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El alma verdadera se despierta en la muerte

Summary:

Sabía que era egoísta, el impedir que el alma de su Shizun cruzara al más allá y encontrara su propio tranquilo descanso. Pero al pensar en aquellos primeros días, cuando su Shizun se había ido, de nuevo y al parecer definitivamente; cuando recordaba el dolor que tan profundamente lo había consumido desde su interior, era entonces cuando la mera idea de dejar escapar esta pequeña parte de él a la que se aferraba, parecía la peor opción.

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O Shen Qingqiu muere y Binghe lo trae de regreso como una especie de fantasma.

Notes:

Esta es la primera vez que escribo para este fandom o sobre una novela danmei en general, tampoco cuento con un lector beta, así que me disculpo por cualquier error ya sea gramatical o en el uso de la jerga usual para este tipo de historias.

El título proviene del poema "Meditación bajo la lluvia" de Federico García Lorca.

Work Text:

Era frustrante en muchos sentidos, el saber que estaba allí, pero a la vez no. Los sutiles vistazos ocasionales, el viento ligero y los pequeños ruidos al azar simplemente no bastaban.

¿De qué servía la compañía, si era la de alguien a quien no podías ver o tocar? Se sintió ... vacío, incompleto hasta cierto punto, porque aquello nunca bastaría y tener tan poco solo le hacía desear más. Lo que a su vez lo llenaba de una inmensa culpa por sentirse de aquella manera.

Sabía que era egoísta, el impedir que el alma de su Shizun cruzara al más allá y encontrara su propio tranquilo descanso. Pero al pensar en aquellos primeros días, cuando su Shizun se había ido, de nuevo y al parecer definitivamente; cuando recordaba el dolor que tan profundamente lo había consumido desde su interior, era entonces cuando la mera idea de dejar escapar esta pequeña parte de él a la que se aferraba, parecía la peor opción.

Cuando llamó al alma de su Shizun a su encuentro ese primer día, había estado preocupado de que no funcionara. Sin embargo, la demonio que le instruyó en el proceso no se había equivocado. De a poco y sin prisas el alma de su Shizun tomó forma frente a él, una réplica perfecta de su cuerpo físico, era como si nunca se hubiera ido.

Eso fue, por supuesto, hasta que intentó tomarlo entre sus brazos y descubrió con absoluta tristeza que no podía tocarlo. Su imagen era idéntica sí, pero aquella figura (being nada más que un alma destinada al descanso eterno, pero obligada a vagar entre los vivos), resultaba de lo más etérea. Sus manos pasaban a través de ella de la misma forma en que se abrirían paso a través del humo. Un espejismo que se desvanecía cada vez.

No era lo que esperaba, pero bastaría; eso fue lo que se dijo a sí mismo en aquellos primeros días, porque su amado esposo, quien le había sido arrebatado, una vez más estaba a su lado. Y fue solo con el tiempo que aprendió lo que realmente implicaba la situación.

Las cosas estaban bien por un tiempo, su esposo estaba con él y se quedaría para siempre, no importaba si Luo Binghe era el único que podía verlo o hablar con él; no cuando su Shizun lo honraría con pequeñas charlas ocasionales y le brindaría sonrisas privadas llenas de completo cariño. No cuando al dormir podía sentir su presencia a su lado y al despertar era su rostro nuevamente la primera imagen para ver.

Tres primaveras había venido y se ido, tres primaveras en que las cosas parecían estar relativamente bien. Debió saberlo mejor, las cosas no permanecen siempre iguales y la felicidad rara vez es eterna.

Comenzó de forma gradual, con su amado esposo apareciendo cada vez menos, hablando solo en reservadas ocasiones y luego con su figura que había comenzado a parpadear frente a sus propios ojos. Desvaneciéndose como los sueños lo hacen al despertar, la imagen del lago que se difumina en la nada cuando se perturba la superficie del agua.

Pero estaba bien, nada importaba si su esposo estaba allí, eran inconvenientes menores que se podrían solucionar. Luo Binghe era solo un hombre que se alimentaba de sus propias mentiras para evitar probar de la amarga verdad.

Y fue solo hasta aquella tarde de invierno que Binghe lo comprendió. Cuando vio al fantasma de su amado esposo vagar por los pasillos de su hogar, con una expresión tan angustiada que tuvo que acercarse para preguntar.

—Estoy perdido —le había respondido en voz baja— estoy perdido y no sé cómo regresar.

— ¿Regresar a dónde? —pero su esposo no respondería, demasiado perdido en su propia mente.

Y Luo Binghe, aunque preocupado, no insistiría más, no cuando la única solución era una con la que no podía lidiar. Pero lo que parecía un acontecimiento único, no fue más que el comienzo y pronto su Shizun fue incapaz incluso de reconocerlo.

Cuando la quinta primavera luego de la muerte de su esposo llegara, las cosas habrían alcanzado un nuevo nivel de todo lo que estaba mal. Porque toda magia tenía un precio, toda petición al mundo debe ser retribuida y la muerte rara vez perdonaba a alguien sin recibir a cambio algo más.

Era el alma de su Shizun, comprendería más tarde, que se deterioraba de a poco cada vez más. No pertenecía al mundo de los vivos, pero la magia con que había sido traída de vuelta le impedía avanzar al más allá. Pronto no habría nada y lo poco que quedaba de Shen Qingqiu desaparecería por completo y para siempre. Ni siquiera podría reencarnar.

—Estoy cansado —diría el fantasma de su esposo siempre que Binghe intentara hablar con él— pero me he perdido y no logro encontrar el camino de regreso.

— ¿El camino a dónde?

—Duele. Todo duele demasiado, creo que quiero descansar.

Y Binghe lloraría entonces, porque había condenado a su esposo a vagar por siempre hasta desaparecer y no sabía cómo arreglarlo todo.

—No llores, por favor no llores —lo consolaría su esposo, cuidando de él incluso entonces — ¿estás perdido también? No te preocupes, te prometo que estaremos bien.

Eran palabras vacías por supuesto, pero escucharlas le hacía bien. Lo que no daría por un beso de su esposo o un simple abrazo y el rastro del dulce calor humano que hace años había dejado de tener. El mundo era realmente un lugar cruel.

—Shizun, debes irte, encontrar la forma de cruzar a la otra vida.

Las palabras ardían en su garganta, las odiaba con cada fibra de su ser, pero la lágrimas desconsoladas de su amado esposo quemaban aún más profundamente en su alma de lo que lo hacía su propia pena.

—Este esposo promete que estará bien. Shizun puede irse ahora a descansar.

—No puedo, no puedo irme —lloraría angustiado, pequeñas lágrimas que de estar vivo jamás se habría permitido derramar.

— ¿Por qué? ¿Qué es? Dímelo por favor Shizun, te prometo que lo arreglaré.

Las lágrimas se detendrían entonces, su esposo lo miraría a los ojos y con toda la seriedad del mundo respondería:

—Mi esposo me necesita, él me llamó y no puedo irme hasta saber que estará bien.

No había reconocimiento en su mirada, el afecto con que hablaba no estaba dirigido directamente a él y aun así calentaba su corazón con más culpa y afecto a partes iguales.

Así que Binghe buscó por una solución, tan incansablemente como había buscado la respuesta que lo había puesto en esta situación en primer lugar, leyó cada libro que pudo encontrar, preguntó a la demonio que lo había instruido en un inicio, pero ella tampoco lo pudo ayudar. Las personas que invocan las almas de los muertos a menudo solo buscan una forma de hacerlos regresar, nunca de desaparecerlos una vez más.

Al final y en contra de lo que deseaba, acudió a la Montaña Cang Qiong, no había estado en aquel lugar desde que su Shizun muriera y sabía que la probabilidad de ser bien recibido era nula. Su mala suerte se manifestó en la forma de Liu Qingge quien pasaba por ahí y que al verlo desenvainó de inmediato su espada. Pero Luo Binghe no estaba de humor para pelear y en su lugar solicitó una audiencia con Yue Qingyuan.

 

........

 

Liu Qingge ardía con rabia para cuando Binghe terminó de explicar la situación. Binghe sabía que Liu Qingge estaba lleno de afecto por su Shizun, en el pasado este conocimiento lo había llenado de celos y el temor de que su esposo le fuera arrebatado por el señor de la cumbre Bai Zhan, pero con el tiempo su Shizun le había hecho ver que entre ambos no había más que un profundo afecto fraternal, esto si bien disipó sus miedos, no hizo que el hombre le agradara más.

Yue Qingyuan, por otro lado, era un hombre generoso, siempre dispuesto a ayudar y a ofrecer segundas oportunidades. Su amabilidad, cuando de su Shizun se trataba, no conocía límites. En su mirada siempre habría esa chispa de culpa y anhelo, que incluso los muchos años no habían podido borrar.

No importaba que su relación con ellos estuviera teñida con la desconfianza y la aversión mutua, sabía que en un caso como lo era éste, ambos eran hombres en los que podía confiar.

Y no se equivocaba, fue su tenacidad en conjunto la que nuevamente encontró la respuesta esta vez, y debido a ello es que tan solo unos pocos meses después se encontraron colocando dos enormes espejos de bronce pulido al centro de la habitación, uno frente a otro de modo que se reflejaran entre sí, en medio de ambos se encontraba trazado en el piso la matriz que usarían. En la solitaria casa de bambú que había en la cumbre Qing Jing, únicamente se encontraban Luo Binghe, Yue Qingyuan y Liu Qingge, los tres en espera de un invitado más.

El alma de Shen Qingqiu estaba atada a Luo Binghe, puesto que había sido él quien lo había invocado en primer lugar, era también el único ante quien su alma aparecería. Quizá fuera una coincidencia, o quizá no; pero Binghe, parado sobre la matriz activada y entre ambos espejos, trató de llamarlo de igual manera. No había palabras ni más matrices, era solo un sentimiento en su interior, igual que tirar de un hilo o encender un interruptor.

No pasó mucho cuando un escalofrío los recorrió, un viento helado agitó las velas en la habitación; pero nadie veía nada. Nadie excepto Binghe, quien frente a él vio a su Shizun, éste lo miraba sin ver realmente, incapaz aun de reconocerlo. Estaba allí sin moverse, ambos esperando por la pieza faltante en aquel rompecabezas en que ambos se habían metido, esperando por alguien que pusiera en marcha el engranaje que los pondría en movimiento una vez más.  

Yue Qingyuan y Liu Qingge permanecían a tan solo unos metros, atentos a cualquier señal de algo que pudiera salir mal; eran capaces de sentir la presencia de alguien más allí, pero estaban inseguros acerca de si aquello era o no una buena señal.

Al final, Luo Binghe fue quien hizo el primer movimiento, dando un paso a la derecha, dejó el camino libre a Shen Qingqiu para ver, y éste lo hizo. En el espejo, gracias a la matriz, su reflejo le devolvía la mirada; no pasó mucho antes de que en sus ojos el reconocimiento estallara, porque en lo profundo no había olvidado quien era, o quién estaba junto él.

—Luo Binghe, ¿realmente eres tú? —su voz era casi demasiado baja e insegura.

—Soy yo Shizun, éste realmente se encuentra aquí.

Con el despliegue de una sonrisa Shen Qingqiu lo tocó, en el íntimo toque reservado para los amantes trazó las líneas de su rostro. Binghe no podía sentirlo, por supuesto, pero el gesto calentó su dolorido corazón igual.

— ¿Por qué lloras?

—Porque Shizun debe irse nuevamente —susurró Binghe.

— ¿Ir a dónde?

—Shizun, yo... éste esposo cometió un terrible error. No quería estar solo, no de nuevo. Así que este esposo hizo algo tonto y nuevamente fue Shizun quien pagó el precio. Debes irte, a la otra vida, no puedo retenerte por más tiempo aquí.

Pero Shen Qingqiu no hizo nada, se quedó allí observándolo llorar, incluso si en su mano no había abanico alguno, su rostro hizo el trabajo de permanecer inexpresivo.

—Binghe —habló finalmente y su voz era tan dulce como la miel— este esposo no quiere verte sufrir, ¿acaso no prometí que me quedaría a tu lado?

—Shizun, incluso si eso es lo que éste esposo más quiere, debes irte. Este esposo desea hacer las cosas correctamente esta vez. Y quizá entonces, en una segunda vida, sea capaz de encontrarte otra vez.

— ¿Es eso lo que Binghe realmente desea? —su rostro parpadeó una vez más, amenazando con desvanecerse en la nada. Siempre desapareciendo, no importa que tan fuerte Binghe intentara aferrarse a él.

Luo Binghe quería decir que sí, pero las palabras se atascaron en su boca, la amarga mentira negándose a salir; por lo que simplemente asintió. Y Shen Qingqiu suspiró, su mirada teñida de nostalgia.

—Entonces que así sea. Éste esposo se irá, pero antes Binghe debe prometerle que estará bien y que lo esperará, en esta vida o en otra y a cambio este esposo promete que lo encontrará.

—Lo prometo Shizun.

La promesa, que se había sentido como un pesado grillete en su mano, era todo lo que Shen Qingqiu necesitaba para poder partir. Durante tanto tiempo, había permanecido anclado a un mundo al que ya no pertenecía. La pena y el dolor de Binghe, su ira y su infinita tristeza, lo habían llamado de regreso sin cesar, pero ahora que Luo Binghe le pedía que se marchara, las cadenas que la anterior matriz le habían impuesto desaparecían sin dejar rastros.

Una ráfaga de viento sopló con fuerza nuevamente y las túnicas de Shen Qingqiu se agitaron como si el viento realmente tuviera poder alguno sobre ellas. Por un instante, tan efímero que se perdería a la vista para cualquiera que no prestara atención, la figura de Shen Qingqiu se volvió completamente visible para todos.

Liu Qingge y Yue Qingyuan que hasta entonces solo habían podido vislumbrar una pálida sombra de forma humanoide, vieron ante sus ojos el destello de la imagen de Shen Qingqiu, quien les sonrió con afecto desde su lugar entre ambos espejos. Yue Qingyuan dio un paso al frente en ese momento, o al menos lo intentó,  Liu Qingge lo detuvo; porque incluso si Luo Binghe no le agradaba, sabía que aquella despedida no les pertenecía ni era suya para tomarla.

En medio de un remolino de telas Shen Qingqiu se desvaneció, un destello de luz los cegó momentáneamente antes apagarse por completo, dejándolos con solo la tenue luz que emitían las velas. Como un remanente, Binghe pudo sentir, realmente sentir esta vez, el toque de una mano en su mejilla, una última caricia; y entonces ya no había nada.

Y así como así supo que su esposo se había ido, cualquier rastro suyo que pudiera permanecer junto a él había desaparecido para no volver.

Dolía. Dolía tanto, incluso si sabía que era lo mejor.

 

........

 

Las lágrimas se resbalan como un torrente por sus mejillas y la pena que tan duramente se obligó a suprimir por años estalla en un aluvión de tristeza. Está solo, en aquella réplica de la casa de bambú que tan feliz le hizo no hace mucho, no queda nadie a su lado a quien acudir. Porque todo lo que desea es un cuerpo cálido junto al suyo y manos suaves acariciando su rostro; manos que dejaron de existir hace mucho, un cuerpo que se ha convertido en nada más que polvo.

Llora y continua llorando hasta que ya no puede más, hasta que cada emoción en su pecho ha sido expulsada fuera y nada queda más que un vacío que no tiene forma de llenar. ¿No sería mejor acabar con todo? ¿Poner fin al dolor de una vez por todas? Pero no puede, porque hizo una promesa y será condenado si no puede mantenerla.

Es más fácil decirlo que hacerlo, cuando la noche cae y las sombras bailan por una habitación vacía, todo lo que desea es dormir y no despertar, porque al menos en sus sueños puede encontrar un poco de paz.

Los años pasan lentamente, cada asfixiante segundo plagado de tristeza que de a poco aprende a sobrellevar. Una pequeña esperanza resguardada en lo profundo de su corazón, un fuego que se niega a alimentar pero que a su vez le aterra extinguir.

Su Shizun se manifiesta en pequeñas acciones, en una vieja rutina de la que le cuesta salir. Ve a su esposo por las mañanas, en un desayuno que ya nadie comerá, lo ve en el congee que se enfría de a poco en la mesa, en cada abanico que fue abandonado descuidadamente por toda la casa de bambú.

Al inicio intentó salir de casa, creyendo firmemente que un cambio de escenario ayudaría, que sería mejor que permanecer en un lugar en el que cada centímetro estaba plagado de los recuerdos de su Shizun.

Pero no funcionó. Le era imposible salir de su hogar sin ver el rostro de su amado esposo en cada persona que se encontrara al caminar. Algunos tenían sus ojos, otros la forma exacta de sus labios, aquí y allá la misma estatura o el color de cabello. Pero ninguno era él, ninguno podía serlo. Y la decepción de que no lo fueran dejaba una herida cada vez más profunda en su ya magullado corazón.

Pronto dejó de intentarlo, se metió de lleno en su trabajo, atendió los asuntos del reino demoníaco y evitó lo más que pudo permanecer en la casa de bambú, solo volviendo allí por las noches para dormir.

Un poco más, un día, un mes, un año. Había sobrevivido toda su vida, podía sobrevivir un poco más.

 

........

 

En el día más frío de aquel año, a las puertas de su palacio en el reino de los demonios llega una figura envuelta en sedas blancas y un velo negro, que camina ligera y sin dudar.

Nadie intenta detenerle, demasiado sorprendidos de ver un humano allí, un cultivador nada menos. La figura se posa frente al Luo Binghe y da una ligera reverencia antes de quitar su velo del rostro con un ademán descuidado.

Es una mujer, menuda de cuerpo y de ojos curiosos. Sonríe con amabilidad y en sus manos sostiene un papel envuelto en un listón negro. Lo ofrece a Luo Binghe, quien lo toma con cuidado, y así la mujer se va sin dar otra explicación.

Es una invitación, para acudir al festival de un pueblo en el reino humano. Luo Binghe piensa seriamente en tirarlo por días antes de finalmente guardarlo. No puede hacer daño acudir y su curiosidad ya ha ganado.

Cuando días más tarde se viste de sus mejores galas y hace acto de presencia en el festival todo parece normal. La gente corre de un lado a otro en medio del bullicio, hay parejas y familias completas; los niños comen golosinas y las madres regañan a sus hijos por desaparecer de su vista.

Las risas sobresalen de entre el montón de sonidos, los artículos en los puestos tintinean ante el ligero movimiento y las parejas recorren las calles disfrutando del buen día. Luo Binghe recuerda, no hace mucho, cuando el mismo recorría aquellos callejones de la mano de su esposo. Se abrirían paso por entre el mar de gente y visitarían cada puesto que pudieran encontrar; su Shizun revisaría las baratijas que se vendían y entablaría charlas ociosas con cada comerciante que intentara hablarle, Binghe cargaría sus brazos con cientos de pequeños obsequios que su Shizun insistiría que no eran necesarios. Disfrutarían de los dulces y contemplarían los fuegos artificiales antes de regresar a casa.

Ahora no queda nada más que la cálida sensación en su pecho, la misma que aparece siempre que rememora los buenos tiempos.

Cuando cae la noche, ésta encuentra a Binghe sentado en una roca observando a la gente pasar, hay un dulce en sus manos que compró y luego decidió no probar. En el cielo los fuegos artificiales han comenzado a destellar y las parejas se toman de las manos mientras miran y disfrutan del espectáculo.

Un niño se sienta a su derecha y le sonríe apuntando hacia arriba cuando un estallido de amarillo y azul crea formas irregulares en el cielo. Binghe sonríe a cambio, una cosa pequeña y tímida que espera no asuste al niño.

—Una pena comprar dulces y permitir que se desperdicien así.

La voz viene de su izquierda y con un salto se da la vuelta para mirar. Su corazón se contrae en doloroso nudo cuando ve el rostro de la persona que ha hablado. Luego se regaña mentalmente por ello; los años han pasado y la esperanza que tan recelosamente guardó ya se ha acabado. Más, sin embargo, su traicionero corazón aún late emocionado ante cualquier persona que sea remotamente parecido a su Shizun.

El hombre frente a él es lo mismo, sus ojos son negros como lo eran los de su esposo y su cuidadosa sonrisa también es similar. Pero donde su esposo era casi tan alto como él, este hombre es bastante más bajo, su cabello es de un negro aún más oscuro, su nariz menos respingada y su rostro más angular. Es atractivo, de una forma elegante pero distinta a su Shizun.

El hombre frente a él lo mira esperando una respuesta, pero Binghe está demasiado sorprendido para saber que contestar, hace tanto tiempo que no se relaciona con otros que ha olvidado lo que se espera de él en estos casos.

—Ah, me disculpo. A veces éste olvida como ha cambiado hasta volverse irreconocible —el hombre continúa alegremente.

Una chispa se enciende en el interior de Binghe ante las palabras, pero intenta con todas sus fuerzas mantenerla bajo control. Ha pasado mucho tiempo con solo demonios por compañía, pero cree que incluso entre ellos esta conversación sería poco usual. — ¿Acaso...?

—Me alegra ver que Binghe mantuvo su promesa de esperar —da por toda respuesta, pero de los ojos de Luo Binghe las lágrimas ya se han comenzado a derramar, y por primera vez en años puede decir que estas son lágrimas de felicidad. —Este esposo se disculpa por la tardanza, pero le tomó algo de tiempo poder recordar.