Work Text:
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Un gran, enorme y puntiagudo cliché
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No es que odiara a Draco Malfoy, se dijo Astoria mientras miraba los planos de la Mansión Malfoy una y otra vez y escribía varias ideas.
No, de verdad que no lo odiaba, incluso su leve enamoramiento por él en el colegio no lo hizo odiarlo, o… el hecho de que haya metido a los mortífagos a la escuela… o que fuera un imbécil la mayoría de las veces, de verdad, en serio que no lo odiaba.
En realidad, le caía muy bien, era paciente, templado y de muy buen ver. Pero también era una persona exigente y despiadada cuando lo creía necesario. Y según él y esa percepción, sus jardines merecían que fuese despiadado, frío y un duro negociador con la hermana menor de una de sus mejores amigas.
Y Astoria odiaba eso.
Odiaba llegar todas las mañanas a la mansión y verlo ya despierto mirando las rosas y los narcisos, rechazando cuanta propuesta le presentase apenas con un ademán.
«No, tan mediocre», «esfuérzate más», «sólo quiero perfección», eran sus palabras más comunes, y las más largas también, que le había dirigido desde que estaba solo en esa terrible e infame mansión.
Astoria sólo suspiraba y regresaba a su oficina para seguir ideando maneras de diseñar algo que estuviera a la altura de los estándares Malfoy, como lo llamaba con ironía su jefa.
Sólo había una persona en el pequeño mundo que ella conocía que tenía la misma templanza y el mismo genio despiadado para enfrentársele sin terminar en lágrimas y suspiros de ancianita como últimamente le pasaba a Tori.
Así que, armándose de valor, recogió todos los planos y bocetos y se acercó a la oficina de su jefa. Contempló la puerta antes de tocar con dedos temblorosos y esperó. La puerta era tan, tan alta que la hizo sentirse minúscula, casi una niña recién salida de Hogwarts jugando a ser adulta. Era una puerta de roble tan alta, que sólo alguien como Malfoy o Ronald Weasley se sentirían cómodos esperando fuera. Aunque, siendo Malfoy, no esperaría fuera, entraría como si el mundo le perteneciera.
En cambio, Astoria esperó con paciencia. Rollos de planos e ideas bajo su brazo mientras escuchaba unos fuertes y puntiagudos tacones acercarse. Sin quererlo, se encogió un poco más y dejó de respirar, casi adivinando la tormenta que se le avecinaba.
—Tori, hola —dijo la mujer del otro lado con una brillante y hermosa sonrisa que iluminó sus ojos achocolatados y pareció rebotar en sus rebeldes rizos—. ¿Tenemos una reunión? —preguntó su jefa mirando la pared detrás de la puerta, revisando su calendario.
Astoria negó con la cabeza y suspiró.
—Se trata… sobre el proyecto de los narcisos —susurró con un hilo de voz. Y Hermione Granger, que era casi tan bajita como Astoria, con una sonrisa como el sol y unos rizos que bailaban cuando hablaba, de pronto se oscureció.
Y si ella no supiera de primera mano lo que hacía la magia oscura, y que alguien como Hermione Granger, heroína de guerra, voluntaria de orfanatos y liberadora de elfos domésticos, no la practicaría, pensaría que efectivamente, su jefa era magia oscura sin diluir tal como sus ojos se ensombrecieron y pareció crecer unos centímetros mientras sus rizos se electrificaban.
—Pasa.
Astoria tragó y entró, casi brincó cuando la puerta se cerró detrás suyo. Tomó asiento con nerviosismo y esperó.
—Supongo que —comenzó Hermione mientras se deslizaba en su asiento y tomaba los planos que Tori había dejado—, como siempre, no es suficiente para los estándares Malfoy —masticó palabra por palabra.
Astoria sólo asintió.
—Esta mañana apenas revisó nada y luego me echó. Ni siquiera puedo revisar qué especies ya crecen por sí solas en los jardines, a parte de rosas blancas y algunos narcisos, no he podido ver nada más allá.
Hermione contempló los planos y los bocetos una vez más.
—¿Cuántas veces dices que has ido ya?
—Dieciséis.
—¡Dieciséis! —exclamó Hermione golpeando la mesa, chispas de electricidad corrieron y quemaron la esquina de un pergamino—. ¿Y ningún proyecto le gusta?
Astoria negó con la cabeza y aguardó.
Pero la explosión nunca llegó. Hermione miró los planos, separando las propuestas y luego tomó una y se puso de pie.
—Es un maldito imbécil, ¡dieciséis! ¡Haré que se la coma, imbécil! —siseó entre dientes mientras arrojaba los polvos flu y desaparecía en un grito que más parecía de guerra que una dirección.
La chica parpadeó, desorientada y miró la chimenea. Hermione había elegido una propuesta y se fue, dejando a la chica sola y asustada.
Y no es que Astoria Greengrass fuera una chica tonta o cobarde que se asustaba al primer grito, pero Hermione Granger tenía un temperamento volátil por decir menos. Donde Draco Malfoy era frío como el hielo, Hermione Granger era puro fuego.
Sus peleas en octavo habían sido legendarias y aunque Astoria iba un año por debajo, varias veces quedó entre el fuego cruzado de palabras gritadas y objetos arrojados al azar.
Donde Malfoy se burlaba de su cabello o sus manchas de tinta con apenas una mirada, Hermione respondía con un objeto volador o una palabra más filosa.
Si fuera Blaise Zabini o Theodore Nott, se habría divertido con el intercambio tan elevado de argumentación no lógica que se lanzaban, pero ella era Astoria, compasiva por naturaleza, práctica por educación y tranquila por elección. Así que, como veía el mundo, ella no encontró nada más que aberración.
Una aberración que pensó sería abandonada tan pronto como ellos dejasen la escuela, pero nada de eso ocurrió; Malfoy parecía seguir los pasos de Hermione a donde fuera sólo para molestar.
Así, Ronald Weasley, Auror en entrenamiento, había terminado descalabrado en medio de un altercado donde su mejor amiga tuvo que ser sacada a rastras de un restaurante después de que se encontrase de «casualidad» con Malfoy y de pronto, todo se descarrilara en un altercado de ventanas rotas y la expulsión de dos miembros de la sociedad mágica altamente reconocidos; uno por infame, la otra por salvadora.
Y, según leyó en El Profeta, esa fue la última misión de Ronald Weasley como Auror. Al otro día entregó su placa y se dedicó al divertido, y más seguro, negocio de las bromas en Sortilegios Weasley.
Después, según la columna de chismes, Hermione Granger dejó el Ministerio cuando su compañero terminó siendo nada más y nada menos que Draco Malfoy.
Abrió un despacho de paisajismo y pronto comenzó a expandirse cuando decenas de magos dejaron en sus manos las reconstrucciones de sus jardines y refugios en manos de la famosa y muy capaz, Hermione Granger.
Y fue tanto el crecimiento que pronto Astoria estaba trabajando con ella, aprendiendo sobre la marcha y disfrutando algo para lo que no sabía que tenía tanta habilidad. Y es que Hermione era una gran jefa, amable, flexible y muy organizada que combinada con la habilidad de dibujo de Astoria y su educación purista, pronto formaron un equipo imparable, o así había sido por unos años, hasta que Draco Malfoy se apareció en la oficina sin preguntar, abrió la puerta de Hermione y entró sin esperar una invitación.
Primero hubo silencio, mucho silencio, más silencio del que había existido cuando esos dos se encontraban, pero dado que hacía unos años que no se veían, quizá, pensó Astoria, ya habían madurado.
Qué equivocada estaba mientras se escondía debajo de su escritorio y enviaba un patronus al Auror Potter y a Ron Weasley cuando los gritos y la electricidad se revolvían por toda la oficina.
Potter llegó con un gesto cansado y ayudó a escapar a Astoria de su lugar antes de gritar que abriría la puerta y los petrificaría.
Parecía a punto de vomitar mientras decía eso, cabe destacar, sin embargo, se mantuvo firme.
Ron miró la escena desde atrás y se encogió de hombros.
—¿Vamos por un helado?
Astoria lo miró con los ojos como platos.
—¿Y…? ¿Y el Auror Potter? —preguntó mirando a Harry abrir la puerta de la oficina con decisión, pero los ojos bien cerrados.
Ron se encogió de hombros de nuevo y señaló la calle con un dedo.
—Él es un Auror capaz de manejar una rencilla doméstica, en cambio tú te ves bastante miserable.
Astoria gimió y se sintió ofendida, hasta que se miró en el reflejo de un cuadro. Verdaderamente estaba deplorable con su cabello fuera de lugar y las puntas de su túnica chamuscadas.
Hubo más gritos y Harry salió expulsado de la oficina mientras se quejaba de sus ojos.
Astoria tomó la mano de Ron y lo empujó fuera, al parecer, habían maldecido en los ojos a Harry por cómo se quejaba.
Y si un Auror experimentado no podía contra tal fuerza de la naturaleza, ella no tenía ni una oportunidad.
—¡Vámonos!
Cuando regresó de un helado bien merecido y una plática muy divertida con Ronald, la oficina lucía completamente normal y Hermione se veía perfectamente calmada para cuando la llamó.
Astoria miró su alrededor, pero todo lucía tan perfecto como siempre, sin polvo, sin una torcedura, todo tan fresco y suave como siempre, excepto por el cabello todavía más salvaje de la mujer.
Hermione le tendió un fajo de pergaminos y comenzó a explicar:
—Verás, tenemos este nuevo proyecto para la familia Malfoy —dijo con total naturalidad—. Y creo que es momento que comiences a encargarte de los proyectos tú sola, así que —Hizo un gesto suave—, es momento de que lo lleves completa y enteramente, tú sola.
Astoria gritó y se sonrojó, deleitándose con la confianza recibida, prometió tener un boceto ese mismo día y se puso a trabajar.
Pero eso fue hace meses.
Estaba bailando de felicidad mientras cruzaba las puertas de la Mansión Malfoy y esperaba a Draco el primer día. Sus mejillas estaban sonrojadas, su cabello en perfecto estado y llevaba una túnica nueva para celebrar éste momento culminante en su carrera.
—Ah, Astoria —Fue todo lo que dijo Draco como si ella fuese un problema.
El problema real, como supo dos minutos después, es que apenas miró con fingida educación la media docena de bocetos que hizo y dijo que nada era lo que esperaba, levantándose y dejándola sola.
Y a partir de ahí fue peor, Draco no miraría más allá de las primeras hojas y luego se iría, alegando que no era el trabajo que pactó con su jefa.
Así que, cansada de esforzarse y no prosperar durante meses, en un arranque de furia contra Malfoy, acudió a Hermione.
Pero ahora, recapitulando cada encuentro a solas que habían tenido, sincera y honestamente, temía por la vida de ambos. Eran vapor puro cuando se encontraban y eso no era bueno, nunca era bueno.
Temblorosa y reprendiéndose por irse a quejar como niña pequeña de un cliente difícil, llamó a Ronald.
¿Por qué lo había hecho? No lo sabía. Pero había algo en el hombre, una amabilidad innata y una sabiduría escondida, que la maravillaban cada vez que se lo topaba. Bueno, también era guapo, bastante guapo y exótico con esas pecas y sus ojos azul que brillaban cuando se le ocurría una nueva idea. Ni qué hablar de su cabello rojo como el fuego. Muchas veces había querido pasar un dedo por su nariz alargada y acurrucarse contra su larga, larga figura.
Bueno, tenía un flechazo por el hombre, de acuerdo, un flechazo de varios años, pero ella supo que nunca jugaría en su liga. Él era demasiado rojo y ella demasiado verde, nada de polos opuestos que se atraigan si Malfoy y Hermione eran una referencia.
Pero era un buen amigo que gustaba de ir por helado y huir de la ira de Hermione, como ella.
Ron apareció unos minutos después en la oficina y la saludó.
—¿Y la jefa?
Astoria tragó e intentó sonreír.
—Quizá hice algo terrible.
El hombre abrió los ojos y la miró.
—¿Reordenaste sus libros? Eso sería horrible.
Astoria soltó una risita tonta y se ocultó en su mano, avergonzada.
Muchos decían que Ronald era un tonto, pero ella siempre se reía porque era ingenioso, no porque fuera bobo. Era de ingenio fácil, agudizado por su tienda de bromas, pero también era sincero y en sus ojos sólo podía encontrar bondad.
—Creo que quizá… —Miró con culpabilidad al chico—. Hermione se fue furiosa contra Malfoy.
Ron dejó de reír y se recargó en su escritorio, de pronto preocupado.
—¿Le dijiste sobre las propuestas rechazadas?
Astoria asintió con una mueca. En un arranque de tristeza, había aparecido en Sortilegios Weasley y le había contado todo a Ron, entre helado y lágrimas.
—¿Y se fue sin decir nada?
Asintió de nuevo.
—¿Llevaba su varita?
—Preparada.
—Maldición.
Volvió a asentir.
Ron se incorporó y señaló la chimenea.
—Vamos a detenerlos, o esos dos se van a asesinar.
Astoria tomó su abrigo y desaparecieron en la chimenea.
—¿De verdad crees que se asesinen? —preguntó con cautela.
—Absolutamente y un día no será de la manera buena.
—¿Por qué se odian tanto? —preguntó ella mientras se deslizaban por el silencioso vestíbulo de la mansión Malfoy.
Ron la miró un momento antes de encogerse de hombros.
—No se odian, sólo son unos ridículos.
—¿Ridículos?
El pelirrojo asintió con su infinita sabiduría mientras caminaban hacia el estudio de Malfoy.
—Absolutamente, ¿no te has dado cuenta que siempre terminan encerrados y gritándose?
Ella asintió mientras revisaban el salón de té.
—Seguramente lo están haciendo… lo que pasa es que Hermione se asusta cuando Malfoy le pide matrimonio, ella grita y luego ambos huyen. Pero inevitablemente, terminan regresando el uno con el otro.
Astoria soltó una risita mientras avanzaban hacia el despacho.
—¡Claro que no! Hermione es muy correcta, ella nunca…
Hubo un estruendo en la biblioteca y se miraron. Astoria habría comenzado a correr, pero Ron la detuvo, caminando con tranquilidad y desenvolviendo un artefacto que escogió en un jarrón de porcelana china en el camino.
—Dales tiempo para vestirse o terminar, lo que sea que hagan primero.
Ella lo miró horrorizada.
—¡Ciertamente no son esa clase de personas!
—¿Apostamos el helado de todo un año?
La chica se acomodó la túnica y extendió la mano.
—Una Slytherin nunca pierde.
Ron sonrió con esa sonrisa sabia y asintió, estrechándosela.
—Espero que Hermione te pague lo suficiente como para poder costear todo el helado que me voy a comer.
Llegaron a la biblioteca y Ron detuvo a Astoria por el codo.
—Seguramente no quieres interrumpirlos, todavía no comienzan a romper cosas, así que no han terminado.
Astoria lo miró petrificada, sus mejillas coloreándose y la nariz levantada.
—¡Ellos no son esa clase de cliché, Ronald Weasley!
—Prácticamente conozco a esos dos desde los once años. Son esa clase de personas, Tori. Se enamoran, se aman, se acuestan, tienen sexo salvaje —Fingió un escalofrío—, él le pide matrimonio con el anillo que siempre está cargando, ella se asusta, comienza una pelea y luego regresan. Años, Tori, años.
—¡Ciertamente ellos no son esa clase, Ronald! ¡Draco es amigo de mi hermana y jamás ha dicho una cosa similar! ¡Y Hermione es mi jefa! ¡Yo lo habría sabido!
Astoria empujó la puerta con decisión y levantó su varita, preparada para cualquier cosa, menos la escena que tenía delante.
Acurrucados bajo el fuego de la chimenea, medio adormilados, estaban Hermione y Draco.
Tenían la ropa puesta, para alivio de Astoria, pero Draco besaba con suavidad los rizos salvajes de la mujer mientras miraba su mano derecha con plena satisfacción y se susurraban cosas.
Astoria retrocedió en silencio y cerró la puerta, pálida y ruborizada al mismo tiempo. Ron estaba al otro lado del pasillo con los brazos cruzados y una sonrisa amable.
—¿Qué fue esta vez? ¿Sexo salvaje? ¿BDSM? ¿Una nueva fantasía kinky?
La chica tiró de la mano del pelirrojo y lo arrastró de regreso al vestíbulo.
—Ciertamente, nada de eso. No son un cliché, como te decía.
Ron levantó ambas cejas y Astoria no pudo reprimir una sonrisa y en algo poco digno de ella, rodó los ojos.
—Estaban vestidos, Ronald… —El chico abrió los ojos, sorprendidos. Entonces, agregó—. Pero ella tenía un enorme anillo en su mano derecha.
Fue el turno de Ron de detenerse y boquear.
—¡Ciertamente no!
—¡Ciertamente sí!
Ambos comenzaron a reír mientras se acercaban a la chimenea.
—Tienes razón, son un cliché.
—Años, Tori, años, de verlos dar vueltas como los tontos tercos que son —dijo Ron con suficiencia y los ojos brillando con diversión—. Espera a que Harry se entere, es posible que llore de alegría. Dice que sus ojos no volvieron a ser los mismos desde que los encontró sabrá cómo, en la oficina.
—Nunca lo habría pensado —reflexionó la chica mientras salían en el Callejón Diagon—, se veían tan… contrarios.
—El epítome del cliché —asintió Ron mientras pedía el helado de cinco bolas y extra chocolate—. La Gryffindor, el Slytherin, la chica buena, el chico malo…
—¿Por qué no podían sólo decirse lo que sentían? —preguntó Tori mientras escogía el sabor de su propio helado—. Eso también es un cliché.
—Supongo que a veces no tenían las palabras adecuadas.
Astoria asintió y comió su helado en silencio.
—Supongo que te debo un año de helado.
—¿Sería mejor si fuese un año de citas? —preguntó con nerviosismo Ron. Astoria levantó la vista, sorprendida—. ¡Sólo si quieres! ¡Estamos aquí hablando de años, puedo esperar! —agregó con rapidez.
Astoria sonrió y ocultó su rubor mientras comía helado.
—¿No sería eso otro cliché? ¿Perder una apuesta y convertirlo en cita? ¿O esperar años por una chica?
Ron se encogió de hombros y sus ojos brillaron con suavidad.
—Pero yo no perdí nada, sólo creo que… podríamos no hacerlo un cliché y decirnos lo que sentimos... Pero también creo que vale esperar el tiempo que sea necesario por alguien como tú.
Astoria sonrió toda ruborizada y asintió con fuerza.
—Mejor eso que pasar meses regresando un proyecto porque quiero que la mujer que amo venga a mi casa a pelear para proponerle matrimonio.
—¿Ves? Las cosas pueden ser fáciles.
Astoria sonrió de nuevo y bien podría haber escondido el rostro debajo de sus manos si no tuviera un helado entre ellas.
—Empecemos con una cita.
—Y luego un año entero de citas —añadió Ron mientras pedía su segundo helado—. Y luego otro, y luego otro.
Astoria se rio, feliz.
—¡Con todos los clichés del mundo!
—Malfoy aprobó el proyecto —dijo Hermione al otro día, dejando un plano en su escritorio—. Sólo hacía falta un poco de persuasión.
Astoria asintió, mirando las correcciones y luego a Hermione. Parecía la misma mujer de ayer, excepto que tenía un anillo de oro blanco en su dedo anular, portándolo con tanta naturalidad como si fuera un rizo más.
—Genial, gracias, Hermione.
La castaña sonrió con esa sonrisa tan bonita que tenía y caminó hacia su oficina tarareando.
—Ron me dijo que tenían una cita esta noche —comentó Hermione antes de entrar. El flu se activó y una cabeza platinada apareció detrás de ella—. Creo que es genial, ustedes dos han estado dando vueltas el uno con el otro mucho tiempo, ya era hora.
—¿Puedes dejar de chismorrear, Granger? Te pago por hora, ¿sabes?
—¿Te puedes callar Malfoy? Yo podría pagarte por dejar de ser tan tonto, ¿sabes?
Astoria sonrió mientras la puerta se cerraba acallando sus gritos y luego puso los ojos en blanco.
Ron tenía razón, eran ridículos.
Y un gran, enorme y puntiagudo cliché.
Tomó su abrigo y salió hacia el Callejón Diagon dispuesta a conseguir su helado del día.
