Work Text:
Wen Ning no recordaba haber muerto.
Sí que recordaba la lluvia, impía y ensordecedora, que les atascaba los pies en un lodazal cada vez más difícil de sortear. Recordaba los quejidos entre dientes de los refugiados del campamento, viejos y enfermos, mientras transportaban a la espalda pesados fardos de leña hacia el almacén. Recordaba el frío que le calaba la ropa, la piel, los huesos. Recordaba a Wen Qing con las manos alrededor de la abuela Wen para ayudarla a sostenerse en pie. Recordaba el agotamiento que le hacía crujir todo el cuerpo con cada paso que daba, y recordaba a los soldados atizando al tío Wen por enésima vez para que caminara más aprisa. Recordaba la rabia que lo invadió entonces y que lo empujó a gritarles como nunca antes había gritado en su vida.
Wen Ning no recordaba haber muerto.
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Wen Ning no recordaba haber despertado.
No recordaba el dolor, ni la ira, ni el sonido nauseabundo que hizo la lanza cuando se la desincrustó del estómago, ni el olor de la sangre, el barro y la bilis que le supuraban de todas las puñaladas. No recordaba los chillidos y lloros de su hermana, ni lo asustada que parecía. No recordaba haber visto llegar a Wei Wuxian.
Solo recordaba el ruido estridente y casi frenético de una flauta, y la necesidad irrefrenable de matar.
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Durante meses, Wen Ning solo conoció ese sonido junto con el frío de las agujas que tenía clavadas en las extremidades, el color amarillento de los talismanes que lo rodeaban y el peso de las cadenas que lo mantenían inmóvil en todo momento. Su propia existencia parecía una pesadilla larga e insufrible, diseñada para torturarlo eternamente. Notas y más notas agudas le perforaban los oídos en contra de su voluntad día y noche. Wen Ning nunca había sentido la necesidad de chillar de desesperación, pero la furia salvaje que lo consumía como el fuego que destruye un bosque seco era lo único que le suplicaba que hiciera.
El tiempo pasó de forma abstracta, melosa e incómoda y, durante mucho tiempo, Wen Ning solo experimentó la ira más absoluta y se sumergió en una oscuridad espesa de forma agónica sin ser consciente del paso de las estaciones, luna tras luna.
Hasta que, de repente, Wen Ning volvió a ser Wen Ning de nuevo.
Y tuvo que procesar tantas cosas de golpe que quiso llorar. Pero los títeres no podían llorar, así que Wen Ning tuvo que recoger como pudo los restos raídos que iba encontrando de su alma con manos temblorosas y los ojos secos mientras por dentro se inundaba, se inundaba, se inundaba.
Wei Wuxian se culpaba, Wen Qing se culpaba y los demás se debatían entre compadecerlo y temerle.
Wen Ning solo quería llorar.
En vida siempre había sido débil, invisible, mediocre y, viniendo de un lugar en el que la excelencia le podía poner al servicio de un señor de la guerra violento y sin piedad, Wen Ning siempre se había sentido en parte afortunado. Sin embargo, al morir se había convertido en un monstruo con el que no estaba preparado para lidiar. Que todos le ocultaran la verdad a su neblinosa memoria no sirvió de nada porque la gente no tardó en ponerlo al día en forma de susurros en cuanto puso un pie en la ciudad junto a Wei Wuxian. Nunca los reconocieron, pero no era difícil escuchar a mercaderes, vendedores e incluso niños hablar de las atrocidades que el Patriarca de Yiling había cometido junto al General Fantasma.
Wei Wuxian le aseguraba que la mayoría eran exageraciones, pero Wen Ning no sabía a quién creer. Si durante tanto tiempo no había sido consciente de sí mismo y había perdido el control, ¿cómo podía tener la certeza de que en ningún momento había hecho daño irreversible a gente inocente? Había matado a los guardias del Paso de Qiongqi con sus propias manos, después de todo, así que nada le impedía haber cometido cualquier otra atrocidad.
(Su sangre caliente todavía le pesaba en las manos. Rojo, blanco, negro).
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La guerra no tardó en llevarse todo lo que le quedaba. Wei Wuxian murió, Wen Qing se sacrificó y todos los Wen que quedaban en Túmulos Funerarios Mounds sucumbieron al asedio de las grandes sectas, y Wen Ning lo perdió todo. En soledad durante más de una década solo pudo pensar, pensar tanto y de forma tan agónica que cayó en un profundo letargo. Una pesadilla fría, marmórea, inquietante y, sobre todo, interminable. Y Wen Ning seguía sin poder llorarse a sí mismo, a su hermana, a su familia, a todo lo que fue una vez su vida y ya no existía. Porque las criaturas como él no debían tener sentimientos ni debían llorar. Por dentro, Wen Ning nunca dejaría de estar inundado.
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Quince años después, el sonido estridente y casi frenético de una flauta le volvió a perforar los oídos.
