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Language:
Español
Stats:
Published:
2021-01-06
Completed:
2022-04-15
Words:
30,225
Chapters:
8/8
Comments:
15
Kudos:
89
Bookmarks:
10
Hits:
1,866

Limerencia

Summary:

La belleza del Santo de Piscis era digna de su atención, él era una marioneta que deseaba poseer y conservar, sin importar qué.

 

 

 

 

✓Saint Seiya es propiedad de Masami Kurumada y Shiori Teshigori.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text


i. Rosa venenosa.

La mirada azul fue en picada hasta llegar al desconcertado hombre de surplice negra, cuyo pecho albergaba una de sus rosas sangrientas, no pasó mucho tiempo para que los labios del espectro se cubrieran de líquido carmesí en señal de haber sido vencido.

Y ante la presencia de su compañero de armas, Shion, cayó, no sin antes darle un efímero vistazo a la mirada grisácea llena de cólera que su enemigo poseía al verse derrotado, tal furia resaltó aún más con los pétalos rojizos que se contoneaban en el aire.

«¿Sabes? Durante toda mi vida estuve rodeado de estás rosas venenosas, pero por primera vez en mi vida las encuentro hermosas...»

°°°

Abrió los ojos de golpe, dando una gran bocanada de aire en el proceso, su lampiño pecho subía y bajaba con notable agitación, como si quisiera recuperar oxígeno.

Se quedó quieto, vislumbrando el techo de madera y, aún anonadado, se reincorporó en el mullido colchón, la sensación de ahogo le invadió de nuevo a la par de un ligero dolor de cabeza, tensó la mandíbula al momento de llevar una de sus manos a esta, queriendo apaciguar la jaqueca con ello.

Desconcertado y con mirada recelosa exploró el lugar donde estaba, dándose cuenta, segundos después, de que era su cabaña. Arqueó una de sus cejas y con parsimonia se dispuso a salir de la cama, al hacerlo sintió un ligero pinchazo en sus piernas, tambaleó, parecía que no se había movido en un buen tiempo. 

Intentó rememorar lo sucedido ese día, pero lo último que su mente alcanzaba a palpar era su batalla contra aquel espectro de cabellera blanca, la cual culminó con su victoria y, por desgracia, con su muerte, por lo tanto en esos momentos debería de estar pagando una condena en el Inframundo, en Cocito, o dónde sea que fuese a parar su alma trás partir del plano terrenal dónde ahora estaba. No lo entendía.

Decidió fijar su vista en la ventana que daba hacía las rojizas flores que acaparaban los alrededores de su hogar, mordió su labio inferior para luego dejar escapar un suspiro pesado de su boca.

Una vez más, quiso hallar una explicación, sin embargo, sus recuerdos no pasaban de aquel albino, fue ahí cuando, por inercia, fijó su mirada en la Cloth dorada que yacía a su lado.

Y, como si estuviera programado en su cerebro, se la colocó para luego salir, esperando con ello encontrar explicaciones, obviamente prescindiendo de los espasmos que su cuerpo tenía.

°°°


—Pero, eso es imposible...—la voz ligeramente agitada del Santo de Piscis llenó la habitación del pontífice, se removió en su lugar, tentado a ponerse de pie por lo escuchado, pero antes de que fuese a indagar o reprochar el mayor habló.

—Creí que ya habías aceptado todo esto, Albafica—dijo al levantarse de su asiento y poniéndose frente al mencionado, haciendo un ademán para que dejara esa posición y se pusiera de pie, cosa que el muchacho acató. Ambos cruzaron miradas—. La guerra santa terminó, Athena logró que Hades cediera a sus condiciones—cerró los ojos un par de segundos, intentando encontrar las palabras adecuadas para que el guerrero no se alterara. Al parecer este tenía una laguna mental y en su mirada afligida se veía la duda—, gracias a eso volviste a la vida, Athena no podía dejar a sus caballeros.

Albafica más calmado relajó sus facciones al momento de desviar la mirada. Nada de lo que Sage decía le parecía verdad, era tan... inverosímil. Después de haber salido de su cabaña optó por ir con el Patriarca quién, ante sus dudas, le comenzó a relatar lo sucedido después de su sacrificio, según lo dicho, la Diosa a la que protegía y el rey del Inframundo hicieron un convenio, tal pareciera el derrochamiento de sangre era algo que ambos bandos ya no toleraban, dejando al Santuario y a sus guerreros tranquilos, cosa que pareció ser igual con los espectros.

No tenía sentido alguno. Aunque el joven Alone haya usurpado el lugar de Hades, no podía imaginar semejante cosa. Y el no recordar nada, de las semanas anteriores a esa, empeoraba las cosas.

—Me disculpo por mi impertinencia—masculló trás redirigir su atención al mayor—. Pero, ¿enserio cree que algo así este bien? Estamos hablando de Hades, él ha estado luchando desde la era mitológica en contra de Athena...—frunció el ceño, estaba escéptico, aceptar lo expuesto era casi comparable con que un león dejara de comer carne. Dudaba que sus compañeros de armas estuvieran bien con ello.

Sage sonrió tenuemente, no se sorprendía de que el protector del doceavo templo estuviera arisco, pero estaba decidido a apaciguar su molestia.

—Nadie en el Santuario ha bajado la guardia—informó mientras intentaba colocar su mano derecha en el hombro del de cabellera celeste con el fin de reconfortarlo, pero como era de esperarse, el otro evitó el contacto, aunque eso no quitaba el hecho de que estuviera agradecido con el gesto. Albafica dejó de tensar los músculos—. Estamos haciendo esto por Athena, confiemos en ella, como siempre lo hemos hecho. Y si algo llegase a suceder, estaremos listos.

El joven asintió a duras penas, aunque le resultara sospechoso todo aquello no iba a ir en contra de lo que su Diosa quería, después de todo, ella no deseaba más guerra, sería inapropiado aquejarla. Sus cejas se curvaron hacía abajo y sonrió de manera apacible, algo casi imperceptible. Sage imitó aquello.

—De acuerdo...

°°°


Recogió una de las tantas rosas que había a su alrededor, la observó por varios minutos con detalle, tocando con delicadeza los suaves pétalos y aspirando su aroma cada tanto, la fresca esencia lo relajó mas no duró mucho, pues las palabras del Patriarca volvieron a hacer eco en su cabeza, no pudo evitar sentirse engorroso, incluso fuera de lugar, agachó la mirada para vislumbrar mejor su arma carmín, notando con ello cómo sus dedos hacían un esfuerzo por recuperar su movilidad natural, aún estaba entumecido, era como si apenas hubiera salido del monte Yomotsu y eso no concordaba con lo explicado por el pontífice, «La Guerra Santa acabó hace más de un año, Albafica» quizás estaba siendo demasiado quisquilloso.

Suspiró, el cese a la guerra era algo que apreciaba y el saber que todas las bajas ocurridas durante la misma regresaron a la vida le calmaba de igual forma, pero en su caso era un gusto momentáneo, contraproducente más bien. Cuando perdió la vida en batalla la soledad se disipó junto a su sangre, dándole una sensación satisfactoria, al ser resucitado por su Diosa, aquello regresó cual maleza a un campo abandonado.

Los demás, en cambio, seguirían con lo suyo, dejándolo a él de nuevo confinado junto a sus rosas... negó, no debía pensar en ello, hacerlo era una falta de respeto hacía Athena, después de todo su Diosa le dió otra oportunidad de vivir, pese a que fuese complicado en su caso.
Cerró los ojos al juguetear con el tallo de su fiel compañera, moviendola entre sus dedos con el fin de rehabilitar su movilidad.

Intentó olvidar el asunto y el sonar estrepitoso de una campana retumbando por todo el lugar le ayudó. Las aves que rodeaban su casa zodiacal salieron de las copas de los árboles asustadas, cual preludio a una catástrofe y, sin tener tiempo de cuestionarse el porqué se escuchaba tan cerca esa cosa, sintió un cosmo que le hizo sentir un leve escalofrío en su espina dorsal, parecido a cuando las manos tienen contacto con hielo en un día de calor.

—Pareces tenso, Albafica de Piscis.

Abrió los ojos con sorpresa al escuchar esa voz detrás suyo, sus piernas le hicieron levantarse de la roca que le hizo de asiento y sin dignarse a voltear a ver al recién llegado, lanzó una aromática flor en dirección a éste, fue mera inercia.

—¿Qué hace un espectro como tú en este sitio?—atinó a decir de manera hostil mientras se preparaba para dar otro ataque con sus tóxicas armas, quiso verse desafiante, cosa que no ocurrió dada a su condición actual de paciente recién salido del coma.

El otro rió entre dientes y a consecuencia el pisciano chasqueó la lengua.

—Ah, ah—negó con la cabeza a la par de esquivar la rosa con un simple ademán, como si de espantar a un mosquito se tratase—, ¿qué tu madre no te enseñó a saludar, caballero?

El pisciano arrugó la nariz.

—¿Acaso está ofendido, señor Minos de Grifo?—curvó sus labios en son de burla, su rosa seguía apuntando al pecho de su indeseable invitado. No se inmuto, pese a que verlo en su campo era algo chocante.

La sonrisa ladina del mencionado sobresalió del oscuro casco ante lo dicho «Que reacción tan curiosa» pensó al momento de mover sus dedos, dando a relucir con ello un puñado de finos hilos que se contonearon cual serpientes esperando atacar, Albafica ante aquello quiso retroceder, sin embargo, el juez fue más rápido y aferró el filamento a su cuerpo de manera tosca, tal como en su primer encuentro.

—Creí que serías más educado, que decepción—suspiró al hacer presión con su técnica, mientras sus iris grises se entretenían con las expresiones que el otro hacía.

Los labios de Albafica se torcieron con notable desagrado y su entrecejo se unió en una mezcla de molestia y dolor por el repentino ataque del espectro, quién, aparte de capturarlo, se había deshecho de las rosas que le rodeaban, al parecer la estrella del griffon había tomado sus medidas antes de llegar ahí.

Guardó silencio, ni siquiera el rozar de los filosos hilos contra su nívea piel le sacaron algún quejido, extrañamente tal situación le hizo recordar lo sucedido durante la guerra, haciendo que su ceño se enterrara más. El juez no perdió tiempo e hizo más presión conforme avanzaba hacía él, divirtiéndose por la arisca bienvenida. Sus ojos continuaron fijos en el rostro de Albafica, confirmando así lo que ya había pensado; «Es un caballero muy hermoso», ni el semblante lleno de hastío o repelús hacía su persona mancillaban esa belleza.

Volvió a mover sus dedos, logrando con ello que su técnica cubriera con más fuerza las extremidades del de cabellos celestes, suspiró decepcionado al no oír gemidos de dolor, era de esperarse. Resopló al ladear su cabeza.

—En fin—habló de nuevo al posarse frente al otro a tal punto de solo tener un par de centímetros de espacio entre ambos—, podría terminar con esto de una vez, romperte el cuello o hacerte parte de mi colección de marionetas, sin embargo—hizo una pequeña pausa, sin dejar de deleitarse con los rasgos delicados de su presa, ligeras gotas carmesí resbalan por la piel expuesta de éste a consecuencia de su ataque—, no estoy aquí para darme ese tipo de lujos—concluyó al liberarlo, pero continuando firme en su lugar.

Albafica formó un puño, no se quejó de las heridas, eran algo superficiales después de todo. Había intentado liberarse, no obstante, su cuerpo entumecido se lo impidió. Aún con postura y expresión imperturbable se dedicó a ver a su agresor que, contrario a él, parecía gozar lo que sucedía, enarcó una ceja, no le sorprendía su actitud, pero era obvio que estaba algo desconcertado por la presencia del espectro, no creyó que fuese a volver a verlo.

—Lo repetiré una vez más—anunció al rodearse de la esencia de sus rosas—. ¿Qué haces aquí? ¿Acaso piensas atacar al Santuario?

El juez entrecerró los ojos, la actitud arisca del santo dorado seguía igual. Ensanchó su sonrisa, dando a notar su blanca dentadura.

—En lo absoluto—respondió con voz trémula—. Al contrario, vengo de ver a ese desagradable humano—el hastío era palpable, no iba a decir nada más, pero al notar que el otro no entendía, prosiguió—; al que hacen llamar Patriarca, mi señor Hades me dió la labor de frecuentar el santuario, algo deplorable en lo que a mí respecta—explicó sin darle mucha importancia.

El joven pisciano entornó los ojos por la forma en la que se dirigía al pontífice, lo escuchado no le convencía en lo absoluto, algo dentro suyo le deba mala espina, aunque el que Minos no lo asesinara teniendo la oportunidad fue significativo, considerando su naturaleza grotesca.

—¿Frecuentar? Tengo entendido que el acuerdo indicaba que los espectros no podían estar aquí y viceversa. Además—afiló la mirada, haciendo que su lunar resaltará entre el azul de sus ojos y cabello, Minos divisó aquello encantado—, siendo tú, podrías mandar a alguien de menor rango, ¿o no?

—Porsupuesto, pude haber mandado a uno mis inútiles lacayos, pero yo no contradigo las órdenes de mi señor—se inclinó ligeramente para dejar su rostro cerca del contrario, sin interesarle el hecho de que éste estaba rodeado de flores ponzoñosas—, aparte... Hay una razón por la que esto no me resulta una perdida de tiempo total y esa razón eres tú, Albafica de Piscis—comentó, notando un deje de estupor en el groenlandés—, quería reencontrarme contigo, con aquel mísero santo dorado que acabó con mi vida...—cada palabra salió con tono áspero, seco y duro, recordar esa humillación era un dolor de cabeza que hacía mella en su ego, sin embargo, su rostro hizo un esfuerzo sobrehumano para evitar que tal molestia saliera a flote, solo una de sus cejas alcanzó a temblar esporádicamente.

Si bien lo dicho era algo inquietante, el caballero Ateniense optó por no alterarse. El de cabello blanco era rencoroso, una cualidad algo enervante, pero no lo culpaba, si los resultados hubieran sido diferentes él también buscaría una revancha.

—Entonces solo has venido a vengarte—fue más una afirmación que una pregunta.

—Que listo—rodó los ojos para luego soltar un bufido—, sería maravilloso poder hacerte pagar por tu osadía, Piscis, pero por desgracia el acuerdo específica que ningún espectro puede atentar contra el Santuario o sus caballeros, una lastima—se separó, notando una vez más las cortadas que le causó a Albafica, se encogió de hombros, mientras recorría con la mirada el extenso campo de rosas, dando al final con una cabaña y una roca, con algo escrito, delante—. Realmente es una pena que no pueda hacerte una de mis marionetas, posees una belleza inigualable—cambió de tema con fingida decepción, mientras movía sus dedos de nuevo, como sin con ello pudiera guiar el cuerpo del muchacho hacía él.

—Que halagador de tu parte, Minos, sin embargo, ¡en tu vida vuelvas a llamarme de esa manera!—apretó los dientes trás oírlo y, por mero instinto, una de sus rosas salió disparada, atinando en el casco que terminó en el suelo, dejando expuesto el rostro del noruego. Fue, obviamente, una advertencia, era sabido que ese tipo de adjetivos le hacían enervar la sangre y el juez ya había tenido el descaro de decirlo varias veces—. Si ya terminaste tus asuntos en el Santuario, lo más apropiado es que te marches—sugirió, queriendo evitar algún confrontamiento, ya no necesitaba indagar más, la presencia del albino era algo con lo que no deseaba tratar.

El juez sonrió ante la reacción del pisciano, no le importó el inofensivo ataque, pues las iris azules de Albafica al momento de aquello le mostraron la misma determinación que tuvieron en su último encuentro, recordándole la razón de porqué quería verlo de nuevo y el porqué el afán de poseerlo. Era un caballero interesante, al igual que su campo de flores, hermoso pero altamente peligroso. Algo que valía la pena conservar.

—Mal inicio, supongo—dijo al encaminarse hacía su casco y tomarlo entre sus manos, para luego posar su mirada grisácea en los brazos del otro, recorriendo su extensión de manera lenta, hasta llegar a su cuello y luego a su rostro, el cual fue ocultado por unos cuantos mechones de cabello que se ondeaban a causa de la brisa fresca, dándole una bella imagen que le hizo rememorar el día en que llegó al Santuario para enfrentarlo—. Fascinante...