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Cuando la vio una vez más su ser tembló. Sintió su corazón latir sin armonía, aceleradamente. Notó sus piernas debilitarse, incitándolo a caer lentamente, perdiendo su equilibrio. Él sabía que esta vez no había vuelta atrás, pero sus ojos aquamarina le hipnotizaban nuevamente, como lo hacían siempre. Otra vez sentir su cuerpo cerca del suyo le causaba una debilidad que no podía evitar, pues ese sentimiento era demasiado para él.
Se encontró deseando a si mismo ignorar esa lágrima amarga que escurría por esa mejilla, pero le era difícil lograrlo. Sentía desprecio por sí mismo al saber que quien causaba esas silenciosas plegarias era su propia esencia; que esa cercanía a ambos los mataba.
- Sakura… -susurró quedamente, con temor. Sabía que los dos deseaban tocarse, deseaban poseerse de nuevo.
Sabía que también ella se deshacía cuando su piel rozaba a la suya.
Era su culpa. Si tan sólo él fuese menos arrogante. Si hubiera tomado su relación con más seriedad, sin buscar su calor en alguien más, probablemente ahora no estarían de espaldas, sintiendo el pecho lleno de presión, buscando mencionar primero el Perdón.
No valían ya las palabras pues la herida era profunda. Sasuke lo sabía, pero lo había intentado una vez más, después de creer que la podría volver a tener cuando ella sujetó su brazo al decidir separar sus caminos. Un impulso que no controló, un impulso que no era congruente con las últimas palabras que sus labios rozados emitieron con rencor.
Él deseaba abrazarla, susurrarle que no fallaría. Que quería que ella fuera suya, suya y de nadie más. Sujetar de nuevo sus manos en el verano, mientras caminan bajo la luz del sol en la playa. Jugar con la nieve en los inviernos, riendo cuando ella coloca un gorro para cubrir su negro cabello.
Dejando huellas azules y rosas imborrables en los lienzos de ese cuaderno de dibujo gastado por el tiempo.
No podía volver a tenerla. Ahora jugarían a no extrañarse, a fingir que no hay dolor. Ahora se observarán cada mañana con indiferencia, mientras sueñan que se vuelven a tener. Pero no se escuchan, no se miran, no se creen. No intentan recuperar lo perdido porque saben que la daga ha crecido y es suficientemente profunda para evitar que haya una vuelta atrás.
Con el dolor de su cercanía, camina cada quien en sentido contrario, sabiendo que esto ha terminado.
