Work Text:
Todos los días justo después del trabajo pasabas por la librería anidada entre la lavandería y la zapatería en la esquina dos cuadras antes de llegar a tu apartamento. Tenías la excusa de que era para comparar los precios de tus lápices de colores favoritos, ver si comprabas otro cuaderno de dibujo –aunque tuviera cinco que esperaban por ser usados en casa–, o simplemente curiosear que libros nuevos habían llegado.
Todas ellas razones válidas, pero solo la mitad de la verdad.
—Buenas tardes. Hace tiempo no pasas por aquí —te saludo Park Jimin, el dueño de la librería.
El agotamiento del día de repente se te olvido y en ese olvido tan maravilloso te permitiste sonreír.
—Nada más ayer estuve aquí.
—Y eso fue hace veinticuatro horas, ¿no te parece mucho tiempo? —preguntó él, apoyando la barbilla en la mano.
Negaste con la cabeza y pretendiste que le echabas un vistazo a los lápices mecánicos en la vitrina.
—Para nada.
Entró otra persona a la tienda y Jimin te lanzo una sonrisa antes ir a atenderla.
No se te ocurrió exactamente cuándo te enamoraste de Jimin. No había razones para hacerlo y no había razones para no hacerlo, solo sucedió que un día el atardecer cayó de la manera más suave sobre sus mejillas al decirte hola, pintándolas de rosa y dándole a las flores una pelea justa.
Supiste desde ese momento que dibujarías su risa en todos los espacios en blanco que te sobraran.
Él no lo sabía. Tampoco se lo dirías. Eras feliz solo paseando por este rincón de la ciudad, viendo al hombre más dulce que conocías y admirando el arte –que él no estaba enterado– que vivía en su mirada.
—Pedí unos nuevos marcadores, el vendedor dijo que eran los que los ilustradores encargaban por caja. Deben ser buenos.
La voz de Jimin te sacó de tus pensamientos.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—¿Algún día me dejaras ver tus dibujos? —preguntó él de repente.
—Huh-huh. —Negaste con un movimiento de tu cabeza—. No soy tan buena.
—Eso no lo sabré hasta que los vea. —Te miro con sus ojos agrandados, brillantes; sonriendo como un muchacho.
Y es que ¡ah!, por estos días era difícil decirle que no.
—Buen intento.
—Casi nueve meses van que vienes a esta librería... —Enarcaste una ceja—, sí, he estado contando...
Resoplaste.
—...Y ni una sola vez he visto que haces con todo lo que compras.
—Eso es porque no llevo mis dibujos nunca conmigo. Son un hobby, nada más.
Él frunció el ceño por un momento. El arco de su nariz proyectando planos contra los últimos rayos del sol de la tarde. Bajo tu mirada expectante sus mejillas se colorearon, resplandecía en la amable luz que se colaba por las vidrieras.
Te pareció no haber visto a alguien más hermoso.
—¿Y si te invito un café? —murmuró.
El corazón te dio un brinco en el pecho. Así que lo obligaste con el poder de tu voluntad a que se quedara quieto, que latiera más bajito porque, ¿y si Jimin lo escuchaba?
—Aun así no te voy a enseñar mis dibujos —respondiste como quien no quiere la cosa.
Jimin alzo mucho las cejas hasta que casi tocaran las puntas de cabello que caían sobre su frente. Luego pareció darse cuenta de que te estaba mostrando mucho su emoción y suavizó su gesto a un que solo, ligeramente, dejara escapar pedacitos de sol que guardaba en su rostro.
—¿Pero, si saldrías conmigo?
Tal vez no planeabas decirle a Park Jimin que pensabas en sus manos y pintabas sus sombras con tus acuarelas en la quietud de tu apartamento. Él no tenía por qué saberlo. Tal vez él no pensara que eras arte, tal vez no viera en tu sonrisa lo que tu veías en la de él, pero solo porque tal vez él veía el aprecio que escondías en tus ojos y tal vez, solo tal vez, él quisiera compartir contigo un poquito del amor que tenía oculto en su pecho.
Le sonreíste.
—Conozco un buen lugar cerca de aquí.
Park Jimin tenía ese no–se–que, ese ángel que no habías descubierto en nadie más, cálido y con aire a verano aun en invierno. El frío no era amable contigo, así que no podían culparte por querer estar un poquito más cerca del sol.
