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Kags era un idiota. Un señorito de bien que pensaba tener al mundo comiendo de la palma de su mano. El rey del volley, por favor. Qué estupidez. Todo él era estúpido desde su cara de aburrimiento (que solo cambiaba ligeramente cuando Hinata le cabreaba —algo que ocurría con frecuencia—) hasta su voz de adolescente. Urg. Menuda voz más estúpida. Siempre siseante, siempre monótona y tajante, siempre con sus frasecitas cortas de las que no aceptaban réplica, aunque Hinata siempre replicaba, claro que sí, no iba a dejar que gane ni siquiera en la épica discusión de si el helado de menta era fabuloso o una desgracia para la humanidad.
(La respuesta correcta era que tomar el helado de menta era un momento sagrado, como todos los helados existentes en el universo).
Sin embargo, era mucho peor cuando callaba. Cuando su ira o, dios no quiera, su inexpresión se iba acumulando en un cuerpo con forma de fideo de arroz. Y buah, intenta tú abrir esa coraza, ¿sabes? Hinata nunca dejaba que entrara en ese estado de me-da-igual-la-vida.com mucho tiempo. A veces le hacía cabrear a posta. Otras veces, le salía de forma natural, como estar en el lugar donde más lo necesita su equipo o saltar con toda la potencia que le permitían sus piernas antes de hacer un mate. Y siempre Kags acababa soltando la bomba de forma catastrófica, arrasando por todo lo que veía.
Y trata tú de hacerle cambiar de opinión, que vas listísimo.
Pero vamos a seguir con el tema. Kags era imbécil. Era un gilipollas monumental. Era un idiota que solo sabía quejarse y refunfuñar antes que hablar los problemas como los seres humanos. (Aunque tampoco a Hinata se le daba especialmente bien, que digamos). Y todo aquello llegó a su punto más culminante en agosto, cuando Noya se puso delante del equipo con una pizarra llena de fotos de Asahi, textos a medio completar y dibujos hechos con el pulso de un recién nacido.
—Esto es fácil. —Tanaka tenía la espalda contra la pared y los brazos cruzados, en su actitud de «Me da igual todo, ya tengo novia y no tengo por qué aguantar estas tonterías»—. Asahi y Noya tienen que estar juntos. Es así, lo sabéis, ya habéis visto el rollo que se llevan. ¿Quién no ha visto a Noya hablar por teléfono con Asahi durante horas? Y os lo digo de verdad, putas horas. Y se le pone cara de borrego cada vez que ve un mensaje de Asahi en el móvil. —Hinata entrecerró los ojos y dejó la mente vagar por el último capítulo de Walking Dead que había visto. El recuerdo de los zombis era mucho más interesante que aquella conversación—. ¿Os imagináis haciendo su vida sin contar con el otro? Es como decir lo mismo de Kageyama y Hinata y, sinceramente, yo no me los puedo imaginar separados.
La visión de la sangre roja y los gritos fueron interrumpidos por esas palabras. De repente, Hinata volvió al gimnasio y ahí estaba el muy capullo de Kags, con cara de estúpido colosal con la que miraba como si esa burrada hubiera salido de su boca.
—Yo no… él y yo no… —Hinata gesticuló demasiado con las manos, forzándose a dejar muy clara la situación— o sea, no somos… de esos.
—No, no, no—Kageyama habló al mismo tiempo, el muy estúpido, con la misma cara de imbécil redomado— no, nosotros no…
—Esas cosas no las hacemos. Nunca, nunca y nunca.
—Ni pensarlo.
—Y, además, en el caso de si pasara, que para nada, él no podría aguantar mi ritmo —terminó de decir Hinata, en su línea de terminar las discusiones con la última palabra.
—Sí, bueno, ya quisieras tú estar conmigo.
Idiota. Imbécil. Te voy a hacer tragar todas esas palabras hasta que me pidas clemencia.
—¡¿Qué quieres decir?! —se cabreó Hinata. El calor de la cara empezaba a ser visible, pero se las apañó para disimularlo.
—Está claro que sería rebajarme a tu altura.
Y, además de decir imbecilidades como el imbécil que era, le aplastó el pelo con la mano. ¡A él! ¡A Hinata!
Después pasaron muchas cosas que le importaron bien poco. Creyó ver a Asahi por el rabillo del ojo mientras veía negro y su cuerpo clamaba por venganza. Los puños exigían sangre y los pies se movieron por su orden muda, arrastrando a Kags de la camiseta hasta la salida del gimnasio.
—Eres tú el que no puede estar conmigo, capullo. De hecho, lo tienes prohibidísimo.
Kags levantó una estúpida ceja.
—Pues vale. Ni que quisiera salir contigo.
—No, no, no me escuchas. Soy yo el que no quiere salir contigo. Eres tú el que tiene prohibido salir conmigo.
—Tú no me puedes prohibir nada.
—Lo acabo de hacer, ¿o es que ya lo has olvidado? —Dibujó los kanjis en el aire—. Pro-hi-bi-do.
—Que yo si quiero salir contigo, pues lo hago y punto. —Le pinchó con el dedo y Hinata lo apartó con un guantazo—. A mí tú no me mandas, enano.
—Pro-hi-b…
—¡Haré lo que me dé la gana!
—Puedo ponerte una orden de alejamiento, para ver si así te queda más claro.
Kageyama lo aplastó contra la pared. Con su mano le aplastó la boca y con la otra le cogió la muñeca. Le respiró en la cara, las aletas de la nariz subían y bajaban al ritmo de sus propios latidos. Tenía la cara blanca, como la de un fantasma, las mejillas afiladas y los ojos del color del mercurio líquido.
La lógica y Hinata nunca habían ido muy de la mano, por lo que él estaba muy poco acostumbrado a analizar la situación, mucho menos antes de que ocurra una catástrofe como esa. Sin embargo, algo le dijo que el apocalipsis debía sentirse mucho menos natural que tener el cuerpo caliente de Kags pegado al suyo.
—A las ocho.
Kageyama lo soltó y Hinata tardó un instante en encontrar el equilibrio de nuevo.
—¿Qué?
—Te recojo a las ocho. Así me da tiempo a hacer el trabajo de física.
—¿A qué me vas a recoger?
—A nuestra cita. —Unos pasos hacia atrás y se dio la vuelta. En aquel momento, Hinata recordó cómo se hacía eso de respirar—. No llegues tarde.
—No voy a tener ninguna cita contigo, capullo.
—Ya lo veremos.
—¡No pienso estar ni vestido!
—Te sacaré desnudo a la calle.
Kags era un idiota. Un gilipollas monumental. Un señorito de bien que pensaba tener al mundo comiendo de la palma de su mano.
Y Hinata había caído en sus redes como el panoli que era.
