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Language:
Español
Stats:
Published:
2020-08-11
Words:
1,774
Chapters:
1/1
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4
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29
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229

Primer beso

Summary:

El primer beso de Ichiro no fue como hubiera esperado.

Fue aún mejor.

Work Text:

El primer beso de Ichiro había sido algo especial. Algo que nunca olvidaría aunque quisiera, y estaba seguro de que no querría hacerlo.

Él tenía diecisiete años. Podía ser una edad tardía para recibir un beso, o quizás no. Lo cierto es que nunca había pensado en esas cosas. Hasta que lo conoció a él. Un hombre seis años mayor que él, que había despertado en el moreno una gran curiosidad desde el momento en que lo conoció, desde el momento en que le ofreció un cigarro.

Lo quería tal y como era; aparentemente duro, pero en realidad más sensible que nadie. Comprensivo y hasta sobreprotector con él. Lo hacía feliz.

 

 

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-Ichiro.- el nombrado escuchó una voz que conocía demasiado bien y que aparentemente provenía de sus espaldas. No dejó de andar, aunque aminoró el paso. Al fin y al cabo su debilidad por el otro no había desaparecido.

-Ichiro.- volvió a llamar Samatoki, que ahora comenzaba a caminar con el fin de alcanzarlo.

El moreno sabía, o al menos creía saber, cuáles serían las palabras del más alto.

Lo había encontrado llorando hoy. No le avergonzaba, y sin embargo no quería dejar ver a los demás que él también podía ser débil a veces. Y de todas las personas que podían haberlo visto así, fue Samatoki el que había entrado al baño en el mismo momento en que Ichiro se derrumbaba. Algo que este lamentaba profundamente, pues aunque no era plenamente consciente de ello quería igualar al albino. Quería reducir esa diferencia de edad que los separaba y que Samatoki comenzase a verlo como un compañero y no como a un hermano pequeño del que cuidar.

-Escúchame.- ordenó el mayor agarrándolo del brazo y colocándose frente a él.- ¿Qué te pasa?- exigió en tono serio frente a la actitud pasiva que ofrecía su compañero.

Nada, no era nada. Era nada y a la vez todo. La vida de Ichiro no era fácil. Tenía tanto en que pensar que no podía ni pensar, no podía con todo, aunque hiciese parecer que sí. El orfanato, sus hermanos, el dinero, su futuro... Y aquellos sentimientos que no lograba comprender y se ponían en su camino, entorpeciendo sus pasos y causándole un extraño malestar.

-Nada.- contestó de mala gana el menor. De verdad que no tenía ganas de iniciar una conversación allí, en mitad de la calle tras haberse despedido del grupo hasta el día siguiente. Solo podía pensar en ir de vuelta a su “hogar” y dormir. Al menos mientras lo hacía podía olvidarse de todo.

Samatoki lo pensó por unos segundos. No quería meterse donde no lo llamaban, pero joder, estaba preocupado. Sentía que era responsable de proteger a Ichiro y a su felicidad, aunque no existiera ningún acuerdo o ley que así lo estableciera.

-Quiero ayudarte.- dijo sin más. Nunca había sido tan honesto con alguien, ni tampoco tan considerado si así podía decirse. Simplemente era lo que sentía. Incluso a él mismo le sorprendía haber dicho aquello tan rápidamente, con tanta soltura.

Ichiro sonrió un poco, como si aquello fuera un chiste. No dudaba de la veracidad en las palabras de Samatoki, sino que le causaba gracia lo estúpida que era la situación.

-De verdad. No es nada.

-¿Entonces por qué estabas llorando?

Ichiro tensó sus labios, inspirando profundamente. Sentía esa opresión en su pecho que le indicaba que las lágrimas podían salir en cualquier momento.

-¿Tú no lloras?- lo miró a los ojos por primera vez desde que Samatoki lo había encontrado llorando. Y lo cierto era que no podía imaginarse cuál sería la respuesta a su pregunta.

El mayor sostuvo su mirada, analizando la situación. Era difícil lidiar con Ichiro a veces. Aunque por lo general siempre era un chico enérgico e incluso testarudo, características propias de alguien de su edad, sabía que no era un libro abierto. Y eso lo hacía sentirse acorralado. Porque quería saber todo, quería convencerse de que el chico no estaba en peligro, de que todo iba bien.

-Eso no importa.- dijo seriamente, aunque lo que había querido decir era “me importas”.- Ichiro, por favor. ¿Te están haciendo algo...?

-Deja de preocuparte por mí.- lo cortó el moreno. No quería sonar cortante, aunque era plenamente consciente de que había sonado así. Algo que lo hizo sentirse aún peor.- No lo necesito.

Samatoki seguía observándolo, pero el matiz en sus ojos carmesí no era el mismo. Se había convertido en uno desesperanzado, vacío, como si estuviera mirando a la nada. Esas palabras le habían hecho daño, pero volvió a la realidad tras unos segundos.

Sin decir nada, se dio media vuelta y echó a andar, rebuscando en su chaqueta de cuero el paquete de cigarros a medio empezar y un mechero.

Ichiro se quedó mirándolo, mientras sentía que la opresión en su pecho se extendía en forma de dolor hacia su estómago. Sus manos se cerraron con fuerza, medias lunas sobre su piel a causa de la fuerza con la que sus dedos apretaban la palma de la mano.

Quería llorar, gritar, echar a correr hasta que sus piernas fallaran y quedarse tirado en cualquier acera. Si tan solo fuera de otra forma, si tan solo sus palabras hubieran sido otras, ahora Samatoki no lo odiaría y él no se sentiría mil veces peor de lo que se sentía antes.

No sabía si era su orgullo o su miedo a perder todo lo que lentamente había construido al lado del otro hombre, pero estaba paralizado. Necesitaba decir o hacer algo, cualquier cosa, para no dejar las cosas así. Porque entonces todo sería su culpa, y jamás se lo perdonaría.

-Lo siento.- dijo mientras observaba al otro meterse en un callejón, su silueta mezclándose con la oscuridad de ese estrecho pasillo.

Dio un paso, luego otro, y luego echó a correr, el aire golpeando su rostro y lágrimas resbalando por sus mejillas.

-Lo siento...- envolvió sus brazos alrededor del torso del otro por detrás, como si no quisiera dejarlo ir. Y era cierto. Quería quedarse con él para siempre.

-Está bien.- Samatoki exhaló, sacando el humo de sus pulmones.

El menor no quería moverse, pero debía enmendar lo que había hecho. Así que lo hizo. Se secó las lágrimas y se separó de Samatoki, quien se giró para encararlo.

-De verdad que no era nada.- explicó Ichiro con voz temblorosa mientras secaba sus lágrimas con el dorso de la sudadera.- Me sentía... Mal. Quería soltarlo.

Samatoki lo miraba, y a cada segundo que pasaba le resultaba más difícil reprimir las ganas que tenía de abrazarlo. Ni siquiera trató de evitarlo. No podía ver cómo el otro se rompía y no hacer nada.

Lo envolvió firmemente con sus brazos, como si quisiera evitar que alguien lo mirase, como si quisiera protegerlo hasta de la más mínima brisa. Ichiro correspondió, confuso pero aliviado de que las cosas se hubieran arreglado un poco.

-Lo siento.- volvió a repetir Ichiro.

Samatoki negó, acariciando su cabeza. Por una vez no se sentía como un hermano mayor. Quería proteger a Ichiro como a un igual, no como a su familia, sino como alguien a quien quieres.

Movió el hombro ligeramente para que el moreno separase su rostro de él. Una vez lo hizo, el peliblanco acarició su mejilla con el pulgar, secando sus lágrimas y mirándolo a los ojos.

El corazón de Ichiro iba muy rápido. La culpabilidad que había sentido anteriormente ya no importaba, pues ahora se veía inmerso en una especie de trance del que no quería salir. Sus miradas estaban conectadas y ninguno parecía querer apartarla. El menor apretó el agarre de sus manos sobre el cuero negro de las ropas ajenas.

Era totalmente precioso. Aunque sus mejillas estuvieran rojas a causa de las lágrimas derramadas, a pesar de sentir tristeza, Ichiro todavía era indescriptible. Al menos para Samatoki. Su tacto, olor, aura, la forma en que la débil luz de la farola lo iluminaba, intensificando su expresión vulnerable. Todo combinado volvía a Samatoki otra persona. Lo hacía sentirse lleno.

Amaba a Ichiro, y se había dado cuenta justo en ese momento, mientras aquellos ojos bicolor lo envolvían en su totalidad.

Aún acariciando su mejilla, el mayor ladeó la cabeza, acercando sus labios al rostro húmedo del otro y plantando un cálido beso sobre el lunar en su mejilla.

Tras separarse, no tardó en besarlo de nuevo, esta vez su mandíbula. Luego su barbilla.

Cuando quiso darse cuenta, Samatoki se encontraba acariciando su labio inferior, sus rostros a apenas dos centímetros el uno del otro.

-¿Puedo...?- preguntó en un susurro.

Ichiro movió la cabeza levemente, hipnotizado. Segundos después sus labios se encontraban rozando los del otro.

El más bajo sentía un cosquilleo recorriendo sus labios. No se debía al contacto, o eso creía. Cientos de emociones despertaban en su interior, como si una flor marchita recibiese agua tras un tiempo sin ser regada y comenzase a erguirse. Se sentía bien. A pesar de ser su primera vez, trató de no quedarse quieto y mover su lengua un poco, como lo hacía el de cabellos blancos. Sin embargo se vio perdido en sus movimientos, en el íntimo ambiente que les proporcionaba aquel callejón iluminado por la blanca luz de la luna.

Antes de que Ichiro pudiera darse cuenta, sus labios se habían separado.

Sentía los ojos del otro inspeccionándolo con curiosidad. De vuelta a la realidad, ¿no era así?

-Ah...- el moreno titubeó, pues sentía que si aquel silencio e intercambio de miradas se prolongaban más, terminaría por volverse loco.

El mayor alzó las cejas, invitándolo a hablar. No podía decir que estuviera calmado, pues él mismo reconocía que ese movimiento podía haber sido un tanto atrevido por su parte. Sin embargo no lo lamentaba.

-Tengo que irme ya, o se hará tarde.- decidió despedirse de esa forma, pues no estaba seguro de lo que decir en ese instante.

-Hablamos mañana, ¿vale?- Samatoki no quiso presionarlo, y a decir verdad, tampoco se veía con ganas de tener esa clase de conversación con el otro chico. Quizás él, Samatoki, el tipo más duro que podías encontrar en Tokyo, tenía miedo.

 

Hablaron las cosas al día siguiente. Ichiro nunca habría imaginado que podía salir con el hombre de sus sueños, ni que eso lo ayudaría tanto.

Tenía mucha suerte.

Fue un beso cálido, bonito. Su primer beso. Jamás olvidaría el trato que Samatoki le había dado en ese entonces, ni cómo estaba convencido de que aquello no podía ser real hasta que pasó una semana, y se dio cuenta de que sí lo era.

Sin importar cuántos besos hubiera recibido por parte de su novio, siempre se sentían como el de esa primera vez.