Chapter Text
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Gojo Satoru gritaba la palabra "alfa" sin importar por dónde lo miraras. Eso es un hecho.
Es inteligente, tanto que hasta parecía una broma de mal gusto, pero no siempre lo utilizaba para aprobar sus exámenes. Destaca en cualquier cosa que se propusiera, rindiendo perfectamente aunque fuese un verdadero vago. Y ni hablar de su apariencia; tan atractivo, robando miradas y suspiros por donde sea que pasara.
Aunque tuviese una personalidad vacilona, despreocupada y cierto toque de egocentrismo, la gente a su alrededor ignoraba sus defectos. Porque todos se lo decían: él era un alfa digno de admirar.
Pero la verdad, aquello lo traía sin cuidado. No había cosa que le importase menos que aquello de los alfas, betas y omegas. ¿Que por qué? ¡Porque eran una jodida molestia aburrida, obvio!
—Satoru-kun, ¿qué resultado obtuviste en tu examen de género?
Una compañerita de clases le pregunta, llamando su atención, y la mira sin una expresión en específico en el rostro.
—No revisé, la tiré. –Responde, con un tono de restarle importancia.
—¿¡Eh!? No puedes hacer eso, tus papás deben verla y-
—Mai-chan, ya. Satoru-kun no la necesita, ¡es obvio que es un alfa! –Llega otra niña, interrumpiendo la conversación.
—¿¡Uh!? ¡Satoru-kun es un alfa!
Desde siempre le dijeron que él era un alfa. Y él, aunque no estuviera interesado, se reconoció a sí mismo como tal.
Porque debía de serlo, ¿no? No existía otra posibilidad. Él es un alfa.
Eso era lo que creía y creció con la idea.. Hasta cierto día.
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—Ese Suguru, maldito idiota –Reclama en un murmuro molesto sin despegar la vista de su celular, tecleando–. Ni siquiera sabe dar bien indicaciones.
Durante las clases de aquel día, Suguru había mencionado una pastelería donde vendían un cheesecake de lo más delicioso. Y no es que no confiara en el paladar y crítica de su amigo, pero Satoru claramente tenía que confirmar aquella información.
El problema ahora es que, tal parece, Suguru se había equivocado en señalarle por cuál calle ir, y ahora estaba perdido. ¡Qué mejor, ¿no?!
Sigue enviando spam al chat de Suguru para que respondiera de una vez sus mensajes mientras continúa caminando, no tenía nada más que hacer de todos modos. Supone que habrá algún punto que se le hará conocido y podrá irse a casa.
Sin embargo, tiene que detener su caminar y cualquier acción que hacía, tras escuchar ciertos quejidos proviniendo no muy lejos de donde estaba. Fue, realmente, como si sus instintos hubiesen reaccionado y le exigieran que se detuviera.
Mira hacia todas las direcciones, y se percata de cierto parque a un lado suyo -¿Desde cuándo habían áreas verdes por este sector? No tiene ni la menor idea-. Entrecierra los ojos mientras se voltea en dirección al parque, tratando de ver qué era lo que estaba ocurriendo.
Ve la silueta de la espalda de un niño pequeño, tratando de alcanzar algo de un árbol. Por el esfuerzo que hacía al saltar para llegar a una zona alta, soltaba quejidos por la frustración. Gojo frunce el ceño, y se queda en su lugar aún mirando hacia aquel niño. ¿Qué diablos le pasa? Se pregunta, aunque no estaba realmente interesado.
De un momento a otro, el niño desiste de intentar saltar y que quiere probar otra cosa. Lo ve sacarse su mochila y dejarla caer al suelo, levantando un poco de polvo, y se acerca al tronco del árbol para escalarlo. Al principio funciona, pero al tantear una rama esta se rompe, y es más bien por el susto que esto le provoca se desequilibra y cae de trasero al suelo nuevamente.
Gojo evita reír, no; realmente sí ríe, entre dientes. Aunque sea gracioso, se siente algo mal por ese niño, y piensa que no pierde nada en ayudarlo en lo que sea que tuviera problemas.
Mientras camina hacia él, el chico se levanta del suelo mientras murmuraba adolorido. Se sacude la tierra de su pantalón, y se queda mirando hacia la copa del árbol. Satoru, ahora estando más cerca, mira también y finalmente descubre qué era lo que pasaba: había un balón atorado.
Ah, típico problema de un niño. Incluso él tuvo malos ratos por lo mismo.
Ignorando al niño, pasa a un lado de él y gracias a su envidiable altura es que alcanza el balón con facilidad y lo retira de entre las ramas. Escucha al mocoso emitir un jadeo de asombro, que lo hace sonreír socarronamente. Está claro que su intención era parecer cool más que ser amable, ¿no?
Y lo que parecía que sería algo sin importancia o un simple recuerdo, cambia en cuanto baja la mirada y por fin ve el rostro de aquel niño.
Al principio no le había prestado atención a su apariencia, pero ahora lo hace. Claro que lo hace. Se fija en el color marrón terracota de su puntiagudo cabello, pareciendo tan suave que necesitaba acariciarlo; su mirada conecta con la de él, y cree que se está viendo reflejado en esas preciosas iris cafés, que ahora mismo lo miraban como si él fuese lo más genial que ha visto en su vida.
Y de repente siente una fuerte punzada y un escalofrío recorrerlo al llegarle cierto aroma, y reprime un indecoroso jadeo. Es tan débil, casi imperceptible, pero aun así provocó que todos sus sentidos se agudizaran.
Naranjas. Olía a naranjas.
—¡Muchas gracias! –Lo escucha decir y su voz, su voz también lo hace temblar. Se escucha lejana, o tal vez retumbaba en sus oídos, no lo sabe. El chico se acerca a él y le arrebata el balón con facilidad, ajeno a lo que le estaba ocurriendo–. La había lanzado muy fuerte y quedó atrapada.
No escucha su infantil explicación de lo que había ocurrido mientras jugaba, porque estaba perdido en la extraña y nueva sensación que recorría su cuerpo tan abrumadoramente. Sus piernas tiemblan, siente que en cualquier momento caería al suelo, y no es capaz de despegar la mirada de aquellos grandes y expresivos ojos.
¿Qué pasa? ¿Qué diablos le está pasando?
—Soy Itadori Yuuji –Es lo único que logra escuchar, y el calor entumece sus sentidos–. ¿Y tú?
Itadori Yuuji. Itadori Yuuji. Itadori Yuuji. ¡Itadori Yuuji!
El niño miró curioso al mayor, ladeando un poco su cabeza, sin entender por qué de repente tenía el rostro sonrojado y estaba sudando. Se intenta acercar, pero Gojo da un paso hacia atrás, luego otro, y finalmente sale corriendo de allí, dejando al pelimarrón atónito.
Aunque sus instintos le exigían volver y quedarse con Itadori, su parte racional pedía a gritos que lo mejor era correr lejos de allí. Huir, aunque odiase aceptarlo. No sabe hacia dónde se está dirigiendo, siente su mente nublada, todo le estaba dando vueltas.
Sin darse cuenta cómo, había encontrado el camino en dirección a su casa. ¿¡Entonces sí estaba cerca!? ¡Menuda mierda! ¡No tiene tiempo para sentirse idiota en estos momentos!
Cuando abre la puerta y está por fin dentro de la seguridad de su hogar, cierra con fuerza y se apoya contra la madera estrepitosamente. Respira agitado, jadeando con fuerza. De repente, tiene la extraña sensación de algo escurriendo por sus temblorosas piernas, las cuales por fin se rinden ante el cansancio y cae al suelo sin ningún cuidado.
No quiere ni imaginar qué era esa sensación húmeda.
Junta más sus piernas hacia su cuerpo, y lleva sus manos hacia su pecho apretando la tela de su uniforme con fuerza mientras sus jadeos y quejidos aumentaban. Las lágrimas se acumulan en sus retinas, y se siente tan necesitado que no se reconoce a sí mismo.
Su celular empieza a vibrar en su bolsillo. Duda en responder, pero al escuchar la insistencia finalmente lo saca y atiende al llamado, llevando el aparato a su oído. No dice nada, tratando de controlar su respiración tan ruidosa.
—Oye, te mandé la dirección hace rato. ¿Probaste el cheesecake?
Getou se mantienen en silencio tras hacer la pregunta, expectante a la respuesta de su amigo. Tras varios segundos, frunce el ceño al empezar a escuchar fuertes jadeos, envés de la voz de su amigo.
—El cheesecake... –Finalmente escucha, y todo se hace aún más consufo al escuchar lo temblorosa que está su voz–... Tú crees... ¿¡Que un puto cheesecake es más importante ahora!?
Como se había dicho: Satoru era inteligente, tanto que parecía una broma de mal gusto. Por ello, ya descubrió qué era lo que estaba pasando. No lo quería aceptar, realmente esperaba que fuera una clase de chiste, pero así era; esta era la realidad.
El solo pensarlo provocaba otro escalofrío en su cuerpo y su ingle se humedecía más, y lo odia tanto. Lleva su mano libre a su entrepierna, ejerciendo fuerza en un intento de calmarse, pero esto sólo empeora su situación. Cierra con fuerza sus ojos mientras se muerde el interior de sus mejillas, no tardando en sentir el sabor metálico de la sangre.
Durante toda su vida, él estuvo convencido que era un alfa. Uno que realmente no lo parecía, porque nunca era controlado por sus instintos o reaccionaba a otro omega. Y con eso él estaba bien, se suponía que debía seguir siendo así. Pero, a medida que perdía más los sentidos por un calor tan agobiante en el interior de su cuerpo, todo empezaba a cobrar sentido.
—Satoru... –El pelinegro aún seguía en llamada con él, y se empieza a preocupar por escuchar tanto sonido extraño–. ¿Qué pasó?
El albino no es capaz de responder, su voz no salía por más que se obligara. Su garganta ardía. Sin embargo, su mente se repleta del mismo pensamiento:
"Mi destinado. ¡Encontré a mi maldito alfa destinado!"
