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La caravana que transportaba a los esclavos se detuvo abruptamente, causando que uno de los niños cayera de cara al piso. A pesar que las estridentes risas de los demás no se hicieron esperar, Norman optó por ignorar completamente el ruido de su alrededor mientras se sacudía la mezcla de tierra y lágrimas de su rostro.
Antes de retomar su lugar, el chiquillo de cabellos níveos trató de leer los labios de una pareja de soldados situada a unos metros cerca de él. Se veían cansados y hastiados. Apenas iniciaron su viaje hace un par de días, pero el ambiente ya se sentía muy pesado.
“Si seguimos con estas constantes paradas, hay una alta posibilidad que nos crucemos con la Guardia Real” pensó, su ceño se fruncía en una evidente preocupación. Las noticias sobre su orden de captura ya deberían haber llegado a la aldea en la que se alojaron la noche anterior. Sólo era cuestión de horas para que Peter Ratri se deshiciera del último obstáculo que representaba una mortal amenaza a su vigente posición como rey de los humanos.
Incluso si esa odiosa sensación de intranquilidad continuaba martillando su pecho, Norman resolvió que lo mejor era evitar los pensamientos negativos y se puso de pie con la intención de subir a la carreta de nuevo. Cuando estuvo a punto de sentarse, el penetrante olor a ceniza llenó todos sus sentidos y lo detuvo en seco.
Llamó más su atención luego que uno de los guardias apareciera frente a todos con una expresión de terror. ¿Por qué balbuceaba incoherencias? Fue la pregunta que todos se hicieron y cómo el pobre hombre no salía de su estado de shock, el general dio la orden a sus subordinados de tomar las armas especiales y marchar en la dirección de donde vino el pusilánime.
– ¡¿Creen que sea un ser mágico?! – Dijo en voz alta uno de los prisioneros, sin esforzarse en ocultar su emoción.
– ¡Es lo obvio! – Exclamó una niña acomodándose sus lentes con el dedo índice. – De todas maneras ni lo veremos. Los soldados van a exterminar al monstruo apenas lo vean.
– Cállate, sabelotodo.
– ¡Insolente!
La agraviada no lo pensó dos veces y se lanzó sobre el otro niño para golpear su rostro. La riña fue escalando en agresividad hasta que los únicos guardias que los vigilaban tuvieron que intervenir.
Fue durante esos minutos de caos incontrolable que Norman comprendió que debía tomar una decisión rápida sobre su futuro.
Él quería vivir.
Estaba solo, pero quería seguir viviendo.
Aunque se sentía aterrado y sus rodillas comenzaban a temblar mientras se adentraba en el gran bosque de Gracefield, él estaba seguro que este era el único camino viable.
Era fuerte.
Era fuerte.
Era fuerte.
¿Realmente la mujer a la que llamaba “madre” lo crió con el único fin de usarlo como una herramienta de venganza?
¿Todos estos años su maestro se empeñó en enseñarle a dominar el arco y flecha para que sus manos se ensucien con la sangre del clan Ratri?
¿Cuanto odio su hermana le guardaba que no tuvo remordimiento en exponer sus verdaderos orígenes?
¿Nadie pensó en él como otro miembro más de la familia?
¿Alguna vez lo amaron?
Maldita sea, no era momento de pensar en ellos. Estaba cerca de las fronteras del bosque. Si llegaba al final del extremo sur y cruzaba el río de los minotauros, estaría en tierras del enemigo.
En el reino de los seres mágicos.
En un mundo donde los humanos y la magia subsistían por separado, ambas razas cumplían sólo algunas partes del tratado de paz firmado por sus líderes hace miles de años atrás. Era un secreto a voces que las hadas ya contaban con un ejército colosal de gigantes y sólo esperaban un detonante para desatar la guerra.
Norman estaba decidido a cortar ese hilo de frágil paz.
Se rió entre dientes, avivado por la llama de la ira. La oscuridad en su corazón se extendía así como la tonalidad gris de su propia existencia.
“¿Esa es tu única razón para ese desesperado deseo de no morir?” Se cuestionó. Conforme se alejaba del sendero, el fuego y cenizas se levantaban de los árboles. Un voraz incendio había golpeado el lugar y las probabilidades de atravesar ileso el pandemonio se reducían a cero.
Ya era muy tarde para retroceder.
El sonido de un disparo lo tomó por sorpresa y en segundos fue arrojado al suelo. El niño no reaccionó al instante porque su lucidez iba y venía hasta que recobró la total consciencia y notó el cuerpo de alguien más sobre el suyo.
– ¿Estás bien?
Norman levantó su rostro para ver a una criatura bastante… singular . Era una niña a la que calculaba de edad semejante a la suya, vestía ropa más andrajosa que la de un esclavo y estaba cubierta de ceniza de la cabeza a los pies. El color de sus iris le recordaba al jade con el que su padre fabricaba la mayoría de sus joyas.
– ¿Estás bien? – Insistió la desconocida, sacando al pequeño de su breve lapso de fascinación.
Norman le sonrió, apartándose de ella con cuidado. No conocía la verdadera intención de esa extraña al salvarlo así que debía ser precavido. Tal vez resultaba ser una seguidora del Rey o incluso una demente.
– Sí, gracias.
– ¿Seguro? – La niña le tomó de las manos con una mirada llena de preocupación, como si él le importara.
Norman la miró confundido y muy incómodo por sus gestos. La mirada de la niña era muy penetrante como si lo empujara a que le revelase todos sus secretos. Era la primera vez que alguien lo intimidaba. Por el contrario, estaba acostumbrado a ser él quien despertara esa sensación en los demás.
De pronto se escuchó pisadas de otras personas cerca a su ubicación y en cuestión de segundos, Norman se sintió suspendido en el aire. Cuando se dio cuenta de lo que pasaba, el panorama que se le presentaba era el mentón de la extraña quien lo cargaba sin el menor esfuerzo.
Se cubrió su rostro, sintiendo sus mejillas arder de la vergüenza. La necesidad de detenerla y recuperar su orgullo se clavó en su mente, pero se convenció que lo mejor era permanecer quieto. Tarde o temprano ella tendría que parar.
Lo increíble fue que cruzaron el infierno del bosque sin percibir ninguna quemadura y Norman la contemplaba, buscando una especie de explicación.
Al final del camino los recibió una majestuosa cascada y al lado de ella se podía apreciar una pequeña y deteriorada cabaña de madera. Luego que lo devolviera al suelo, la niña lo instó a que entrara a su morada. Él no tuvo más opción que seguirla ya que era el único refugio para esconderse de la guardia real.
El interior del lugar no estaba mejor. Había cáscara de frutas por todas partes y en los muebles y ventanas se vislumbraba montañas de polvo. Era evidente que su habitante no se preocupaba por la limpieza… e higiene personal.
Y cuánto a ella, lo impresionó con su repentina presentación llena de una felicidad inmensurable:
– ¡Mi nombre es Emma, por favor cuida de mí!
– Un gusto conocerte, Emma. Mi nombre es Norman. Gracias por ayudarme.
Ella asintió, sonriente y entonces se acercó a él de improviso acortando la distancia entre sus rostros.
– ¿Q-Qué sucede? – Norman, sorprendido, comenzó a retroceder.
– Tus ojos…
– ¿Mis ojos?
– Son hermosos.
Las palabras de Emma causaron de nuevo un nerviosismo en Norman quien desvió la mirada, intentando ocultar el revoltijo de sentimientos inexplicables que comprimía su pecho.
– ¿Y vives aquí sola? – Preguntó, tratando de cambiar la dirección de la conversación.
– No, vivo con mi abuelo. Él se encuentra de viaje en Goldy Pond. ¡Ah, no te preocupes! Mi abuelo no te va a echar de acá cuando vuelva.
Norman no pensaba pasar más de una noche en ese lugar. Tan pronto como amaneciera, él iba a retomar su trayecto.
El sol estaba cerca de ocultarse así que Emma le ofreció un par de manzanas como cena. Ella, probablemente, tenía un nulo conocimiento sobre la cocina.
– Puedes dormir a mi lado. – Le ofreció la niña al verlo tiritar de frío sobre el sofá. Ella estaba recostada al lado de la chimenea. A Norman parecía extraño que no usara su habitación, pero se contuvo de hacer preguntas. El cansancio lo estaba dominando y en pocos segundos se entregó a los brazos de Morfeo.
Durante esa primera noche Norman soñó con un radiante dragón de hielo.
A la mañana siguiente, él se despertó antes que la dueña de la cabaña. Emma continuaba durmiendo con un fino hilo de baba cayendo de sus labios. El niño no pudo evitar sonreír y como agradecimiento por su hospitalidad, decidió darle un uso a su abandonada cocina.
Cuando Emma abrió los ojos, el olor de una apetecible merienda la estimuló a ponerse de pie.
– Tienes un sueño pesado. Pensé que ibas a dormir todo el día. – Norman la saludó, sentado junto a la mesa del comedor.
– ¡Wow! ¿Tú preparaste todo eso?
– Por supuesto. – Se veía muy orgulloso de sí mismo. Le costó trepar a los árboles para conseguir las frutas y casi se ahoga en su afán de atrapar un pez.
– ¡Está delicioso!
– Aún no lo pruebas. – Se rió con ternura. Emma era genuinamente agradable y se había vuelto la primera persona con la que cruzaba más de una palabra desde su escape.
Después del desayuno, Norman se encargó de lavar los trastos como último gesto de agradecimiento antes de marcharse. Tenía la esperanza que los hombres del Rey ya estuvieran lejos de Gracefield. Y según el mapa que memorizó la noche de su fuga, le iba a tomar dos días más llegar a la frontera del reino.
–¿Emma? – La estaba buscando para decirle adiós, pero la mencionada no daba señales de su presencia
Lo que no cruzó por su mente fue que al abrir la puerta principal, encontraría a Emma al borde del precipicio.
– ¡Emma!
– Oh Norman, ¿Quieres saltar conmigo?
El niño parpadeó varias veces, un poco desconcertado.
– ¿No?
Emma regresó a su lado para entrelazar su mano con la de él. El corazón y estómago de Norman se hinchaban y parecían a punto de escaparse de su cuerpo.
– Confía en mí.
Norman se congeló, no tenía idea de lo que Emma estaba planeaba hacer, pero… no era fácil para él regalar un poco de su confianza después de la traición de su propia familia.
– Lo siento. – Se soltó de golpe y ella en lugar de enojarse, se encogió de hombros y emprendió carrera hacia el abismo.
– ¡Yo lo haré primero! – Exclamó antes de saltar.
Tan pronto como la vio desaparecer de su vista, Norman corrió al borde y esperó a que Emma emergiera de las aguas del lago. No obstante, pasaron varios minutos y no la encontraba por ninguna parte.
¿Y si se había ahogado?
“He enloquecido” pensó mientras caía al vacío. Se mordió los labios para no gritar, la adrenalina corría por sus venas y la desesperación por salvar a Emma lo desequilibró.
Norman nadó alrededor de todo el lago hasta que finalmente la encontró persiguiendo unos peces. Suspiró de alivio, sintiendo que el alma volvía a su cuerpo. Para sólo conocerse en menos de dos días, Emma le estaba haciendo experimentar un sinfín de emociones intensas.
– Emma… ¿Te gusta vivir aquí?
– Supongo.
– ¿Supones? ¿No estás muy segura entonces?
– Me gusta la paz y tranquilidad, pero… me siento sola. – Susurró, con la mirada perdida en las formas de las nubes.
Luego de divertirse en el lago, ambos niños se habían recostado en la orilla para que los rayos del sol los secara más rápido.
Él creyó que Emma se refería a que no trataba con nadie más de su edad. Tal vez era lo mejor para ella. Los niños de la capital eran muy crueles y muchas veces Norman se tuvo que enfrentar a ellos para defender a inocentes.
Cuando la luz del atardecer bañó sus rostros, el niño se dio cuenta que pasaría una noche más en la cabaña.
– ¿Vamos? – Emma le ofreció su mano y, esta vez, Norman no tardó en aceptar.
Al día siguiente sucedió lo mismo.
A la semana siguiente, Emma le reveló uno de sus secretos.
– ¿No puedes dormir?
Norman, apoyado sobre la ventana, negó con la cabeza. Últimamente sus pesadillas con Peter Ratri se repetían y le costaba distraer su mente para desaparecerlas.
– Lo siento. Te desperté.
– Ummm.... ¿Quieres ver algo asombroso?
– ¿Asombroso?
Emma le mostró la palma de su mano y de ella brotó una pequeña lengua de fuego.
– ¡Es magia! – Exclamó mirando el espectáculo con la boca abierta.
La niña estiró ambos brazos en su dirección y de un momento a otro Norman se vio rodeado de varias cadenas ardientes.
– Maravilloso. – soltó, su sonrisa de exaltación contagió a Emma quien se unió a él para ser rodeada también por los aros.
Ambos se reían con diversión cómplice, sin prestar atención al especial y profundo calor en el pecho que los unía.
Al mes siguiente, Norman olvidó los sucesos que cambiaron su destino.
Con cada minuto que pasaba, él perdía la noción del tiempo. Estar con Emma lo llenaba de energía y la oscuridad en su corazón se desvanecía totalmente. Levantarse cada mañana y ver su sonrisa cambiaba el color de su mundo.
– Norman, ¿Extrañas a tu familia?
Él miró la bóveda de estrellas, recordando los agridulces momentos junto a ellos. A pesar de sus mentiras, Norman no dejaba de pensar en su bienestar. Si los guardias leyeron la falsa carta que dejó antes de huir, sus papás y hermana debían estar a salvo. Su ignorancia era su única salvación.
– Sí. – Admitió. Podía sentir los ojos de Emma sobre él, pero no quería verla. Se sentía demasiado vulnerable en esos instantes.
Emma pasó un brazo por sus hombros, trayéndolo en un abrazo tranquilizador.
– No estás solo. Ahora yo soy tu familia también.
Palabras que tanto anhelaba escuchar y que lo devolvieron a la realidad.
– Emma, mañana me voy.
– ¡¿Por qué?! – Preguntó alarmada. – ¡Te gusta vivir aquí conmigo!
La expresión calmada de Norman se volvió una de nostalgia y tristeza.
– Si sigo aquí contigo, no tendré el valor de enfrentar mi destino. – Mintió.
Junto a ella se sentía más fuerte.
Y la necesitaba viva.
No podía permitirse arriesgar la vida de Emma por su deseo egoísta.
Su despedida fue breve, sin ningún abrazo o apretón de manos.
Norman se apuraba en dejar atrás ese sueño de estar junto a la persona que quería tanto.
Sin embargo, no avanzó más de unos metros cuando vio a un grupo de soldados caminar rumbo a la cabaña.
– Maldita sea. – masculló. Aunque él se entregase, no podía dar por sentado que ellos dejarían a Emma en paz.
Diez minutos más tarde, abrió la puerta de par en par y llamó a su amada.
– ¡Volviste! – Emma se lanzó a abrazarlo con fuerza. Norman inspiró su aroma profundamente para armarse de valor a lo que se iban a a enfrentar.
– Emma, tenemos que huir. En el camino te explico todo.
Ella le obedeció y corrieron de inmediato de ahí.
– ¡ALTO!
La voz del comandante heló su sangre. En un abrir y cerrar de ojos, fueron rodeados por la milicia.
– Ustedes sólo me quieren a mí. Dejen que ella se vaya. – Les advirtió con tono amenazante.
– No estás en posición para dar órdenes. – sonrió. – Además tu amiga es bonita. La podemos vender a un buen precio a los peces gordos.
Norman no le respondió, limitándose simplemente a hacer una mueca de disgusto.
El sepulcral silencio fue cortado por los alaridos de los soldados. Varios se estaban volviendo unas antorchas humanas mientras que otros se iban reduciendo a cenizas.
El muchacho giró encontrándose con la mirada fiera de Emma. La llama dentro de ella se había avivado y no había nada ni nadie que pudiera apagarla.
Tenían que escabullirse y...y..
Sintió una calidez en su estómago, seguido por un dolor punzante. Dejó salir un quejido y llevó su mano a la zona dolorida.
Había sido atravesado por una espada.
Se dejó caer comprendiendo que había llegado su final.
Emma lo recostó sobre su regazo con lágrimas en los ojos y lo abrazó.
Estaba bien si iba a morir.
Si Emma continuaba con vida, él podía irse con una sonrisa.
Lo siguiente que sucedió se sintió como un sueño muy fantasioso. Las imágenes de un dragón de cuerpo espinoso y alas naranjas destruyendo el bosque, las súplicas del comandante para no ser devorado, el azul del océano se quedaron grabadas en su mente hasta que todo a su alrededor se tornó negro.
– ¿Norman?
Despertó cuando unas gotas cayeron en su frente.
– Emma
Ella lo envolvió en un abrazo tan abrumante que su respiración se quedó estancada en sus pulmones. Fue entonces que sintió la desnudez de la otra persona y la apartó, con el rostro ardiendo del bochorno. Se quitó su chaleco para que ella pudiera cubrirse.
Ninguno recordaba con claridad los acontecimientos sucedidos en el bosque de Gracefield. Ahora eran trozos de recuerdos que iba a tomar tiempo juntarlos en el lugar correcto.
– ¡Norman, mira!
Un arcoíris les daba la bienvenida al mundo mágico.
– Emma, ¿puedo caminar a tu lado? – Le sostuvo el rostro, acariciando con delicadeza sus mejillas cubiertas de sangre
Un cándido beso sobre sus labios fue la respuesta a su pregunta.
Detrás de ellos, todo el mundo era arrastrado por la furia del fuego y hielo.
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FIN
