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DETHA.

Summary:

DETHA.
1. f. Sensación de encontrarse en medio de dos emociones o sentimientos opuestos.
2. Esperanza, desesperanza.

Notes:

Esta es una especie de historia inspirada en starwars??? Podría decir que es un fanfic propiamente dicho pero como tengo la capacidad de retener 0 información si lo haría todo estaría mal escrito, así que lo unico que usé de referencia es el imperio?? y los sables de luz porque quien no los ama. En fin, no me juzguen que todavia no se que es lo que estoy haciendo, espero que igual guste :)
estoy escribiendo esta historia durante la marcha, la idea es escribir por escribir para no perder la costumbre ni la practica, asi que quiza no tenga ni un minimo de coherencia y haya mil errores y nada tenga sentido (como la vida misma bue) pero no me importa, yo solo quiero escribir *se pone a llora*
quiza deje abandonado esto como todo proyecto que hago o como mi esperanza de vida ahre

chau besitos

Chapter 1: DETHA.

Chapter Text

 La primera vez que la vio en sus sueños el terror se le subió por la garganta como si fuera bilis. Al instante, de manera automática, supo que esa era una pesadilla y quiso despertar cuanto antes. 

 No entendió por qué lo estaba viviendo como si fuera real, todo se percibía demasiado vívido, auténtico, tangible. A Zofria los latidos de su corazón le estallaron como explosiones de bombas en una guerra, y fue tal el impacto y miedo, que tuvo ganas de vomitar. Es que la tenía a ella en frente, a la mujer que había atormentado a su gente y amigos, a la que tanto los había hecho sufrir, la que creyó que nunca más iba a volver a ver, ni siquiera en sus sueños. 

 “Pero tendría que haber supuesto que la iba a encontrar en mis pesadillas”

  Y deseó, deseó con todas las fuerzas que cargaba su cuerpo que esa fuera la última vez que la viera. Rogó no soñarla nunca más, ni en sus peores momentos. 

  Ella estaba ahí, parada a escasos metros, con los pies clavados en la nieve, con el porte derecho, sólido y firme, como si ni una avalancha ni temblor la pudiera desestabilizar. Su rostro pálido, como la primera vez que la había conocido, estaba inmutable. Vacío, como una hoja en blanco, fría como la nieve que las rodeaba. Sus ojos parecían muertos. Zofria se estremeció. Estaba experimentando y descubriendo un nuevo tipo de miedo que no logró descifrar en ese momento. Era prematuro pero paralizador. 

 Respiró hondo y el aire helado le llegó hasta los pulmones, no debería estar sintiendo eso en un sueño, pensó. Por instinto llevó la mano a su cintura. Lo palpó y lo sintió, ahí estaba colgado su sable. Lo activó sin premeditaciones ni rodeos. Era una pesadilla, pero la convicción que venía arrastrando desde hace días no la iba a hacer dudar ni un momento aunque lo que estaba viviendo no fuera realidad. No iba a fluctuar otra vez, le iba a dar la pelea de su vida; en nombre de su gente y de los que había perdido, le iba a dar batalla. El cuerpo entero de Zofria y su alrededor se sumó en una luz azul blanquecina. Sujetó el sable con las dos manos y se puso en posición de ataque. Aquella mujer seguía quieta, hubiera creído que estaba congelada en una imagen inerte pero su ropa, toda negra, se movía por el viento, de su nariz salía un vaho níveo como si fuera el resoplido de una bestia, y observándola con un poco más de atención, Zofria descubrió en ella el único indicio que delataba tensión: tenía el puño de una mano apretado, muy apretado. 

  Su otra mano ya empuñaba el sable. A ella la cubrió toda una luz roja. Parecía bañada en sangre, o envuelta en un infierno.

  De repente el tiempo se paró y no hubo más nada que silencio. Puro y crudo silencio. Las dos, al mismo tiempo, ansiosas y hambrientas de luchar contra la otra, corrieron a su encuentro. 

  Pudo jurar que vio chispas salir del primer impacto de sus sables, una vibración contundente le sacudió la mano. Si bien Zofria sabía más que nadie que contra esa asesina experta no tenía ni un mínimo de comparación, ni chance, se sentía protegida, ¿por qué, por quién?, no lo sabía, pero del centro de su pecho le brotaba una energía tan pura y vital que no la hacía acobardarse a la hora de luchar. De su corazón emergía tantos sentimientos como certezas. Zofria estaba intentando convencerse a sí misma que con ese enfrentamiento no buscaba venganza, pero eso era en parte lo que la impulsaba. Ella la había hecho sufrir, le devolvería exactamente lo mismo. 

  Zofria se protegió con el sable un ataque feroz que iba dirigido a su torso, y lo hizo incontables veces más, porque ella no paraba de lanzar ataque tras ataque, sin darle oportunidad a Zofria de responder. Su falta de experiencia con esa arma le comenzaba a preocupar, no correría la misma suerte que la última vez, temió que se la quitara, temió que se le cayera. Su mano que la empuñaba comenzaba a doler. Dio varios pasos retrocediendo, pero aquella mujer arremetió sin darle respiro. Zofria finalmente atacó, y cuando vio que su sable estuvo a centímetros del cuerpo de ella, le nació una inquietud ávida por volverlo a hacer, por herirla. Cuando lo volvió a intentar, con la adrenalina embriagándola, sintió una punzada lacerante de dolor en su hombro que la hizo gritar. 

  Dando pasos largos y tambaleantes, se alejó de su contrincante con el sable en alto. La mano le temblaba. Su ropa tenía olor a quemado y la piel del hombro le ardía como si la hubiera calcinado un sol. Pese a sus jadeos, no le quito la mirada. Esa mujer mantenía su expresión impávida, pero Zofria notó que su usual ira ahora estaba alimentada por esa misma sensación que experimentó hace unos instantes. 

  Sus sables volvieron a impactar, pero esta vez su rival ejerció presión contra el suyo. A Zofria, pese a que lo tenía sujeto con las dos manos y con fuerza, se le venía encima ambos a su cara. A las dos las llenó una luz violeta en sus rostros; pudo ver reflejado en los ojos de esa mujer una clase de determinación peligrosa, una rabia letal cuando la miró. Pero al mismo tiempo, esa mirada seguía muerta. 

  Zofria volvió a invadirse de temor. Temió por esos ojos sin vida que la estaba mirando y por el calor de los sables aproximándose peligrosamente a su cara. Empujó, usando toda la fuerza de su cuerpo y de igual manera no pudo con ella. Cuando la piel de su mejilla le comenzó a arder, la desesperación la ganó. Barrió con sus convicciones y sólo quedó ella, el dolor y el miedo. Moriría en manos de esa asesina, sería simplemente otra víctima más de su lista. Entre la angustia, rogó ser ella la última que matara de su gente, no soportaría que lastimara a más. 

  Cuando ya no pudo tolerar el dolor, soltó un grito y como si la hubiera empujado, esa mujer salió disparada unos cuantos metros lejos de ella. Chocó contra el tronco de un árbol y aterrizó en el suelo sin siquiera poder amortiguar la caída. Zofria estaba perpleja. Sus manos ni siquiera la habían tocado, y aunque lo hubiera hecho, era imposible que uno de sus empujones la hubiera lanzado tan lejos. Trató de salirse de la confusión cuando vio a la mujer intentar reincorporarse. Estaba adolorida. Había soltado su sable, estaba tirado en la nieve, en el medio de ambas. El metal resaltaba entre tanto blanco, parecía que las llamaba. A las dos. 

  Se echaron a correr al mismo tiempo hacia el sable. La asesina lo alcanzó primero y antes de que pudiera activarlo, Zofria le dio una patada a la altura del estómago que la hizo trastabillar. Retrocedió un paso, Zofria se abalanzó sobre ella. Cuando aquella mujer logró activarlo, el sable azul de Zofria le cortó el cuello.

Ante la imagen, Zofria chilló de terror, y soltó su sable, dejándolo caer al suelo. La mujer cayó de rodillas a la nieve, su mano también dejó caer su sable. Ya no había ninguna luz que las iluminara, lo único que brillaba era la sangre que se despedía de la herida de su rival. Zofria retrocedió espantada, con las manos tapando su boca. Le temblaba el cuerpo entero. No había sido su intención, no quería hacer eso. Fue un impulso que la invadió. No la quería matar así. 

  Estaba aterrorizada con la escena, pero no podía dejar de mirarla. Aquella mujer abría y cerraba los labios como si quisiera decir algo, o como si quisiera hacer llegar aire a sus pulmones, estaba más pálida de lo que ya era; su expresión, por primera vez, le mostró desconsuelo. A Zofria se le estaban llenando los ojos de lágrimas, avanzó un paso y estiró una mano temblorosa hacia ella, como si quisiera ¿ayudarla?, ¿intentar salvarla? No había arreglo para el daño que había hecho. 

  De repente sintió que alguien la agarraba fuerte del hombro. Se sobresaltó y se dio vuelta rápido. Esa mujer, la misma que estaba agonizando a sus espaldas, ahora estaba parada frente a ella, con esa mirada feroz y su sable rojo resplandeciente. Zofria no alcanzó a reaccionar, el sable le atravesó el pecho, dañando su corazón.

  Ahí fue cuando se despertó.