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Loyda no le había quitado la vista de encima desde que había entrado a la sala donde se celebraba la Cumbre. Incluso desde que había llegado al palacio de Dione. Y Brighid lo sabía. Aunque ella misma tampoco había podido apartar la mirada de la princesa de Silfos.
No era muy profesional por parte de dos herederas a la corona comerse con los ojos de esa forma, y menos en una Cumbre, pero... es que Loyda era preciosa. Llevaba un vestido color burdeos, el pelo castaño recogido en una larga trenza que le caía por la espalda, y sus ojos brillaban con la determinación propia de una Reina.
—¡Eh, hola! —el Capitán agitó una translúcida mano delante de su cara, sobresaltándola—. Los Elementos llamando a Brighid. Estás babeando. Eres peor que tu hermano cada vez que ve a ese nigromante...
Por suerte, su compañero fantasma estaba ahí para darle un toque de atención. Por supuesto, el antiguo pirata no iba a desperdiciar la oportunidad de colarse en un lugar en el que no habría podido entrar jamás de haber seguido con vida. Ventajas de ser un fantasma, siempre decía.
Lo curioso era que el Capitán no había sido el único espíritu que había aprovechado para infiltrarse en la Cumbre. Justo detrás de las sillas de Ivy de Dione y de Samira de Granth se encontraba un muchacho moreno que no dejaba de mirarlas, sonriendo con orgullo cada vez que una de las dos reinas hablaba.
A pesar de tener preguntas sobre la identidad de aquel fantasma, Brighid prefirió seguir fingiendo que tomaba apuntes de la reunión, mirando a Loyda de reojo de forma poco disimulada.
Cuando Arthmael de Silfos sugirió que se tomaran un descanso y todos salieron de la estancia, Brighid se escabulló y creó por sí misma un encuentro casual con cierta persona.
—¿Princesa Loyda? —la llamó. La aludida se volvió hacia ella, y Brighid tuvo que inspirar hondo. Era aún más bonita de cerca—. Creo que aún no nos hemos presentado como es debido. —Se atrevió a tomar su mano y dejó un beso en sus nudillos—. Brighid de Dahes. Es un placer.
Loyda se ruborizó levemente, aunque no tardó en sonreír.
—El placer es mío, princesa Brighid.
La heredera de Dahes la soltó, se retiró un paso hacia atrás y empezó a decir, con falsa inocencia que no engañó a nadie:
—Estaba pensando en dar una vuelta por palacio durante el descanso... ¿Os gustaría acompañarme, alteza?
La sonrisa de Loyda se ensanchó. Rodeó el brazo de Brighid con el suyo propio, y ambas echaron a andar. Sentía la piel caliente de la otra heredera a través de la tela de sus vestidos, allí donde sus brazos se tocaban.
—Estaré encantada —respondió. Bajó el tono de voz al añadir—: Quizás incluso podríamos aprovechar para discutir sobre... una posible alianza entre Silfos y Dahes.
Brighid se mordió el labio, y asintió, dejándose guiar por Loyda. La anticipación recorrió su cuerpo, de la cabeza a los dedos de los pies, y sonrió.
Viendo cómo Brighid se iba tras la princesa de Silfos, el Capitán decidió dejarlas solas. Kay también se dio cuenta de las intenciones de su hija, y tuvo que retener a Nadim para asegurarse de que le dejara su espacio. Al final, todos los dirigentes y herederos de los ocho reinos de Marabilia abandonaron la sala, y el Capitán se quedó a sus anchas...
Salvo por el otro espíritu que aún rondaba por ahí, alicaído.
El Capitán frunció el ceño.
—¿Quién eres tú?
El aludido alzó la vista enseguida, dando un respingo. Examinó al Capitán de arriba abajo, y alzó una ceja.
—¿Y tú?
—He preguntado primero —repuso el Capitán. Le dio un repaso a la piel y las ropas del tipo, intentando deducir su procedencia—. ¿Eres de Granth? Estás muy lejos de casa. ¿Qué haces en Dione?
El isleño le dedicó una triste sonrisa.
—Este es mi hogar.
Y el Capitán comprendió que aquel fantasma era igual que él. Uno que seguiría a su familia allá donde estuviera. Se desplazó hasta llegar a su lado, y le tendió una mano.
—Pues parece que vamos a hacernos compañía los próximos días. Soy el Capitán. ¿Y tú eres...?
El granthiano se le estrechó. Tras pensarlo unos segundos, respondió:
—Príncipe. Puedes llamarme Príncipe.
* * *
El Príncipe y el Capitán habían acabado en uno de los balcones de palacio a la espera de que la Cumbre continuara. El antiguo pirata era el más charlatán, pero al otro fantasma no le importaba escuchar todas las aventuras que vivió a bordo de su barco. Parecía como si hubiera estado deseando contárselas a alguien, así que no puso objeción alguna.
—Entonces... ¿tu hogar es el mar? —preguntó el Príncipe, con curiosidad.
—Lo fue durante un tiempo —asintió su compañero—. Aunque ahora mi tripulación está en tierra, así que aquí es donde me quedaré de momento.
El Príncipe lo vio sonreír. Quiso preguntarle dónde se encontraba su tripulación exactamente, pero el Capitán habló primero:
—Bueno, ¿y tú qué? ¿Quién te ancla a Dione, enano?
—Estaré muerto, pero sigo siendo un príncipe —hizo notar, alzando una ceja.
El Capitán se encogió de hombros.
—Sólo hay una familia real a la que respeto, y no es la tuya. Venga, cuenta —insistió, impaciente. Las buenas historias eran como tesoros, y a él le gustaba coleccionarlos en muerte tanto como lo había hecho en vida.
Soltando un suspiro, el Príncipe bajó la mirada hacia los jardines. Recordaba una época no tan lejana donde había caminado por ahí junto a su esposa. Ella aún seguía haciendo el mismo recorrido cada mañana por los terrenos de palacio, rozando con los dedos aquellos arbustos detrás de los cuales se habían escondido, y ella había hecho sonar su nay.
Él la acompañaba, aunque para la mujer eran caminatas solitarias y, sobre todo, silenciosas. De vez en cuando, el Príncipe se encontraba hablándole, con la esperanza de que quizás, algún día, si seguía haciéndolo, su mujer lo oiría, lo vería, sabría que estaba allí. Sabría que no la había abandonado.
Pero cualquier esperanza se truncaba cuando la reina de Dione seguía andando sin volverse hacia él.
El Príncipe miró a su nuevo amigo.
—La mayoría de mi familia está en Granth —le explicó—. Ellos también son... como tú y como yo. Salvo mi hermana pequeña. Le hacen compañía, y yo a veces también estoy allí. Pero... Aquí tengo al amor de mi vida. —Inspiró hondo—. Sé que no puede saber que estoy aquí, pero... no quiero dejarla sola. ¿Es una estupidez, Capitán?
El aludido parecía a punto de echarse a llorar por su historia, hasta que tuvo una idea repentina. Tomó aire y, tras recomponerse, anunció, regresando al interior de palacio:
—¡No te muevas de aquí, Príncipe! ¡Ahora vengo!
Tras unos minutos volvió a aparecer en el balcón, seguido de una mosqueada princesa de Dahes. El Príncipe parpadeó, atónito, sin comprender cómo la había hecho llegar hasta allí.
—A ver, ¿qué es tan urgente? —inquirió la joven, bastante molesta. El granthiano no podía creerlo. ¿La princesa podía comunicarse con ellos?
Se llevó un susto cuando el Capitán lo señaló de golpe, enérgicamente.
—Ayúdale a hablar con el amor de su vida —prácticamente suplicó.
La princesa miró se cruzó de brazos.
—¿Por qué debería hacerlo después de que hayas interrumpido mi paseo con Loyda? La cosa iba muy bien, por cierto, gracias por preguntar. ¿Y desde cuándo eres un romántico?
El Capitán gruñó, exasperado por la testarudez de la chica. Aunque al fin y al cabo era hija de Kay, así que no debería haberle sorprendido. Tras calmarse, murmuró:
—Por favor.
Brighid alzó las cejas, sorprendida. En sus dieciséis años de vida, jamás había oído a su amigo decir tal cosa. No pudo negarse a su petición. Se volvió hacia el otro espíritu, intentando relajar su expresión y mostrar una cara más amable.
—El amor de tu vida. ¿Está aquí?
El Príncipe asintió, todavía sin palabras. Una persona viva estaba hablando con él.
—Bien —declaró la heredera de Dahes—. Pues llévame con esa persona.
Y los tres se encaminaron en su búsqueda.
