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Yecheon: a doscientos kilómetros por carretera desde Seúl -que se convirtieron en dos horas y media encerrada en la amplia camioneta de su madre, escuchando viejas canciones de Sobangcha acompañadas por su coreo desafinado-, se alzaba una pequeña ciudad de 52,311 habitantes…
Claro, eso si es que nadie hubiera muerto ni nacido desde 2011, desde la última actualización de las cifras poblacionales. Fuera como fuera, seiscientos kilómetros cuadrados estaban convirtiéndose en una especie de prisión para ella, lo quisiera o no. La camioneta gris se había tragado la distancia demasiado rápido para su gusto, haciendo que el paisaje exterior se convirtiera en un cuadro abstracto borroneado con los dedos al pasar por la ventanilla. Ella pudo imaginarse vívidamente la pintura sobre sus manos y el olor del óleo en la nariz, pero sólo era el aire acondicionado encendido y revoloteando los aromas artificiales a «bosque invernal» que colgaba del espejo retrovisor.
Ni siquiera sabía por qué su madre había aceptado tremendo traslado, si en Seúl tenían más que suficiente para vivir bien. Tenían un departamento propio, era bonito y grande, incluso pudieron darse el lujo de tener un perro: Benji. Lástima que hubiera muerto hacía tres años.
De todos modos, era más de lo necesario para ellas dos y su madre ya ganaba un sueldo decente, lo suficientemente bueno para pagarse idas al cine cada fin de semana y comer delicioso en buenos restaurantes. ¿Por qué complicarlo todo con una mudanza a otra provincia? Era una molestia. No sólo era un gasto absurdo, por mucho que la empresa solventara algunos viáticos, sino que debían adecuarse a un nuevo vecindario y ella misma era pésima adecuándose a lo que fuera, nuevo o viejo.
Pero no era eso únicamente lo que la irritaba por el momento, sino la pasión enfermiza de su madre por complicarse la vida al decidirse por liderar la caravana de camionetas de mudanza hasta aquél pedazo de tierra abandonada de la mano de Dios.
—No, ya te dije que no es así. Yecheon es una ciudad, ¡una ci-u-dad! —Le recalcó su madre, haciendo pausa a su concierto a dueto con sus ídolos de adolescencia, y sonrió como para sí misma a medida que reconocía los caminos desiertos como si hubiera pasado toda su juventud ahí y no fuera apenas su segunda visita—. Dami, alégrate, conocerás gente nueva.
Y ese era el problema. Dami no se adaptaba a la gente nueva. Para ser más específica, no se adaptaba a la gente en general. Se limitó a echar un suspiro como respuesta, tratando de no acrecentar su ya de por sí intenso dolor de cabeza, mientras su madre tomaba una desviación en la carretera que las arrojaría directamente a su nueva «ci-u-dad», y cuando vio desde abajo que ningún edificio opacaba la más pequeña cima de aquél relieve montañoso, confirmó que su madre estaba nuevamente equivocada: aquello no era una ciudad, era una maldita villa prehispánica.
Pronto se dio cuenta de por qué su madre estaba tan emocionada y encandilada por su juventud: al entrar al centro de la ciudad vio que, aunque había edificios de departamentos y oficinas, podía notar que eran pocos y las casas tenían toda la estructura de los años ochenta, con muros de concreto forrados de azulejos o pintados de colores oscuros, balcones con celosías y balaustradas, y jardines frontales al muy estilo americano. Claro que aquella ciudad era una construcción a gran escala del barrio donde su madre había nacido y crecido, y no había duda de que esa era toda su emoción por la mudanza.
Continuaron un largo tramo, adentrándose en la calle principal que, más que una gran avenida, parecía una simple calle pequeña de la capital, con locales comerciales de todo tipo e inclusive un mercado abarrotado de puestos y gente. Los comerciantes eran en su mayoría gente mayor y señoras con permanente en el cabello, usando gruesos mandiles rojos y paliacates en la cabeza, gritando a los transeúntes para que echaran un ojo a sus vendimias. Y había diminutas camionetas de batea llevando todo tipo de materiales, productos y animales.
Pasando el caótico mercado, su madre volvió a girar y el panorama mejoró sólo un poco, por fin dirigiéndose sin duda hacia la zona con los edificios de apartamentos que se asemejaban a las colmenas urbanas de la capital. Debido a que la vista mejoraba, se tranquilizó un poco y se dejó hundir en el asiento del copiloto, poniéndose de nuevo la gorra color índigo que su padre le había regalado alguna vez, en algún cumpleaños, creyendo que era fan de los Dragones Azules de Seúl o alguna estupidez así. Dami ni siquiera seguía las ligas de béisbol.
Su madre disminuyó la velocidad gradualmente hasta detenerse por completo. Dami supo que habían llegado a su destino, eso que su madre llamaba «nuevo hogar», pero no quería apearse de la camioneta así que fingió estar dormida hasta que su madre le abrió la puerta de golpe, dejando que el aire acondicionado se escapara y ella perdiera el apoyo de su hombro, casi haciéndola caer al pavimento caliente.
—¡Despierta, ya estamos en casa! —La urgió y Dami se obligó a poner un pie fuera. Se ajustó la gorra sobre la cabeza, cegada un poco por el fuerte sol de mediodía, se colgó el cubre boca negro y entonces se atrevió a alzar la mirada y recibir la bienvenida de su nuevo vecindario.
—Tiene que ser una broma —masculló para sí misma.
No había un solo edificio de departamentos en la zona. Sólo árboles en jardines descuidados. Y esas feas casas ochenteras, como las que había visto a la entrada. Rodeó la camioneta, tratando de buscar con sus últimas esperanzas algún indicio de modernos departamentos mientras miraba a todos lados, pero no había absolutamente nada. Lo más alto que veía eran los árboles y algunas casas de dos o tres pisos; todo rodeado de una gruesa capa verde y fresca.
—¿No te gusta la zona? ¡Es tan bonita! —Chilló su madre, caminando sobre la acera. El sol estaba justo sobre sus cabezas y no proyectaba ninguna sombra cercana. Hacía tanto calor que Dami no creía que fuera posible esa temperatura en una región montañosa como aquella.
—Creí que nos mudaríamos a un apartamento —se quejó, mirando desolada a su alrededor. Sólo había pequeñas camionetas de carga y algunos carros viejos estacionados en la estrecha calle de doble sentido. Las aceras eran pequeñas y frente a ellas se extendían un grupo de casas simples y coloridas. Su madre le sonrió traviesamente y sacó un manojo de llaves.
—Un apartamento es aburrido —le dijo, meneándose de lado a lado y agitando las llaves a ritmo. No había cosa más irritante que su madre actuando como una puberta graciosa pero se tragó sus crueles comentarios y se cruzó de brazos, para nada divertida con la situación—. Vamos, la mudanza llegará pronto, debemos abrir.
Su madre empezó a caminar y se detuvo delante de una preciosa casa blanca, con diseño moderno y garaje propio. Un amplio jardín llano y unos cuantos árboles jóvenes recién plantados. La casa era preciosa e innovadora, resaltaba en el vecindario y Dami se volvió a aliviar…
Sólo que no le duró demasiado. Su madre continuó caminando en dirección opuesta a la que habían llegado, lo cual no tenía sentido porque pudo haberse detenido justo frente a la que sería su nueva casa y ahorrarse aquella impertinencia; pero así era su madre: infantil, irracional y poco dispuesta a preocuparse por ello. Seguido de algunas casas simples de altos portones de aluminio, otra pequeña casa blanca de una planta con jardín apareció también. Sólo que, esta vez, Dami estaba segura de que no sería la de ellas porque había un juego plástico de resbaladilla y casita infantil, como esos que había en las guarderías y jardines de niños aunque, precisamente, no había niños cerca, estaba cien por ciento segura que esa casa estaba habitada. Hasta que su madre se detuvo junto a esa y…
“No”. Pensó.
Una casa de dos pisos con horrendo estilo ochentero.
“No, no, no”.
Con azulejos color café y techo de tejas.
“Por favor…”.
Tres balcones con balaustres blancos.
“¡No!”.
Y un denso jardín con árboles descuidados al frente.
—No puede ser.
❥—❥—❥
Seojun miró el reloj por tercera vez; era mediodía y faltaban pocos minutos para que se revolviera en prisas y mandados antes de que Haewon saliera del jardín de niños. El pequeño local tenía todas las mesas ocupadas y el calor de primavera revoloteaba entre los ventiladores de techo que no se daban abasto. Los comensales sudaban a gota gorda, al igual que él, pero todos estaban tan enfocados en el almuerzo que sólo atinaban a secarse las frentes con una servilleta y volvían a sorber las sopas directamente de los tazones humeantes.
—Jefe, se le hará tarde —le avisó Donghee, regresando a la ventanilla de la cocina con los nuevos pedidos, pero Seojun estaba preocupado por despacharlos antes de irse. Tomó la pila de notas y las leyó una por una, dándose cuenta que realmente no las tendría a tiempo para recoger a Haewon de la escuela, pero tampoco quería dejar sola a Yerim con los más de diez platillos recién ordenados.
—No te preocupes, jefe —se apuró ella a decirle, vaciando en un cuenco limpio los rábanos que acababa de cortar y empezó a hablar como tarabilla, chisporroteando las palabras de una manera tan rápida que sólo Seojun las entendía—. Lo tengo todo bajo control, son sopas y bibimbap. Sólo tengo que preparar las tortitas de kimchi, ¿verdad? Los fideos estarán dentro de nada.
La chica era pequeña, de mejillas regordetas y brazos fuertes. A menudo olvidaba lo buena que era cocinando, pero no era por otra cosa sino que Seojun siempre tenía cientos de asuntos en la cabeza y nunca había tenido buena memoria. Aunque sí recordaba aquél día en que era apenas una estudiante de último año y llegó hasta la puerta del apretujado local a pedirle trabajo. «Por favor, necesito el dinero. Lavar platos, atender mesas, cocinar, puedo hacer cualquier cosa», y Seojun no había podido hacer mucho para negarse. Al final, no había sido una mala decisión aceptarla y pensó en eso mientras la miraba trabajar arduamente en la cocina, balanceando tazones y salteando los ingredientes en el sartén.
—Jefe, es tarde —Donghee volvió a llamarlo y Seojun echó una rápida mirada a su reloj de muñeca. ¡Doce con diez! Salió corriendo del local, se montó en la destartalada furgoneta de carga, luchando contra el cinturón de seguridad que se enredaba en los brazos, y pisó a fondo el acelerador, esperando que ningún oficial de tránsito estuviera en la zona. Si era el señor Oh quien lo viese, podría librársela explicando que llegaría tarde a por Haewon, pero si era algún otro servidor… las cosas irían mal. Por suerte nadie apareció y llegó justo a tiempo, antes de que la maestra regresara dentro del edificio con Haewon tomada de su mano.
—Señor Park, de nuevo tarde —lo riñó la educadora con un tono amable pero autoritario, mientras Haewon se deshacía de su agarre rápidamente y corría en dirección a él, con sus cabellos alborotados y el uniforme cubierto de barro. La niña se aferró a su pierna mientras él caminaba para acercarse a la mujer de apariencia gentil y cabello corto.
—Lo siento mucho, tenía mucho trabajo… —intentó explicarse, pero el rostro de la mujer, dividido entre la condescendencia y la severidad, lo hizo guardar silencio inmediatamente, al tiempo que bajaba la mirada—. No volverá a suceder, lo siento.
—Eso dijo ayer, señor Park —lo amonestó otra vez—. Y la semana pasada. Y la semana anterior. Debería pedir ayuda, estamos hablando de su hija.
Seojun lo sabía. Los días eran cara vez más frenéticos en el mesón; Donghee, Yerim y él ya no se daban abasto, pero los ingresos tampoco eran suficientes para contratar a alguien más a tiempo completo. Mientras Seojun hacía de cajero, también salía a comprar provisiones, hacer entregas, ayudar en la cocina y atender proveedores. No es que descuidara sus responsabilidades como padre, que era lo que la maestra de Haewon trataba de decirle, sino que se le había venido el mundo encima y tenía que acostumbrarse.
—Lo haré —dijo en un intento por apaciguar a la mujer—. No se repetirá.
La mujer le dedicó una última mirada de reprensión, apretando los labios y negando con la cabeza, y se despidió rápidamente, entrando a la escuela. Seojun suspiró, preguntándose exactamente qué era lo que iba a hacer. No tenía ni idea; realmente era una persona ignorante de cómo resolver ese tipo de cosas.
De repente, sintió una manita cálida jugando con sus dedos.
—Papá, mandil.
Seojun no entendió de primeras lo que Haewon trataba de decirle, la miró confundido y cuando la pequeña dirigió la vista a su ropa, él se la siguió y se dio cuenta de que llevaba puesto el mandil del trabajo y que había conducido y saludado a la maestra de su hija sin siquiera recordarlo. Seojun sólo pudo reírse de su descuido y tomó firmemente la mano cariñosa, encaminándose hacia la vieja camioneta.
Montó a Haewon en el asiento del copiloto, le puso el cinturón de seguridad y le estrujó dulcemente la nariz antes de rodear el vehículo para entrar y encender el motor.
—Haewon, vamos a casa.
La niña sólo asintió con la cabeza y alzó la mirada para ver el cielo que los seguía a través de la ventana. Haewon no dijo mucho en el camino a casa, aunque realmente no decía mucho por lo general. Muchos decían que era parecida a él, por lo introvertida y seria, pero Seojun dudaba mucho que eso fuera cierto. Haewon era más que sólo una niña de cinco años reservada: tenía pensamientos demasiado profundos para su edad, ideas que ni siquiera a él se le ocurrirían a los treinta un años que recién cumplía, y era muy inteligente, observaba el mundo a su alrededor con la calma de un científico en el laboratorio. Seojun sabía que su hija tenía un universo dentro que, más que callar, absorbía todo lo que podía. Por eso no se parecía a él, Seojun sólo… Sólo no era mucho de hablar y ya.
La pequeña calle donde vivían estaba invadida por dos vehículos de mudanza, Seojun tuvo que maniobrar más de la cuenta para que su espejo retrovisor no terminara rayando la pintura plateada de una camioneta que había quedado por enfrente de todos los camiones de carga y que no reconocía como propiedad de alguno de sus vecinos.
Caminó sobre la acera y se fijó en que el viejo caserón del señor Gong finalmente había sido comprado; habían retirado ya los anuncios de venta y las placas de madera que clausuraban la entrada, y una fila de cargadores uniformados de gris entraban con cajas y muebles y salían a manos vacías a por más cosas. Haewon se quedó atrás, mirando con curiosidad el evento poco cotidiano, pero Seojun tenía que apresurarse para calentarle la comida y dejarla en casa.
Desde que había tenido que adaptarse a vivir solo y atender a Haewon y el mesón al mismo tiempo, Seojun tuvo que crear un estricto itinerario diario que consistía en levantarse a las 4:30 am, ir al mercado por insumos para el trabajo del día e ir a la cocina para limpiar, acomodar las cajas recién compradas, alistar los ingredientes para cuando Donghee y Yerim llegaran a su hora de entrada, sobre las siete de la mañana; entonces saldría para la casa, prepararía los desayunos y vestiría a Haewon para la escuela antes de montarla en el pequeño autobús que pasaba por ella.
Tenía de ocho de la mañana a doce del día para dedicarse al mesón: cobrando en caja y recibiendo proveedores, ayudando un poco a Yerim si podía. Luego correría de nuevo a por Haewon, comería con ella y regresaría a la cocina sobre la tarde y hasta que cayera la noche. Llegaba a casa sólo para cenar con ella, darle un baño caliente y meterla a la cama. Y al día siguiente, toda la rutina se repetiría, como si estuviera atrapado en un bucle. La única variante en aquella ecuación era Haewon, que terminaba sorprendiéndolo con sus profundas ocurrencias, a veces le regalaba un tímido abrazo y, cuando realmente quería dejarlo anonadado, esbozaba una traviesa sonrisa y salía corriendo soltando risitas cantarinas.
Esas eran las únicas señales que le daba el tiempo de estar corriendo, lo hacía tan lentamente que Seojun ya no sabía si habían pasado diez o cinco años desde la última vez que vio a la madre de Haewon, pero de lo que estaba seguro era de que los años iban a devorárselo en cuanto Haewon entrara a la primaria, y le preocupaba no poder alcanzar a ver su crecimiento acelerado por estar demasiado ocupado en el trabajo. Por supuesto, trabajar no era algo que hacía por egoísmo, al final un padre soltero lo tenía difícil para encontrar un buen trabajo remunerado, y se había arriesgado a abrir el mesón con la idea de tener tiempo disponible para cuidar de su hija. Pero había pensado eso inconscientemente, de forma fantasiosa.
Sirvió dos grandes tazones de ropa caliente, arroz blanco y tortitas de huevo, y se encargó pacientemente de que Haewon comiera todo lo que había dispuesto para ella; le ayudó a lavarse los dientes, la cambió con ropas de casa y le dejó su programa preferido en la televisión.
—Haewon, papá tiene que ir al trabajo. Quédate aquí y no le abras a nadie, ¿entendido? —le recitó con dulzura como todos los días. Haewon era una niña tranquila y obediente, sólo se mordió los labios, asintiendo con la cabeza, y corrió a la alfombra frente al viejo televisor. Seojun verificó por última vez que el paso del gas estuviera cerrado, que el cajón de los cuchillos y tenedores estuviera cerrado con llave, y no hubiera nada más de riesgo en la casa.
Aseguró la puerta desde afuera y cruzó el amplio jardín, echando una discreta mirada hacia la casa de al lado, donde la gente de mudanza estaba terminando su trabajo. Como las cercas de los jardines eran bajas y los barrotes espaciados, Seojun pudo vislumbrar una figura menuda de cabello corto cruzando el sucio jardín vecino, pero él caminó tan rápido que no alcanzó a fijarse en su rostro; en la puerta se encontraba una mujer adulta despachando a los trabajadores con entusiasmadas venias y la pudo escuchar agradeciéndoles por su esfuerzo y amabilidad cuando esquivó al grupo de hombres que la rodeaban. Se montó en la furgoneta, echó una última ojeada cotilla por el espejo retrovisor y la mantuvo en la mujer que regresaba dentro hasta que la casa se perdió en la distancia.
Pensó en que sería extraño tener vecinos ahí; el señor Gong había dejado el condado hacía mucho tiempo para irse a vivir a la capital con su hija mayor, Seojun estaba tan acostumbrado a no tener vecinos cercanos en la zona que no sabía realmente cómo tomárselo.
“Y si se mudaron ahí, ¿qué?”, dijo para sus adentros, “no es como que tenga que hacer algo yo”. Pronto olvidó el tema al regresar al centro y encontrar el mesón aún repleto; incluso los agentes de tránsito que tanto había temido encontrarse ya estaban ahí, siendo atendidos por Donghee. El señor Oh lo saludó desde su mesa, alzando una mano y sonriéndole efusivamente, y Seojun entró a la cocina luego de hacer una rápida reverencia en respuesta.
Tenía que ponerse al corriente con Yerim, la encontró sobrecargada con pedidos en la cocina y aunque la chica era eficiente, más de veinte comensales era demasiado para una sola persona.
—Muy bien, Yerim, yo me encargo de los nuevos pedidos —le anunció antes de dar una última orden—: Toma un respiro.
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La casa era más grande de lo que había temido y más bonita por dentro de lo que aparentaba ser por fuera. Todo el interior estaba forrado de madera y tenía un elegante candelabro colgando en el recibidor. La habían limpiado recientemente porque aún olía a aromatizante cítrico mezclado con la humedad común de una casa que habría estado deshabitada por mucho tiempo.
Los muebles aún estaban enrollados en plástico y cartón, pero al menos ya los habían dispuesto según las indicaciones de su madre. La sala era amplia, así que cabían perfectamente los dos sofás grandes, formando una “L” que dividía la estancia del comedor. Uno de los libreros estaba acomodado junto a la puerta, a modo de crear un falso pasillo en el recibidor. Del lado izquierdo, había una pequeña habitación que su madre ya había elegido como despacho, justo detrás de ella se hacía el hueco de las escaleras de ida y vuelta que conectaban la planta baja con el primer piso. Al fondo estaba el cuarto de servicio y frente a él, de lado derecho y encabezando el área más grande de la casa, una amplia cocina con muebles integrales, isla y barra.
La estructura de la casa, a pesar de todo el espacio que tenía, era terrible, como si la hubieran construido por partes. Tenía un porche y la fachada de la casa se dividía en tres bloques que se retraían según el área de la casa. Así, la sala de estar quedaba al ras del porche, la entrada un poco más atrás y el ventanal del despacho de su madre, quedaba un metro más atrás todavía. Aquello parecía una figura del tetris mal lograda y lo peor era que lo mismo sucedía con los balcones, que en lugar de unificarlos en una terraza, seguían la forma de la planta baja de forma individual. Dami no era ninguna arquitecta, pero tampoco tenía que serlo para darse cuenta que era espacio muerto.
Por lo menos tenía recámaras amplias, justo encima del área donde estaba la sala, el comedor y la cocina. Un baño completo, con tina incluida, sobrepuesta al cuarto de servicio y subiendo a mano derecha, donde estaría el despacho de su madre, había un salón grande y abierto, con ventanal hacia el jardín.
Ella había elegido la recámara de enfrente, que también tenía vista al jardín y a la calle. Aunque la cocina y el cuarto de servicio tenían pequeñas ventanas en la parte superior que tragaban luz de un área sin construir detrás de la casa, y la recámara sobre la cocina tuviera también una ventana a todo lo largo de la pared del fondo, a Dami no le agradó demasiado. Se sentía sofocada y apretujada; pero la recámara que había escogido tenía un ventanal de piso a techo y pared a pared que le daba toda la luz solar que le gustaba.
Sin cortinas, la luz era suficiente para iluminar toda la habitación sin necesidad de encender el pequeño candelabro, y planeaba poner cortinas blancas y ligeras para que no se limitara el paso de la claridad o el aire montuno.
Se echó en la cama con el colchón aún envuelto en plástico. Respiró profundamente y prestó especial atención a la manera en que el corazón le latía vívidamente en el pecho. Daba lo mismo si estuviera en Seúl o en Yecheon, le palpitaba igual. Aquél cambio ni siquiera la emocionaba, era más una molestia…
Las cajas con sus pertenencias aún estaban cerradas y apiladas unas sobre otras; tarde o temprano tendría que abrirlas y acomodar todo lo que estaba ahí, así que se levantó con un suspiro e hizo el intento de bajar primero las cajas que estaban encima, pero eran demasiado grandes y pesadas para ella, así que trastabilló de espaldas.
—¡Espera, espera, yo te ayudo! —La voz de su madre entró a la habitación y le atrapó con una caja en los brazos, aplastándole el torso y la cara, se la quitó de encima con esfuerzos y la arrojó al suelo—. Esto es demasiado pesado, debiste pedirme ayuda.
—Estoy bien, sólo es una caja —replicó, pero la mujer volvió a intervenir cuando Dami jaló la segunda caja para acomodársela en los brazos—. ¡Mamá!
—Ya la tenemos, sólo hay que bajarla —su madre la ignoró por completo mientras sostenía la mayor parte del peso por su cuenta. Dami no era una niña debilucha pero su madre siempre actuaba como si lo fuera y eso siempre lograba ponerla de muy mal humor—. ¿Lo ves? Es más sencillo. Desempaca tranquilamente, yo iré al mercado a por algo de comer, ¡me muero de hambre!
No le sorprendió que su madre huyera por comida, así que sólo chasqueó los labios y se dispuso a sacar la ropa y sus cosas personales. Nunca se habría imaginado que tuviera tantos cachivaches e incluso después de haber donado la mayor parte de prendas y objetos que no necesitaba, seguía siendo demasiado por acomodar.
Colocó pacientemente los vestidos, pantalones y blusones en el enorme clóset en la pared, la ropa más pequeña la dobló con calma en los cajones de su cómoda, y acomodó algunos productos de belleza en el tocador frente a los pies de su cama. A Dami le gustaba tener maquillaje aunque era muy perezosa para usarlo y, de todos modos, coleccionaba labiales. Arrojó el neceser con medicinas al último cajón del tocador y fue a por la caja repleta de libros, arrastrándola sobre el piso de madera.
El librero había quedado junto al ventanal, así que aprovechó para correr los cristales y sentir el aire de las montañas, ocasionando que se levantara una nube de polvo desde el exterior. El balcón estaba aún sucio, como si no lo hubieran lavado en años, y maldijo en voz alta. Odiaba la suciedad, tendría que limpiarlo para quedarse tranquila, pero tenía que ser antes de que su madre volviera porque no le alcanzaría la vida para el teatro que le armaría si la encontraba limpiando.
Sin darle más vueltas al asunto, se acomodó una mascarilla para no aspirar el polvo y bajó corriendo hasta el cuarto de servicio. Sólo había una vieja escoba y cubetas descoloridas. “Esto tendrá que funcionar”, pensó decidida, y regresó a la planta alta con la cubeta vacía, a sabiendas que no podría subirla fácilmente por las escaleras. Dejó la cubeta en el balcón y regresó por un cuenco más pequeño para acarrear el agua desde el lavabo del baño hasta su habitación; para cuando la cubeta estuvo llena, Dami ya tenía la frente perlada de sudor, pero no desistió en su misión de limpiar lo que estaba sucio, al menos para quitar la mugre del piso.
Cuando terminó, miró orgullosa su obra. Las baldosas mugrientas habían recuperado su color amarillo desgastado, al igual que los balaustres, cuyo original color blanco se había convertido en gris con el paso del tiempo. Dami podía respirar con más tranquilidad ahora, así que se apoyó con los codos sobre el barandal de concreto y miró a su alrededor, liberándose de la mascarilla que se sentía más como un bozal.
Las casas de enfrente no tenían nada de especial, sólo eran una hilera amontonada de colores beige y durazno, pero detrás de ellas se alzaba un pequeño cerro color verde brillante. El cielo era profundamente azul y no había una sola nube cerca, y a su alrededor no había más que pequeñas casas como aquellas, calles pequeñas y árboles por doquier. Fue que le pegó entonces que ya no estaba más en Seúl, no había más smog ni luces, ni el ruido de la ciudad, el insufrible tráfico… pero tampoco la torre de Namsang, ni Itaewon… Aun así, tenía que reconocer que la calma de Yecheon estaba agradándole.
Echó una última ojeada y, sin esperar mucho, miró hacia abajo, a la única casa de un solo piso en su rango de visión. Era blanca, con tejas descoloridas, y tenía un llano jardín con esos juegos de colores que había visto antes, brillando bajo el sol… Sólo que esta vez, sí había quien los jugara.
Un pequeño niño, que no debía rebasar los cuatro años, salía corriendo de la pequeña casa de plástico para montarse en la resbaladilla de apenas tres escalones. Una y otra vez, como un bucle cíclico, entre risitas y pequeños gritos de alegría. Hasta que uno de los gritos se convirtió en un berrido: se había caído.
El corazón se le agitó. Fue como un golpe de terror. Su primera reacción fue como si quisiera saltar por el balcón pero se detuvo antes de salir corriendo. Seguramente sus padres saldrían a verlo dentro de nada, de todos modos no era su responsabilidad. ¿No se suponía que un adulto debía vigilar cuando un niño jugaba? Claro, debía ir un adulto responsable…
Pero ese “adulto responsable” tardaba en aparecer y el niño seguía llorando en el piso, desde ahí, Dami no podía ver la gravedad del asunto y se impacientó. ¿Y si se había cortado? ¿O roto un hueso? Bueno, los niños pequeños solían ser flexibles y era poco común que se rompieran algo, pero de todos modos…
—Ay, maldita sea. La adulta responsable aquí soy yo. Mierda —se rindió por fin y bajó tan rápido como pudo las escaleras, cruzó el jardín, salió sin cerrar la puerta tras de sí y se saltó la cerca blanca que le llegaba medio muslo. El pasto era suave y estaba húmedo, pero el niño lloraba desesperadamente, mal sentado en el mismo sitio donde había caído—. Oh, cielos, ¿qué pasó? —Dami intentó hablar dulcemente, sin sonar asustada—. ¿Qué le ha pasado a este pequeño? —se acercó con cautela, echando un vistazo rápido hacia la casa, pero la puerta estaba cerrada y la ventana corrida. El sol seguía intenso y le picaba los ojos, y el llanto del niño no paraba. ¿Qué podía hacer? Ella no sabía nada sobre calmar a los niños y sus padres no parecían haberse enterado de nada—. Pequeño, voy a acercarme. Tengo que ver dónde te lastimaste, ¿sí? Calma, calma, ya no llores.
Se sentó junto a él en el césped y extendió una mano titubeante hasta él. El niño no se apartó pero tampoco dejó de llorar y ella empezaba a exasperarse. Cuando tocó su cabello sedoso y reluciente, cortado como si fuera un pequeño hongo, el niño echó un profundo suspiro y los alaridos se convirtiendo en sollozos y lamentos amortiguados. La miraba tímidamente por debajo de sus densas pestañas, con la nariz y los ojos enrojecidos por el llanto.
—Muy bien, pequeño, te portas muy bien. Voy a revisar tu rodilla, ¿de acuerdo? —Dami sonrió ligeramente cuando el niño asintió, haciendo un tierno puchero y callando por completo, realmente haciendo un esfuerzo por controlarse. Dami suspiró—. Aquí voy.
Lo palpó por gentileza, revisándole las articulaciones y los huesos más grandes, el niño se encogió y soló una risita cuando le hizo cosquillas, primero accidentalmente y luego a propósito. No había nada roto ni zafado. La rodilla estaba bien, aunque tenía un raspón algo grande y la mano sonrosada, ligeramente arañada. Sólo necesitaría desinfectante y ungüento, pero no había mucho de lo que preocuparse. Sólo llamaría a la puerta y avisaría a sus padres, seguramente estaban ocupados y por eso no habían escuchado el alboroto.
Lo puso de pie, cargándolo un poquito y, cuando el niño pudo caminar, lo dejó aferrarse a su mano mientras se dirigían juntos a la puerta. Su palma era pequeña y cálida, se sentía como un pequeño pájaro entre sus dedos, vibrante y tibia. Dami sonrió. Se sentía bien, como pocas cosas se sentían bien en su vida desde hacía mucho tiempo, sin duda esa era la importancia de las obras de caridad en la vida de alguien: hacerlos sentir bien.
Tocó la puerta una vez, y luego otra y otra, cada vez más fuerte. Nadie salió ni se escucharon ruidos desde dentro. Se asomó por el ventanal corrido pero la casa parecía vacía y la puerta estaba cerrada con llave. Sólo la televisión estaba encendida en algún horrible programa para niños, pero nada más. Adentro no parecía haber nadie; si el niño tenía unos cuatro años, seguramente ya podía hablar y contestar preguntas más elaboradas, así que se encuclilló junto a él, sin soltarle la mano, y le miró el pequeño rostro sucio.
—Pequeño, ¿no están tus padres? —El niño mantuvo sus inmensos ojos abiertos y fijos en ella mientras negaba con la cabeza y algo en su interior se alarmó—. ¿Estabas solo en casa? —De nuevo silencio y otro movimiento de cabeza, esta vez asintiendo. Dami sintió un burbujeo de furia y nerviosismo dentro del pecho, ¿qué clase de animal podía dejar solo a su hijo en el jardín con el pleno sol encima? Suspiró furiosamente, mirando a su alrededor, y volvió a enfocarse en el niño—. ¿Qué te parece si esperamos en mi casa a que lleguen tus papás? Seguro que no tardan, ¿verdad?
El niño asintió y Dami sonrió en respuesta. Se puso de pie y el niño se aferró más fuertemente a su mano; sintió la desazón recorriéndole el cuerpo y apretó los labios, cabreada. Fuera quienes fueran, sus padres iban a escucharla cuando volvieran a casa; aquello se llamaba negligencia e incluso podían ser denunciados. Dami no se tentaba el corazón para esas cosas y no lo haría ahora, esa gente tendría definitivamente lo que merecía.
Ni siquiera se preocupó por lo que le diría a su madre cuando llegara del mercado y encontrara a una personita en casa. Por supuesto que llegar con un niño no era lo mismo que aparecer con un gato callejero o un perro sarnoso en la puerta, pero seguramente comprendería la situación. Nadie sería tan inhumano como para hacer lo que le habían hecho. ¡Pero ya la escucharían esos imbéciles! Kim Dami tenía una licencia especial para causar problemas a quienes querían problemas. Ella no se quedaba de brazos cruzados ante nada.
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Seúl, 2014
La despertó el molesto sonido del horror. El alarido se extendió por todo el vestidor pero provenía de otro lugar más alejado, como el gimnasio o la piscina. Cuando escuchó el chapuzón y las risas que le acompañaron, obtuvo su respuesta.
Realmente odiaba que perturbaran su descanso; dormir era lo único que le apaciguaba los dolores de cabeza, pero algún par de mocosos habían decidido impedirle eso tan siquiera. Seguramente era el bastardo de Jongsuk. Ese hijo de puta de último año creía que el poder de su padre abarcaba la escuela donde asistía y nunca faltaba algún idiota que le apoyara por el simple hecho de tener un buen conecte con su familia.
Sin embargo, ella era Kim Dami. La perra loca del colegio. Y detestaba cuando interrumpían su siesta.
Justo como lo había sospechado, Jongsuk estaba jugando a los buzos con uno de los chicos de primer año. Era tan poco imaginativo que hundía por la cabeza al chico, quien cuando se le permitía respirar rogaba por piedad, mientras uno de sus rémoras vigilaba la entrada principal de la piscina.
“Inútiles”.
Sólo le bastó sacarse el móvil del bolsillo de su saco y encender la cámara. Estaba en la salida de emergencia que llevaba al interior de la escuela, el punto ciego que aquellos cerebros de pez habían olvidado neutralizar. Si tan sólo pudieran pensar por sí mismos, se habrían encargado de cerrar todas las puertas y ventanas del área, pero Dami sabía que eso era pedirles demasiado.
Lo grabó todo: a su compañero siendo ahogado por diversión, a Jongsuk riéndose y maldiciéndolo, y al imbécil que lo solapaba desde la puerta. Dami sabía que no matarían a nadie, pero realmente la habían puesto de muy mal humor y la jaqueca había regresado al triple de intensidad.
—Malditos bastardos.
El tutor de su clase la miró, completamente estupefacto. El aparato estaba sobre los papeles que tenía en el escritorio, él lo había arrojado con el vídeo reproduciéndose a todo volumen, haciendo que los otros profesores en el salón de maestros prestaran súbita atención. Luego de que ella hiciera de su conocimiento todo lo había visto, le había mostrado las pruebas cuando él desdeñó su testimonio. Le había arrancado el celular de las manos para verlo por sí mismo, pero ahora parecía que también quería desestimar pruebas tan fehacientes.
“Qué sorpresa”.
—Esto no es… —balbuceó el tutor, un hombre desgarbado que pasaba los cuarenta años—, quiero decir, no puedo tomar esto como evidencia, Dami. No estabas en tus clases ni en la enfermería. El hecho de que hayas podido grabar esto es una violación a las reglas de…
Dami se encogió de hombros, tomando de vuelta su móvil con un rápido movimiento, antes de que al viejo se le ocurriera confiscarlo y eliminar el vídeo, aunque de todos modos se guardaba un respaldo en la nube de almacenamiento.
—Podemos decir que fue así. Sin embargo, ¿qué dirá la gente? —Puso una expresión cínica de falsa preocupación—. Mejor dicho, ¿qué dirá la supervisión escolar sobre esto cuando lo suba a cada plataforma y red social? —Dami frunció el ceño, chasqueando los labios con fingida angustia—. Una escuela que permite el acoso entre sus alumnos y desacredita evidencia para encubrir al abusador, sólo porque es hijo de un candidato a diputado… Hablando de eso, ¿no sería peor para el futuro asambleísta que su hijo sea protagonista de un escándalo así? ¡Dios mío! —Dami suspiró dramáticamente, llevándose una mano al pecho, dándose palmadas que lo hicieron resonar como un tambor—. El partido político tomaría cartas en el asunto también… ¿La escuela podrá permitirse un problema así? Profesor… Usted no gana lo suficiente para todo lo malo que vendría… ¿O sí?
Los pasillos estaban vacíos cuando abandonó el colegio, luego de pasar un par de horas en la clase de estudio extra escolar, a modo de castigo. Los maestros habían insistido frente al subdirector que, incluso si Dami estaba denunciando una falta mayor, ella misma había incumplido las reglas y debía ser disciplinada por ello. ¿Qué más daba? Era cierto, así que ni siquiera rezongó cuando le aplicaron el castigo.
Se detuvo frente al enorme pizarrón de anuncios y calendarios de eventos escolares, mientras la lluvia resonaba a través de las ventanas y portones, y se fijó en la hoja que enlistaba los movimientos estudiantiles del día. Navegó la mirada sobre la larga lista y se detuvo abruptamente.
«Do Jihan — Suspendido.
Yoon Jongsuk — Transferido».
Sonrió. Finalmente podría dormir con tranquilidad entre clases.
❥—❥—❥
Pasaban de las siete cuando apenas vio fin a la limpieza del pequeño local.
Las mesas bajas ya estaban lavadas y los asientos de piso apilados en un rincón. Yerim terminaba de limpiar el suelo y Seojun finalmente había cuadrado las cuentas del día. Donghee salió de la cocina luego de levantar todas las cacerolas y fregar el asador. Tenía hollín en la nariz y en la frente, muestra de las veces que se había rascado la cara mientras limpiaba, y escuchó la risita burlona de Yerim al verle en el área de comensales.
—Donghee, ¿intentas crear una nueva tendencia de belleza? —Masculló Yerim, acercándose a donde Seojun retiraba el efectivo del día y Donghee se apoyaba para descansar un poco.
—¿Tendencia de belleza? ¿Qué quieres decir?
Yerim se señaló la cara como ejemplo y le sonrió con socarronería.
—Uni-ceja. Frida Kahlo. Tú sabes…
Pero Donghee no sabía nada y Seojun sólo atinó a soltar una pequeña y exhausta risita. No dijo nada, apartó el dinero que depositaría a primera hora en el banco y dejó dispuesta la caja chica para los cambios de la mañana. Tomó las llaves del local y de la furgoneta y, antes de que Donghee bajara el interruptor de electricidad, Seojun sacó su viejo móvil y se lo puso a Donghee en las narices para que utilizara el cristal negro a modo de espejo.
—¡Ay, maldita sea! ¿Cómo me quito esto? —Chilló el chico, frotándose la cara y empeorando la mancha sobre su frente—. ¡Ah, demonios!
Yerim explotó en risas, haciendo que su pequeño cuerpo se doblara por el ombligo. Seojun no quiso soltarse a las carcajadas, así que sólo se limitó a morderse los labios y arrojarle el paño de franela roja que llevaba siempre en el delantal.
—Límpiate, creerán que incendiaste algo con ese historial que tienes. Y váyanse rápido, estoy muy cansado… Ah, joder, realmente, mis hombros… —empezó a quejarse con exageración para apresurar a los chicos, que empezaban a discutir entre las burlas de Yerim y las protestas de su compañero. Apenas Donghee apagó las luces, Seojun echó candado y se alejó por la acera, viéndolos cruzar y se despidió con una mano—. Directo a casa, ¿vale?
Se rio para sí mismo y obedeció sus propias palabras, metiéndose a la furgoneta. Se detuvo en el semáforo de la esquina, frotándose los labios mientras pensaba en esos mocosos. Donghee era un buen chico, algo distraído y torpe, pero de corazón puro y noble. Por algún tiempo se había hecho de malas amistades y Seojun no lo juzgaba; todos en algún momento habían tenido una influencia cuestionable en sus vidas, y Donghee no era una excepción.
A veces le recordaba a sus días agitados de juventud, cuando saltarse algunas horas en la escuela y creerse niño grande, fumando en los lagos a las afueras de la ciudad, lo hacían sentir que podía sostener al mundo entero en la palma de su mano. Aquellos días se habían acabado mucho tiempo atrás, también las energías para brincarse cualquier barda, y definitivamente se había dado cuenta que, en aquellos años, ni siquiera hubiera podido cargar el peso de su propio corazón en las manos.
Por eso Donghee lo hacía recordar esa volátil sensación de haraganería y había querido reclutarlo luego de escuchar a su madre lamentarse amargamente de las malas decisiones de su hijo, en uno de esos tantos días que la mujer pasaba a ofrecerle champiñones de su modesto huerto. A veces se quedaba a comer ahí también.
—Es un buen niño —le había dicho—. Pero dejó la escuela y quiere convertirse en… ¿qué dijo? ¿«campeón de e-games»? Ni siquiera sé lo que eso significa.
La señora Chae ni siquiera era una mujer con solvencia económica, el padre de Donghee era pescador de aguas profundas y se pasaba más de tres cuartos del año embarcado, en alguna parte del pacífico. Ni él ni su esposa querían un futuro así para Donghee, así que la prioridad de ambos era que terminara la preparatoria.
Seojun se le acercó con esa intención, creyendo que el joven entendería con el uso de palabras, pero Donghee no había querido escuchar y no lo hizo hasta un par de meses después, cuando uno de sus amigos bravucones quemó una pequeña cabaña en la cresta montañosa, reduciéndola a cenizas.
A Seojun le tocó acompañar a la señora Chae hasta la comisaría y fue cuando Seojun le puso un ultimátum: trabajar con él o pasar muchos de sus días en una correccional de menores. Era una sarta de fortuna que la cabaña estuviese abandonada hacía décadas y los hijos del dueño original estuvieran más aliviados que enfurecidos por su destrucción; no presentaron cargos contra ellos pero sí tenían una denuncia por alteración del orden público.
Donghee aprendió la lección y aceptó el empleo en el mesón luego de salir bajo fianza; Yerim estaba furiosa con Seojun en ese momento porque todos sabían lo peligrosos que podían ser los entonces amigos de Donghee, pero él sólo se encogió de hombros y se excusó rápidamente:
—Necesitábamos un mesero.
Donghee había sido un buen disparo hacia el cielo, después de todo, y Yerim lo terminó aceptando, primero a regañadientes y luego alentada por la manera rápida y obediente en que Donghee aprendía. Pero había algo más que Seojun había descubierto que ese par de chiquillos aún no descubrían, y lo hacía soltar sonrisitas traviesas. La juventud era así: hacían reír melancólicamente a sus mayores. Yerim y Donghee apenas tenían diecinueve años y él era sólo doce años mayor, pero ya lo hacían reír, añorando los momentos en su memoria.
El camino a casa se acortó a instantes entre minutos robados por los recuerdos y se apeó de la furgoneta con una sonrisa nostálgica cuando estuvo frente a la pequeña casa blanca. Caminó hasta la puerta y descubrió la sala vacía, con la televisión encendida pero todas las luces apagadas. Aquello era extraño porque Haewon sabía encender las luces y apagar la televisión, y era usual encontrarla coloreando en la pequeña mesa del comedor. Pero no estaba ahí.
—¿Haewon? —Canturreó, llamándola—. ¿Dónde estás? ¿Duermes? —Se dirigió sin prisas a la habitación después de dejar las llaves en el taburete del minúsculo recibidor y quitarse los zapatos. Abrió lentamente la puerta, casi seguro de que la niña dormía en su recámara, pero la cama estaba perfectamente hecha y la luz de la mesita de noche estaba apagada. Haewon le tenía miedo a la oscuridad, así que siempre la prendía antes de dormir. El corazón le saltó del pecho y se le cayó a los pies—. ¡Haewon!
Ni siquiera se preocupó en ponerse bien los zapatos y fue cuando se dio cuenta que el ventanal que daba al jardín delantero estaba entreabierta. No lo había notado al entrar porque el estorboso televisor de bulbos no le dejaba mucho rango de visión.
Se imaginó lo peor. ¿Y si habían entrado a robar y, al ver que no había nada de valor, decidieron llevársela a ella? ¡Maldita sea!
Salió al jardín gritando su nombre, desesperado, hasta llegar a la mitad de la calle y, cuando estaba por echar a correr hacia la avenida principal, escuchó una reja abrirse de golpe y la voz dulce y ronca de Haewon llamándolo desde la casa contigua.
—¡Papá! —La niña corrió hasta él de entre las sombras de los árboles y la luz ambarina de los faroles. Seojun sintió como si el alma le volviese al cuerpo y las rodillas se le convirtieran en plastilina. Cayó de cuclillas para recibir a su hija, temblando aún por el miedo de haberla perdido, y se apuró a revisarla de pies a cabeza.
—Haewon, ¿estás bien? —Le escudriñó la coronilla, la frente, los codos, hasta las rodillas. Ahí encontró una bandita redonda con garabatos de estrellas y corazones hechos a mano, y suspiró con cierta tranquilidad mezclada con pavor—. ¿Qué te pasó?
—Me caí —respondió la niña tímidamente—. Esa niña me curó.
Seojun siguió el camino que Haewon había trazado con su manita y encontró a una jovencita esbeltísima que lo miraba amenazante y con los brazos cruzados. Seojun aún no entendía cómo era que Haewon no estaba dentro de casa ni por qué tenía una tirita en la rodilla, y qué papel habría cumplido aquella extravagante desconocida de puntas amarillas en todo aquello, pero en cuanto ella se acercó, la niña volvió a sonreír. La otra chica, por su parte, fruncía el ceño y apretaba los labios en clara señal de enfado.
—Señor, ¿es usted su padre? —Su voz retumbó como una pena de muerte. Era muy alta, de mejillas redondas y ojos brillantes. Recordó entonces las puntas de su cabello teñidas de amarillo y supo en seguida que se trataba de la nueva familia que acababa de mudarse. Seojun se incorporó rápidamente, sin soltar la cálida mano de Haewon y se aclaró la garganta, sintiéndose abrumado al finalmente estar a pocos pasos de él y comprobar que, sí… era muy alta, incluso para alguien como él. Aunque no rebasaba su hombro, generalmente todas las chicas de la ciudad le llegaban a la altura del pecho.
—S-sí. Mucho gusto, soy Park Seojun, padre de Haewon —le estrechó la mano pero la chica se limitó a mirársela con desdén y le clavó los ojos a él, con una expresión de indignación pura. No se la tomó y Seojun se vio obligado a retirarla con demasiada incomodidad—. No sé qué haya sucedido, pero gracias por cuidar de Haewon.
—¿«Gracias»? —La chica arrastró la palabra como si le diera asco. Seojun no entendía nada y su contrariedad se convirtió en intriga cuando ella soltó un resoplido burlón, rodándole los ojos con insolencia—. ¿No debería disculparse y pedir de rodillas que no llame a Trabajo Social?
Seojun se quedó hecho piedra. ¿«Trabajo social»? ¿Por qué una chiquilla como ella tendría que llamar a trabajo social? ¿De qué estaba hablándole? Si ella se había metido a su casa por Haewon, quien debía llamar a la policía era él. Podría haberse tratado de una secuestradora o traficante de personas, de sólo pensarlo, Seojun sintió un latigazo helado en la espalda.
—¿A qué te refieres? Tú entraste a mi casa y sacaste a mi hija —la acusó, sintiéndose irritado por el tono conminatorio de la jovencita. No se conocían de nada, pero la actitud de ella impresionándolo a sobre manera.
—¿Yo? —La chiquilla soltó una risa cínica y luego una imprecación, ¡delante de Haewon, por el amor de Dios! —. Usted es quien dejó a su hija sola en el jardín a plena luz del sol. ¿Qué? ¿Qué yo saqué a su hija? ¡Por favor! Es un completo irresponsable.
¿En el jardín? ¿Sola? ¿Un irresponsable? Miró hacia abajo, desde donde Haewon lo miraba inocentemente, sin entender ni siquiera un poco de lo que ocurría, y él amortiguó un suspiro, tratando de unir los cabos sueltos y entender la enredada situación. Por supuesto que, tarde o temprano, Haewon aprendería a salirse por la ventana y jugar en el jardín. Después de todo, no estaba nada forzado y la casa no estaba revoloteada. Incluso si no había revisado si faltaba algo, no había mucho que llevarse de valor y un ladrón no hubiera sido tan pulcro.
Seojun respiró tranquilamente de nuevo, haciéndose una idea de lo que pudo haber pasado.
—Se trata de un malentendido, lo que pasa es que Haewon debió salirse por su cuenta. Pero siempre se queda en casa con máxima seguridad, es sólo que…
—¿Qué? —Lo interrumpió la chica de nuevo, con un tono de exacerbación explosiva—. ¿Deja a la niña sola en casa «siempre»? Señor, eso es negligencia y pueden quitarle a la niña, ¿lo sabe? —La chica levantó la voz y Seojun se quedó boquiabierto ante tal brote de hostilidad; incluso si había pensado que estaba siendo grosera, aquello sobrepasaba el límite de la educación y los buenos modales—. Voy a denunciarlo. ¡Lo haré mañana mismo!
La chiquilla revoltosa dio media vuelta y Seojun no supo qué hacer. Estaba dividido entre la vergüenza, el miedo y la impetuosidad que provocaba la injusticia. ¿Ella qué podía saber? No lo conocía de nada ni a su hija. Por lo visto, él mismo tampoco conocía ya tanto a Haewon, pero eso no venía al caso. Si le quitaban a la niña por algo que una mujer no podía entender, sería el fin para él. Se tragó el coraje de una sola pasada, reunió toda su fuerza de voluntad, y siguió a la chica tan rápido como pudo.
—No, por favor —rogó, estirándose lo suficiente para sujetar la mano gélida de la joven, en un impulso que no midió en lo absoluto y tampoco se percató de lo atormentado que se veía y sonaba; pero realmente estaba angustiado y se sentía arrepentido. Todo había salido bien en los últimos meses, pero ahora veía lo peligroso que podía ser, incluso con lo inteligente que Haewon era para ser una niña de su edad—. Trabajo todo el día y aún no puedo pagar una niñera. Pero conseguiré ayuda, veré la forma para que mi hija ya no esté sola. Sé que es irresponsable de mi parte, pero no he podido pensar en algo mejor. Lo haré mejor, pero por favor… No me denuncies.
El silencio reinó la calle por largos segundos hasta que Seojun cayó en cuenta que no había soltado la mano de la chica, así que lo hizo rápidamente, más apenado por tener que rogar que por el atrevimiento de sujetarla como lo había hecho. Ella no dijo nada por unos instantes, pero volteó para verlo sobre su hombro.
—Será mejor —musitó la chica, altivamente—, que mañana no vea a su hija sola. O lo denunciaré sin titubear, ¿entendido?
Y sin decir más, avanzó a pasos agigantados hasta el portón negro de la antigua casa y cerró con un porrazo. Seojun se quedó parado a mitad de la vía, con Haewon quietecita a su lado, aferrada a dos de sus dedos, mirando en dirección al camino que había tomado su vecina. Seojun no procesaba del todo lo que acababa de pasar, cuando la voz dulce de Haewon canturreó; Seojun cerró la boca antes de que atrapara algún mosco y atendió a su hija.
—Esa niña —balbuceó Haewon con una sonrisita y miró a Seojun por debajo de sus densas pestañas—. Me agrada.
¿Le agradaba? Por supuesto, a Haewon le agradaban las niñas que curaban sus raspones y los cubrían con curitas con estrellas y corazones dibujados en ellos, pero a él no le caían bien las mujeres prejuiciosas y de mal carácter. Seojun la cargó en brazos y la abrazó, agradeciendo al cielo que sus peores pesadillas no se hubieran vuelto realidad. Sobre lo demás, él ya se las arreglaría.
—Lo siento —masculló, andando lentamente hasta la casa—. Papá lo siente. Lamento haberte dejado sola, Haewon. A partir de ahora, lo haré mejor. ¿Sí? Lo siento.
Haewon asintió sin entender por qué su padre se disculpaba. Su pelo lacio le enmarcaba el rostro tierno y los ojos brillantes. Y Seojun se lamentó con sinceridad por no ser un buen padre. Después de todo, lo que más le enojaba era que, muy en el fondo, Seojun sabía que aquella mujer tenía razón.
Quizá, si las cosas hubieran sido diferentes, Haewon no tendría que pasar por algo así.
Si tan sólo todo hubiera sido diferente… Todo sería mejor.
