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Los días en Gusu eran tranquilos, tan rutinarios como siempre. Despertar a las cinco y dormir a las nueve. Entrenar, meditar y dictar algunas clases por la mañana, pasar tiempo en el pabellón de la biblioteca por las tardes, practicar con el guqin por las noches… los días posteriores a su tiempo en reclusión habían sido relativamente normales, excepto porque, al menos para él, todo había cambiado de forma drástica. Era como si, en medio de toda esa normalidad, Lan Wangji no pudiera reconocerse a sí mismo. El rostro que lo miraba en el espejo todas las mañanas era el mismo de siempre pero, a su vez, era como mirar a un desconocido. El hombre que le devolvía la mirada era nada más que la sombra de lo que alguna vez había sido.
Entre tanta monotonía, que amenazaba con hacerle creer que todo había sido un sueño, había cosas que sin duda habían cambiado. Cosas que se habían roto para siempre. Así, las mañanas de entrenamiento dejaron de tener como objetivo mejorar su fortaleza física, para enfocarse en recuperarse de sus heridas; las meditaciones no buscaban mejorar su cultivo sino aplacar el dolor de su alma; el dictado de clases, se limitaba a enseñar al pequeño Lan Yuan la forma en que debía comportarse ahora que había sido recibido en la secta Lan de Gusu. Por las tardes, salía a recorrer los pueblos y ciudades cercanos, ayudando a las personas a resolver cualquier problema sin importar lo pequeño que fuera, ganándose así la fama de estar dondequiera que estuviera el caos. Por las noches, sus prácticas con el guqin se habían transformado en largas sesiones tocando Inquiry en busca de esa alma que parecía haberse desvanecido sin dejar rastro.
Cuando supo que Wei Ying había muerto, fue como si su mundo perdiera por completo su razón de existir. Aquellas reglas que antes había seguido sin cuestionar, ahora le parecían excesivas y sin sentido. La comida, que siempre había sido simple y blanda, se había vuelto insípida. Su motivación para continuar mejorando su cultivo se había desvanecido porque, ¿qué sentido tenía volverse más fuerte, si no había podido proteger a la persona más importante de su vida? Ya había perdido a su alma gemela, todavía no lograba recuperarse por completo de los azotes que había recibido como castigo por oponerse a su clan, aunque había sido aceptado de vuelta, lejos de sentirse agradecido, se sentía atrapado. Desconsolado.
Desde que recuperó la fuerza para ponerse de pie por su cuenta y se reincorporó a sus actividades usuales, pasaba cada noche repitiendo la que ya se había convertido en una dolorosa rutina. Noche tras noche sin falta, Lan Wangji miraba las estrellas mientras tocaba Inquiry con añoranza, preguntando a las almas que respondían a su llamado si sabían algo del hombre al que buscaba con tanto esmero. Pero no había respuesta, las almas no sabían nada, y la persona a la que llamaba no respondía. Cada vez que terminaba una de esas largas sesiones de preguntas sin respuesta, se preguntaba cuándo volvería esa persona. Pero, ¿de verdad iba a volver? Aunque su corazón se negaba a resignarse, su mente le decía que debía aceptar su ausencia.
Pero él no podía hacerlo. No había forma de que se resignara a no volver a verlo. No cuando Wei Ying pasaba cada segundo del día dando vueltas en su mente y causando estragos en su corazón. Cuando, aún estando dormido, no hacía otra cosa que soñar con la persona que había puesto su mundo de cabeza, para luego desaparecer de su vida. Había llegado para hacerlo dudar de todo cuanto creía correcto y había dejado en él un vacío que jamás podría volver a llenar. ¿Cómo se suponía que se repusiera después de todo aquello? Su vida no se estaba derrumbando, su vida se había terminado el mismo día en que la de Wei Ying había llegado a su fin. Incluso si lo último que recibió de él fue su rechazo, todavía lo consideraba su alma gemela. Si él ya no estaba, no había nada para él en esa vida además de soledad.
Sin embargo, no todo era malo. De vez en cuando había noches tranquilas, en las que su mente se apiadaba de él y le permitía gozar de la felicidad que le había sido negada. En sus sueños volvía a tener quince años, sin más preocupaciones que convertirse en un ejemplo para los otros jóvenes de su secta. Entonces, su mente viajaba hasta aquella noche en que descubrió a Wei Ying trepando las paredes con un par de botellas de licor. Aunque en ese momento no había prestado atención al joven que descaradamente rompía las reglas, su memoria se había ocupado de rellenar los huecos. En su sueño, Wei Ying lo miraba con esos ojos llenos de inocencia y le dedicaba una de esas sonrisas que más tarde se convertirían en su debilidad. Esta vez, contrario a lo que había hecho en realidad, Lan Zhan se sentaba con él en el tejado para compartir anécdotas de tiempos mejores al calor de la Sonrisa del emperador.
Pero las noches eran cortas. El dulce sueño se desvanecía y la soledad le daba la bienvenida a un día más sin él. Si sólo podía ser feliz cuando estaba dormido, ¿no sería mejor si no volviera a despertar? Un sueño eterno sonaba mejor que una larga vida de agonía, porque ni siquiera el dolor de haber recibido esos treinta y tres latigazos podía compararse con el dolor que había sentido cuando supo que Wei Ying no regresaría.
Cada día, a cada instante, Lan Zhan se preguntaba si las cosas hubieran sido diferentes si tan sólo hubiera sido sincero con sus propios sentimientos. Si alguna vez le hubiera confesado lo que tan celosamente guardaba en su corazón, si se hubiera quedado a su lado cuando el mundo entero se puso en su contra, o si hubiera sido más fuerte para protegerlo al final, quizás él no hubiera tenido que morir. Y, si de todos modos el único camino que le esperaba a causa de decisiones era la muerte, podrían haberlo recorrido juntos. Recordar la soledad en sus ojos las últimas veces que se encontraron en Yiling, era un duro golpe que le atormentaba cada vez que intentaba recordar la sonrisa despreocupada que hacía tanto había perdido. Del Wei Wuxian que bromeaba con él hasta hacerlo enojar ya no quedaba nada; del Lan Wangji que lo reprendía pero lo admiraba en secreto, tampoco.
Cuando Wei Ying regresara, porque estaba seguro de que lo haría, no permitiría que volviera a sentirse solo. Cualquiera que fuera el camino que tomara, se pararía a su lado y lo acompañaría; hasta el fin del mundo, si así lo deseaba; contra todos los que lo habían ofendido, si elegía vengarse; a las montañas más remotas si, en cambio, elegía recluirse. Cada vez que elevaba sus plegarias a los cielos, repetía ese mismo juramento mientras sus ojos se llenaban de lágrimas que no llegaban a caer.
Con el paso de los meses, Lan Zhan entendió por qué Wei Ying disfrutaba tanto la Sonrisa del emperador. La primera vez fue un homenaje al hombre que había robado su corazón. La segunda, un remedio para silenciar los gritos de su alma. La tercera fue por rabia, mientras le preguntaba a gritos al cielo cuántos años más tendría que soportar esa soledad. La cuarta, sin embargo, le mostró que el alcohol no siempre estaba ligado al dolor y la desesperanza. Aunque no era la primera vez que bebía hasta perder consciencia de sus actos, fue la primera vez que, lejos de sentirse invadido por la desesperación, lo que sintió fue una paz que no sabía que necesitaba.
Mientras su mirada se perdía en los oscuros rincones del Jingshi, una familiar risa había inundado sus oídos y calentado su corazón. La sombra de un joven se escabullía por los tejados del Receso de las nubes, ocultándose en la oscuridad para evitar que lo atraparan. Lan Zhan escuchó esa risa traviesa una vez más y, antes de darse cuenta, ya había comenzado a perseguirlo. En el silencio nocturno, un juego que sólo ellos dos conocían. Wei Ying escapaba de él entre saltos y risillas. Lan Zhan corría tras él con ansias. No podía importarle menos las reglas que estaba rompiendo. ‘Vuelve’ , le suplicaba cuando era dejado atrás por aquella sombra juvenil, seguido de una promesa que le hacía sentir como un niño, ‘prometo no delatarte’ .
Si beber era la única forma en que podía volver a verlo, entonces estaba bien, nadie tenía por qué saber que el dolor de su corazón sólo se aliviaba cuando el recuerdo del Wei Ying adolescente le sonreía. Pero la sombra no se detenía, y él nunca lograba alcanzarlo.
Cinco años después de su partida, no había pasado una sola noche sin que buscara contactar a su alma con su guqin. Había tantas cosas que quería decirle. Que los conejos que le había regalado habían crecido mucho y que ahora toda la montaña trasera estaba llena de esos peludos animales. Que las heridas en su espalda ya no dolían y finalmente había vuelto a entrenar con la espada. Que había adoptado a Lan Yuan como su hijo; que estaba orgulloso del joven en que se estaba convirtiendo; que cuando lo miraba, le recordaba tanto a él que era como si aún estuviera con ellos. Que aunque de niño había perdido la memoria, su corazón no lo había olvidado. Que el mundo había cambiado demasiado desde su partida. Que ya no podía soportar más esa profunda tristeza que lo aquejaba.
Y mientras le contaba todo aquello con el sonido de las cuerdas, su corazón se rompía un poco más cada día que pasaba sin recibir respuesta.
Los años pasaban y él ganaba cada vez más reconocimiento por sus acciones. Había sido nombrado Hanguang-jun , había conseguido la fama de estar donde hubiera caos, había conseguido el respeto de muchas personas… pero todo eran sólo palabras vacías. ¿De qué le servía una vida acumulando éxitos si la única persona con quien deseaba compartirlos ya no estaba?
Incluso si, después de todos esos años, no había perdido la esperanza de que Wei Ying regresara, ¿no sería más fácil si fuera él quien lo alcanzara? Si moría ahora, ¿sería capaz de renacer a su lado? Pero, cómo podría simplemente renunciar a su vida, sabiendo que Lan Yuan lo necesitaba. Ese niño al que su amado había cuidado con tanto cariño y que él había prometido cuidar como si fuera su propio hijo, era la única razón que tenía para seguir soportando esa soledad que lo asfixiaba.
‘¿Wei Ying, volverás?’
Siete años después de su partida, su hermano decidió que ya era suficiente. Hablar de Wei Ying era casi un taboo en el Receso de las nubes, pero Lan Xichen, que odiaba ver a su hermano consumiéndose por el dolor, había roto la regla implícita de no mencionar ese nombre mientras intentaba convencerlo de que era momento de seguir adelante, pues estaba seguro de que el propio Wei Ying hubiera deseado que superara su partida y no se aferrara a su recuerdo de forma dolorosa, como había hecho todo ese tiempo.
Pero, ¿cómo podría dejarlo ir? Lan Zhan siempre había tenido la sensación de que, si dejaba de pensar en él aunque sólo fuera por un instante, terminaría por olvidarlo. Si él también lo olvidaba, no quedaría nadie en ese mundo que recordara al verdadero Wei Wuxian, ese que se comportaba como un niño a pesar de ser un adulto y no el Patriarca de Yiling al que todos temían aún después de su muerte. Sin embargo, también tenía que admitir que su hermano tenía razón, y aunque el dolor de su pérdida no había disminuido ni siquiera un poco, no podía permitir que opacara los recuerdos felices de su juventud.
Así, cuando llegó el momento en que debía elegir un nombre de cortesía para su hijo, tras trece años de luto, decidió que esa sería la última vez que se permitiría sufrir al recordarlo. Mientras una última lágrima solitaria corría por su mejilla, lo nombró Sizhui . Para recordar y anhelar a su alma gemela, pero con amor en vez de dolor.
Unos meses después, la tan ansiada respuesta por fin llegó.
Una noche, mientras ayudaba a los jóvenes discípulos de su secta, el bosque se llenó de una conocida canción que pensó que jamás escucharía. El sonido era feo y desordenado, pero eso no impidió que las notas hicieran eco en su alma. Cuando vio al hombre que estaba tocando la improvisada flauta, supo de inmediato que, aunque ahora habitara otro cuerpo, sin duda se trataba de esa persona a la que había esperado por tanto tiempo. Wei Ying había regresado a su lado.
Las promesas que durante tanto tiempo había hecho, esta vez, iba a cumplirlas todas.
Cuando por fin logró llevarlo con él de regreso a Gusu, su corazón dolía por una razón completamente diferente. Una felicidad tan grande que sentía que podía morir allí mismo y aún sentirse agradecido por ello. Su hermano, que lo conocía tan bien, había comentado sobre lo extraño que era verlo de tan buen humor, pero él no podía explicarle la razón, no porque no quisiera, sino porque él mismo no sabía qué era exactamente lo que estaba sintiendo. Lo único que sabía, era que estaba feliz e inmensamente agradecido.
Tras ordenar que lo instalaran en el Jingshi , porque no pensaba perderlo de vista ni un sólo segundo, Lan Zhan se retiró al salón familiar, donde se arrodilló frente a las tablillas de sus padres para hacer un par de reverencias. ‘Ahora que regresó’ , pensó, ‘no volveré a apartarme de su lado’ . Mientras hacía una última y profunda reverencia hacia sus ancestros, se permitió sonreír como no lo había hecho en esos trece años.
— Ahora que está de regreso, no permitiré que vuelva a sentirse sólo. Cualquiera que sea el camino que elija, lo recorreré a su lado. Lo seguiré al fin del mundo si es lo que desea. Enfrentaré al mundo con él si lo que quiere es vengarse. Me esconderé con él en las montañas si elige desaparecer. Esta vez, lo elijo a él por encima de todo.
Ahí, frente a sus padres, repitió el juramento que había hecho tantos años atrás, con una sonrisa que se negaba a desaparecer de sus labios y un creciente ardor en sus ojos, que habían comenzado a humedecerse. Mirando al cielo, recordó que la noche anterior, cuando lo escuchó tocar su canción, las estrellas habían sido más brillantes que nunca. Recordó, también, que nunca antes había sentido una felicidad tan grande y abrumadora. Esos sentimientos que durante tanto tiempo había guardado, los protegería a toda costa, al igual que al hombre que los había hecho florecer.
