Chapter Text
—¿Y bien?
La voz de Hua Cheng resonó en la cueva, haciendo estremecer ligeramente a su mensajero Yin Yu. Las mariposas plateadas revoloteaban a sus espaldas, iluminando con ligereza el oscuro lugar, místico y a la vez amenazador.
—El emperador Jun Wu tuvo un hijo —las palabras fueron dichas con lentitud, difícil saber si fue por el cansancio del viaje o por miedo al mensaje que estaba transmitiendo—. Dice que será una gran celebración.
Oh, pensó Hua Cheng, cambiando su posición en el trono de hilos de seda; el capullo de sus mariposas. Una gran celebración. Le fue imposible sonreír ante la noticia; cientos de ideas cruzando por su mente, viendo cómo aprovechar el escenario que ahora se le presentaba. La oportunidad para una venganza hace mucho esperada.
—Qué gran noticia.
Yin Yu parecía ser capaz de leer los pensamientos de su señor, pues inmediatamente se encogió en su lugar, temeroso.
Estaba demás preguntar si partirían de inmediato.
Las personas se aglomeraban en el palacio intentando poder ver al bebé, su príncipe heredero, Xie Lian. Todos repetían constantemente que había nacido bajo la estrella más afortunada; gloria y grandeza le esperaban en el futuro. Incluso entre las personas podían encontrarse algunas criaturas mágicas, dispuestas a formar alianzas con el rey y dar sus bendiciones al nuevo príncipe.
Se suponía que todos en el reino habían sido invitados, por supuesto que Hua Cheng era la única excepción, la excusa perfecta para su aparición. Esperó por el momento preciso antes de enviar a sus mariposas.
Un enjambre plateado.
Las voces de todos se agitaron cuando la columna de mariposas se elevó, descubriendo entre ellas una figura vestida de rojo con un cuervo negro en su hombro. El mismo nombre cruzó por la lengua de todos apenas lo distinguieron.
«La Calamidad Roja, Lluvia Sangrienta».
—No eres bienvenido aquí.
Los guardias reales, Mu Qing y Feng Xin, se pararon frente a su emperador, preparados para bloquear el avance de Hua Cheng. Ver su esfuerzo por detenerlo casi lo hizo reír.
—¿No? Y yo que creía que la invitación se debió perder en el correo, no llegan muchas cartas al bosque oscuro —fingía sentir cierta aflicción mientras hablaba, como si en verdad le afectara no haber sido invitado a una celebración como esa—. Incluso había preparado un regalo.
—No queremos ningún regalo tuyo —fue Jun Wu quien habló esta vez, levantándose de su lugar para darle fuerza a sus palabras.
Esta vez Hua Cheng no contuvo su risa.
—Háganse a un lado —ordenó con un movimiento de sus manos, enviando a sus mariposas plateadas hacia los dos guardias para que los mantuvieran ocupados unos segundos.
Bajó sus hombros un poco, enderezando más su postura, y permitió que Yin Yu expandiera sus alas y aleteara lejos, formando círculos sobre las personas en el palacio. Una amenaza silenciosa perfecta para los cobardes, aunque el cuervo no pudiera hacer mucho su simple apariencia y significado era lo único que necesitaba para que nadie lo molestara.
Hua Cheng bordeó la cuna tomándose su tiempo, recargando una de sus manos en ella mientras veía al bebé descansando dentro. Ojos cafés le regresaron la mirada; había un ligero toque de azul en su infantil mirada.
Tan inconsciente de la amenaza frente a él el bebé sonrió, seguramente pensando en lo lindas que eran las mariposas plateadas que estaban revoloteando cerca. Aunque era demasiado joven todavía, era fácil imaginar que se convertiría en un joven atractivo en el futuro.
—Escuchen bien.
El silencio en la habitación hacía sonar sus palabras con más fuerza de la usual. Una resonancia más agradable que la que había en la cueva en la que vivía. En lugar del eco ocasionado por el vacío y la piedra solida, ahora era el silencio temeroso de otras personas lo que maximizaba sus palabras.
Tan agradable.
Se tomó un momento para disfrutar de la sensación antes de continuar.
—El príncipe crecerá con gracia y belleza, amado por todo aquel que lo conozca —antes de continuar envió una mirada más hacia Jun Wu.
Su único ojo expresando su deseo antes de que sus palabras lo dijeran en voz alta. Le estaba dando una oportunidad para cambiar las cosas, para regresarle aquello que le había robado en el pasado, pero el emperador se limitó a quedarse en su lugar.
Bien, era mejor para él
—Pero —enfatizó la palabra, mirando a cada individuo en la habitación mientras sonreía—. En su decimoséptimo cumpleaños, se pinchará el dedo con una rosa. Caerá en un sueño mortal —las mariposas se agitaron a su alrededor, emocionadas. El cuervo graznó. Los ojos de todos estaban en la figura vestida de rojo; temerosos de sus palabras—. Un sueño del que nunca despertará.
Por un instante sintió lástima por el bebé. Era injusto pagar por las acciones de los padres, pero era la única forma en la que Hua Cheng podía dañar a Jun Wu sin ser directo.
El medio adecuado.
Una risa provino del bebé mientras estiraba una de sus pequeñas manos para alcanzar una de las mariposas cercanas a él. Ésta se posó con delicadeza en su frente después de rodearlo un par de veces. Permaneció ahí unos breves segundos antes de alejarse aleteando.
—Les daré una oportunidad —dijo sin pensarlo demasiado—. Si alejan al pequeño príncipe del palacio, de una vida acomodada, desconociendo su origen, puede que nunca se encuentre con aquella flor.
Ese ligero cambio le pareció más justo.
Si aquel príncipe vivía alejado de su familia traería el sufrimiento que Hua Cheng deseaba a Jun Wu, además de que le aseguraba en cierta medida una vida feliz, lejos de la influencia del emperador. Podría convertirse en un joven amable y lleno de gracia muy distinto a la naturaleza de su sangre.
No esperó a las reacciones de los presentes cuando elevó su manto de mariposas plateadas otra vez. Yin Yu regresó a su lugar en su hombro y disfrutó de las expresiones aterradas y confundidas de las personas antes de desaparecer en una columna de mariposas. Un sello permanente de su maldición quedando atrás mientras lo hacía.
Justo como lo imaginó, el emperador Jun Wu tomó medidas apenas Hua Cheng desapareció. La idea de cortar todas las rosas en el reino era algo demasiado descabellado, por lo que terminó enviando a sus dos guardias a una cabaña alejada del castillo. Feng Xin y Mu Qing se encargarían de criar y cuidar al príncipe Xie Lian hasta que éste tuviera diecisiete años y un día. La fecha de la expiración de la maldición.
En ese tiempo el emperador usaría todos sus recursos para poder atravesar la barrera impenetrable que había puesto Hua Cheng alrededor de su fortaleza, buscando una alternativa a la situación.
Mientras tanto, la Calamidad Roja se divertía yendo a la cabaña en la que se suponía el príncipe estaba siendo ocultado, forma de comprobar que se cumplía su sentencia. Yin Yu había seguido a los guardias para saber la ubicación y era un espectáculo completo ver cómo ambos se relacionaban. Discutiendo cada dos oraciones. Sin duda personas que no tenían ni idea de cómo cuidar a un bebé. Era difícil entender por qué los habían escogido a ellos de todas las opciones posibles.
—¡Calienta la leche! —gritó uno de ellos, meciendo al bebé que se movía inquieto en sus brazos.
—¡Eso estoy haciendo! —respondió con la misma irritación en su voz.
La cazuela estaba enrojecida en la parte que tocaba directamente el fuego, la leche burbujeando. Incluso desde donde estaba, Hua Cheng podía oler cómo se evaporaba.
—¡DEJA DE GRITAR! ¡Lo estás asustando!
—¡TÚ ERES EL ÚNICO QUE ESTÁ GRITANDO!
El bebé comenzó a llorar como respuesta a los gritos.
Hua Cheng y Yin Yu sólo pudieron encogerse de hombros al ver cómo la cazuela con leche caía al suelo haciendo un desastre, mientras el otro mecía de una forma extraña al bebé en sus brazos. Más gritos sin sentido fueron intercambiados mientras trataban de aplacar el llanto fingiendo voces y haciendo gestos que se suponían debían ser graciosos. La escena sería divertida si no fuera tan lamentable.
—Espero que no lo maten antes de que crezca —suspiró Hua Cheng.
El cuervo asintió.
