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Inocente
La vida de Jin Guangyao, todos los días, es potencialmente peligrosa y divertida. Lidiar en soledad con un hiperactivo niño de diez años no supone molestia alguna si este no intenta cada media hora algún nuevo juego que pondrá su vida de cabeza.
Normalmente inicia a las cuatro de la mañana: abre lentamente los ojos, parpadea, alejando la somnolencia y como todos los días desde que ella cruzó la puerta para nunca más volver, Jin Guangyao observa la soledad en su habitación. El primer día, la soledad dolió, más por la costumbre que por verdadera necesidad. Con el paso del tiempo se fue acostumbrando a la idea, incluso a sobrellevar que su ahora exesposa ya no está ahí para ayudarlo a lidiar con su pequeño vendaval.
No es como si pudiera, hay una firma involuntaria de por medio que los inhibe a ambos.
Cuando los pensamientos de Jin Guangyao se aclaran y la bruma del mutismo despeja su mente, él se incorpora de la mullida cama, alejándose del calor que lo cobija para comenzar apropiadamente su día.
El sol todavía no aparece por el horizonte, los grillos madrugadores aún susurran en medio de la efímera oscuridad. Jin Guangyao camina de puntillas por el departamento, esperando que el liviano sueño de Jingyi le conceda al menos una hora más de gloria para ducharse y preparar el desayuno sin que su hijo exija pronta atención.
Lo cual consigue casi con éxito. Entra al baño, intenta bañarse a la velocidad de la luz pensando en lo que tiene que hacer, aunque desde que tuvo en sus brazos a Jingyi, su vida ha cogido una monotonía casi lamentable.
Sale del baño media hora después y justo en la esquina de la cama, sentado, parpadeando aún con lagañas en los ojos y su pijama de Spider-Man arrugada como si hubiera dormido bajo la lluvia y esta se hubiera secado en el suelo de tierra, está Jingyi, más desaliñado que nunca —algo que escapa de su comprensión porque tiene el cabello bastante liso gracias a la buena genética del clan Jin—, observándolo en silencio.
Silencio que se rompe cuando lo ve salir:
—¡Papá! Te estaba esperando, Gato y Perro dicen hola, no pueden salir porque están en su jaula, pero les prometí que hablaría contigo para que paseen en la sala —la voz de Jingyi sale atropellada sin ningún signo aparente de detenerse pronto, así que Jin Guangyao debe alzar su mano para que la retahíla de palabras sin sentido merme.
Jingyi enmudece de inmediato con un “pop”, sus labios cerrándose instantáneamente y los ojos pardos, más vivos que nunca, contemplándolo con el asombro de quien no ha visto a su padre en muchos días.
La condición de Jingyi lo exaspera un poco, pero aun así lo ama eternamente. La paciencia que ha adquirido es sólo para él.
Esboza una sonrisa tranquila, llega hasta donde Jingyi y acaricia su cabellera, acomodándola en el proceso.
—Gato y Perro sólo podrán salir si te comportas hoy en la cita—dice, haciendo que Jingyi de inmediato frunza el ceño. Jin Guangyao agrega rápidamente antes de que haya un berrinche—. El doctor ha sido tajante, recuerda que debemos hacer caso a los doctores porque…
—Porque salvan vidas y siempre tienen la razón —completa Jingyi, rodando los ojos. Pareciera que esta conversación la han tenido muchas veces.
Satisfecho, Jin Guangyao asiente con una sonrisa más grande y con una última palmada, deja a Jingyi en la esquina de la cama y camina hasta el fondo de la habitación donde está el ropero empotrado, abriéndolo de inmediato para ver qué vestimenta usará ese día.
Sólo tiene que ir con el pediatra, pero aun así Jin Guangyao está buscando la mejor ropa de su armario. A pesar de que el doctor es su amigo, no puede evitarlo, quiere que él y Jingyi se vean excelentes para la cita.
… la cita médica.
—Papá, ¿ese pantalón no te queda muy apretado?
Jin Guangyao cierra los ojos y cuenta hasta diez.
Luego de prometerle por enésima vez a Jingyi que si se comportaba en la cita con el pediatra sacaría a Gato y Perro de su jaula para que puedan correr por el departamento, salen de este sólo con un zumo de naranja en el estómago. Técnicamente no es necesario ayunar para esta cita médica, pero Jin Guangyao prefiere evitar e ingerir algo ligero en vista de que surja alguna complicación.
Además, Jin Guangyao sabe que sólo irá para cambiar el medicamento. No es necesaria la presencia de su hijo y por lo general la cita médica sólo dura diez minutos en donde hay un simple chequeo de rutina; pero por algún motivo, Jin Guangyao, con el paso de los años, ha logrado que sus citas duren hasta una hora y media. Siempre procura ser el último en la lista que recibirá el doctor.
Inútilmente se intenta decir a sí mismo que no actúa bajo premeditación. Inútilmente… intenta no usar a su hijo como excusa para escuchar las risas suaves y sosegadoras del doctor.
No falta muchos minutos para llegar a la clínica. Hubei es grande, pero Jin Guangyao agradece a su hermano por conseguirle un buen departamento en la mejor zona de la región a pesar de todo el escabroso desenlace que hubo en su familia. Al menos Jin Guangyao está cerca de todo lo necesario y eso incluye la oficina del pediatra.
Repentinamente, un sonido repetitivo y chillón interrumpe sus pensamientos, sacándolo abruptamente de estos. Jin Guangyao parpadea y enfoca su mirada en la pantalla del celular donde una notificación de WeChat para vídeo llamada pide admisión. El corazón de Jin Guangyao se acelera cuando se percata de quién es.
No duda en apretar el botón verde.
En el asiento de atrás, Jingyi no tarda en preguntar:
—¿Quién es?
Y de pronto el hermoso rostro de Luo Qingyang se esboza en la pantalla de su celular, sonriente, siempre lleno de vida a pesar de todas las tribulaciones acaecidas.
—¡A-Yao!
El rostro de Jin Guangyao se suaviza en una tenue sonrisa ladina.
—A-Yang…
Jin Guangyao detiene el carro cuando el semáforo se pone en rojo y pronto tiene el rostro de Jingyi pegándose a la pantalla del celular.
—¡Mamá! —exclama, alborozado, con tanta alegría que apretuja su corazón—. ¡Mamá, mamá!
Los ojos de Luo Qingyang se llena de sorpresa, al parecer no esperaba que su hijo estuviera ahí y no puede evitar que sus ojos se empañen. Jin Guangyao sabe que está a nada de llorar. Conoce lo difícil que es no poder ver a su hijo. Conformarse con sólo llamadas, alguna que otra nota de voz y vídeo chats.
Jin Guangyao comprende su dolor.
—Yi-Er… mira qué grande estás.
Jin Guangyao mira los números en rojo, viendo que le faltan veinte segundos para arrancar y prudentemente aguarda en silencio esperando que madre e hijo se saluden correctamente.
—Tomo leche tibia todas las noches, espero poder crecer fuerte y ser más grande que papá —dice, solemne, con un asentimiento adusto.
Luo Qingyang sonríe, y corresponde el asentimiento. Sus mechones castaños bailotean al son de la brisa, dándole a entender que está en una ubicación abierta si eso le quiere decir el cielo cerúleo tras ella. Sus pardos están brillantes, vibran en alegría contenida.
—Me parece bien que Yi-Er tome su leche tibia. También debes hacerle caso a papá en todo lo que te diga. Eso te ayudará a crecer más rápido.
Los ojos de Jingyi se llenan de sorpresa.
—¡¿En serio?! —exclama, con un jadeo pasmado y mira su padre de soslayo—. ¡Papá por qué no me dijiste eso! ¡Te habría hecho caso hace mucho tiempo atrás!
Jin Guangyao rueda los ojos y mira de soslayo que faltan cinco segundos para arrancar y no tarda en instar a Jingyi para que se ubique en su asiento, atendiendo siempre el sonido de la risa cantarina de Luo Qingyang en el fondo.
—Yi-Er siéntate, tu madre y yo tenemos cosas de adultos qué conversar —espeta, su voz llena de dureza para que comprenda que esta vez no está jugando.
Jingyi acepta a regañadientes y antes de acomodarse en el asiento le lanza un beso a su madre, exclamando—. ¡Adiós, mamá, te amo! Por favor, ven a verme. Debes conocer a Gato y Perro.
Luo Qingyang asiente, sus ojos pardos vuelven a empañarse.
—Claro, Yi-Er. Pronto te veré.
No pasa desapercibido cómo su voz se quiebra ante la última frase. Jingyi exclama un; “¡sí!”, y se vuelve a situar en el asiento trasero, colocándose el cinturón de seguridad. Jin Guangyao arranca el carro, reanudando su marcha al pediatra. Espera que los segundos tensos se desvanezcan antes de volver a abrir la boca.
Sólo que, quién rompe el silencio es Luo Qingyang.
—Yi-Er está muy animado, sus palabras son cada vez más comprensibles.
Esboza un cabeceo tenso, apretando los labios.
—El medicamento ha estado ayudando, pero debo cambiarlo.
El rostro de Luo Qingyang se llena de confusión.
—¿Por qué?
—Ya no hace efecto como antes.
—Oh…
Otra vez tenso silencio.
—A-Yang, ¿has logrado conversar con el abogado? —Jin Guangyao inquiere luego de un momento, observándola de soslayo.
Luo Qingyang asiente levemente, sus pardos brillantes ahora un poco opacos por la circunstancia.
—Es difícil luchar contra tu padre y la carta que firmé voluntariamente…
Suspira, evitando que el gesto rompa su rictus en una mueca austera. Las manos alrededor del volante se aprietan imperceptiblemente. Si bien Jingyi es ajeno a todo lo que rodea su nacimiento, no son cosas que le gusta conversar cerca de él.
—Entiendo, ¿pero al menos puede aprobar las visitas?
Jin Guangyao sabe lo mucho que Luo Qingyang anhela ver a su hijo. Haberse perdido diez años de su vida, verlo crecer, gatear, caminar, decir sus primeras palabras, cambiarle los primeros pañales, comprarle los primeros juguetes… La primera consulta cuando detectaron la enfermedad de Jingyi. Todo eso Jin Guangyao lo hizo en soledad, y si no fuera por el doctor de Jingyi… estaría volviéndose loco.
—La buena noticia —dice de repente, sacándolo de sus pensamientos, haciendo que enfoque sus orbes ámbar en ella. Luo Qingyang sonríe, esta vez su mueca esbozándose más grande y sincera—, la buena noticia es que puedo ver a Yi-Er una vez al mes.
Los ojos de Jin Guangyao se amplían. La camioneta gira en la esquina del consultorio y lo detiene abruptamente, pasmado por la noticia.
—¿De verdad?
Luo Qingyang asiente efusivamente.
—¡Sí!
—¡Qué buena noticia A-Yang! ¿Cuándo podemos vernos? Necesito contarte tantas cosas, mostrarte tantas fotos, y debes conocer a su pediatra, es tan guapo…
Luo Qingyang enarca una ceja.
—¿Guapo? —modula lentamente cada letra con retintín, haciendo que Jin Guangyao se sonroje y balbucee algo ininteligible—. Definitivamente mi sentido de mujer no se equivoca, A-Yao. Te lo dije cuando preferías hacérmelo por atrás—
—¡A-Yang! —escandalizado, Jin Guangyao alza la voz, mirando con alarma por el retrovisor a Jingyi que está ajeno al mundo, jugando con el celular.
—¿Qué? —pregunta con inocencia, observándolo con su rostro más candoroso.
Jin Guangyao frunce el ceño.
—Te odio.
—Me amas.
Jin Guangyao cabecea un asentimiento y vuelve a poner en marcha el carro.
—Todos los humanos me parecen una escoria… menos tú y Yi-Er.
—Vaya, qué hermosa forma de manifestar tu amor por nosotros.
—Lo sé, ¿ves cómo sí los amo?
—Ah, claro, y al guapo doctor.
—¡A-Yang!
Jin Guangyao llega al consultorio sosteniendo la mano de Jingyi, esbozando una gran sonrisa en su rostro arrebolado. Sus orbes brillan, la conversación pasada sigue en su mente, una nueva expectativa. A pesar de la felicidad que supone estar en el consultorio, no olvida que debe llamar a Luo Qingyang para coordinar cuándo se verán.
La alegría de verla finalmente y poder abrazarla, contarle todo lo que ha hecho su hijo, lo llena de mucha emoción. A pesar de que ella ya lo sabe, no es lo mismo contarle por vídeo llamada que en persona.
Ingresa por el vestíbulo principal y saluda a la recepcionista, ella ya está acostumbrada a ver su presencia casi que a diario. Jin Guangyao debe tomar nota mental: su hijo está creciendo, no es común traerlo cada quince días o cada semana por alguna inexistente enfermedad.
Fingir ser el padre ignorante e inútil para pasar más tiempo con el doctor no está funcionando.
Llega frente a la puerta del consultorio y alza la mano, tocando dos veces.
Del otro lado del recinto hay un pequeño movimiento y pronto la puerta se abre. Lo recibe un torso envuelto en una bata de clínica que esconde un adorable conjunto de pediatra azul con pequeños esbozos de conejos blancos y negros retozando en el césped.
Jin Guangyao pierde el aliento lentamente a medida que alza el rostro y se encuentra con el hombre más hermoso que sus ojos han visto.
Tan hermoso como el día que lo conoció, hace diez años, justo en este mismo consultorio.
—¡A-Yao! —con familiaridad, el doctor Lan Xichen lo recibe, esbozando una gran sonrisa que se arruga en las comisuras.
Las piernas de Jin Guangyao comienzan a temblar.
—Doctor Lan… —murmura quedamente, como siempre, cada vez que se encuentran, hace diez años.
Las cejas delgadas de Lan Xichen se fruncen un poco, contrariado.
—A-Yao, tenemos tanto tiempo conociéndonos y todavía eres tan formal…
Jin Guangyao desciende los párpados, nunca sabiendo qué decir en estos momentos. Es ahí cuando Lan Xichen suspira con derrota y se hace a un lado, haciéndolos pasar. Jingyi está con su celular y no se ha percatado que ya lo arrastró al consultorio. Es cuando la diferencia cálida de la ciudad, con el frío consultorio, lo golpea, haciéndolo parpadear y alzar el rostro, en ese momento observando a su pediatra.
—¡Doctor Xichen!
—¿Ves? Hasta Xiao Jingyi me trata con más confianza —Lan Xichen se queja, su voz con tintes infantiles oculta la profundidad que suele hacerlo estremecer cuando está en su actitud profesional.
Lan Xichen es un doctor capaz, el mejor pediatra de Hubei, sus servicios resultan muy cotizados, pero por algún motivo, siempre ha mantenido a clientes fijos con los que suele durar años, tanto, que ha visto a los hijos de sus clientes crecer. Jin Guangyao es testigo de esto con Jingyi.
Aprieta un poco los labios e intenta mantener la calma a pesar de que tiene ganas de sonreírle como un idiota y aceptar la confianza que Lan Xichen tiene para ofrecer, pero teme que se vuelva demasiado adicto, demasiado débil y no pueda disfrazar los sentimientos que padece por este amable y perfecto doctor.
Jingyi es el primero en caminar, sentándose en la silla frente al escritorio y retorna al juego en su celular, ajeno a todo. Luego de un titubeo, Jin Guangyao se sienta también a su lado en el otro asiento. Lan Xichen no tarda en ponerse al día, pero en vez de sentarse al otro lado del escritorio, lo que hace es correr la silla rodante y ubicarla de modo que esté frente a Jin Guangyao sin una mesa de vidrio que los separe.
Traga saliva, apenas viendo la sonrisa deslumbrante del doctor.
—Bien, A-Yao, dime, ¿cuál es el motivo de tu visita? —apenas profesional, Lan Xichen junta las manos y cruza la pierna derecha sobre la izquierda en el proceso flexionando el pantalón de chándal azul con motivos de conejitos danzando.
Los músculos de la pierna se marcan bajo la tela apretada. Jin Guangyao carraspea, observando de soslayo a Jingyi que sigue jugando en su celular.
—Un cambio de tratamiento.
Lan Xichen no tarda en fruncir el ceño.
—Necesito la nota del psicopedagogo.
Vuelve a descender los párpados, sus hombros se encorvan. Ha transcurrido diez años y Lan Xichen conoce muchas cosas de Jin Guangyao, menos lo que rodea la concepción de Jingyi.
—Doctor Lan… Xichen —corrige cuando ve cómo el ceño de Lan Xichen se profundiza—. Ya sabes que no puedo salir de Hubei, no hay un psicopedagogo que revise el caso de Jingyi, el anterior… tuvo que salir…
Lan Xichen suspira, su voz saliendo cansina:
—A-Yao, que tenga una maestría en psicopedagogía no me capacita para llevar el caso de Jingyi. Sólo soy su pediatra y si le receto algo sin la firma de un psicopedagogo especializado, o algún terapista, estaremos en serios problemas.
Esta conversación la han tenido muchas veces. Y siempre, de alguna forma, Jin Guangyao logra conseguir lo que quiere.
Como esta vez.
Asiente tenuemente, esbozando una mirada llena de pena y vergüenza que no siente.
Esto es por el bien de Jingyi, por mucho que le duela engañar al guapo doctor.
—Lo siento, doctor Lan, inevitablemente lo he colocado en una posición preciaría. He sido egoísta y entiendo que no quiera seguir atendiendo a Yi-Er…
—¡No! —de repente, Lan Xichen exclama con rapidez, extendiendo sus manos para sujetar las de Jin Guangyao, apretándolas entre las suyas. Jin Guangyao alza el rostro, encontrándose con sus pardos brillantes y preocupados—. A-Yao no me malentiendas, deseo ayudarte, pero necesitas decirme qué sucede realmente… he visto a tu hijo crecer y lo he ayudado a pesar de que mi profesión como pediatra ha quedado en tela de juicio. Pero, necesito saber…
Tiene razón, Jin Guangyao lo sabe. Manteniéndolo diez años en la oscuridad… la paciencia de Lan Xichen debería haber llegado a su límite hace años atrás. Todos esos medicamentos recetados por psicopedagogos que no existen, terapistas de lenguaje, aquellos nombres que figuraron en el récipe e historial de conducta de Jingyi… siempre fue Lan Xichen que en su vasto conocimiento fue haciendo de Jingyi, un niño con excelentes capacidades para poder adentrarse adecuadamente en la sociedad.
Si no fuera por Lan Xichen… seguramente Jin Guangyao estaría lidiando con un niño extremadamente enfermizo.
—Xichen tiene razón —dice en un susurro, observándolo intensamente. Las manos que lo cobijan se aprietan, haciéndolo consciente de su calidez—. Debes saber que esta es una historia larga y probablemente me lleve varias horas contar.
Lan Xichen asiente con efusión.
—Tengo todo el tiempo del mundo para A-Yao.
De alguna forma, esa aclaración acelera su corazón.
—Xichen yo…
Sin esperarlo, el celular vuelve a sonar con aquel sonido repetitivo y chillón. Jin Guangyao nunca había odiado con tanta fuerza ser interrumpido en ese momento. Murmurando unas disculpas en voz baja se aparta del calor que le proporcionaban las manos de Lan Xichen y saca el celular del bolsillo trasero de su pantalón, pronto viendo el nombre de Luo Qingyang en la pantalla.
Es extraño que ella lo llame más de dos veces en un día por lo que no demora en atender con el ceño fruncido en dirección a Lan Xichen que lo observa con un dejo de preocupación expectante.
—¿A-Yang?
Del otro lado de la línea, Luo Qingyang grita:
—¡A-Yao se me olvidó decirte! —su voz resuena en el recinto a pesar de que no la tiene en altavoz y Jingyi no tarda en salir de su sopor distraído, mirando en dirección de Jin Guangyao y exclama.
—¡Esa es mamá! —señala lo evidente, pero no acota algo más al respecto. Ya habló con ella ese día y está acostumbrado a hablar sólo una vez.
Jin Guangyao frunce el ceño y no le presta atención a Jingyi a pesar de que su hijo ahora se ha bajado de silla, situándose en medio de ambos con el cuerpo apoyado en la pierna de Lan Xichen. En otro momento estaría regañándolo por su descaro, pero está preocupado por Luo Qingyang.
—A-Yang, dime exactamente qué sucede.
—¿Recuerdas cuando te mencioné la visita? Me faltó decirte algo importante…
—¿Y eso sería…?
—Necesito presentarme con una pareja.
Jin Guangyao parpadea.
—¿Qué clase de absurda cláusula es esa?
—Tampoco lo comprendo, pero el abogado indicó este punto y no puedo ver a Yi-Er si no finjo ser esposa de alguien.
—¿Y el idiota de Wen Chao?
—¡No menciones a ese inútil!
Bueno, es obvio que ya no están juntos.
Jin Guangyao suspira y cierra los ojos, sintiendo cómo un dolor de cabeza comienza a invadirlo.
—¿Para cuándo necesitas darle respuesta al abogado?
El otro lado de la línea se queda en silencio unos segundos.
—Hoy…
—No puedo creer que no me hayas dicho antes, A-Yang —susurra con molestia decepcionada.
Ahora, Jingyi ha comenzado a murmurar cosas que no entiende en el oído de Lan Xichen, mientras él lo observa de soslayo, pero aun así atiende las palabras de su hijo.
—Lo siento, A-Yao —continúa Luo Qingyang luego de un momento en silencio, totalmente compungida—, realmente he pasado por mucho, pero si no presento un nombre hoy, será muy complicado volver a presentar el caso para ver a Yi-Er…
Jin Guangyao lo sabe, lo comprende, pero no tiene a quién pedirle el favor excepto…
Alza el rostro, enderezando la columna como si le hubieran metido un latigazo y enfoca la mirada en Lan Xichen que no tarda en observarlo con ambas cejas enarcadas. Jingyi ha dejado de susurrarle cosas y ahora está bastante cómodo sentado en el regazo del doctor.
Espera no arrepentirse de este movimiento tan audaz.
—A-Yang, dame un momento —Jin Guangyao le indica a Luo Qingyang que espere del otro lado de la línea y enfoca su atención en Lan Xichen—. ¿Escuchaste algo?
Lan Xichen asiente. Jin Guangyao escucha un: “¿estás con alguien y no me dijiste?”, pero no le presta la debida atención.
—Entiendo que ahora la madre de Xiao Jingyi tiene serios inconvenientes —Lan Xichen masculla en voz baja, por alguna razón Jin Guangyao siente que se enojó.
Ah, claro, nunca ha hablado de la madre de Jingyi.
—Sí, ella necesita… no, ambos necesitamos encontrar a alguien que se haga pasar por su pareja.
Lan Xichen parpadea.
En el fondo, la voz de Luo Qingyang resuena.
—¡A-Yao con quién estás!
Jin Guangyao suspira tenuemente.
—Estoy con el doctor Lan, A-Yang.
—¡Oohh~! ¡Con el guapo doctor!
Los ojos de Lan Xichen se amplían, sus pupilas desviándose al celular que sostiene en su mano. Los pómulos de Jin Guangyao enrojecen con vergüenza.
—A-Yang, ese comentario fue inapropiado.
—Ay, no puede ser, escuchó que lo llamas “guapo doctor”.
—¡A-Yang!
—Lo siento, lo siento.
—¡Guapo doctor, guapo doctor! —ahora, el que exclama el célebre título es Jingyi, saltando sobre el regazo de Lan Xichen.
Jin Guangyao quiere morir. Como puede, mantiene el rostro sereno a pesar de que probablemente está de un profundo rojo cereza y resopla, observando a Jingyi con el ceño fruncido para que se calme.
—A-Yang, déjame ver a quién busco para que puedas presentar el nombre al abogado. Necesitas todos sus datos, ¿verdad?
Antes de que Luo Qingyang pueda decir algo, Lan Xichen toma la palabra:
—No es necesario —dice, haciendo que todos enmudezcan. Su voz suena seria y profunda—. Yo puedo ser la pareja de la señorita.
Ahora es el turno de Jin Guangyao en esbozar una expresión sorpresiva. Observa a Lan Xichen a los ojos y su tajante forma de ofrecerse, sin dar oportunidad a refutar. En el otro lado de la línea Luo Qingyang grita en repetidas ocasiones “gracias”, pero Jin Guangyao ni siquiera tiene oportunidad de agradecer, porque la expresión de Lan Xichen le indica que no escapará de esta sin una buena explicación.
Con un asentimiento, acepta su destino.
—Agradecemos profundamente, Xichen —Jin Guangyao dice, sintiendo que no merece que sus labios profesen: “doctor Lan”.
—Es innecesario agradecer, lo hago por Xiao Jingyi —desdeña el agradecimiento, su modular inflexible de alguna forma hiriendo a Jin Guangyao.
Vuelve a asentir, sin nada más que decir, Luo Qingyang continúa hablando del otro lado, pero no puede prestarle debida atención porque ahora Lan Xichen se inclina hacia adelante en dirección al escritorio donde sujeta una hoja de récipe y un bolígrafo, escribiendo rápidamente sobre la superficie con sus letras torcidas, un:
“Luego de esto, tú y yo hablaremos”.
Jin Guangyao traga saliva y asiente rápidamente, pero no hay sonrisa en el rostro de Lan Xichen.
