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Nightmares

Summary:

Bakugou tiene problemas para dormir.

Work Text:

La sangre palpitándome en la garganta, la respiración acelerada y aquel grito que descendió hasta mí, rasgando a su paso el manto de aquella noche oscura. Todo unido, conformando una imagen incrustada en mi cabeza y un solo pensamiento: corre.

«Corre no. Vuela. Si es él quien te da la mano, sabes que no te soltara».

Y movido por la fuerza de esas palabras me impulsé, más alto de lo que jamás lo había hecho antes, sintiendo el viento arañándome la piel a su paso, arrancándome lo que parecía una sonrisa.

«Nunca la habría aceptado», pensé mientras el eco de la explosión aun me zumbaba en los oídos. «Es porque es tu mano, ¿lo entiendes? Solo porque eres tú».

El propio sonido de mis pensamientos parecía distraerme de un hecho asombroso, casi imposible: Kirishima flotaba sobre mí, envuelto en una oscuridad que absorbía todo cuanto se hallaba a su alrededor. No había ni rastro de Iida o Midoriya, que parecían haber sido engullidos por aquella maldita oscuridad.

«Unos metros más», me dije, sintiendo el roce de su mano en la punta de los dedos. Pero algo no iba bien. Lo veía en su expresión, que intentaba advertirme del peligro que se cernía sobre mí. Un tentáculo de oscuridad me atrapó, tirando de mí hacia abajo mientras Kirishima contemplaba la escena, impotente. Antes de que la oscuridad me envolviera por completo, escuché la risa enloquecida de mis captores retumbando en mis oídos, que fue disipándose lentamente hasta dejar un silencio absoluto, que tan solo el latido de mi corazón se atrevía a quebrar.

 

Me incorporé de golpe, sintiendo todavía la visión de aquel sueño taladrándome la cabeza. Miré a mi alrededor, intentando entender donde me encontraba cuando, de repente, lo recordé todo: estaba en mi nueva habitación en la Academia. Llevaba una semana durmiendo allí, desde que la Liga de Villanos había intentado secuestrarme, y aquel sueño que empezaba a desprenderse perezosamente de mi conciencia era tan solo otra de las múltiples pesadillas que me asolaban cada noche.

Me llevé dos dedos al entrecejo, frunciéndolo y desfrunciéndolo varias veces hasta que aquel intenso dolor de cabeza pareció remitir y, con cierta resignación, me levanté y me dirigí al lavabo. La impresión del agua fría sobre mi rostro acabó por despejarme del todo y, sin ninguna intención de volver a dormirme, deambule por mi habitación a oscuras durante varios minutos hasta que un ruido al otro lado de la pared consiguió llamar mi atención.

Un grueso muro separaba mi habitación de la de Kirishima; sin embargo, siempre era capaz de escuchar sus pasos al otro lado, yendo de aquí para allá, aunque no era habitual escucharle en mitad de la noche. Me quedé muy quieto, sin entender muy bien porqué. ¿Qué me importaba a mí que ese estúpido pelopincho supiera que estaba despierto? De pronto, como respondiendo a mi pregunta, el rostro del Kirishima del sueño me asaltó sin previo aviso y, por mucho que intenté quitarme aquella imagen de la cabeza, fui incapaz. Su expresión desconsolada, su mirada abatida, su mano intentando agarrar la mía justo antes de caer… Cerré los ojos, sintiendo mi propio pulso latiéndome con fuerza en las sienes y decidí que lo mejor sería salir a tomar un poco el aire.

Abrí la puerta de cristal que separaba mi cuarto de una pequeña terraza, dejando que un golpe de viento me acariciase el rostro. Aquella brisa refrescante, el canto lejano de los grillos y la silueta de la luna que se alzaba sobre mí hicieron que respirase aliviado. En silenció, contemplé aquel paisaje nocturno perdido en mis propios pensamientos que, en aquellos días, giraban en torno a la Liga de Villanos, a mis incontables pesadillas y a mi propia debilidad.

Apreté mi mano con fuerza en torno a la barandilla metálica que rodeaba la terraza, sin reparar en la luz que salía de la habitación de al lado. El ruido de la puerta corredera, arrastrándose hasta que un clac metálico puso fin a su recorrido, fue lo único que me advirtió de que no estaba solo. Sin embargo, para cuando quise darme cuenta, Kirishima ya se encontraba en la terraza.

—Tu tampoco puedes dormir, ¿verdad?

Fruncí el ceño, sintiendo de nuevo aquel molesto dolor de cabeza. Su ingenuidad, casi rayana en la estupidez, siempre conseguía sacarme de quicio. Sin embargo, aquella noche, yo no tenía ni tiempo ni ganas de lidiar con él, de modo que opté por ignorarle, con la esperanza de que acabara rindiéndose y volviendo a su habitación. Pero, por aquel entonces, yo no contaba con una valiosa información sobre Kirishima: la palabra “rendirse” no se encontraba dentro de su vocabulario.

—A mí, en general, no me cuesta dormirme. Me duermo en cualquier sitio: en el tren, en el autobús, en el coche… de veras, en increíble. Pero una vez que me desvelo, me cuesta volver a retomar el sueño y… bueno, de todas maneras ya faltan unas horas para que amanezca…

Seguí sin soltar palabra, aunque eso no pareció desmotivarle para continuar con su peculiar monólogo.

—Y, bueno… como he visto luz en tu cuarto he pensado «A lo mejor Bakugou tampoco puede dormir», y he decidido salir a hacerte compañía…

—De modo que esa ha sido tu brillante idea —le interrumpí, intentando controlar mi enfado—. ¿Es que acaso no tienes vida propia o qué, estúpido pelopincho? No tienes que preocuparte por mí, ¿sabes? No estoy loco, ni traumatizado ni nada que se te haya podido ocurrir. No necesito que nadie venga a salvarme, ¿de acuerdo? Y mucho menos un idiota como tú.

El recuerdo del Kirishima de mi sueño volvió a asaltarme. Me asombré de las similitudes que compartían sus expresiones: aquel gesto preocupado, temeroso, como si cualquier cosa que me dijera fuera a romperme… Lo odiaba, lo detestaba más que a nadie en el mundo, porque él era el único capaz de ver mi debilidad. Cada vez que me volvía estaba ahí, su mirada, taladrándome con aquella bendita lástima que no conseguía otra cosa que ponerme enfermo. Pero yo no le necesitaba, ni a él ni a nadie; y muy pronto se lo demostraría.

—¡Eh, Bakugou!

Levanté la mirada, a tiempo de ver como se impulsaba de un salto hacía mí, rompiendo la distancia que separaba su terraza de la mía. Su rostro desencajado y rojizo por el esfuerzo aterrizó a un palmo del mío.

—¡SE PUEDE SABER QUE HACES MALDITO ANORMAL! —exclamé cuando me sobrepuse a lo que acababa de presenciar—. ¿CÓMO SE TE OCURRE HACER ESO? ¿ACASO ESTÁS LOCO O QUÉ TE PASA?

—¡Calla y escúchame un momento!

Escucharle dirigirse a mí de aquella manera me sorprendió más que la locura que acababa de cometer y, sin saber cómo reaccionar, dejé que Kirishima se despachara a gusto, todavía con la cara a un palmo de la mía.

—Lo pillo, ¿vale? Eres el “gran y poderoso” Bakugou que no necesita que nadie le salve. El mismo Bakugou al que llevo escuchando levantándose todas las noches desde que llegó aquí. El Bakugou que es demasiado orgulloso para admitir que lleva teniendo pesadillas durante más de una semana.

—¿Cómo sabes qué…?

—Te escucho gritar, ¿sabes? Justo antes de despertarte, justo antes de encender la luz de tu habitación y salir a la terraza. Todas las malditas noches desde hace una semana… pero yo no he sido capaz de decirte nada hasta hoy.

Su labio inferior temblaba ligeramente, quise pensar que de rabia o frustración.

—¿Y por qué tendrías que haberme dicho algo, idiota?

—¡Pues por qué eres mi amigo! Y, por mucho que te cueste asimilarlo, yo me preocupo por mis amigos.

Observé a Kirishima, encontrando en su mirada el reflejo de aquellas noches de angustia e insomnio por las que ambos habíamos pasado. Unas profundas ojeras marcaban el contorno de sus ojos, al igual que los míos. Un sentimiento de culpa comenzó a morderme la nuca.

—Tienes la absurda idea de que tienes que hacerlo todo tu solo, pero deberías tener en cuenta que hay gente que también se preocupa por ti y sufre viéndote así.
Sus palabras me pusieron nervioso por alguna razón. Me provocaba una extraña vergüenza verle así, expresándose tan libremente cuando yo apenas era capaz de decir dos palabras seguidas. Algo en mi interior empezó a revolverse, y una incomoda sensación empezó a invadir mi cuerpo. Un sentimiento que, en aquel entonces, aún no llegaba a comprender.

—No deberías cargar con todo ese peso sobre tus hombros —continuó Kirishima—. Si algo te preocupa, puedes hablarlo conmigo… Lo sabes, ¿verdad?

Aquella pregunta salió de los labios de Kirishima en un susurro que se elevó hasta el cielo, mezclándose con la brisa nocturna. ¿Realmente lo sabía? Conocía a Kirishima desde hacía unos meses pero, desde un principio, siempre había tenido la sensación de que una fuerza misteriosa me empujaba irremediablemente hacía él. Fuera cual fuera el motivo o la situación, Kirishima siempre acababa a mi lado y, aunque yo jamás lo hubiera reconocido en voz alta, era ese el principal motivo por el que, la noche del secuestro, fui capaz de aceptar la mano que me tendía.

—Eres… un tío muy raro.

Aquella frase fue la única coherente que pude pronunciar aquella noche y, por extraño que pareciera, logró que me sintiera mejor. Kirishima, pareciendo intuir que aquellas palabras serían las más amables que podría escuchar de mis labios, sonrió. Era la primera vez en mi vida que le veía sonreír tan cerca de mí.

—Si es raro preocuparte por tus amigos entonces… ¡soy el tío más raro del mundo!

—Es una cosa bastante patética de la que sentirse orgulloso —comenté, siguiéndole la broma.

—Oh, venga vamos… No es nada nada varonil reírse de las debilidades de un amigo.

Una media sonrisa cruzó mi rostro, fugaz como una estrella. En boca de Kirishima, la palabra “amigo” evocaba un algo añorado, ansiado durante demasiado tiempo, y que traía consigo un sentimiento de calma que me resultaba muy familiar.

La noche empezaba a desvanecerse tras un horizonte anaranjado, por el que se adivinaba la silueta de un flagrante sol de verano. El silencio hacía rato que se había instalado entre nosotros y, sin poder evitarlo, dirigí una mirada efímera al rostro de Kirishima, quien observaba embelesado aquel amanecer. Los haces de luz formaban sombras en su rostro que acentuaban o ensombrecían sus rasgos a voluntad; sin embargo, su sonrisa permanecía intacta, imposible de oscurecer.

El sonido ensordecedor de los latidos de mi corazón me sirvió de advertencia y, finalmente, acabé retirando la mirada, mientras sentía la sangre bullir en mis mejillas. Cuando acabé por sosegarme, intenté atrapar otro vistazo fugaz de su rostro pero, para entonces, Kirishima ya se había percatado de mi mirada y, ajeno a las emociones que despertaba en mí, volvió a sonreírme.

—¿No deberías volver ya a tu habitación? —pregunté, intentando recuperar la normalidad.

—Ya, bueno. Lo cierto es que… No creo que pueda…

—¿Se puede saber que tonterías estás diciendo? Te recuerdo que has sido tu el que ha saltado de un balcón a otro sin pensárselo dos veces…

—Ya, pero eso ha sido producto de la adrenalina…

—Eres un imbécil.

—Así es como me pagas por mi preocupación.

—Me voy a la cama.

—¡Oye! ¡No serás capaz de dejarme aquí solo, ¿verdad?! ¡Oye! ¡Bakugou!

 

A partir de esa noche, las pesadillas empezaron a remitir. En la intensa oscuridad que envolvía mis sueños, al igual que mi vida, ahora brillaba una luz en la que podía refugiarme y que nunca, jamás, dejaría de alumbrarme.