Chapter Text
─¡Fiesta en casa de Vegetta!─ gritó, un muy eufórico, Fargan.
─¡Fiesta en casa de Vegetta!─ repitieron los demás, a coro.
─¿Qué? ¡No!─ por más que reclamó sus compañeros hicieron caso omiso a sus palabras.
Siempre que terminaban alguna misión especial pasaba lo mismo. Ya estaba harto. Si, al menos, fueran considerados y lo ayudaran a limpiar el desastre que dejaban, pero, no, no lo hacían y eso ya lo tenía cansado.
Quiso volver a reclamar, pero ya todos iban en su chocobos, volando por encima de la muralla que rodeaba su mansión y colándose así en sus dominios. Tenía que mejorar, con urgencia, la seguridad de su casa. Este tipo de cosas no podían seguir repitiéndose.
Con parsimonia, resignándose al hecho de, en unas horas, tener que reparar todos los hoyos que las posibles explosiones provocadas por sus amigos dejaran en su terreno, caminó hasta donde su querido Nube le esperaba. Justo iba a montarse en él cuando una silueta a su lado captó su atención.
─¿Y eso que no estás en mi casa con los otros?─ interrogó, un poco ácido.
─No me apetece ver como se vuelven locos por estar en tu mansión─ respondió, encogiéndose de hombros.
─¿Rubén Doblas está dejando pasar la oportunidad de armar jaleo en mi casa? ¿En serio?─ no podía creerlo.
Volvió a encogerse de hombros, dedicándole, luego, una sonrisa de medio lado y mirándole a los ojos directamente.
Vegetta sintió el calor subir a su rostro, ¿qué estaba pasando?
Se aclaró la garganta, tratando de recuperar la compostura
─Entonces─ comenzó a decir, con la voz un poco más grave de lo que quería─ ¿No vendrás?
─¡Oh, no! Claro que voy─ se apresuró a decir─. Es sólo que no quería ir con ellos, que explotaran algo y tú terminaras cabreado conmigo─ confesó, mientras subía a su chocobo─. ¿Vamos?─ le preguntó, avanzando un poco y deteniéndose para mirarlo.
Como respuesta, agitó las riendas de su chocobo y emprendió el vuelo. Nunca lo admitiría, pero cuando Rubius se comportaba así de natural con él no sabía qué hacer o qué decir. Manejaba muy bien la situación cuando él andaba en modo coqueteo, pero se le dificultaba un montón cuando las cosas iban de esa manera. Ver al rubio ser tan directo con las sonrisas o las miradas lo dejaban sin palabras.
Al entrar a la casa encontró justo lo que esperaba ver. Su jardín tenía cuatro hoyos en diferentes ubicaciones, sus caballos estaban sueltos y sus aldeanos desaparecidos. Ya empezaba a atacarle el dolor de cabeza.
De repente, sintió como unas manos se posaban en sus hombros.
─Tranquilo, Vegetitta. Deja me encargo yo─ le susurró y, podía jurar, que su corazón había dado un brinco al tenerle tan cerca.
Rubius colocó sus manos entorno a su boca, formando un altavoz improvisado.
─¡Sigamos la fiesta en mi casa!─ gritó.
Los gritos y las explosiones cesaron al instante. Los demás chicos se aproximaron hasta donde el híbrido se encontraba.
─¡Hombre, esto es algo que no pasa todos los días!─ celebró, Willy.
─¡Joder, tío! ¿Te vas a morir o algo?─ le cuestionó, Alexby.
─No, hombre, es sólo que a veces es bueno variar. ¿No están ya cansado de siempre venir a que Vegetta cuando terminamos misiones?
Todos asintieron a sus palabras, añadiendo comentarios a favor de lo dicho por el rubio, mientras se encaminaban a su casa.
─¡Eh! Pero vamos es a la vieja, ¿ok?─ aclaró, en grito.
─¿Por qué no podemos ir a tu nueva isla flotante, puerco?─ preguntó, Auron.
─Pues porque no la he terminado, macho─ contestó, con simpleza─. En cuanto termine de construirla los invito, ¿vale?
Quedaron conformes con la respuesta, volviendo a subir a sus chocobos y dirigiéndose al lugar acordado. El enorme terreno en el aire quedó en silencio a los pocos segundos. La paz se volvía a sentir en el lugar y su dueño se sentía aliviado por ello.
Recorrió toda la zona, evaluando los daños y haciendo un cálculo de todo lo que se llevaría reparar aquello. Sí, tenía que elevar la seguridad, de eso no tenía duda.
─¿Te ayudo?─ se sobresaltó al escucharlo, había jurado que lo vio irse junto a los demás, ¿no se suponía que ahora la fiesta era en su casa?─ Sé lo que piensas─ dijo, al ver la confusión en su rostro─. Les dije que fueran a esa casa porque no tengo nada que perder ahí─ confesó, relajado─. Todas las cosas importantes están en los baúles de debajo de tu casa y Nieves y Lely, junto con mis mascotas, están en nuestro bunker.
─¡Vaya! Ya veo─ comentó─ Pero, ¿no quieres seguir de fiesta con ellos? Ya no tienes que preocuparte de que me exploten algo y me moleste contigo─ agregó, con una pequeña risa.
Rubius se sentó en uno de los paneles de cristal que hacían las veces de cerca para tener a los aldeanos dentro de sus casillas, viendo directamente a la cara a Vegetta. El pelinegro, en cambio, se encontraba de pie frente a él, jugando con un bloque de tierra que había sacado de su inventario.
─Realmente no, De Luque─ su voz sonaba muy dulce. Vegetta cerró los ojos con suavidad para perderse en ella─. Vine porque se trataba de tu casa y quería ayudarte en cualquier cosa que necesitaras. Sé del desastre que dejan los demás y sé lo mucho que te cuesta arreglar todo.
─¡Jo, macho!─ susurró─. Muchas gracias.
Se sentía tonto y no en el mal sentido. A él siempre le había gustado ser quien llevara el control, le gustaba coquetear y dejar a la otra persona ruborizada y sin palabras. Saber que lo que decía o hacía ponía al contrario todo embobado le gustaba. Sin embargo, no contaba con que se sentiría así al ser él el sonrojado, al ser él quien tuviera el corazón latiendo a mil por segundo y con la voz temblando cuando decía algo.
Tenía muchas cosas que hacer, pero por esta vez las dejó de lado para seguir disfrutando de la sensación que le provocaba el menor en ese momento. Se sentó a su lado, jugando todavía con la tierra en sus manos.
─¿No vamos a arreglar tu casa?─ preguntó, sorprendido, inclinando la cabeza hacia un lado y con sus orejas alzadas.
─Nah─ le restó importancia con un gesto─, podemos arreglarlo después─ dijo en un susurro, apoyando su cabeza en el hombro del medio oso, tomándolo por sorpresa─. Están muy bonitas las estrellas hoy, ¿no, Doblas?─ comentó, cambiando de tema.
─S-sí, lo están─ su voz delataba que se había puesto algo nervioso.
En otro momento, Vegetta hubiese aprovechado para retomar el control de la situación, pero no quería arruinarlo. Por esta vez, sólo quería quedarse así. Si hacía algún intento de coqueteo lo único que lograría sería ponerlo más nervioso y provocar que terminara gritando para ocultar su sonrojo.
Se quedaron en silencio un largo rato, observando el firmamento y disfrutando de la compañía.
─¿Sabes?─ murmuró, Rubius, luego de unos minutos, volteando su rostro para encontrarse con el del mayor─. Se verían muchísimo mejor desde el mirador de la casa del árbol.
─Lo sé, Chiqui─ él también hablaba en voz baja, fijando, sin querer, la mirada en los labios del híbrido─, pero no quiero moverme de aquí.
¿Por qué se sentía así? No dejaba de ver los labios de Rubius sin pensar en lo dulce que debían saber, deseando probarlos en ese mismo instante.
─Vege...─ la voz de Rubius lo sacó de su ensimismamiento, concentrando su mirada en algo más que la boca del medio osos y encontrando sus mejillas completamente sonrojadas─ ¿Q-qué esperas?
─Esperar...─ repitió, embobado─ ¿Qué espero de qué?
Sus pensamientos seguían perdidos en ese bonito tono rosado que cubría el rostro del chico frente a él.
─Sabes a lo que me refiero...
Tardó un poco en captar la idea y, cuando lo hizo, una inmensa alegría invadió su pecho, causando, también, un revuelo en su estómago.
En ese momento, varias piezas calzaron en su mente, dejándole ver el panorama completo de la situación. Rubius le había estado mandando señales todo el día, pero él era demasiado cabezota como para darse cuenta.
«Es que eres tonto, Samuel. Si no eres tú el que muestra interés ni cuenta te das de lo que la persona frente a ti te está transmitiendo» ─ se reprendió, en su mente.
Tragó saliva, intentando controlar la marea de emociones que estaba sintiendo en ese instante.
Con lentitud, acercó una mano al cuello del medio oso, posándola con gentileza y atrayéndole suavemente hacia él para fusionar sus labios en un cálido beso. Rubius ladeó un poco más la cabeza, dándole acceso al de ojos violetas para aumentar un poco el ritmo.
Vegetta se sentía en el paraíso, besando al chico del que se encontraba enamorado desde hacía bastante tiempo y por el que había sufrido en silencio al creer que no le correspondería. Si moría en ese instante, lo haría como el hombre más feliz de la tierra.
