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Language:
Español
Stats:
Published:
2021-03-19
Completed:
2021-04-29
Words:
4,493
Chapters:
2/2
Comments:
12
Kudos:
62
Bookmarks:
3
Hits:
620

Tras la Hora del Cierre

Summary:

Como muchas otras noches, Cherry va a pasar el rato al restaurante de Joe después de la hora del cierre. Pero esta vez la sombra de los últimos acontecimientos [aka episodio 9] se cierne sobre ellos.

Notes:

Este mini fic contiene SPOILERS DEL EPISODIO 9 de Sk8 the infinity. Si no has llegado hasta ahí y no quieres spoilearte nada, te recomiendo que te lo guardes para después ^^

Chapter Text

Acababan de darme el alta en el hospital y ya estaba una noche más sentado en la barra del restaurante de Kojiro. No sé en qué momento empezamos a hacer esto, la verdad, no sé en qué momento empecé a fingir que el único propósito de mis visitas nocturnas era «tocarle los cojones» y no una excusa para pasar unas horas a solas con él. Patético, ¿a que sí?

—Bueno, ¿qué tal está mi batido de fresa favorito? —se burla mientras sale por la puerta del servicio, con dos copas de vino en la mano izquierda y la botella en la derecha. Se había cambiado.

Le hago un corte de mangas.

—Gilipollas. —Suspiro—. Todo bien, aunque no podré patinar hasta dentro de dos semanas. Reposo, ya sabes. Una mierda.

—No me digas, ¿y ese reposo incluye venir al restaurante de tu amigo a beber vino después de la hora del cierre? —Me planta la copa delante.

—Si quieres me voy —replico, arqueando una ceja.

Su única respuesta es el «pop» que hace la botella al abrirla y me llena la copa hasta la mitad. Siempre era hasta la mitad. Y al acercarse no puedo evitar fijarme en cómo se le pega a los brazos la camiseta negra de manga corta que llevaba puesta. Ahí, que se note el gimnasio.

Me obligo a fijar la vista en la pantalla del móvil, como si me interesara lo más mínimo lo que se comenta en el Sk8twitter. Pues sí que empezamos bien la noche. Joder.

Un golpe sordo me saca de mis pensamientos haciéndome dar un respingo. Me vuelvo hacia Kojiro, que se acaba de sentar y me mira con una seriedad inusual en él.

—¿Es que no vamos a hablar de ello? ¿Vamos a seguir fingiendo que no ha pasado nada? —espeta.

Abro la boca, pero me interrumpe antes de que pueda emitir ningún sonido.

—¡Se bajó de la tabla! ¡Con todos sus santos cojones se bajó de la puta tabla y te dejó inconsciente! ¿¡Y sabes qué es lo mejor!? ¡Qué nadie va a hacer una mierda porque es el putísimo ADAM, amo y señor de la «S»!

La rabia y la frustración le crispan el rostro, extendiéndose como un incendio sin control. Jamás lo había visto así. Le echo un buen trago al vino antes de responder.

—¿Qué esperabas? Ya no es el Adam que conocíamos. Tanto tú como yo sabíamos perfectamente dónde no estábamos metiendo al apuntarnos a ese maldito torneo.

—¿¡Y te parece bien!? —explota—. ¿Te crees que no me he dado cuenta de cómo es ahora? ¡Pero tú eras su puto mejor amigo, joder! ¡Te dijo que eras especial! Por eso… Por eso pensé que a ti no… —Es como ver un globo quedándose sin aire. Su voz se va apagando hasta que es apenas un susurro y se queda con la vista clavada en la barra. El ceño fruncido y los labios apretados en una fina línea pálida. Todo su cuerpo en tensión.

—Ya, supongo que yo también esperaba que todavía quedase algo de nuestro viejo amigo bajo todas esas capas de trajes horteras y bailes regionales sobreactuados —confieso—. Pero el Adam que conocíamos está muerto. Ahora lo ha sustituido este… ser retorcido salido de las profundidades del averno. —Dejo escapar una risita amarga—. No sé qué demonios le pasó en todo aquel tiempo que estuvo fuera, pero estaba dispuesto a intentar entenderlo. Joder, incluso tenía la esperanza de que si no aceptaba nuestros retos era porque no quería hacernos daño. Menudo imbécil estoy hecho, ¿no?

—Dos imbéciles somos —puntualiza Kojiro, ya más calmado, mientras se sirve otra copa. Yo aún no me había acabado la mía—. Si te sirve de consuelo, habría preferido ser yo el que compitiera. Ya sabes, con lo duro de mollera que soy, seguro que habría partido la tabla en dos y no me habría hecho ni un solo rasguño. En cambio tú… —Una sonrisa ladina le cruza el rostro—. Eres el gran Sakurayashiki-sensei, maestro de la caligrafía —añade esto último haciendo una floritura con las manos—, no queremos que te dé una embolia en medio de una clase y acabes escribiendo algo indecente...

—¡A ti sí que te va a dar una embolia, idiota! —le arreo un puñetazo en el brazo, que no debe de haberle hecho ni cosquillas porque me estoy riendo como no lo había hecho en mucho tiempo.

Kojiro me mira de reojo, escondiendo una sonrisa triunfal tras la copa mientras le da otro buen sorbo. Así que esto era lo que querías, ¿eh? Vale, minipunto para ti.

Entre nosotros se instala un silencio cómodo, tan solo interrumpido por el tintineo del cristal de las copas y una botella que pronto tendremos que sustituir por otra.

—¿Sabes? La verdad es que estaba celoso. Por aquel entonces…

Me atraganto con el puto vino.

—¿Qué? —grazno.
Entonces se pasa la mano por el cabello y se muerde el labio, como si no tuviera muy claro por qué había abierto la boca. Yo me quedo muy quieto, conteniendo la respiración, por Dios necesito que continúe.

—Bueno… —Se revuelve en el asiento y suspira—. Teníamos nuestra banda y eso, pero tú eras mi mejor amigo, ¿vale? Y de repente llega él con sus aires de emo misterioso y enseguida os tenía a todos comiendo de la palma de su mano.

—¡Oye! Que a ti también se te caía la baba cuando patinaba —protesto.

—¡Pero a ti al que más! Reconócelo, te fascinaba —con la mirada me reta a que le contradiga. Callo—. Cuando quedábamos todos al final era como si vosotros estuvierais en un mundo aparte. Ya sé que él nos apreciaba a los dos, pero no era lo mismo. Tú… —Tensa la mandíbula—. Tú nunca me mirabas así.

Este tío es gilipollas. Este tío es MUY gilipollas. Pero yo aún lo soy más por lo que estoy a punto de soltar.

—Vaaaya, no me digas que no te hacía suficiente casito —me burlo, llevándome la mano al pecho en un gesto de exagerado dramatismo porque, nuevamente, soy imbécil—. ¿Por eso le odias tanto? ¿Qué pasa? ¿No soportabas no ser tú el centro de atención?

Dios, si pudiera me abofetearía hasta dejarme sin dientes. ¿¡Qué me pasa!? ¿Por qué lo presiono de esta manera? ¿Qué espero conseguir? Soy lo peor.

Se levanta como movido por un resorte y la silla cae al suelo por la violencia del movimiento. Me pone las manos sobre los hombros, obligándome a encararlo, justo antes de volver a descargar su rabia.

—¡Lo odio porque es un puto psicópata que debería estar en la cárcel por violencia y acoso sexual a menores, idiota! Y ya de paso por tratarnos como la mierda cuando se supone que nos quería tanto. —Hace una pausa, respirando con dificultad. Todo en él arde y soy incapaz de pensar con claridad. Me quedo en blanco. Está demasiado cerca—. Además… la única atención que buscaba era la tuya, Kaoru.

La forma en la que pronuncia mi nombre, bajito como si fuera un secreto o algo frágil y delicado que temiera romper, me desarma por completo. Me es imposible apartar la mirada de su anguloso rostro, de lo mucho que se ha dulcificado tras sus últimas palabras. Por un momento me preocupa que pueda oír los acelerados latidos de mi corazón, pero supongo que eso es lo de menos, porque me arde la cara y seguro que tengo las mejillas tan rosadas como mi pelo. Quiero besarlo. Joder si quiero.

—V-venga, ¿por qué no te guardas toda esa intensidad para las chicas con las que sales, eh? —digo en su lugar. La voz me tiembla más de lo que me gustaría e intento poner algo de distancia entre los dos. No sé qué haré si no me separo.

Pero él no solo me lo impide, todavía reteniéndome por los hombros, sino que se acerca un poquito más. Casi pegando su frente a la mía.

—Ese es el problema —sonríe de medio lado y empieza a juguetear de forma distraída con el mechón que se me ha escapado de la coleta—. Ninguna de esas chicas eres tú.

A la mierda el autocontrol.

Atrapo sus labios, llevándome también el jadeo de sorpresa que suelta. Esta no te la esperabas, ¿eh? Pero no tengo tiempo de regodearme en mi pequeña victoria, puesto que ahora mismo en mi cabeza solo hay sitio para una cosa. Kojiro. Kojiro y sus labios aterciopelados, tan suaves como me los había imaginado. Kojiro y sus manos acariciándome la espalda, bajando hasta la cintura. Kojiro levantándome hasta que me siento sobre la barra y le rodeo las caderas con las piernas. Lo quiero más cerca. Todo lo cerca que pueda. Y él debe de pensar lo mismo porque me besa con un ansia voraz, bebemos el uno del otro como dos viajeros perdidos en el desierto al encontrar un oasis.

Al cabo de un rato nos separamos para coger aire, pero no decimos nada. Kojiro me ofrece una curiosa imagen que debe de ser el puro reflejo de la mía: cabello revuelto, la mirada encendida recorriéndome de arriba abajo y esa dichosa camiseta ajustada subida casi hasta el pecho. ¿En qué momento había hecho yo eso? Tengo la cabeza embotada y me da que no tiene nada que ver con el alcohol.

—Vaya, ¿quién me iba decir que al final serías tú el que se me tiraría encima? —bromea con una sonrisa tan radiante que haría palidecer al mismísimo sol de agosto.

—¿¡Perdona!? Me lo estabas pidiendo a gritos, gorila descerebrado.

Los dos estallamos en sonoras carcajadas y aprovecho para volver a atraerlo hacia mí empujándolo ligeramente con la pierna. Entonces me abraza y entierra la cabeza sobre la curvatura de mi cuello.

—¿Por qué no te quedas? —susurra.

—Eh… ¿qué? —balbuceo. Ha empezado a besarme la clavícula y estoy teniendo serios problemas para concentrarme en la conversación. Cosa que le hace demasiada gracia. Me lo cargo.

—Pues que la doctora te ha mandado reposo… Y tu casa está muy lejos… —Finge un mohín angustiado—. No queremos que te desmayes por el camino, así que… Quédate a dormir. Mi casa está aquí al lado y puedo llevarte en brazos si te cansas —dice, guiñándome el ojo.

—Ajá, o sea que tu maravillosa idea para que «no haga esfuerzos» consiste en que me meta en la cama contigo. Ya veo.

Él responde con una ensayada carita de ángel:

—Eh, que yo solo he hablado de dormir, cerecita, no sé nada de esas cochinadas que te estás imaginando.

—Vuelve a llamarme así y te reviento la botella en la cabeza, primer aviso —siseo.

Levanta las manos en señal de rendición y yo me bajo de la barra a regañadientes. Mira que es idiota. Mi idiota. Desconecto a Carla del cargador y suavizo mi expresión antes de volverme hacia él.

—¿Nos vamos?

Por la cara que pone me doy cuenta de que lo he pillado totalmente fuera de combate. ¿De verdad se pensaba que me iba a negar? Ya me gustaría a mí tener tanta fuerza de voluntad.

—¡C-claro! Dame un segundo que limpie todo esto —farfulla antes de meterse corriendo en la cocina cargando con las copas y la botella.

Mientras lo espero aprovecho para peinarme un poco con los dedos y recolocarme el kimono porque ahora mismo llevo casi todo el pecho al descubierto y se me está cayendo por el hombro derecho. Ni me había dado cuenta.

 

***

 

Una vez fuera, Kojiro baja la persiana metálica del restaurante y comprueba que esté todo bien cerrado antes de ponernos en marcha. Es entonces cuando lo veo dudar. Me dispongo a preguntarle si hay algún problema, pero se me adelanta tendiéndome la mano. No dice nada más y me fijo en el rubor que empieza a extenderse por sus mejillas. Tengo que hacer un esfuerzo titánico para no mearme de risa allí mismo, o sea… ¿En serio? Hace dos minutos estaba comiéndome la boca como si no hubiera un mañana ¿y ahora le da vergüenza cogerme de la mano?

Pero lo conozco demasiado bien, sé que en el fondo todavía le da un poquito de miedo que lo rechace. Así que entrelazo nuestros dedos de forma suave, pero firme, me pongo de puntillas y le doy un beso rápido, apenas una caricia en los labios.

—¿Vamos? —repito.

La sonrisa que me regala entonces sería capaz de parar un huracán y todo en lo que puedo pensar ahora mismo es en que haría lo que fuera para mantenerla ahí, brillando, toda la vida.

Por fin nos encaminamos hacia su casa, en silencio, recreándonos en la presencia del otro.

No recuerdo cuándo fue la última vez que sentí tanta paz.