Actions

Work Header

Una vez más

Summary:

A mediados de 1943, Ochako, una enfermera que está en el frente de batalla, está dispuesta a arriesgar su vida para ayudar al prójimo, falsificando su identidad al ser menor de edad. Ahí conoce a Katsuki, un soldado raso que está defendiendo el frente.

Su amor florece pero ambos son separados bruscamente de los brazos del otro. Lamentando su perdida, ambos desean tenerse en sus brazos...

Tan solo una vez más... una vez más.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

En la lejanía se puede escuchar el golpe seco que hacen los constantes disparos, alejada por varios metros desde dónde están. Lágrimas silenciosas bajan en el rostro de la enfermera que ha perdido a su primer paciente. Era un hombre joven, de veintitantos años que la había llamado por el nombre de otra persona.

La vida de Ochako era dura siendo una inmigrante establecida en Rusia. Su familia se había mudado allí hace ya muchos años, mucho antes que ella naciera, de hecho y tenían una reputación acomodada. Tenían su propio restorán de comida japonesa en Moscú. Ochako se suponía debía seguir aquella herencia Japonesa.

Pero sinceramente, Ochako había nacido como Sovietica y moriría así. Si bien para su familia le costaba ver la influencia negativa que tenían los japoneses en la segunda guerra mundial, para Ochako era un país más, que sencillamente, estaba "siguiéndole las de abajo a Hitler"

Ella había nacido en 1926, cuando la ciudad de Leningrado llevaba tres años llamándose así y no Petrogrado, como su familia vivió gran tiempo. Allí tenía pocos amigos, todos inmigrantes distintos y solo un amigo japonés que era de la familia de dos calles hacia el norte, con el cual se llevaba bastante bien. En 1942, la segunda guerra mundial había estallado hacía tres años y ella se moría poco a poco por la ansiedad. La Unión Soviética necesitaba enfermeras y también pilotos en el frente. Le había rogado a su padre que le diera el permiso necesario para ir a ayudar a su patria, pero él fue firme en su decisión.

"Es una guerra de la que tú no debes estar implicada. No es tu patria."

"¡Pero pertenezco a la Unión Soviética, padre!"

La respuesta fue determinada por el llanto de ella y él cerrando de un portazo. Le gustaba el ejército ruso, no había una una distinción entre hombres y mujeres, aquello era un sueño para ella.

¿No ser juzgada por ser mujer y considerada alguien débil automáticamente? Su hogar, a diferencia del resto de familias soviéticas, estaba constituido de manera muy conservadora; una madre sumisa y un padre demasiado estricto. Las niñas debían ser entrenadas para ser esposas ideales y los niños para seguir el ejemplo de sus padres; ¡Ochako no quería eso! ella quería ser libre, quería pilotar un avión... no quería casarse. Su hermano por otro lado se había salvado de ser soldado, Takeshi al menos entendía su posición.

En sus sueños al menos podría ser libre.

Un día, viendo el periódico, vio que el ejército rojo necesitaba ayuda de manera urgente. La batalla contra Alemania estaba perdiéndose y el sitiado que había en Leningrado estaba matando a casi todas las fuerzas que llegaban allí.

Ochako entendió en ese momento que debía marcharse. Tenía apenas dieciséis años en cuanto tomó algunas provisiones para su viaje, su identificación y además, dejó una emotiva carta encima de su mullida cama. No miró hacía atrás en cuanto se despidió de su familia aquella noche. Su madre sospechó de ella pero aquella despedida había sido tan hermosa, que Tanako no se quejó.

Hasta la mañana siguiente, cuando encontró la cama vacía, una carta y las pertenencias más preciadas de Ochako en un rincón.

Esa mañana, Tanako lloró como nunca antes lo había hecho y entendió que si le había dejado aquellas posesiones, era porque Ochako no tenía certeza si llegaría con vida o no.

— ¡Hey! Dmitry, ¿¡vas a la estación!? ¿podrías llevarme? Voy hacia el frente.

— Voy allá mismo, ¿irás a enlistarte?

— Sí. No sé si como piloto o como enfermera. — explicó con calma la muchacha, aunque por dentro era un manojo de nervios y pena por dejar a su madre y hermano solos.

— Creo que las enfermeras hacen más falta que los soldados. Además, tu estudiaste enfermería.

Ochako admitió que en parte, su compañero tenía razón, había estado en una escuela especializada de enfermería desde los siete años, a escondidas de sus padres, porque para ellos aquello era inaceptable.

El colarse en el ejército no fue complicado y entender los cuidados que había en el frente de batalla, tampoco lo era. El problema era vivir con la constante presión de que un solo error, como enfermera, podía costarle la vida a un hombre que defendía la patria y por consecuencia, la vida de él dependían cien personas.

La primera vez, vomitó en cuanto vio quemaduras en el rostro de un sujeto, tan mal herido que le costaba respirar. Habían atendido con suma rapidez las heridas del hombre que gritaba del dolor. Ochako usualmente se retorcía y vomitaba cuando llegaban hombres que sentía que iban a morir, pero como era novata, era enviada hacía la unidad de quemaduras para tratarlas.

Ahí conoció a un chico alto, de cabello rubio y con el rostro más malhumorado que había visto en años. Tenía las palmas quemadas casi por completo y su ascendencia era Japonesa. Se llamaba Katsuki, según vio el historial médico y se había quemado de la manera más estúpida dentro del frente; con agua hirviendo. Sus palmas estaban al rojo vivo y no eran capaz de sostener nada.

Pero ahí el estaba intentando cerrar el puño para golpear a uno de sus compañeros que accidentalmente lo había empujado.

—No se están metiendo con él solo porque es japonés, ¿verdad? — preguntó Ochako de manera muy incriminatoria, cosa que sus compañeros negaron.

—Tenemos ascendencia japonesa también. El problema fue que me tropecé. — se excusó el pelirrojo muy arrepentido.

—¡Me duelen estas putas manos! ¿Tienes alguna mierda que me pueda ayudar, malditas mejillas redondas?

Ochako frunció el ceño. ¿Quién se creía él para venir a hablarle de aquella manera? Tomó suavemente la mano de él y le apretó el anular que no tenía herido.

— Señor Katsuki, le pediré amablemente que se abstenga de maldecirme en ni una ocasión porque yo soy la enfermera designada a su quemadura. Si usted sigue comportandose así, no lo curaré y pasaré con otro paciente que de verdad necesite la atención, porque si tiene energía para gritarme, la tendrá para que sus manos se curen solas. — y ahí, con la sonrisa más grande que podía darle, le soltó el dedo.

Y él, se quedó en silencio mientras ella comenzaba a curar la herida. El pelirrojo volvió a ser enviado a su misión diaria. Estuvo cerca de media hora en un profundo silencio mientras limpiaba con todo el detalle la ampolla para evitar hacerle más daño.

—¿Cuál es tu nombre?

—¿Disculpe?

—Debes tener un nombre. Tienes agallas para hablarme así.

"¿Y este quien demonios se cree que es?" se preguntó la muchacha frunciendo el ceño.

—Mi nombre es Ochako.

—Genial, mejillas. Gracias por curarme.

—Espere, ¡tiene que volver mañana a esta misma hora!

—Oye, ¿qué edad tienes? —preguntó él con curiosidad.

—Diec- Diecinueve. — se corrigió la muchacha. Eso figuraba en sus papeles falsos para poder entrar. — ¿Que edad tienes tú?

—Veintiuno.

Ochako iba a contestar cuando de pronto escuchó la voz de su superiora.

—¡Uraraka, ven acá!

—V-Voy. — gritó, agarrando su gorro mientras corría a recibir al próximo hombre con quemaduras.

Los días pasaron y pronto ambos se vieron compartiendo por al menos, media hora de cada día debido a la herida que aún tenía en sus manos. Poco a poco comenzaron a hablar más y descubrió muchas cosas interesantes de aquel hombre. Cuando por fin había curado al muchacho, descubrió con horror que no lo vería otros días porque ya no existía una excusa.

Era una lástima, se había encariñado de él.

Ya no lo había visto por dos días y sinceramente, extrañaba su malhumor constante. Y entonces, pasó lo horrible. Las enfermeras habían sido llamadas a los gritos.

El miedo se apoderó de cada fibra de su ser ante la imagen que estaba presenciando. Una chica a su lado soltó un chillido horrorizado y la jefa de las enfermeras le soltó un solo grito a modo de advertencia; "cállate de una vez". Ochako se tragó sus miedos y afrontó las consecuencias de su actuar irresponsable de ingresar a una guerra cuando era muy pequeña en edad.

Un hombre de aproximadamente veintidós o veintitrés años venía ingresando con un shock hipovalémico causado por una hemorragia en el brazo izquierdo... lo que quedaba del brazo izquierdo,. Era un hombre muy pecoso y muy delgado. Los soldados lo habían traído en una improvisada camilla.

Venía del frente.

Tragándose sus miedos, se colocó con mucha rapidez la mascarilla y los guantes médicos mientras corría junto a sus compañeras. Entre Ochako y su compañera, Aleksandra, subieron el cuerpo a la camilla esterilizada con anterioridad.

Las instrucciones fueron claras para la muchacha, pero por un segundo olvidó todo. Se había bajado de la camilla de un salto pero escuchó la voz del hombre moribundo, implorando atención.

—¿Nastía? ¿Anastasia? — él la tomó del brazo, manchándolo de sangre, con la voz desgastada, implorando una atención que Ochako no podía darle. Se paralizó en su lugar mientras sentía las lágrimas a punto de estallar en sus ojos. Ese hombre la estaba confundiendo.

—¡Uraraka, haz lo que te pedí! — gritó su superiora.

—Y-yo... ¡Perdón, ahora voy! —se deshizo del agarre mientras corría hacia las gasas estériles, abría un paquete y presionaba de manera inútil en el brazo. Sus manos no tardaron en mancharse por completo de sangre.

El panorama no era agradable, el sujeto, probablemente no sobreviviría pero había que intentar todo lo humanamente posible. Ella estaba nerviosa mientras hacía un torniquete improvisado con el fin de que dejara de sangrar, mientras las enfermeras a su lado intentaban -sin mucho éxito- quitar las balas en la pierna del hombre.

—Nastía... mírame. —Ochako le miró con duda, ¿debía fingir ser ella? Le miró y asintió, el hombre tomó su mano. Abrió los labios y con dulzura y delicadeza, recitó un; — Рад тебя видеть, дочка. — "me alegro de verte, hija" eso golpearía y atormentaría su cabeza durante muchos, muchos días. Sus lágrimas no tardaron en aflorar y apretó la mano ajena, pensando en sus padres, en qué estarían sintiendo en ese momento. El hombre cerró los ojos, y su mano cayó sin fuerza. Apresuró la mano hacia el cuello de él, y tomó el pulso.

Soltó un grito, alertando a las enfermeras.

—Su pulso está bajando. ¡Va descendiendo muy rápido! —expectantes, las enfermeras se miraron entre sí. —¡su pulso! ¡ya no... ya no tiene pulso...! —su voz se cortó a media frase.

La enfermera en jefe soltó un profundo suspiro, mientras veía la hora.

—Hora de deceso, 10:37. Es una pena, pobre hombre...

Ella se quedó ahí, hecha un mar de lágrimas con una mano por sobre la mascarilla. Sentía demasiada pena, pero no le dio ni un minuto para llorar en cuanto ingresó otro hombre, desmayado.

Después de todo, era el primero de muchos hombres que Ochako vería morir en esa infame guerra.

Cuando su jornada terminó, por fin pudo deshacerse a llorar en un lugar alejado del campamento. Secó sus lágrimas como pudo e intentó que el dolor que llevaba en su pecho no fuera más allá, pero el llanto cada vez se iba intensificando aún más.

Katsuki no tardó en aparecer mientras caminaba hacia su tienda. Él trotó hacia ella y le preguntó que sucedía, y al no ver respuesta, se sentó a su lado y la abrazó.

Ella lloró largo rato, cansada, agotada tanto física como mentalmente. Enjugó sus lágrimas varias veces, pensando que quizás la solución estaba en retirarse y vivir tranquila... pero vivir. Su familia estaba bien, Moscú no había sido invadida.

— ¿Mejillas? ¿qué pasó? —preguntó él entonces, mientras acariciaba el cabello de ella.

— Hoy un paciente falleció. Yo... fue horrible. No esperé... no... jamás pensé que pasaría eso. — susurró con tanto dolor en su voz. — es decir, sí, esperaba que falleciera más de un paciente pero... él me confundió con otra persona, con su hija. ¿Cómo podía decir que no era cierto? Katsuki...

Él no respondió, pero se quedó ahí, para confortarla lo máximo posible. Al final de cuenta, ambos tenían una excelente química y se llevaban bien. Al final, conversaron largo rato hasta que ella por fin había olvidado el tema.

La noche dio paso a un hermoso cielo estrellado. Realmente era el paisaje favorito de Ochako, aquel manto firme de estrellas, que podía hacer mil promesas a la joven enfermera.

En la inmensidad de la noche, compartieron su primer beso. Fue lento y largo, lleno de magia para ambos. Ella por fin había olvidado lo que había sucedido en la tarde, por al menos, una fracción de segundo. Y él por fin había olvidado la constante sensación de malestar que lo llevaba en su vida.

Ambos se despidieron cuando eran ya casi las tres de la madrugada y ella se fue a su carpa y él a sus instalaciones.

Para Katsuki por su parte, había sido difícil crecer. Tuvo una infancia dura, llena de hambre, siendo huérfano desde que tenía memoría, había vivido en las calles de Leningrado. Conseguir el pan era realmente complicado y de hecho, aprendió a como vivir los fríos inviernos al lado del Neva con las cosas que tenía a su alcance. Era malhumorado, violento y lo habían llamado en más de una ocasión, rata, solo porque buscaba qué comer. Una familia siempre se terminaba apiadando de él y le daba de comer, comida fría y dura, pero algo que lo nutría, al menos.

Cuando estalló la segunda guerra mundial, Katsuki fue enlistado casi de inmediato al ser prácticamente un indigente, ¿qué podía perder? tendría comida gratis, uniforme gratis, y un camastro gratis. ¿Quien lo iba a extrañar en ese caso? nadie, él era alguien fácil de olvidar, de hecho, no tenía familia.

Pero ahora era algo más allá, más complicado. La había conocido a ella y realmente le gustaba. Sentía una increíble necesidad de tenerla a su lado por el resto de la eternidad, de ser posible.

Él la amaba. Llevaban conociéndose meses ya.

Y ese beso, de alguna manera, lo cambió todo.

Comenzaron a compartir más entre ambos. Ser más íntimos, comenzaron a pasar noches juntos, lejos de las miradas de todos, reían, comían, se besaban, eran algo.

Por fin, Katsuki era alguien para una persona.

Para Ochako fue vivir como en un pequeño oasis dentro de aquella infame guerra. Eran mediados de 1943 y la situación en las trincheras de Leningrado estaban cada día más precarias y a ambos les preocupaba el asunto. No sabían como terminaría la guerra, si vivirían para ese entonces, si ambos podrían salir ilesos...

Nadie sabía a ciencia exacta y ambos vivían como si fuera el ultimo día de sus vidas.

Un día, Ochako estaba terminando sus labores en la enfermería cuando de pronto entró un pelotón gritando y pudo ver una cabeza rubia entre aquel montón, descubriendo con horror, que Bakugo había sido herido de gravedad en la pierna. Corrió y sacó fuerza que jamás creyó que tenía para tratar su herida con extrema rápidez.

—No dejaré que te mueras, no dejaré que te mueras... no te dejaré que te mueras. — susurró con tanta fuerza que asustó a una de sus compañeras. Él venía muy herido.

—¡quitenle las malditas balas de la pierna! — chilló histérica, mientras tanteaba la herida del brazo.

Tras una larga jornada donde ella durmió a su lado, él pudo salir bien.

Y Katsuki no pudo dormir bien sabiendo que si él moría, su amada novia, podría preocuparse por él.

—Oh Dios, estás bien. — susurró Ochako despertándose, abrazándolo con fuerza. — tuvimos... tuvimos que amputarte dos dedos del pie que no tuvieron salvación, y una parte de tu meñique. Por el resto, estás bien...

—Lo siento por preocuparte... me alcanzó.

Él intentó no ser muy gráfico pero ella solo quiso abrazarlo y no apartarse de él.

Sus heridas sanaron en poco tiempo por el sobrecuidado que ejercía Ochako con él. Pronto se descubrió a él mismo, prometiéndole que cuando salieran de la guerra, se casarían.

"Pero no tengo nada que ofrecerle" dijo Katsuki para si mismo.

Pero ella se veía tan feliz, aceptando aquello. En la pequeña carpa privada que existía para él, estaban ambos, entregándose el completo amor que se tenían.

Ella, gimiendo su nombre con dulzura en su oído, prometiendo amarlo por el resto de su vida. Él, prometiendole que siempre la iría a buscar donde sea que estuviera.

Ambos se hicieron promesas que no pudieron cumplir.

Ochako estaba en un escritorio, entintando el papel con el que estaba escribiendo sus cartas a sus padres. Había pasado un mes desde que ella y Katsuki habían hecho tal promesa.

"Querida mamá, querido papá... no saben cuánto los extraño.

Hoy es el día cuatrocientos veintiséis que me encuentro aquí. Nunca había extrañado tanto mi hogar como ahora. Es la quinceava carta que les envío, aunque, no sé si llegan a su destino... sólo espero que sí, porque quiero que sepan que estoy bien.

Que daría por cinco segundos de paz, poder abrazarlos y brindarles el amor que no les brindé en mis quince años de vida. Lamento muchas cosas, papás, pero la principal, es que ustedes no recibieron todo el amor que merecían.

Pero, soy una de la familia Uraraka, y debo luchar por mi pueblo porque soy sovietica, a pesar si no estoy en las filas, ayudo como enfermera. Es... es terrible, mamá, no entiendo como tus hermanas pudieron hacerlo... veo tanta gente muriendo al día, hombres que me confunden con sus hijas y mujeres que pilotaban aviones agonizando. Papá, me encantaría que volviéramos a cocinar como todos los días, me encantaría abrazarte y jamás soltarte...

Extraño a mi hermana, más de lo que quiero admitir y ni decirlo de mi pequeño hermano. ¿Por qué no pude haberme quedado con ellos? No haber sido tan necia y venir aquí... aún solo soy una niña.

Lamento sólo esparramar mis pensamientos aquí, es una forma de distraerme...

Hermanos míos, les pido que se ocupen de mamá y se ocupen de papá. porque ustedes son los únicos hijos que les quedan. Nunca hagan lo yo he hecho: nunca se separen de ellos. Cómo los envidio por la felicidad que tienen que tener en su compañía.

No me arrepiento de nada; así es la vida del ser humano. Lo único que lamento es que mis ojos nunca más podrán volver a verlos a ustedes. Estoy sufriendo mucho. Antes latía en mí la esperanza de que volveríamos a encontrarnos. Pero ahora he perdido todo. Sólo una vez, si tan sólo pudiese verlos a ustedes sólo una vez más, y entonces sí, que después ocurra lo peor.

No supe proteger aquello que me dio vida, me marché sin mirar hacia atrás. Tuve demasiadas esperanzas (vanas, ahora solo quiero vivir para estar con ustedes, para que entiendan al hombre del que me enamoré) respecto del futuro como para comprender que estaba abandonando una felicidad que ya nunca más encontraré.

Espero que nos volvamos a ver, pero ahora he perdido toda esperanza de que así sea. Una vez, sólo una vez poder verlos de nuevo, y luego que ocurra lo peor.

Realmente lamento muchas cosas... cada vez que pienso en ustedes, siento mi corazón hundirse. Las enfermeras dicen que estoy deprimida, pero, ¿cómo hago que esta sensación se vaya? Desearía que esta terrible guerra terminara hoy mismo... realmente deseo muchas cosas, algunas son egoístas, la verdad

Realmente... realmente no sé si volveré. Creo que me voy a morir aquí. Conocí a una persona maravillosa. ¡Hubiese deseado tanto conocerlo en otras circunstancias! No quiero pensar en lo mal que te sientes, mamá, no quiero pensar en que he deshonrado a mi padre... no quiero, el corazón me duele y me duele el estómago por la presión. Todo esto es mi culpa... lo lamento, mamá.

Sé que las ratas rusas/japonesas debemos sobrevivir o morir, ¡pero prometo seguir luchando para sobrevivir!

Sé que deben estar enojados conmigo, pero... lo lamento, de verdad, lo lamento. Sólo deseo que ustedes sean felices, para siempre, y que todos sus deseos sean cumplidos.
No tengo mucho más tiempo... les escribiré una carta en cuanto tengo un poco más de tiempo.
Con todo el amor del mundo,

Uraraka Ochako.

Sin embargo, aquella fue la última carta que fue encontrada de ella.

Aquella mañana Katsuki se levantó con un presentimiento que no podía explicar bien. Encontró la pila de cartas escritas en la pequeña mesita que había en su carpa y la vio sentada en su cama, mareada.

— ¿Te encuentras bien? — preguntó él.

— Sí, solo... estoy algo cansada y un poco mareada.

Él la entendió y dijo que tenía que ir a la trinchera. Ella asintió, le deseó suerte, le susurró lo mucho que lo amaba, lo besó y le sonrió, diciéndole que lo estaría esperando.

Esa fue la última vez que la vio, recuerda Katsuki.

Cuando volvió al lugar, no habían rastros de Ochako. Buscó en la enfermería, e incluso en los pabellones de cirugía, pero nada. No había rastro de ella.

Pensó que tal vez, había sido destinada a otro lugar, pero cuando consulto a sus superiores, se dio cuenta de la horrible verdad.

"Teníamos a un espía alemán, no sabíamos bien quien era, hasta ahora su identidad obviamente es falsa. Hoy secuestró a dos enfermeras para llevárselas. Una de ellas, era Ochako y la otra era Aleksandra."

Él sintió arder una furia incontrolable. Le habían quitado al amor de su vida, la unica persona que lograba sacarlo de la profunda soledad en la que vivía.

— ¡Dígame donde se encuentra la trinchera enemiga donde se la llevaron! yo mismo voy a despellejar a ese maldito hijo de puta para que las devuelvan!

El general miró a Katsuki y soltó un profundo suspiro.

—Serás enviado a Leningrado, a la trinchera y pasarás por El camino de la Vida. Y Katsuki... es lamentable lo que le sucedió a Ochako, era una de nuestras mejores enfermeras... pero cuando las secuestran...

Miró el montón de papeles de su escritorios y lanzó un profundo suspiro.

—Jamás vuelven con vida.

Bakugou finalmente perdió todo lo que tenía en esta vida.

¿Está mal pedir sesenta segundos más de vida?

Siente la piel ardiendo, y un dolor tan intenso en el cuerpo que le es difícil responder a los gritos que le estaban propiciando los oficiales nazis frente a ella. En su espalda desnuda se nota la gran cantidad de heridas que existen en su enrojecida piel. Le dan un latigazo en la espalda, seguido de un fuerte golpe con un palo, pero ella no posee las fuerzas necesarias para levantarse. Tose en repetidas ocasiones y con un esfuerzo increíble más las piernas y brazos temblorosos, logra colocarse de pie evitando ser golpeada nuevamente. .

Uno de sus pies -ya no logra distinguir cual es- está fracturado; uno de los médicos en el campo de concentración estaba haciendo experimentos en ella, una joven judía a su lado, y una madre en gestación. Ya ni siquiera recordaba cuánto llevaba ahí, pero esos días eran interminables. El dolor de su pie era tan intenso, que a veces, gracias a una suerte de gracia, lograba caer en la inconsciencia.

Fue a su rincón, al lado de Danna, la cual estaba meciéndose traumatizada. Sabía que su reciente amiga había sido operada y ahora presenta hemorragias vaginales, así que está preocupada por ella. Ve a Gabriel, uno de los guardias nazis del que pudo aprenderse el nombre, yendo hacia ella con una taza de café -que realmente, no sabía a café-, un pedazo de pan duro. Ochako entendió que eso significaba que era de mañana y que la necesitaban viva aún para poder ver los resultados de sus experimentos. Miró a Danna, la cual no tenía comida y partió el pan y dividió la taza del supuesto café en dos, para que ella pudiera comer igual. Danna se lo agradeció en silencio con solo dos señas de las manos; sabía por Leticia, la chica que estaba embarazada, que le habían removido las cuerdas vocales a la muchacha y ahora ya no podía hablar, probablemente por la inflamación, o porque ya no tenía razones para hablar.

Come un poco y tras un par de minutos, Ochako entendía que nuevamente sería objeto de experimento. Entiende perfectamente que volverá a sufrir pero no quiere levantarse, más si no lo hace, será golpeada. Se coloca de pie, temblorosa, con el pie doliendo tanto que no puede evitar llorar al pisar. Su piel está grisácea y llena de suciedad. Mientras caminaba, llegó hacia el espejo que hay cerca de el médico que está ahí y se nota. Su rostro está demacrado con ojeras y la piel y su cabello fue cortado porque las enfermeras nazis les incomodaba cuando la castaña convulsionaba de manera violenta en las camillas. Las manos las tiene famélicas y su estómago duele por el hambre que está sintiendo. Le daba asco mirarse. Asco y pena. Aguantó las lágrimas, y caminó hacia la camilla, sentándose en ella.

Desvía la vista y se pierde en un punto fijo, intentando que todo suceda lo más rápido posible. Ve que se acerca Gertrudis, una de las médicas que han experimentado acercarse a ella con una jeringa. Tiene el impulso de bajar de la camilla, asustada, con los ojos inyectados en nervios y miedo. Se tropezó y las lágrimas se hicieron presente en sus ojos entre el dolor y la impotencia de no poder huir.

—Sólo quiero morir, por favor, mátenme. —gritó en ruso, horrorizada mientras uno de los oficiales la sostenía violentamente de los hombros, haciéndole daño en su magullado cuerpo. No tiene fuerzas para moverse, pero está intentando con todas sus fuerzas, seguir viviendo pero ya no puede con la agonía de vivir. La jeringa tiene un líquido amarillo que no le da buena espina. Gritó tanto que su voz se cortó, entre chillidos lastimeros, la mujer sin ni un tipo de consideración enterró la aguja en el brazo. Gritó más, sintiendo como el líquido entraba en su piel, dolía demasiado y quemaba. Convulsionó con violencia y gritaba para poder librarse de las manos que tocaban su cuerpo.

Sintió sangre escurrir por su entrepierna y gritó aún más fuerte.

—Oh, está teniendo un aborto. Al parecer, el liquido de la vacuna RX1150 provoca abortos.

¿un aborto? se logró preguntar entre lágrimas y pensó en Katsuki, en su sonrisa, en sus manos callosas y ásperas, en que siempre olía picante, como la pólvora...

Por primera vez en mucho tiempo, tuvo un sueño dulce. Soñó con él, con Bakugou Le veía, reían, compartían juntos. Era algo hermoso. Su madre estaba en su sueño, abrazándola, diciéndole que la amaba. Katsuki entonces se acercaba con un pequeño bebé en brazos, mientras él decía lo mucho que la amaba.

Despertó llorando, con mucho dolor en el cuerpo. Se quedó tendida en la camilla, mientras sacaba de entre la almohada improvisada que tenía con una toalla, un colgante de corazón donde habían dos fotos. Había logrado ocultar su colgante durante todo este tiempo. Se veía una fotografía de Katsuki y una de su familia. Acarició el colgante y lloró amargamente, mientras boqueaba con cierta dificultad. Su respiración estaba acelerada probablemente por el fármaco administrado con anterioridad.

"Pero te prometo, que cuando esta guerra termine, tu y yo nos casaremos." el recuerdo le azota la mente sin ni un tipo de consideración por si misma. Y entonces, se da cuenta en la soledad de la fría enfermería del campo de concentración, que no podrá cumplir su promesa a pesar que es lo que más desea. Enjuga sus lágrimas con algo de pesar a pesar que no se detienen.

Solo desea verlo una vez más... Una vez más y que sea lo que el destino tenga escrito.

Y sucede lo peor que pudo haberle sucedido a alguien. Es levantada de la camilla por una enfermera que no se dignó a mirarla. Por pena y lástima, deja que Ochako guarde nuevamente el colgante en esa almohada. Camina lento y pausado y al parecer no la va a apurar más. La guían hacia un especie de quirófano, donde se encuentra Gertrudis, seria. Ochako se tensa por el miedo y voltea para huir pero se encuentra a un guardia, tosco, sin darle el paso. Traga en seco, mientras dos guardias la tiran a la camilla y la dejan acostada por encima.

Sin anestesias, sin seguridad y salubridad, le abren el muslo para intervenir en su músculo y los nervios para probar con qué rapidez sanan. Los gritos son escuchados en toda la enfermería, llorando, vomitando por el dolor y cayendo varias veces en la inconsciencia. A Gertrudis no le importa su seguridad, y eso ella lo sabe. Sabe mejor que nadie que esas personas no les interesaba si mataban a sus sujetos de prueba.

Despierta en el mismo quirófano un par de horas después, con tanto dolor en la incisión en su muslo, que no puede incorporarse bien. Desesperada, buscó una aguja o lo más ínfimo para suturar correctamente. Es vista por un guardia, el cual no tarda en abusar de ella. No grita, porque entiende que si lo hace, el guardia podría matarla a golpes. Aguanta el dolor y el asco mientras él termina su trabajo. Cuando el termina y deja a Ochako desnuda, él se va y ella solo vomita con asco y pena. Sabía de compañeras de ella que habían terminado peor. Muchas de ellas preferían morir a ser sujeto de experimentos de Auschwitz antes que vivir en la enfermería.

Vio a Gabriel en la puerta, y la castaña le miró con temor. Abrió los labios para atreverse a preguntar:

—¿Tú también vas a abusar de mí? — preguntó, con un hilito de voz. Él solo negó, y le entregó una manta más una aguja y seda quirúrgica.

—"Tápate. Sutura tu herida. Tengo una hermana que me recuerda a ti."— fue lo único que mencionó antes de irse.

Había sido lo más amable que le habían dicho en su estancia en Auschwitz. Tomó la aguja y enhebró el hilo para hacer el primer punto en su piel, apretando los dientes por el dolor, aguantando los gritos mientras suturaba. Ahora no solo le dolía el pie, ahora era la pierna completa. Soltó un suspiro mientras caminaba hacía la enfermería en compañía de la primera enfermera que la había llevado. Caminó hacia la habitación contigua donde estaban Leticia y Danna. La gestante no había sido quemada ni asesinada porque estaban experimentando con los gemelos que llevaba en su vientre.

—"Ochako, mi niña... creímos que no te volveríamos a ver" —dijo Leticia. Estaba tan demacrada, tan distinta a cuando la conoció. Apretó las manos de ella y le respondió con un hilito de voz:

—Estoy bien.

No platicaron mucho, pero la presencia de las tres juntas las reconfortaba del infierno que estaban viviendo. Gabriel se acercó a ella y mirando hacia todos lados, había decidido romper las reglas de la enfermería, les dio alimento real, y una porción doble para Leticia, la cual agradeció con lágrimas en los ojos. Era un pan fresco, y una taza de leche. La castaña lo agradeció infinitamente, con lágrimas en los ojos y no tardó en devorar el pan y beber la leche. Su estómago se llenó casi de inmediato, pero comió todo sin dejar un solo poco. Al final, el guardia se llevó las tazas tras enjuagarlas. Danna se veía un poco más compuesta.

—Por favor, si ustedes... si ustedes llegan a salir vivas de aquí, necesito que le den un recado a mis padres y a la persona que quiero. ¿Podrían?

—"Yo sí, tranquila. Pero vamos, esto... esto no puede durar mucho más, ¿no?"

—No lo sé... no lo sé....— repitió mientras veía todo a lo lejos.

La noche fue más difícil. Le costaba moverse por la pierna y no se sentía cómoda. Sacó el colgante y acarició con delicadeza la fotografía de Katsuki.

—Te extraño mucho...— susurró mientras cerraba los ojos. —¿cómo están papá y mamá? ¿y mis hermanos?— Siempre había considerado la opción de casarse tan lejana, pero cuando experimentó la guerra y se había enamorado de uno de los soldados, esa fue la forma de dejar de sentir tanto miedo. Ella quería que ambos vivieran lo suficiente para poder estar juntos sin riesgos a morir en el campo. —Pero... le fallé.— susurró llorando, mientras cerraba el colgante. Sólo era una jovencita de diecisiete años que añoraba seguir viviendo entre su familia y alguien a quien aprendió a amar.

Su último pensamiento esa noche, fue que las cosas podrían resolverse. Pero no esperaba que la noche se llenará de gritos y alarmas en la enfermería y no solo eso, oficiales corriendo de lado a lado, quemando todo lo que quedará como evidencia. Se despertó en cuanto Gabriel la levantó.

—"Vamos, las tropas soviéticas están llegando. Te matarán aquí si no te escondes."

—¡Leticia! Danna, por favor, llévalas contigo... sé que es mucho pedir.— pidió suplicando, mientras se levantaba e intentaba pisar. Se escuchaba ruido, demasiado. Movimientos violentos, y papeles siendo quemados. Danna y Leticia despertaron y fueron con ella, mientras avanzaban rápido. Cuando encontraron un lugar para esconderse dentro de la misma enfermería, primero pasó Leticia y luego Danna y sólo después, ella pasó lo más rápido que pudo, seguida de Gabriel, quien cerró y apagó las luces intentando que no los encontraran. Ochako miraba la luz que se alcanzaba a filtrar por lo alto de la ventana, aún era de noche.

Estaba asustada, tan aterrada que no podía moverse y mayor era su miedo porque estaba cerca de la puerta de la enfermería. Al parecer, pasaron un par de horas, y la luz había empezado a filtrarse por la ventana, denotando que el cielo estaba aclarando y tenía tantas esperanzas de lograr salir viva de ese lugar, que sólo ansiaba que el ejército soviético llegará, lo más pronto dónde se encontraban, todo le decía que si seguían así, Leticia, Danna y ella misma podrían vivir más días de su vida. Se había levantado porque las piernas le dolían demasiado pero desvió la mirada hacía la puerta en cuanto sintió un fuerte golpe en ella y pasó tan lento que ella no reaccionó; Gabriel desenfundó el arma, apareció otro guardia en la puerta con el arma en mano el cual apuntó hacía Ochako; sintió la sangre fluir por su abdomen. Se mantuvo suficiente tiempo de pie para tocar su espalda, notar que la bala no había pasado y que estaba aún dentro de ella. Gabriel ya se había encargado del hombre, disparándole tres veces y había vuelto a cerrar la puerta.

Ochako ya estaba en el suelo, intentando respirar, mientras Leticia le secaba las lágrimas y se secaba las propias, intentando mantener a Uraraka viva el suficiente tiempo. Gabriel estaba haciendo presión en la herida para que dejara de sangrar, pero ella estaba vomitando sangre ya.

Sus minutos estaban contados.

No podía respirar, le costaba mantener el ritmo. Tanteó su espalda con debilidad y notó que la bala no había salido. Tenía más daños de los que le gustaría admitir.

—Realmente quería volver a verlos...— susurró con lágrimas en los ojos, sintiendo como su vida se iba. Le costaba a horrores hablar.

—"Por favor, Ocha, aguanta un poco más." susurró Leticia mientras tomaba sus delgadas manos. Ella negó con debilidad.

—Ya no puedo más... lo lamento tanto...

Los minutos se hicieron eternos, Gabriel no podía moverse mucho, Ochako estaba muriendo sosteniendo con debilidad su estómago. Se aferró al colgante con debilidad.

"Querido Dios... permíteme un poco más de tiempo, por favor... No te estoy pidiendo mucho." susurró para sí misma, haciendo el esfuerzo de orar. "por favor, Dios... solo un poco más... sólo..."

La puerta había sido abierta violentamente y se vio la escena hacia afuera; el joven que estaba ayudando a las tres mujeres estaba haciéndole presión en la herida de Ochako que le estaba arrebatando la vida. Vio en el marco de la puerta, cegándose por la luz, una figura alta que se arrodilló ante ella. No veía bien, pero por el tacto, reconoció las manos de Katsuki. No sabía si estaba alucinando por la herida, o realmente era él.

—Por fin te encontré.— escucha, pero quizás, es sólo lo que quiere escuchar y ella no está siendo salvada por el hombre que ama.

—Yo... estoy muriendo... pero.... Por dios, sólo dame sesenta segundos...— estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para hablar, Leticia lloraba en silencio al lado de ella, intentando recordar las cosas que Ochako le había pedido que le dijera a sus padres. —quiero que sepas que no me arrepiento de nada de mi vida. Te conocí y te amé... Mi corazón estará para ti, para siempre... y yo...— estaba intentando seguir, pero comenzó a toser sangre. —yo... te am...— no logró terminar la frase, porque las heridas la hicieron sucumbir. Soltó el tacto y su mano cayó en libertad hacía el otro lado, soltando el último suspiro de vida que su cuerpo albergaba. El colgante cayó hacía su lado y así fue como Ochako Uraraka finalmente había fallecido en Auschwitz, el mismo día de la liberación del complejo.

La persona que lloraba sosteniendo su mano, no era Bakugo. Era Takeshi, su hermano.

En Leningrado, el sitiado continuaba de manera horrorosa. Había comenzado a comerse a los cadáveres que quedaban de los soldados gracias a que el ejercito nazi tenía grandes ejercitos postrados fuera de la capital. No lograba llega el alimento y por ende, los soldados morían de hambre, frío y el pueblo en Leningrado estaba comenzando a caer en distintas cosas ilegales para poder sobrevivir.

¿Pero qué le quedaba a él? está viendo desde el punto donde está, el río Neva. Aquel que siempre fue su hogar, donde no sufría, donde evitaba pensar en su familia.

Pero... ahora casi tuvo una familia.

Solo desea verla una vez más... Una vez más y que sea lo que el destino tenga escrito.

Dolía, porque extrañaba a Ochako. Extrañaba su risa, sus jugueteos, sus regaños... su voz, su aroma... todo. Observó su fotografía nuevamente en el dije.

— Puedo morirme en paz. —murmuró, por fin dejando que su cuerpo cediera. Atesoró el colgante en el pecho. Su cuerpo estaba muriendo por el frío que había. Sus demás compañeros a los lados le pedían que no se fuera, que resistiera, que podía ser un poco más, que ya llegaba la ayuda...

Pero nada de eso funcionó. Sencillamente su cuerpo dejó de funcionar. Escuchó entonces una voz.

"Por fin te encontré... Vamos." le susurró con tanta dulzura que él quedó hipnotizado.

Y él no dudó en aceptar aquella mano sin mirar atrás.

Notes:

Si esperaban un final feliz, eso jamás pasa en mis fics¿?