Chapter Text
La silenciosa noche trajo consigo un calma espeluznante, la paz que se había formado sólo lograba que todos estuvieran más alertas; nada bueno podía salir de tanta quietud. En esa oscura noche ni siquiera el chillido de los insectos los acompañaba, y aunque solían ser irritantes era preocupante no oírlos.
Uno de los soldados decidió tomarse un momento de la guardia para hacer del baño, más despreocupado que el resto de sus compañeros nerviosos, se alejó de los demás ignorando sus compañeros que le aconsejaban no se retirara tan lejos, y cuando estuvo lo suficientemente apartado algo llamó su atención de entre los arbustos.
¿Quizás era un pobre animal nocturno? Probablemente, no sería tan paranoico como el resto de los soldados.
La aparición de una araña le hizo retroceder unos pasos, el pequeño arácnido logró tomarlo por sorpresa al aparecer desde arriba colgando de un hilo, probablemente desde la rama de algún árbol. Miró a la pequeña araña con alivio, rodó los ojos burlándose de sí mismo, quiso seguir su camino para acabar de una vez y volver a su puesto lo antes posible.
Tenía que admitir que era un poco escalofriante pasear solo.
Una mano en su hombro detuvo su andar.
El hombre corrió tan rápido como sus piernas le permitían, gritaba a todo pulmón pidiendo ayuda mientras la sangre bajaba por su sien, era doloroso, y todo se veía borroso, pero debía llegar con los demás a la línea de defensa.
Apenas podía respirar cuando logró llegar, todo estaba totalmente apagado, ni una vela encendida en los campamentos o las antorchas en la línea. El silencio era una advertencia, definitivamente no había nada ahí, no había nadie ¿Todos se habían ido? ¿Todos han muerto?
La respuesta llegó a él en forma de sangre, el hedor de la misma estaba tan concentrado que no podía pasar desapercibida, el estómago se le revolvió con cada paso que daba, nada le había preparado realmente para esto, a pesar de que había entrenado justo para esto. Quiso vomitar cuando sus pies pisaron una mano, lo que alguna vez fue la mano de alguien, y más allá de ese miembro hay muchos más junto a los cadáveres de los que fueron sus compañeros.
La escena grotesca lo detuvo un segundo, pero las risas a la distancia lo hicieron reaccionar corriendo hacia las campanas de alarma y se lanzó a ella enseguida golpeando sin parar.
—¡Así que a eso corriste para acá!
—Y nosotros creyendo que huía para salvarse, es un estúpido...
Los demonios aparecieron haciendo honor a su nombre, ellos eran humanos, pero el cómo lucían y su forma tan despiadada de matar los hacía demonios, nadie que era humano podía ser capaz de cosas tan atroces. Y las diez lunas lo veían como si fuera un filete, ellos estaban listos para lanzarse contra él.
—¡Ahora todos saben que están aquí! —gritó dando unos pasos hacia atrás, paró el paso al chocar contra algo, no, contra alguien, y se giró con horror en sus ojos.
Era él, no había duda.
Aquel llamado jefe de los demonios, el amo de todos ellos.
Muzan.
—Ya veo... Muchas gracias por avisarles por nosotros —dijo el hombre de ojos rojos que brillaban en la oscuridad.
¡Hoy sería el día!
Una joven de cabellera larga y rubia se levantó de la cama antes de que siquiera el amanecer se asomara por el horizonte, incluso antes de que los gallos cantarán, ella ya estaba corriendo de un lado a otro en su habitación mientras recitaba las mismas palabras una y otra vez, dando vueltas por todos lados.
Mentiría si dijera que el pánico no se estaba apoderando de ella pero, ¡Vamos! ¿Cuándo no estaba llena de pánico y era un cuerpo de puros nervios? ¡Aunque eso no ayudaba en nada para hacerla sentir mejor!
—Una esposa debe ser leal, amorosa, respetuosa... ¡¿Qué más?! —gritó desesperada logrando despertar a su pobre gorrión—. ¡Oh, lo siento tanto Chuntaro! ¡No quería despertarte!
La pequeña chica se inclinó sobre la jaula del ave para abrirla y darle libertad, sonrió feliz al ver como después de estirar las alas el pajarillo salió volando de la jaula y se posó en su dedo.
—Buenos días, aunque aún no es de día, ¡Pero es que estoy tan nerviosa! ¡Hoy será el día en que calificare para ser una novia ideal! —la emoción en sus ojos era opacada por los nervios mezclados con el miedo de su voz, el gorrión apenas pío como si siguiera la conversación de la rubia—. ¡No quiero arruinarlo, Chuntaro! ¡Es mi oportunidad para tener un marido que me ame y poder establecerme! ¡También tengo que honrar a mi familia!
Chuntaro voló del dedo de Zenko y esta bufo ante la indiferencia de su propio gorrión, tal vez estaba siendo más escandalosa de lo normal y lo había molestado, ¡Hasta su pájaro se hartaba de ella! ¡¿Cómo podrá tener un esposo con esa actitud?!
Antes de caer sobre la cama para llorar, unos fuertes golpes en la puerta la hicieron brincar del susto. Sabía quién era, pero aún así el ruido la espanto.
—¡Es demasiado temprano para que grites y llores! ¡Si tienes tanta energía haz tus quehaceres antes de irte! —la voz de su abuelo desde el otro lado de la puerta la hizo hundirse sobre su almohada para ahogar un gran suspiro.
—¡¿Podrías al menos darme los buenos días?! —lloriqueo lamentablemente. Se repuso para limpiarse las lágrimas que se le habían escapado, escuchó perfectamente el gruñido de Jigoro—. ¡Lo siento, abuelo! ¡Saldré enseguida!
Todo estaba hecho, había limpiado cada durazno caído del huerto, alimentado a las gallinas y preparado el desayuno.
¡Ella era una mujer responsable después de todo! O, al menos, intentaba serlo.
Sólo faltaba una última cosa antes de irse, algo muy importante para ella, se encargaba de esto en la cocina mientras tarareaba una canción, cuando el agua hirvió a su punto la tomó cuidadosamente para echar las hojas medicinales y terminar de preparar el té para su abuelo.
—Oh, mírate nada más, realmente podrías ser una gran esposa, mi nieta —las palabras de Kuwajima sorprendieron a Zenko con la guardia baja.
Ella por poco tropieza y deja caer una de las tazas.
—¡No me sorprendas, abuelo! ¡Avisa antes de aparecer! —los ojos del hombre mayor le hicieron darse cuenta de lo estúpidas que eran sus palabras. Como sea, soltó un bufido con las mejillas rosas recordando las palabras de Jigoro hacía sólo un minuto—. Qué cosas dices, abuelo, no me halagues así —rió nerviosa tomando la bandeja con el té.
Kuwajima caminó hasta el comedor sentándose con cierta dificultad, Zenko le una mirada un tanto triste pero no dijo nada o le ayudo, sabía bien que no debía meterse con el orgullo de su tutor y jugar con su suerte.
Alguna vez escuchó de un hombre tan fuerte capaz de derrotar a tantos demonios, un guerrero honorable y de gran vitalidad, si bien Jigoro no había perdido su personalidad, quizás se había hecho más sabio, si había perdido su buena salud con el pasar de los años, apenas podía caminar con ayuda de un bastón. A pesar de todo eso, Zenko sonríe escuchando los regaños del hombre mayor, sabe que algo como estar envejeciendo y estar enfermo no era suficiente para acabarlo.
Si los demonios no pudieron...
—¿No crees que vas a llegar tarde? Ya deberías estar camino hacia allá, deberías estar llegando —habló el hombre mayor cogiendo la taza de té que la rubia le sirvió y le dio un suave sorbo.
—Está bien, aún es temprano y tengo tiempo, ¡no pienso arruinarlo llegando tarde! —su voz tambaleaba al hablar y tenía razón al hacerlo.
Ella estaba haciendo lo mejor que podía para actuar confiada frente a Kuwajima, aunque hacerlo lo mejor que podía no significaba exactamente que lo estuviera haciendo bien, su voz era la prueba de ello. Realmente no se le estaba haciendo tarde, probablemente un atraso no pasaría pero, definitivamente lo arruinaría.
Zenko sirvió el desayuno cantando en su cabeza todo lo que debía hacer y decir.
Sé una novia ideal, sé una novia ideal...
En cuanto se despidió de su tutor, forzando una sonrisa y que los labios no le temblaran, fue su momento de salir y enfrentarse a su deber.
Ella debía ir a arreglarse para ir con la casamentera del pueblo, esto era todo lo que había estado esperando desde que tuvo uso de razón y le habían dicho que para poder establecerse en la vida debía ser una esposa, también así traería honor a su familia. Se podría decir que llevaba mucho más preparándose para esto ¿Había forma de que algo saliera mal? Siendo ella... Era muy seguro.
Cada paso que daba era más pesado, las inseguridades golpearon cada rincón optimista en su cabeza y la hacían querer llorar. Ella realmente iba a llorar sólo de imaginar todo lo que podía hacer para arruinarlo.
Las personas del pueblo la miraban pasar, podía sentir cada mirada juzgando y escuchaba cada murmullo, sin importar que tan bajo hablaran entre ellos, estaba maldita con este sentido del oído tan desarrollado que nada se le escapaba, ni siquiera los latidos de los corazones de cada campesino.
Es esa chica que estuvo acosando a mi hijo.
Paren.
¿Cómo es que su cabello puede ser amarillo? ¿Ella es de aquí?
Deténganse.
Escuche que un rayo le cayó encima, ¡Eso es una loca! ¡Es sólo una loca!
Por favor.
Nadie podría casarse con ella, tiene una personalidad tan horrible.
Zenko se encontró frente a las puertas del pequeño lugar donde se encargaban de arreglar a las jóvenes para ser presentadas con la casamentera, ella se mordió los labios al sentir las lágrimas bajando por sus mejillas hasta caer por su barbilla.
Ellos tenían razón, realmente lo tenía, ¡ella más que nadie lo sabe! ¡y se odia por ser así! Probablemente es la que más se odia, pero lo está intentando, se esfuerza de verdad para ser mejor, si tan sólo pudiera tener más confianza.
Si tan sólo...
—¡Oh, aquí estás, niña! —una mujer de cabello rosa manchado de un tono verde pálido en las puntas salió de las puertas a recibirla. Era demasiado hermosa, incluso con ese cabello tan llamativo, y sus ojos verdes eran incluso más hermosos—. ¡Llegas justo a tiempo!
Zenko se sintió intimidada para hablar, ella se limpió las lágrimas disimuladamente y agacho la cabeza, la mujer más alta tuvo que salir para llevarla adentro y no paró de hablar en ningún momento, estaba llena de energía pero era nerviosa y algo torpe, se presentó como Mitsuri e iba a ayudarla a verse más hermosa de lo que era.
¿Ella era hermosa? ¿Acaso le estaba jugando una mala broma?
—Oh, pero qué es esto ¿Qué hay con ese cabello amarillo? —justo cuando Mitsuri echaba un vistazo a su pelo y decidía qué hacer con él una voz ajena irrumpió en la sala.
Era otra mujer, una no tan alta, más envejecida y con expresión severa, podía oír claramente el asco en los latidos del corazón de esta persona y quiso encogerse más.
—¿Qué pasa con su cabello, señora Akito? —preguntó la mujer de cabello rosa llevando una mano a su boca con una expresión de nervios y extraña preocupación.
La señora Akito no ocultó el desagrado, con el ceño fruncido y los labios apretados inspeccionó Zenko—. ¿Cómo es que tienes el cabello amarillo? ¿Acaso te lo has pintado? —escupió las palabras como si fueran veneno las preguntas.
—¡No es así! ¡Cuando era un poco más joven subí a un árbol y un rayo me ca- —La rubia paró de hablar cuando observó a la mujer mayor hacer una horrible mueca y frunciendo aún más el entrecejo, casi como si quisiera decirle que se callara inmediatamente.
Al parecer era eso lo que quería decir la señora porque relajó el gesto en su cara cuando la joven calló enseguida.
Mitsuri se mantuvo callada, pero ella se escuchaba muy inquieta e incluso algo molesta, por poco podía creer que le diría algo a la señora Akito, en cambio una mano se posó en su hombro de una forma reconfortante y por un segundo se sintió bien.
—Quiero que lo tiñas de negro, totalmente negro, nada de castaño, Kanroji-san —ordenó Akito, dio una última mirada a Zenko que podía pasar como un regaño y se retiro del lugar.
Zenko quiso protestar, pero no podía, estas mujeres sabían lo que hacian, por eso estaba aquí, y ella sabía bien que su cabello no era atractivo en absoluto, sólo recibía burlas y los chicos huían en cuanto se les acercaba murmurando que era la loca de amarillo. Pasó sus manos por el pelo suelto, no es que quisiera tenerlo así, no era su culpa, pero siempre tuvo miedo de teñirlo.
Era el momento ¿No?
Si era lo que debía hacer para ser una novia ideal y encontrar un buen esposo, lo haría, sacrificaría todo lo que tenía con tal de ya no ser una carga para su abuelo, para que alguien la quiera, para ser algo en este espacio del mundo.
¿Realmente se veía tan mal?
—Zenko-chan.
Mitsuri dejó ambas manos en los hombros de la joven, ellas podían verse en el reflejo del espejo y había una suave sonrisa en los labios de la mujer.
—No quieres pintarte el cabello, ¿verdad? —la mayor rió viendo la sorpresa en los ojos miel de la otra chica—. Está bien, yo mejor que nadie entiendo.
Oh, por supuesto.
Mitsuri tenía ese cabello de colores, debía entender su situación tan bien, aunque a diferencia de ella tenía una exótica belleza, Zenko era aburrida y fea, una simple mortal al lado de esta mujer amable.
—Incluso alguien como yo, que es alta, tiene este pelo y estos ojos, logró casarse ¿Sabes? ¡Alguien me ama tal y como soy! —palmó los hombros de la chica y se veía tan feliz que contagió a esta con esa sonrisa.
—Eso realmente me da esperanzas —respondió sintiendo las lágrimas venir, era menos creíble que creíble pero un peso en su corazón, donde estaban las inseguridades por su físico, se hizo más liviana gracias a las palabras de la mujer.
Mitsuri asintió sin quitar la sonrisa, peino el cabello separando cada hebra con cuidado y lo mantuvo así con varias pinzas, estaba lista para iniciar decidida en que haría—. Eres hermosa, Zenko-chan, sé que alguien lo verá.
La joven vio a la mujer de cabello rosa alejarse un momento, luego trajo consigo, teniendo mucho cuidado, una taza de agua, hacía calor e imaginaba que esa agua estaba hirviendo, incluso salía vapor.
—Esto va a doler un poco.
Zenko gritó al sentir el peine quemar su cuero cabelludo.
Lo siguiente, después del peinado y el maquillaje -que si era sincera no lo convencía en nada, pero era porque ella jamás usó nada de esto, y menos se imaginó usándolo en el futuro-, fue elegir que debía vestir.
Mitsuri junto con otra mujer más anciana se encargaban de tomar las medidas para buscar algo que pudiera hacerla lucir como una hermosa futura prometida, había escuchado que el nombre de la anciana era Ako y era hermana de Akito.
—¡Esto servirá para cubrir esas grandes caderas! —señaló la mujer mayor tomando algunas prendas y telas.
Zenko, como un reflejo, llevó ambas manos a sus caderas y sus mejillas se encendieron, eso era el colmo, sabía bien que se refería a que estaba gorda, siempre tuvo grandes piernas, sobresalientes caderas que hacían creer a los demás que era robusta, a pesar de tener una fina cintura, brazos delgados y pequeños hombros, también culpaba a su corta altura de esto.
—No estoy gorda, ¡sólo son mis piernas! —la rubia se encogió abrazándose a sí misma.
Entre ambas mujeres vistieron a la chica que se dejaba cual muñeca de trapo, ya se había resignado, y después de un incidente con el maquillaje aceptó que era mejor no protestar.
El atuendo era apretado, lo suficiente como para que le costará un poco respirar y moverse. El kimono no tenía hermosos colores ni extravagantes estampados, era simple y hasta aburrido a pesar de que el plan era hacerla destacar como una hermosa novia.
—Esto será lo mejor, así tapas lo robusta que estás. ¡Y con ese cabello ya destacas lo suficiente!
Zenko lo aceptó, era ella quien sabía, si esto realmente le convenía era lo que haría, aunque no estuviera para nada contenta con el resultado.
Kanroji por otro lado no opinaba igual que la señora Ako, pero ella no podía oponerse a sus jefas por lo que le hace un gesto para que la perdone y ella le sonríe agitando una mano sin darle tanta importancia.
Todo estaba hecho, estaba totalmente lista para irse junto a las otras chicas que irían con la casamentera.
Los nervios vuelven a comerse el estómago de Zenko.
—Espera, Zenko-chan, esto es para ti —Mitsuri detuvo a la rubia antes de que esta se despidiera y se fuera junto a las demás—. Quiero que sepas que tengo fe en ti, somos hermanas de cabello raro, ¿Verdad? —rió con una mano en los labios la mujer de cabellos rosas, ella sacó de su manga un hermoso adorno para el cabello y lo colocó en el moño de Zenko.
Zenko sonrió tocando el adorno que ahora estaba en su cabello, hizo una reverencia a Mitsuri y aguanto las lagrimas para no arruinar el maquillaje que tanto había costado aplicarle.
—Muchas gracias por todo, Mitsuri-san, daré lo mejor de mi.
En el momento en el que Zenko piso la entrada de la oficina de la casamentera, supo que todo iba a salir mal.
Las demás chicas a su alrededor no parecían nada preocupadas, se veían tan refinadas, elegantes y hermosas, lucían inalcanzables y como verdaderas novias perfectas, luego estaba ella, en medio de todas, no tenían nada que envidiarle pero la rubia si a ellas, como quisiera esas finas figuras, cabello lacio oscuro y esos atuendos tan extravagantes dignos de alta sociedad.
Zenko sacudió todos esos pensamientos, pero no le dio tiempo de alentarse mentalmente, casi daba un brinco desde donde estaba cuando la puerta se abrió y salió una mujer a la cual identificó como la casamentera.
No se había dado cuenta de que todas se habían inclinado ante la presencia de la mujer mayor, no hasta que esta la miró como si fuera un insecto y deseara pisarlo con fuerza. Trago grueso, murmuró una disculpa e inclinó el cuerpo como las otras, podía escuchar el disgusto en el corazón de la casamentera y las risas maliciosas de las jovencitas, la rubia tenía el rostro tan caliente y ganas de vomitar.
La mujer se presentó como Kyouka, dio una breve explicación de lo que harían y de cómo sería el proceso, caminando de un lado a otro mientras todas seguían agachadas, ella se paró frente a la rubia y esta pudo sentir las náuseas volver a atormentarla.
—Agatsuma Zenko, pase primero.
Con gran fuerza, que no sabe de donde saco, logro no vomitar en los pies de la casamentera, se enderezo para dar un asentimiento y pasar por la puerta seguido de la señora Kyouka.
La señora Kyouka había tenido un ojo sobre ella desde el momento que la señaló.
Se había apresurado a entrenar por los nervios y se había ganado un gesto de disgusto con un sonido de desaprobación, eso fue suficiente para hacerla sudar y oraba a los dioses que no se le arruinara el maquillaje.
—Tu cabello es amarillo —dijo la mujer con cierto asco en su tono, la miraba con desaprobación y escribió algo entre sus notas.
—Sí, verá, tuve un accidente hace un tiempo con un rayo, por eso es así, ¡Me cayó un rayo estando en un árbol y se volvió rubio! —explicó enseguida, había hablado demasiado rápido y fuerte.
—Una novia no habla así, esos son sólo cuentos —regañó la mujer mayor y escribió una vez más en las notas—. No importa, te lo teñirás a negro después, y dejare pasar tus cuentos y altanería.
Zenko agachó la cabeza apenada, el malestar en su estómago empeoraba cada vez más, y le picaban más los ojos por querer llorar, sujetaba con fuerzas ambas manos pidiendo fuerza a su abuelo, a Mitsuri y al guardián de su familia. Tan sólo necesitaba respirar, la señora había descartado varios puntos negativos y eso era algo bueno ¿No?
Las dos caminaron hacia una mesa, la rubia podía escuchar los murmullos de la casamentera con respecto a como andaba, no digno de una dama, y más comentarios sobre su gordo cuerpo, ¡No estaba gorda, sólo tenía caderas anchas! También podía oír el sonido que hacía al escribir, la tinta sobre el papel eran hostiles y significaba que a ella no le gustaba.
Calma, sólo debes responder a todo bien y hacer las cosas bien.
Zenko se sentó en los cojines de la mesa después de que la mujer le diera permiso, lo hizo de la forma más delicada posible y por primera vez recibió un visto bueno, vio la tetera con las tazas de té en el centro de la mesa y se sintió por primera vez confiada.
—Bien, sírveme té mientras recitas lo que es y debe hacer una esposa. —pidió la mujer viéndola con una ceja arqueada sobre las notas en las manos.
Con una profunda respiración, tomó entre sus manos de la forma más delicada posible la tetera y se inclinó sólo un poco sobre la mesa para dejar caer el té en la taza frente a la señora Kyouka, trató de no temblar ante la mirada penetrante de esta, esperando que cometiera el mínimo error. Era una tarea sencilla, había practicado miles de veces al servirle a su tutor, en más de una ocasión fue elogiada por hacerlo bien, sólo debía concentrarse en respirar y mantener la calma.
—Una esposa es gentil, servicial, refinada... —Zenko se había quedado en blanco, las palabras se ahogaron en su garganta un segundo y todo se hizo borroso en su mente, ¿Qué era lo que debía decir después? ¿Lo había olvidado? ¡No, no, no, no! ¡Ella había estudiado y practicado por días!
Quería llorar, estaba por llorar.
La mujer golpeó la mesa con las uñas de sus dedos, lucía impaciente, irritada y disgustada—. ¿Y bien? ¿Qué más? —de repente, la cara se le deformó en una mueca y los ojos se le abrieron aún más—. ¡¿Qué estás haciendo?! ¡Lo estás botando todo!
Eso había sido la gota que derramó el vaso.
Zenko dio un brinco tratando de limpiar con una toalla todo el té que había regado en la mesa—. ¡Lo lamento mucho! ¡Lo siento, lo siento, lo siento! ¡Lo arreglare, estoy haciéndolo! —las lágrimas salieron, sentía el rostro pegajoso por el maquillaje, y saber que lo estaba arruinando por no poder contener sus lágrimas sólo hizo que cayeran más, sollozando entre dientes sin poder sorber la mucosidad en su nariz.
Lo estaba arruinando todo, no, ella ya había arruinado todo, hasta aquí había llegado, no hay manera de arruinarlo aún más ¿Cierto?
—¡¿Estás llorando?! ¡Has arruinado todo el maquillaje! ¡Una novia no tiene tal comportamiento! —las notas cayeron bruscamente en la mesa e hicieron saltar a la rubia el susto—. ¡Eres un desastre- ¡¿Qué es eso?!
Un pequeño gorrión apareció entre ambas, la mujer se levantó retrocediendo por tener volando al ave a su alrededor, asustada intentó alejarlo con las notas pero no funcionaba para ahuyentarlo—. ¡Quitenme a este animal de encima! ¡Auxilio, ayúdenme! ¡Quiere picarme los ojos! ¡Aléjate de mí!
—¡Chuntaro! ¡Basta, Chuntaro, por favor!—gritaba la joven dando varios saltos con los brazos extendidos en el aire para atrapar a su mascota—. ¡DÉJALA, CHUNTARO!
¡¿CÓMO ES QUE EL GORRIÓN HABÍA ENTRADO?! ¿La siguió? ¡¿POR QUÉ?! ¡Ella no había hecho nada para merecer estar en este tipo de situación!
Los ojos de la chica se iluminaron cuando logró coger al pájaro en sus manos, lo sostuvo con cuidado para no lastimarlo ignorando lo molesta que estaba el ave por ser agarrada en medio de su ataque. Ella sonrió aliviada alzando la mirada hacia la señora Kyouka, la expresión brillante se le borró del rostro cuando notó los ojos enfurecidos de esta.
Podía imaginar como con la simple mirada la casamentera la quemaba viva.
—¡¿Esa cosa es tuya?! ¡¿Tú la has traído aquí?! —señaló al pájaro en las manos de la rubia.
Zenko retrocedió asustada, ocultó a Ukogi en su espalda y los labios le temblaron en una sonrisa—. Sí, yo- ¡Lo siento mucho! ¡Él normalmente se comporta y es que- AH!
Sé había detenido al sentir que su trasero chocaba con algo caliente, dio un brinco mirando hacía atrás y abrió los ojos con horror al ver caer que había tropezado con el fuego para calentar el té, el carbón al rojo rodó hasta las largas cortinas que adornaban el lugar y no tardaron en prenderse en llamas.
—¡MIS CORTINAS! ¡MIS MÁS CARAS Y FINAS CORTINAS! —la señora Kyouka gritaba horrorizada al ver arder cada vez más las telas—. ¡Haz algo! ¡Haz algo rápido! ¡Todo se está quemando!
La rubia por un segundo se había encogido de miedo, sólo llorando y sin saber qué hacer, cuando escuchó los gritos dirigidos hacía ella reaccionó tomando algunas mantas de otros estantes y agitandolas hacia el fuego para apagarlo.
Grave error.
El aire alimentó más el fuego haciendo más y más grande, extendiéndose hacia las paredes y el suelo de madera, las mantas también ardieron, y tuvo que soltarlas para no quemarse con ellas.
Esto era todo, sería su fin, ella moriría por el fuego o a manos de la señora Kyouka, quien no paraba de sacudirla y gritarle por quemar más de sus valiosas telas. Siguió llorando, pidiendo perdón y deseando que todo fuera un mal sueño.
El último bote de agua fue echado logrando acabar con el incendio, la casa era sólo escombros quemados y mucho humo a su alrededor.
Los hombres habían llegado a tiempo para apagarlo antes de que se extendiera y empeorará mucho más, y ellos ya se iban luego de hablar con una Kyouka echa lágrimas, llena de furia, sobre los daños irreparables en la zona y que nada podía recuperarse, sólo había cenizas.
Zenko miraba todo, aun en estado de shock desde que fue sacada de la tienda, sin poder creer todo lo que había pasado, Ukogi seguía en sus manos acariciándose con estas.
Las otras jóvenes seguían allí mirando atónitas y murmurando pestes de ella, los otros aldeanos alrededor no eran diferentes, viendo todo desde cierta distancia, muy pocos amontonados hablando entre ellos, podía escuchar cada palabra, sin importar cuan bajo hablaron, los oía a todos, hasta los latidos de sus corazones despreciandola como si ella fuera menos que nada, como si sólo fuera un monto de tierra que estorbaba.
—¡Tú! —el horrible grito de una mujer mayor.
La rubia se sobresaltó, al fin cayendo a tierra, miró hacia la señora Kyouka que venía hacia ella con el sonido más horrible y lleno de ira que había escuchado en su corta vida, Ukogi se escapó de sus manos en ese instante y apretó las mismas con fuerza mientras se mordía el labio inferior.
Quería correr y perderse, pero estaba totalmente inmóvil, las piernas no le responden.
—¡Tú has quemado mi casa, mis cosas y todo! ¡Has arruinado todo! —la mujer mayor se alzó hacia la pequeña joven que la miraba aterrada.
—¡Lo-lo siento tanto, lo siento! ¡Fue un accidente, yo no quise causar esto! ¡Prometo que se lo compensaré! ¡Yo pagaré-
—¡NO! —irrumpió Kyouka mucho más enojada, sus cejas fruncidas en su frente arrugada lucían como una sola—. ¡No quiero volver a ver tu cara nunca más! ¡No volverás aquí jamás! ¡NUNCA! ¡¿Me has entendido?!
Eso significaba... No, no podía ser.
—¡P-PERO DEBO-!
—Escúchame bien, ¡Jamás serás una esposa! ¡No eres más que un desastre y un problema! ¡Nadie nunca se casaría con alguien como tú! No eres una esposa ideal, no eres una mujer digna ¡Y nunca honrarás a tu familia!
Las palabras hicieron eco en la cabeza de Zenko, eso fue suficiente para que sus piernas reaccionaran y huyera del lugar, sin importarle como se rasgaba el kimono a sus pies, quebrándose más al escuchar las palabras cargadas de desprecio hacia ella.
¿Qué estaba esperando exactamente?
Ella era un fracaso, ni siquiera tenía padres, no había sido querida al nacer siendo tirada como si fuera basura. No, lo era, de verdad lo era, su madre debió saberlo cuando la tuvo y por eso la abandonó. No fue amada en ese entonces, ¿Sería amada ahora? No había manera, no importa cuan bien se vistiera, ni cuánto se maquillara, seguía siendo la misma Zenko con una desagradable personalidad, nada podía cambiar eso ¿Por qué lo intentaba?
Algo la hizo detener, alguien se hizo presente en su campo de visión.
Ah, era por eso que lo intentaba, para llenar las expectativas de las personas que la apoyaban, quienes creían en ella.
—¿Zenko-chan? —Mitsuri estaba sorprendida, se oía preocupada y confundida, con una mano en la boca y los ojos bien abiertos.
La rubia se había cruzado con Kanroji cuando pasaba por donde esta trabajaba, donde se habían esforzado tanto en hacerla lucir bonita.
Sintió mucha vergüenza, debía ser toda una decepción ¿No es así? el kimono estaba roto y sucio, todo el peinado se deshizo y todo el maquillaje estaba corrido por las lágrimas mezcladas con el sudor. Ella es un asco, arruinó todo por lo que Mitsuri tanto se había esforzado y no podía verla a los ojos.
—Lo siento tanto, Mitsuri-san —la joven se acercó a la mayor quitándose el broche del cabello para entregarlo.
No merecía algo tan bonito, no merecía nada de nadie.
—¿Qué? ¿Qué fu-fue lo qué pasó? ¡Espera, Zenko-chan! —gritó la de cabello rosa tratando de detenerla.
Zenko corrió tapando ambos oídos con sus manos mientras gritaba cuánto lo sentía una y otra vez.
Había llegado a casa hecha un desastre, y, para su desgracia de suerte, lo primero con lo que se toparon sus ojos miel fue con Kuwajima, parecía que la había estado esperando.
El hombre mayor deformó su rostro en preocupación al verla, usando el bastón quiso caminar hacia ella inmediatamente pero paró al escucharla sollozar con fuerza.
—¡Lo siento tanto! ¡Lo intente pero soy un fracaso! ¡Lo lamento! —gritó cubriéndose el rostro sucio con las mangas del kimono estropeado,
No quería que, de todas las personas más, su abuelo a quien tanto amaba y esperaba enorgullecer, la miraba en ese deplorable estado, no podía devolverle la mirada. No podía soportarlo más, los pies cedieron para correr una vez más hacia los huertos de duraznos, escuchaba claramente los gritos de su tutor pero eso no la hizo detenerse.
Perdiéndose en los huertos, lo último que escuchó fue tristeza en el corazón de Kuwajima.
Justo ahora, Zenko deseaba volver a cuando era una niña.
Cada vez que se raspaba las rodillas al jugar recolectando duraznos de los árboles, corría hacia Jigoro para que esta la calmara en sus brazos, no sin antes darle un golpe en la cabeza por no tener cuidado. Cuando los niños la molestaban, ella podía llorar acostada en el regazo de su abuelo para ser consolada.
Ahora, por mucho que quisiera hundirse en los brazos de Jigoro para llorar toda la pena, la vergüenza la hacía huir muy lejos.
En cuanto llegó a los huertos, trato de recuperar el aliento después de haber corrido tanto, se apoyó contra uno de los árboles, abrazó sus piernas contra su pecho escondiendo su cara entre sus brazos y se permitió desboronar aún más
Luego de minutos de llorar sin parar, el sonido de un aleteo logra sacar su cabeza de entre sus brazos, ella mira hacia el suelo y puede ver la sombra del pequeño pajarito Ukogi.
—Oh, Chuntaro... —dice la rubia rascando con un dedo la barbilla del gorrión en cuanto este se posa en la mano que extendió para él—. Está bien, no fue tu culpa... En el momento en que me presenté lo había arruinado.
El pajarito voló hasta posarse en el hombro de la joven mientras esta se levantaba de la hierba, ella sonrió sintiendo las caricias del gorrión en su mejilla. Era obvio que Chuntaro se sentía culpable por el accidente con la casamentera, aunque la rubia no lo culpaba en absoluto, sabía bien que sólo quiso ayudarla.
Zenko camino entre los árboles de melocotones, miraba hacia el cielo y veía las ramas moverse con la calmada brisa, la poca filtración del sol caía en sus ojos pero no la lastimaban.
El jardín sonaba como un buen lugar para ser miserable sin molestar a nadie, y sin que nadie la moleste, por lo que paseo hasta allí balanceándose mientras tarareaba alguna canción. Pudo ver un reflejo en el pequeño arroyo mientras pasaba por el puente que daba hacia el jardín de su abuelo.
¿Quién era esa chica? ¿De verdad era ella? Tan sucia de maquillaje, con esa ropa destruida y ese cabello tan despeinado.
Podía ver todavía los rastros del maquillaje, pudo ver cada una de sus imperfecciones, las destacables cejas pobladas, tan amarillas, sus pestañas eran iguales, su cabello rubio y que crecía en partes, era largo pero extraño. Todo estaba mal, incluso sus ojos ámbar ¿No podían ser más oscuros y normales?
Y no era sólo su apariencia, todo en ella era despreciable.
Su personalidad, era tan cobarde, indecisa y nerviosa ¿Qué impresión positiva podría dar con eso? ¡Y tenía un terrible carácter! No podía ser más inútil, sin importar cuánto se esforzara nunca lograba nada, y siempre huía de todo cuando las cosas eran difíciles.
¿A quién quería engañar vistiéndose así? ¿En qué pensaba practicando frente a un espejo algo que no era y nunca sería?
Nunca sería una buena esposa, nunca sería una buena hija.
Al intentar ser quien no era sólo causó daños, y decepcionó a quienes creían en ella.
En su reflejo sólo podía ver lo que era en realidad, una pobre chica huérfana buena para nada, cobarde y estúpida.
Se sentó en una de las bancas, bajo uno de los árboles de durazno que habían en el jardín, este era más pequeño comparado a los que se encontraban en la huerta, estaba adornado de hermosas flores, el viento hacía caer algunas de ellas y los pétalos se enredaban en su larga cabellera.
Zenko uso la manga de su kimono para acabar de limpiarse el rostro, observó la mancha en la manga y pensó que las lágrimas caerían de nuevo, pero se detuvieron de salir al oír pasos y un corazón familiar acercarse, levantó la cabeza y la agachó enseguida sus ojos se encontraron con los de su tutor.
—Este lugar, siempre vienes aquí cada que te sientes triste —habló el hombre anciano dando cada paso con su bastón en mano, su otra mano detrás de su espalda—. Solías subirte a ese árbol durante horas ¿Lo recuerdas? Y luego de ese rayo ya no subiste más.
Kuwajima se sentó a un lado de su nieta, pero esta giró el cuerpo para no verlo, prefiriendo ver hacia el suelo mientras peinaba su cabello y quitaba los pétalos de las flores de durazno. Pudo escuchar un suspiro del hombre.
—Zenko-
—¡Lo siento mucho! ¡Sólo quería hacerte sentir orgulloso! ¡Quería que estuvieras orgulloso de mí! —gritó entre sollozos la chica—. Lo arruine todo, yo-
La rubia se mordió la lengua debido al golpe que recibió en la cabeza con el bastón de Jigoro, chilló en respuesta llevando ambas manos en donde fue golpeaba y las lágrimas salieran más por la sorpresa que por el golpe en sí.
—¡¿POR QUÉ HICISTE ESO, ABUELO?! —gritó molesta, hizo un puchero sobándose la cabeza.
—¡Porque me has interrumpido cuando iba a hablar! ¡Escucha bien o te daré uno más fuerte la próxima! —respondió alzando de nuevo el bastón en el aire.
Por fin, silencio, aunque los sollozos de la chica seguían presentes, pero no eran impedimento para que el viejo hablara.
—Una mujer de cabello rosa ha venido hasta acá, ella me ha contado todo lo que ha pasado, incluso el incendio que has causado —soltó un largo suspiro cansado, dejó el bastón a un lado de la banca y dejó ver la mano que se escondía detrás de la espalda, algo envuelto en un pañuelo con un estampado de flores—. Me dijo que se llamaba Kanroji Mitsuri, y quería que te diera esto.
Zenko vio como las manos arrugadas desenvuelven el pañuelo mostrando un hermoso adorno para el cabello. Era el adorno que Mitsuri le había regalado y que le devolvió antes de correr a casa.
—Alguien como tú, Zenko, no podría tener a cualquier hombre, mereces a alguien que vea en ti lo que vemos nosotros, no hablo sólo de la belleza en tu exterior, sino también lo que hay adentro —dijo el hombre mayor con cariño mientras cogía el adorno en sus manos y lo extendía a su nieta adoptiva.
—Pero, abuelo... Ya no podré-
—Escúchame, puedes correr, puedes huír, llorar todo lo que quieras, pero jamás dejes de intentarlo, incluso si debes hacerlo llorando, hazlo, tienes que seguir. Hay algo para ti grandioso esperándote, mucho más de lo que crees.
Zenko cerró los ojos, las lágrimas se deslizaron por sus rojas mejillas mientras Kuwajima peinaba a un lado su flequillo y coloca el adorno en su cabello para sujetarlo, sonrió sintiendo la dulce caricia que limpiaba sus lágrimas y volvió a abrir los ojos chocando con los amables de su abuelo.
—Eso es, esa es mi hermosa nieta ¿Por qué no mejor preparamos un poco de esa mermelada que te gusta? Y luego pensaremos en qué hacer —sugirió tomando de nuevo su bastón para levantarse.
Antes de que Zenko pudiera responder o pararse de la banca, fueron interrumpidos por los gritos de un llamado desde la entrada de la casa.
Zenko tuvo que ayudar a Kuwajima a caminar más rápido, comentó del fuerte sonido que hacían los caballos, podía escuchar lo que hablaban las voces masculinas pero seguía sin entender que era lo que estaba ocurriendo, su abuelo sólo le decía que todo estaría bien.
Los dos pudieron ver de que se trataba antes de llegar a la cerca de madera, unos hombres esperaban allí en caballo, otros aldeanos se encontraban ahí también, los escudos y uniformes le dieron una idea a Zenko y se llenó de preocupación.
—Necesito que te quedes aquí y no salgas —le susurro su tutor soltándose del agarre de ella y dejándole el bastón.
—¡¿Qué?! ¡Espera, abuelo! ¡No sin el bastón! —intentó alcanzarlo pero a cambio de esto recibió una severa mirada de regañado del hombre mayor, se calló abrazando el objeto y apretando los labios.
No podía quedarse ahí sin ver, aunque escuchara todo no era suficiente, mientras su abuelo se acercaba a los hombres en uniforme que montaban los caballos, ella se deslizó para montarse en las cestas que usaban para recoger los duraznos maduros y se apoyó en ellas para alcanzar lo alto de la cerca y ver mejor, tuvo que ponerse de puntillas pero podía ver desde allí.
—Kuwajima, un hombre de su familia tendrá que tomar este llamado para ir a la guerra inmediatamente —uno de los hombres, quien parecía tener un rango mayor a los otros, le entregó un pergamino.
—Lo tomaré yo, iré en nombre de mi familia —se inclinó para tomar el pergamino.
No.
Eso no podía ser.
¡IMPOSIBLE!
—¡ABUELO NO! —gritó la rubia saltando de la cerca y corriendo hacia los hombres en caballo.
Los caballos se sobresaltaron por el susto, los hombres se giraron de sorpresa y trataron de calmar a los animales, Zenko sujeto a Kuwajima y se posó frente a este observando con ojos suplicantes al hombre de mayor rango.
—¡Por favor, no haga que mi abuelo vuelva a la guerra! —lloró suplicante juntando ambas de sus manos —¡Él ya peleó suficiente y ahora no-
—¡¿Quién eres tú?! ¡Cómo te atreves a-! —el hombre uniformado estaba por apartarla pero el anciano se le adelantó sujetándola y llevándose consigo.
—Lo lamento, señor —se disculpó Kuwajima tirando de la rubia.
Los dos se adentraron a la casa, los hombres en caballo se fueron y siguieron su camino por las otras casas vecinas, Zenko no paró de gritar para llamarlos y le gritaba a su abuelo en lágrimas.
—¡¿En qué estabas pensando en interrumpir así?! ¡Pudiste salir lastimada! —regañó Kuwajima tomando su bastón.
—¿En qué estas pensando tú? ¡No puedes ir a la guerra! ¡Sólo mírate! —señaló la rubia, las cejas fruncidas pero sin parar de llorar—. ¡Ni siquiera te puedes parar por ti mismo! ¿Acaso quieres morir? ¡No tienes porqué ir!
—¡Tengo que ir, Zenko! ¡Es mi deber con mi país, y es por mi honor! —golpeó con fuerza el suelo con el bastón, así logró callar a la joven y respiro profundo para calmarse ahora que hubo silencio—. No vuelvas a hacer eso, nunca, y hasta aquí ha llegado esta conversación.
El hombre volvió a su andar hacia la casa, Zenko miró los pasos cojos de este y se quedó parada sintiéndose impotente.
La cena jamás había sido tan silenciosa.
Zenko no recordaba ni una sola vez, desde que ella había llegado a la vida de Jigoro, donde ellos dos estuvieran en total silencio y hubiera tan gran tensión en el aire. Ni siquiera en el primer día.
Ella había llegado, sintiéndose abrumada, perdida, confundida y asustada, y él la había acogido con cariño, haciéndola sentir segura con un sonido fuerte pero amable y lleno de amor.
Ninguno quiso hablar después de la discusión de aquella tarde, Zenko preparó la cena en silencio, y Kuwajima no le dirigió la palabra, a pesar de verla de reojo de vez en cuando. Tal vez le daba espacio a su nieta, porque la rubia podía ver que en más de una ocasión tuvo la intención de decirle algo.
Sólo el ruido que hacían al tomar las tazas de té, al servirse agua y masticar, los acompañaba.
Zenko miró como las manos de Jigoro temblaban al intentar tomar con firmeza sus palillos, a veces ocurría, por muy fuerte que aun fuera, tenía momentos de debilidad por la edad.
—¡¿Por qué tienes que hacerlo?! —La joven gritó golpeando los palillos en la mesa, levantándose de la mesa—. ¡¿Acaso quieres dejarme aquí sola?! ¡Es obvio que vas a morir! ¡No vas a volver si vas! —las lágrimas salieron, sin poder pararlas, y ella se hundió en sus manos.
—Zenko- —Kuwajima intentó alcanzar a su nieta, podía escuchar el corazón del viejo romperse en pedazos.
—¡No! ¡No quiero que vayas y me dejes! —golpeó la mano del hombre mayor—. No puedo hacerlo... No puedo.
Kuwajima no tuvo tiempo para levantarse por su nieta, la joven había salido corriendo dejándolo totalmente.
¿Por qué tenía que pasar esto? ¿Por qué justamente todo se derrumbaba ese día?
La lluvia debía ser una clase de broma en ese momento, era lo último que faltaba para hacer el día más sombrío de lo que ya era. Y la rubia sólo se dejaba bañar en ella, no importaba si se enfermaba ¿Qué más daba?
Desde la cima de uno de los árboles, Zenko podía ver la figura de su abuelo paseando por los pasillos.
Era de noche, probablemente estaba preocupado buscándola.
Observar desde aquel árbol de duraznos, hizo que se fijara aún más en cómo se aferraba al bastón para poder caminar.
Por mucho que quisiera tener esperanza, era imposible, su abuelo iría a la guerra a morir, a dar su vida por un país que se lo había quitado todo, una vida que no pudo tener, su pierna y su salud.
¿Cuántas veces no escucho un corazón solitario en ese hombre amable?
Las historias que Kuwajima le contaba cuando era niña, había perdido la oportunidad de conocer a una mujer, tener una verdadera familia, porque su vida se la había llevado la guerra y estar en el ejército.
De repente, la figura de Jigoro se detiene en el pasillo, podía escucharlo jadear por lo cansado que estaba.
No, no podía permitir que el hombre que la acogió en casa y le dio una vida perdiera una vez más todo.
Zenko iba a hacer algo, aunque tuviera que dar su propia vida.
—Lo único que deseo, es protegerlo —se arrodilló ante las enormes lápidas de los ancestros de la familia.
Zenko no solía ir a menudo al santuario, quizás eran contadas con sus manos las veces que fue, y la mayoría de ellas junto con su abuelo, cuando él la jalaba para que lo acompañara.
No es que no quisiera, siempre se sintió incómoda allí, se sentía la nieta de Jigoro, pero no que merecía ser parte de la gran historia familiar, no era nada de esos ancestros, sólo una extraña huérfana a la cual adoptó Jigoro por lástima. La rubia no pertenecía allí, no tenía nada que pedirles, no para ella, pero esta vez tenía que hacerlo, porque esto lo hacía por su abuelo, quien sí era un verdadero Kuwajima y merecía la protección de su familia.
—Por favor, déjenme protegerlo —pidió juntando ambas manos, orando con lágrimas.
Las grandes estatuas de los guardianes de la familia se encontraban imponentes frente a ella, viéndola desde arriba como si la juzgaran.
La que más le daba miedo, la gran estatua de un mono amenazador llamado Kaigaku, parecía que podía moverse en cualquier momento y atacar. Nunca le gustó, con las luces de los rayos a la distancia esa mirada lucía feroz.
Zenko no duró mucho tiempo allí, el escalofrío que le causaba ese lugar era insoportable, se inclinó una última vez implorando ayuda y se marchó enseguida, asustada por un rayo y un trueno a la distancia que iluminó la estatua del mono.
Cuando la luna llegó a lo más alto, Zenko se deslizó desde su habitación hasta la de su tutor, abrió con cuidado la puerta, cuidando de no despertar al viejo en su sueño ligero.
El hombre dormía en el futón plácidamente, y ella sonrió viéndolo como lo más preciado en su vida, se agachó para darle un beso en la frente y tomó el pergamino en la pequeña mesa que había a un lado, volvió a ver al hombre dormido y sintió que las lágrimas le traicionaron, dejó el adorno en el lugar del pergamino y corrió de la habitación rápidamente.
Zenko respiro profundo al deslizar las puertas en su espalda, escuchó atenta si Kuwajima seguía dormido, sonrió aliviada un rato después al verificar que el anciano aun estaba descansando pacíficamente.
Con pasos ligeros, caminó por los pasillos y siguió con su plan, su no tan elaborado plan.
Lo siguiente que debía hacer, era tratar de cambiar su apariencia y parecerse tanto como podía a un hombre.
—Ah... Todo sea por el abuelo —murmuró entre lágrimas tomando un mechón de cabello, se inclinó para coger las tijeras e hizo el primer corte ahogando un sollozo.
Cada mechón de cabello era como perder un año de vida, había luchado tanto por dejarlo crecer sano y fuerte.
Al acabar, acarició su cabello corto, miró hacia el espejo y pensó que volvería a llorar. Respiro profundo, no era el mejor corte de cabello, con mechones recortados sobresaliendo, pero estaba bien para parecer un hombre.
Lo demás fue fácil, colocarse la ropa y buscar la espada de su abuelo, la cual estaba colgando en la pared como un tesoro muy precioso.
—Lo siento, abuelo, tomaré esto prestado —susurró cogiendo la katana y envolviéndose en la cintura.
Cuando había acabado de prepararse, la lluvia había parado, el amanecer se encontraba bastante cerca, y tenía un largo camino por delante.
La rubia miró desde las puertas de la finca, dejar su hogar era lo más difícil de todo, mucho más que cortar su preciado cabello, deseo poder despedirse adecuadamente de su abuelo, decirle cuánto lo quería y agradecerle por todo.
Dejando que las lágrimas se las llevara el viento, Zenko salió por las puertas y corrió más allá.
Cuando el amanecer estaba por asomarse, Kuwajima despertó de una pesadilla donde perdía a su amada nieta por la guerra.
Asustado miró hacia su alrededor, calmando su corazón al ver que estaba en casa, y que nada era real.
Antes de levantarse para empezar el día, el reflejo de algo colorido y bonito llamó su atención, el hombre mayor giró la cabeza para ver el adorno para el cabello de Zenko, posado en su mesa, justo donde debía estar el pergamino de reclutamiento.
—No... —murmuró pensando lo peor.
El anciano tomó su bastón, tropezando salió del futón, corrió cojeando hasta la habitación de su nieta y abrió las puertas de par en par.
Nada.
No había nadie en la habitación de Zenko, todas las cosas de su nieta estaban allí, pero ella no se encontraba en ninguna parte. Y no encontraba su katana tampoco.
No podía ser.
La buscó por todos lados, gritó hacia los huertos de duraznos, miró el jardín, fue hasta el santuario, pero no encontraba ni un rastro de su pequeña. Si su querida nieta, lo más preciado en su vida, no estaba, y tampoco estaba el mensaje de reclutamiento ¿Eso qué significaba? ¿Qué podía significar?
No, no.
NO.
—No, por favor, no me hagas esto... —Jigoro corrió hacia las puertas de la finca—. ¡ZENKO! ¡ZENKOOOOO! —gritó el anciano, destrozando su garganta, pero no tuvo ni una respuesta, otra vez nada.
Ella no estaba, su nieta... Se había ido.
Lo único que pudo hacer Kuwajima, en esa situación, fue orar a los ancestros y guardianes por la vida de Zenko y que volviera a casa a salvo lo más pronto posible.
Kaigaku alguna vez fue el guardián más reconocido de la familia Kuwajima.
Alguna vez lo fue.
Hasta que cometió un grave error, uno que lo bajó de su pedestal enseguida, uno que le trajo vergüenza y deshonra a la familia Kuwajima por años y años, hasta que otro guardián logró devolverle el orgullo al linaje.
Lo odiaba, lo odiaba todo, odiaba que todo por lo que trabajó se esfumara por un error, aunque él sabía que no había sido cualquier error. Kaigaku hizo algo terrible, hizo que el hombre a quien estaba protegiendo cometiera traición, abandonando a su familia y vagando por años en soledad y deshonra.
No lo entendía, incluso ahora, no podía entender exactamente por qué hizo mal. Se supone que debía mantener con vida a ese hombre, pero al parecer vender a otros era traición y deshonroso, sin importar que lo hubiera hecho para sobrevivir.
Y, entonces, estaba aquí, después de despertar de un largo y profundo sueño, viendo a los ancestros discutir entre ellos a que guardián debían despertar para que protegiera Zenko y la trajera de vuelta.
Algunos discutían que no era necesario mandar a alguien, pues la joven rubia no estaba vinculada ni por la sangre o un apellido, otros que ella era parte del linaje como aquellos que estaban vinculados por la sangre.
Estaba empezando a irritarse, ¿Por qué fue despertado?
Ah, es por culpa de esa niña, ella le estuvo orando a él, de todos los guardianes, probablemente por esa estúpida historia que le contaba el viejo Jigoro cada vez que la hacía visitar el santuario.
Esa historia donde él se hizo un nombre, al proteger a una pobre mujer y sus hijos, ayudarlos astutamente a salir de una situación en la que iban a morir.
—¡Debería ir el dragón del rayo!
—¡Creo que el mejor de todos es el oso! ¡Es fuerte e imponente!
Si el mono fuera por esa niña, si llegara a traerla sin un rasguño, entonces el honor de la familia estaría a salvo, y también lo más preciado del anciano. Sería como tirar una piedra y que caigan dos aves a la vez. Eso es.
La figura del hombre azabache, escondido entre las sombras del santuario, se volvió la de un mono totalmente negro, de esta forma, mientras nadie lo observaba, y se escabulló para salir y saltar hacia los arboles de melocotones.
—¡Ya verán! ¡Volveré a ser reconocido! —rió eufórico el mono mientras se balanceaba por los árboles, siguiendo el camino que la joven rubia tomó.
Este era el momento de Kaigaku, todos gracias a la imprudencia de esa chiquilla Zenko.
