Chapter Text
Talento Innato.
"Naciste con talentos que superaron con creces a los de cualquier otro. Toda la calle lo sabe, y se susurran entre ellos que alcanzarás la grandeza"
De alguna forma, él siempre supo que era poderoso. Soñaba con el poder; el poder más puro que alguien pudiera alcanzar. ¿Cuándo fue que estas ansias de poder lo cegaron?
Seguramente Vale conocía la respuesta a esa pregunta, él solía tener una energía calmada en comparación a la de Valir. Era reflexivo y siempre vio cosas que los demás no podían.
“Valir, mi querido hermano. Perdiste todo el día que hicimos el pacto”
Sentado en el trono que debería pertenecerle a su mejor amigo, Valir arruga la carta que tiene en sus manos. La ha leído mil veces, y ahora está arrugada, maltratada y rota en los bordes. En los días turbulentos, Valir tiene ganas de quemarla, de reducir a cenizas todo rastro de su mejor amigo para que así su recuerdo solemne deje de perseguirlo. Pero nunca lo hace.
Vale ni siquiera había llegado a mandar la carta, Valir la había encontrado cuando revisaba el palacio del Valle de los Vientos. En realidad, suponía, nunca la había terminado, pues más de la mitad de la hoja permanecía en blanco y no estaba firmada.
¿Por qué Vale nunca la había mandado?
Porque desde que hiciste el pacto permaneciste tan lejos de él como pudiste responden sus pensamientos.
¿Qué era lo que habría escrito en el resto de la hoja?
Nunca lo sabrás, él está muerto por tu culpa vuelve a hablar su mente.
Frustrado, Valir hace de la carta una bola de papel y la arroja a un lado, pero no pasa mucho tiempo para que se levante, la rejunte y alise nuevamente el papel.
"Si quieres vengar a tu cruel padre, no te culpo, siempre que puedas desechar la tormenta que hay dentro de tu corazón”
Siempre que leía esa frase en particular, se preguntaba una y otra vez qué hubiera pasado si Vale le hubiera mandado aquella carta. De alguna manera su amigo ya había visto cómo se había cegado por culpa del poder. ¿Habría abierto los ojos, se habría dado cuenta de todos sus errores?
No responde su mente y Valir suspira porque tristemente está de acuerdo con su conciencia. Lo más seguro es que habría quemado la carta sin ni siquiera leerla.
“Nada es tan importante como tu felicidad, ni siquiera mi vida”
¿Y por eso lo hiciste, Vale? ¿Por eso te cortaste con esa daga? ¿Porque creíste que apoderarme del Fuerte del Viento sin que tú estuvieras aquí iba a ser lo que yo quería? Y a pesar de que por una vez fue Vale quien se equivocó, Valir ni siquiera puede pensar en estar enojado con él por ese motivo. Ciertamente lo extraña demasiado para recordarlo con otra cosa que no sea tristeza.
Sosteniendo la arrugada carta, Valir emite un suspiro y vuelve a guardarla en el sobre que él había hecho sólo para esa hoja de papel; como una ilusión de que aún estaba a tiempo de mandarla. Vuelve a sentarse en ese trono que no le pertenece y llama a sus guardias.
No era la primera vez que se lo decían y de todas formas él ya lo había notado por su cuenta; sus llamas ya no son tan brillantes ni calientes como lo habían sido alguna vez. Normalmente una simple llama titilando en su mano habría bastado para iluminar su camino en una noche despejada como esa, pero por más que lo intentó su fuego no bastó ni siquiera para poder leer la carta.
Antes habría sido una llama color amarillo, prácticamente cegadora y tan caliente que si alguien se le acercaba a unos pasos habría notado inmediatamente el calor. Ahora no es ni la sombra de eso. La llama que titila es color rojo y seguramente nadie la notaría a menos que la mirara directamente.
De todas formas no importa, ya ha leído esa carta un centenar de veces y sabe cuál es el camino a las antiguas habitaciones de Vale. Han pasado los meses y tantas cosas en las dos ciudades han cambiado, pero Valir sigue acudiendo cada noche a ése lugar. Nunca logra dormir durante las noches si no es ahí, en la habitación que guarda tantos recuerdos de su infancia. Prácticamente no ha tocado nada, todas las cosas de Vale siguen ahí, tal y como las dejó antes de morir. Nada ha sido tocado, excepto la cama, en la cual Valir se mete cada noche. Es un consuelo vacío, ya ni siquiera tiene el aroma de su mejor amigo, pero es mejor que la alternativa.
Valir sostiene unos instantes la carta antes de ponerla debajo de la almohada.
— Lo siento — dice y su voz parece chocarse de bruces contra la oscuridad de la noche—. Nunca quise esto, para ninguno de los dos.
Cómo deseaba tener la compañía de Vale durante al menos un minuto más. Sólo un minuto, para poder hablar con él, para pedirle disculpas, decirle que siempre tuvo la razón y que debió de haberlo escuchado. Para pedirle un consejo.
Y sobre todo, para sentir aunque sea por una vez más los brazos de Vale alrededor suyo. No puede decir que eso es lo que más extraña de su mejor amigo. Pero sí lo primero. Luego está su voz, y sus ojos dorados, y el cabello blanco tan contrastante con su piel morena y su sonrisa. No extrañaba algo de Vale, lo extrañaba todo él.
Y se odia por haberlo perdido.
— No sé cuándo me obsesioné tanto con el poder arcano. No sé por qué dejé que me consumiera tanto —. Continúa hablando, a pesar de que sabe que Vale no puede estar escuchándolo y aunque pudiera, no ve porqué lo haría—. Cuando tu padre asesinó a mi padre, quizás fue el punto de quiebre. Nos separamos. Y yo quería venganza. Quería el poder suficiente para arrasar el hogar del hombre que me quitó a mi familia.
No obtendrá respuesta y lo sabe, pero aun así guarda silencio un momento, como si alguien le fuera a contestar. Eres tan absurdo, Valir. Deseando cosas que destruiste.
— Tengo todo lo que quería. Pero no te tengo a ti y por eso nada valió la pena. Espero que en la vida que estés teniendo logres ser tan feliz como te lo mereces.
Mientras está ahí, sintiendo las sabanas contra la piel y con los ojos cerrados esperando un sueño que sabe que tardará en llegar, recuerda el funeral.
Sabía que muchos habían estado sorprendidos cuando ordenó que empezarann a prepararan los ritos funerarios para Vale. Y también cuando ordenó que colocaran la momia en su tumba. Después de todo, se suponía que eran enemigos. En todo Agelta se sabe que fue el padre de Vale quien mató al de Valir. Cualquier otra persona seguramente habría hecho todo lo posible por deshonrar al difunto príncipe.
Pero Valir no.
Ése día no había hecho nada por ocultar su dolor. No le había importado llorar enfrente de los súbditos y tampoco le había importado que oyeran las súplicas y las disculpas que no parecían tener fin. Había permanecido arrodillado ante la tumba mucho después de que todos los asistentes al funeral se hubieran ido. Permaneció ahí incluso cuando el sol tocó el horizonte y el cielo se tiñó de rojo y probablemente habría permanecido ahí hasta el día siguiente si sus soldados no lo hubieran obligado a moverse.
Le habían dicho que no debería mostrar su debilidad así, que aunque le doliera debería ocultarlo, porque sus enemigos podrían usar ese dolor en su contra.
Pero ahora, en la oscuridad de la noche con un cielo sin luna, no había nadie que pudiera ver su debilidad ni nadie que pudiera juzgar su dolor.
Así que esa noche, igual que todas las demás, Valir llora por su Vale hasta que el agotamiento lo duerme y todos sus sueños son pesadillas porque en todos contempla el cuerpo sin vida de su mejor amigo.
