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El último merodeador

Summary:

James y Peter murieron y Sirius Black los traicionó. Después de casi veinte años, el Mapa de los Merodeadores vuelve a las manos de su legítimo propietario y último merodeador, Remus Lupin. Remus lo ha confiscado de las manos del hijo de James Potter, y se dispone a guardarlo para no desenterrar secretos demasiado dolorosos... pero Harry ha dicho que ha visto el nombre de Peter en el mapa; y si Peter está vivo, todo puede cambiar.
Remus se dispone a comprobarlo, cuando tiene una idea. Porque nada le gustaría más a Remus Lupin que bromear con sus amigos una vez más.
***
Parte de una serie de drabbles sobre Remus Lupin en Harry Potter y el Prisionero de Azkaban.
***
Wolfstar, angst.

Notes:

Este drabble es parte de una serie sobre Remus Lupin durante Harry Potter y el Prisionero de Azkaban. Wolfstar y mucho, MUCHO angst.
El profesor Lupin ha confiscado el mapa de las manos de Harry (y de las de Snape, claro).

Chapter Text

La negra noche envolvía el castillo milenario y vestigios de la luna llena de abril teñían las nubes de un tono grisáceo oscuro.

Remus Lupin sostenía el pergamino ajado entre las manos llenas de pequeñas cicatrices, fruto de sus propias uñas justo antes de convertirse en garras mortales. Se sentó en su escritorio y miró el pergamino de nuevo, aún sin creer que hubiera vuelto a sus manos después de casi veinte años.

La visión del hijo de James, tan parecido a su padre, las gafas redondas y el pelo negro en todas direcciones, con el pergamino en la mano y la capa de invisibilidad en la otra había sido desconcertante al principio, demasiado dolorosa después. Ver a Harry Potter era muchas veces como ver a su amigo, y Remus sabía separarlos a ambos pero a veces la imagen de James era tan clara en el rostro de su primogénito que el corazón de Remus se saltaba un latido.

Remus sabía muy bien lo que tenía que hacer con el pergamino que le había confiscado a Harry para que se abriese; no en vano se había pasado horas, días, semanas, meses, recorriendo el castillo para dibujar con minuciosidad todas sus idiosincrasias, desde el armario de las escobas del conserje hasta el despacho de Albus Dumbledore. A veces de día, paseando casualmente, a veces de noche bajo la capa de invisibilidad de James. Casi siempre junto a sus tres amigos, a veces solo y algunas otras veces acompañado únicamente de Sirius, aprovechando para realizar otras actividades nocturnas. Perro y lobo merodeando por el castillo, gamberro y prefecto aullando bajo la luna.

Pero ahora no era cuestión de desenterrar recuerdos que tan cuidadosamente habían sido sepultados, porque Remus tenía en sus manos el Mapa de los Merodeadores.

Remus se consideraba a sí mismo como el último Merodeador, dada la muerte de Cornamenta y Colagusano y la traición de Canuto, que automáticamente le revocaba su estatus de Merodeador, claro. Por tanto, el mapa había vuelto a su legítimo propietario. O quizás el mapa debía pasar por línea paterna a alguien que estudiase en Hogwarts y era ahora en realidad de Harry. Pero en cualquier caso, pensó Remus mientras intentaba en vano controlar los nervios, el mapa estaba allí. En sus manos. No había nadie que fuera a interrumpirle cuando lo abriese de nuevo, después de tanto tiempo. Tenía todo el tiempo del mundo para volver a verlo.

En una sola noche, Remus había visto resucitar recuerdos que sabía que debían seguir enterrados: la capa, el mapa y el nombre de su amigo Peter. Los interrogantes se acumulaban en su mente y le nublaban el pensamiento, impidiéndole pensar con claridad. ¿Cómo había llegado el mapa a manos de Harry? ¿Cómo había logrado Harry descifrar cómo se abría? Y en ese momento otro recuerdo, cuarto año, diciembre, habitación común pasada la medianoche, tormenta en los terrenos de Hogwarts, noche de luna nueva, cuando Sirius dijo que el mapa debía estar sellado pero que debía dar pistas a quien fuera digno de usarlo. James asintiendo vigorosamente, ilusionado ante el reto de encontrar el hechizo perfecto, apostillando que el mapa debería abrirse solamente para un auténtico gamberro y que debería dar orientaciones sobre la frase que había que pronunciar. Así es como debería haberlo abierto Harry, con las pistas que el mapa debía haberle dado. Aunque Remus siempre había pensado que Harry tenía más alma de Lily que de gamberro.

Mientras Remus recordaba cómo Peter había hallado la fórmula perfecta (ni muy pedante ni muy mundana, Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas), la pregunta que llevaba rondándole la cabeza con más urgencia se hizo nítida de repente: ¿Cómo podía ser que el mapa mostrara el nombre de Peter Pettigrew?

Remus John Lupin, prefecto, profesor precoz, con su capacidad analítica superior a la de cualquier mago normal, apartó sus sentimientos de la mente y analizó las posibilidades. Primero, que Harry se lo hubiera imaginado. Segundo, que el mapa mintiese. Tercero, que Peter Pettigrew estuviera vivo. Lo cual significaba…

La voz de Sirius en su cabeza ladró: ¡el mapa nunca miente!

Hacía tiempo que Remus había apartado esa voz de la cabeza. Doce años, precisamente. Porque Remus sabía ejercer mucho autocontrol. Llevaba doce años ejerciéndolo, todo el autocontrol del que cierto hombre con forma ocasional de perro carecía; siempre explosivo, siempre persiguiendo su último impulso, actuando a capricho. Las fotografías de Azkaban así lo demostraban, con los ojos grises al otro lado de la locura, la cara pálida a punto de salirse de los bordes de los periódicos.

Pero si Peter está vivo, todo puede cambiar, se dijo a sí mismo.

Autocontrol, Remus.

Prudencia.

Remus se dispuso a jurar solemnemente que sus intenciones no eran buenas porque el mapa nunca mentía y él tenía que verlo con sus propios ojos, cuando una idea suicida, más propia de Sirius que suya, se instaló en su cabeza sin intención de irse a ningún lado.

Autocontrol, se repitió a sí mismo.

No había aguantado doce años sin Peter, Lily, James y Sirius sin dominar sus emociones. Tenía que averiguar si el nombre de Peter estaba en el mapa o no. Y luego tendría que hacer algo con esa información; ir a buscarlo, quizás. Avisar a Dumbledore, probablemente. Sacó la varita del bolsillo y se dispuso a jurar solemnemente…

...pero algo, alguien, una voz más perruna que lobuna pronunció en su lugar:

-Revela tus secretos.

El murmullo para descifrar el mapa era el erróneo, como Remus bien sabía, y con una sonrisa cálida observó el resultado que había deseado obtener. Sostuvo el pergamino de forma correcta y en su cabecera, en letra escarlata, la tinta empezó a borbotear.

Los señores Colagusano, Canuto y Cornamenta advierten al señor Lunático…

Remus pasó los dedos por las caligrafías de sus tres amigos de la adolescencia, aún sonriendo, el corazón latiéndole en el pecho a velocidad de vértigo.

… que se ha convertido en la antítesis de lo que debe ser un Merodeador, un gamberro, un bromista, un rompedor de reglas… a saber, en un profesor.

Remus dejó escapar una débil risa que sonó más como un quejido tenue. Sonrió y empezó a leer.

El señor Colagusano no puede dejar de observar que el señor Lupin se ha repeinado como si su vida dependiera de ello, como haciendo un esfuerzo sobrehumano para aparentar formalidad. Y eso es totalmente inaceptable.

Peter, pequeño Peter. Capaz de estarse horas escondido con unos prismáticos para espiar los movimientos de quidditch de Slytherin y chivárselos a James y a Sirius. Peter, malísimo en Transformaciones, pasable en Encantamientos, genial en Herbología. Peter, que siempre sabía cuándo escabullirse a Honeydukes para traerle chocolate, cuándo tener una palabra amable y cuándo callar. Peter, constante, trabajador, segundón tierno, amigo en el que confiar. Remus se pasó la mano por el pelo, plagado de canas prematuras, intentando despeinárselo.

-Tienes razón, Colagusano.

El señor Cornamenta se ha dado cuenta de que para mayor afrenta, el señor Lunático lleva coderas en la túnica, que se parece alarmantemente a la del profesor Binns, y urge al señor Lunático a que ofrezca una explicación a su aparente deseo de mimetizarse con el resto del claustro académico.

El nudo en la garganta de Remus empezó a doler físicamente porque la caligrafía de James Potter era muy parecida a la de su hijo, tanto que le pareció estar corrigiendo uno de sus exámenes y a la vez estar ayudando a su amigo con una redacción de Historia de la Magia. James era lealtad inquebrantable, era corazón puro, era un chulo y un canallita. James, que se pavoneaba de todo y le hubiese encantado fardar de haber sido un animago ilegal pero que en siete años no soltó prenda, porque por encima de todo, por encima del orgullo, de la popularidad y de la vanidad, estaban sus amigos. James Potter era, simple y llanamente, el mejor amigo que uno podía imaginar.

-Perdóname, Cornamenta- musitó Remus, atesorando la caligrafía de su amigo en el corazón.

Remus no supo porqué pedía perdón exactamente; quizá por no haber estado a la altura de categoría de amigo del alma (porque James y Remus eran mejores amigos pero no eran como James y Sirius, dos caras de una misma persona, hermanos de sangre, el dúo cómico que hacía reír a Madame Rosmerta y enternecía hasta a la mismísima Minerva McGonagall). Quizá si Remus no hubiese sido tan torpe en el quidditch, tan resabido con los deberes y sobre todo tan desconfiado, James lo hubiera hecho Guardián de los Secretos y ahora su amigo estaría recibiendo cartas de Harry contándole, entre avergonzado y orgulloso, que su tío Remus había hecho que Snape apareciera vestido con la ropa Augusta Longbotton en clase.

Remus tuvo que coger aire varias veces para ver la última inscripción. Las manos le temblaban ligera pero perceptiblemente, agarrándose al mapa como a un salvavidas, cuando al fin leyó:

El señor Canuto no se deja engañar por la apariencia del señor Lunático y afirma que, en su interior, el señor Lunático sigue siendo un enquenque, un afleñique, un narigudo y un marica.

No había habido fuerza humana o divina capaz de contener a Sirius Black en la prisión de los magos. Siglos de magia corrían por las venas del primogénito de la muy noble y antigua casa de los Black. Cuando su furia estallaba, Remus lo había visto hacer romper cosas sin necesidad de varita, incendiar objetos con una mirada, lanzar maleficios silenciosos con un chasquido de dedos. Y la misma energía que usaba para hacer magia sin varita la empleaba con él, capaz de dejarle la garganta reseca con solo una mirada, de hacerle renegar de cualquier moralidad con media sonrisa perruna.

Sirius había intentado huir de su familia toda su vida, e incluso hubo un tiempo en que Remus pensó que lo había conseguido, que había cruzado al lado de la magia blanca. Pero aparentemente su parte oscura había aflorado irremediablemente doce años antes, arrastrándole al lado oscuro con promesas de poder, quitándole la racionalidad, haciéndole condenar a su mejor amigo a la muerte. El lado oscuro de Sirius Black era como la cara oculta de la luna, invisible pero presente y parte del todo, ambas partes inconcebibles la una sin la otra. James y Lily habían muerto por su culpa, pero Remus también había muerto un poco sin llegar a morir realmente, tan sólo existiendo en una carcasa en la cual antes habitaban promesas que ahora sabía que eran mentira.

Leyó las burlas de Sirius con su voz, aterciopelada, grave, suave como la seda, y se acordó de las innumerables veces en las que Sirius se había metido con él, medio en broma medio en serio, eres un flojeras, Lunático, con una colleja burlona en la nuca, el prefectito Lupin, trayéndolas a todas locas y él sin enterarse, sonrisa provocadora con ese gesto altivo en la barbilla que lo volvía loco, desgarbado, torpe, pelo pajizo, orejas de soplillo, insultos entre beso y beso, murmullos en el aula vacía de transformaciones durante las noches de luna nueva.

Su relación, o lo que fuera que habían tenido desde la adolescencia hasta los veintiún años, quizá había sido auténtica entre los muros del castillo, una travesura adolescente más, otra manera de rebelarse y escandalizar a su madre; sin embargo, cuando crecieron y se enfrentaron al mundo real, una fuerza superior a todo lo bueno, a la lealtad de James, a la bondad de Lily y al amor de Remus, se adueñó de Sirius Black y lo hizo renegar, mentir, traicionar y matar.

Remus ya no hacía esfuerzo por secarse las lágrimas que corrían por sus mejillas y caían en el pergamino, que las absorbía como si fuera a dárselas a sus amigos. Su sonrisa bajo el llanto quedo era amplia y sincera; digna de recuerdo para conjurar un Patronus.

Volvió a apuntar al pergamino con la varita y repitió: Revela tus secretos. Nuevas letras lo inundaron, para deleite de Remus y con ellas, los recuerdos volvían a merodear por la mente del cansado profesor, detalles nimios y estúpidos que lo hacían sonreír tanto como cuando cruzó las puertas del Gran Comedor por primera vez, y le encogían el estómago como cuando tomó el expreso de Hogwarts en dirección a Londres en verano del séptimo año, camino a la adultez, diciendo adiós a su hogar. Sus amigos, después de doce años, volvían a bromear con él.

***

Despuntaba el alba. Cuando Remus se dio cuenta de que había estado horas con el mapa en las manos, el cielo era ya de color rosa pálido, y los primeros rayos de sol bañarían los muros del castillo pronto. Los elfos ya preparaban el desayuno, los jóvenes estudiantes se vestían y empezaban el día. Por la ventana, Remus vio a Hagrid salir de su cabaña, desperezarse y aspirar el aire fresco de la mañana.

Remus se despidió de sus amigos, apuntó con la varita al mapa y juró solemnemente, en voz baja y quebrada, que:

-Mis intenciones no son buenas.

Finalmente, el mapa se abrió ante él en su verdadera forma. Pero por más que buscó, Remus no encontró el nombre de su amigo Peter. Buscó por todos los recovecos del castillo hasta que al final, dándose por vencido, supo que había sido una ilusión. Un hechizo como el que le había permitido hablar con sus amigos aquella noche, pese a que nunca iban a volver con él. Una ilusión que le hizo pensar, por un momento, que los merodeadores habían vuelto al castillo de Hogwarts, sólo por una noche, y que Sirius Black, el asesino mortífago, seguía siendo simplemente Canuto.