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Language:
Español
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Published:
2019-11-22
Updated:
2020-04-03
Words:
10,585
Chapters:
2/4
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4
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73

Genevieve

Chapter 1: Genevieve I

Chapter Text

Genevieve vio la muerte de su institutriz en sueños cuando tenía siete años. Mademoiselle Faustine caminaba por un sendero de hierba dulce y lirios blancos, vestida en su ropa de verano aunque esa noche era la más fría de un otoño temprano e implacable y en las calles de París los mendigos se congelaron por docenas. Mademoiselle llevaba un sombrero de paja con un ala ancha y una cesta de mimbre cubierta de muselina en el brazo, como si fuera camino de una merienda campestre. La luz de la tarde arrancaba destellos de bronce a sus rizos y se iba riendo sola hacia aquella reunión envuelta en el misterio de los días libres, los que pasaba lejos de la casa de los padres de Genevieve, en un mundo del que Genevieve no era parte. Mademoiselle Faustine reía y caminaba entre las flores, balanceando su cesta, mientras la muselina empezaba a empaparse de sangre desde dentro, primero sólo un par de puntos rojos en el blanco brillante, recién lavado y planchado. Después crecieron para convertirse en claveles y, por último, en una explosión que olía a hierro, empaparon la muselina y la sangre comenzó a gotear entre las juntas del mimbre. Sólo entonces se dio cuenta la Mademoiselle Faustine del sueño de que algo en su estómago se había roto y de que su vestido estaba también bañado en sangre. Se llevó las manos al estómago e intentó hablar, pero sólo le salió un graznido de muerte que despertó a Genevieve cubierta de sudor y con los pies fuera de la manta. El fuego en la chimenea de su habitación se había consumido y el viento golpeaba las ventanas, y aún así la oscuridad y el frío fueron un consuelo comparados con el día de verano cubierto de sangre del que acababa de regresar.

Al día siguiente intentó explicarle a Mademoiselle Faustine lo que había visto, pero la institutriz estaba de mal humor y la interrumpió antes incluso de que llegase a la parte en la que la sangre comenzaba a manchar el paño. Si la importunaban sueños macabros, dijo Mademoiselle Faustine, tendría que hacérselo saber a sus padres. Tal vez necesitaba una cura de descanso, como su tía Manon.

La tía Manon era la hermana pequeña de su padre y había sido la tía preferida de Genevieve porque siempre estaba dispuesta a participar en sus juegos incluso si se le manchaban las faldas, pero eso había sido antes de que se fuera a una cura de descanso de siete meses en los Apeninos. Al regresar, la tía Manon siempre tenía ojeras y sólo quería sentarse en el conservatorio y abanicarse sin ritmo, en silencio, con unos movimientos de muñeca tan espasmódicos e irregulares que Genevieve le había cogido manía al sonido de las varillas abriéndose y cerrándose.

Así que se disculpó con docilidad y se terminó el té. Los posos formaron una cesta de mimbre al fondo de la porcelana y, mientras Mademoiselle Faustine untaba su tostada de mermelada, Genevieve los borró con el dedo.

El sueño se le repitió una semana más, siempre el mismo camino desconocido, siempre la misma progresión de la sangre tragándose la cesta y a la institutriz, Genevieve siempre despertándose en el mismo momento sin llegar a ver si había salvación.

Después, dejó de soñar. No le costaba dormir ni se despertaba de madrugada, pero una vez cerraba los ojos Genevieve entraba en un estado catatónico en el que su mente se apagaba. No había nada más. Un momento estaba apagando la vela en su mesita y dejando la cabeza caer sobre la almohada, al siguiente Ophelia le ponía la mano en el hombro para que se lavara la cara, con las cortinas y las contraventanas abiertas de par en par a la luz del día.

-Ophelia, cuando vienes a despertarme ¿estoy respirando? -acabó preguntándole a la criada una de las mañanas, ya con dudas.

-¿Disculpe, señorita?

-Que si estoy respirando cuando duermo.

Pero Ophelia se había creido que Genevieve le estaba gastando una broma, o intentando asustarla, y salió del dormitorio sin contestar. Genevieve empezó a preguntarse si, ahora que Mademoiselle Faustine había muerto en sus sueños, era su turno.

Los sueños pararon, pero las señales no. Cada mediodía a las doce menos cuarto, justo en el momento en que la institutriz daba por terminadas las lecciones de la mañana, un grajo invisible graznaba desde el jardín en una repetición exacta del grito de Madame Faustine en sus sueños. Genevieve se acercaba a la ventana pero nunca conseguía ver al ave, aunque la mayoría de los árboles habían perdido todas las hojas y cualquier movimiento se recortaba claro contra las ramas peladas. Fígaro, el gato persa de maman, empezó a evitar a Mademoiselle Faustine para el fastidio de ésta, que por las tardes agradecía que el animal le calentase el regazo. Si Mademoiselle entraba en una habitación, Fígaro salía. Si Mademoiselle trataba de embaucarle con zalamerías o trozos de pan, Fígaro miraba a través suyo como si ya no estuviera ahí. Una de las veces que Mademoiselle Faustine le sorprendió sesteando en el diván de la sala de música y le tomó en brazos, el gato, plácido y esponjoso por lo normal, y acostumbrado a la ociosidad constante, se convirtió de repente en un pandemonio de garras, gritos y dientes. De repente Mademoiselle Faustine no lograba quitárselo de encima, para todo lo que la había evitado antes. Tuvieron que venir Ophelia y Tantan de la cocina y echarle agua fría, al gato y por ende a la institutriz, antes de que Fígaro saliera disparado por el pasillo. A Mademoiselle Faustine le dejó de recuerdo un laberinto de arañazos que le iban desde la frente hasta la punta de los dedos, y si llegan a dejarle medio minuto más Genevieve no dudaba de que hubiera conseguido abrirse paso incluso a través de las ballenas del corsé. Ophelia se pasó el resto de la tarde poniéndole arnica a Mademoiselle Faustine en cada marca. Maman mandó a Tantan y al cochero a dar vueltas alrededor de la casa buscando al gato, dejó escudillas de crema y sus bocados preferidos en todas las esquinas del jardín, pero Fígaro no aparecía.

La desazón de Maman fue terrible. El par de horas que solía pasar con Genevieve al final de la tarde, escuchando sus progresos en el sanxián o recitando teoremas de matemáticas, se volvieron opacas y llenas de suspiros. Mientras Genevieve se esmeraba en el segundo movimiento de la Sinfonía para orquesta de cámara de Adebayo, que ya le salía casi completo, Maman hacía girar entre los dedos uno de los collares de Fïgaro y miraba por la ventana, sin prestar ninguna atención, todo lo más para dirigirle alguna mirada envenenada a Mademoiselle Faustine, que le llevaba el ritmo a Genevieve desde la banqueta del pianoforte.

Lo peor fue la cena del solsticio. Mademoiselle Faustine, que conservaba el empleo de puro milagro después de la desaparición del gato, y sólo por la intervención de Papa, vistió a Genevieve con sus mejores galas y practicó con ella durante semanas cómo responder a las preguntas de los amigos de sus padres, qué poesías podía recitar si se lo pedían, y qué duración se consideraba de buena educación para un recital musical antes de empezar a caer sin remedio en el tedio y el bochorno (veinticinco minutos para el pianoforte, quince para los instrumentos de cuerda). Genevieve incluso se había olvidado de mirar los posos del té los días anteriores a la cena, muerta de anticipación por la reacción de sus padres y sus amigos, que siempre la ofrecían una montaña de halagos e incluso algún bombón de licor cuando se despedía para irse a dormir. Por supuesto, no se esperaba que una niña asistiera a la cena: Mademoiselle Faustine y Genevieve debían permanecer en la salita como un cuadro viviente, la niña con un libro de álgebra en las manos, la institutriz a su lado con sonrisa benévola y la puerta entreabierta, para que al terminar la cena y cuando los adultos pasaran al salón, su padre o su madre, o incluso alguno de los invitados si tenía la suficiente familiaridad, inquirieran qué hacía allí, todavía levantada y sin hacer ningún ruido, al contrario que los hijos de Madame Lascelles. Mademoiselle Faustine entonces fingiría no haberse dado cuenta de la hora y haría un comentario sobre lo aplicada que era Genevieve y cómo se le pasaba el tiempo sin darse cuenta. A partir de ahí, hasta que Papa diera por concluido el recital ofreciéndole unos cigarros a las invitadas, el estrado era suyo. Habían representado la misma escena durante los últimos tres solsticios y Genevieve no podía esperar. Era posiblemente su parte preferida de las fiestas.

Esa noche Genevieve observó desde la ventana de su habitación el llegar de los invitados de sus padres, con todas las lámparas apagadas y las cortinas cerradas para que nadie pudiera decir que era una curiosa. El tío Horace y la tía Nanette llegaron los primeros, y Genevieve se alegró de ver que su prima Madeleine todavía no estaba invitada a la cena, a pesar de tener ya quince años. Después las amigas de Maman se bajaron todas juntas de la calesa cubierta de Madame Bonhommez. Genevieve no recordaba sus nombres; Maman nunca se las había presentado formalmente. Estaba la que siempre llevaba pendientes de zafiros, Maman decía que era porque creía que realzaban el color de sus ojos, y también la que fumaba en una pipa de marfil larga y delgada, que siempre dejaba la sala apestando a tabaco de Alaska. A un par de ellas no las había visto nunca. De Madame Bonhommez sabía el nombre porque una vez había traido a su hija Adelaide para presentarle a Genevieve. Adelaide se había negado a jugar a los conjuros argumentando que eran juegos de niñas, así que antes de que se marchase Genevieve le cortó un mechón de pelo con la excusa de añadirlo a su colección. En realidad lo había quemado a escondidas en la sala de baño, y al poco escuchó de pasada a Maman contarle a Ophelia que Adelaide Bonhommez se había tirado encima una tetera hirviendo, nadie sabía cómo, y que había sufrido unas quemaduras tan espantosas que ya sólo podía aspirar a una vida confinada en casa, o a salir al exterior envuelta en velos. Genevieve observó a Madame Bonhommez bajarse la última de su propia calesa, la más hermosa de todas las amigas de Maman, sin duda, y no sintió demasiada pena por Adelaide.

Tras Bonhommez y su cohorte llegaron en rápida sucesión otras dos parejas, sin nada reseñable, y luego dos de los amigos solteros de papá en un coche de alquiler en el que debió quedar un ocupante, porque ambos se despidieron quitándose el sombrero y tirando besos al aire.

Genevieve se retorció los dedos. Tantan y Ophelia se habían pasado el día preparando el comedor. La lámpara de araña había sido pulida y abrillantada, y todas sus velas estarían ya encendidas. La mesa estaría puesta con el mantel amarillo mostaza de las grandes ocasiones. Al pasar por la cocina dos días antes, Genevieve había visto a Ophelia subirse al altillo para ir pasándole a Tantan y a la nueva camarera la vajilla de madera de olivo que Maman había heredado de su Maman, y ésta a su vez de la suya, tan valiosa que el altillo estaba cerrado con llave el resto del año y Maman insistía en estar delante al sacarla y luego otra vez cuando, después de haber lavado cada cuenco y cada plato con jabón de aceite de coco, y sólo cuando estaban completamente secos, Ophelia volvía a subirse a la escalera para devolver las piezas, contadas una y mil veces, a su lugar de descanso. Para Genevieve, el momento en que por fin se la permitiera sentarse a la mesa con sus padres era algo a lo que aspirar, pero no sabía muy bien qué haría el día que la dejaran tomar la sopa de calabaza en uno de los cuencos de madera de olivo. Desmayarse no sonaba descabellado.

Cuando terminaron de llegar los invitados, Genevieve se alejó de la ventana y encendió la lámpara, pasado ya el riesgo de que la luz se filtrara entre las cortinas. A los pocos minutos Mademoiselle Faustine apareció con el vestido recién planchado. En ocasiones normales era Ophelia quien la ayudaba a vestirse mientras Mademoiselle Faustine esperaba en la salita, pero Ophelia estaba ocupada sirviendo la cena, porque Maman y Papan no se fiaban de que Josephine no fuera a tirarle la crema de almendras por encima a sus invitados.

Genevieve se quitó su vestido de diario y se quedó en combinación, saltando ahora sobre un pie ahora sobre el otro, hasta que Mademoiselle le dijo que parara, que le iba a entrar una jaqueca. El vestido había vuelto de ser limpiado, planchado y almidonado en una caja blanca y Genevieve no podía contener la curiosidad por ver qué tela y qué estilo había elegido Maman ese año. Mademoiselle Faustine dejó la tapa a un lado y abrió con poca delicadeza el papel de seda. La tela del cancán crujió cuando alzó el vestido, una versión en miniatura y comedida de las modas menos atrevidas de los últimos tres años: tenía un poco de polisón, pero no demasiado, un fajín de seda, pero sin bordados, y un escote cuadrado protegido por dos paneles de tul casi opaco, todo en distintos tonos de marfil y rosa palo.

Mademoiselle Faustine no dijo nada, sólo avanzó hacia ella mientras Genevieve trataba de encontrar las palabras.

-No, te has equivocado de vestido.

-¿Qué has dicho? -espetó Mademoiselle Faustine muy ofendida.

Genevieve sentía el calor subírsele a las mejillas, y estaba tan enfadada que redobló el tuteo, sin pensar en las consecuencias.

-¡Te has equivocado de vestido! Ese no es nuevo, es el del año pasado. ¡Has traido el vestido equivocado!

-Desde luego que no me he equivocado, hábrase visto. Tu madre no ha mandado hacer un vestido nuevo este año. Éste todavía te vale. Ahora levanta las manos y arreando, que no tenemos toda la noche.

-Pero Maman siempre me encarga un vestido nuevo.

-¡Pues este año no! -exclamó Mademoiselle Faustine en un susurro salvaje. Por un segundo la luz de la lámpara tiritó y Mademoiselle quedó bañada en luz de luna, pálida y submarina, con los ojos congelados.

Genevieve gritó sin aire, sólo una vez, y del comedor les llegó un estruendo de metal y otros ruidos más sordos rodando por el suelo.

Cuando el eco del grito de Genevieve se deshizo del todo, la niña y la institutriz se miraron en silencio sin que ninguna quisiera ser la primera en continuar la escena, como si no supieran cómo reaccionaría la otra: Genevieve tiritando en camisón y Mademoiselle Faustine con el vestido en las manos. Así se las encontró Tantan cuando abrió la puerta del dormitorio.

Genevieve se dio cuenta entonces de que había arruinado por completo la noche. Tantan le transmitiría lo molesta y decepcionada que estaba Maman con ella, la vieja pantomima de la salita de música se cancelaría, y ya no habría más vestidos, ni ese año ni el siguiente. Incluso de niña Genevieve nunca había llorado mucho. Gritar sí, y desgañitarse alguna vez, y la ocasional rabieta cuando le cegaba la furia, pero las lágrimas, cuando habían llegado, eran silenciosas y pesadas. En ese momento quiso llorar.

Pero Tantan se limitó a cruzar la habitación hasta el mirador y comprobar que todas las ventanas estuvieran cerradas. Sólo entonces reparó en la extraña escena de la señorita Genevieve cruzada de brazos y en ropa interior, con los ojos húmedos, y la institutriz mirándola sin parpadear.

-¿No ha notado usted el golpe de viento, Mam'zelle? -le preguntó a Mademoiselle Faustine. Ésta negó con la cabeza-. Pues en el comedor se han abierto todas las ventanas a la vez. A la pobre Ophelia le ha dado un susto de muerte y se le ha caido la bandeja cuando estaba recogiendo los cuencos del primer plato.

-¿El viento? -repitió Mademoiselle Faustine, mirando a Genevieve de reojo.

-Sí, Mam'zelle. Así, de repente. -Tantan malinterpretó la mirada de la institutriz hacia Genevieve y se acercó un poco más con aire confidente para susurrar-: La señora no ha dicho nada pero tenía los labios tan apretados que no creo que Ophelia vea un florín esta semana.

Mademoiselle Faustine, que no confraternizaba demasiado con el resto del servicio, premió la confidencia con un encogimiento de hombros delicado y desviando la vista hacia la ventana, como si Tantan ni siquiera estuviera allí. Tantan se retorció las manos y salió de la habitación mirando al suelo.

-De esta te has librado. -Mademoiselle Faustine cerró en dos pasos la distancia que la separaba de Genevieve y la hizo levantar los brazos sin rodeos-. Has tenido suerte, pero se acabó, a partir de ahora harás lo que se te diga y punto. No creas que no le hablaré de esto a tu padre.

Debajo de su perfume de violetas y verbena, a Genevieve le pareció que la institutriz despedía un aroma dulzón, a fruta estropeada. Le vino a la cabeza otra vez la imagen cadavérica de unos momentos antes, pero entre la tela del vestido que Mademoiselle le estaba poniendo a tirones sólo podía adivinar retazos de un rostro sano y una piel lejos de la podredumbre, aunque a la institutriz le hubieran salido un par de granos a un lado de la nariz en los últimos días. El grito y el susto le habían quitado a Genevieve todas las ganas de pelear así que se dejó embutir en el vestido que, para su tristeza, tampoco le quedaba tan pequeño como para no poder usarlo unos cuantos meses más. Mademoiselle Faustine apenas tuvo que ajustar los lazos ocultos en los dobladillos de las costuras laterales.

-Siéntate -ordenó la institutriz empujándola hacia la banqueta del tocador en miniatura que ocupaba la esquina del dormitorio.

Y ahí, de nuevo, pero esta vez en el espejo, Genevieve vio de reojo a la otra Mademoiselle Faustine. Cerró los ojos y giró la cabeza, y se quedó anclada en el sitio.

-No, no quiero.

-Deja de comportarte como una niña pequeña y siéntate. -Mademoiselle Faustine la tomó de los hombros y la hizo caer sobre la banqueta, pero al menos Genevieve no tuvo que abrir los ojos mientras la deshacía parte del peinado, que había ido perdiendo la forma a lo largo del día, y le recolocaba los rizos. A Genevieve le pareció que con cada tirón del peine y cada pinchazo de las horquillas sus párpados intentaban abrirse en contra de su voluntad, así que se tapó la cara con las manos-. No se te ocurra llorar o se te pondrá la cara hecha un desastre.

No iba a llorar. Quizá hubiera llorado si Tantan hubiera aparecido con un mensaje de Maman, o peor aún, si la propia Maman hubiera estado tan enfadada como para abandonar a sus invitados para poner en vereda a su hija. No iba a llorar por estar viendo el cadáver de Mademoiselle en el espejo.

-Me tapo la cara porque no quiero verte.

No era mentira, pero se ganó un golpe en la coronilla con el reverso del peine de plata que Mademoiselle Genevieve tenía en la mano.

-No sé qué se te ha metido en el cuerpo hoy, pero te aseguro que si no tuvieras que presentarte ante los invitados de los señores, esta noche no te libraba nadie de hacer penitencia.

Genevieve ahogó una risita contra las palmas de sus manos. Desde la desaparición de Fígaro incluso ella, a la que todo el mundo escudaba de los chismorreos más sabrosos y de todas las historias dignas de escuchar, sabía que Mademoiselle Faustine había caido en desgracia con Maman, que la culpaba directamente de haberle hecho algo al minino, porque su Fígaro nunca mató a una mosca en su vida, cosa no cierta exactamente, pero Maman siempre elegía ignorar las pequeñas bestias que el gato le dejaba a los pies del sofá después de sus salidas al jardín. También lo sabían Ophelia y Tantan e incluso el cocinero, aunque sólo Ophelia se atrevía a hacer comentarios velados al respecto delante de Mademoiselle Faustine, porque Ophelia no le tenía miedo a nadie.

-Quítate las manos de la cara, casi he terminado -ordenó Mademoiselle, así que Genevieve se giró en la banqueta hasta casi darle la espalda al espejo antes de descubrirse la cara. Desde ese ángulo no podía ver a la Mademoiselle muerta, pero sabía que seguía allí. Se concentró muy fuerte en mirar sólo al frente, incluso cuando la Mademoiselle que seguía viva se le acuclilló delante. Mademoiselle le pellizcó las mejillas algo más fuerte de lo que era necesario y fundió un poco de cera de una vela entre los dedos para peinarle las cejas. Después de un último vistazo a sus rizos y a sus lazos y a las capas del vestido, Mademoiselle juzgó que estaba lista.

La escalera principal desembocaba en el distribuidor, y las puertas del comedor al distribuidor tenían paneles de cristal, así que si alguno de los invitados las veía arruinarían la espontaneidad de la escena. En su lugar, Genevieve y ella bajaron por las escaleras de servicio, tan silenciosamente como era posible en los peldaños de madera y sin alfombrar. La cocina estaba envuelta en vapor y la cruzaron casi corriendo, para que el olor a cangrejo no se les pegara al pelo y a la ropa.

En la salita, como en el resto de habitaciones de la planta baja, todas las lámparas y candelabros estaban encendidos, para que no se dijera que la familia escatimaba en cera y luz. Lo que no estaba encendido era el hogar. El vestido de seda y algodón de Genevieve, con sus mangas cortas y el cuello abierto, no podía competir contra el invierno y una habitación de techos altos, pero aunque tenía los brazos de piel de gallina y le castañeaban los dientes un poco, a medida que se alejaba del espejo de su dormitorio le había vuelto a gobernar la emoción. Si alguien la hubiera preguntado, habria dicho que no tenía frío.

Entraron en la salita como dos ladronas y Mademoiselle Faustine cerró la puerta por completo mientras preparaban la escena, por si acaso alguno de los invitados se levantaba a usar el aseo y se las encontraba practicando el mejor ángulo para sujetar el pesado tomo de álgebra que la institutriz había seleccionado, porque el cuero oscuro y desgastado del lomo creaba un contraste agradable tanto con su vestido como con el de Genevieve.

Mademoiselle Faustine hizo que Genevieve se sentase en el lado derecho del sofá, un poco de lado. Luego decidió que mejor se sentase en el medio, pero mirando hacia la chimenea apagada. Le colocó los rizos sobre un hombro y retrocedió varias veces hasta dar con la espalda en la puerta para calibrar el efecto que daría a los visitantes. Movió un poco el centro de lirios y jazmines de la mesa, porque tapaba un poco el libro en manos de Genevieve, y apagó una a una al menos diez del millar de velas y lámparas que alumbraban la habitación, hasta alcanzar una iluminación suave pero aún lo bastante clara como para excusar que Genevieve siguiera estudiando.

Del comedor les llegaba el subir y bajar de voces en una conversacion constante, salpicado de la ocasional carcajada o de alguien alzando la voz que a veces hacía que Genevieve diera un pequeño respingo, poco acostumbrada a las explosiones de ese tipo. Mademoiselle Faustine chasqueó la lengua.

-¿Te quieres estar quieta? -imploró, colocando una vez más los pliegues de la falda alrededor de las rodillas de Genevieve. Cuando por fin se dio por satisfecha, en el comedor se oían el tintineo de cristales, pero era imposible saber si en esos momentos se estaba sirviendo el sorbete o si lo estaban retirando. Mademoiselle Faustine escuchó durante unos segundos más, y cuando se aseguró de que aún tenían un rato se dejó caer en el sofá, al lado de Genevieve, frotándose el puente de la nariz.

Genevieve, que había estado mirándola de reojo sólo cuando no tenía más remedio, bajó la vista al suelo. La institutriz estaba vestida de domingo, igual que ella, como si estuvieran a punto de salir a dar un paseo. Llevaba puestos sus botines de piel, en lugar de los escarpines de lana que usaba normalmente para las lecciones, y cada vez que se los veía puestos Genevieve se preguntaba cómo podía caminar subida a esos tacones. Ni siquiera los zapatos de Maman, que seguía todas las modas, eran tan altos ni tan puntiagudos. A su lado los pies de Genevieve parecían casi desnudos, metidos en unos mocasines del mismo lino color crema que el lazo que llevaba en el pelo. Genevieve balanceó los pies un poco, casi queriendo tocar los botines de Mademoiselle Faustine con la punta del dedo gordo, para ver si eran rígidos o suaves.

La institutriz le apretó la rodilla con los dedos.

-Deja de moverte, me vas a volver loca. -Cuando Genevieve ahogó un quejido y la miró, sólo se encontró la misma cara antipática de siempre. Las doncellas de la cocina siempre decían lo mismo de Mademoiselle Faustine, que podría ser guapa si no se le notase en la cara el mal humor constante. A Genevieve le había parecido guapa el día que llegó, para sustituir all señor Monzano, que se había ido a vivir al campo con sus hijos, pero ahora ya no entendía muy bien qué había visto en ella. Cuando hablaba con Maman o con padre, o en las raras ocasiones en que socializaba brevemente con algún visitante a la casa, la cara de Mademoiselle Faustine se transformaba y enseñaba unos dientes muy blancos y muy iguales, le brillaban los ojos, se le cambiaba la voz a un tono cantarín que no tenía nada que ver con las instrucciones secas que le dispensaba a Genevieve. De vez en cuando le entraba un ataque de proximidad con Tantan o con Ophelia, y se quejaba amargamente de su suerte y de su estado en la vida. Luego, cuando se le pasaba, ignoraba a los demás miembros del servicio como si fueran poco más que otro palo de escoba o una mota de polvo.

Ahora que la estaba mirando y que su cara no cambiaba, Genevieve tomó aire por la nariz.

-¿Por qué se hizo institutriz si lo odia?

Para su sorpresa, Mademoiselle Faustine se miró las manos y respondió. Tal vez porque no la había tuteado, pensó Genevieve.

-Nadie se hace institutriz, Genevieve. Te hacen institutriz.

-¿Quién? -preguntó Genevieve, aunque no habría sabido decir si por curiosidad o para evitar cometer los mismos errores.

-Todo el mundo, poco a poco. -Mademoiselle se rascó un poco una uña y luego se la metió en la boca para mordisquearla. El gesto era tan propio de ella que Genevieve ni siquiera acertó a tomar venganza y llamarle la atención.

-Pues márchese.

El silencio era tan completo que podían escuchar los ruidos del comedor como si estuvieran en la misma habitación. Ahora sí, las camareras estaban recogiendo los vasos del sorbete del postre. En breve oirían ruido de sillas arrastrándose por la alfombra y el ofrecimiento de Maman de pasar al salón.

-Tal vez lo haga, sí -dijo Mademoiselle Genevieve mientras se ponía en pie y se alisaba la falda. Fue hasta la puerta y por un segundo fantástico Genevieve pensó que la había convencido con esas simples dos palabras, que iba a hacer la maleta en ese mismo momento y salir por la puerta, y que a la mañana siguiente una nueva institutriz aparecería en la salita para desayunar juntas, surgida de a saber qué lugar mágico de donde venían las institutrices buenas, las que no tenían caras de muertos por dentro.

Pero Mademoiselle, por supuesto, sólo iba a entreabrir la puerta corredera de la salita, sólo dos palmos, sólo lo justo para que el ángulo enmarcara a Genevieve en el sofá a la perfección.

Sin que hiciera falta decirle nada, Genevieve se puso derecha, alzó el libro y se concentró en las páginas que Mademoiselle Faustine había elegido. Conocía las ecuaciones de memoria, porque siempre iba más avanzada en álgebra de lo que tocara el libro que le ponía la institutriz en la mano. Era una parte esencial de la presentación: algunas de las amigas de mamá eran académicas y quién sabía si le harían alguna pregunta al respecto. Así que Mademoiselle Faustine siempre elegía un libro grueso y de aspecto imponente, pero que ya hubieran dominado en las lecciones.

Las puertas del comedor se abrieron y Genevieve notó un escalofrío subiéndole por la espalda. Se esforzó en respirar hondo y con lentitud, para disimular el corazón desbocado que notaba en la garganta, e ignoró a Mademoiselle Faustine, que se había sentado en la butaca de forma mucho más decorosa que como se había dejado caer en el sofá un momento antes. Los invitados de sus padres inundaron el recibidor y sus sombras se recortaron por un segundo en la rendija abierta de las puertas correderas. Maman se detuvo justo enfrente y Genevieve aguantó el aliento. Era su momento preferido. "Genevieve, ¿qué haces aún despierta?". "¡Genevieve! ¿Sabes la hora que es?". Cualquiera de las variaciones y la falsa sorpresa le producían la misma sensación de entrar de repente en una bañera llena de agua helada.

No debía mirar. Hiciera lo que hiciera, no debía mirar a Maman, no debía moverse hasta que Maman hablara.

Maman suspiró y cerró las puertas correderas antes de que ninguno de sus invitados echaran un vistazo a través de ellas.

Al principio Genevieve no supo qué hacer. Seguro que había escuchado mal, que el estar intentado mirar a la puerta de reojo le había jugado una mala pasada y que Maman sólo había abierto la puerta un poco más. Mademoiselle Faustine debía haberla dejado demasiado cerrada, eso era. Maman estaba deshaciendo su torpeza.

Luego las voces se alejaron y padre encendió el gramófono, y eso quería decir sin duda que ya estaban todos en el salón. Habían pasado de largo. Las manos de Genevieve empezaron a temblar.

-Bueno, pues nada. A tu dormitorio, sin hacer ruido -anunció Mademoiselle Faustine tomando el libro de entre sus manos y con la voz por completo desprovista de emoción. Genevieve se sintió exhausta de repente.

-¿Puedo ir a dar las buenas noches? -preguntó. Ni siquiera había llegado a ver cómo iba vestida Maman o cómo la quedaba el nuevo corte de pelo, después de que la peluquera pasara al menos tres horas en su tocador esa tarde.

Mademoiselle Faustine bufó mientras la empujaba otra vez camino de la cocina y las escaleras de servicio.

-Lo que faltaba, ir a molestar a los mayores a estas horas.

Otra Genevieve, o incluso la Genevieve de sólo un par de horas antes, habría tal vez ignorado la respuesta, aún a riesgo de que Maman y padre no considerasen la intromisión adorable. Pero de repente la Genevieve real sólo quería taparse con las sábanas y olvidarse de la velada. No dijo nada más mientras Mademoiselle Faustine le deshacía el lazo del pelo y los del vestido. La institutriz esperó a que se pusiera el camisón, insistió en que necesitaba los calcetines gordos, y cuando Genevieve estuvo tumbada tomó la lámpara de la mesa y se la llevó consigo.

-Mademoiselle Faustine -dijo Genevieve justo antes de que tocase el pomo de la puerta, y sin esperar a que pudiera responder, o marcharse sin más, añadió-: Creo que te vas a morir.

Tal vez fuera la luz de la lámpara, a la que le quedaba poco aceite, pero a Genevieve le pareció que por un segundo Mademoiselle abría mucho los ojos y un poco la boca.

-No sé cómo se te ocurren mentiras así de macabras, Genevieve. Hablaremos por la mañana.

Y se fue dando un portazo.

-Yo no miento. Y el espejo tampoco. -Genevieve se encogió de hombros. Lo había intentado.