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La noche suspiraba tranquilamente en una fresca brisa que revoloteaba la copa de los árboles, el silbido del viento, junto con el cantor de los grillos, era la sinfonía que cortaba sutilmente el silencio. La figura de la luna se erguía orgullosamente sobre el cielo nocturno, las estrellas titilaban tímidamente acompañándola en su fase menguante.
Un Kuroo de cuatro años se abrió paso por la habitación hasta llegar a la ventana, abriéndola de un empujón para fijar sus ansiosos ojitos sobre la luna. Una exhalación fascinada se escapó de sus labios, ¡podía distinguir perfectamente la “sonrisa de Cheshire” en el cielo! Luego su semblante se tornó serio, echando varios vistazos a su alrededor en busca de algo. Agudizó el oído e incluso cerró los ojos, buscando, esperando…
—¿No te has secado el cabello? —inquirió su madre con voz retadora, Kuroo respingó al ser atrapado en su travesura.
Los días de verano siempre terminaban con un merecido baño, pero en esa ocasión (junto con otras más) se había escabullido hacia la ventana para buscar la luna, importándole nada su cabello mojado, el pijama mal puesto o el hecho de estar descalzo.
—¡La luna está menguando! —resopló con la emoción desbordando en su mirada, estirando una de sus manitas a señalarle a su madre lo mencionado.
—Y tu cabello está empapado. —evidenció nuevamente, acercándose tras de él con la toalla en mano para dejarla caer sobre el nido de oscuros cabellos mojados y comenzar a secarlos con la paciencia digna de una madre. —Sabes que no me gusta que hagas eso, Tetsuro. Puedes atrapar un resfriado.
—¡Sh! —regañó el chiquillo a la par que posaba infantilmente su índice sobre sus labios en un intento de detener el sermón de su madre. —Estoy seguro de que hoy sí podremos escucharlo llorar si hacemos silencio… —susurró y de nuevo sus ojitos traviesos viajaron en varias direcciones en busca de “algo”.
Su madre suspiró derrotada y únicamente afirmó con la cabeza, continuando con la rutina nocturna. Abotonó correctamente su camisa, le secó perfectamente los cabellos; menos mal que ya se había cepillado los dientes o iba a ser imposible convencerlo de apartarse de la ventana.
—Bien. Ya es hora de dormir, tu padre regresará pronto a casa y se enfadará si te encuentra despierto. —habló con seriedad, recibiendo un puchero por respuesta. Pero ella no iba a caer porque, efectivamente, se estaba haciendo demasiado tarde para que su hijo siguiera despierto. —No me hagas repetirlo. —advirtió.
El niño resopló frustrado y, como si la luna fuera su salvadora, echó una lastimera mirada hacia ella, pidiéndole, rogándole que, aunque sea por esa noche, le dejara escuchar ese llanto que venía esperando desde que tiene memoria. La sinfonía nocturna de grillos fue lo único que pudo escuchar.
—De verdad creí que hoy sí podría escucharlo, mamá… —mencionó, su voz sonó realmente afligida; su madre no pudo evitar reconfortarle con un cálido abrazo.
—Cariño, no te pongas triste. ¿Recuerdas qué te hemos dicho varias veces?
—Que no todas las historias que me cuentan son reales. —repitió con desgano.
—Exacto. ¿Acaso las sirenas existen? ¿Las hadas o los dragones?
—Pues no… ¡Pero esto es diferente, mamá! —aseguró con efusión.
Tetsuro era realmente inteligente para su edad. ¡por supuesto que tenía claro que las hadas, duendes, dragones y demás no existían! Sólo eran personajes de cuentos de fantasía, pero todo cambiaba cuando se trataba de esa historia. Sabía perfectamente que la leyenda del hijo de la luna era algo especial, una corazonada se lo dijo a gritos cuando la escuchó por primera vez hace años atrás.
Tal vez porque la luna sí era real, o quizás era el destino advirtiéndole sobre algo de lo que él aún no tenía consciencia.
Su madre suspiró nuevamente. —Ya basta, por favor. Ni tu padre ni yo queremos que esto vuelva a ser un problema, ¿de acuerdo? Sé que la luna te gusta y está bien que sea así, puedes verla todas las noches que quieras, pero ya debes hacerte a la idea de que no existe ningún niño de la luna. La luna no mengua cuando él llora, tampoco hay luna llena cuando él está feliz, pero eso es algo que aprenderás una vez que vayas a la escuela. Todo eso tiene una explicación científica que después conocerás, ¡podrás saber todo lo que quieras de la luna!
La mirada inocente fue apagándose paulatinamente conforme las feroces palabras cargadas de realidad salían de la boca de su madre; una maternal mano se instaló sobre sus cabellos, acariciándolos para amortiguar el peso del regaño. Kuroo sólo podía aferrarse más a su madre, hacer más estrecho el abrazo mientras intentaba ignorar aquel discurso que anteponía una realidad que aún no quería sobre ese anhelado sueño.
Los mimos maternos se extendieron durante unos minutos más hasta que Tetsuro cayó dormido, sobre sus ojillos se arremolinaron unas lágrimas que jamás fluyeron libremente. El pequeño se contuvo, calló sus quejas y sus lágrimas ingenuas. Aquella fue la última vez que los piecitos descalzos corrieron hacia la ventana, fue la última noche que habló sobre la leyenda del hijo de la luna y señaló al cielo con tanta enjundia; fue la última vez que intentó buscar al niño de la luna.
Esa noche era lo suficientemente calurosa como para espantar al mismo viento, quien ni de broma se atrevía a soltar siquiera el más mínimo soplido que pudiera refrescar aquel infierno en la Tierra. El inicio del verano se hacía presente con todo su esplendor, no había ni la más pequeña brisa fría que pudiera sacudir la copa de los árboles. Nada.
Kuroo resopló por última vez, agitando insistentemente su diestra en un improvisado abanico que pudiera calmar su sentir. Era increíble que se sintiera tan sofocado a pesar de que recién salía de la ducha; la vieja costumbre de su madre de un buen baño nocturno durante verano parecía no surtir el efecto deseado. El agua goteaba de sus cabellos mientras la toalla yacía descansando sobre sus hombros, no tenía ánimos de secarse y menos de ponerse alguna playera. ¡Esa noche era el jodido infierno!
—¿No te has secado el cabello? —alcanzó a escuchar dentro de la habitación, obligando a Kuroo a mirar hacia el interior al saborear aquel déjà vú que le llevó a sus días de infancia. Una nostálgica sonrisa apareció sobre sus labios al ver que se trataba de Tsukishima.
A diferencia de él, el rubio ya estaba perfectamente vestido con un pijama celeste que lucía bastante fresco frente a sus ojos, incluso ya se había secado y peinado el cabello a pesar de que ambos se habían bañado juntos. Kuroo sonrió nuevamente y, con ese gesto, le invitó al balcón.
—Ven, Tsukki. Bebamos un poco. —el nombrado ladeó ligeramente la cabeza, como si desaprobara sus acciones, aunque al final terminó accediendo y saliendo al balcón junto con él.
—¿La toalla es un adorno o qué? —preguntó otra vez, señalando el hecho de que únicamente la tenía sobre el cuello; eso evidenciaba un poco su preocupación, detalle que no pasó desapercibido para el mayor, quien torció una mueca como quien recibiera un golpe, aunque, a decir verdad, ¿las palabras de su Tsukki no eran casi siempre certeros golpes?
—Bien, ya, me secaré el cabello. —se rindió, dejando la lata que bebía segundos atrás sobre el borde del balcón. Tomó la toalla y comenzó a secarse el cabello con calma, la luz de la luna iluminaba tenuemente ambos cuerpos, sin embargo, Tsukishima sólo pudo prestar su atención sobre el torso desnudo de Kuroo, al cual dedicó un par de miradas furtivas. —¿Tienes calor? —cuestionó el moreno, causando que el rubio respingara y dirigiera rápidamente su mirada hacia el cielo, disimulando el ligero sonrojo que, por supuesto, no pasó desapercibido para el mayor.
—Obviamente. El clima está terrible. —desvió. Era eso a lo que se refería, ¿no? Por supuesto que hablaban del clima y, aunque no fuera así, no le interesaba en lo absoluto ahondar sobre lo otro.
Tetsuro ladeó una sonrisa, un punto más para él. —¿Sabes? —retomó, imitando la acción de Kei y mirando hacia el cielo también. Su pecho se removía impaciente desde que aquel recuerdo golpeó su frente y, evidentemente, no era algo que iba a dejar pasar. —Siento que he vivido esto antes.
—¿Ah, sí? —inquirió Tsukishima con curiosidad.
—Mi madre me regañaba mucho porque no me secaba el cabello cuando terminaba de bañarme.
—Entonces ese mal hábito lo vienes cargando desde niño, eh.
—¡No me refiero a eso! —bufó. La sonrisa burlona de Tsukishima brilló frente a sus ojos, sin embargo, terminó por soltar una carcajada. —¿Te puedo contar una historia?
La seriedad en la voz de Kuroo fue un foco de atención para Kei así que, preparándose para el relato, extendió la mano a tomar una lata de cerveza para abrirla y dar un ligero sorbo, todo esto mientras Kuroo aún le observaba. El líquido dorado escurrió tentadoramente por las comisuras de esos labios de fresa y, sin resistirse frente a los encantos innatos de su chico, cortó la distancia para robarle un beso. Una sonrisa similar a la del gato de Cheshire adornó los labios de Kuroo, no obstante, Kei sólo pudo mirarle perplejo pues el moreno continuó con sus palabras sin darle la oportunidad de siquiera quejarse.
—Cuando era niño me obsesioné con una historia que mi madre me contaba. Sabía que era ficción, era algo que mis padres repetían constantemente, en especial mi padre, sin embargo, algo me pedía a gritos buscarlo, algo me hacía aferrarme a ello hasta el punto de volverlo mi más grande sueño a esa edad. —confesó. Su voz se escuchó lo suficientemente suave para tener la completa atención de Tsukishima.
—¿Buscarlo? —inquirió el rubio. Kuroo sólo afirmó con la cabeza antes de dar un alargado sorbo a su lata hasta que terminó por vaciar su contenido.
—A mi padre no le gustaba, por supuesto. Mi madre únicamente le daba por su lado e intentaba consolarme con palabras que… Bueno, a esa edad no necesitaba ni quería escuchar. —el desvío del tema fue un foco rojo para el rubio.
La expresión de Kei lucía bastante confundida, especialmente porque aún no tenía claro a qué se refería exactamente. ¿Qué clase de historia pudo haber colocado a Kuroo en esa delicada situación cuando niño? Tenía varias preguntas, por supuesto, pero el rostro contrario le frenaba de dejarlas fluir. Tetsuro lucía un poco frustrado, como si toda esa aflicción de su infancia resurgiera nuevamente en aquella calurosa noche.
Al final, concluyó con que ninguna palabra era la mejor respuesta, aquel mensaje fue claramente comprendido por Kuroo; los silencios de Kei estaban lejanos a ser incómodos, sino todo lo contrario. Los silencios del rubio eran paz para su alma acongojada.
El moreno exhaló con suavidad antes de continuar. —¿Sabes qué es lo más gracioso, Tsukki? —ese apodo sitúo una imperceptible sonrisa sobre los labios del nombrado. La niebla en el corazón de Kuroo comenzaba a disiparse, las nubes abrían paso a su preciosa luna. —¡Ni siquiera recuerdo cómo iba la historia! —explotó en una genuina risa. —Sólo sé que creía en ella con todo mi fervor y eso hacía que todas las noches mirara a la luna, buscando como un desesperado. ¡Ahora entiendo por qué mi madre se quejaba tanto! —siguió expresando entre risas.
Tsukishima entrecerró los ojos; bien, ya era momento de poner el tema en la mesa. —¿Me contarás qué buscabas o continuarás dándole vueltas al asunto? —las risas del moreno cesaron. ¡Ah! Las palabras de su Tsukki, siempre tan tajantes, pero indiscutiblemente necesarias para él.
—No recuerdo los detalles, ¿de acuerdo? Pero la historia contaba de cómo la luna logró ser madre mediante un trato con una gitana. Toda mi ilusión se fue sobre la imagen de esa criatura… ¡Me pareció tan perfecta que tuve la necesidad de comprobar que existía!
La mención de la luna hizo que Kei mirara hacia el cielo. —¿Cómo te lo imaginabas? —fue un susurro que Kuroo alcanzó a escuchar perfectamente, no obstante, omitió monumentalmente aquella duda. La dejaría al final, porque lo mejor siempre llegaba al final.
—Lo que recuerdo de esa historia es que las fases de la luna se daban por y para ese niño. Y eso mismo fue lo que me cautivó tantas noches y me hizo buscar la respuesta en el cielo. Si el niño lloraba la luna menguaba para hacerle una cuna y arrullarle hasta calmarle, así que cuando había luna menguante me la pasaba en un absoluto silencio en espera de encontrar el más pequeño atisbo de algún llanto de bebé. —continuó relatando. La sonrisa en sus labios emulaba una nostalgia pura de la infancia y, aunque la luna esa noche era malditamente hermosa, Tsukishima prefirió mil veces deleitarse con ese brillo en las pupilas de su pareja. Frente a sus ojos se volvía nuevamente un niño al que le daban la oportunidad de seguir sus fantasías sin regaños ni prejuicios. —Evidentemente, una vez que comencé la escuela, supe la verdad científica de las fases de la luna. —Golpe de realidad, la sonrisa se desdibujó de los labios del moreno como tinta en el agua.
Kei extendió su mano a sostener la de Kuroo. Ni siquiera meditó en cómo debía acercarse o en si sería adecuado hacerlo, sólo lo hizo. Los dorados ojos de Tetsuro se posaron sobre los de Kei, después se dirigieron a la unión de manos. Le soltó delicadamente para llevar ambas manos a retirar los lentes del rubio, deslizando sus manos sobre sus mejillas hasta tomarle del rostro. Fue un tacto cálido, uno que asentó un sutil rubor en aquellos pómulos. Ese matiz que hacía que el corazón de Kuroo burbujeara emocionado.
Admiró con vehemencia cada detalle de su chico. Desde su nariz y el tono de su piel, casi tan pálida como la leche, hasta esos labios de fresa que entreabiertos le invitaban a probar de ellos hasta hartarse. El pulso de Tsukishima era lo suficientemente audible, o al menos eso imaginaba él, sin embargo, no tenía escapatoria. No cuando sentía que ese niño soñador de la luna al fin había encontrado al objeto de sus deseos…
De nuevo ambas miradas se encontraron. Los ojos áureos de Kei resplandecían igual o más que los rayos de la luna que, en complicidad, se atrevía a iluminarles con su manto. La luna estaba dándoles su bendición, la luna aceptaba que él pudiera amar incondicionalmente a su hijo… Al hijo de la luna. A esa preciosa criatura que buscó incansablemente durante su infancia.
Un suspiro agitado por parte de Kei fue el piquete que regresó a la realidad a Kuroo, quien esbozó una amplia y felina sonrisa al comprender el origen de esa noche de secretos. —Entonces… ¿Quieres saber cómo me imaginaba a ese niño de la luna? —inquirió con diversión. El rubio entrecerró los ojos con desconfianza, Kuroo rio y tomó como una afirmativa esa mirada. No obstante, no le soltó en lo absoluto.
—Su piel es preciosa, jodidamente suave y del color de la leche. —apretó el rostro entre sus manos, reafirmando de una vez sus verdaderas intenciones. —Tiene la luna impregnada en cada poro de su cuerpo… Su cabello y sus preciosos ojos le delatan. Son casi irreales, pero afortunadamente hoy pude poner un punto final a esa historia y asegurar que esa criatura realmente existe.
Silencio. Kei no entendió tan fácilmente, o se negaba a hacerlo con tal de no comprobar lo que su mente imaginaba en ese instante.
—Lo tengo entre mis manos, Moon Child.
Un beso selló el discurso. Un roce donde por fin Kuroo permitía que su niño interior se regocijara con orgullo porque, no sólo había encontrado al niño de la luna, sino que también le pertenecía por completo. Tenía la bendición del cielo y el permiso para adorar sin limitaciones a ese cuerpo que parecía temblar entre sus brazos.
Le soltó las mejillas y terminó por afianzar sus manos sobre las caderas de Kei, acercándole al refugio de su cuerpo casi desnudo. Tsukishima no opuso resistencia, sólo se entregó sin reparo a ese anhelado beso, apretando ligeramente los ojos al no poder controlar lo descontrolado de su corazón. Kuroo volteaba su mundo, agitaba sus paredes y destruía su interior sin piedad; pero a su vez le sostenía con la mayor devoción, le amaba con cada acción, cada palabra y cada mirada. Y él, tan débil que era, sólo podía orar para no flaquear. Sólo podía dejarse arrastrar ante esa corriente de agua clara llamada amor… Sin miedo a ahogarse, porque la mano de Kuroo le sostenía ante toda adversidad. Tan expuesto que era ante ese bastardo gato soñador.
—E-Eres un idiota. —la primera queja una vez que el beso se dio por terminado. Por supuesto que el comentario provino de un sonrojado Tsukishima que apenas podía calmar la ferocidad de ese sofocante calor sobre su rostro, incluso desvió la mirada tras un ceño fruncido.
—Kei, ¿eres feliz? —la cuestión tomó por sorpresa al rubio.
—¿Qué te dice la luna por mí? —ambos miraron hacia el cielo, Tetsuro estalló en una de las risas más dichosas que haya emitido. Volvió a beber de esos labios una, dos, tres veces. Jamás se cansaría de besar y de llenarse de esa dulce miel que sólo los labios de Kei podían brindarle.
Él estaba estupefacto, evidentemente no comprendía a pesar de ser él quien contraatacara con otra pregunta. —¿Me dirás qué es tan gracioso?
—La luna menguante era una cuna para cuando el niño llora, ¿sabes qué fase de la luna representaba la felicidad del niño? —el rubio negó. —La luna llena.
Los ojos de Tsukishima se abrieron más al admirar esa enorme luna llena que los acompañaba esa noche. Su corazón golpeó e incluso un suspiro escapó de sus labios, dirigiéndose al firmamento que les observaba esa noche. Kuroo volvió a tomar las manos de Tsukishima y besó el dorso de cada una. —Quiero que la luna llena brille en todas nuestras noches, aunque científicamente eso es imposible… Pero las noches que mengue la luna, no dudes que mis brazos serán esa cuna que necesites.
Las dos palmas pálidas de Kei se estamparon contra el rostro de Kuroo, alejándole. Los ojos le escocían y al apretarlos sintió un atisbo de humedad. Tetsuro sólo pudo reír más y más.
—Has bebido mucho por hoy… —excusó Tsukishima. —¿Vamos a la cama ya?
—¡Si la habitación es un maldito horno, Tsukki! —de nuevo esas quejas infantiles que hicieron sonreír tenuemente al rubio.
—¿Tomamos otro baño nocturno? —invitó Kei. La sonrisa de Kuroo fue tan amplia que Tsukishima creyó ver nuevamente a ese niño terco y soñador que fue su novio. Le extendió la mano y el accedió sin emitir queja alguna, aunque como siempre, tomó ese gesto como una invitación a aprovecharse.
—Mh, eres el mejor, Moonshine. —exhaló mientras le abrazaba por atrás, rodeándole por la cintura y comenzando a repartir besos sobre sus hombros y cuello.
—¿No era Moon Child?
—¡También! —Tsukishima rio y Kuroo no pudo estar más seguro de su revelación. Escuchando esa risa que le calaba hasta el alma sólo pudo confirmar que Kei era la viva imagen de aquello que tanto añoró. Era su sueño hecho realidad y la vida jamás le bastaría para agradecer ni para dejar de adorarle. —Te amo, Kei. —recitó enamorado al plantar un beso más, esta vez por el cuello. Pensar en el futuro era incierto, así que por ahora se conformaría con adorar a su pequeño chico luna durante el baño que estaban a punto de tomar.
