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Ojos grises, cabello rubio platinado gracias a una tarde creativa con el decolorante y tintura de cabello; se tocó con cuidado la cicatriz que adornaba la parte izquierda de su rostro, extraña y desconcertante como siempre y la única cosa tangible que tenía de su pasado. Dio un pequeño suspiro y dio dos pasos atrás alejándose del espejo, siete y cuarto, iba tarde al trabajo.
Salió de su cuarto y no necesitó más que unos cuantos pasos más para alcanzar la sala donde había dejado su abrigo en el único sillón que tenía. Su apartamento era una ratonera, como Lavi cariñosamente le había apodado la primera vez lo que invitó, y sí, eran veinticinco metros cuadrados de los que trato de sacar el máximo provecho, pero era suyo y estaba lo suficientemente lejos de Cross lo que lo hacía perfecto a sus ojos.
Dio una mirada rápida a su alrededor, asegurándose de llevar billetera, llaves y celular, se detuvo unos segundos en la cafetera, pero sabía que no tenía el tiempo suficiente. Salió del apartamento y cerró con llave, no era un barrio conflictivo, pero mejor asegurarse y puso doble candado, aquello no impediría al ladrón más decidido, pero lo haría tardarse más y hacer más ruido y a pesar de que había días que los odiaba por ello, sus vecinos eran unos cotillas de primera.
Caminó unas doce cuadras hasta la cafetería donde trabajaba medio tiempo, ya casi al llegar se detuvo a saludar a la señorita Lotto quién era la dueña de la florería en la esquina de la calle dónde estaba también su destino. Como cada mañana estaba ocupada sacando pequeñas macetas y jarrones llenos de flores para ponerlas en los exhibidores de metal fuera de su local.
"Buen día, señorita Lotto" la saludó con su mejor sonrisa.
La susodicha se sonrojó al verlo y le regresó el saludo tímidamente, "Bu-buen día, señor Walker"
Sonrió de nuevo y le deseó un excelente día, como cada mañana y como cada vez que lo hacía la señorita Lotto enrojeció aún más, tartamudeo y le regresó la cortesía. No es que él fuera demasiado atractivo y destilará carisma, de hecho, conocía personas que sí lo eran…era amigo de alguno de ellos, sino más bien que la señorita Lotto era demasiado tímida para su propio bien, sin confianza propia y vistiendo siempre de negro se había ganado el adjetivo de lúgubre para la mayoría de personas cuando se referían a ella. Era un milagro para muchos el cómo sacaba su florería a flote con su carencia de dotes sociales necesarios para un negocio.
Pero Allen sabía que no era así, que cuando hablaba de flores la señorita Lotto dejaba de tartamudear, que podías notar el cariño con el que las flores eran atendidas por ella y parecían aún más bonitas que las de la otra florería tres cuadras más adelante. Y es por eso que la saludaba cada mañana, le deseaba un excelente día y continuaba su camino, una pequeña rutina que trataba de mantener incluso sí iba tarde. Personas inherentemente honestas y amables como la señorita Lotto quedaban pocas, y para un gran estafador como él le era un alivio.
Abrió la puerta de vidrio de 'La Orden' con cuidado, procurando no ensuciar; hoy le había tocado a Kanda abrir el local, sí dejaba huellas en el vidrio cuidadosamente limpio, no sólo se enfrentaría a la usual furia matutina de su compañero de trabajo, sino que también la molestia de ver su trabajo arruinado por alguien que no era un cliente, suficiente tenía con estos. La campanilla colgada sobre la puerta sonó anunciando su entrada.
"Llegas tarde" gritó Kanda desde la cocina.
"Podría haber sido un cliente" gritó de vuelta, cruzando el vacío lugar hasta la barra, levanto un extremo para pasar, se asomó rápido a la cocina donde Kanda se encontraba ocupado amasando la masa para los croissants rellenos de chocolate por lo que eran localmente famosos. Su compañero tenía una personalidad agría y arisca, pero unas manos mágicas para la panadería. "Debes ser cortés, Kanda" le reprendió.
Kanda soltó con más fuerza de la necesitada la masa sobre la mesa y le alzó la ceja diciéndole con la mirada '¿y lo era?' retándole, algo usual, el otro hombre tenía la extraña habilidad de distinguir entre un cliente o uno de sus molestos compañeros (según sus propias palabras). Suspiró resignado y se dio la vuelta para llegar al pequeño cuarto de empleados que tenían y dejar sus cosas en su casillero, se quitó con cuidado el abrigo y saco su celular antes de guardarlo, lo dejo en una mesita cerca de la puerta por donde entró para poder ponerse el delantal con el logo de la cafetería y su nombre en una pequeña placa plateada; cuando se aseguró de amarrarse bien el delantal volvió a tomar su celular y lo pasó a la bolsa frontal de su 'uniforme'.
Técnicamente tenían prohibido su uso durante las horas del trabajo, pero Komui no era un jefe muy estricto, siempre y cuando los clientes no quejaran sobre ellos, podrían tenerlos cerca y usarlos en los momentos más tranquilos. No es que tuvieran muchos de ellos, eran una cafetería pequeña pero amada por los locales, así que tenían bien ubicados los horarios mayor afluencia; uno de ellos empezaría pronto.
Se dirigió a la caja registradora, abriéndola para asegurarse que tuviera el cambio y fondo de caja suficiente para empezar el día. Eran pocas las veces que no lo tenían, Komui cuando sufría un golpe de inspiración en alguno de sus inventos podía ponerse muy distraído, pero usualmente Reveer se encargaba de cubrir a su excéntrico jefe en las tareas más banales de manejar una cafetería. Allen no sabía lo que había motivado a Komui Lee a abrir una cafetería, cuando era un inventor muy famoso en la ciudad, era una de esas cosas extrañas que parecían habitar en la vida del otro.
Además, que Innocence Heart no era una ciudad muy normal que digamos, no con su extraño clima y peculiares habitantes. Pero era su hogar desde hace un par de años, Allen podría sobrevivir a sus excentricidades.
Los primeros clientes empezaron a llegar diez minutos después de su llegada, ocho treinta, justo antes de su entrada a oficinas cercanas a las nueve; ellos eran los primeros clientes, los padres de familia llegarían después de las nueve, luego de dejar a sus pequeños hijos en la escuela primaria unas cuadras más adelante, casi llegando al puente que los conectaba a la otra mitad de la ciudad.
Pasarían así casi toda la mañana, se calmarían las cosas hasta las once y volverían a tener más gente a eso de las dos, cuando los oficinistas salían a comer, a las tres salían los niños y aunque muchos iban directo a casa, algunos padres se detenían con ellos a comer o llevarse el postre; los adolescentes y universitarios llegan después de las seis, empalmándose con la salida de los oficinista pero ellos eran pocos a comparación de los estudiantes aprovechando el wifi gratis, con las mesas llenas de laptops, libros y tazas de café.
Hoy trabajaría la jornada completa a petición de su jefe, Lenalee, quien era la que se ocuparía del turno vespertino tenía un examen al día siguiente así que quería estudiar el mayor tiempo posible, la chica era su amiga y la hermana del dueño, no se pudo negar. Además, no era que fuera a hacer algo más esa tarde.
También hoy Kanda se quedaba todo el día; lunes, jueves y viernes eran los días que trabajaba el día completo, con descanso el sábado y martes, domingo y miércoles medio día. No eran muchos los empleados de 'La Orden', pero si alguien le preguntaba sobre el horario de Marie no tendría mucho que decir.
Miro de reojo a Kanda cuando este salió a recoger la charola de muffins vacía luego del tumulto matutino. Llevaba el largo y sedoso cabello negro en una coleta alta, la camisa blanca arrollada sobre los codos dejando ver piel blanca sobre antebrazos bien definidos, tenía manos bonitas pero callosas y con pequeñas cicatrices regadas sobre ellas; su rostro era clásico, facciones refinadas con una mirada intensa en ojos de un azul tan oscuro que casi parecía negro, alto y de cuerpo atlético. Kanda era el tipo de persona que te hacía voltear dos veces, de la que la señorita Lotto tendría escusa de sonrojarse y tartamudear porque era una reacción razonable en presencia de tal persona.
"Oi, Moyashi" dijo Kanda casi en su oído cuando este se estiro atrás de el para alcanzar la pequeña canasta vacía de galletas frente a la registradora, al parecer se perdió tanto en sus pensamientos que no notó cuando este le había pedido la canasta para llenarla. "Deja de soñar despierto."
"Mi nombre es Allen, BaKanda" dijo por instinto y se obligó a no sonrojarse.
Lo logró por poco y gracias a años de ocultar sus verdaderos sentimientos tras sonrisas falsas y expresiones neutrales y corteses. No pudo verlo rodar los ojos, pero Allen sabía que Kanda lo hacía, se tragó el insulto que iba dirigirle cuando entró un cliente.
Kanda era de las pocas personas capaz de hacerlo perder su fachada cortés y sonriente, haciéndolo perder los estribos y enfrascarlo en una pelea llena de gritos e insultos que sorprendían a más de uno al ver al siempre correcto joven Walker de esa manera.
La joven mujer tartamudeo un poco al ver a Kanda, haciéndola sonrojar y no fue hasta que este regresó a la cocina, que pudo hacer su orden, al parecer sus pensamientos se ordenaron cuando el otro salió de su campo de visión. Allen entendía perfectamente a la mujer, también le pasaba.
Kanda era un hombre de mal temperamento y lengua filosa, pero era extremadamente atractivo. Pero, para desgracia de la población de Innocence Heart que caía en sus encantos, también estaba extremadamente comprometido.
Allen suspiró, otra cosa más de su rutina, el tener sentimientos por alguien que jamás le correspondería, sí, justo en jueves el día que las temperaturas eran más frías y empezaría a llover después de las siete y por fortuna pararía a la diez justo a la hora de cierre. Porque todo en Innocence Heart tiene un horario, incluso en sus peculiaridades.
Y esta es la historia de uno de sus ciudadanos, uno que había llegado a la ciudad dos años atrás, lleno de secretos y desesperado por encontrar un lugar al que pertenecer. Justo como los demás.
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[tbc]
