Chapter Text
Madame Lan observó a la ensalada desabrida y medicinal que yacía en la mesa con una dosis sana de disgusto. El bebé en su vientre necesitaba nutrientes; sus papilas gustativas exigían el sazón de los bollos de carne que vendían en Caiyi.
Pero el amor de Qingheng-jun tenía límites. Y traerle comida con sabor a la esposa que mantenía encerrada en una cabaña rodeada de gencianas era uno de ellos.
Cogió con manos tensas el vaso humeante de té que le habían dejado al lado de su comida para esa tarde, e intentó no maldecir, ni siquiera en el rincón más recóndito de su mente, a los culpables de su predicamento. ¡GuanYin no quisiera que su bebé terminara como el difunto maestro de Qingheng-jun, o peor aún, como el mismo Qingheng-jun!
Es amor a primera vista, o eso es con lo que se excusa él cuando ella tiene que ir a defenderlo de un Yao cuando regresó de una caza nocturna.
—¡Cásate conmigo! —exclama él con toda la convicción de un adolescente. El agarre en su espada sigue siendo inexperto y tan poco eficiente que ella misma tiene que acudir a su ayuda nuevamente.
Su risa ante tal petición es tan ruidosa que los animales que se encontraban vagando por el área se espantan por un momento. Ella limpia su espada con un pañuelo que tenía por ahí y la vuelve a envainar con un movimiento fluido. —No gracias, no quiero estar atada a ninguna secta. Soy feliz como cultivadora errante.
Hace poco él acaba de ganarse el título de Qingheng-jun, futuro heredero de la secta GusuLan, y se dice a sí mismo que la cultivadora errante que se encontró tras regresar de una caza nocturna en las afueras de Receso en la Nube será su futura esposa.
—Bien, Madame Lan. Según lo que vi en la tabla, si quiere que su segundo hijo sea también varón, el tiempo más auspicioso es dos años después de éste. —le anunció la doctora, la única para todas las cultivadoras femeninas en Receso en la Nube, durante uno de sus chequeos semanales.
—¿Y si quiero en vez una hija? —no quiere una hija, no quiere someterla a esta prisión de gencianas ni a los caprichos de la familia de su futuro marido. Pero Qingheng-jun quiere hijos que puedan heredar la secta, y la bilis en su garganta cada que piensa en su jaula de oro y madera hace casi imposible el contenerse de hacerlo enojar. Ahora mismo su ceño se frunció. No quiere una hija. Pero no puede privarle de mucho más en esta condición.
Si la doctora se sorprendió por su pregunta, no lo demostró. Tomó su pulso y contestó sin dudar—: En cuanto acabe con el zuo yuezi podrá intentar tener otro hijo. Este bebé nacerá cerca del festival de otoño, y con la luna llena habrá mucha energía yin. Procure comer mucha comida fría durante ese tiempo, también. —la chica recogió su kit médico, demasiado alegre para pertenecer a GusuLan, pero Lanying le estaba agradecida por hacer de sus días más amenos.
Cuando pisó Gusu por primera vez, se dijo que el aire fresco de las montañas era perfecto para cultivar. Se dijo que quería una cabaña para poder vivir ahí, cazando los pocos monstruos que se aventuraban por ahí y comiendo la comida deliciosa de Caiyi. Con uno o dos pequeños que hicieran desastre en la casa.
Mientras regresaba a su cama por órdenes de la doctora, pensó que así no es como lo había soñado.
A diferencia de Cangse Sanren, Lin Lanying hace un intento por obedecer las reglas de GusuLan mientras fue su invitada.
E igualmente a diferencia de Canse Sanren, Lin Lanying no es una cultivadora que cautivara a las miradas masculinas a donde quiera que fuera.
Sin embargo, hay algo en ella que atrapa, casi inevitablemente, la atención de un hombre y su maestro. Quizás es la gentileza con la que trata a los niños, la facilidad con la que medita, la suave curva de su sonrisa o el que el primer carácter de su nombre coincida con el de los Lan.
De cualquier manera, esos ojos siguen a su figura en las áreas comunales. Y Lin Lanying no lo nota hasta que es demasiado tarde.
Un sirviente trajo ese día un nuevo regalo de Qingheng-jun. Otro libro sobre huayu.
Madame Lan trazó levemente con los dedos los caracteres que aparecían en la portada. Tuvo el impulso de destrozarlo, página por página, a pesar de que seguramente los poemas con los que explicaba el significado de cada flor eran preciosos. Pero sabía que si hacía algo como eso, la atarían a su cama.
—Debe procurar descansar lo más posible, —le había advertido la doctora antes de quitarle su set de costura—. Si se esfuerza demasiado, podría haber complicaciones más adelante.
Observó a la comida en la mesa (de nuevo ensalada con algo de frijoles, papa y una taza de té; todas comidas frías para ayudarle con el embarazo, sin nada de especias ni nada que ayude a contrarrestar lo insípido, casi medicinal de la comida de GusuLan) con una dosis sana de desprecio. Extrañaba poder comer lo que quisiera, sin preocuparse por más que los regaños de su madre de que no era una comida balanceada.
Pero no podía comer cordero porque al bebé podría darle epilepsia, ni cangrejo porque al bebé podrían salirle manos de tenazas, ni conejo para que no tenga el labio deforme, ¡y por supuesto que tampoco podía comer piña! (¡Su fruta favorita!) ¿Acaso quieres perder al bebé!
No cosas ni tejas, Lanyin, podría pasarle algo al bebé, no hables mal de la gente, no seas avariciosa, no hables demasiado porque así no encontrarás esposo.
Madame Lan siempre pensó que adoraría ser madre, corretear a dos o tres pequeños en su tranquila cabaña en las montañas. Estaría ahí con su marido apoyándola y cazando juntos en las noches. Tendrían un precioso prado con muchas flores.
No estaría encerrada de por vida, con sólo las gencianas y la doctora como compañía.
Con lágrimas tan amargas como el té, dejó el libro junto con los otros que su esposo le había regalado en lo que llevaba de seclusión.
Lo ve de nuevo un día en la biblioteca.
Ya lleva una semana como cultivadora visitante, y al no encontrar un libro en la biblioteca para mujeres, la maestra le permite ir a la biblioteca para hombres a buscarlo.
—La mujeres no están permitidas aquí. —dice una voz masculina detrás de ella, y ella está lista para mostrar el permiso firmado por la maestra hasta que ve la sonrisa traviesa en su rostro. Entonces sólo rueda los ojos y continúa buscando. Él parece no tomarse muy bien el ser ignorado (un heredero tenía que ser), pues se acerca a ella y la toma del codo—. ¿Necesitas ayuda para buscar algo? —ella lo aleja con un bien aplicado manotazo y vuelve a revisar otro pergamino.
—Puedo encontrar perfectamente lo que busco, muchas gracias. —le sonríe y vuelve a lo suyo, pero él no se da por vencido.
—Conozco mejor que nadie esta biblioteca, créeme que pedirme ayuda te ahorrará horas de tu preciado día. —y con un suspiro hartado, ella se siente tentada de acceder.
—Pero estoy segura que Qingheng-jun querrá algo a cambio, y no sé qué podría una cultivadora errante como yo ofrecerle al futuro líder de secta. —frunce el ceño cuando el texto que tomó se va en una tangente que no le interesa, y se dice que es lista por haber averiguado la identidad del Lan que tanto le insistía.
Qingheng-jun ríe y Lanying se dice que no le gusta ese sonido, tan alien en medio de la calma de Receso en la Nube. —Ya te dije que lo único que quiero es tu mano en matrimonio. —y las manos de Lanying son un poco bruscas cuando enrollan el pergamino y lo vuelven a poner en su lugar, pero es entendible su molestia y— está bien, está bien. Sólo… permíteme recitarte unos poemas. Juro que no tienes que responder.
Lanying se relame los labios y decide acceder. —Lan-gunian me dijo que aquí podía encontrar “Teoría musical de los cinco elementos”. —Qingheng-jun sonríe triunfal y la guía a través de la biblioteca.
—Por aquí.
Madame Lan no pudo evitar del todo los horribles berridos que salían de sus labios en conjunto con la bilis. El olor ácido y el agujero que quemaba en su estómago la hacían sentirse miserable, y mientras lloraba al pie de su cama, con una cubeta en brazos, Lanying se preguntó qué hizo para merecer esto.
Ya casi había pasado la etapa donde tenía náuseas. De hecho, con su núcleo dorado ya debió haberla superado. Y la doctora no puede hacer mucho más que recomendarle algunas hierbas para que tome junto con su té. Pero sólo un par de días porque podría tener efectos secundarios en el bebé.
Se quedó llorando ahí una hora más antes de irse a la bañera, con el agua fría que le habían preparado, y se metió a bañar.
—Cangse-shijie, —le habla un día mientras les enseñan canciones de GusuLan. La otra cultivadora errante no parece estar prestando atención, así que toma la distracción que Lanying le ofrece casi agradecida— ¿cómo le haces para lidiar con el discípulo de YunmengJiang que todo el tiempo se te propone? —lo había hecho más de un par de veces, y Cangse Sanren (discípula de la inmortal Baoshan Sangren que es) nunca parece molesta por las insinuaciones que hace en los espacios comunales.
—Me parece tierno, —confiesa mientras bocetea algo en la hoja de bambú que tiene en su mesa. Parece uno de los conejos que hay en los alrededores, y Lanying no puede sino admirar el talento de su compañera para dibujar tan bello—. Además de que parece ir en serio. Si logra obtener algo sustancioso para la siguiente caza nocturna, lo consideraré. —da un último trazo a su conejo, satisfecha, y luego se vuelve a ella—. Así que Qingheng-jun no se ha rendido contigo, ¿eh? —el brillo travieso en sus ojos hace que Lanying se sienta cohibida, expuesta de alguna manera.
—Algo así. —responde, apartando la vista para prestar atención a la clase.
Madame Lan se encontraba en medio de un trazo de caligrafía cuando lo sintió.
Ella había sido una hija única (en parte su razón para convertirse en cultivadora), así que nunca vio a su madre estar embarazada. Pero algunas de sus tías le contaban cuando visitaban que ella pateaba mucho, incluso antes del tiempo que usualmente pateaban los bebés. Era un signo de que nacería y moriría peleando (la razón por la que le permitieron volverse cultivadora).
Pero el movimiento en su estómago… eso era, sin duda alguna, la patada de su bebé. Del hijo que dentro de poco sostendría en sus brazos.
Una calidez inundó su pecho, se sentía sospechosamente parecido a la felicidad.
Lo conoce por primera vez en otra de sus idas a la biblioteca.
Entra porque va a consultar unas partituras, y se siente casi decepcionada de no ver a Qingheng-jun por la ventana, leyendo mil y un poemas de amor como el romántico empedernido que es.
En vez, ve a uno de los maestros, consultando un pergamino que parece más viejo que Lanying.
—Las mujeres están prohibidas en esta área. —regaña sin levantar la vista, y Lanying se dice que a él sí necesita mostrarle su permiso.
—La instructora me dio un permiso firmado para consultar unas partituras, maestro Lan. —responde con toda la diplomacia que puede. Nunca le gusta venir ahí, a pesar del preciosísimo árbol de magnolias afuera.
El maestro chasquea la lengua, y Lanying tiene que resistirse de rodar los ojos ante su condescendencia. —Tch, una cultivadora extranjera revisando las partituras de los Lan. ¡Ni siquiera la discípula de Baoshan Sangren es tan blasfema! Las partituras de GusuLan son sólo para los Lan.
Ella hace reverencia, clasificando los pergaminos que podrían servirle. —Disculpe la ofensa que pueda causarle, maestro Lan. Con su permiso. —y se da la vuelta para ir a recogerlos, pero una mano en su muñeca la detiene. Esta vez no tiene la audacia de darle un manotazo por irrumpir en su espacio personal, pero sí jala su mano para liberarse. No puede darse el lujo de ser irrespetuosa con uno de los maestros, al fin y al cabo.
—No deberías estar aquí. —traga grueso y vuelve a darle una reverencia.
—No estaré por mucho tiempo. Con su permiso. —y camina lo más rápido que puede a donde están las partituras.
El parto llega a mediados del festival de medio otoño, el día dieciocho del octavo mes. Desafortunadamente para Lanying, fue sin la compañía de su madre o de alguna tía que pudiera aconsejarle cómo cuidar a su hijo.
La mayoría de los discípulos habían ido a Caiyi a celebrar, así que había sido un golpe de suerte que la doctora y la partera se hubieran quedado por si sucedía algo, y que ese día le tocara revisión.
—No grite, por favor. Atraerá a los malos espíritus. —le ordena la partera mientras la ayudan a mantenerse en pie—. Enfóquese mejor en pujar.
—¿Cómo no quiere que grite? —le responde, sintiendo cómo si se estuviera partiendo en dos—. ¿De qué otra manera quiere que alivie mi dolor? —su pregunta se interrumpe por otro grito, y la partera parece hartarse porque de repente su boca ya no se puede abrir, y su llanto se ve ahogado por la maldición de silencio de los Lan.
Pasaron horas que a Lanying se le hace una eternidad, y todo se vuelve borroso cuando la doctora le pone un collar a su hijo antes de cortarle el cordón umbilical. Sus lágrimas se vuelven de alegría y se inclina para abrazar a su hijo, pero la partera la aleja y la vuelve a recostar en la cama.
—Descanse.
Y quiere que le den a su hijo, quiere verlo, acariciarlo. Acallar su llanto y asegurarle que lo amaba. No quiere que los separen tan pronto.
Debió sospechar cuando él se ofreció a supervisar su caza nocturna.
Sus manos tiemblan con el conocimiento de que utilizó su preciada espada de cultivación para acabar con una vida humana, con el frío que se cuela entre su ropa rasgada, y cuando por fin se detiene para respirar, expulsa todo lo que comió al pie del árbol sobre el que se apoya.
Así es como la encuentra Qingheng-jun cuando regresa de su propia caza nocturna, en completo desasosiego y llorando sin remedio.
—¡Lanying! —exclama, y la preocupación en su voz es tan genuina, y el alivio que siente es tan grande, que a Lanying no se le pasa por la cabeza regañarlo por usar sólo su nombre de pila—. ¿Qué sucedió?
—T-tu maestro… —su voz tiembla y ella se encoge, pero sabe que eventualmente descubrirán el cadáver y decirle a él será su mejor oportunidad de salir viva de esto—. Él quería forzarme… y yo… no me quedaba otra alternativa… —sacude la cabeza con violencia, sin saber de qué otra forma expresar su desesperación— ¡ahora tu secta me matará!
Qingheng-jun jadea sorprendido. —¿Asesinaste a mi maestro? —hay un mar de emociones conflictivas en sus ojos normalmente apacibles. Lanying asiente con la cabeza, rogándole que le ayudara, y al cabo de un par de segundos en los que ella sigue llorando, toma una decisión—. Ven conmigo. —ella toma la mano que le ofrece y él mira a ambos lados, como asegurándose que nadie los sigue, antes de llevarla de vuelta a la secta y al lugar al que Lanying nunca se atrevió a entrar por sentido y respeto común.
El salón ancestral Lan.
La ansiedad se solidifica en su estómago, pero aun así confía en Qingheng-jun, porque a pesar de sus declaraciones exageradas, parece ser alguien honorable, y cualquier cosa que haga ahí…
Qingheng-jun se arrodilla, e invita a Lanying a que haga lo mismo. Un kowtow al cielo y la tierra, otro a los padres y otro a…
—Cásate conmigo. Es la única manera de la que puedo protegerte.
...Lanying da un último kowtow a su esposo, sabiendo que el tiene la razón. Aún si su corazón llora por no tener un vestido de lujosas sedas rojas, una ceremonia del té, o la oportunidad de decirle a su padre quién fue el cerdo que se comió sus coles de napa.
Da un último kowtow y acepta los labios de Qingheng-jun sobre los suyos.
Es el día treinta del zuo yuezi y madame Lan no podría estar más feliz.
—Al fin tu madre podrá tomarse un baño, Huan-er, que apesta. —frunce la nariz y pica la del bebé, quien sólo suelta una risita—. ¿No te sientes feliz? Podrás salir de aquí y disfrutarás de un banquete. Todos celebrarán tu nacimiento como el de un príncipe.
Huan-er no responde, y madame Lan espera un par de horas a que le de hambre para amamantarlo.
La primera semana fue la más difícil de su vida. A pesar de los llantos del pequeño Huan-er, ni la doctora ni la partera le permitieron sostenerlo en brazos; no fue sino hasta el noveno día, en el que decidió su nombre, que se lo entregaron con un orgulloso—: Ya verá cómo no será muy apegado a usted. —como si un hijo desapegado fuera lo más maravilloso del mundo.
Fue difícil aprender qué significaba cada queja del bebé, pero después de pasar treinta días encerrados, madame Lan puede decir que se volvió buena en esto. Seguían sin permitirle comer carne por la estricta dieta vegetariana de GusuLan, pero ahora ya le permitían comer comida caliente (lo recomendaban, de hecho, por lo helado que se sentía el post-parto). Jamás creyó que extrañaría el arroz glutinoso.
Qingheng-jun llegó al caer el atardecer, listo para llevarse a Huan-er para darle su primer baño y presentarlo como heredero de la secta. Madame Lan tarareó una nana que recuerda de su madre, le dio un beso en su frente y se despidió con lágrimas en los ojos. —Te veré después, Huan-er. Pórtate bien con tu padre.
Y cuando esposo e hijo salieron de la estancia, madame Lan se levantó de la cama que fue su confinamiento durante treinta días, se sumergió en la bañera que le prepararon, se vistió para celebrar el primer mes de su hijo, y se sentó en la mesita a esperar como la sumisa esposa que nunca quiso ser.
