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Relationships:
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Language:
Español
Stats:
Published:
2020-03-31
Words:
1,980
Chapters:
1/1
Comments:
1
Kudos:
8
Hits:
170

Luciérnagas

Summary:

Tras tomar cierta distancia del otro por sus respectivas responsabilidades, Elias y Chise deciden pasar la noche juntos fuera de casa. Seguidas de una invitación, gentiles revelaciones se presentan en el hermoso escenario ante sus ojos.

Notes:

La relación de estos personajes está establecida como una platónica muy cercana en el manga, y yo la interpreto de esta forma por factores como la edad de Chise y la moralidad ocasionalmente difusa de Elias. Este trabajo se realizó enteramente reconociéndolos como algo fuera de lo romántico.

Work Text:

Sintiendo en la piel el aire fresco de esa noche de verano, divisó el cielo despejado, tenue tras el encanto del viento. La cantidad de estrellas hoy sería suficiente para asegurar una eterna estación tibia, si éstas tuvieran la opción de acercarse. Chise pudo entender solo así cuánto había extrañado ese sentimiento donde, ocasionalmente, el silencio es una canción de cuna.

Los días previos se habían colmado de proyectos de la universidad, tanto para ella como para Elias. El efecto de la soledad sobre el mago había llegado al punto de volver su apetito más voraz de lo usual. En un intento de evadir la ira de Silky, la "maestra de emociones", entre tolerante y enternecida, finalmente sugirió ir a dar un paseo, los dos solos.

Los pasos pausados sirvieron a ambos como una vuelta a la vida y a la realidad, después de un reconocible esfuerzo por seguir el ritmo universitario. Un brillo inadvertido se escondía en la hierba, y estas luces anónimas traían al paisaje la ilusión de generosas estrellas iluminando cielo y tierra. La aprendiz se detuvo a contemplar este prado hechizante. El mago la acompañó, sin un indicio que permita descifrar si lo hacía porque esta bella magia llegó a él, o solo por quedarse con ella. Hasta aquí, el paseo había transcurrido en pleno silencio.

La piel oscura del mago resguardaba, bajo el estoicismo usual, una foránea electricidad que tensaba los músculos de las manos. Junto al novedoso hábito de sentir curiosidad por los demás, y los descubrimientos que constantemente resignificaban las palabras de Chise sobre "un mundo más grande del que pensaba", venía una insistente intriga por los detalles de la vida humana universalmente.

Aún más molesta que la inquietud era su insatisfacción ante las respuestas de sus conocidos, sea Simon o Renfred; la cual no era posiblemente justificable por la superficialidad intelectual de alguno de ellos, para nada. Lo más cerca que estaba Elias de entender la trampa en el reclamo de una definición única de humanidad era la casi visceral demanda por las perspectivas de su esposa. Simples, introspectivas y tranquilizadoras como eran.

Al recordar la calma particular de éstas, la idea de utilizar las propias surge inmediatamente, como si hubiera estado a plena vista todo este tiempo.

— Chise, ¿cómo se siente la música?

Las corrientes encontraban su camino entre las hojas de los árboles, mientras la usual inexpresividad y un gesto sorprendido cruzaban miradas.

— Aunque siempre la he entendido como otra vía mágica, vendría a ser la única que parece tener tanta importancia en las personas—, agregó. —Incluso para los humanos normales, sin conocimiento mágico, evoca tanta emoción... ¿Por qué es eso?

La sorpresa en los ojos de Chise se tiñó de un fulgor propio de las estrellas; ellas, a partir de estas preguntas, pasaron de ser las contempladas a volverse espectadoras. Retiró la mirada de sus ojos infantiles para mirar el paisaje. Una pequeña expresión de orgullo se dibujó en su sonrisa, y comenzó a pensar una respuesta.

—Creo que... las personas están muy ocupadas con sus responsabilidades diarias, y si se descuidan, a veces pueden olvidarse de partes importantes de sí mismas.— Invitada por la brisa a pronunciar en un tono gentil, continuó: —La música, en este sentido, es parecida a un lago quieto reflejando árboles, pájaros y el cielo; muestra los aspectos verdaderos de un alma, como un espejo. Incluso si la intención del compositor no es esta, incluso si las personas no sabían que tenían preguntas... son respondidas.

—"Como un espejo"... quizá pueda entenderlo—, afirmó el mago, ahora con calma, mientras la observaba con atención. —¿Qué hacen cuando eso pasa, entonces?

—Ah, bueno...— Chise titubeó. —Lo disfrutan, supongo. También cantan y bailan.

—¿Por qué?

—Es de esas cosas que el cuerpo hace antes de que la mente pueda reaccionar. Pero, déjame ver... si tuviera que explicarlo...— y agregó, luego de una corta pausa: —Quieren contarle de esa felicidad a alguien más, igual que cuando nosotros hablamos. Pero no es una que puedas poner en palabras. Entonces, solo buscan otros lenguajes.

—Entiendo.

Finalmente satisfecho con la respuesta, Elias se dispuso a ver el mismo cielo que ella. La presencia de decenas de árboles frente a la pareja se manifestó firme, como si el viento hubiera traído de su viaje la esencia a la nariz y la gentileza al pecho.

Recién entonces se revelaría la irrevocable decisión de cada rama: si extenderse hacia ellos o envolverse en sí mismas, si ver hacia el cielo o a la tierra, si encorvarse o estirarse. El camino realizado por la luz y por sus propios ojos, sus encrucijadas entre cada hueco... Una infinidad de tonos verdes hablaban en su mudeza sobre la certeza de un destino, aún si la razón sirviera a la consciencia como su escudo. La luz del tiempo, que se percibe a sí mismo entero, haría también su camino hacia todo ser.

De repente, la inquietud de nuevo se asomó tras la espalda de Elias, como si de una travesura se tratara, para exaltar el brillo de los rubíes habitando las cuencas en el material simil al hueso que componía su cara. Resguardaban una sugerencia, verbalizada por la curiosidad que se decidió a hablar.

—Chise... ¿Bailarías conmigo?

Lo que en otro momento habría sido un "no" tembloroso, se manifestó como una risita. Tras considerar que ya la habían guiado una vez en la Tierra de los Dragones, no vio razón para negarse. Lo miró a los ojos, y finalmente pronunció en un tono suave: —Está bien.

La agilidad con la que Elias la tomó de la cintura sorprendió a Chise, tanto por la respuesta rápida, como por sugerir que era un movimiento que previamente había observado en otro momento; quién sabe si él recuerda dónde. La palma izquierda de su aprendiz, vacilante, se acomodó en el hombro de su maestro. Al tomarse de las manos, el espacio que se cerraba entre estas parecía crear un fulgor, invisible al ojo humano, hasta compactarse en la familiar calidez que irradiaba el contacto.

Habitaban en su cabeza, mientras tanto, los momentos de su vida secundaria en los que a Chise se le pedía contextualizar números, vidas perdidas y distantes, en los libros de Historia. Cada vez que se le pedía tantear el horror a través de la imaginación, ella solo podía pensar en el silencio.

La cercanía a las víctimas de guerra, a cada protagonista de las posteriores conquistas sociales, era genuina si pensaba en que todos estos sucesos sucedían en un silencio absoluto, ocasionalmente interrumpido por gritos o estruendos de armas. Esto, para ella y algunas otras almas heridas, había dejado de ser algo asociado solo a la ausencia de sonido: el silencio había construido un lugar, una cara, un espacio en la garganta. El dolor a lo largo de su vida jamás había extrañado su compañía, y en similar esencia, se había vuelto familiar.

Sin embargo, el de hoy tenía un tomo distinto. Una intención brillando. Hoy había decidido no encerrarse en esta idea abstracta, la misma que susurraba sobre sus verdades como un muro construido entre ella y todo humano que encuentre. Esta misma noche habría aparecido en las manos una invitación gentil, tomando su duelo y su amor con la misma gentileza.

Dieron uno, dos y tres pasos; algunos agraciados y otros más risueños. Para cuando se hizo presente el obvio detalle de la ausencia de la música, la conversación que los llevó a bailar juntos en primer lugar, se dieron cuenta de lo innecesaria que se había vuelto. O, mas bien, de la nueva dimensión que había adquirido en su definición: mientras más silencio hacían, más notable era la armonía entre la mudeza de las hojas, la mirada fija de las estrellas y la dulzura de los pastos que crujían bajo los pies.

 

Al abrir los ojos, el descubrimiento de flores cristalinas emergiendo, irrestrictas y enérgicas, llenó de asombro ambas miradas; el brote de un milagro se abría en ambos corazones. El exceso de magia había enrraizado una escena irrevocablemente despierta, contrastando el adormecido paisaje que habitaban hasta hace unos momentos. Los curvos tallos crecían hasta la altura de sus rodillas, con la apariencia de lánguidas plantas sobre las que se abrían flores de la delicadeza de cientos de burbujas.

Tal ofrenda había logrado que hasta las hadas más tímidas y solitarias se asomen a ver. Algunas no esperaron siquiera palabra: con cada paso de la pareja se incorporaron en un ensamblaje de los sopranos más angelicales, otras incluso danzando en un rondó. Cada labio de las bocas entreabiertas vuelto un tierno arco, que transformaba la inefabilidad del aire mudo en el audible mensaje de un milagro, encontrado en dedos entrelazados.

 

Una corazonada narraría sobre este lugar como alejado de las harpas orquestadas en el Cielo, pero cercano a la tierra y sus aguas. Sin embargo, algo que escapa incluso al lenguaje nacía entre ellos... Un débil recuerdo aparecería solo en la mente de aquellos antiguos a las divisiones e incluso a la forma de la materia. Una pieza más de evidencia en la tesis de Elias, un fragmento del diario de Chise: ambos escritos en algo más eterno que el papel.

En la cuna de esta magia se encontraba un infantil brillo en los ojos rojos y una sonrisa amorosa. No sería esta la primera vez que el hogar añorado por décadas, siglos y milenios se manifestaba bajo la guardia estrellada; y sin embargo, jamás su presencia se haría tan clara.

Este escenario animaría a Chise a pronunciar: –¿...Elias?

–¿Sí?

–¿Sabes...?–, los labios temblándole un poquito. Continuó en un tono más bajo: –Creo que solo ahora puedo entender la magnitud de ciertas emociones.

–Oh–, exclama; pero la confusión no tarda en hacer su aparición. –...Explícame.

–Joseph sintió tanto, tanto odio hacia su propia vida, que comenzó a despreciar la del resto de seres vivos, ¿verdad? Y yo misma sentí tanto, tanto miedo, por tanto tiempo... La opción de tener algo dentro mío que no fuera egoísmo me atemorizaba–. Una mezcla de tristeza y vergüenza se apoderó de su tono de voz, hasta introducirse cierto alivio. –... Por supuesto que la posibilidad de un mundo más grande que el que estaba en mi mente me haría sentir acorralada.

Continuaban meciéndose en este aire luminoso, que encontró el camino hasta cierto par de orbes rojos.

–¿...Cómo se siente el amor?

En su traje se acurrucó, tímida, una cabeza de cabello y mejillas rojas. La respuesta que comenzaba a formularse la había sorprendido incluso a ella.

–No es tan distinto a la felicidad... Quizá... Bueno, son las mismas "cosquillas"–, explicó. –Pero la felicidad no puede ser eterna, ni está dirigida a algo en particular. Pero amar recuerdos, pasatiempos, tu vida, a una persona y a muchas... no es lo mismo, simplemente. Puede durar una vida. Igual que el odio y el miedo, ese amor también termina llegando a otras cosas, aún si no te das cuenta.

La maestra observó cómo su aprendiz se sumía en un profundo pensamiento, hasta finalmente abrirse su boca.

–Yo creo que siento amor por flores que crecieron y la sensación especial del viento hoy, incluso si no es la primera vez que salgo de noche. Ah, la luz de las estrellas igual–, enumeraba cada parte de esta escena manifiesta ante sus ojos. Pero no dijo lo siguiente hasta llegar a su cabeza apenas un atisbo de la belleza que lo visitaba hoy. –Chise... ¿eso es porque te amo?

El cielo, la magia y ambos ojos cubiertos de un brillo redescubierto se unificaron en el crescendo creado por aquella pregunta. Se inauguraba un silencio que la continuaba, y no guardaba lamentos esta vez. Por primera vez...

Quietos, mientras se tomaban las manos, brotaba en algún árbol viejo la celebración de hoy. En las mentes de hadas y en las mentes humanas, se asomaba una propuesta a pensar: "la lluvia de abril trajo las flores de mayo".