Chapter Text
Under this vast sky, my heart shakes
wonder, could I help your smile grow even just a little,
like a flower?
♡
Está calado hasta los huesos.
La lluvia enjaula el núcleo urbano bajo una tupida cortina transparente que todo lo ensordece, condensa las palabras en nébulas blancas para luego atravesarlas con sus carámbanos líquidos, desparramándolas en el aire mientras el resto del mundo se empapa y ennegrece.
Tiene frío.
Y ninguna de esas tres afirmaciones importan.
Aunque deberían.
Una vez leyó en Wikipedia sobre "la muerte dulce". El cuerpo va reduciendo su actividad por regiones hasta que la temperatura corporal reduce su tamaño al de la llama de un fósforo, insuficiente para mantener la mente clara. Por ello te duerme. Las puntas de los dedos toman una tonalidad cerosa y debajo de la dermis, la sangre recorta el circuito, el cosquilleo deja de retorcerse contra la musculatura, entumeciendo el epicentro, derivando el calor a los tejidos colindantes. Dejas de sentir los pies, la nariz, la cordillera de las orejas. Como una rosa, el ser humano se marchita de fuera hacia dentro. Los pétalos se desprenden de la base, uno a uno, cárdenos y envilecidos, hasta que el tronco deja de latir.
Sin embargo, por más que busca una razón plausible para moverse, la imagen frente a él lo retiene, da marcha atrás sin descanso. Reiniciando su ciclo, el universo mueve los segunderos del reloj y los adultera, reponiendo la misma escena una y otra vez para torturarlo.
Sería fácil resumirla, si se lo propusiera, porque la componen exactamente tres elementos claves.
Una última sonrisa.
Que tengas una larga vida.
Ese hueco imposible de remendar.
Y el desplome inerte y vacío que la gravedad ubicua tira consigo cuando ya no hay nada dentro del esqueleto que lo sostenga por sí mismo.
Megumi no lleva una cuenta, pero tiene la cruel impresión de haber estado allí dentro varias vidas enteras, que se ha puesto el sol y ha amanecido tantas mañanas que el azogue tiñe su cabello. Está casi seguro de que no hay ningún dominio que pueda equipararse a esa construcción mental que el mundo usualmente prefiere llamar pesadilla.
Entonces, del mismo modo que vuelve a estar de pie, cae.
Se precipita.
Quiere extender los brazos y atraparlo pero hay una fuerza incorpórea que le cose las extremidades a los costados y se lo impide.
No puede hacer nada para evitarlo.
Itadori toca suelo y el sonido le astilla el corazón. Echa raíces.
De nuevo, extinguiéndose.
Hasta que despierta.
Megumi se considera un chico sencillo.
Ha vivido la mayor parte de su existencia convenciéndose de que si tomaba las decisiones adecuadas, si estaba orgulloso de los pasos que había dado y no se arrepentía, las consecuencias pasarían a un plano más digerible.
Tarde o temprano, la pesadumbre, la congoja y el dolor agudo irían mermando su tamaño, legándolos al relieve de una única huella, pálida y cicatrizante como muchas otras que dejaron de sangrar hace mucho tiempo. En teoría, tiene sentido. No ha cometido ningún error por el que sentirse culpable, no ha infringido ningún delito reprochable, hasta el último instante fue fiel a los principios que lo moldean, hizo aquello que estuvo en su mano y debería bastar. Debería pesar menos, porque puede cargar con muchas cosas pero Itadori sabía—había aceptado las probabilidades que traía consigo la profesión, lo que se esperaba de ellos, así que no tendría razones para recriminarse su muerte.
Pese a ello, en la práctica, de nuevo le ha fallado a alguien que le importa y eso lo pone todo del revés.
En carne viva.
Cuanto más se alejan los recuerdos de los hechos, la pirámide instrumental en la que se mueve empieza a perder la lógica. Se cuestiona la validez y la moralidad y el juicio que componen a una institución capaz de encomendar el trabajo de un grado especial a tres críos de quince años que no llevan activos ni un mes. Una a una, las piezas se deslizan fuera de sus recodos, desmorona el rompecabezas y desequilibran sus cimientos y comprende, más que nunca, la inquina que prolifera Gojo de puertas para dentro.
Una mañana, Kugisaki aporrea su habitación. Toda nudillos y urgencias. Aguarda exactamente cinco segundos, en los que Megumi aprieta los párpados y escucha la suela de su zapato tamborilear contra la superficie mientras deja que el billete dorado de su prórroga venza de caducidad, después la abre y le tira a la cabeza lo primera que pilla (una chancla, la suya, cómo no) y si bien no cruza el marco, no se contenta hasta que le escucha maullar una respuesta bajo el montón de capas que fue amontonando de ombligo para arriba a lo largo de la noche. Entonces (y solo entonces) da media vuelta, avisándole que hoy toca arroz hervido con eperlano a la parrilla para desayunar. La falda del uniforme gira y se ondula alrededor de sus rodillas, a favor de su figura.
Es lo último que Megumi alcanza a ver antes de que se pierda detrás del portazo.
Por su culpa las tormentas portan nombre de personas.
Se levanta con el aguijón de una migraña presionándole la sien, mareado, la mandíbula rígida y tiritando por un calor humano que ya no arde.
Coge aire y se sienta, descalzo, centrando su atención en la madera helada que no tarda en contagiarse de su temperatura corporal hasta templarse. Nunca le ha costado madrugar pero últimamente conciliar el sueño se ha convertido en un desafío. Huele el rocío que cuelga de los árboles, se frota los ojos y las mejillas húmedas con la manga de su pijama.
No es la primera vez que se levanta llorando.
Y así empieza su día.
Gojo le regaló a los doce años un cheque, había tantos ceros a la derecha (y sin coma) que podría cubrir los gastos de una juguetería entera durante varias décadas.
Megumi leyó su letra cursiva e indescifrable. Con lentitud. El apellido delante, el nombre detrás. Los números redondos. Dentro de su mollera tuvo que ser una idea alucinante. Darle esa cantidad indecente de dinero a un niño. Recuerda pensar, "se le ha ido la cabeza", para luego admitir, "aunque nunca la ha tenido bien encajada al cuello". Tragó saliva, dispuesto a negociar su regalo y rebajarlo a una entrada de cine para El Juez, sin quejas ni lamentos por ser demasiado seria y un muermo, unas nuevas deportivas Mizuno y tres almuerzos de cerdo shogayaki en el restaurante que esquina Ginza. Era un trato justo y coherente en el que podría sentirse cómodo sin que él se ofendiera. Aunque le fuera a poner pegas y pucheros igualmente. Inspiró y dobló el papel por la mitad apretando los labios, convencido de que lograría un trueque costara lo que costase, y entonces se percató de un detalle que su profesor se había esforzado en tapar casualmente mientras le extendía el talón con una media luna colgada de las orejas.
No todo lo que reluce es oro y el sentido del humor de Gojo brilla precisamente por su ausencia.
Allí, en el dorsal de su regalo, apiñadas entre sí, cinco palabras enjutas centraban el apostillo, más una carita amorfa como punto final.
Tonto el que lo lea :P
Todas sus buenas intenciones cuajaron como un témpano a mediados de enero, largo y puntiagudo que si hubiera estado en sus manos se lo habría clavado cerca del saliente de la aorta, de advertencia. Pero no podía tocarlo y a falta de violencia física le hizo la ley del hielo y lo evitó como si fuera la peste bubónica el resto del mes.
Estuvo comiendo confitado de jengibre las siguientes tres semanas.
No estuvo mal, la verdad.
A partir de ese momento fue más sencillo pillarle en medio de una jugarreta.
Entre los dos no acumulaban la edad mínima para sacarse el carnet de coche, comprar alcohol, entrar en una discoteca o ir a la cárcel porque el razonamiento mental de Gojo se quedó en parvulario, concretamente en las sumas de dos dígitos y las restas de uno.
Así que cuando aparece empujando un carrito, armígero de fanfarronería y elocuencia, Megumi le huele las malas pulgas a kilómetros.
El problema es que no le da tiempo a procesarlo.
Se infla como un pavo real, derrumba un speech sin sentido y, dos segundos después, Itadori resurge de la caja metálica entre ademanes teatrales y a Megumi le da un vuelco el estómago.
No sabe qué cara está poniendo pero seguramente no demuestra lo que siente.
Ha recobrado esa tonalidad rosada en las mejillas. Respira agitado y lleva el mismo uniforme que él, pero con la capucha roja que lo hace más suyo. Sonríe y el pelo arenado cae por mechones en diferentes direcciones, como la última vez que lo vio. Puede hablar y bromear y pasar de la absoluta felicidad a un horror vergonzoso cuando comprende que sus compañeros no están reaccionando como esperaban y respira.
Está vivo.
A diferencia de lo que ocurriría normalmente, le fallan las habilidades y las ganas para enfadarse con su profesor y con él por ocultárselo. Retiene aquellas preguntas que emergen de sus entrañas, que ascienden y urgen por traspasar la barrera y salir, las anuda a sus cuerdas vocales. (Dónde has estado. Cómo te sientes. Qué ocurrió luego). En cambio, una chispa le quema el esternón, solo al principio, como cuando acercas las palmas a una fogata para entibiarlas pero han estado tanto tiempo a la intemperie que al principio la dermis y las capas musculares necesitan adaptarse y duele por momentos. Después, el fulgor pasa al torrente sanguíneo y mientras les explican el funcionamiento de la carrera y los objetivos que deberán cumplir, y se organizan en el salón común, Megumi entra en calor.
—¿Estás bien?
Había esperado deliberadamente a que el grupo avanzara unos metros antes de preguntar.
Su mirada cae sobre la tela índigo de la vestimenta reglamentaria y se encuentra divagando sobre lo que habrá debajo, si se parecerá a lo que sus sueños se empeñan en mostrarle.
Itadori no duda en responder.
—Sí —le asegura, la mente centrada en la competición—, me dieron un papel importante, pero me las arreglaré.
Fluye, desde que lo conoció no ha hecho otra cosa. Dejarse llevar. Adaptarse rápidamente a los impedimentos que se le ponían delante.
—No hablo de eso. Te pasó algo, ¿no?
Y aunque insiste en lo contrario ("¿qué? No, nada"), hay un cambio, Megumi no sabría definir por qué puede intuirlo, pero lo tiene delante y se lo nota en cada paso que da. En cada gesto. Como si llevara una lápida colgando de la espalda y ahora caminara con una prudencia distinta.
—Bueno, sí —admite, pierde la sonrisa, rascándose la coronilla—, pero no miento al decir que estoy bien. Gracias a lo que pasó no quiero perder a nadie.
Qué ocurrió. Quién te ha hecho poner esa expresión.
—Pues perfecto. —Lo adelanta, queriendo confesarle lo que ha estado pasando cada vez que cierra los ojos, pero sin tener el valor de desnudarse—. Yo tampoco quiero perder a nadie.
No quiero perderte de nuevo.
Alcanza al resto y Kugisaki lo vitupera en cuanto lo tiene al lado, blandiendo el puño en son de guerra, buscando una aprobación de Zenin que no encuentra. Todos fantasean en voz alta con las pruebas e Itadori no tarda en sobrepasarlos repleto de una energía sin domesticar.
Parece un día cualquiera.
Hace buen tiempo. Cruzan el arco de madera y los altos muros de hormigón de las instalaciones de la Escuela de Hechicería empequeñecen detrás suya a la proporción de una maqueta transportable. El sol araña el techo de la floresta y filtra guiños de luz entre las hojas del bosque. Le calientan las facciones a tramos. Huele a madera mojada y a lodazal, y él trata de que la respuesta de Itadori cale dentro de los huesos, deseando que actúe de bálsamo.
Las supersticiones consideran que volver de entre los muertos produce secuelas. Lesiones intangibles. Es una magia arcaica que carece de nombre, el ser humano solo ha tanteado los bordes de su forma como para controlarla y denominarla, es normal que no esté del todo recuperado. Sin embargo, algo le dice que hay más.
Que es otro motivo el que lo tiene así.
Megumi lo observa de refilón pelearse con una rama que se ha cruzado en su camino y se le contrae el corazón, esperando que Itadori quiera sincerarse con él para ofrecerle todo lo que no se atreve a darle sin un pretexto de por medio.
