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Español
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2020-06-01
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13,334
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1/1
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Ojeras Negras

Summary:

Yoshiteru Agatsuma se obsesiona con el diario de su tatarabuelo hasta que comienza a soñar con su vida, sin pensar que esa misma realidad comenzaría a entrelazarse con la suya.

Notes:

Mentí, esto no es Tengen/Zenitsu, es Tenma/Yoshiteru, que si es eso pero no, pero si (?)
Todo esto es del capítulo 205, y me di cuenta demasiado tarde que Kaigaku no debería estar, pero no quise sacarlo. Me hace feliz su chasquilla, perdón.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Teru bostezó sin cubrirse, y lo lamentó al sentir la mano de Kaigaku pasar por adentro de su boca.
Acabó tosiendo por interrumpir su bostezo de forma abrupta, y lanzándole manotazos mientras se reía y escapaba de su alcance.
Volvió la vista a la libreta que estaba frente a él en la mesa. La letra era tan mala que parecía otro idioma, y que las páginas fueran tan antiguas sólo le dificultaba más la tarea.
—¿No te aburres de descifrar esos jeroglíficos? —preguntó Kaigaku, sentándose al frente. Él si estaba haciendo tareas en serio. Las de la escuela. Las que Teru debería tener listas.
—La letra es parecida a la del abuelo, pero está tan borrosa… Aunque aún creo que puedo leerlos.
—Por eso repruebas todo.
Tenía razón. Estaba tan obsesionado con la historia escrita en el diario que encontró en casa, que hablar con el abuelo por casualidad y ser invitado a hurgar en su propia colección de reliquias no hizo más que empeorarlo.
—¿Estudias conmigo? —preguntó, sonriendo, tratando de chantajearlo emocionalmente.
Kaigaku aceptó sin siquiera mirarlo. Era inmune a su chantaje de todas formas, y le parecía divertido estudiar con Teru, aunque no lo asumiera ni con hipnosis.
Teru salía de su casa temprano por la mañana junto con su hermana, y volvía con ella de la escuela por la tarde. Hasta verla entrar a la casa, darse una vuelta para cerciorarse de que no volviera a salir, y luego se iba a la casa del abuelo.
Había conocido al abuelo por casualidad hace varios años, y fue invitado a pasar cuando quisiera, así que lógicamente no se libró de él jamás.
Luego de pasar la mayor parte del día sólo en la escuela, se sentía bien tener a alguien que lo escuchara con tanta atención. Y para el abuelo era halagador ver los ojos grandes y brillantes de Teru cuando le contaba historias que se sabía, porque se las había escuchado a sus abuelos cuando niño o a otros viejos. Historias sobre demonios, y cazadores de demonios que cortaban sus cabezas usando espadas y técnicas fantásticas.
Se había acostumbrado a llamarle abuelo, pero no tenía nada que ver con él. Y Kaigaku tampoco. Teru y Kaigaku no estudiaban juntos, pero se veían en su casa a diario, todas las tardes, hasta que oscurecía y cada uno volvía a su casa.
Teru le llamaba abuelo porque escuchaba a Kaigaku llamarlo así, y al preguntarle la razón el chico le respondió: “Es que él dice que soy su nieto". Y con el tiempo, Teru ni siquiera se dio cuenta cuando pasó a ser su nieto también.
Era absurdo, pero se sentía en familia cuando estaba con ellos.
.
Con quien hubiera deseado sentirse así de cómodo, era con su hermana, que apenas entró lo recibió con un tirón de oreja.
—¡Toko! —se quejó con lágrimas en los ojos mientras trataba de liberarse.
—¡Dijiste que ibas a volver temprano y te preparé la cena!
Oh. Lo merecía, entonces. Pero sólo por esa vez.
—Lo siento, yo- ¡¿Puedes soltar mi oreja?¡ —cuando lo soltó, puso su mano sobre su oreja, que ardía y aún le dolía. —Me quedé estudiando y se me pasó la hora.
—¿Con el chico de los ojos lindos?
Hizo una mueca que casi le hace ganarse otro tirón de oreja. Definitivamente NO quería que esa frase quedara en su mente, y se enojaría con ella si pensaba en eso la próxima vez que lo viera.
—Le va mucho mejor que a mi.
—Pensaba que te caía mal. —Toko se cruzaba de brazos con la cadera hacia un lado, y siempre sonaba como si lo estuviera regañando. Teru se preguntó si sería consciente de lo mucho que lucía como su madre.
—No me caía mal, yo le caía mal a él. Nos llevamos bien ahora.
No pareció convencerla. La verdad tampoco fue cosa fácil. Kaigaku lo odiaba sin ningún tapujo, y si ahora conversaban era porque aceptó que simplemente no se iría y debía lidiar con él si quería seguir viendo al abuelo.
—Como sea, ahora te calientas la comida sólo. Quiero dormirme temprano.
Buscó con la mirada donde había quedado su comida, y vio el plato cubierto por otro encima de la mesa, como un ovni.
—Gracias. Buenas noches.
—Buenas noches. —se despidió ella, antes de volver a su cuarto y cerrar la puerta.
Comió en silencio, dejó preparada la comida de ambos para el otro día y se metió en su cuarto. Se cambió de ropa y se puso dos pares de calcetines, porque apenas sentía los pies del frío que hacía.
Ya eran pasada las once de la noche, pero supuso que si se dormía a las doce igual estaría bien al otro día. Como pensaba la noche anterior de cada día que apenas caminaba a la escuela con los ojos abiertos.
Dejó encendida la luz del velador, y se puso a leer el diario de Zenitsu Agatsuma, como hacía cada noche, pese a saberse cada línea letra por letra casi de memoria.
Habían fechas que eran sus favoritas. Le gustaba leer cuando describía a sus amigos, a Tanjirou, y a su hermana, de la que se enamoró a primera vista.
Su forma de relatar era antigua, y eso hacía que perdiera el hilo en varias partes, pero aun así consideraba que era una persona graciosa.
No podía evitar reír cada vez que leía sobre Inosuke, porque no podía ser posible que existiera una persona así, en ninguna época. Lloraba de risa leyendo que corría para estrellarse de cabeza contra él y Tanjirou.
También le gustaba leer sobre Tanjirou. La manera en la que lo describía parecía estar hablando de un santo. Teru no entendía, pero Zenitsu siempre escribía que “escuchaba” la amabilidad en él. Siempre pensó que la palabra era otra y se confundió, o para él significaba otra cosa.
Incluso ese detalle le parecía fascinante. No creía que fuera literal lo de “escuchar" a otra persona hasta el punto de saber lo que piensan, pero pensar en ello le hacía imaginar cómo sería su vida si fuera capaz de hacer algo como eso. Supuso que mucho más fácil.
Cada historia recopilada en ese diario dejaba bastantes espacios a la imaginación, y otros espacios que era imposible recuperar por el desgaste natural que le dejaron los años. Pero había una historia que siempre le causó más intriga que el resto. Una historia que sospechaba fue escrita a propósito de forma ambigua.
Hablaba del sonido. En general, se refería al sonido como si lo atrajera de manera sobrenatural. A Teru le gustaba conectar eso a la manera en la que decía “escuchar” emociones, y le daba un significado seguramente más profundo del que en realidad tenía.
Sólo podía hacer suposiciones, cuando leía sobre el perfilado negro de los ojos color fucsia.
Describía sensaciones, como si trataras de poner en palabras que no existen algo que sentiste a tacto sólo una vez en la vida. Algo que no habías experimentado jamás.
Era imposible, pero Zenitsu se las arregló para escribirlo. Y Teru quería entenderlo, porque era poético, y hermoso, a su manera. Era el amor descrito por alguien colapsado de emociones que no conocía.
Sonrió una vez más, cuando leyó por milésima vez el detalle de algo tan simple como lo era el “pasar los dedos por su cabello suelto".
Se preguntó si se refería a Nezuko, porque era lógico que fuera ella de quien hablaba, pero ningún nombre estaba escrito en esas páginas.
Sintió envidia de la intensidad en la que sentía Zenitsu, y se preguntó si alguna vez sería capaz de sentirse de esa manera. De sentir algo tan irracional por alguien que fuera incapaz de ponerlo en palabras.
Volvió a sonreír mientras miraba las palabras sobre la hoja húmeda y manchada.
Se sobresaltó cuando su puerta se abrió. Sin golpe, sin preguntar “¿Puedo pasar?”. Nada.
Toko le dedicó una mirada que parecía estar tratando de diseccionarlo.
Ahogó un grito y se impulsó para apagar la luz, cubrirse con las sábanas por encima de la cabeza y rogar que no se llevara su alma.
Suspiró aliviado cuando la puerta se volvió a cerrar, y Teru se durmió con cada uno de sus relatos en mente, sólo para tener el sueño más extraño que pudo tener en la vida.
.
Su respiración agitada era todo lo que podía escuchar, y sentía el cuerpo acalorado. Sus dientes estaban apretados, y sus manos se aferraban con fuerza a algo que no podía ver. No podía ver nada.
Escuchaba gritos, y no sabía qué pasaba. El sonido de metal chocando contra metal le aceleró el corazón, y sonaba cada vez más cerca, haciéndolo sentir pánico, al no ser capaz de escapar, ni de gritar.
“¡Zenitsu!”
El grito ronco le hizo despertar de golpe. Su cuerpo sudado por completo, y el rostro de su hermana preocupada junto a él.
Estaba en su cama. Estaba a salvo. Todo fue un sueño.
Se incorporó, y se ordenó a si mismo respirar con calma.
—¿Quieres un poco de agua? —preguntó Toko, sentándose a su lado.
Negó con la cabeza.
—No. Estoy bien. —volteó a verla, esta vez con más calma. Ya estaba con uniforme, y seguramente se aburrió de esperarlo y fue a ver si se había levantado.
—¿Qué pasó? —preguntó.
Se sintió mal por hacerla preocupar. Decidió no pensar en eso. Sólo fue una pesadilla. La olvidaría y la sensación desagradable abandonaría su cuerpo una vez que saliera a la escuela y se distrajera.
—Una pesadilla, creo. Ni siquiera puedo recordar qué pasó. —mintió. Nunca tuvo un sueño tan lúcido ni tan confuso como ese.
Ella no pareció muy tranquila con su respuesta, pero al verlo sonreír, decidió creerle. Presionó su hombro con cariño antes de levantarse.
Teru suspiró con fuerza una vez sólo en su cuarto. Pasó sus manos sobre sus ojos de forma brusca, y se levantó. Si no se vestía ahora, llegaría tarde a la escuela. Y el día ya había comenzado lo bastante mal como para permitirse algo así.
.
Pero la sensación no lo dejó ni por un segundo.
Cada ruido a su alrededor parecía amplificado, y le hacía saltar como si hubiera escuchado un disparo, aunque fuera algo tan común como la puerta de un locker.
¿Qué demonios pasaba con él?
Durante una de sus clases, pegó su frente contra el pupitre, y cubrió su cabeza con sus brazos, bloqueando toda la luz que entraba por los ventanales, y cerró los ojos.
Quiso volver a recordar lo que había soñado, pero poco a poco se convertía en algo mucho menos claro.
No pudo ver nada, pero… podría jurar que por un momento pudo entender lo que estaba pasando. Como si supiera perfectamente lo que tenía que hacer.
Zenitsu.
Claro, era el nombre que firmaba el diario que leía cada día.
Se dejó llevar tanto por sus fantasías que las confundía con la realidad. Eran tantas sus ansias de vivir en un mundo como ese que hasta soñaba con algo así.
Los pasos del profesor le hicieron volver a levantar la cabeza, y cuando se acostumbró a la luz brillante que recibieron sus ojos de pronto, pudo verlo entrar por el salón.
Pero estaba seguro de haberlo escuchado.
Sacudió su cabeza y sacó su cuaderno, abriéndolo encima de la mesa, ignorando un hecho del que estaba casi seguro: escuchó los pasos de su profesor cuando este aún estaba en el pasillo.
.
Cuando salió de clases, se disculpó con su hermana por el susto de la mañana. Ella lo regañó por no decírselo antes, porque estuvo preocupada por él durante el día. Él se sintió confundido por la importancia que le daba a algo tan trivial que él mismo trataba de olvidar.
Se despidió al llegar a su casa, y esperó un rato afuera, como de costumbre. Entonces caminó con calma donde el abuelo, mientras presionaba con sus manos la correa de su bolso con fuerza.
El abuelo, un hombre mayor al que Teru adoraba, ya tenía sus años. Y su movilidad era más bien reducida. Por eso, a veces llegaba y lo encontraba sentado afuera tomando el té y pasando la tarde con juegos de mesa. Otras veces, pasaba a verlo directo a su cuarto, le preparaba un té, y se quedaba hasta que Kaigaku llegara para poder irse tranquilo de saber que habría alguien en caso de que necesitara algo.
No pensaba mucho en eso. El abuelo no tenía a nadie más, y nunca se atrevió a preguntarle por su familia. Se sentía bien al verlo como su familia, y se conformaba con ser considerado de la misma forma.
Esa tarde fue una de “esas” tardes. No lo vio sentado en la entrada, y entró a dejar su bolso tirado en el suelo para ir a verlo a su cuarto.
Al entrar, Kaigaku volteó a verlo. Estaba junto a la cama, inclinado sobre él, como si tratara de escucharlo.
—¿Quieren té? —ofreció. Ambos asintieron, así que volvió a cerrar la puerta.
Puso a calentar el agua por inercia, pensando en lo que debía sentir Kaigaku al ver su salud tan delicada. Porque para él era angustiante, y no llevaba tanto tiempo de conocerlo. Y sabía que Kaigaku lo conocía desde que era un niño.
Fue a dejarle el té cuando lo preparó, y volvió con Kaigaku a la cocina.
Tampoco a él lo conocía hace mucho, pero sabía cuando estaba preocupado, y lo mucho que su estado de ánimo dependía de la salud del abuelo. Por eso lo dejó tranquilo. Sin buscarle conversación, como siempre hacía, o pedirle ayuda con la tarea.
—Gracias. —dijo luego de probar su té, y le dio una mirada… ¿amable? Lo suficiente para que se quemara los labios al probar de su propia taza.
Le envió maldiciones a su hermana por recordar su “el chico de los ojos lindos" cuando sus miradas chocaron.
Sí eran lindos, pero para nada un pensamiento apropiado. Menos para alguien como él. Había un montón de adjetivos que se le ocurrían para describirlo, y ninguno estaba ni cerca de algo como “lindo".
Lo admiraba bastante por la responsabilidad que se puso sólo sobre los hombros al acompañar al abuelo. Y por su rendimiento escolar intachable pese a eso. Para él, si su padre se borraba por más tiempo de lo normal, no recuperaba su horario en semanas.
Por eso, y por lo genial que era, Teru sentía admiración, y un poco de envidia, tal vez hasta algo de rivalidad, cuando lo veía. Supuso que era lo que sentiría si tuviera un hermano.
Pero le tocó tener una hermana. Y vigilar que no escapara, ni tuviera novio. Nunca. No tenía permiso de salir con alguien mientras él estuviera con vida. A sus ojos, jamás dejaría de ser la niña pequeña que le pedía permiso para peinar su cabello de forma “extravagante”.
Le dio algo parecido a un calambre en el estómago, y sus pensamientos se interrumpieron de golpe.
Lo único que le faltaba era quedar tirado en la cocina del abuelo, para ponerle punto final a ese día maravilloso.
Tal vez sólo era la falta de sueño. Después de todo se había dormido tarde, y ni siquiera había descansado como corresponde por estar teniendo sueños horribles.
Se acabó el té, recuperó la taza que le llevó al abuelo, comprobó que estuviera dormido y salió más tranquilo. A veces se quejaba de que el dolor no lo dejaba dormir, y era un alivio verlo descansar.
Le pesaron los ojos. Bostezó, y recuperó el bolso que había dejado tirado en el suelo.
Buscó a Kaigaku, que estaba sentado escribiendo en una libreta.
—¿Está bien si me voy? —preguntó.
Lo que quiso decir fue “¿me necesitas aquí?”, pero sabía que la respuesta a eso sería un “no" rotundo. Además, al pedirle permiso para irse le daba la posibilidad de sacarle en cara lo perezoso que era, sin sentirse mal por pedirle ayuda. Según él, era un buen uso de las palabras.
—Como quieras. —soltó, y pareció arrepentirse de ser tan seco. —Nos vemos.
No dejó de ser una respuesta seca, pero lo hizo sonreír. Era un cambio importante, en relación a su… sus primeros encuentros.
—Nos vemos. —se despidió también.
Pensó en algo como “llámame si necesitas ayuda” o “avísame si pasa algo", pero le asustaba la cara que Kaigaku podría ponerle si le escuchaba algo como eso. Además, estaba seguro de que lo sabía. Tal vez era algo que sentía por ser no-hermanos, pero asumía que Kaigaku ya lo sabía: que podía contar con él.
.
Llegó a casa agotado, y se sentía mal por estarlo. No había hecho nada en todo el día más que comerse la cabeza pensando.
Como era temprano, su hermana estaba levantada, y le abrió los ojos como un búho cuando lo vio entrar, como si eso distrajera su atención de su “novio” y cuñado sentados junto a ella.
“Castigada", pensó, pero no tenía ganas de pelear. Además el rostro de Sumihiko fue como una explosión de serotonina. Le apenó no quedarse con él un rato, para distraerlo de tener que ser la tercera rueda.
Pero ni siquiera tenía ganas de comer. Salió tan rápido que no desayunó, su almuerzo fue liviano y por la tarde sólo se había bebido el té en casa del abuelo. Ni siquiera sentía hambre.
No era muy responsable de su parte saltarse comidas mientras era quien estaba a cargo, pero de todos modos pasó directo a desvestirse y acostarse, y cayó dormido al instante.
.
“¿Vas a llorar?”
Era la voz de Kaigaku. Estaba seguro, pese a que no podía verlo.
“No deberían pelear”
La voz del abuelo. Le hablaba a él, ¿no?
Quiso hablar, pero sólo abrió la boca, sin producir sonido alguno. Trató de abrir los ojos, pero su cuerpo no respondía.
No podía ver nada. Sintió que se asfixiaba.
¿Realmente era parte del escenario? Sentía que estaba con ellos, que hablaban con él, pero no era capaz de interactuar con ellos, como si no fuera parte de aquel momento.
Era extraño. La sensación comenzó a agobiarlo.
Abrió los ojos al escuchar la alarma. La apagó, se incorporó y pasó ambas manos por su rostro, secando el sudor.
Sentía su cuerpo pesado al levantarse, pero se duchó rápido antes de que su hermana se levantara, y preparó el desayuno para ambos, para compensar que ayer no la ayudó en nada.
Se suponía que la ayudaría con sus tareas, y no lo hizo. Toko ni siquiera se lo pidió. No tenía cara para recriminarle que su novio estuviera en la casa, si él no estaba para ayudarla.
—Huele bien. —dijo ella, sentándose a la mesa, con el uniforme puesto, mientras terminaba de amarrar un lazo en su cabello.
Se acercó a ayudarla con el nudo, y le sirvió el desayuno para comer juntos.
—¿Estás molesto? —preguntó ella, poniéndole ojos de cachorro. —¿Vas a decirle a papá?
—No. —respondió. —Confío en ti.
Si creyó que no volvería hasta la noche y de todos modos estaba estudiando, confiaba en que no pasarían de eso. Además ni siquiera estaban solos.
Quiso creer que su hermano menor le contaría si sabía de algo, así como los acusó enseguida con él la primera vez que los vio besarse.
Volvió a sentir esa calidez al recordarlo, como si estuviera pensando en su propio hermano pequeño.
—¿Cómo estás? —volvió a preguntar, mientras comía. —Te veías tan cansado ayer que no quise preguntarte, pero nos preocupaste.
No era su intención. Volvió a sentirse pésimo por no poder disimularlo mejor.
—Dormí mal, y estaba cansado. Ahora me siento mejor. —mintió.
Ella lo miró sin decir nada. Sabía que no la estaba engañando, sino que lo respetaba lo suficiente como para no insistir en algo que no le quería decir.
No volvieron a hablar del tema por el resto del día.
Pero los sueños no dejaron de atormentar cada una de sus noches.
No se sentía descansado por las mañanas, ni era capaz de concentrarse en clases. Ni siquiera estaba pasando todos los días con el abuelo, en un intento vano por recuperar sus horas de sueño.
Pero seguía escuchando voces mientras dormía.
A veces calmadas, otras veces gritando. Algunas las conocía, pero la mayoría eran completamente desconocidas.
No entendía qué demonios le pasaba. Pero por su sanidad mental, debía averiguarlo pronto.
Sólo porque le asustaba estar demasiado obsesionado con el diario, dejó de leerlo cada noche, pero la necesidad de confirmar si las cosas que soñaba eran parte de aquella historia le obligaban a revisarlo para comprobar que, en efecto, los nombres coincidían.
¿Acaso se lo sabía de memoria?
No había lógica detrás de su trastorno de sueño. ¿Era insomnio? Hasta pensó en conseguir pastillas para dormir, pero no sería fácil conseguirlas siendo menor, y nada le asustaba más que la policía. Sus pesadillas eran sobre la policía antes de que su mente comenzara a hacer esas regresiones extrañas.
La idea cruzó su mente de forma repentina, pero pareció activar cada neurona en su cerebro.
Levantó la cabeza del pupitre y se puso a revisar el diario.
Entre las anotaciones de Zenitsu, habían otros tipos de letra en algunas páginas, como si en cierto punto se hubiera convertido en una especie de anuario, como un diario compartido o algo por el estilo.
En una de las páginas aparecían palabras triviales escritas con una caligrafía delicada, y debajo de ellas, la misma palabra escrita de forma violenta, como lo haría un niño enojado que no sabe cómo sujetar la pluma.
Y esa misma letra de caligrafía delicada tenía otras páginas con texto, y uno de ellos decía que, a veces, los sueños son recuerdos.
Parecía algo que le dirías a un amigo para hacerle creer que no está loco, pero era justo lo que necesitaba leer. Que tal vez había una razón para todo ello, y no necesariamente significaba que estaba perdiendo la cabeza.
.
—Estás loco. —dijo su hermana, cuando lo vio meterse en la cama antes de las siete de la tarde.
Lo estaba, pero necesitaba volver a dormir ahora que se tomaría en serio todo lo que escuchara.
Fue la primera vez que le costó dormirse desde que comenzó a dormir mal. Estaba cansado, pero ansioso, y al no dejar de pensar no lograba relajarse lo suficiente.
Tomó aire, lo más que pudo, y lo dejó salir lentamente. Y lo repitió hasta lograr la calma. Recordaba este ejercicio, pero no sabía por qué.
Funcionó. Lo supo cuando dejó de escuchar a su hermana en la cocina, y en cambio escuchó gritos.
Eran gritos de voces que ya conocía, de sueños anteriores, tal vez recuerdos, y le angustió dejar de escucharlos de pronto. No podía hacer nada, pero era frustrante no ser de ninguna ayuda.
Entonces una luz blanca le encandiló, y le forzó a entrecerrar los ojos, hasta que logró enfocar unas sábanas blancas cubriendo sus piernas. ¿Seguía siendo un sueño? Sus sábanas no eran blancas.
Miró sus manos, y las desconoció. Estaban cubiertas de cicatrices, y apenas podía moverlas sin sentir dolor.
Otra vez cambió. Ahora, podía ver a una chica de pie frente a un árbol de cerezos, con un kimono precioso de color rosa, y le dolió el estómago. Tal vez su mente le jugaba una mala pasada, pero estaba seguro de estar viendo a su hermana.
La chica estaba a punto de voltear, y dejó de verla.
Otra vez, no podía ver nada. Todo era negro, y su mandíbula estaba tan apretada que sentía que sus dientes iban a trisarse. Se sintió impotente por no tener el control sobre su propia mente.
Entonces volvió a cegarlo la claridad de la luz del día, y vio sus puños apretados sobre un pantalón negro. Estaba sentado sobre un piso de madera, que no recordaba haber visto en ninguna parte antes.
Cayeron lágrimas sobre sus puños. Sus propias lágrimas, cayeron sobre su ropa, mientras su cabeza seguía gacha.
Sintió el nudo en la garganta, la sensación de pesar que no entendía del todo, y una mano se posó sobre su cabeza.
Y la sintió tan cálida, que su cuerpo se dejó llevar. Dejó de sentir angustia casi al instante, y el sonido de su risa le devolvió el alma al cuerpo.
Sabía que no estaba en su poder hacerlo, pero deseó, rogó poder levantar su cabeza para verlo.
Entonces se despertó.
Y se incorporó tan rápido, tan desesperado, tomando bocanadas de aire como si hubiera estado sumergido bajo el agua.
Su hermana lo estaba abrazando, y le partió el corazón notar que estaba llorando.
—Estoy bien. —dijo, porque no sabía qué mas decirle. No tenía idea de qué era lo que a ella le tocaba ver cuando él soñaba cosas que le provocaban tanta ansiedad.
La abrazó con fuerza, porque estaba seguro de haberla visto, y si era real lo que veía, estaba seguro de que todas esas personas ya estaban muertas.
No tenía forma de disculparse. Lo sabía, y decidió apenas vio sus lágrimas que debía hallar un modo de superarlo.
—Voy a decirle a papá. —dijo ella, sin soltarlo.
—No. —respondió, confundido. —¿Por qué le dirías a papá?
—Porque estoy asustada. Y hace mucho que no te pasaba, creo que debería saberlo.
La tomó de los hombros para alejarla y poder encararla.
—¿Qué no me pasaba?
—Los sueños. —dijo.
No recordaba que le haya pasado algo como eso antes, pero su hermana no tenía por qué mentir en algo como eso.
—¿Por qué no lo recuerdo?
Ella negó con la cabeza, encogiéndose de hombros. Sabía que estaba hablando de más. Teru supo enseguida que la razón involucraba a su padre.
Se puso de pie y buscó su chaqueta. No la obligaría a hablar. Era posible que tampoco lo recordara con claridad, además.
Ignoró su voz llamándolo cuando salió de la casa, y ni siquiera se molestó en anudar sus zapatillas.
Esa mañana, fue la primera vez en años que salía sin llevar con él la libreta.
.
Kaigaku puso los ojos en blanco cuando lo vio aparecer en la puerta, y se movió para dejarlo pasar.
—Ni el fin de semana me libro de ti. —se quejó, y al no recibir respuesta, tuvo que cerciorarse. —¿Todo bien?
Teru era consciente de las ojeras que había acumulado desde que empezó todo, y ni siquiera se molestó en inventar una mentira.
—¿Te molesta si me tiro en el sillón un rato? —pidió.
Kaigaku no se lo impidió. Sólo se quedó de pie junto a la puerta, hasta que lo vio caer como un saco, y se fue cuando confirmó que no se levantaba.
Teru se sentía peor que en cualquier otro momento, contando los que era capaz de recordar, ya que al parecer habían cosas que no recordaba.
¿Cómo podía soñar con otra vida y no poder recordar la propia? Era irónico. Parecía una broma de muy mal gusto.
Sabía que toda la rabia, el miedo y la angustia que sentía mientras dormía no era suya, pero sí era real. Muy real.
—¿Qué crees, que esto es un hostal? ¿No pensabas ni siquiera saludarme? —el abuelo apareció en el cuarto, y le golpeó las piernas con un bastón cuando Teru lo miró. —Muévete.
Se sentó lo más rápido que pudo en el sillón, dejando que se sentara a su lado.
—Lo siento. No creí que estuviera despierto. —se justificó. Era tan temprano que no esperaba verlo despierto, y mucho menos levantado. —¿Cómo está?
El abuelo lo miró como si fuera a darle otra vez con el bastón.
—¿Quieres hablar de algo?
—¿Eh? —la pregunta le tomó por sorpresa.
—Si traes esa cara y tratas de dormir en mi sillón, asumo que las cosas en casa no van perfecto. ¿Volvió tu padre?
Quiso disculparse por hacerlo preocupar a él también. Sintió que su honestidad era tan fácil de leer para el resto, que sólo lo miraban y ya sabían todo lo que le estaba pasando.
—Estamos bien. —dijo. En parte era cierto. Su hermana y él estaban en buenos términos. —Y no, no ha vuelto.
Había dejado de preguntarse cuándo volvería porque no hacía ninguna diferencia tenerlo durmiendo en su cuarto a no tenerlo en absoluto. Aunque agradecía que de vez en cuando les llenaran el tarro con efectivo. Les ahorraba el tener que buscar trabajo antes de terminar la escuela.
—¿Entonces?
Dudó mucho si decírselo o no, pero sabía que era la única persona que no lo vería como algo que “arreglar" si era completamente honesto.
Y trató de explayarse lo más posible. Desde lo que escuchaba, a lo que había sido capaz de ver. Omitiendo algunas partes, como el hecho de reconocer sus voces.
Trató de dejarle claro que no era algo que considerara completamente real, pero sí que le estaba resultando cada vez más difícil dibujar la línea que lo separaba de su propia vida.
Y que, tal vez, necesitaba ayuda.
—No debería asustarte algo del pasado. —dijo el abuelo cuando terminó de hablar.
Teru se acomodó de lado y apoyó su cabeza en el respaldo del sillón, esperando escuchar algo que lo ayudara a entender lo que le estaba pasando.
—¿Los… sueños? —preguntó. —¿Me cree? — Podía escuchar a Kaigaku en el otro cuarto, y escuchaba el lápiz con el que escribía de una forma tan clara que lo asustaba. También fue un detalle que le ocultó al abuelo: que podía escuchar cosas que no debería ser capaz de captar su oído. Pero eso sería un pasaje de ida a un internado con la palabra “demencia" escrita en la frente.
—No tengo motivos para no hacerlo. —se acomodó un poco mejor. Teru siguió con atención sus movimientos cada vez más lentos, apenado. —Y tampoco creo que sean sueños.
Sabía que era la persona correcta. Siempre había sentido que podía decirle cualquier cosa.
—Pero— ni siquiera sabía cómo preguntarlo. —¿Cómo podría estar viendo algo que no viví? ¿Cómo… recuerdo algo que no recuerdo?
—Se le llama recuerdos heredados. ¿Crees ser el único que los tiene? Las personas olvidan los sueños apenas se levantan, pero tal vez varios coinciden. Si sólo alguien más se atreviera a hablar de algo tan extraño… —lo miró de reojo, y logró avergonzarlo.
—¿En serio cree que le pasa a alguien más? —el peso que le quitó de los hombros y las posibilidades que se ampliaron frente a él eran inmensas.
—Si la primera vez que llegaste a esta casa, te hubiera dicho que te estaba esperando, ¿habrías pensado que era un viejo loco?
—Sí. —respondió, en seguida, siendo completamente honesto. El abuelo asintió, como si se hubiera respondido a si mismo.
Claro, si todos pensaban que era sólo un sueño extraño, no lo compartirían con el resto, y acabarían olvidándolo.
Se dio cuenta de que, si eran recuerdos que llegaron a él por alguna razón, los estaba olvidando también.
Una lágrima recorrió su mejilla sin que pudiera evitarlo, y el abuelo sonrió como si supiera lo que estaba pensando.
Decidió creerlo en el momento que lo escuchó. Si los recuerdos eran una opción, decidió creer en ella, y se sintió mal de no haberlo pensado antes. Pudo haberlo escrito, en detalle, para no olvidarlo nunca. Le hubiera gustado tener las habilidades suficientes para dibujarlo, y dejar una imagen además de lo escrito.
Sentía que la única razón para que esos recuerdos estuvieran en su mente era porque no debían perderse todavía, y había estado literalmente tratando de olvidarlos.
Se quedó el resto del día con ellos, pensando en comprar algo para comer con Toko y preguntarle, ahora con calma, qué recordaba ella que él no.
.
Entró en silencio, pero no había nadie. Confirmó que Toko estaba encerrada en su cuarto, como supuso mientras abría la puerta.
Se tomó su tiempo preparándole la cena, hasta que salió por si misma y se sentó en la mesa, en silencio, como si no tuviera más ganas que él de estar ahí y verse las caras.
—¿Ahora si? —preguntó, y ella supo enseguida a qué se refería.
—Cuando éramos niños también tenías sueños así, que te asustaban. Y escribías en un diario todo lo que pasaba, hasta que papá se enteró y lo botó. Lloraste tanto que pensé que nunca serías capaz de olvidarlo.
Bueno, eso explicaba por qué le provocaba tanto rechazo ver a su padre.
—Entiendo. —dijo.
No entendía nada.
Pensó que las intenciones de su padre no fueron malas, porque tampoco entendía lo que le pasaba, pero le habría gustado leer lo que el mismo escribió cuando niño, en lugar de buscar explicaciones en un diario viejo de un niño mucho más confundido que él.
No valía la pena lamentarse por algo que no tenía forma de enmendarse, al igual que no se debía sentir asustado del pasado, como le había dicho el abuelo. No volvería a dejar que su mente se nublara con cosas que no podía cambiar.
—¿No estás enojado? —preguntó Toko. Parecía al borde de las lágrimas.
Teru la abrazó fuerte.
—No fue tu culpa. —la consoló.
—Tampoco sabía como ayudarte. Ni antes ni ahora, y no quiero que la pases mal, como si estuvieras solo. O sea, estamos solos, pero estoy contigo.
Hablaba de su padre ahora. Ninguno de los dos supo nunca cómo lidiar con todas las horas que pasaban solos, pero de todas formas lo hicieron. Y las discusiones entre ellos fueron tantas, que era un alivio poder abrazarse con tal sinceridad ahora.
—Lo sé. Estoy contigo también. —besó su frente de forma protectora antes de soltarla para poder coger la bolsa que soltó sobre la repisa, y se la dejó en frente. Ella sonrió enseguida al verlo.
—Te iba a mandar un mensaje, pero pensé que estabas enojado conmigo.
Sonrió también. Su cafetería favorita preparaba su postre favorito sólo un día de la semana, y se agotaba casi en seguida. Además le quedaba de camino.
Aunque, si no le quedara de camino, se lo llevaría de todos modos.
.
Los días siguieron avanzando y sus sueños no le dieron un solo día de descanso.
Ya no dejaba que le afectaran. Los gritos, la desesperación que parecía recorrer su propio cuerpo, sabía que no eran parte de él. Ya no había manera de intervenir, y hacía lo posible por enfrentarlos sin inmutarse.
Pero seguía estando esa persona. Esa persona cuya voz sentía tan familiar y a la vez desconocida, que era cálida, y le revolvía el estómago, a la vez que le crispaba los vellos del cuerpo.
Y podía sentir su mano recorrer su brazo, su hombro, posarse en su cuello.
Teru bajaba la mirada con vergüenza, pero nunca podía ver su rostro. Por más que deseara mirarlo, no podía ver más que su cuerpo.
Era cruel. En serio necesitaba ver su rostro. Le urgía verlo. Era irracional sentir que extrañas a alguien que nunca has visto, pero no podía sacarse de la cabeza cada una de sus caricias.
Le acaloraba pensar en esas sensaciones, que desconocía por completo.
Si los recuerdos eran de su tatarabuelo, Zenitsu, que se casó con Nezuko, ¿qué era lo que estaba viendo? ¿por qué le tocaba sentir eso? No entendía. Por más que le buscaba un significado, no sabía qué hacer. Ni qué pensar. ¿Qué conclusión podía sacar? Comenzó a atormentarle la idea de que, tal vez, Zenitsu nunca estuvo realmente enamorado de la mujer que hizo su esposa.
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—¿A que hora vuelves hoy? —preguntó su hermana, mientras caminaban a la escuela.
—No puedes estar con tu novio sola en casa. —respondió tajante.
—¡No es mi novio! —se quejó. —Y no lo preguntaba por eso. Quería que me acompañaras a ver a Uzui.
—¿Qué?
—¿El chico que siempre te muestro?
Le costó un montón recordarlo.
—Ah, el atleta que te gusta. ¿Está aquí?
—Si, en el hotel que está en la costa.
Nunca había acosado a alguien famoso antes, y no le parecía buena idea. Pero conocía a su hermana, y sabía que era más bien una admiradora silenciosa que una fan loca. Aunque se la imaginó de todos modos evadiendo guardias. La idea le hizo sonreír.
—¿Y qué quieres? ¿Una firma? ¿Foto?
—Foto. —dijo ella. —Ni siquiera dijo que estaba ahí, pero publicó una foto y reconocí la vista que se veía en su ventana.
Ah, si era una fan loca.
—Si te lleva la policía voy a fingir que no te conozco. —soltó, recibiendo un manotazo en el brazo.
—¡No voy a meterme a su cuarto escondida en el carro de aseo ni nada! Quiero tener la suerte de verlo, y tomarme una foto con él.
—Y luego presumirlo en internet.
—¡Quiero verlo! Es súper guapo, además.
—Oh, por eso te estoy acompañando yo y no tu novio. Que cruel.
—¿Entonces no vas a acompañarme?
—Vamos. Acosemos famosos. Igual no tenía planes mejores.
Ella lo abrazó, más por festejar su logro que en agradecimiento, y corrió dentro de la escuela momentos antes de que el timbre sonara.
Teru supuso que no estaría mal pasar la tarde con ella. Tal vez la caminata lograra cansarlo y así podría descansar por la noche.
Hubiera sido lindo que pasara eso.
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Sintió que era una mala idea cuando se puso la ropa más cómoda que tenía y al salir vio a su hermana peinada y con su vestido favorito.
—No. —dijo, apuntando el vestido.
—¡Voy contigo! —se quejó.
No podía debatir eso. Nada pasaría si él iba, entonces no importaba. Además, tendrían mucha suerte si lograban dar con él.
Cuando ambos estuvieron frente al hotel, Teru sintió dolor de estómago. Eso no era para nada algo que él haría, y se avergonzó por el simple hecho de estar ahí. Como si las pocas personas que transitaban por ahí fueran conscientes de sus razones para merodear frente al hotel.
—Voy a entrar. —dijo ella, bastante segura.
—Te van a sacar.
—No, tengo que entrar sin preguntar nada, como si estuviera entrando a mi departamento. Vi un video de eso.
Oh no.
—No quiero.
—No tienes que hacerlo. Puedes esperarme aquí.
Era imposible que la dejaran entrar en un hotel sin preguntarle nada. Confiando en eso, acabó aceptando.
Y cuando la vio pasar, sin mirar a nadie, con la frente en alto y caminar rápido hasta perderse en el vestíbulo, entró en pánico.
Quiso correr a buscarla, pero sería aún peor el escándalo. ¿Qué clase de hermano era para dejarse arrastrar hasta esa circunstancia?
Puso ambas manos a la altura de su nuca, aplicando presión sobre su cuello, tratando de calmarse.
Ni siquiera tenía su celular. ¿Cómo tomaría el tiempo para saber si debía preocuparse por ella?
Acabó metiendo las manos en los bolsillos de su sudadera y cruzó hasta la plaza de en frente, buscando donde sentarse, sin perder de vista la entrada del hotel.
Se sentó en el pasto, y supo que había hecho una “mala elección de outfit", como le dijo su hermana, cuando la gente lo empezó a mirar raro.
Llevaba unas zapatillas blancas, a las que poco les quedaba de blanco, unos jeans negros desgastados por todos lados y una sudadera que, en su mejor momento, fue negra.
Suspiró, y subió sus rodillas a la altura de su rostro, envolviéndolas con sus brazos, para fijar su mirada al frente.
—¿Todo bien?
Abrió mucho los ojos al escuchar su voz. Sus latidos se descontrolaron, porque supo de quien se trataba mucho antes de voltear. Y su corazón estuvo a punto de detenerse porque, a diferencia de sus sueños, ahora si podría verlo.
Y al verlo, supo quien era, lo reconocía, pese a ser la primera vez que lo veía.
Llevaba las manos en los bolsillos del pantalón, y lo miró desde arriba con desdén. Y frunció el ceño al no recibir respuesta.
Teru le devolvió la mirada de alguien que acababa de ser alcanzado por un rayo.
—Te conozco. —dijo.
“Te reconozco", era lo que quiso decir. Pero su cerebro era un completo lío y le agradecía haber sido capaz de soltar algo medianamente coherente.
—¿Ah, si? —el chico elevó una ceja. No parecía interesado, pero no le quitó la mirada de encima.
—De mis sueños. —aclaró, sintiéndose como la persona más estúpida del mundo.
Y de alguna forma logró hacerlo sonreír, y agacharse a su lado, para luego sentarse con las piernas estiradas hacia adelante.
—¿Qué estamos esperando? —preguntó, mirando la entrada del hotel.
Ninguna foto le hacía justicia al color que sus ojos tenían al verlo así de cerca. De pronto la escena se aclaró: su hermana estaba dentro del hotel buscando a Uzui Tenma, a quien Teru esperaba sin siquiera saberlo, hasta ahora, que lo tenía sentado junto a él sobre el pasto, luego de decirle una frase que parecía sacada del libro con los piropos más estúpidos para decirle a un desconocido.
Nunca creyó que sería posible estar frente a él. Otra vez, si consideraba la realidad de sus sueños como la suya.
Tampoco creyó que se sentiría tan incómodo.
Porque recordaba cada sensación en su cuerpo cuando la persona en sus sueños lo tocaba, como si confiara en él a ojos cerrados sin siquiera dudarlo, y ahora estaba temblando. No tenía idea de qué decirle, o cómo actuar para que no se diera cuenta del completo perdedor que era.
Decidió arriesgarse, y jugar a un todo o nada. No perdía nada, de todos modos.
—¿Te acuerdas de mi? —preguntó.
Era un disparo al cielo, porque si lo reconociera de alguna parte, se lo habría dicho en seguida. Pero lo más seguro era que se le haya acercado por mera curiosidad.
Tenma volteó a verlo, enarcando una ceja.
—¿No? —dijo, dudando. —Espera, ¿Ibas en serio con lo del sueño?
Se largó a reír, y lo hizo sentir irritado de pronto. ¿Cómo podía ser la misma persona, y estaba seguro de ello, pero hacerlo sentir tan diferente?
El impacto que le provocó verlo por primera vez le encandiló, pero ahora era capaz de analizar el mapa completo. No se sentía decepcionado, pero si algo molesto. Y tal vez ni siquiera tenía mucho que ver Tenma, sino que se sentía molesto consigo mismo, por esperar que su sueño de alguna forma se acoplara con su realidad de manera menos ambigua.
Parecía ser el único en pensar que “aquello" estaba pasando. Y se sintió estúpido, pero quiso aclarar las cosas para él.
—Durante mucho tiempo me pareció que soñaba contigo, como si hubieras estado conmigo en otra vida. Y al verte, se sintió como si fuera un reencuentro. —volvió a apoyar su cabeza sobre sus brazos y volteó a verlo sólo para sonreír de forma honesta. —Está bien si piensas que estoy loco.
En serio no le importaba más. Necesitaba decirlo, porque no se perdonaría el no hacerlo. Y Tenma merecía saberlo. Si algo le debía a la persona de sus sueños, era recordarle que lo recordaba.
En su mente, todo tenía sentido, pero lo perdía al salir por su boca.
No le importaba tampoco.
Se sintió aliviado al decirlo, y hasta sonrió más ampliamente al ver la confusión en el rostro de Tenma. ¿Lo había asustado?
—¿Quién eres? —preguntó. Ahora su semblante parecía mucho más serio que antes, y su rostro se había puesto pálido.
—Teru. —la voz de su hermana le hizo levantar la vista hacia ella, y apenas vio su rostro enojado supo que la situación era lo más absurdo que había presenciado en la vida.
Se puso de pie, y mientras se sacudía, ella lo tomó del brazo y lo alejó, mientras sonreía como un tonto.
—Lo siento, olvidé la foto. —dijo, burlándose de si mismo más que de ella.
—Cállate. ¿Qué hacías? ¿Por qué-? ¡¿Qué-?!
Tenma era un chico cualquiera. Todo lo que sentía en sus sueños no era más que eso: un sueño. O un recuerdo, pero no suyo. No tiene idea de lo que esperaba, si llegaba a encontrarlo, pero no sintió nada por él.
Aun así, se sentía feliz de saber que esa persona existía.
Y por primera vez, en meses, esa noche no soñó absolutamente nada.
.
Se sintió confundido al día siguiente. Como adormilado, pese a haber dormido mejor de lo que durmió en semanas. No sentía ese cansancio acumulado que le hacía arrastrar los pies al caminar y bostezar todo el día.
Estaba tranquilo. Demasiado. Sentía todo de manera más suave. No se vistió apurado, como siempre, ni el ruido de afuera le molestaba como cada mañana. Hasta el codazo que acababa de darle su hermana se sintió amigable.
No lo fue, por supuesto.
—¡¿Vas a salir o no?! —lo golpeó con su propio bolso y se lo dejó sobre la mesa, haciendo ademán de irse sin él.
Teru sonrió, y tomó el bolso para acompañarla.
—¿Qué quieres que haga? ¿Por qué sigues enojada?
—Eres un traidor. —soltó.
Teru no pudo evitar reírse.
—¿Por qué? Si te hubieras acercado y ya, habrías terminado hablando con él.
—¡Debiste decirme antes de acercarte a él!
Oh.
—Fue él quien se acercó a mí.
—¿Por qué?
—¡¿Cómo voy a saberlo?!
Ella no parecía conforme, pero dejó de insistir. O más bien, no le volvió a dirigir la palabra.
No sabía que decirle. Ni siquiera sabía cómo pensar en el hecho de que se había encontrado con él. Ese hombre que llevaba escuchando y viendo en sueños por meses, tal vez años, y no fue capaz de mantener una conversación normal.
¿Acaso había dejado pasar una oportunidad irrepetible?
Siguió repitiéndose a si mismo que no era la misma persona, al igual que él no era Agatsuma Zenitsu. No era un conocido, ni tenían recuerdos en común. Seguía bastante seguro de que nadie más los tenía. Y definitivamente no sentía por él lo mismo que Zenitsu.
Se lo repitió hasta auto-convencerse.
Pero metió el diario otra vez a su bolso.
Por si acaso.
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La siguiente vez que lo vio, se terminó por convencer de que su primer encuentro no había sido suficiente. Porque la manera en la que su sonrisa fue interrumpida en el instante en que lo vio, le dejó claro que para Tenma tampoco había sido un encuentro cualquiera.
Y se lo confirmó el hecho de que, otra vez, fue quien se le acercó.
Llevaba ropa deportiva, igual que la primera vez, y parecía agitado. Algunos cabellos estaban pegados en el sudor de su frente.
Teru iba de camino a casa, luego de pasar por la cafetería, y tuvo un instante de pánico en el que casi sale corriendo. Pero tratar de escapar corriendo de un atleta no era su idea más brillante.
—¿Eres estudiante? —preguntó al llegar junto a él. Sólo entonces Teru notó que era más alto. Sólo un poco, pero lo suficiente como para obligarlo a ver hacia arriba al hablar.
—¿Qué me delató? —dijo, acomodando la corbata de su uniforme. Estaba nervioso, y el sarcasmo era prueba de ello.
Tenma lo ignoró.
—¿Tienes algo que hacer mañana? —preguntó, esta vez sin dejar de mirar directo a su rostro, haciéndolo sentir expuesto. Tenía problemas de timidez que enfrentar, y estar frente a esos ojos era como una terapia de shock.
—¿Por qué?
No tenía nada que hacer nunca. Su vida era ir a la escuela, volver a casa, pasar a la casa del abuelo, volver a casa. No tenía amigos en la escuela ni era parte de ningún club. Aún así, quiso escuchar sus planes antes de responder.
—Déjame invitarte un helado. O lo que quieras. Mañana tengo libre.
Oh.
—No tienes por qué. —dijo. No sabe que tan demente había sonado la primera vez que hablaron, pero no quería que se sintiera comprometido a entablar una amistad con él.
—Quiero conocerte. —sonrió, de forma tan radiante que le hizo sentir patético.
No quería salir con alguien famoso. No quería ser visto con alguien famoso en la calle, tampoco. Ni que la gente en su escuela se enterara. Tampoco se sentía cómodo teniendo que hablar a solas con alguien que tenía una primera impresión suya tan extraña.
Pensó en lo enojada que estaba su hermana, y se preguntó qué tanto lo odiaría si llegaba a casa acompañado del chico con el que quería una foto. Aunque, si ella lo interrogaba, él podría ahorrarse el tener que buscar temas de conversación.
—¿Puede ser en mi casa? —preguntó.
La sonrisa de Tenma se hizo aún más llamativa, además de tener un gesto que lo hacía entrecerrar sus ojos al sonreír. Era realmente lindo.
—Como quieras. —cedió. —Tengo que irme. ¿Nos vemos mañana?
Asintió, y lo vio irse antes de decirle nada.
¿Cómo se supone que llegaría a su casa? ¿Acaso ya sabía donde vivía? No era posible. ¿Cómo podía tener esa confianza en si mismo, además? Teru no podría acercarse a alguien y pedirle salir así, como si nada.
Su rostro se puso completamente rojo.
Lo había invitado a salir, y le respondió que fueran a su casa.
Ahora entendía el por qué de su sonrisa.
Maldición, quería borrar su existencia. Si no lo hacía él, lo haría su hermana al enterarse.
Miro la bolsa de la cafetería en su mano y se alegró de haberse dado la vuelta para comprarle algo. Con esa ofrenda tal vez su vida sería perdonada.
.
Había llegado el día siguiente, y Teru miraba a Toko de reojo mientras la escuchaba hablar, camino a la escuela.
No fue capaz de decírselo. ¿Era normal temerle a tu hermana, o estaba bien que se sintiera como una rata?
Como si las cosas no le estuvieran yendo pésimo, le dijo que por la tarde se quedaría a acompañar a una amiga que debía hablar con un profesor. Normalmente se ofrecería a esperarla, pero no tenía cómo decirle a Tenma que no podría verlo. Ni siquiera sabía cómo serían capaces de verse sin haber acordado nada, pero quiso pensar en ello cuando llegara la tarde.
No llevaba el diario.
En parte porque se lo sabía de memoria, y porque era tan paranoico como para imaginar un escenario en el que Tenma lograba verlo. Y ahora que había hablado con él de una forma más normal, le daba vergüenza que supiera.
Pero no había sido su culpa, ¿verdad? Si Teru hubiese puesto su mirada sobre él primero, lo más seguro sería que no le hablara jamás. Ni lo volviera a buscar.
Tenma se acercó a él a la primera oportunidad que tuvo, sin saber lo demente que estaba.
Ahora tendrían que lidiar ambos con el pensamiento de “¿te conocí en otra vida o algo?” como la frase más cliché para ligar.
Recordó haberle dicho que lo conocía de sus sueños, y el sólo bochorno le hizo sonreír. Ya estaban en la misma página desde que se encontraron.
Poco a poco, la curiosidad por conocer el punto de vista de Tenma en el asunto le hizo sentirse ansioso por que se acabara la jornada escolar.
.
Cuando salió de la escuela, prestando atención a poco o nada de sus clases, comenzó a sentir cosquillas en el estómago. Como las que sentía cuando estaba a punto de presentar al frente de la clase, o cuando alguien de un curso superior se ponía a hablarle durante el receso.
Pensaba si debía ir a buscarlo al mismo lugar en el que se conocieron, o tal vez cerca de la cafería que le gustaba a su hermana, mientras caminaba con la vista en el suelo.
—Teru.
Volteó a buscarlo antes de procesar que conocía esa voz, y verlo de pie frente a su escuela le provocó arritmia cardiaca.
—¿Qué haces aquí? —gritó, y se arrepintió de haber llamado aún más la atención.
—No pensé que te molestaría.
Teru volvió a mirar alrededor, cruzando mirada con varias curiosas que se detuvieron a verlo y cuchichear entre ellas.
Tenma llevaba una chaqueta y la capucha puesta, pero era obvio que no estudiaba ahí, y su estatura también era llamativa, así que no era raro que atrajera las miradas. Y al ver su rostro, claro que lo iban a reconocer.
Quiso arrancarse la piel del rostro, pero optó por la opción discreta: borrarse de ahí.
Lo tomó de la manga para que lo siguiera, y no quiso mirar a nadie hasta que salieron de la cuadra de la escuela. Entonces lo soltó y siguió caminando a un ritmo más calmado.
—¡No quiero que me vean contigo! —se quejó. —Además, ¿cómo sabes mi nombre?
—La niña te llamó así ese día. —Tenma le seguía el ritmo, con las manos en los bolsillos, bastante relajado.
A diferencia de Teru, que sentía que iba a tropezar y caer de boca en cualquier momento. Eso, o se le caería todo el pelo.
—Es mi hermana. —le dijo, y se arrepintió cuando se dio cuenta que eso podría llevarlo a preguntar qué hacían justo afuera de su hotel.
—¿Es un apodo? —preguntó, ignorando lo que acababa de decir. —No volveré a caer en tu escuela si te molesta.
—No me molesta. —cedió, admitiendo que exageraba. —Pero no quiero que piensen que te conozco, y se me acerquen por eso. —pensó que no había ninguna razón para que supiera eso. —Y no tienes que volver a verme. Está bien, en serio.
¿Cómo le pedía de forma sutil que olvidara todo lo raro que era y siguiera con su exitosa vida? No había nada que pudiera hacer para aclarar su mente, y hasta le hacía sentir mal por comprometerlo de esa forma.
—Yo decidiré eso. —dijo, sonando serio, pero alivianando el ambiente en seguida con una sonrisa. —Déjame conocerte primero.
¿Por qué tuvo que acabar en esa situación tan vergonzosa? Era la persona más aburrida del mundo, y quien era la persona más popular en su escuela le pedía… ¿qué, exactamente? ¿presentarse? ¿darle un “cincuenta cosas"?
—¿Qué quieres saber? —preguntó, resignado.
Una parte de él sentía que le debía las respuestas. Por otra parte, se sentía cómodo con la idea de cumplir con sus expectativas.
Le confundía tenerlo cerca. Eso seguro.
—Tu nombre, quizás.
Había preguntado si el nombre que escuchó de su hermana era un apodo y lo había ignorado por completo. No solía ser tan despistado al conversar. Casi siempre estaba atento a lo que otra persona decía. Confirmó que sus sentidos estaban igual de aturdidos que él.
—Yoshiteru Agatsuma. —dijo, mientras cubría sus manos con las mangas de su chaleco.
—Tenma Uzui. —se presentó también, sabiendo de sobra que Teru ya conocía su nombre.
Así debieron comenzar, ¿no? Agradecía que aún no sacara el tema. Estaba listo, pero se sentiría más cómodo en casa.
Cuando llegaron, Tenma se acomodó como si hubiera llegado a su propia casa. Teru no le dijo nada, pero de alguna forma su actitud despreocupada le transmitió confianza.
No supo si ofrecerle algo. Supuso que si quisiera algo lo habría pedido, así que optó por sentarse junto a él en el sillón y simplemente continuar con la conversación. Conocerse, como dijo Tenma.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó, viéndolo de reojo, como si le preocupara su respuesta.
—18. —contestó, y lo vio suspirar aliviado. —¿Por qué? ¿Cuántos años tienes?
—21. Creí que eras menor de edad. No sabía de que año eras.
—Ah. —no quiso preguntar por qué eso era un problema. — ¿Qué quieres saber?
Tenma se sentó de lado para apoyar la espalda en el reposabrazos y acomodar sus piernas encima de las de Teru. Quien tal vez debió sentirse nervioso, pero sólo pudo pensar en lo mucho que admiraba su actitud.
No estaba seguro de haberlo pensado antes sobre alguien más, pero la forma en la que gesticulaba al hablar le gustaba, y cómo se movía al caminar, hasta cómo había invadido su espacio. Le gustaba su forma de ser, sin más.
—¿Qué sueños tienes conmigo? —preguntó.
Si hubiera estado bebiendo algo, de seguro lo termina escupiendo exageradamente.
—¿Por qué tan directo? —hizo una mueca de dolor, pero en realidad estaba resignado a hablar de ello.
Tenma volvió a sonreír, y entrecerró los ojos al tiempo que subía una ceja.
—¿No se puede contar?
Sintió que algo en su pecho estalló, y su rostro hirvió.
—¡No es eso! —rio nervioso. —Nunca dije que fueran de ese estilo.
—Que aburrido.
—O sea, tal vez un poco.
—Te escucho.
Volvió a ver su cara, como si se burlara. Recuerda haber tenido esa misma idea de él la primera vez que su hermana le enseñó una foto suya: haciendo una mueca y presumiendo una medalla. Una actitud pretenciosa y nada humilde. En ese momento pensó que jamás le caería bien una persona así.
Le hubiera gustado que sus pensamientos conservaran esa coherencia.
Pero al ver su sonrisa ahora, a causa suya, se sentía comprometido a satisfacerlo.
Maldijo una y mil veces el diario, mientras trataba de explicárselo.
—Me obsesioné con un diario de mi tatarabuelo, donde hablaba de demonios y cómo peleaban contra ellos, él y sus amigos. —Tenma lo miraba con atención, como si no estuviera diciendo algo digno de una película de ficción. Aun así sintió la necesidad de explicarse: —Seguramente estaba loco, pero —recordó cada historia que el abuelo le contaba, y como coincidían detalles mínimos que Teru jamás compartió con nadie, y sólo se encontraban en su diario. —habían cosas que me hicieron dudarlo. Y luego de leerlo tantas veces, acabé creyendo lo que decía. Todo sonaba real, ¿por qué no lo serían los demonios?
—No pienso que sea falso. —Tenma lo motivó a seguir hablando. Teru agradeció que le diera el beneficio de la duda, porque se sentía como un completo loco.
—Hablaba de las personas que conocía. Sus amigos, más que nada. Y los pilares. Oh, habían pilares, que eran los cazadores más fuertes. —dijo, y Tenma asintió con una sonrisa. —Y uno de ellos era Uzui.
Eso capturó tu atención, porque abrió mucho los ojos al escucharlo.
—¿Cómo era?
—¿Fuerte? No sé. Genial, según el diario. —no tenía idea de cómo explicar el resto. —Bueno, la forma en la que lo describía a él era diferente. Era demasiado ambiguo, pero… se entiende lo que sentía. Tal vez ni siquiera él lo sabía.
—¿Puedo verlo?
—Absolutamente no. —respondió, sin siquiera pensarlo. —Pero por culpa de meterme tanto en ese diario fue que comencé a soñar con ese… tiempo, no sé.
—¿Como si vivieras ahí?
—Si, pero no. —su rostro no podía estar más confundido. —Estaba ahí, pero no era yo. Yo sabía que no era yo. ¿Se entiende?
—Algo. —confesó. —¿Y yo?
—De todas las veces que soñé que estaba ahí, sólo las últimas veces fui capaz de ver algo. Y nunca pude ver una cara. O leer nada. Tampoco podía hablar, ni intervenir con el recuerdo de ninguna manera.
Tenma comenzó a reír, y provocó que la confianza con la que estaba hablando se esfumara en un segundo.
—Iba a decirte eso: que parece que describes un recuerdo más que un sueño.
La palabra “recuerdo" se le escapó. No quería decirle de esa forma frente a alguien que no tenía idea si estaría pensando que está loco o no. Pero se lo estaba tomando en serio. Teru sintió sus piernas abandonarlo bajo el peso de las suyas, como si las hubiera dejado de sentir de pronto. Estaba tan feliz que podría llorar, mínimo abrazarlo.
Se aguantó, para no abusar de su suerte.
—Lo pensé de esa manera cuando las características no cambiaron. Pero aunque no podía ver el rostro de nadie, podía identificarlos. Sus voces, o su cuerpo. Estoy seguro de haber visto a mi hermana, pero no volteó en ningún momento. Fue frustrante.
—Eso si suena como algo que pasaría en un sueño. Lo de despertar en el peor momento.
—Sí. Igual sabía que reconocía a otras personas, por sus voces, pero nunca fui capaz de ver a nadie. Por más que tratara de evitar despertar en esos momentos. Me iba a dormir a cualquier hora, cada día diferente, y siempre era igual. Dormía pésimo, además.
—Cuando te vi en la plaza tenías unas ojeras que ahora entiendo. Pero ahora te ves bien. ¿Qué cambió?
Volvió a atacarlo la ansiedad de tener que confesarle eso en algún momento de esa conversación.
—Luego te vas a dar cuenta. —dijo, y Tenma pareció conforme. —Estaba esta persona, Uzui, y sólo puedo recordar su cuerpo. Apenas. Y su voz. Pero… podía sentir cosas por él, que lograban confundirme. Me costaba diferenciar la realidad del sueño cuando lo veía.
Tenma no dijo nada. Sólo lo siguió mirando, atento, esperando que siguiera hablando.
—Las historias del diario me hicieron saber quien era, a pesar de no haber visto su cara por más que tratara. —tomó aire. —Y, de alguna forma, cuando te escuché en la plaza, supe que eras esa persona que estaba buscando. Y no podía creer que sería capaz de verte.
—Eso explica todo. —dijo Tenma.
—¿Qué es todo?
—Es que nunca me habían mirado de esa manera.
Ahí estaba otra vez: esa honestidad que le hacía sonrojar. Se daba tantas vueltas para decir algo que no sabía como lidiar con alguien tan directo.
—Bueno, no volví a soñar luego de eso.
—¿En serio?
Asintió, sin mirarlo.
Tenma tampoco dijo nada.
—No termino de entenderlo. —confesó.
Lo primero que pensó al despertar esa mañana, fue que había encontrado lo que estaba buscando, y que cada sueño, diario y recuerdo lo conducían hacia él. Pero era una idea demasiado romántica y alejada de su sentido común.
Pero su sentido común tampoco estaba a gusto con más o menos nada de lo que acababa de narrar.
—¿Y? ¿Qué opinas?
Tenma cambió de posición sus piernas, volviendo a cruzarlas sobre él pero ahora dejando abajo la que estaba arriba, Teru asumió que para evitar un calambre.
—Estás loco, sin duda.
Le provocó la risa más sincera en meses, y además se ganó un golpe de puño en las piernas.
—No era mi intención involucrarte. No pensé lo que dije ese día porque… ahora entiendes lo importante que fue para mi.
—Para mi también lo fue.
—¿Cómo?
—No sabría explicarlo.
—Te acabo de decir que un diario me hizo soñar contigo antes de conocerte, por favor inténtalo.
—De acuerdo. —también comenzó a reír. —Yo no tuve sueños, ni diarios ni nada. Pero después de verte no dejé de pensar en ti. De alguna forma supe que tenías mucho más que decir. Además de decirme que me viste en tus sueños, que es la mejor frase posible para presentarse con alguien. Primero creí que me estabas seduciendo.
Cubrió su rostro con ambas manos al recordar la vergüenza que sintió.
—Lo sé. Me atormentó toda la semana haber dicho eso.
—Pero tenía que ser así, ¿no? Si no lo hubieras dicho no estaríamos aquí.
También lo pensaba. Y asintió, sólo pensando en lo fácil que se le daba hablar con él. Y en lo cómodo que se sentía con sus piernas encima, como si fuera un contacto al que estuviera acostumbrado.
—Oh. —empujó sus piernas de forma brusca para levantarse. —Ven a mi cuarto.
—¿Qué?
—Va a volver mi hermana y no quiero que se encuentre contigo.
—¿Por qué?
Toko jamás le perdonaría si se lo decía.
—No puedo decirlo.
—¿En serio sientes que no me puedes decir algo, después de…?
—¡Párate!
Se levantó mientras se reía de lo grave que era para algunas cosas. Acababa de delatar su obsesión y su miedo a su hermana: ya le daba igual la imagen que pudiera hacerse de él.
Lo llevó hasta su cuarto y juntó la puerta. No sabía cuando tiempo más pensaba quedarse, pero podían seguir conversando ahí sólo en caso de que volviera a casa temprano.
—¿Este es el diario? —preguntó Tenma, provocándole una crisis de pánico.
Volteó para verlo con su diario en las manos, mientras lo miraba, sin abrirlo.
Sabía que no iba a abrirlo. Si hubiera querido verlo, lo habría ojeado apenas lo tomó. Pero la pregunta hizo que Teru confiara en él.
—Sí. —de todos modos le ponía nervioso que lo tuviera. —Dámelo.
Pudo adivinar por su sonrisa que no planeaba hacerlo.
—Quítamelo. —lo retó.
Y Teru, obviamente, le siguió el juego.
Y cuando Tenma puso el diario en su espalda, se lanzó a quitárselo, envolviendo su cuerpo para tratar de alcanzarlo por los costados, antes de que lo cambiara de mano y lo levantara hasta quitarlo de su alcance, sin dejar de reír por sus intentos penosos.
Como si Teru en serio tratara de recuperarlo.
—¿Vas a hacerme saltar? —preguntó mientras estiraba su brazo todo lo posible, parándose en la punta de sus pies. Su cuerpo completamente pegado al suyo, y su rostro apenas a un palmo de distancia.
—¿Ah?
Su sonrisa le hizo entender el doble sentido que acababa de sacarle a lo que dijo, y además de sonrojarse, sí que saltó para recuperar la libreta.
Entonces lo empujó sin querer sobre su propia cama, cayendo sobre él con todo su peso, y creyó por un momento que terminarían en el suelo.
Ambos se largaron a reír. Las manos de Tenma seguían arriba, y Teru se estiró para quitárselo. Cuando lo logró, y trató de incorporarse, las manos de Tenma se posaron sobre su cintura.
Y se abrió la puerta de su cuarto.
.
Ahora caminaba por la calle con Tenma, porque lo acompañó a tomar un auto, ya que estaba oscureciendo y no quería que se fuera a pie hasta el hotel.
Cada tanto, comenzaba a reír, Teru lo golpeaba, y Tenma se disculpaba por el malentendido que había provocado con su hermana.
Teru pensaba en ella y no tenía idea de cómo mirarle la cara al volver. Ni siquiera había una explicación madura. Porque era cierto que estaban jugando, pero para nada creíble.
Su personalidad era similar a la que Zenitsu describía de Uzui en su libreta, pero completamente opuesta a la que recordaba de sus sueños. O de las páginas en las que hablaba de él sin mencionarlo.
Su carácter juguetón le hacía querer golpearlo, al mismo tiempo que le hacía sentirse a gusto. No decidía si quería ser algo más que su amigo, pero definitivamente quería estar con él. Y llegó a la conclusión de que cada palabra que Zenitsu escribió acerca de él habían sido estando ya completamente enamorado.
Sintió cosquillas en el estómago al pensarlo, y agradeció cada tramo de historia que lo llevó a conocer a Tenma. Tal vez no por primera vez.
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Jamás estuvo tan desesperado por que volviera su hermana como en ese momento junto a Kanataカナタ. Y él no era la persona más habladora del mundo, pero es que el novio de su hermana era como una ostra. Jamás había logrado sacarle conversación de todos los años que lo conocía.
Por eso casi llora de felicidad cuando ella volvió con el helado que fue a comprar y se sentó junto a ellos.
Estaban en el parque. Teru quedó de juntarse con Tenma un rato, y su hermana quería salir con su novio. Y prefirió que salieran juntos para poder vigilarla.
Pero Kanata llevó a su hermano también, y como Tenma tenía regalados los veintiún años, se fue a jugar con él, a dar vueltas y escalar arboles, mientras Teru se cuestionaba si había sido una buena idea.
Sumihiko era la persona más dulce y amigable que Teru conocía, y se llevaba bien con casi todo el mundo. Incluso cuando la policía lo atrapaba por cruzar la calle de forma imprudente y escapar, había un policía al que le caía bien y lo dejaba salir apenas su hermano se distraía. Y ni siquiera se esforzaba en serlo: era simplemente carismático.
A excepción de Teru, que escuchaba la voz de su hermana mientras hablaba con Kanata completamente diferente al tono de voz que usaba con él, y le provocaban ganas de meterse debajo de la banca.
Al menos tendría algo para hacerle burla cuando estuvieran solos.
Se aburrió de mirarlos de lejos y decidió ir a ver qué demonios los tenía tan entretenidos.
Sumihiko le sonrió ampliamente apenas lo vio acercarse, y corrió a su encuentro.
—¡Tu novio es genial!
Teru casi cae de espalda.
—¡¿Quién te dijo eso?!
—Toko.
Sabía que Sumihiko no lo decía para molestarlo, sino que realmente lo creía. Que era genial y… que era su novio.
No lo era, pero no le molestaba para nada que lo creyera.
—¿Qué hacen?
—Me enseñaba a dar una vuelta sin poner las manos en el suelo.
Teru no tenía idea de nombres técnicos, y Sumihiko se había acostumbrado a explicarle trucos como si hablara con un niño pequeño. Para él, eso era una mortal. Hacia atrás. Sin manos.
Llegaron con Tenma, que estaba sentado sobre un arco de fierro de casi dos metros, del que se afirmó con ambas manos, dio una vuelta y bajó suavemente, usando sólo la fuerza de sus brazos para no pasar de largo y quebrarse la columna.
Teru se sintió entre dolorido y sorprendido.
—¿Sabes hacer eso? —-preguntó, apuntando a Sumihiko, asumiendo que los había escuchado.
—Es lo primero que aprendí a hacer. —presumió, como si fuera algo sencillo. —¿Te enseño?
—NO. —se alejó por instinto. —Ni loco.
—Ya lo he intentado. —dijo Sumihiko, acusándolo. —Tampoco deja que yo le enseñe.
“Traidor”, pensó Teru.
—Sube aquí conmigo, entonces. —Tenma volvió debajo del arco metálico. —Así puedo mirarlo de cerca mientras practica.
—¡¿Por qué me subiría ahí?! —sólo ver que no tenía ningún lugar en el que poner el pie para subir le hacía odiar la idea. Y la altura le hacía pensar en cómo bajaría luego, sin siquiera saber cómo subir.
Tenma estaba acostumbrado a esa paranoia.
—¿Te subo?
—No.
—Ven. —se acercó con claras intenciones de tomarlo de la cintura.
—Voy a llorar. —dijo, escapando, provocando que ambos se rieran de él.
—Puedes llorar arriba. —dijo Tenma, que no era mucho mejor debatiendo.
Cuando lo alcanzó, lo envolvió de la cintura, seguramente para no hacerlo perder el equilibrio, y lo arrastró de vuelta hasta el arco. Teru sintió que la diferencia de fuerza que tenían era tan ridícula que no valía la pena luchar para que no lo arrastrara.
Pero de todos modos forcejeó para que no lo levantara.
Sumihiko ya se había alejado para seguir practicando. Mientras Teru batallaba para que no lo levantaran como a un saco, pensaba en lo poco preocupado que estaba Kanata. Aunque siendo su hermano mayor, ya debía estar acostumbrado al miedo de verlo haciendo cosas que podrían quebrarle el cuello. Como mínimo.
—Tenma. —quería sonar enojado, pero al quitar sus manos de su cuerpo tantas veces mientras volvía a sujetarlo le provocaba cosquillas, y no podía dejar de reír. —Voy a golpearte si no me dejas.
—No engañas a nadie. —acusó, agachándose para hacerle una especie de placaje.
Teru gritó cuando sintió que sus pies dejaron de tocar el suelo, y lo golpeó cuando lo dejó sujetado sobre su brazo, a la altura de su hombro, como quien toma un gato.
—Bien, no voy a golpearte, pero bájame.
Tenma lo soltó, pero se quedó peligrosamente cerca.
—¿No confías en mi? —preguntó, hablando bajo, sin romper el contacto visual con él.
Teru no tenía casi nada de convicción, y toda pareció esfumarse cuando lo escuchó decir eso.
Su intensa mirada tampoco ayudaba.
—De acuerdo. —cedió.
Así de fácil.
Tenma sonrió.
—Tienes que impulsarte. Sujétate de mis hombros si quieres. —indicó, agachándose lo suficiente para tomar impulso. Lo sujetó de la cadera, y cuando saltó, Tenma lo levantó como si no pesara nada, dejándolo sentado arriba.
Teru sintió que perdería el equilibrio y se iría de boca. Y lo peor, sentía que valía la pena.
Tenma dio un saltito para colgarse del fierro, y se dio impulso con las piernas para balancear su cuerpo, y en menos de un minuto estaba sentado junto a él.
Sintió sana envidia por verlo hacer eso, y ver delante de él a Sumihiko dando vueltas con la agilidad de un felino. Él apenas se lograba levantar del suelo si se sentaba mucho tiempo en una posición extraña.
Pudo ver a su hermana a lo lejos. Su mirada fija en ellos, y una sonrisa llena de malicia en sus labios. Podía jurar que le estaba tratando de leer la mente.
Pasó ahí el resto de tarde que les quedaba. Tenma le gritaba instrucciones a Sumihiko y bajaba cada tanto a sujetarlo para darle el ejemplo de postura y cosas que Teru no entendía. También le explicó bastante lo importante que era el impulso una vez estabas en el aire, y con cada detalle el ejercicio le parecía mucho más complicado.
Cuando le preguntó cómo se dio cuenta que estaba interesado en el atletismo, Tenma le dijo que era algo que simplemente se le daba bien, como si lo supiera hacer antes de tomar clases.
Teru entendió enseguida a lo que se refería. Entendía de primera mano lo que era saber cosas que nadie te enseñó. En especial si las recordaba con tanta claridad.
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Entró a la casa del abuelo una tarde después de la escuela.
Tuvo que ayudar a Toko con unas tareas y aprovechó de terminar las suyas en casa, así que sólo pasaba a saludar, comprobar que estuviera bien, tal vez robar un té, y luego irse porque al día siguiente también tenia clases.
Pero el abuelo parecía haber estado atento a la puerta, porque apenas entró, escuchó su voz gritar desde la sala:
—Un muchacho vino a verte. —hizo una pausa, como si esperara escuchar el desmayo de Teru. —Supe que estás saliendo con él.
Casi se mordió la lengua. Escuchó el sonido de la loza en la cocina, y cuando corrió a la entrada, pudo ver una mota de cabello negro escabulléndose por la puerta. Las gotas de agua y espuma en el suelo marcaban la ruta de escape desde el lavadero hasta el pasillo.
“Rata", pensó Teru.
Se sentó en el suelo frente al abuelo luego de eso.
—No se si sea necesario recordárselo, pero nada de lo que diga Kaigaku es cierto. —se quejó.
El abuelo se rio y le desordenó el cabello.
—Era apuesto. —cedió. Teru se sonrojó, dándole la razón a Kaigaku sin querer.
—¿Dijo algo? —preguntó. No tenía idea de lo que podía querer al buscarlo ahí. Sólo le dijo la dirección en una de sus muchas conversaciones en plan “cuéntame todo lo que aún no se de ti".
—Kaigaku fue quien habló con él. Yo lo vi cuando pasé a la cocina.
Mierda.
Trató de imaginarlos a ambos de frente sin decirse una palabra por unos cuantos minutos, sólo retándose telepáticamente. No fue difícil, porque ambos eran lo suficientemente orgullosos para ello.
Se mordió el labio, pidió permiso para levantarse y fue a buscarlo.
Kaigaku se acomodó los audífonos cuando abrió la puerta. Teru se aguantó las ganas de desconectarle el cable.
En cambio, pensó que se enojaría más si fingía no estar interesado.
Así que se sentó a su lado, le quitó uno de los audífonos suavemente y habló.
—Así que estuviste hablando con mi novio.
Hizo todo lo posible por no ponerse completamente rojo al decirlo, y disfrutó de la cara que puso Kaigaku al quitarse el otro audífono. Una pequeña mentira no le hacía daño a nadie.
—¿Ese idiota es tu novio? —parecía indignado, y en un segundo logró perder aún más la calma. —¡¿Y de todos modos me dejaste de mentiroso con el abuelo?!
—¿Te dijo algo?
—¡¿Crees que lo escuché?! Ni siquiera se lo que dijo. Pregúntale tú mismo. Y dile que no vuelva a buscarte aquí o yo mismo lo pateo en la calle. Que jodido imbécil.
Teru no pudo evitar reírse, deseando que eso no lo desmintiera.
—Le diré que le mandas saludos.
—Jódete tu también.
—Con mucho cariño.
Entonces se lanzó sobre él, sujetando sus hombros contra el piso, amenazando con darle un puñetazo.
—¡Ah! ¡Abuelo! —se cubrió el rostro con ambos brazos, mientras trataba de patearlo.
—¡Kaigaku, déjalo! —gritó el abuelo desde la sala.
Teru no pudo dejar de reír, contagiando a Kaigaku, que si lo golpeó, pero en el brazo. Teru supuso que para no quedarse con las ganas.
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Lo llamó por teléfono apenas volvió a casa, y escuchó lo que temía escuchar desde hace días. Tenma tendría que viajar el próximo sábado, y eso les dejaba sólo la tarde del día siguiente para volverse a ver.
Así que el viernes salió de la escuela y se pasó directo al hotel. Ya había pasado un montón de veces, así que los guardias apenas lo saludaban.
Volverían a verse apenas terminara de competir, porque había prometido volver a ese hotel para quedar cerca de ellos. Teru también se había acostumbrado a verlo casi a diario, y volver a su rutina antigua sería como mínimo bastante aburrido.
—Sabes, ya te había visto en uniforme un montón de veces, pero verte en uniforme y en mi cama…
A Teru casi se le quema un fusible.
—¡¿Cómo puedes decir algo así como si nada?!
Tenma acababa de ordenar el cuarto, buscando algo en los rincones para cerciorarse de que no se le quedaba nada. Ya le había dicho que era experto en perder los aretes y el cargador del celular.
Satisfecho con su búsqueda, se recostó frente a él, apoyando la cabeza en su regazo mientras fijaba la vista en el techo y manoseaba un cepillo de pelo que se encontró tanteando un lado de la cama.
—¿Vas a extrañarme? —preguntó.
—Sabes que si. —gruñó. Incluso se lo había dicho por teléfono la noche anterior.
—Me voy a aburrir sin escuchar tus gritos extraños. —se lamentó.
Quiso lanzarle la almohada en la cara, pero se contuvo. En cambio se quedó mirándolo largo rato.
Sin pensarlo, y desconociendo la razón, cubrió con su mano el ojo izquierdo de Tenma, suavemente, recibiendo su mirada curiosa como respuesta. Teru sonrió.
—Cuando te conté lo de los sueños… —ordenó sus pensamientos antes de seguir. —Creo que esperaba sentir lo mismo que él. Lo que trataba de describir; supongo que buscaba eso. Y es absurdo, porque yo no soy esa persona, y tú tampoco.
Pero mientras su mano seguía sobre su rostro, y sentía su peso sobre sus piernas, su calor, y su respiración. Juraría que podía escuchar latir su corazón, y entendió. Entendió cada palabra que Zenitsu escribió. Y todo lo que no pudo poner en palabras, fue capaz de sentirlo. Y no había nada que significara tanto como ese momento, por eso no era posible describirlo.
Era la comodidad que sólo una persona es capaz de entregarte. Y ni siquiera a él era capaz de explicarle la calma que le provocaba. El alivio que sentía sólo sabiendo que él existía, y lo feliz que se sentía de tenerlo a su lado.
Tenma se incorporó rápido, dejando a Teru con la mano en el aire por un momento, pensando que había dicho o hecho algo que provocó esa reacción.
Pero sólo lo hizo para sentarse frente a él, y encararlo, y cubrir sus ojos con su brazo, provocando que Teru resoplara por lo absurdo que se sintió.
—Tus orejas se ponen rojas cuando estamos así. Es bastante lindo. —dijo, y sintió sus labios sobre los suyos, en un roce más que un beso. —Y yo ya sé lo que siento.
Y Teru sintió que se desmayaría, y lo único que lo mantuvo despierto fue su mano, que seguía cubriendo sus ojos.
La quitó bruscamente, y esta vez fue él quien se abalanzó a besarlo.
Cerró los ojos, y sintió sus labios, por primera vez, pero de manera tan natural que le hizo sentir que le pertenecía, y que existía sólo para ese momento.
Tenma sujetó su cintura, atrayéndolo en un abrazo que acabó por eliminar el espacio entre ellos.
Pudo sentir las lágrimas que corrían por sus mejillas, pero no le pertenecían. Era un sentimiento de angustia que no era suyo, al igual que sus sentimientos actuales no tenían nada que ver con la persona cuya vida veía a través de sus sueños.
Tenma logró sujetarlo de forma que lo obligó a sentarse a horcajadas sobre él, y al hacerlo, le provocó una sonrisa que Teru fue capaz de sentir contra sus labios.
No tenía forma de saberlo, pero estaba seguro de que no volvería a intervenir en sus sueños el pasado, porque todo lo que buscaba y quería ya estaba entre sus brazos.

Notes:

wow, quedó horrible, pero ahora existe ♡