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Algunas de sus memorias son emoción pura y nada de imágenes: de su primera infancia le queda el miedo. El miedo constante metido dentro, la incapacidad de comprender y reaccionar a todo con la misma velocidad que los otros animales poseían instintivamente.
Inosuke recuerda la sensación de correr huir, aterrado por garras que lo siguen apenas a un pelo de distancia. La carne tierna de sus piernas lo sostienen hasta donde su cuerpo alcanza, pero no es una bendición, sino un precio alto a pagar puesto que se convierte en la presa favorita de los carnívoros. Su corazón late desesperado, una piedra que le pesa y lo ralentiza y por un momento, se da por vencido y se deja caer en el suelo, las piedrecitas y las raíces incrustándose en su piel blanda y torpemente humana.
Se da la vuelta y alcanza a notar un millón de cosas diferentes a su alrededor: a pesar de ser de noche, la luna ilumina cada hebra de pasto, cada bichito esperando su cadáver pronto a ser, un búho lo contempla desde arriba y los zorros se pasean a su alrededor, riendo como lo suelen hacer. Las vibraciones de la tierra lo sacan del trance en el que parece haber entrado, el polvo y la humedad gritándole que se levante, que todavía tiene una oportunidad. Siente en las yemas el palpitar de la vida y toma su propia decisión: en el ciclo vida y muerte él no será el perdedor en ese momento.
Con nueva resolución, respira profundo y siente el aliento tibio y una lengua áspera acercarse a su cuello, el lugar más frágil. Reconoce l propio movimiento de su sangre y se concentra en detenerlo, tranquilizarse y quedarse tirado, esperando el momento oportuno. Este llega no mucho después cuando el lobo lo huele, registrando su estado para devorarlo. Percibe apenas un hilito que parece haber imaginado y va por el con toda la fuerza de su cabeza, le da un golpe en la cabeza, lo que le da el tiempo suficiente para tomar una de las piedras filosas (su vibración parecía ser más fina, retumbando en sus vellos como cuerdas de violín) y con toda la fuerza de sus pequeñas manitas, le corta la garganta.
El animal solitario aúlla herido, mas no intenta acercarse más a él, sino que cae, la sangre tibia calentando sus pies helados y calmando su ansiedad.
Una de sus primeras memorias es la sensación de la sangre tras el miedo, empapándolo de pies a cabeza, y su absoluta resolución a seguir con vida, no importa lo que tuviese que hacer para hacerlo.
Camina taciturno por el bosque, las vibraciones todavía clamando por su atención. Percibe desde las patitas de los ciempiés buscando su hoja hasta el cuerpo laxo del animal al que acaba de matar. De repente llora, ¿qué más ha de hacer un niño pequeño en el bosque? Y busca desesperado a su madre, la sangre le corre por los brazos y le mancha sus pieles. Ni siquiera se ha dado cuenta de que perdió un diente de leche en la caída y la posterior lucha.
Las lágrimas y el llanto, y quizá un poco el aroma a sangre, atrae a uno de los jabalís pequeños de su manada, reconoce sus líneas y sus ojos amables, compartiendo la leche con él cada vez que se siente hambriento. Inosuke se lanza con todo su pequeño cuerpo y asusta al animal, por lo que ambos emprenden una carrera inútil, los dos perdidos y sin dirección.
A su hermano jabalí sus piernas lo traicionan y cae, dándole tiempo suficiente a Inosuke para atraparlo entre sus brazos y gruñirle para darle a entender que es él. Cuando no le reconoce, comienza a entonar, en gruñidos nuevamente, esa canción que parece grabada en sus genes. En ese instante es reconocido por el otro, quien le lame las lágrimas saladas en forma de disculpa. Y por fin, por fin, se cobija en el cariño del pequeño animal, quien no puede protegerlo más qué él a sí mismo. Eso no le importa, al menos no está solo.
No se molesta en sacarse el líquido rojo de su piel, se acurruca al lado de su hermano perdido y ambos, temblando, se disponen a dormir, escondidos en unos troncos viejos donde poco se veían. Exhausto, deja que las lágrimas recorran sus mejillas hasta que le pesa el sueño en las pestañas largas e inocentes y cae rendido.
Es despertado cuando el sol ya se encontraba asomándose. Escucha unos bufidos y su instinto lo lleva a empuñar la misma piedra (la que no había soltado en ningún momento) con la que mató a su predador la noche anterior. La toma y antes de abrir los ojos, se detiene en seco: su madre, una de las matriarcas, huele la sangre seca de su piel para luego lamerlo hasta que se encuentra limpio. Se vuelve una cría pequeña y la envuelve con sus bracitos delgados, llorando cada cierto rato y gruñendo.
Su madre lo echa al arrollo y lo observa hasta que parece satisfecha con la limpieza de su cría más extraña. Su hermano se encuentra pegado a la jabalina, alimentándose aun de la leche tibia.
Su primera máscara aparece pronto: es su madre quien lo ha guiado hasta el cuerpo abandonado de uno de la manada y con un bufido de tristeza, pone su mano humana en el cuello del animal. Sus instrucciones parecen claras: o te vuelves como nosotros o mueres por tu fragilidad.
Le toca separar los huesos de la columna y observar los interiores de su compañero sin derramar una lágrima pues su madre, severa, lo observa atentamente. Siente el hilo de las vibraciones guiarlo hacia lo que debe hacer y pronto se encuentra con la piel suave del jabalí muerto. Lava sus manos sucias y ahueca la cabeza en el arroyo en el que se había limpiado anteriormente. Los líquidos forman una imagen terrible de su posible destino.
Es cuando sus manos tiemblan que aparece de nuevo, imperante, su madre, quien, con su hocico, le quita la improvisada máscara y lo hace a un lado para terminar el trabajo ella misma. Inosuke se agarra de su pelaje del costado y esconde su cabecita debajo de ella, esperando sus instrucciones. Estas últimas no llegan, pues lo único que siente y ve es la piel sobre su propia cabeza. Su madre parece acomodar el extraño sombrero en su pelo hirsuto.
Lo contempla seriamente y en sus ojos puede adivinar la preocupación y el infinito cariño, como si le gritara "vive, vive, vive". En un inmenso gesto de amor, su madre lo protegía con la máscara de uno de los que ya había caído. Inosuke entonces comprendió que, quedándose con su manada y especialmente del lado de su madre, podría estar seguro y vivir.
Después de eso, nunca más se echó a morir. Después de eso, nunca más abandonó su máscara.
Con lágrimas en los ojos y un par de dientes menos, había atrapado un pequeño ciervo que se había alejado de sus padres. Su madre lo contemplaba desde lejos, su presencia constante un recuerdo de lo que había aprendido: todo lo que ha nacido alguna vez, debe volver a la tierra tarde o temprano. También, los más débiles son consumidos por los que se hacen llamar más fuertes.
Llorando bajo su máscara no se siente más fuerte que su presa, pequeña y temblorosa bajo su peso. Mas no debe dudar, toma su piedra y la clava, agradeciéndole haber existido y haberle dado la carne que necesita para poder vivir.
De ahí no caza más de lo necesario porque en cada una de sus cenas parece revivir el terror de ser consumido él mismo. Comprende el ciclo y lo memoriza como mantra, todo lo que vive debe morar en el tiempo en el que debe suceder.
Inosuke lo repite una y otra vez.
También comprende que debe volverse más fuerte para no acabar él como una de las presas, temblando y llorando. No sabe siquiera si quien lo consumiera se sentiría agradecido de su carne.
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Después de ese miedo inicial, Inosuke se encontró comprendiendo la naturaleza mucho mejor que antes, un despertar interno gatillado por su primera muerte. De pronto se abre un mundo invisible totalmente distinto y maravilloso pues cada día parece absorber y aprender todo lo que sus ojos y sus manos pueden tocar.
La montaña y todos sus habitantes, los pájaros, los depredadores, las trufas, las bellotas, su familia, todos tenían una vibración diferente que se sentía emocionante. Cada vez que encontraba algo nuevo por conocer, lo tomaba entre sus dedos y esperaba ese movimiento extraño dentro de sí para grabar la frecuencia. Cada vez que eso pasaba, reía y gruñía divertido, el mundo de pronto no tan terrible después de esa noche fatídica.
Además, cualquier miedo era disipado por la presencia de su madre, quien siempre lo llevaba de vuelta a la manda cada vez que este se distraía con las hojas, la tierra, la lluvia. Lo tomaba de una de las orejas de su máscara y lo arrastraba con las demás crías, todas escondidas bajo el regazo de sus propias madres. Cuando eso sucedía, podía sentir el rechazo de los demás, raro entre los suyos propios. Raro entre su propia familia, una anomalía.
Había aprendido a meter la loca entre las patas y agachar la cabeza y olfatear para seguir buscando la comida del día. Con la máscara y el propósito común, se siente indistinto a todos aquellos que lo rodean, su manada, su familia. A pesar de su forma rara, sin pelos y sin colmillos que sobresalieran de su quijada, se sentía como uno más de ellos. De hecho, era uno de los más diestros encontrando bellotas y setas no venenosas. Siempre que ponía su mente en ello tenían un festín.
Era en ese momento en el cual era bienvenido por sus hermanos y las jabalinas matriarcas de su manada, cuando en sus manos y los bolsillos descocidos de sus pantalones eternos llevaba todo lo que había encontrado durante el día. En una que otra ocasión llegaría con ciervos pequeños, conejos, crías de zorro. Con sus pieles se abrigaba y con su carne alimentaba a todos en su familia. No solía olvidar agradecerles y esperar que su energía volviera a la tierra como todo lo hacía.
Había trabajado sus habilidades de cazador, riendo cada vez que lograba conseguir una victoria, aunque solo fuera con animales pequeños y a veces insectos mayores. Conocer las vibraciones de cada pequeño habitante del bosque y sus modos de relacionarse con este le provocaban tanta curiosidad como alegría. Cuando comprendía que todo tenía su lugar en el mundo lo ayudaba a entender que también podía encontrar su propio hueco en ese lugar, aunque muchas veces sintiera como si no perteneciera con los que había conocido desde su infancia.
Sin embargo, esa sensación terrible de no pertenencia aparecía seguido en su cabeza como una punzada eterna en lo más recóndito de su cabeza. Si bien su hermano lo acompañaba siempre en los baños de barro cuando ya el sol se ponía y podían relajarse sin que hubiera depredadores, este siempre se alejaba para jugar con las otras crías, turnándose para sacarse los bichos del pelaje. A Inosuke no se le pegaban porque no tenía suficiente pelo para que anidaran en él. Además, de pegársele una pulga o dos, podría encontrarla fácilmente gracias a su sensibilidad espacial.
Así, solía aburrirse en la hora del baño de los demás. Su ansiedad crecía también, debido a que, a pesar de disfrutar la tierra y el polvo y el agua, la mezcla con el lodo anulaba su sensibilidad y los restos se quedaban pegado a su piel, pesados y picosos.
Guiado por una voz interior que le llamaba a meterse dentro del arroyo luego de entrar en el barro, se adentraba en las aguas claras del río bajo la mirada desaprobatoria de su madre. Solía ser la rutina.
Tampoco podía ignorar el reflejo que le entregaba el agua cristalina, tenía unos ojos que miraban con el mismo color de la hierba y el pelaje lo tenía oscuro y más claro en las puntas. Su color era pálido como un jabalí anómalo. En esos momentos de quietud, se perdía en sí mismo y se alejaba de los demás, ocultando su propia debilidad. La debilidad y la duda en el bosque significaba la muerte segura. Y el viviría, viviría por mucho tiempo.
Por las noches, cuando todos sus dormían, sus pulsos bajan y la sangre corre lenta reparando sus heridas y el cansancio del día. Es solo cuando los toca y siente esa vibración pacífica cuando se permite a si mismo recorrerse. Se saca su máscara y toca su pelaje, se siente diferente al de su madre y el de su hermano. Su nariz está al centro, pero no tiene dos grandes agujeros, sino que más bien parecen ser pequeños. Pone sus palmas sobre los ojos, se sienten grandes y húmedos, no son como los ojos rasgados de los demás. Siente sus diferencias con las yemas de los dedos y las enlista en su cabeza.
Termina su propio ritual poniéndose la máscara y tocando nuevamente su rostro, esta vez, muy similar a los que dormían a su alrededor, el pelaje curtido y los ojos a los lados, los colmillos orgullosos.
Los jabalís fuertes no lloraban, así que él tampoco lo haría.
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Poco a poco las crías de jabalí y también su hermano empezaron a abandonar la manada. Los machos siempre eran los primeros en ir en busca de sus propias aventuras, así que, como buena parte de su familia, él también se permitía la libertad de alejarse de su madre por algunos días. Siempre que volvía magullado o con alguna herida expuesta su madre lo contemplaría y lo lamería hasta que ella considerase que había sanado lo suficiente a su extraño cachorro. Le lamería y le masticaría su pelo para volverlo más corto y que no sobresaliera de su máscara, su recordatorio del lugar donde debía volver.
Su curiosidad por la montaña lo lleva a abandonar en diversas ocasiones su propia manada. En su mente llevaba un inventario de las sensaciones y de los caminos del bosque, tocando con sus palmas todo aquello que le parecía nuevo y lo grababa en su cerebro. No necesitaba verlo todo perfectamente porque ya tenía memorizada la sensación de todo lo que le rodeaba, lo que le había fácil la caza y encontrar su camino de vuelta a casa.
Fue en uno de esos días en los que su hermano abandonó su manada para unirse a otra cuando encontró algo que nunca antes en su vida había visto. No contuvo su emoción y corrió hacia lo que parecía ser muchos árboles juntos para formar una cueva extraña de la cual salía humo cada cierto rato. En la entrada de esa cueva un ser más extraño incluso yacía en el suelo, contemplando las nubes pasar.
Con cautela se acercó para observar mejor a aquella extraña criatura. Su piel blanca se veía arrugada y sus ojos se veían pequeños, envueltos en carne que parecía sobrarle. Cuando eso abrió la boca para echar humo desde una varilla se dio cuenta de que ¡no tenía dientes!
¿Qué era eso? Saltó de emoción y no evitó una risa desenfrenada que se le escapó de los labios, ruido que alertó levemente a eso.
Siguió mirándolo de lejos y se dio cuenta que sus manos se veían como las de él y sus piernas también se veían como las de él. Cayó en cuenta violentamente que efectivamente eso que estaba allí parecía ser igual que él, aunque sin dientes.
Las vibraciones que venían de aquello eran débiles y no parecían estar pensando en atacar o defenderse, su posición relajada, ante todo. Con eso, toma la decisión de ponerse en el campo de visión de eso y caminar abiertamente hacia él, quedando a una pequeña distancia del desconocido.
Para su sorpresa, eso lo toma por debajo de los brazos y lo sienta en su regazo. —Inosuke. —
Se detiene y escucha atentamente el corazón de aquella extraña criatura. Su voz suena gastada y grave, así que, a pesar de tenerlo agarrado por la cintura no saca su piedra para darle un golpe certero y huir.
—Inosuke Hashibira. Eso dice en tu ropa interior, pequeño salvaje
A pesar de no comprender todos los sonidos que salen de la boca de eso, parece comprender lo esencial, ese conjunto de sonidos, sílabas y vocales le enseñaría otro humano más adelante, era su nombre, el nombre humano que había recibido de su madre humana.
Y él, fuerte y valiente y honesto y aventurero, después de un par de años, lloró de emoción bajo su máscara, su identidad por fin en sus manos.
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La curiosidad no se le apaga con nada, su corazón valiente e inquieto hambriento por más conocimiento y más palabras y más insultos. Vuelve una y otra vez donde el viejo y conoce nuevas comidas y nuevas formas de referirse a los demás y comprende algunas cosas esenciales, como su nombre.
Lo repite con boca torpe: —Inosuke. El gran Inosuke— el más fuerte, aprende, el que derrotará a todo el que se interponga en su camino o se crea mejor que él. En la naturaleza y en el bosque era él el rey. —Inosuke Hashibira.
Lo repite y logra comunicárselo a su madre, quien le quita la máscara y le lame las mejillas, saladas de felicidad. Por fin comprende su propia naturaleza, la que había buscado durante tanto tiempo tanteándose a sí mismo.
—Me llamo Inosuke, madre. Inosuke.
Por fin su cuerpo sin pelo y sus manos con uñas blandas, el color de piel y los ojos verdes le hacían sentido porque tenía un nombre y era diferente y se enorgullecía de ser tan diferente y encontrar su propia fortaleza entre otros.
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El viejo, aprende, también tiene su familia. Sus hijos han abandonado la montaña uno a uno, le cuenta él, en oídos que piensa sordos. —A veces los extrañom, pero en otras ocasiones los olvido, Inosuke. No sé qué es peor— es triste, piensa el chico salvaje, sentado a su lado, pero su voz suena alegre, casi picaresca. No entiende a los humanos y sus emociones, tampoco sabe si quiere aprender de esas cosas, así que se las guarda.
De él aprende que es normal que de pronto le crezcan las piernas y los brazos los sienta desproporcionados a veces. De él aprende que crecer hacia arriba con dos piernas en vez de cuatro patas es lo normal para un ser humano. Él mismo no se pregunta muchas cosas, pero acepta que de a poco comprenderá el mundo y a sí mismo, tal como la naturaleza le ha enseñado durante años.
—Pequeño, ¿quieres que leamos poesía? Tengo los cien poemas de los grandes maestros. — El viejo saca un libro polvoriento de su bolsillo.
—¡Lee la que me gusta! — le grita Inosuke, alzando los manos para que el viejo entienda su mandato.
La vibración de esa cosa a la que el humano de la montaña le llamaba poema era diferente a otros de los que leía. La intensidad en su ritmo le parecía similar a una cascada o a un jabalí bañándose en el barro.
Entona: —Siempre pensé
que daría mi vida
para conocerte una vez,
pero ahora, habiendo pasado una noche
contigo, desearía que yo
pudiese vivir por siempre.* —
Inosuke no lo entiende. Por decirlo directamente, todas esas palabras juntas no le hacían sentido a su poco vocabulario, el cual consistía de más insultos debido al hijo del viejo. Sin embargo, algo muy dentro de sí le decía que eso era un sentimiento, algo ancestral le indicaba que esas historias y el ritmo y las rimas venían en él, naturalmente. Como que llegase la noche y que en invierno los animales hibernaran. Las historias como esas eran inherentes a él y lo hacían flotar con una alegría que le nacía desde los sesos hacia afuera. También entendía que había cosas que quizá no comprendía en ese momento, pero que en el futuro podría entender. El mundo era más grande de lo que él mismo percibía en esa montaña.
Así que reía y golpeaba el libro —¡De nuevo!
Podía llegar a escuchar ese poema todas las tardes. A veces él mismo lo canturreaba en el bosque mientras daba caza a alguna liebre desprevenida o cuando limpiaba a su madre de pulgas. —Desearía que yo pudiese vivir para siempre.
El conejo caería y su madre le frotaría la cabeza contra el brazo.
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Cuando encuentra a su madre y a su hermano muertos bajo las garras de una jauría de zorros algo visceral y desconocido se despierta en él, algo que parece más salvaje que humano. Da un grito de guerra que atrae a todos los zorros que se encontraban de caza, al menos tres, quienes sueltan a sus presas, adivinando el ataque inminente de la criatura mitad jabalí, mitad humano.
Empuñando su pequeña herramienta, un arma apenas trabajada con un palo y una punta había atacado efectivamente a uno de ellos mientras otro se colgaba de las gruesas pieles de venado sin hacerle daño. Puso todo su peso en aplastarlo y quebrarle el cuello, mientras el último en pie le atacaba el brazo descubierto, sacándole un gruñido de dolor y la sangre fresca.
El último pasó era resistente, negándose a dejar sus presas atrás o morir. Los dos habían peleado y tenían heridas frescas supurando sangre, Inosuke por los dientes filosos del animal y el zorro por el arma que cargaba el humano.
—Mi madre…era mi madre y mi hermano…— Las lágrimas, el cansancio y la rabia le nublaban el pensamiento y le era difícil identificar las vibraciones ya tan comunes para él. —¡Vete! — le gritó, tirándole una piedra. —¡vete de aquí porque sé que tienes que comer, pero no a mi madre, no! — la voz se le rompe en la garganta.
El zorro, engrifado, se negaba a perder y lo atacó, a lo que Inosuke sacó toda la fuerza bruta y la llama salvaje que lo llamaba y le dio un golpe certero en el cráneo a su oponente, lanzándolo lejos y así, protegiendo el cuerpo de su familia muerta.
Siente que algo internamente se le desgarra y a pesar de todas las palabras que el viejo y su estúpido hijo le han entregado, nada parece poder expresar todo lo que le pesa por dentro. Un grito tras otro sale de su garganta herida, se mece de un lado a otro, tratando de encontrar la vibración perdida de ambos cuerpos. Los toma entre sus brazos y se balancea como esperando que de pronto vuelvan a caminar, pero oh, él sabe, conoce el ciclo de la vida.
Aquellos que eran débiles siempre caerían bajo las garras de los que se impusieran y se convertirían en el alimento del otro. Pero ellos no eran alimento, eran su familia.
Desgarrado, se hace de la cabeza de su madre y la limpia como alguna vez lo hizo con otro de los jabalís caídos. Se la calza y aprende algo nuevo: a pesar de ser el hijo de su madre jabalí, también es el hijo de otra mujer que le trajo al mundo, por lo que decide, en ese momento, abandonar su manada y convertirse en la criatura más fuerte de esa montaña.
Nadie podría vencerle.
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Desde ese momento sus memorias son un bucle confuso. Se reconoce a sí mismo peleando de frente con un oso, su ira acumulada guiándolo hacia una victoria insatisfactoria. Su fuego interno, la rabia y la necesidad de convertirse en el más fuerte se tornaban en el motor para seguir andando día a día y mantenerse con vida. Osos, venados, zorros, lobos, nadie era rival para él. Su máscara, por su puesto, siempre se quedaba en su cabeza.
No pasó demasiado tiempo antes de que encontrase un nuevo enemigo: los ingenuos humanos que se aventuraban en la montaña. Sus pisadas siempre los delataban, rompían las ramas del suelo y movían las hojas de modo que se caían, además su vibración, cómo funcionaba su corazón, le enviaba señales claras de su locación. Siempre comienza su búsqueda de esas criaturas riéndose de su fragilidad.
Tan solo mirarlos a través de su máscara le mostraba todas las arterias y los pequeños impulsos nerviosos que los mantenían con vida. A veces se preguntaba si ellos podían verlos a él mismo. Igualmente, y debido a lo débiles que eran muchos, los dejaba ir, con un par de moratones y las rodillas lastimadas, pero los dejaba ir. No había gozo en matar a alguien tan pequeño y frágil como lo era un ser humano.
Incluso a las crías, a veces perdidas de sus padres en los alrededores del pueblo, les llevaba algunas flores y frutos y los dejaba en el camino donde solían pasar otros de su especie. Los observaba hasta que los encontraban, escondido siempre tras la sombra de los árboles. Eran esas bolsas de carne enanas las que le aliviaban la ira. Siempre habrá humanos pequeños, pensaba, en el ciclo infinito de la naturaleza. Pero cada niño era precioso para sus padres, así que tampoco podía arriesgarlos a una batalla.
Los humanos que más intriga le habían causado, tanto como para mantenerse alera y observándolos desde lejos, eran unos que parecían particularmente fuerte: sus ropajes oscuros y las espadas que vibraban de un modo especial, en la misma sintonía del portador. Aparecieron una noche, ruidosos y frágiles como todo el resto de su especie. Sin embargo, algo en la respiración de estos, el modo en que cargaban consigo mismos…Como si rastrearan una criatura en el bosque.
—¡Un demonio! — había escuchado gritar a uno del grupo en tanto lo embestía.
—¿A quién le llamas demonio, idiota? — le había dicho Inosuke de vuelta —Levántate y pelea, cobarde.
Obviamente los había vencido uno a uno fácilmente. Nunca había tenido una táctica, pero despojándolo de sus espadas parecían peores que niños pequeños sin sus mantitas para dormir. Posteriormente los había golpeado hasta dejarlos jadeando en el suelo, pidiendo ayuda y piedad al mismo tiempo.
—¿Qué es lo que buscan? — les espetó sin miramientos mientras pasaba las manos por las espadas.
—Demonios…Buscamos a un demonio, idiota. Te venimos a proteger a ti. — dio uno de ellos, escupiendo el suelo.
Fue recibido con una patada en la cabeza que lo envió de rostro a la gravilla. —No ensucies la montaña. Sigue.
Con la cara aplastada en el suelo, continuó, la tierra en su lengua dificultando sus palabras. El pie de Inosuke no salió de su nuca en ningún momento. —Los demonios comen personas…No los derrota cualquiera— le dio un golpe a otro que intentaba escapar —Solo las espadas y la luz del sol…Nosotros somos cazadores…
Hace un tiempo venía pensando en lo grande que era el mundo más allá de su montaña. La prueba de ello eran esos denominados demonios que los cazadores venían buscando algo a lo que llamaban demonio. Después de sacarle la verdad los golpeó solo por creerse dignos de protegerlo a él, siendo que se encontraban en presencia del rey de la montaña, indestructible, intocable.
Pero eso lo dejaba pensando, ¿cuántas criaturas más fuertes que él podrían existir en esa tierra? Para ello tendría que dejar las comodidades de su propio hogar. Sin embargo, nada quedaba para él allí, no después de la muerte de su familia y del viejo. Recuerda haber encontrado la casa vacía y que nadie la reclamase, sino solo los árboles y la hierba creciendo desmedidamente por todas partes.
Su curiosidad natural se había despertado, había tanto por conocer aún, tantos oponentes, tantas vibraciones nuevas y desconocidas, que no evitó la risa frenética que lo invadió. Se hizo con las espadas de los cazadores y los dejó a un lado del camino, pequeños niños esperando ser encontrado por adultos responsables que los tomaran. Era lo menos que podía hacer por ellos tras la información que le habían otorgado.
Tomo una piedra y siguiendo los impulsos de su corazón, renovados de ingenuidad y genuina curiosidad, machacó el filo de dos espadas hasta que la forma le pareció la adecuada. En ese momento, ambas empezaron a vibrar de la misma manera en la que había sentido su pecho saltar tantas veces.
Seguiría viviendo, seguiría siendo el más fuerte. Se lo probaría al mundo.
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Su primer recuerdo con Kentaro viene en forma de terror, no deja que su cuerpo lo delate y se esconde bajo la máscara y un par de gritos y gruñidos. Eso le demostraría al pelirrojo que él iba en serio y que era él más fuerte, por lo tanto, no podría matarlo de querer hacerlo. No obstante, ese humano parecía estar mal hecho porque sus vibraciones solo le transmitían tranquilidad. Era el vaivén más sobrecogedor que había encontrado entre los humanos hasta el momento.
No ayudaba a su pequeña confusión interna lo que le había gritado después de que se la cayó la máscara por primera vez en varios años.
—¿Tienes algún problema con mi cara?
El otro se había sonrojado levemente, pero con gran seguridad le había dicho —No, es pequeña y blanca con un pequeño tinte rojizo, por lo tanto, sana.
Eso lo había descolocado lo suficiente para hacerlo tambalear. Pero era su oponente y no lo habría dejado escapar… de no haberlo derrotado antes con un golpe certero en la frente. Solo buscando su oportunidad para contraatacar y vencer a ese ser completamente extraño, los había seguido hasta el lugar donde descansarían varios días.
De pronto se encontraba espiando a Gonpachiro porque ese humano contradecía todo lo que sabía de los humanos, tal como que los demonios eran sus enemigos naturales, como los lobos lo eran de los jabalís. E incluso así, el pulso de su corazón demostraba un sentimiento especial por ese demonio con el que viajaba, Nezuko, le había escuchado anteriormente.
Y resultaba que Nezuko era otro enigma para él. No podía hablar y tampoco podía alimentarse. Se había encontrado a sí mismo pinchando sus mejillas, esperando poder descifrar el enigma que encerraba esa familia: el hermano mayor demasiado bueno para su propio bien y la hermana menor una muñeca poderosa.
Los primeros días con esos dos, Ponchorou y Tontitsu se le hicieron difíciles, no porque ellos no lo integrasen dentro de su grupo, sino porque se encontraba a sí mismo pasando por diversas emociones que no lograba entender. A veces las expresaba en forma de gritos y comer hasta cansarse y dejar de simplemente sentir, sentir le cansa y lo aturde, ¡es peor incluso que pensar en todo! Cuando se agotaba de todo comenzaba a perseguir al pelirrojo por la estancia de la vieja y lo atacaba con la cabeza en las costillas.
Algunas noches, debe reconocer, sí se había encontrado sin poder controlar sus propios impulsos, su propia curiosidad innata por conocer todo aquello que podía ofrecer la naturaleza, tal como lo era ese chico con la cicatriz. Pasaba sus manos por las heridas, le pinchaba la nariz, le tocaba las mejillas y el pecho. Apegaba su oreja a sus vibraciones y a veces, solo a veces, se permitía quedarse dormido ante la seguridad que propagaba el sonido de ese tipo.
—Inosuke, apreciaría que no me golpearas— le diría por las mañanas, después de dormirse sobre él agarrándole el pelo y tirándolo —Si quieres puedo pasarte las mantas para que duermas mejor, pero no puedes hacer eso.
—Yo puedo hacer lo que quiera— se excusaría y pondría su cabeza en sus costillas, con cuidado de no lastimar las fracturas todavía más. —Trae desayuno.
Tanjirou le sonreiría, siempre sonriendo y causando esas sensaciones extrañas en él. Realmente no comprendía a los humanos.
—¡Si van a hacer eso, pueden hacerlo fuera de mi campo de audición, idiotas! — Zenitsu había gritado en más de una ocasión. Inosuke simplemente le tiraría almohadas en la cabeza hasta hacerlo llorar, pero se detendría en cuanto el otro miembro del grupo le llamase la atención.
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Tras la máscara cerró los ojos y recordó todos los momentos de amabilidad que había experimentado en su vida, recuerdos borrosos de sí mismo como un bebé, la calidez del regazo del viejo que le leía poemas en su montaña natal, Nezuko agarrándose de sus pieles y exigiéndole atención por las noches y…Tanjirou y sus sonrisas cálidas e infinitas que todavía no lograba comprender.
Cada uno de sus recuerdos ante la aceptación de su inminente muerte en manos de ese ser terrible e innatural. Abrirse a la muerte le resulta más fácil que nunca, recuerda la sangre sobre su piel y las incontables veces que fue él la bestia que le arrebató la vida a tantos pequeños animales. Suponía que su propio ciclo de vida y muerte había llegado a su fin.
—Perdóname, Kentaro— soltó algunas lagrimillas.
A pesar de todo, había sido salvado por alguien más fuerte. Mucho más fuerte que Tanjirou. Su emoción lo llevó a soltar sangre por la boca y sonreír y a recobrar todas sus energías para desafiar al nuevo extraño. No podía morir, se lo había prometido, le había prometido al pelirrojo. Y así, lo haría, no se dejaría morir.
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Algo cambia en el trascurso del viaje con esos dos. No es debilidad, pero sí se siente como si fuera un tipo de fragilidad que le llena el pecho de diversas emociones y constantemente. A veces le hace sentir alegre como cada vez que observa la sonrisa cálida del pelirrojo o cuando el tonto de Ponitsu volvía a llorar por tonterías como ruidos extraños en el bosque.
—Eso es así, llorica— le diría, riéndose ante la mirada desaprobatoria del otro muchacho.
Esa mirada era la que le hacía sentir débil en varias ocasiones.
Aun haciéndolo llorar, protege a Zenitsu de los ataques de los demonios, por lo que se suele preguntar, ¿por qué lo hace? No tiene ningún tipo de obligación con él, menos todavía con alguien tan débil como parece ser el rubio. A veces sí le demuestra lo contrario, adoptando una seriedad que no le conoce y una fuerza incomprensible para él. Lo inspira a seguir intentándolo y perfeccionando su propia respiración. El oído agudo de su amigo lo hace entender también que las vibraciones que ha sentido toda su vida tienen un propósito más allá de simplemente cazar o defenderse, es algo propio de él mismo como persona, como Inosuke Hashibira.
—¡Bien hecho! — El rubio le había ofrecido unas palabras de aliento después de una batalla. Esa emoción cálida le florece en el pecho y la lleva a su rostro como una mueca. —¡me has salvado, Inosuke! ¡De verdad eres el rey de las montañas! — pronto se había abalanzado para abrazarle y llorarle en el hombro.
—Sí lo soy, pero quítate— le había apartado sin fuerza, permitiéndole algunos momentos. —¡Me dejaste lleno de mocos, asqueroso! — le golpeó sin fuerzas la cabeza trigal. —Límpialo.
—¡Tanjirou! — había gritado y se había puesto al lado del otro —Inosuke está siendo malvado conmigo cuando le estoy dando un elogio.
Tanjirou había arrugado la nariz ante la situación, pero de todas maneras saltó a defender al idiota llorica —Inosuke— había empezado con ese tono suave, pero duro al mismo tiempo, como un hermano mayor —Debes apreciar a Zenitsu.
—Monitsu.
—Zenitsu. — le corregiría en pelirrojo.
—Ponchiro.
—Tanjirou.
Reiría bajo su máscara, sus gruñidos guturales escapando horribles en contraste con su rostro hermoso y sus ojos verdes brillantes. Estaban a salvo. Habían derrotado al demonio y los había mantenido a salvo a los dos, lo que le inspiraba alegría, eso podía reconocer. Que nadie muriese a manos de algo tan horrible como un demonio le daba una tranquilidad que solo había sentido bajo el regazo de su madre cuando todavía era una cría. El miedo se le evaporaba cuando sabía que podía confiarles su vida a esos dos.
Se sentía casi como…volver a tener un hogar.
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Con cada viaje, parecía que su hogar aumentaba con la cantidad de personas que conocía en el camino. Shinobu, Aoi, Kanao, Rengoku…
Con cada pelea, su hogar parecía desestabilizarse. Con cada muerte su corazón parecía sufrir un poco más, porque ahora parecía entender todos esos rituales humanos un poco mejor que antes.
—¡No nos podemos rendir! — había gritado con todas sus fuerzas, sus pulmones colapsando con la angustia y las lágrimas corriendo libres por su rostro —¡Si nos rendimos ahora la muerte de Rengoku será en vano! Él nos enseñó dio la oportunidad de seguir viviendo con nuestros corazones en llamas. ¿Qué es lo que no entienden?
Porque con ese discurso y el cariño paternal que percibía del pilar del fuego y su llama ya extinta había aprendido que la vida no será simplemente sobrevivir, o que el más fuerte sobreviviría. Rengoku era la persona con más habilidades que había conocido y aun así…
La vida se trataba de mucho más que sobrevivir, sino de alzar la cabeza, orgulloso de quien era y vivir sin remordimientos para no decepcionar a todos aquellos que alguna vez los habían sostenido para seguir viviendo. Con esa convicción, se acerca a Tanjirou y al cuerpo ya frío de su mentor. Agacha la cabeza en señal de respeto y le agradece, las lágrimas traspasando su máscara y su aspecto generalmente rudo.
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En su vida había aprendido muchas cosas, no pensando demasiado, sino enfrentándolas todos los días y en cada momento, viviendo con todas las ganas de seguir en ese estado y proteger a todos los que le hacían sentir seguro y en su hogar. La muerte no dejaba de acecharlos, como a todo mortal. Rengoku les había pedido, no, exigido que vivieran sus vidas con la cabeza en alto y sin darse por vencidos y eso era lo que haría. Sí se había dejado llorar y gruñir y gritar un rato, sumido en un dolor que no había sentido en un tiempo.
¿Por qué algunas muertes se sentían tan inclusos si él sabía que era parte del ciclo de la naturaleza? Las emociones humanas eran algo que nunca había logrado entender, después de todo ese tiempo rodeado de humanos. Si lo pensaba un poco, nunca antes se había encontrado rodeado de tantas personas que lo estimaban y lo cuidaban. Incluso desde su más tierna infancia se había encontrado protegiéndose solo, una piedra filosa en todo momento en su mano.
Sí había notado un cambio en él mismo, después de todo. Los sentimientos de miedo, terror, ira y desolación poco a poco eran reemplazados por la alegría de compartir sus comidas con sus camaradas, sus hermanos escogidos, su familia encontrada. Si lo pensaba un poco más, era la primera vez que tenía una familia de su misma especie. Tanjirou y Zenitsu habían tenido a su familia humana, sus hermanos, sus abuelos, pero hasta ese momento, él todo lo que había conocido había sido la brutalidad de la naturaleza, el incesante ciclo.
Incluso así, en las noches, todo parece calmarse, todo menos su mente.
Una presencia aparece detrás de él, se dibuja una figura que le transmite más calor que cualquier otra. Sin su máscara, seguramente verían que su cara se pone roja a veces y sigue sin entenderlo. Tanjirou comprende sus silencios, así que se siente a su lado y le entrega una bola de arroz que había sobrado de la cena. —¿No era solitario el bosque por las noches? — se atreve a preguntarle después de un rato.
—Tonto Kentaro, deberías saberlo, ¿no creciste en una montaña? — sabe que su amigo busca en él algo más, algo como una confesión. Puede notarlo en el modo en que se mueve inquieto, sus vibraciones intermitentes.
—Sí, pero es diferente, yo tenía mi familia a mi lado.
Oh, le cae de pronto. Eso quiere saber. A veces a su acompañante le costaba ir directo al asunto que lo preocupaba, pero él siempre podía leer el latido de su corazón, honesto y abierto solo para él. —Yo también tenía a la mía. — —Pero esto es diferente, se dice. Tú eres diferente, se corrige.
—¿Buen diferente? — sus aretes giran con el movimiento.
—El peor de todos, mis secuaces no son más que unos debiluchos que se rompen las costillas y ponen en peligro sus vidas. — se da la vuelta y lo mira intensamente. Decide que es un buen momento para sacarse la máscara. —Lo digo en serio, estamos descansando solamente porque sigues corriendo directo al peligro para salvar a otros.
Tanjirou abre los brazos y lo envuelve, acariciándole el cabello de paso. —No es necesario que te preocupes tanto, Inosuke. Siempre volveré a nuestra familia. Somos una familia ahora, lo sabes, ¿no es así? — Caer en el hechizo y la calidez del otro es fácil, una bestia domada por Tanjirou —Tener miedo es normal, pero no nos podemos detener por eso. Confío en que eres el más fuerte y estarás cuidando mi espalda cuando lo necesites.
—¡Soy el más fuerte! — protestó, pero no el abrazo tranquilizador del otro.
Si tener una familia humana significaba pasar esas preocupaciones, pero también compartir momentos íntimos como ese, dejarse llevar en las caricias de otro, que su corazón lata rápido, pero también increíblemente tranquilo, no cambiaría a su familia humana por nada del mundo. No cambiaría sus recuerdos, su terror inicial, su falta de vocabulario, la muerte de su madre jabalí, los poemas, las luchas. No cambiaría nada para poder llegar de nuevo a ese mismo momento.
Deja sus pensamientos de lado y se remueve inquieto en el abrazo fuerte de Tanjirou. —Tienes que dejar de hacerme sentir así.
La risa de Tanjirou le hace cosquillas en el cuello. —Quiero que sientas todo el cariño que alguien como tú siempre ha merecido, Inosuke. Soy tu familia. Somos tu familia. — Lo saca del abrazo solo para acariciarle la mejilla.
—Ya les dije que dejen de hacer esas cosas en mi campo de audición— aparecería Zenitsu atrás. —No dejan dormir a nadie cuando se puede dormir. — Le revuelve el pelo a Inosuke. —Eres como un hermano menor molesto.
La memoria más reciente y más nítida de Inosuke es la de él mismo persiguiendo a Zenitsu por interrumpir un momento de emoción, como lo llamaría él, mientras Tanjirou lo espera sentado y con comida para recibirle, con un abrazo y una sonrisa. Y sus recuerdos anteriores no se ven opacados, sino que se ven desde una luz distinta, desde la luminosidad de la felicidad y la tranquilidad de encontrar consuelo y cariño y algo llamado amor en otras personas como él. Así es la vida, le diría Tanjirou, no solo es el ciclo de vivir y morir, sino también toda la felicidad que se encuentra entre esos dos pasos.
