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Siempre, desde que tiene uso de razón, Harry se sintió diferente a todas las personas que le rodeaban, sintiendo que simplemente no encajaba en ningún lugar. Anhelando cosas e imitando acciones que jamás, según palabras de los Dursley, debía hacer.
Y lo aprendió por las malas, desafortunadamente.
Aquella vez todos habían ido a una reunión familiar, a la cual lo tuvieron que llevar porque no encontraron niñera de último momento. Todo iba bien, había hecho todo lo que su tío Vernon le había indicado, siendo absolutamente silencioso y quieto en todos los aspectos posibles, pasando desapercibido por todos, o eso creía, pues una niña que iba de su edad, se acercó a él con la intención de jugar.
Al principio se negó, pues no quería ganarse un castigo que seguramente terminaría en un encierro bajo la alacena, pero la niña fue demasiado convincente, al asegurarle que nadie los descubriría en su habitación, así que cedió y siguió a la pequeña, quien emocionada mostró todos los objetos de los que era dueña. Algo, que en su momento Harry no supo cómo catalogar (envidia), se removió en sus adentros.
Varios objetos los reconoció con facilidad, pues ya había visto a su tía Petunia portarlos, tal como el maquillaje, vestidos, zapatos de tacón; y no iba a mentir, ya había experimentado con todo, aprovechando algunas ocasiones en la que decidían dejarlo solo en casa, y era el niño más feliz.
—¡Hay que jugar a las princesas! —dijo la niña con emoción—. Yo quiero ser el caballero, así que tú serás la linda princesa.
—¿Qué? —cuestionó Harry con sorpresa y miedo.
—Eres lindo, y sé que te quedarán mis vestidos, así que no le veo el problema —y era cierto, los padres de la chica habían aceptado que a ella no le gustaba lo que siempre se esperaba de una mujer, por lo que poco a poco habían ido cambiando su modo de pensar, dejando que ella experimentara lo que realmente sentía dentro de sí.
Aunque el corazón de Harry decía que eso era maravilloso, su mente daba gritos de advertencia por el peligro que eso supondría, no obstante, una vez más no le tomó importancia, y accedió, lo cual fue una terrible idea.
Sin saber en qué momento, los Dursley llegaron a la habitación, ya que lo estaban buscando para retirarse del hogar. No importó el que no haya obedecido el mandato de Vernon, invadiendo el lugar ajeno y alejándose de la presencia de ellos, sino que lo único que hizo explotar al hombre fue haberlo encontrado maquillado en conjunto de un vestido y unos zapatos de mujer.
Sin importarle nada, lo llevo tirando de su pequeño cabello al auto, donde le mandó una mirada llena de odio, para después sonreír como si nada pasara a sus familiares, despidiéndose con rapidez de ellos. Realmente en ese momento no entendió que es lo que había hecho mal, pero algo era claro: tenía mucho miedo de lo que sucedería.
Petunia y Harry fueron los primeros en ingresar a la casa después de un largo recorrido en absoluto silencio, debido a que su tío Vernon se había quedado en el auto para darle a Dudley una plática de por qué jamás él podría imitar a Harry. La mujer no esperó más tiempo para soltar todo el veneno que juntó en todo su larguirucho cuerpo.
—Yo sabía que algo andaba mal contigo —espetó la mujer con una expresión que parecía antinatural en un ser humano—, encontraba en ocasiones mi ropa fuera de lugar, y mi maquillaje incompleto, pero jamás imaginé que fuese tu culpa.
Harry solo miraba al suelo, sintiendo como la felicidad que le llenó instantes atrás por vestirse así, le abandonaba por completo.
—¡Eres un fenómeno! —gritó lleno de cólera Vernon entrando a la sala, rojo de la furia— Siempre he sabido que tú eras una completa anormalidad, no deberían existir las basuras como tú, fenómeno.
—No eres normal —musitó con burla Dudley, como si estuviese cantando, y lo empujó al suelo.
—Mujer, llévate a Dudley y no regresen en un buen rato —no escuchó respuesta, solo la puerta principal ser cerrada con fuerza.
Lo siguiente que pasó no lo recuerda con claridad, solo sabe que sintió mucho dolor en todo su cuerpo, y después cayó en la inconciencia, despertando al día siguiente con un fuerte dolor por los golpes que recibió.
Los días dejaron de tener sentido. Ya no tenía a nadie en ningún lado, ni siquiera en la escuela porque ahora todos sabían que le gustaba vestirse de niña y le hacían burla. O así fue hasta que Dudley fue trasladado a otra escuela, para que mantuviera el más mínimo contacto con Harry, y al mismo tiempo, la maestra Hermione llegó a su vida; ella fue como su primer amor.
—No, yo me voy a casar con ella —dijo Draco con enojo.
—No es cierto, ella es mi maeta, no te puedes casar con ella —respondió Harry, inflando sus mejillas.
—Ya, chicos, no peleen—una voz suave y tranquila los calmó—. Yo no puedo casarme con ninguno de los dos, niños.
—Pero maeta...
—Siéntense mis niños, comenzaremos con la clase.
—¡Siii! —un emocionado niño de cabello rubio corrió a su silla, la cuál tenía grabada su nombre en la parte de atrás del respaldo.
—Ahora sí, chicos, buenos días a todos.
—Bueenoos días, maeta Herms —las vocecitas de sus veinte alumnos sonaron al unísono, haciendo que la mujer castaña sonriera con ternura.
Después de una corta canción de saludo y activación física, Hermione comenzó con la misma pregunta de todos los días, para activar la mente de los niños.
—¿Alguien me puede decir que es lo que vimos el día de ayer?
Inmediatamente Draco y Harry levantaron la mano, mirándose feo uno al otro, esperanzados de ser a quienes la maestra Hermione eligiera primero.
—Dime Ron —el pequeño pelirrojo se puso colorado hasta las orejas, sin embargo, se levantó y con voz tímida respondió.
—Vimos la importancia de los valores morales, que son la responsabililidad, la generosidad, la humildad y... ah, responsabililidad —sus manos se movían nerviosas de un lado a otro.
—Siéntate, cariño —el niño suspiró aliviado.
—Mmm, haber, ¿sí, Blaise? —un niño de tez morena se levantó de su silla con aire orgulloso.
—Fueron siete valores que vimos. Era la responsabilidad, la generosidad, el compromiso, la tolerancia, la humildad, la gratitud y la honestidad —sonrió con suficiencia, mirando a los demás.
—¡Muy bien! Puedes sentarse —Hermione comenzó a escribir en el pizarrón los valores recién mencionados, a la vez que anotaba los nombres de los niños que habían participado, para apuntarlo en su carpeta de evidencias después—. ¿Cuáles fueron los valores que hemos ejercido en la semana?
Draco, desesperado porque sentía que no le tomaban en cuenta, comenzó a hablar sin que le dieran la palabra.
—Vimos la desponsabilidad, el compromiso, la humildad, gratitud y honestidad, maeta.
—Draco, sabes que deben respetar su turno —el niño se sentó avergonzado—. Así como dijo su compañero, esos son los valores que hemos visto y estudiado, por lo que hoy nos toca practicar la generosidad y la tolerancia. ¿Alguien puede decirme a que se refieren estos valores?
Harry levantó la mano de inmediato, aunque con un poco de timidez, pues no dejaría que el rubio se saliera con la suya.
—Generosidad es compartir sin esperar nada a cambio. Y la tolerancia es respetar los pensamientos de todos.
—Bien dicho, Harry. Pues bien mis niños, hoy haremos una pequeña dinámica durante todo el día, la cuál consiste en tratar con un compañero, ser generoso y tolerante con él. Yo los iré llamando y ustedes pasaran a formarse aquí, ¿está bien?
—Sí, maeta —dijeron cantarines todos.
—Bien, comencemos. Blaise y Ron, Theodore y Neville, Draco y Harry...
Algunos, tal como Draco y Harry, estaban enojados por la pareja que les había tocado, pero no querían replicar ante lo dicho. Hermione los sentó en parejas, para posteriormente comenzar con ejercicios de pensamiento matemático. El día pasó con rapidez, llegando así la hora del recreo.
Draco quería ir a jugar con sus amigos, pero era su obligación quedarse con su compañero asignado. Harry, como todos los días sólo se sentó bajo el árbo que estaba en medio del patio, acostumbrado a estar solo. La maestra por más que insistía en que se uniera a jugar con sus compañeros, él se negaba, pues todos se burlaban de él y su apariencia, obvio ella ya había puesto cartas en el asunto, platicando principalmente con los responsables del pequeño, pero parecía que no la escuchaban.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Harry a la defensiva. No era normal que Draco quisiera estar a su lado.
—Voy a estar contigo todo el día.
Harry se sorprendió, pero su corazón se aceleró con felicidad.
—B-bueno —sonrió dulcemente, lo cual a Draco le pareció hermoso.
Las pocas veces que lo había visto sonreír, era porque la maestra Hermione estaba cerca.
Se mantuvieron en silencio, realmente no había mucho que decir, eran enemigos desde el primer día que se conocieron.
—Malfoy.
—¿Sí?
—¿Q-quieres ser mi amigo? E-es decir, ya no quiero pelear siempre contigo —Harry sonrió nervioso. Realmente estaba esperanzado, Draco sería su primer amigo de verdad, si es que aceptaba.
Malfoy sonrió.
—Está bien.
De ahí en adelante se volvieron inseparables, ya no peleaban tanto, pues siempre trataban de arreglar sus diferencias. Durante las tardes se iban a la casa del otro para jugar y hacer sus deberes juntos, incluso hacían pijamadas (y ya que los Dursley lo querían lo más lejos posible la mayor parte del tiempo, no objetaban en ello). Narcissa siempre trataba con amor a Harry, y preparaba ricos bocadillos.
Aquél día llevaban jugando más de una hora a "La búsqueda del tesoro", el juego favorito de Draco desde siempre, pero Harry ya se había aburrido, por lo que se sentaron en el pasto, bajo la sombra de un árbol para descansar y pensar en nuevos juegos.
Harry iba proponer mejor ir a la habitación del rubio cuando Draco gritó emocionado ante su brillante idea.
—¿Qué te parece si jugamos al príncipe y la princesa? —Harry se sonrojó de inmediato.
—Draco, aquí no hay niñas para que jueguen con nosotros —susurró Harry, casi como si temiese que alguien lo escuchara.
—Tú puedes ser la princesa, claro. Y yo te rescataré por siempre.
—No, esa es mala idea. Mejor juguemos un videojuego —insistió el moreno.
—¿No quieres ser mi princesa? —preguntó el rubio con tristeza.
—Sabes que sí, pero... —se mordió el labio con nerviosismo— hay que jugar en tu habitación.
Draco asintió y tomó la mano de su amigo, dirigiéndolo en todo el camino, pese a que en esos tres años de convivencia Harry ya se sabía de memoria el camino. Cuando ingresaron a la habitación, el pequeño de ojos verdes corrió hacia la cama, acostándose boca abajo.
El rubio comenzó a colocar mantas en todos lados, las cuales iba uniendo con ayuda de pinzas de ropa, hasta que formó una "casita".
—Aquí viviremos. Y allá arriba de la cama será la cima del castillo —el pequeño colocó un gran oso de peluche frente la cama—. Este será el dragón, del cual te voy a rescatar, pero hace falta algo...
Ambos comenzaron a pensar, pero a Harry no se le ocurría nada, tenían lo principal para abarcar bien el juego. Draco de pronto brincó con emoción, dirigiéndose a su armario; el niño sacó algo rosa que Harry no fue capaz de ver, hasta que fue puesto delante de él.
—Yo no me pondré eso —dijo inmediatamente—. Es más, ¿de dónde lo sacaste?
—Mi prima lo olvidó el otro día, así que lo guardé porque creí que se te vería bonito. Serías la princesa más hermosa de toda Inglaterra —Harry sonrió con timidez, pero con la misma rapidez que está llegó, se fue.
—Mi tío se enojará si lo hago.
—No tiene porque enterarse.
Con rapidez Draco ayudó a Harry a colocarle el vestido, el cuál le llegaba un poco mas abajo de las rodillas. Posteriormente, el pequeño se quitó los zapatos y pantalones, decidiendo quedarse descalzo.
Año y medio atrás le había contado a Draco que le encantaba la ropa de niñas, pero que cuando sus tíos se enteraron de ello, no lo habían tomado nada bien, pues su tío le golpeó, diciendo que eso no era normal y que él no quería a un ser despreciable. Cuando terminó de contar lo sucedido al rubio, esperaba una reacción similar a la de sus tíos, sin embargo, él le recordó lo que su maestra Hermione les dijo una vez:
—Ustedes son libres de ser lo que quieran ser. Recuerden que deben ser tolerantes y humildes. Esos valores son la mejor virtud que pueden tener en la vida.
Harry era realmente feliz con los Malfoy, quería vivir eternamente con Draco y sus papás, quienes lo comprendían a la perfección y le daban amor de sobra. Esperaba algún día salir por completo de la vida de los Dursley.
En la habitación de Draco se encontraba un espejo de cuerpo completo, así que cuando Harry terminó de vestirse, caminó despacio a este para poder contemplarse. Realmente amó con todo el corazón lo que sus ojos veían.
—Yo tenía razón: eres la princesa más hermosa que he visto.
Harry no entendió porque su corazón latió con demasiada rapidez ante las palabras de su amigo. Y Draco estaba seguro que siempre defendería a Harry ante cualquiera que le quisiera hacer daño, porque amaba cuando sonreía genuinamente y su rostro se iluminaba.
