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Ese día era especial. La agencia le había brindado libertad para descansar esas veinticuatro horas y él pensó en aprovechar eso para hacer una visita importante. Se vistió con un traje, luciendo formal y aseado, y llevó consigo un montón de herramientas de limpieza, así como un par de bebidas y un ramo de flores diversas.
Dejó su pequeño apartamento y se encaminó al cementerio; tomó un tren nada más y luego anduvo a pie durante varios minutos hasta llegar a su destino. Saludó al encargado del sitio antes de pasar por las hileras de tumbas con sus lapidas, solo escuchando sus pasos por la quietud y calma que le rodeaba.
No había mucha gente en el cementerio, pero las que había procuraban no perturbar el silencio por respeto hacia sus seres fallecidos o los de los demás. El rubio dejó todo lo que llevaba, en una bolsa de tela con estampado de margaritas, frente a la tumba de quien visitaba y procedió a extraer sus utensilios de limpieza para comenzar a retirar la tierra, hojas y mugre que manchaban la lapida de material originalmente brillante.
Llevaba ya unos diez años, aproximadamente, trabajando como un héroe profesional tras recuperar su quirk con ayuda del de Eri y hacia casi cinco años que había tenido una misión en conjunto con Suneater. Había sido una labor exitosa en cuanto a cumplir sus funciones de salvar a las personas necesitadas, sin embargo, no todo había sido como lo habían planeado.
Eran gajes del oficio, por supuesto, el que héroes se hirieran gravemente o que ocurrieran bajas. Mirio lo sabía, pues nunca fue estúpido. Recordaba ese día a la perfección, pero su mente se empeñaba en solo rememorar con extrema claridad como, peleando con un villano cuyo quirk le propiciaba extraer de su espalda agujas como si fueran patas de araña, Tamaki había sido lesionado.
A pesar de que una de las agujas brillantes, punzantes y largas le había atravesado el abdomen fácilmente, llenando el suelo y su traje de sangre espesa, rojiza y caliente, Amajiki no paró con su deber. No dejó que eso le impidiera ser un héroe responsable y dedicado; Mirio salió de su estupor para ir hacia el otro muchacho y salvarlo, sin embargo, éste no demoró mucho en contratacar con su quirk, convirtiendo sus brazos en tentáculos de calamar y quitándose al villano de encima a quien lanzó con tanta fuerza hacia el rubio que, en un acto reflejo, le dio un puñetazo. Continuaron con su batalla, finalmente noqueando al malhechor y permitiendo a los oficiales ingresar para llevárselo preso. Togata, sin aliento y cansado, miró al chico de cabellos oscuros que estaba al otro lado del campo de batalla; Amajiki tambaleaba, con su traje completamente empapado en sangre al punto de que las secciones blancas se tornaron rojas y, además, desde hacia un rato que no dejaba de escupir aquel liquido carmesí, manchando su piel marfilada.
Cuando el más delgado, sin fuerzas, cayó al suelo, el rubio corrió sin cuidado hasta él para tomarlo en brazos. Notó la piel blanca de manera enfermiza del menor y, peor aún, sus ojos que permanecían completamente abiertos. Lo agitó con algo de fuerza y desesperación, llamando su nombre de manera temblorosa y asustada. Se empezó a romper en millones de pedazos, uno por uno, sin soportar la perdida de brillo en los orbes oscuros que parecían fijos en el vacío y odiando que el cuerpo del contrario estuviera tan pesado e inerte como una muñeca de porcelana.
Le retiró, con algo de brusquedad, la capucha, el visor y algunos cabellos oscuros del rostro para colocar una mano debajo de la nariz sin percibir respiración alguna.
—No me hagas esto— pedía Mirio, meneando al contrario por el pecho sin recibir reacción alguna.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lagrimas que pronto escaparon, combinándose con el sudor y la sangre que cubría la piel de Tamaki. Se aferró a él, abrazándolo como si su vida dependiera de ello y lloró como un chiquillo sin importar que se estaba ensuciando por completo con el líquido carmesí, sin importar que alguien lo estuviera viendo, sin importarle nada.
Su llanto duró mucho rato, no supo cuánto, pero al menos él lo sintió como horas. Horas en las que no soltó ni un ápice a Amajiki; las autoridades medicas y forenses tuvieron que apartarlo del cuerpo del morocho.
Tras ello, puesto que no tenía ninguna herida grave que lo mantuviera en el hospital, fue al funeral del contrario donde se dedicó a brindar su más sentido pesame a los familiares; no había vuelto a llorar porque ya lo había hecho lo suficiente.
Debido a su papel de héroe, tenía pocos días libres, pero los usaba para ir a visitar la tumba de Tamaki y se aseguraba, incluso, de tener tiempo de verle en su cumpleaños. Los padres del morocho le habían dicho que no era necesario que se encargara de mantener limpia la lapida ni de llevarle flores, pero Mirio aseguró que era algo que deseaba hacer.
Ese día no era la excepción. La tumba estaba reluciente, como si la hubiera pulido por completo, y depositó las flores que había comprado en un pequeño jarrón con agua; eran agapantos, tulipanes azules y crisantemos blancos. Posteriormente, se sentó frente la lápida, admirando el nombre tallado en el material firme, y esbozó una sonrisa nostálgica a la par que extraía la lata de soda de limón que llevaba con él.
Alzó la mirada al cielo azul, que tenía nubes blancas y esponjosas mientras el Sol brillaba intensamente.
—Hoy es un día muy agradable— hablaba él con suavidad—. Ya es primavera, tu época favorita del año, Tamaki. Los cerezos ya están llenos de flores y se ven bonitos. Estoy seguro de que te encantaría verlos.
Volvió su atención a la lapida y miró una mariposa de alas anaranjadas que comenzaba a revolotear alrededor de las flores. Podía imaginarse la alegría de Amajiki por el animalito, aunque él no estaba ahí.
Soltó un suspiro extenso y pesado antes de darle un sorbo a su bebida, sin poder creer lo mucho que echaba de menos al morocho.
Mirio se caracterizaba por ser alguien que no se arrepentía de nada en su vida, sin embargo, tras la partida de Tamaki, eso cambió por completo. Se arrepentía de no haber sido totalmente sincero con él, de no haber confesado que lo amaba más de lo que era capaz de expresar en palabras y de no haberse aventurado a pedirle incluso que vivieran juntos a pesar de si al principio hubiera usado una excusa, como que sería más barato para ambos cuando en realidad solo quería regresar a una casa donde el pelinegro lo estaría esperando.
No creía en un ser superior ni en el cielo, pero deseaba que pudiera reencontrarse con Amajiki en una vida futura, en una vida en la que pudiera amarlo y ser amado. Una vida tranquila con él era lo único que deseaba. Por el momento, lo único que podía hacer era continuar visitando la tumba para cuidarla y charlar, como siempre, con el morocho. Sabia que era un poco estúpido, porque Tamaki no podía oírlo ni responderle, pero él se sentía satisfecho con ello, como si nada hubiera cambiado en realidad.
