensando que era lo mínimo que podía hacer por él.

 —Excelente. Bueno, ahora cuéntame lo de Lituania. Lo que planeas no me agrada lo más mínimo, pero tu hermana me ha dicho que piensas escribir una novela, y a eso no puedo oponerme. Me ofreció el brazo cuando echamos a andar colina abajo, y fuimos bajando sin prisa mientras charlábamos. Le hablé de Alana, de sus maravillosas historias sobre seres míticos, de cómo había aterrorizado a las profesoras de la escuela con ellas.

 —Cabría esperar que fueran más sensatas —comentó él. 

—Esa era la clave, su extremada sensatez. Las profesoras alemanas carecen de imaginación, te lo aseguro, pero las historias de Alana eran tan vívidas, tan llenas de horribles detalles, que le helarían la sangre incluso al más valiente de los hombres. Ese tipo de cosas existen en esas tierras. —Abel se detuvo y me preguntó sonriente:

 —Lo dices de broma, ¿verdad? —

 —En absoluto. Los habitantes de esas montañas están convencidos de que vampiros y hombres lobo merodean por la noche, —Abel lo afirmó de forma tajante.

 —Deben de estar locos, tus planes cada vez me desagradan más. — Retomamos el descenso, y me ayudó a rodear un saliente de roca mientras yo intentaba explicarme.

 —Su caso es el mismo que el del escocés que deja leche para las hadas o que planta serbales para protegerse de las brujas. Piensa en cómo volaría la imaginación ante el hecho de que esas cosas no solo existen en las leyendas, sino que hoy en día aún se consideran reales. La novela se escribiría sola —me entusiasmaba la idea de pasar un sinfín de horas maravillosas llenando con mi pluma las hojas en blanco, dando vida a una gran aventura

— Será mi gran lanzamiento. —

—Querrás decir el lanzamiento de T. Lestrange. —Hasta el momento solo había publicado bajo ese seudónimo, había ocultado mi nombre para protegerme de los que criticarían los sensacionales frutos de mi pluma por el mero hecho de que  era un escritor con gustos diversos en temas amorosos. Mi abuelo también lo había querido así, ya que llevaba una vida bastante retirada a pesar de tener multitud de conocidos, y prefería mantener el contacto con sus amistades por carta. Casi nunca se aventuraba a salir, y más infrecuentes aún eran las ocasiones en que invitaba a sus amigos a venir a casa. La mía había sido una vida necesariamente monótona, pero las palabras de Abel lograron que empezara a plantearme muchas cosas. ¿Qué pasaría si publicara bajo mi propio nombre? A lo mejor podría ir a Londres, conocer a los autores de más renombre y conseguir un puesto destacado como literata. Era una idea seductora que seguro que iba a rondarme a menudo por la cabeza durante mi estancia en Lituania. 

— ¿Cómo vas a ir hasta allí? —me preguntó Abel. 

—Según  Alana, el ferrocarril llega hasta un lugar llamado Šiauliai, y a partir de allí aún queda un largo trecho que tendré que hacer en carruaje privado.

 —No pensarás ir solo, ¿verdad?

 —No veo otra alternativa —contesté, procurando pasar por alto su desaprobación. Él permaneció en silencio, pero le conocía lo suficiente para saber que su ceño fruncido indicaba que estaba tramando algún plan.

 —Háblame de la familia con la que vas a hospedarte —me pidió al fin.

 —Alana es una pariente pobre de la familia. Creo que es sobrina de la condesa Lecter, que fue quien costeó su educación; de hecho, se daba por hecho que  Alana se casaría con su sobrino. Cuando nosotros estábamos en el colegio él siempre estaba fuera... en París, creo, pero su padre ha muerto y debe regresar a casa. El matrimonio se celebrará en cuanto todo esté dispuesto, y Alana quiere contar con mi presencia porque somos viejos amigos. —

 — ¿Por qué no te he oído hablar nunca de ella? —

—No nos hemos visto desde que dejamos la escuela. Solo he recibido felicitaciones navideñas de su parte, nunca fue muy dada a cartearse. —

— ¿Por qué no ha venido nunca a visitarte? —Intenté contener mi exasperación creciente, Abel habría sido un excelente inquisidor.

 —Te recuerdo que es una pariente pobre. No tenía ni dinero para viajar ni la libertad para hacerlo, porque ha estado cuidando de su tía; al parecer, la condesa está prácticamente inválida y llevan una vida muy retirada en el castillo. Alana ha gozado muy poco a lo largo de su vida, pero quiere contar con mi presencia y yo estoy decidida a ir. — Abel  se detuvo de nuevo y me tomó la mano antes de decir:

 —Sí, ya lo sé, al igual que sé que no puedo detenerte aunque daría lo que fuera con tal de que te quedaras aquí. Pero quiero que me prometas que, si me necesitas por cualquier motivo, me mandarás un aviso. Yo acudiré de inmediato. —Le apreté las manos en un gesto de agradecimiento, y le contesté sonriente:

 —Es un gesto muy amable de tu parte. Te prometo que te avisaré si te necesito, pero dudo que pueda suceder me algo en Lituania no son bárbaros Abel además son un hombre  se cómo defenderme soy un hombre no lo olvides. —Reí mientras el me miro con seriedad y beso  mi mano  a lo que respondí con una incómoda sonrisa me esperaba un largo viaje.