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Un segundo. Tan solo eso había bastado para cambiar la vida de Seo Hwi.
No.
Cambiar no era la palabra.
Esa mañana, al cruzar las angostas puertas del palacio, ambos estaban resueltos a liberarse de las cargas fantasmales que por tanto tiempo les habían seguido a donde quiera que fueran, aquellas que limitaban sus caminos y menguaban sus meras existencias.
Cuando todo hubo terminado, sin embargo, solo uno de ellos lo había conseguido. Solo uno de ellos había salido de ahí a pie, victorioso.
Arruinar. La vida de Seo Hwi no solo había cambiado. Se había resquebrajado, había sido pisoteada sin piedad. La esperanza le había sido arrebatada de las manos, robada; y ahora estaba arruinado. La súbita oportunidad que podría haber dado un giro a la vida de los hijos de quien fuera el mejor espadachín de Goryeo se había esfumado tan pronto como había llegado.
Nam Seon-ho no podía sacudirse la imagen nítida del rostro ensangrentado de su amigo, de su cuerpo magullado siendo arrastrado por el gran patio, sus gritos desesperados taladrándole los oídos. La imagen de su propia mano poniendo en marcha todo aquello. No tenía opción, se repetía con desespero, ávido por encontrar algo de refugio entre sus pensamientos, lo cual resultaba aún más difícil ahora que contaba con la certeza de que su padre había intervenido para asegurarse de que obtuviera el primer lugar en el examen. Su padre, por quien no sentía más que desprecio. Su padre, criatura astuta en cuya aprobación, muy en el fondo, seguía buscando algún tipo de consuelo.
«Tú fuiste quien traicionó a tu amigo. Puedes usarme como excusa, pero no me culpes».
La filosa lengua de Nam Jeon lo había derribado con más fuerza que cualquier golpe y herida que hubiera recibido aquel día desdichado. Tras ello las lágrimas habían corrido incesantes por su rostro mientras en su corazón se clavaba la terrible verdad como la más mortal y despiadada de las flechas.
Después de todo, ¿no fue él quien se encargó de derribar a Seo Hwi con el último palpitar de sus fuerzas? ¿No fue él quien le negó la victoria que, si las cosas hubiesen sido justas, debió haber sido suya? Era cierto que en ese momento, en ese instante que todo lo había decidido, su mente se hallaba por sin ningún lado, aturdido y confuso se había aferrado al fiero trozo de madera. Pero ahora que los hechos se le mostraban con tan franca claridad, ¿cuál era su excusa? ¿No es él quien ahora se niega a siquiera considerar la idea de sacar a la luz aquella injusticia, de hacer lo correcto?
Las preguntas caían una tras otra sin darle un respiro, cada palabra oprimiéndole más y más el pecho, con su peso cavando un hoyo ahí donde hasta hace un crepúsculo había habitado algo más, algo agradable que lograba suavizar todo lo demás; la calidez, el cobijo, las tonterías que salían de la boca de él y el inmenso cariño que ella le guardaba.
Así las grietas también comenzaban a multiplicarse, brindando compañía a aquellas que nunca lo habían abandonado y cada noche devoraban sus sueños, insaciables.
Hacer lo correcto. Cuando se trataba de su padre no había modo de hacer lo correcto, eso lo había aprendido muchos años atrás. Solo le quedaba seguirle el juego, hacer lo que tenía que hacer para lograr estar a su mismo nivel, ser considerado de la familia y llegar aún más alto; desechar su asfixiante estatus de «bastardo», enfocarse en cambiar su destino para así tener la oportunidad de engendrar un cambio mayor en aquel país podrido.
Hacerlo a expensas de Seo Hwi nunca estuvo en sus planes, eso también era cierto, pero ya estaba hecho. No había nada que pudiera hacer para cambiar la dirección que habían tomado las cosas.
Cerró los ojos con fuerza, rogando que el sueño lo apartara de aquella pesadilla, mas este se negó a concederle algo de calma, y así su mente continuó dando vueltas y vueltas, derrotada bajo la luna plateada.
***
Recién bañadas en sangre fresca, sus manos seguían temblando cuando su padre hizo la pregunta:
Hay alguien más que sabe. ¿Qué vas a hacer?
Seo Hwi. Tras haber visto a Nam Jeon la noche anterior en Ihwaru, era obvia la conclusión a la que habría llegado, y ahora ese conocimiento amenazaba su vida.
Pero aquel era un nudo que Seon-ho no quería cortar, que no era capaz de cortar. Mas eso, sabía, no debía hacérselo notar a su padre. Retomando el control y adoptando una expresión carente de toda emoción, la misma que con los años había perfeccionado con la intención de ocultarse cuando se mostraba ante él y los de su talla, se preparó para realizar un segundo tiro, esta vez despedido de sus labios. No podía permitir que su padre eliminara a Seo Hwi, así que le ofreció una alternativa: deber militar; así lo mantendrían alejado por tanto tiempo como fuera necesario.
De igual forma podría estar encaminándolo hacia su muerte, era consciente de ello, pero al menos así tendría una oportunidad de sobrevivir.
Con ese pensamiento en mente, selló lo dicho con una fría aseveración, esperando que fuera suficiente para convencer a su padre: «Hwi ha sido mi amigo de toda la vida, pero no voy a morir a causa de él. Puedes confiar en mí».
Y luego se dirigió a hacerlo cumplir. Sus pasos pesados como azadas, el hoyo ganando profundidad con cada uno de ellos.
***
Decidió acompañar a los oficiales que «reclutarían» a Hwi. No estaba seguro del por qué lo hacía. Quizás quería asegurarse de que se cumpliera la orden, de hacer bien su trabajo, de mostrarle a su padre que podía hacerlo.
O quizás era la culpa que lo obligaba a presenciar el hecho, a ser el silencioso testigo de lo que había maquinado contra su amigo.
Amigo. ¿Cómo podía seguir llamándolo así, estando a tan solo unos cuantos segundos de convertirse en su implacable enemigo?
Se separó del grupo cuando este giró en dirección a la morada que estaba a punto de ser destruida, y tras ocultarse sigiloso entre los abundantes arbustos que rodeaban el lugar, desde ahí lo observó todo. Vio cómo los guardias arrastraban a Seo Hwi, cómo este se resistía e intentaba luchar, en vano; se grabó muy bien cómo el temor acompañado de una iracunda incredulidad se apoderaba del suave rostro de Yeon, y con el corazón destrozado miró cómo su cuerpo caía al suelo para luego ser sacudido por uno de sus ataques.
Escuchó los alaridos de Hwi con la seguridad de que nunca podría expulsarlos de su mente; los recibió a sabiendas de que siempre estarían ahí, manteniéndolo despierto cada noche durante el resto de sus días. Y entonces no lo pudo controlar más. Sollozó cual niño pequeño e indefenso, la palma de su mano tratando de contener el rostro derrumbado. «Cobarde —se reprochó—. ¿Ahora apartas la mirada? Mira. Mira y enfrenta tu crueldad».
No fue sino hasta que la distancia sofocó los gritos que Seon-ho se apresuró hacia Yeon. La dulce y firme Yeon abandonada inconsciente entre los desechos de la ominosa escena. Sin perder más tiempo la alzó entre sus brazos, y descorazonado corrió con ella hacia la espesura de la noche.
Sin importar qué, la mantendría a salvo. Era su promesa silenciosa.
Al menos eso le tenía que conceder el destino.
